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Alberto Sumay



 
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Autor Mensaje
Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Jue Nov 13, 2003 09:58    Asunto: Alberto Sumay Responder citando

Alberto Sumay



Ultima edición por Marcelo di Marco el Lun Nov 17, 2003 17:29, editado 1 vez
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Jue Nov 13, 2003 10:01    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica

Hola, soy Alberto Sumay y estoy intentando poner en la escritura la misma pasión que pongo en mi profesión de psicoanalista. Escribo desde los '70 y ya va siendo hora de que empiece a mejorar. Si no, voy a tener que esperar otra encarnación para anunciarme como escritor.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Vie Nov 14, 2003 09:03    Asunto: Responder citando

Mucho más que cenizas

Sospechaba que esta vez sería la última. Desde mucho tiempo atrás, la tisis lo tenía a mal traer: año tras año, cada ataque era peor. Ya Kloptock, al internarlo en el Kierling, le había advertido acerca de su gravedad; le había dicho todo, como médico y amigo.
Ahora, a su lado, se encontraba su fiel albacea, su camarada de siempre.
—A partir de cierto punto —le dijo — no hay retorno. Este es el punto que hay que alcanzar, Max. Y parece que yo… bueno, yo estoy justamente ahí.
El amigo sonrió con tristeza.
—Bien sabes —dijo— que cuando escribiste ese aforismo no te referías a la muerte, sino a la vida.
—¿Acaso crees que siempre supe el significado de lo que expresaba? Por otra parte, si existe un punto de no retorno…
Max permaneció en silencio.
Él lo miró a los ojos y, como intentando una conexión más íntima, tomó su mano: pensaba asegurarse la credibilidad en la respuesta. Entonces, dijo:
—Recuerda nuestro pacto —sintió un leve tremor en la piel de Max—. Por favor, ¿lo cumplirás?
—Por supuesto —Max respiró profundamente—. Quemaré todos tus escritos. Nadie jamás sabrá de tus historias, de tus personajes.
Él se adormeció, creyéndole.

Recorría el salón plagado de anaqueles y mesas donde se apilaban libros y más libros. Parecía ser una biblioteca de Berlín, aunque había detalles que le hacían pensar en Praga o París —¿acaso Viena?—… Podría estar en cualquiera de ellas.
Sus ojos, asombrados, se fijaron en un gran retrato suyo apoyado en uno de los estantes. ¡Y allí, sobre la mesa, sus libros, sus títulos! Oh, Dios, qué pesadilla… Sin embargo, la placidez lo invadía suavemente.
Pugnó por despertar. No lo logró. Un gran cartel con las palabras EL PACTO se deshacía en fragmentos. Tomó uno de sus libros, y en la primera página distinguió nítidamente su nombre. Y una fecha en el colofón: 1934. En los demás volúmenes descubrió nuevas ediciones: 1942, 1957, 1999, 2045… Inmediatamente se abrió a sus pies un abismo de empinadas paredes. Y se hundió en él, impulsado por una brisa que lo colocó de espaldas. Pero cuando ya lo recibía la impenetrable profundidad, esforzándose todavía por erguir la cabeza, pudo ver su nombre rodeado por los espléndidos ornamentos de la lápida. Encantado con esta visión, despertó.


Abrió los ojos, agitado y con la bendita tos que le estrujaba el pecho. A su lado, Dora le secaba el rostro con una suave toalla de hilo. Kloptock lo estudiaba con preocupación. Pero había algo más que preocupación en esa mirada.
Comprendió.
Los nombres de sus personajes acudieron a su cabeza.
Todos los nombres.
Le hubiera agradado evocarlos en otras circunstancias. No así, convertido en un insecto agónico.
No así.
Sus pobres pulmones claudicaron en el último espasmo.
Y Franz Kafka se llevó todos sus nombres y sus personajes. Todas sus historias.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Vie Nov 14, 2003 09:14    Asunto: Responder citando

Ha de ser por su bien

El viejo avanzaba por la senda. Apenas podía levantar los pies del suelo, de una tierra brumosa que alborotaba con sus gastadas alpargatas, mientras el polvo y el sol del verano castigaban su magra figura..
Por suerte, el bosque de espinillos ya estaba a la vuelta del camino, donde terminaba la pirca. Poco más allá, su rancho. Mientras sus piernas se movían, revivió la carta recibida el día anterior, y las cosas que su hijo contaba en ella: de la capital, sus gentes y su extraña forma de vivir. También contaba de Clarita, la nieta, a quien no veía desde dos años atrás. Fue en el verano del ´99 que el Martín y la pequeña habían estado en las casas. La conoció en esa oportunidad. Ahora, su agrietado y oscuro rostro, se suavizó con los recuerdos. La nuera, Rosa, no había venido aquella vez: demasiado gasto nada más que para visitarlo. Ni siquiera vino cuando Dios decidió dejarlo solo, al viejo: Inés había muerto en el ´97, sin llegar a conocer a su nieta.
Ya debajo de los espinillos, recuperó el aliento, esperando que pasara el fuerte dolor de su cintura. Debería juntar algunas hojitas de jarilla y de la meona, para calmarlo y aflojar la orina. Que de eso, muy bien no andaba últimamente. Una de estas tardes, bajaría al pueblo a comprar alpargatas nuevas. Enfiló para el rancho. Sus perros ya habían llegado, luego de ayudarlo a acomodar las cabras en el corral. Los tres yacían jadeantes, debajo de la higuera. Entró en la casa, y se calentó la espesa sopa de garbanzos que había preparado la noche anterior. Ante la mesa de la única pero amplia sala, se sirvió un vaso de agua de vertiente y comenzó a comer. Al terminar, lavó su plato y los cubiertos, tomó el silloncito de mimbre y lo acomodó en la puerta, a la sombra del alero. Se sentó y, mirando al Comechingones, llenó su vista con la imponente presencia de la sierra. Pensaba en sus cosas: darles de comer a los perros, acomodar las piedras de la pirca y… Se quedó dormido.

Como si en su cerebro funcionara un invisible reloj, abrió los ojos exactamente a las cuatro. Se levantó y fue hasta el algarrobo. Sacó la panza de la fiambrera que colgaba de una rama, desclavó el cuchillo de la mesa de tronco, cortó las tiras de carne y las distribuyó en las tres medias latas de dulce de batata. Las puso al pie del árbol, seguido de sus compañeros, y les gritó algo cuando comenzaron a gruñirse. Al fin, cada uno quedó frente a su comida, y entonces el viejo guardó el resto de la panza, cerró la fiambrera y se dirigió al aljibe para lavar el cuchillo. Un bonito cuchillo que le regalara Martín en su último viaje. Bonito, sí, pero poco práctico: su hoja, muy gruesa y de inoxidable, apenas le permitía afilarla. Por eso el viejo lo destinó para lo que lo destinó: la panza podía cortarse hasta con cuchara. Sin embargo, se cuidó de comentarle nada al hijo, que no había que ofender por ofender nomás. Caminó hacia el corral y, bordeando la pirca, llegó hasta la esquina nordeste: ahí era; por ese lugar, el domingo, se le habían escapado los dos cabritos. ¡Con lo que le costó encontrarlos! Sacó las ramas de tala colocadas temporalmente, y comenzó a transportar y apilar pesadas piedras, hasta que quedó reconstruida esa parte del corral. A pesar de que el sol todavía pegaba, se apoyó en las calientes lajas y permaneció un buen rato. Cuando su respiración se normalizó, volvió a las casas.

Si Inés aún viviera, lo estaría esperando con el mate, al lado del silloncito. Pero no era así. No debía pensar más en eso: Dios había decidido llevársela, ¿y quién era él para discutirle sus razones a Dios? Aunque a veces, sentía una especie de enojo. Sacudió la cabeza para que cayeran estas ideas y, luego de echar unos tronquitos en la vieja cocina, puso a calentar la pava con el agua. Tercos, obstinados, los recuerdos volvían a desafiarlo desde los nudos de su memoria. Y la veía a ella, con su redondo y cansado cuerpo, ahí mismo donde él estaba ahora. Haciendo lo mismo que él hacía ahora. Callada la Inés, como siempre —que los dos habían sabido ser muy silenciosos—, le echaba la yerba al mate y, metiendo la bombilla, tiraba el primer chorro de agua, cuidando de mantener tapada la boquilla. Daba una chupada, aprobaba con la cabeza, y se dirigía hacia él. Le ofrecía el mate, y el viejo asentía. Recién entonces, ella se sentaba a su lado apoyando la pava sobre el piso de tierra. El mismo piso que, momentos antes de que él llegara, había barrido con la escoba de pichanilla, y mojado para que estuviera fresco. Poco se dirían, entre mate y mate. Quizás algún comentario sobre las cabras o sobre la próxima bajada al pueblo. Miraban hacia la figura del Indio Dormido, allá en la cima de la sierra, por donde todos los días asomaba el sol. ¿Qué habría del otro lado? Bueno, sabían que estaba Córdoba pero… ¿cómo sería del otro lado? Nunca habían salido más allá de la zona, y él ya no lo haría. No. Ya no. Hasta que el verano llegaba, solían sentarse del otro lado del rancho, mirando hacia el poniente. Hacia el valle, donde estaba la huerta y los olivos.
Se acercaba la época de cosecha de las aceitunas. El las juntaría y las llevaría a Merlo para cambiarlas, en lo de José, por unos pesos y un poco de aceite. Acaso este año tuviera que hacer más de tres viajes con la mula: los arbolitos venían muy cargados. Si tan solo estuviera el Martin para ayudarlo… Y además tenía las naranjas, enterradas en cal y arena desde fines del invierno. Total que, entre las aceitunas y las naranjas, más los frutos de la huerta, se habría asegurado el sustento por lo que restaba del año. Eso, y la leche de cabra, que ordeñaba diariamente. De vez en cuando, sacrificaría algún chivo y lo trozaría, antes de guardarlo charqueado en la fiambrera. Por ahí, hasta podría vender un cabrito, como el año pasado. Para un viejo como él, y encima solo, de más estaba. Entonces lo decidió: aprovecharía el fin de semana en juntar olivas, y el lunes bajaría las dos leguas largas hasta el pueblo. Compraría sal y el par de alpargatas. Nada más, que de ropa estaba bien. Lucían casi nuevas la bombacha negra y la camisa caqui —para ir a Merlo— que compraran con la Inés dos meses antes de que ella se fuera.

Dejó la pava y el mate al lado de la cocina, bebió una taza del té de yuyos que se había preparado y caminó los setenta pasos que lo separaban del arroyo. Llevaba una toalla y el bidón de veinte. Ya entre las piedras, colocó el envase bajo la caída de la vertiente y, más abajo, procedió a lavarse. El dolor había cedido un poco.
Entonces, mientras se secaba con la toalla y el resto de sol que aún pegaba fuerte, se le ocurrió.
Cargó el pesado bidón sobre sus hombros y volvió al rancho. Llevarlo le costó menos que otras veces: sentía como una fuerza nueva. Terminó lo que quedaba de la recalentada sopa, se acostó en el catre y se puso a hacer números: si sacaba más por las aceitunas, y en vez de un cabrito vendía dos, podría llegar a juntar lo necesario para el pasaje a Buenos Aires. Total, llevaría unas frutas y unos trozos de charque. Algo le compraría a la Clarita.

El pequeño micro llegó a la estación media hora antes de la partida del tren. El viejo miró con curiosidad el edificio de la época de los ingleses —que construyeran los ferrocarriles— y se sentó en el banco de madera del andén. Ibañez le había dicho que no se apurara: tenía su asiento numerado, que nadie le iba a sacar. Le dolía un poco la espalda, pero ya pasaría. Un tren —seguramente el suyo—, estaba entrando en Santa Rosa, proveniente de Villa Dolores, a sesenta kilómetros. Recordó la oportunidad en que habían estado alli con la Inés. Ciudad grande Villa Dolores. Y vistosa. Pero habían vuelto aturdidos. No le había resultado fácil armar este viaje. Que escribirle al Martín y esperar su respuesta, que no llegaba y no llegaba; hablar con los Ibañez (algo les traería de la ciudad), para que le cuidaran las cabras y los perros; preparar los charques y embalarlos, y finalmente hacerse con el dinero necesario para comprar el boleto. El ferrocarril seguía siendo lo más barato Ñüle permitía viajar en segundaÑü, aunque el recorrido era más largo que en ómnibus. Pero lo que más le había costado fue preparar la valija: nunca había preparado una valija. Por suerte habían guardado, con su mujer, esa fuerte maleta de cartón que les regalaran para su casamiento. Fue difícil decidir qué llevar. Lo que no faltó, fue el osito de peluche que le comprara a su nieta.
Se hizo sentir, la cuchillada de dolor en la cintura. Caminó entre la gente, entró en el baño al final del andén y, con dificultad, orinó.
Subió al vagón y acomodó su maleta en el enrejado, sobre el asiento. Con un "disculpe usted" pasó delante de la que sería su compañera de viaje, y se sentó a su lado. Miró alrededor: no conocía a nadie. Era fin de temporada y muchos de los viajeros eran turistas que regresaban de vacaciones o de visitar a algún pariente. Tanta gente veraneaba en la zona desde hacía unos años. El viejo se había dado cuenta por los cambios en el pueblo, pues por su rancho rara vez se cruzaba con alguien. Pero Merlo y Piedra Blanca, y hasta el Rincón, habían dado un vuelco. Por lo pronto —de esto hacía ya bastante—, el asfalto. Antes ataba las riendas de la mula a uno de los árboles de la única plaza, ahí, frente a la vieja heladería; ahora, debía dejarla a la entrada del poblado.
Ese miércoles a las nueve de la noche, el tren salió puntual. Le quedaban catorce horas hasta Buenos Aires. La niña, mascaba chicle y leía una revista a la luz de la lamparita que iluminaba desde el portaequipajes. La suya también estaba prendida. Debería observar cómo la apagaba ella, para hacer lo mismo; que preguntar no le gustaba. Miró cómo iban pasando de rápido los postes, bajo el estrellado cielo de marzo. Al final, Mariana —que así la habían llamado dos muchachas sentadas atrás— apagó su luz y él pudo hacer otro tanto. Traca traca, traca traca… Una inmensa luna iluminaba la ventanilla. Se echó encima aquella mantita que usara Inés sobre las piernas. Asi, todavía con su olor y balanceado por el traqueteo, dormitó. En su sueño, ella aparecía muy seria. Sólo le decía: ¿Qué hace, viejo? No vaya a molestar, ¿quiere?

—¡Pase, abono, boletos! —anunció la voz, despertándolo.
La pálida luz del pasillo le perfilaba las figuras con gorra, que caminaban entre los asientos picando los pasajes. Hurgó en su saco hasta encontrar el suyo. El gordo, de chaqueta estrecha y sucia, estiraba su mano tomando el pequeño cartón. A través del vidrio, el imponente cerro del Morro, parecía correr junto al tren: no lo terminaban de pasar. El viejo volvió a hundirse en el sueño. Clarita —su nieta—, apretaba fuerte entre sus bracitos el oso de peluche. Lloraba, y el abuelo no podía saber por qué. El Martín también lloraba, mientras acariciaba la cabeza de la pequeña. Lo despertó un fuerte dolor en la cintura. Las ganas de orinar eran incontenibles. Se levantó y, cuidando de no rozar a su dormida compañera, salió al pasillo. Caminó hasta el baño. El ardor era intenso —seguramente de tanto estar sentado— y no tenía a mano su té de yuyos. Al orinar, aquel fuego se hizo más intenso. El chorro no salía, como le había pasado otras veces. El líquido expulsado intermitentemente era de un rojo pálido. Le había dado vergüenza comentárselo al hijo, a pesar de que siempre le preguntaba por su salud. ¿Pero qué le iba a decir? Esas cosas no eran para andar contándolas. Vaya a saber si eso era un problema de salud. O de viejo, nomás: sus setenta y siete le sabían pesar. Al Martín, Dios se los envió de grandes y más tarde —a los cuarenta de ella y cuarenta y dos de él— no habían querido encargar otro hijo. Ya en el descanso del vagón, frente a las puertas cerradas de ascenso al tren, el viejo buscó en sus gastados bolsillos. Con el papel y el tabaco se armó un cigarro. Fumó pensativo. Y fue en ese momento que se le cruzó la idea. ¿Qué hace, viejo? ¿Qué iba a hacer? Ahora, a su derecha, podía observar la sombra abultada del Morro: la vía transcurría en una gigantesca U alrededor del cerro.
Recordó el nacimiento de Martín. Todo fue como lo esperaron, sin ningún tropiezo. En el momento preciso, el chico nació en el pueblo, atendido por la misma partera que controlara a Inés las dos veces que bajaron a Merlo. Pesaba casi cuatro kilos. Entre la Inés y las cabras, lo alimentaron como Dios manda. Nunca había dado trabajo para comer. Bah, en realidad nunca había dado trabajo. Fue un niño fuerte y sano, excepto por el falso crup que tuvo a los seis. ¡Qué noche esa! Se habían asustado mucho, pero el instinto y la sabiduría de su mujer —vaya a saber Dios, heredados de quién— la habían orientado para hacerle al mocoso, durante horas, baños de vapor con eucaliptus. Hasta que pudo respirar mejor. Se las habían visto fiero: el chico llegó a estar azul, casi.

—¡Próxima parada, Villa Mercedes! —gritaba el guarda, pasando junto a él. Sin mirarlo, como si ya no existiera.
El viejo se quedó en su lugar, ahora tomado del pasamanos: habían abierto las puertas mientras el tren iba frenando. Algunos pasajeros bajaban con sus bártulos, mientras otros ascendían al vagón. Luego de un momento, se escuchó el agudo sonido de un silbato, y el convoy volvió a partir. Cuando su hijo cumplió los veintidós, se había puesto de novio con Rosa, hija del dueño de una de las dos panaderías de Merlo. Los Ontivero, sus padres, nunca habían aprobado esa junta. Tampoco a ellos los habían aprobado. Pero, luego de dos años de ojerizas nunca declaradas, hubo casamiento. Y ahí, en la iglesia del pueblo. Meses después, aquel amigo del hijo le había ofrecido el trabajo en Buenos Aires. Y se habían ido nomás. A esa ciudad loca —como decían—, con sus gentes tan atropelladas y sus luces siempre encendidas. Ni se podría distinguir el cielo, con los edificios tan altos y el humo de los coches y las chimeneas. El viejo, viéndola triste a Inés, le dijo: "Ha de ser por su bien". Y no se volvió a hablar más.
Ha de ser por su bien.
En realidad siempre fue así. Que los hijos nacen para poder —alguna vez— dejar de serlo. Poco lo habían visto, desde entonces. Pero sabían de su trabajo, del nacimiento de Clara y de que se llevaba bien con la Rosa. Suficiente.
El dolor lo dobló.
Qué hace viejo, qué hace. No moleste.
Entonces, tomó su decisión.

En Rufino, la siguiente parada, su maleta y él quedaron en el andén.
Cruzó a la boletería y alli le dijeron que sí, que su boleto le servía: era de ida y vuelta. En "Encomiendas" despachó el osito a nombre de Clara Morales, y se sentó en la sala de espera. El tren de vuelta para Santa Rosa, pasaría en una hora. Se acordó de sus perros, y aflojó el gesto. Imaginó la sorpresa de los Ibañez al verlo regresar tan pronto.
Sabrían disculparlo.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Vie Nov 14, 2003 09:26    Asunto: Responder citando

Paradiseland

El vuelo SWR 338 partió puntual, desde Glasgow, a las diez y cincuenta de la mañana. Con ochenta y nueve pasajeros en Turista y doce en Primera. No pocos, si se tiene en cuenta que le quedaban Bruselas y Ginebra como escalas previas a su destino final: EZE, en Buenos Aires.
Los Hardstone no disfrutaban, precisamente, de las mullidas y espaciosas butacas. Sean restregó sus ojos, irritados como los de Demi, quien se los cubría con anteojos oscuros. Declinaron la copa de champagne ofrecida por la azafata.
—¿Tomaste el sedante?
Pero ella no le oía, no escuchaba nada. Lo miró interrogativamente.
—Mi amor —insistió Sean—, te preguntaba si habías tomado la pastilla.
—Antes de subir —respondió Demi con voz apenas audible—. ¡No lo puedo creer! ¡No puedo creer que hayamos llegado hasta aquí!
Él bajó la cabeza y no agregó nada más.

Mikky, su hijo de apenas cinco años, había muerto tres días antes, de una extraña forma de leucemia, diagnosticada unos meses atrás. Desde un principio, ellos supieron que el niño no sobreviviría. Fueron preparados por los mismos equipos médicos que lo atendían a él. Y Mikky, finalmente, falleció. Casi sin sufrir. Un mes antes, un coordinador del Programa había tomado contacto con ellos. El On Schedule comenzó a funcionar en el 2003, hacía ya dos inviernos, luego de una importante difusión a través de todos los medios. Incluso hubo un reality show sobre el tema. Por ello es que los Hardstone —pese al shock—, no se sorprendieron con la entrevista. No conocían los detalles, pero sabían de qué se trataba.
—Lamento las circunstancias de esta reunión —comenzó el manager del programa local, abriendo su laptop—. Pero creo que es hora de interiorizarlos sobre las alternativas del OS. El Programa brinda diferentes opciones, algunas de las cuales se encuentran cubiertas por su Seguro Social. Las básicas, naturalmente —el ejecutivo sonrió—. Pero pueden elegir otras, como les explicaré.
Demi lloraba en silencio.
—¿A usted le parece que éste es momento para decidir nada? —indignado, Sean miraba a su mujer y sentía su propia congoja.
—Señores Hardstone —agregó el hombre con voz baja pero firme—. Demi, Sean: ustedes saben que éste es, justamente, el momento preciso. El médico que asiste a Mikky nos ha notificado, como es su obligación, del estadío terminal de su hijo. De acuerdo con las especificaciones del programa, ya estamos en el tiempo previsto para el deceso. Y es necesario definir la planificación del traslado del cuerpo, asi como analizar ciertos detalles.
Demi levantó la mirada hacia los ojos de su esposo. Vio en ellos bronca y tristeza. Vio desvalimiento. Y también vio la misma forma, el mismo color de los ojos de Mikky. Mikky, ya sin pelo, postrado en la habitación contigua. Muriendo.
Tomó a Sean del brazo, y cubrió su voz con la suya.
—De acuerdo, supongo que tenemos que escucharlo —su tono sereno distendió la situación.
—Gracias. Gracias, Demi, por comprender. Entiendan que se trata de su propio bienestar. Y… del de Mikky.
Sean y Demi se estremecieron.
—Continúo —dijo el coordinador—: hay dos aspectos que debemos definir. En primer lugar, el traslado de Mikky. El seguro cubre, además del transporte de los restos, un pasaje en Económica para el familiar que va a viajar, y la estadía completa por tres días en la ciudad argentina elegida, de acuerdo con diferentes aranceles. Ya sea que el servicio se brinde en Buenos Aires, en Córdoba o en Bariloche, los valores varían, como ustedes comprenderán.
Sean asintió.
—Por último, hablemos de la inhumación propiamente dicha. Al respecto, existen básicamente dos posibilidades: en la primera, los restos se creman, y la guarda es por cinco años o a perpetuidad. En la segunda opción, los restos van directamente a tierra en las mismas condiciones.
—Nosotros queremos tener a nuestro hijo cerca —dijo Sean, sobreponiéndose—. ¿Qué pasa si no aceptamos ninguna de las propuestas?
—Bueno, como ustedes saben —el coordinador miraba la pantalla de su laptop— en marzo del 2003 el Parlamento Europeo aprobó una norma según la cual no se producirían más cremaciones ni inhumaciones dentro del continente. Y adscribió al On Schedule a la totalidad de sus países. Hasta la fecha, el Programa cuenta con un solo destino: la República Argentina, donde se encuentra la sede del OS.
—¿Argentina? —se sorprendió Demi.
—Sí, se trata de un emprendimiento integrado por capitales mayoritariamente argentinos y con un alto grado de eficacia en los resultados. Me parece importante destacar que, hasta ahora, ni el Reino Unido ni otro país de Europa ha recibido una sola queja —los miró con cara de triunfo—. Ustedes no pueden dejar de aceptar.
Demi y Sean se tomaron de la mano. El coordinador observó los pequeños brillantes en el anular de la joven.
—Por lo que sé de su status económico y social, estoy en condiciones de ofrecerles el On Schedule Premium, que consiste en el traslado a Buenos Aires, para dos personas, en primera clase; alojamiento por siete días en el Sheraton, e inhumación de los restos de Mikky en la mejor y más cercana necrópolis: Paradiseland, un verdadero vergel ubicado a la salida de la capital argentina.
—O sea que no dentro de la ciudad —afirmó Sean.
—No, Paradiseland queda en los terrenos que, hasta hace poco tiempo, ocupaba un ente llamado CEAMSE, que procesaba basura —tecleó algo en su laptop y la giró, presentándoles la pantalla—. Fíjense. ¿Ven este sector? Es la zona anglicana. Allí aún quedan algunas parcelas. Les dejo el folleto con todas las posibilidades y costos, y las formas que deben completar y firmar en conformidad. No los molesto más. Piénsenlo. Y el martes, a esta hora, vuelvo a retirar los papeles.

Demi y Sean lo pensaron. Y lloraron. Lloraron mucho. Y despidieron la vida del pequeño. Y viajaron. No eran los únicos en el vuelo SWR 338, con escalas en Bruselas y Ginebra, que llevaban la misma misión.

En su fastuosa oficina de Puerto Madero, José Luis Perá, CEO de On Schedule Inc. y ex político devenido en empresario, oprimió el botón del intercomunicador.
—Madeleine, alcánceme las carpetas de La Rioja, Catamarca, Chubut y Santa Cruz. Por favor, no olvide ninguna.
Demián, su principal manager, lo miró con sorpresa.
—Parece que vamos a necesitar mucho espacio—. Dijo.
—¡Sí, Demián, sí! —le arrojó un papel desde el otro lado del escritorio—. Leé este fax.
La cara de su segundo cambiaba de color a medida que avanzaba en la lectura.
—¡No lo puedo creer! —explotó Demián—. ¡No puedo creer que hayamos llegado hasta aquí!
—¡Sí, señor! El jueves viajamos a Tokio, y en una semana estaremos firmando con Japón. ¡Un millón doscientos mil fiambres por año! Imaginate…
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Vie Nov 14, 2003 09:51    Asunto: Responder citando

Ojos como los de aquella noche

Finalizada la discusión sobre el caso clínico del ateneo, los médicos se dispersaron por el Servicio. Rodrigo Oliván entró en el despacho de Bermúdez.
—Bueno, Jorge —dijo, mirando a su jefe con expectativa—, acá estamos. ¿Qué es eso tan importante que me querías contar?
Bermúdez le indicó el asiento, frente a sí. Era un excelente clínico y, además, un gran tipo. Rodrigo se llevaba bien con él, luego de trece años de trabajar juntos. Sabía que la confianza era mutua.
—Doctor Oliván —solemne y enigmático, el jefe lo miró a los ojos—, sabés que hace ya como un año y pico que pedimos varios cargos en la Muni.
—Dos años, Jorge. Dos años.
—Bueno, dos. Pero parece que este nuevo director tiene cierta banca. Ayer me llamó.
—Oh milagro —dijo Rodrigo, y sonrió con ironía.
—Pero esperá, viejo: el tipo me informó que salieron tres nombramientos de planta para médicos del servicio.
Rodrigo desvió la vista, y descubrió el relieve de su mano reflejada en el vidrio del escritorio. Detrás vio su propio rostro, que aparecía fantasmal.
—Yo ya soy médico de planta, Jorge —dijo.
—Pará, pará —mirándolo con expresión divertida, su jefe le hizo un gesto con la mano—. Al incorporar estos nuevos cargos, la dimensión del servicio requiere de otro nombramiento.
Extrañado, Oliván estudió a Bermúdez:
—No me vengas a contar que ese otro cargo es el de subjefe…
—Exacto. Eso quiero ofrecerte: la subjefatura.
Rodrigo no supo qué contestar. Más de una vez se le había cruzado por la cabeza lo que acababa de oír, pero nunca sintió que él fuese merecedor de semejante cargo.
—Estás entre los más antiguos —decía Bermúdez, como si le hubiese leído la mente—. No es por alabarte, pero sos muy laburador, responsable y querido dentro del hospital.
—¿Querido por quién?
—Por los otros médicos, las enfermeras… Y por los mismos pacientes, lo cual no es poco. Mirá, si no, el caso de Schiaretti: el único que lo atiende sos vos. —Como recordando algo, Bermúdez añadió—: Ah, te aviso que anoche se agravó fiero, y hubo que trasladarlo a UTI.
—Jorge… —titubeó Oliván—, no sé qué decirte. Pero… ¿y Laura?
El jefe prendió un cigarrillo, le dio una pitada como si juntara toda la paciencia del mundo.
—Laura entró apenas seis meses antes que vos. Es muy buena médica y buena mina, pero no tiene capacidad de gestión. Además es muy joven: creo que le falta un poco de carácter…
—De todos modos, no me parece justo…
—Escuchame, Oliván, escuchame —la voz volvió a sonar enérgica—: esta es una decisión tomada y acordada con el director. Sólo te queda decir que sí o que no. —Y concluyó, sonriendo—: Además, Laura está muerta por vos. Y lo sabés. Va a estar encantada con tu nombramiento. El lunes le comunicamos la nueva al servicio.

Oliván ingresó en Terapia Intensiva y fue derecho a la cama de Schiaretti. Al pobre acababan de quitarle el tubo, y era evidente que respiraba con dificultad. Cuando Rodrigo estuvo bien cerca, Schiaretti lo miró y le tendió la mano en la que tenía colocada la cánula. Rodrigo se la estrechó suavemente, y leyó la evolución clínica.
—Oscar, Oscar… —le sonrió—, te veo más animado. ¿Cómo te estás sintiendo?
—Como el culo, doctor —bajando su mascarilla y con voz entrecortada, Schiaretti intentó sonreír, pero le salió una mueca—. Apenas puedo respirar.
—Tranquilo, en un rato vas a estar bien: te van a extraer líquido del pulmón, y eso te aliviará.
Le palmeó el hombro y fue a hablar aparte con el interno, quien no le dijo nada que él no supiera:
—A tu paciente se le venció la garantía, Rodrigo. Está por decolar en cualquier momento.
Asintió y no pudo reprimir un gesto consternado. Le tenía mucho afecto a Schiaretti. Como a todos sus pacientes. Y sentía que ellos también lo querían. Bermúdez no se equivocaba.
—Fijate —le estaba diciendo el interno—, esta es la última tomografía: todo el pulmón derecho está tomado. Ni siquiera es operable.
Rodrigo miraba la imagen en el megatoscopio. Su cara se reflejaba en la pantalla, como enredándose con el pulmón blanqueado por el cáncer. Se sorprendió admirando el efecto de la superposición de imágenes igual que si se tratara de un cuadro.
—Gracias —dijo, y volvió al servicio.

No salió ese fin de semana. Sentado en el sofá del living frente a un televisor que no escuchaba ni veía, pero que al menos le devolvía imágenes distintas a la suya, se quedó pensando y recordando hechos de su tardía carrera. Habían sido años duros, y debía reconocer que se esforzó mucho: primero como "perro" en la Sala de Clínicas, vaciando chatas y arrastrando camillas; después, como Residente de Segundo, y como Jefe de Residentes a los tres años. Siempre cansado, debió complementar el cargo con dos guardias semanales. Hasta que llegó —de esto hacía cinco años— a Médico de Planta. Ese sueldo y una de las guardias que conservó le permitieron sostenerse. No se había casado ni tuvo parejas duraderas. ¿Por qué? No lo sabía. Recordó lo dicho por Bermúdez acerca de los sentimientos de Laura, que cada tanto le enviaba señales inequívocas. Era muy bonita y deseable, pero él no dejó que las cosas fueran más allá; simplemente, no la quería. Respetaba a su compañera, y jamás utilizaría sus sentimientos para sacar un provecho apenas erótico: se consideraba un romántico idealista, que sentía al sexo como indisoluble de la ternura. El verdadero problema era que jamás había estado enamorado, no sólo de Laura sino de ninguna mujer. Tantas veces le hubiera gustado permitirse explotar, decir lo que sentía, mostrarse agotado o temeroso o vulnerable… Pero sus padres le habían enseñado a no parecer débil.

El lunes volvió a la rutina de los días de semana. Después de la ducha, comenzó a afeitarse. Como de costumbre, el espejo estaba ciego por el vapor. Nervioso y desasosegado, lo frotó con el toallón hasta que su cara —¿su cara?— dejó de ser sólo una mancha indefinida. Por primera vez, desconoció esa nariz algo curva que se equilibraba con la mandíbula cuadrada y prominente. Le pareció que los ojos reflejados lo miraban con miedo. Casi con estupor, casi ajenos. ¿Miraría de la misma forma él a los demás? Basta de estupideces, se dijo. De todos modos, a quién le importaba.
Irritado, puso agua fría en el pequeño corte de su barbilla, hasta que dejó de sangrar. Se le estaba haciendo tarde.
Ni siquiera notó que se había afeitado con la mano izquierda.

Al entrar en el Servicio, la fiel Eloísa lo miró con ojos cómplices. ¿Viste, pichón? —parecía decirle, sonriente—. No hay secretos para una enfermera. Sin palabras, lo palmeó en la espalda. Había sido un gesto cariñoso, de reconocimiento, pero Rodrigo se apartó enseguida.
—Tranquila —se oyó a sí mismo—. No toque lo que no va a comprar.
Eloísa lo miró desconcertada, se alzó de hombros y pegó media vuelta.
Rodrigo Oliván, inminente Subjefe, hizo su aparición en la Sala de Médicos y encontró a casi todo el personal alrededor de la gran mesa. Intercambió saludos y se sentó. Indudablemente había una reunión convocada por Bermúdez, quien aún no había llegado. Laura se ubicó junto a él.
—¿Sabés de qué se trata, Ro? —le preguntó en tono de compinche.
Rodrigo hizo un gesto indiferente y se puso a tomar notas.
Entonces Jorge Bermúdez entró en la Sala, con su estudiada desprolijidad y sus dichosas carpetitas bajo el brazo.
—Señores —dijo—, los convoqué para darles buenas noticias.
Receloso, Rodrigo se enderezó en su sillón: la voz del Jefe, sus gestos, sonaban formales; pero no tanto como la situación lo exigía. No siempre se anunciaban cosas como las que Bermúdez estaba a punto de revelar.
—Por eso hoy estamos aquí —explicaba el Gran Jefe—. No se trata de un ateneo o de un pase de pacientes. Lo que les voy a comunicar atañe a todo el servicio.
El equipo se removía, inquieto, en sus respectivos sillones.
—Pocas veces tenemos algo para festejar. Bueno, hoy es una de esas veces.
Y Bermúdez relató en breves palabras —en muy breves palabras, por cierto— las novedades. Y hubo exclamaciones de alegría y de sorpresa. Y hubo felicitaciones.
Pero también hubo cruces de miradas, que no se le pasaron por alto a Rodrigo Oliván.
Se sentía extraño, como ajeno a lo que allí ocurría. Laura, a su lado, lo abrazaba.
—¡Qué bueno, Ro! ¡Te felicito! —sonreía, pareciendo realmente feliz—. Me alegro muchísimo por vos, que te lo merecés, y por todos. Vas a ser un excelente jefe.
—Subjefe —la corrigió él—, sólo subjefe.
—Bueno, sí, lo mismo —y lo miró a los ojos—. Supongo que lo festejaremos.
—Creo que Bermúdez mandó a comprar unas gaseosas y sandwichitos… —se interrumpió, sorprendido del tono cínico que había usado.
—No, no, qué sandwichitos ni sandwichitos —le apretó el brazo—. Yo te quiero invitar. Esta noche te espero en casa. Te voy a preparar una rica cena. Dale, vení.
Rodrigo no entendía muy bien qué estaba sucediendo. ¿Qué podría sentir por él una mujer diez años menor, a quien apenas llevaba el apunte? Tampoco entendió su propia respuesta.
—Sí, por qué no —se escuchó decir—. Voy a las nueve, después del gimnasio. Y llevo un vinito.
La vio alejarse por el corredor, con un contoneo que, supuso, era para él. Quedó pensativo.
Y la burlona voz de Bermúdez lo trajo a la realidad:
—Después del consultorio nos reunimos, Señor Subjefe —le sonreía, socarrón—. Vamos a trabajar sobre algunos detalles de nuestro dichoso sistemita, así que no subas a Sala. —Y agregó—: Ah, te cuento que Schiaretti murió el domingo a la mañana. Lo siento.
Pero Oliván no lo sentía. Él sí que no. Schiaretti era un drogón de mierda, y se lo había buscado. A ver si siempre tenía que ser él quien se preocupara por esas basuras. ¡No, viejo, no!
Se dirigió al consultorio. Había un buen número de pacientes esperándolo. Todos le sonrieron mientras entraba, seco y callado, en la salita. Tomó la lista de turnos y llamó al primero, el de las nueve. Lo revisó, llenó la historia clínica y le prescribió unos antibióticos. Con los demás hizo exactamente lo mismo —revisada, formulario, prescripción y despedida— hasta las once de la mañana, hasta completar la lista.
Dispuesto a dejar el consultorio, tomó sus cosas y firmó la planilla. Todo como siempre.
Y recién entonces advirtió algo extraño, siniestro: había estado escribiendo con la mano izquierda.
Trémulo, se miró las manos y las apretó con fuerza contra el vidrio del escritorio. Su cara borrosa lo observaba desde abajo con ojos aterrorizados. De inmediato salió del consultorio, huyó sin rumbo. Y, sin saber cómo, se encontró en la entrada del Servicio.
—¡Hola, Doc! —Susana Spin, su paciente más antigua, le dio un beso—. Necesito una receta…
—¡No! —respondió cortante—. Ya terminé el consultorio y vos no tenías turno.
—Pero… ¡Doc! —la imbécil no disimulaba su desconcierto—. No tengo medicación desde mañana y…
—¡Dije que no! —sin mirarla siquiera, Rodrigo Oliván pegó media vuelta y fue hacia el despacho de Bermúdez—. Te hubieras acordado a tiempo.
Le encantó imaginarla a la Spin, muda a sus espaldas, con los brazos caídos, haciendo pucheros como si fuese una beba. ¡Pedazo de pelotuda!
Entró en lo de Bermúdez y cerró la puerta.
La siguiente media hora la pasó confirmando lo que en realidad sospechaba: Jorge Bermúdez, el Capo Dei Tutti Capi, no era un profesional de la salud sino un vulgar burócrata, un parásito sólo preocupado por las minucias de la organización. Ahora entendía Oliván por qué lo había convocado: aquel inútil de mierda necesitaba cerca a un tipo de su valía.
Como en un relámpago se dio cuenta de que esos pensamientos intentaban cubrir aquello que no podía ya sacarse de la cabeza: la idea de estar enloqueciendo. No todos los días la mano izquierda de un diestro tomaba el poder de manera incuestionable.

Eran las nueve y cuarto de la noche cuando tocó el timbre de Laura.
Ya en el ascensor, Rodrigo se vio en el espejo. Y encontró aquellos ojos que lo habían observado entre el vapor del baño, esa mañana. Ojos del mismo color, de la misma forma de siempre… pero temerosos, con un estupor ajeno.
Ella lo hizo pasar. El departamento, de tan minúsculo, parecía una casa de muñecas. En el living, la mesa estaba tendida, y dos velas ardían entre los cubiertos.
—Ya tengo todo listo —Laura lo invitaba, sonriente—. Sentate que sirvo.
—No, vamos juntos así te ayudo. Además —agregó Oliván—, supongo que la cocina debe ser chica… —se descubrió terminando la frase con tono de galán de telenovela, como insinuando el absurdo de que el espacio reducido provocaría algún pegoteo, algún tipo de contacto más íntimo entre los dos.
—Bueno, si querés… —ella lo miraba, curiosa—. No te conocía como un Don Juan.
Rodrigo la siguió hasta la cocina, apreciando el contoneo. Ella abrió la heladera y se agachó para sacar una ensalada. Pero no le dio tiempo: en un segundo la tomó por los hombros, desde atrás, apoyándose fuertemente contra sus nalgas. Laura soltó una exclamación de sorpresa y la ensaladera con la lechuga y los tomates terminaron en el piso. Trató de darse vuelta pero Rodrigo no lo permitió: una mano le tiraba del pelo, y la otra hurgaba frenética entre los pechos, apretándola contra sí. Su cuerpo la iba empujando hacia la mesa, y la muy puta no hacía más que gritar.
—¡Nooo, Rodrigo, nooo! ¡Estás loco!
¡Loco él! Ya iba a ver esa guacha la clase de loco que era. Al llegar a la mesa, soltó sus pechos pero no su pelo. La mano izquierda de Oliván barrió todos los objetos y echó a la joven de cara contra la tabla. Sus gritos ya eran de dolor. La falda, fina y liviana, se rasgó enseguida; la bombacha terminó también en el suelo. Separándose un tanto, Rodrigo le pegó un rodillazo allí donde terminan las nalgas, dejándola sin aliento y con las piernas abiertas. Rápidamente bajó el cierre de su bragueta y la penetró y bombeó de manera urgente, mecánica, como un pistón. Laura sollozaba, ya sin resistir. Cuando Oliván acabó, ella quedó así, boca abajo, inerme. Él la volteó y le encajó dos cachetadas. Un hilo de sangre empezó a manar de la nariz, mezclándose con las lágrimas. Sus ojos rojos y mojados no lo miraban.
Recién entonces Oliván habló:
—¡Zorra! Al final te di lo que buscaste todos estos años.
—Rodrigo…
—Demás está decirte que si abrís la boca… ¡Ahora bajá a abrirme!
Ella se compuso como pudo y bajaron a la puerta de calle, en silencio. Como quien nota en la piel los pliegues de una máscara de goma, Oliván sentía una desvergonzada sonrisa colgándole del rostro.

Ya en casa, se desvistió enseguida. Cepillándose los dientes, vio su imagen en el espejo. Reparó en que una extraña humedad opacaba la mirada del cristal. Esa noche durmió profundamente.
Cenaban a la luz de las velas y bebían un exquisito malbec. Luego se sentaban en el sofá del living, y ella le servía un whisky con hielo y ponía música lenta. Rodrigo seguía extrañamente callado, como toda la velada. Pero Laura no le hacía ningún comentario. Al alcanzarle el vaso, le rozó la mano. Él la tomó con delicadeza.
—Todo está muy lindo —dijo—. Pero mañana tenemos que madrugar.
Ella, en silencio, lo acompañó hasta abajo. Cuando se acercaron a la puerta, él se reflejó en el vidrio. Sintió el irresistible deseo de tocar la figura. Cuando lo hizo, el blindex se desintegró en infinitas fracciones que cayeron sobre su cuerpo.
Sudoroso y boqueando, Rodrigo se incorporó en la cama.

Desde aquí, detrás de cada reflejo, lo veo todo, todo. Y siento una mezcla de pena, de lástima, de desolación. Desvalido, como si hubiera sufrido una hemorragia. Como en el lejano puerto de una isla sin nombre. Una isla de aflicción. Y yo, a la deriva detrás de cada espejo, de cada transparencia.

Al día siguiente, entró en el servicio a las ocho en punto. Se percibía un ambiente raro, denso. Eloísa lo saludó de manera escrupulosa.
—Buenos días, doctor Oliván —parecía sólo una frase—. El doctor Bermúdez lo espera en su despacho.
Por un instante se le cruzó la noche anterior y sus imágenes: ¿ella habría hablado? No, imposible. Laura lo había estado provocando y, salvo por una pizca de violencia, debía estar muy satisfecha. Marchó al encuentro con su jefe.
—Pasá, Rodrigo, sentate —el tono de Bermúdez también sonaba diferente—. Ayer, después que te fuiste, seis pacientes atendidos por vos a la mañana se acercaron al mostrador del servicio. Con el mismo reclamo —le tendió un papel que Rodrigo reconoció como una más de sus recetas—. Te muestro sólo una. Las otras cinco también están escritas como esta.
Rodrigo leyó el papel que tenía ante sí.
La receta cayó de sus manos.
—Para entender lo que decían —agregó Bermúdez—, las tuve que poner al lado de un espejo. Estuve un buen rato hasta que se me ocurrió. No entendía nada. Y sigo sin comprender. ¿Es una habilidad nueva? Esto va más allá de tener o no letra de médico —lo miraba como desconociéndolo—. ¿Qué te pasa?
Oliván se estremeció.
—Otra cosa, Rodrigo: también le tuve que hacer una prescripción a Susana… eh, ¿cómo se llama esa paciente tuya?
—Spin —replicó mecánicamente—. Susana Spin.
—Spin. Spin dijo que la trataste mal y que no la quisiste atender. Que se le terminaba la medicación, viejo. Y le creí a la pobre mina.
—¿Y? —Rodrigo se alzó de hombros.
—Y que no entiendo. No te entiendo. Vos sos el primero en pelearte con los residentes cuando pasa algo así. —Más distendido, Bermúdez agregó—: ¿Te suena la frase "No hay razón que justifique no atender a un paciente"? Es tuya. Y de no hace mucho. ¿Qué te pasa? ¿Estás…
—… de acuerdo, Jorge. Pero convendrás conmigo en que el servicio ha crecido mucho. Y vos justamente ayer me decías que nos teníamos que organizar mejor. —Y ahí se le ocurrió—: Por otra parte, me parece que a muchos de nuestros pacientes les van a venir bien algunos límites. ¿No opinás lo mismo?
Bermúdez sacudió la cabeza y se puso a trabajar en sus papeles. Pero antes de que Rodrigo abriera la puerta para salir, su mano tendida le alcanzó las demás prescripciones. "Hacete cargo", parecía decirle con la mirada.
Ya fuera del despacho, Oliván miró las recetas y sintió pánico. Debía revisar cuidadosamente todo lo que escribiese a partir de ese momento, para que no se filtrara ninguna palabra o letra invertida. Jamás había sufrido de dislexia ni tuvo disgrafía alguna. Tampoco fue zurdo. Pensó en hacer una consulta con Gálvez, el jefe de Neurología. Pero —no sabía bien por qué— tenía la convicción de que no se trataba de algo neurológico. Era diferente. No se trataba de un problema… físico.

Durante el pase de pacientes, sentados alrededor de la mesa, Rodrigo se encontró mirando a Laura. Mejor dicho, al lugar que Laura solía ocupar en esas reuniones: ella había dado parte de enferma.
Quedó pensativo, ajeno a lo que ocurría en la sala.
¿Ser repudiado? ¿Ser rechazado, justo él?

En el servicio, algunos parecían darse cuenta de que algo ocurría con Oliván, aunque sólo le reclamaban por sus demoras absurdas en la atención de los enfermos. Tenía la impresión de que lo miraban, lo estudiaban constantemente. Además, estaba ella: hacía tres días que la mina no se presentaba en el hospital. "¿Pasó algo entre ustedes?", le había preguntado Bermúdez un par de veces. Oliván negó y volvió a negar, pero era evidente que su jefe no quedaba conforme.
"No me interesa Laura", se decía. "No me interesa ni jamás me interesó."

Me repito, detrás de esta barrera hecha de brillos y transparencias: si acudiera a mamá, ella me ayudaría. El viejo ya no puede. Apenas había cumplido los ocho cuando ocurrió: yo no lo supe hasta ese momento, pero mi padre sufría del corazón. Desde mi habitación escuché el grito de mi madre: "¡Papá, papá! ¿Qué te pasa?". Me tapé los oídos con la colcha. ¿Soñaba? No. Era lo que temía. Después de hacerlo todo para reanimarlo, el médico de la ambulancia certificó su muerte. Llegó mi tía. Trataba de contener a mamá. Yo miraba, ciego. Las miraba a ellas y miraba a mi padre, cubierto por una sábana. Sus ojos, me pareció, se abrían en un desconcierto infinito. No derramé una lágrima. Ni lo besé cuando me obligaron a despedirlo frente al cajón. Desde entonces, nadie ocupó la cabecera: sus cubiertos y su plato, siempre ahí. Esperándolo en silencio. Como nosotros. Mamá se volvió retraída, muda. Yo la seguí. Nadie me escuchaba ya. Aún hoy, en verdad, no sé si aquella noche no soñaba.

Cuando terminó con el consultorio, Oliván avisó que subía a tomar un café. Ya en el bufé del primer piso, vio una mesa con varios compañeros. Pasó de largo y eligió otra, pequeña, junto al ventanal. Le pareció que todos se volvían hacia él.
Revolvía su café, y los últimos días se le fueron presentando como en un remolino. Imágenes sueltas, fuertes. Nunca se había sentido así. No podía dejar de pensar, de rumiar. El miedo, cada vez con mayor presencia, se aliaba con el sufrimiento. Nomás el día anterior, estudiándose las manos, las había visto temblar. Desde entonces, le costaba escribir. Además, pasaban los días y le resultaba imposible olvidar a Laura. Pensó que la tipa estaría rompiéndose la cabeza para descubrir qué sucedía con él. O con el que ella creyó que él era. Evidentemente él era otro… ¡No! Rodrigo no había fingido el respeto y el afecto, jamás la engañó. ¿Y entonces? ¿Se habría vuelto loco? Quizá lo había desequilibrado el nombramiento: apabullado por la responsabilidad, recurría al cinismo. Éso debía ser. Éso. Pero… ¿y lo de su mano? ¿Cómo se explicaba?
Volviendo a la mina, tal vez le alcahuetearía todo al moralista de Bermúdez. Y a Bermúdez le caería muy mal, acaso comenzaría a cuestionarse si la elección de Rodrigo había sido justa. Aunque él cumplía, si bien con mayor lentitud que la acostumbrada. Sí, sí: debía reconocer que no era el mismo.
Al levantar los ojos, sintió un escalofrío: le pareció ver, en la otra mesa, la mirada de Laura penetrando en la suya. ¡Dios! ¿Qué le estaba ocurriendo?

Esa noche, como las dos anteriores, casi no pudo dormir. La imagen de Laura, hermosa y tierna, martillaba en sus ojos. Aún cerrados, seguía viéndola. Escuchaba su voz. Sentía la cálida mano de ella en su hombro. No podía quitarse de la mente la espantosa imagen de la cocina. Le dolía el corazón. Bueno, el corazón no. El pecho. ¡No! Era su corazón. Se levantó. Aclaraba, y los rumores de la calle comenzaban a filtrarse por la persiana del dormitorio. Un tronar lejano anunciaba tormenta. Como aquella noche: la noche de su padre. Recordándolo, se dirigió a la ducha. La abrió y se metió debajo. Su pecho se aflojó y notó que las lágrimas caían junto con el agua. Un desmesurado grito le subió desde las tripas. Pero quedó ahí, congelado en su garganta.

No podía precisar cuánto tiempo había estado así, inmóvil bajo el agua de la ducha. Corrió la cortina y desempañó el espejo. Vio el torso, vio los brazos tensos, vio la cara demacrada, las profundas ojeras oscuras y el temblor de las manos. Vio la mirada, los ojos tras el azogue.
—¿Quién sos? —escuchó su voz entrecortada por los sollozos.
¿Quién soy? Soy Rodrigo Oliván.
—¡Noo, ese soy…
Como un espectador, vio su puño izquierdo avanzar en cámara lenta hasta estrellarse contra el vidrio. El espejo estalló. Sólo quedó un pequeño pedazo de cristal, solitario, pegado a la pared. En él se miró, mientras abría la canilla del agua caliente. Levantó un trozo largo y aguzado y puso su muñeca bajo el chorro. Ni siquiera necesitó ver lo que hacía. Con un solo movimiento logró que el agua comenzara a colorearse. Apenas ardía.
Sus ojos, húmedos e irritados, lo miraban. Ahora sí, eran los suyos. Y estaban en paz. Como los de su padre, aquella noche.
Por fin pude salir. Por fin pude encontrarme con mi destino.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Vie Nov 14, 2003 10:03    Asunto: Responder citando

Buenos Aires Express

—Y… más o menos setecientos —me respondió el tal Rolo.
—¿Setecientos qué? —yo necesitaba estar seguro. No quería dejar nada suelto.
—Pesos, loco, pesos. Más o menos setecientos pesos.
Dudé antes de preguntar:
—Y el más o menos qué significa.
—Quiere decir unos cincuenta más para viáticos, la espera y la limpieza.
—Pero me olvido de Yañez, ¿no?
—Sí, loco, sí. Nos reunimos de nuevo, vos me marcás los datos, me traés cuatrocientos, y cuando la opereta se termine me entregás los trescientos cincuenta que faltan. Vos te despreocupás de todo. ¿La querés más simple?
Simple. La palabra me retumbó en la cabeza: todo parecía tan simple. Fácil manera de terminar, de una vez por todas, con la presión, con la angustia. Con esa angustia que ya no me dejaba vivir en paz. Ni dormir podía.Y todo eso —la paz, poder relajarme, empezar de nuevo—, todo, todo, por menos de una luca…
Miré alrededor. Nadie nos observaba. El ruido del boliche tapaba las voces. Lo único que se entendía eran los pedidos de los mozos en la barra. Por algo el Rolo me había citado en esa esquina —San Juan y Sarandí—, a la una de la tarde. Estaba lleno, y todos almorzaban guisos baratos y sencillos. Nuestra mesa, contra la pared, hasta podía considerarse un "reservado".

—Dos cosas más —siguió Rolo—. Primero, que dejamos la mitad para el final porque sos amigo de Manuel. Nosotros siempre cobramos todo adelantado, pero bueno. Manolo me explicó tu situación, y te esperamos. Ojo, ni se te cruce cagarnos, ¿ok?
Sentí un escalofrío.
—¿Sos loco? ¿Cómo se te ocurre? Y menos en una cosa así… Si me comprometo, contá con la guita.
—No, no te preocupés. Simplemente aclaro. Y, otra cosa: lo que nosotros le saquemos aparte, ya no es tu problema. Vos, fumá nomás.
—¿Cómo "lo que le saquemos aparte"? —ya no me parecía tan sencillo—. Entonces, no lo hacen enseguida.
Él me miraba con una sonrisa irónica. Igualita a la de mi viejo.
—Loco, si en el trámite hay que reventar algo… mala leche. Vos pagás por un servicio. Comprás un resultado: si el resultado lo tenés, vale lo que pagaste. Lo que hagamos en el medio, no es problema tuyo. Es nuestro. ¿O la jeta, quién la pone? Dejate de joder, no des más vueltas. Lo tomás… o lo dejás.
Pensé en Liliana, la mujer de Yañez. Pensé en las dos nenas…
—Bueno —dije finalmente—. Dejame organizar el tema de la guita, y el martes al mediodía te traigo la primera parte. Nos vemos acá, como hoy. ¿Estamos? O, mejor, dame tu celular y te llamo.
—No, loco, ni en pedo. Yo te llamo. El martes, a las doce y media, te digo dónde nos encontramos. Pero no acá. O te creés que soy boludo.
Se levantó. Al darle la mano sentí que ya no había vuelta atrás.

Desde que entré a la papelera, Yañez me había tomado de punto. Arístides, el encargado de la sección, me lo había advertido. Él hacía quince años que estaba ahí, y conocía muy bien a todos. "A los nuevos los aprieta todo el tiempo. Es un hijo de puta. Y no te hagas mala sangre, que tiene todas las de ganar. Es el dueño, ¿viste?".
Hacía tres años, me había pasado lo mismo con aquel tesorero en el banco; hasta que me tuve que ir. En ese momento me juré que jamás me dejaría basurear por ningún hijo de puta. Menos por haber llegado, dos o tres veces, unos minutos tarde, o por equivocarme con alguna liquidación de sueldo (sólo hacía siete meses que estaba en la empresa).
Me parece estar oyéndolo a Yañez: "Felici, no servís para un carajo". Me lo gritaba delante de todos, incluida Dolores, su secretaria. "En serio, estoy pensando en rajarte a la mierda". ¡Y no poder contestarle nada, al muy turro! Como si él jamás se equivocara. El miércoles había llegado al colmo, cuando me tiró la carpeta de estadísticas. Todas las hojas se desparramaron por el piso. Y yo juntándolas en cuatro patas. "¡Te dije que no me jodieras cuando estoy hablando por teléfono, boludo!", me ladró. La cosa no daba para más. Pero muy pronto le mostraría quién era, con quién se estaba metiendo. Los otros se me cagaban de risa. Dolores me miró con lástima. Lo que menos quería de ella. Debía ser cierto que él se la estaba transando. Ella también se iba a dar cuenta de quién era yo. Todos se iban a dar cuenta. Especialmente mi viejo. "Pepe, ¿por qué habrás salido tan inútil? Parece mentira que seas hermano de Martin y de Clarisa". Martin y Clarisa. Para mi viejo ellos eran los modelos. Siempre. Al final, el muy cornudo clavaba sus ojos en mí, con esa mirada de "no esperaba otra cosa de vos", que ya no necesitaba palabras. Cada vez que iba a dar un examen, escuchaba dentro de mí la maldita frase. Hasta que dejé la facultad. "A laburar, que yo no mantengo vagos", anunció dejando el vaso de whisky en la mesita. Lo dijo muy tranquilo mientras mi madre, callada como siempre, trataba de confortarme apretándome el brazo. "Dejá de apañarlo, Mercedes. Que vos tenés gran parte de culpa en que siempre haya hecho lo que quiso. Pero va a aprender. ¡Te juro que va a aprender!". Ella bajó sus ojos. Pero no dijo nada. Como siempre. No dijo nada. No podía hablar: cada vez que se enfrentaba a papá terminaba con algún moretón. Yo la había visto muchas veces. ¡El muy hijo de puta! Así fue como entré al banco. Después, el comisionista de bolsa. Y ahora, la papelera. Lo del comisionista, ése sí que fue un error. Me di cuenta enseguida de que era un miserable: me pagaba una basura y, además, siempre tarde. Pero me la cobré cuando me quedé con aquel vuelto: era lo justo. El tipo se avivó, y tuvo que intervenir el viejo para que yo no quedara pegado. ¡Encima eso! "Sólo quiero que tengas claro que lo hago por mí, por el apellido" —me refregó el mierda—. "Vos vas a terminar en cana. Espero, nada más, que yo ya no viva cuando eso pase".

El martes, justo a las doce y media, sonó mi celular.
—Escuchame —era la voz del Rolo—: si está todo ok te espero a la una y cuarto en Las Violetas. Medrano y Rivadavia. Y traé la guita.
—¿Eran setecientos cincuenta?
—Loco, no me hagás repetir…
—No. Está bien. Nos vemos ahí. Setecientos cincuenta era por un encargo. —Y agregué en voz baja—: Pero yo te voy a pagar mil quinientos.

Ese viernes desaparecieron. Los dos el mismo día. Mi vieja pagó dos mil trescientos dólares (por supuesto que yo la ayudé con gusto). La mujer de Yañez, cinco mil. Cifra razonable para la familia de un pequeño empresario.
El domingo encontraron los cuerpos en la orilla del Reconquista, a pocos metros uno del otro. Yo saldé mis deudas.
Si hasta parece mentira tan barato.
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MensajePublicado: Jue Ene 08, 2004 10:30    Asunto: Responder citando

Proyecto Mburundhi

Cuando entró Lorna en el Conference Room, a Joseph Gujardián lo volvió a inquietar un presentimiento. Aquella mañana se había despertado mucho antes de que se encendiera su radio, luego de un sueño intranquilo. No sabía con certeza por qué, pero lo había asociado con la reunión.
—¡Ya tenemos la financiación! —decía Lorna, radiante, agitando un fax—. La Looking pone el dinero.
Ante la cercana concreción del Proyecto, el ambiente en el segundo nivel del edificio de la Universidad se distendió.
Abdulah, manager del Research Committee, hizo su entrada. El resto de los investigadores presentes se acomodó en silencio.
—Lorna —la voz grave del jefe resonó en medio de libros y carpetas—, ¿por qué no nos hacés una síntesis del Proyecto Mburundhi? Serviría para refrescarnos los objetivos y demás detalles del proceso.
Lorna Scheel, que había sido designada como Study Coordinator, abrió su portafolio:
—Bien, me gustaría que esto no fuera una mera exposición. —Y agregó, sonriendo—: Pregunten, opinen y corríjanme.
Y contó de Mburundhi, una pequeña ciudad del África Subsahariana. Allí vivían trescientos mil habitantes. Bueno, "vivían", es un decir.
—Según la OMS —apuntó Gujardián —, Mburundhi es un caso paradigmático de NBI.
—En realidad —dijo Lorna sin dejar de sonreír—, los mburundhíes, o como se diga, sobreviven en condiciones infrahumanas. Recordar que sus Necesidades Básicas están Insatisfechas, doctor, es emplear apenas un eufemismo. No tienen cloacas ni agua ni otros servicios primarios. Pero eso no es lo más grave. El 15% de su población padece SIDA.
—El Proyecto, entonces —interrumpió Abdulah—, apunta a probar una nueva droga antirretroviral. Se trata de un ensayo randomizado, que confrontará el medicamento versus un placebo.
—Cada rama del ensayo —continuó Lorna Scheel—, que se hará con el sistema de doble ciego, incluirá doscientos cincuenta sujetos, quienes recibirán su medicamento, o su talquito —la sonrisa pícara se ensanchó al decir esto—, durante doce meses. En las semanas primera, veinticuatro y cuarenta y ocho, los quinientos que integran ambos grupos serán testeados para conocer sus niveles de linfocitos CD4 y de Carga Viral. Lo que nos permitirá evaluar la eficacia del nuevo producto. Y de ahí, el lanzamiento comercial es el paso siguiente obligado.
—Y deseado… —agregó Abdulah. Paseó su mirada por los rostros de sus colaboradores—. ¿Preguntas, damas y caballeros?
Durante segundos que parecieron excesivamente largos, sólo se escuchó silencio.
Joseph Gujardián recordó su mala noche y su inquietud. Alzó la mano.
—Yo, doctor —dijo—, tengo un solo interrogante. —Y se dirigió a Lorna—: ¿Creés que el Comité de Bioética de la Universidad va a aprobar este proyecto?
Todas las caras se volvieron hacia él. Algunas denotaban incredulidad, otras temor. La mayoría, simplemente sorpresa.
Dos camareras del Campus entraron con bandejas cargadas de vasitos de café y bocadillos. En el generalizado movimiento para hacer lugar en la mesa, se aflojó la tensión. Cada cual, entonces, se concentró en revolver su café, esperando la reacción de Abdulah.
Pensativo, Abdulah revisaba con gestos mecánicos la carpeta que tenía ante sí. Finalmente habló:
—Lorna —le dijo, seco, a Scheel—, te hicieron una pregunta.
—Pensé que la quería contestar usted, doctor.
—Perdón, doctora, te la hicieron a vos. No sé si recordás que sos la Study Coordinator del Proyecto.
A esta altura, Lorna, visiblemente molesta, miró a Gujardián:
—Joseph, sé que no estuviste en el diseño de nuestra investigación, y quizá no te has compenetrado lo suficiente con sus detalles. Lo que no entiendo es el porqué de tu pregunta. —Negando con su cabeza, agregó—: Me parece descalificadora. Más aún, creo que es descalificatoria.
Varios de los presentes se movieron, inquietos, en sus sillones.
Joseph respondió, con voz pausada y tranquila:
—Es cierto, Lorna, que no conozco los detalles del Proyecto Mburundhi. Pero… —aquí hizo un breve silencio— pero sólo en tu descripción general encontré tres aspectos, por lo menos, éticamente inaceptables.
—Doctor Gujardián —dijo Abdulah sin poder disimular la ira—: le voy pedir, y se lo voy a pedir encarecidamente, que nos puntualice sus objeciones. ¡Basta ya de rodeos! —estalló al final.
—Como no, doctor Abdulah. Pero antes, quisiera hacerle una pregunta más a nuestra Study Coordinator. —Y, dirigiéndose a Lorna Scheel—: Después de finalizado el estudio, ¿está previsto continuar proveyendo la droga a los doscientos cincuenta pacientes que la habrán recibido durante el ensayo?
A Lorna no le tembló la voz.
—No —dijo—. Lo único que está previsto es que el laboratorio Looking proveerá las dosis del antirretroviral sólo durante los doce meses del estudio. No sé si tus tres objeciones…
—… gracias, Lorna, está clarísimo —interrumpió Joseph Gujardián. Y, pensando unos segundos, agregó—: Entonces, ahora son cuatro mis objeciones.
El manager del Committee dio un puñetazo en la mesa.
—¡Basta, Gujardián! ¡Retírese y ya!
El silencio flotó durante un tiempo eterno.
Al fondo del Conference, algunas voces murmuraban.
—Perdón —dijo uno de los investigadores levantando la mano—. Creo que habría que escuchar al doctor Gujardián.
—Sí, sí —se agregaron otras opiniones—, que al menos se explique.
Abdulah no disimuló su disgusto. Pero tampoco era un necio.
—Vamos, Gujardián —dijo—: ¡explíquese de una vez!
Simulando tomar notas en su block, Gujardián hacía tiempo. Pensaba en cómo cuidarse: las influencias de Abdulah eran muy poderosas en todos los ámbitos en que operaba. Miembro de infinidad de asociaciones profesionales del país y del exterior, hasta cinco años atrás había sido el Director Médico de —nada menos— la Looking Labs. De hecho, se sabía que algo de esto había incidido en la financiación del Proyecto Mburundhi. Así como también era conocido que —durante el año anterior—, la Scheel y Abdulah habían gozado de un fugaz romance.
Eligiendo cuidadosamente sus palabras, Joseph mencionó, en primer lugar, el "desliz" ético de no brindar a todos los pacientes el standard de cuidado aprobado al momento del estudio.
—Con lo cual, caballeros —siguió, puntualizando sus palabras—, si pudiéndoles brindar cuidados reales en lugar de placebos, no se los brindamos, aquí se está en presencia de un daño. Y un daño grave —concluyó.
—Pero… —Lorna Scheel estaba realmente enojada—, ¿de qué standard de cuidado me hablás en Mburundhi? Se mueren como moscas todos los días y a nadie le interesa… —de pronto se ruborizó, acaso escuchando sus propias barbaridades. Dejó el discurso en el aire y se llevó las manos al pecho como si fuera una monja.
Pero Gujardián ya la había descubierto: cuando Lorna hacía sus pausas de "reflexión", era porque se sentía perdida.
Todos atentos —algunos alarmados, según advirtió Gujardián—, esperaban las palabras de la Study Coordinator. Abdulah, curiosamente, parecía haberse relajado.
—Por lo menos con este estudio —agregó Lorna—, brindamos medicación a doscientas cincuenta personas, durante un año.
—¿Brindamos? —el tono de Joseph se hacía más firme—. ¿Brindamos? Más bien dejamos que otras doscientas cincuenta se mueran porque les estás dando talco, cuando le deberías proveer de un tratamiento diferente al fármaco que vas a probar. Un tratamiento alternativo, ya reconocido como eficaz.
—Pero por favor, Joseph… —Lorna lo miró como se mira a un ingenuo—. Contame de dónde saldría el dinero para otros doscientos cincuenta tratamientos durante nada menos que un año.
—Por supuesto que de las arcas de la Looking —Gujardián fue terminante—. Así confrontarían un nuevo tratamiento versus otro conocido, y no su droga contra nada. No quiero creer que…
—Pero —inmediatamente Abdulah se interpuso—, ¿usted tiene la menor idea de lo que costó que Looking Labs prometiera los fondos para el proyecto así como está ahora? ¡Háganos el bien de pagar…! Eh… digo, de pasar a la siguiente discrepancia.
Gujardián sonrió interiormente.
—Como no, doctor, continúo. —Y, levantando la vista de sus papeles—: Pero me reservo el derecho de volver sobre este ítem ya que…
—¡Resérvese lo que quiera, pero termine de una vez!
La segunda objeción se refería a la falta de beneficio para los pacientes y para la comunidad.
—¿Cuál es el beneficio, caballeros? —preguntaba Gujardián—. En otras palabras: ¿cómo justificar todo esto ante el Comité de Bioética, para la aprobación del proyecto?
—El beneficio es innegable —Lorna retomó las argumentaciones—, pues hay doscientas cincuenta personas que recibirán la droga…
—Droga cuya eficacia todavía no probaste… —Y Gujardián agregó, en tono candoroso—: Porque pensándolo bien, si ya estuviera probada, ¿para qué harías el estudio?
—¿Cuál es el tercer punto, doctor Gujardián? —inquirió uno de los investigadores levantándose. En el extremo de la mesa, frente a sus papeles, lo enmarcaba un enorme ficus; y a Gujardián le divirtió pensar en la antítesis: la pacífica presencia de la planta, de un verde exuberante, contrastaba con los duros tonos que se oían en la sala.
Continuó con su tercer ítem: los standards de cuidado, a partir de 1996, indicaban que los tratamientos antirretrovirales altamente activos —los HAART’s—, debían implicar tres drogas.
—Y aquí, señores —aseguró Joseph sin poder evitar que la voz le temblara—, se está planeando un tratamiento con una sola droga, y para nada menos que doscientas cincuenta personas.
—Otra vez con el tema de los costos, Joseph —acotó Lorna—. Imposible financiar el proyecto si le agregás dos drogas más. Y, por si te interes…
—… ¡basta, Lorna! —ordenó Abdulah—. ¡La cuarta objeción, Gujardián!
—Bien… —la voz de Joseph volvió a la calma—. El parágrafo treinta de la Convención de Helsinski dice que, finalizado el estudio, los pacientes deben contar con la certeza de seguir recibiendo la medicación…
Aquí, Abdulah lo interrumpió con un gesto. Pero permaneció callado.
Todos los presentes estaban congelados en los asientos atendiendo sus papeles.
—Doctor Gujardián —dijo Abdulah por fin, mirándolo directamente a los ojos—, ¿le puedo preguntar si usted piensa que va a continuar un minuto más siendo miembro de este equipo?
Joseph juntó sus carpetas lentamente, se levantó. Y dirigiéndose a todos, dijo:
—Ya me retiro. Pero me gustaría hacerles a mi vez una pregunta —fue deteniéndose en el rostro de cada uno—. No me la contesten a mí. Contéstensela a ustedes mismos.
El temible manager del Committee hizo un movimiento de protesta en su sillón.
—La pregunta es: ¿por qué un proyecto como el Mburundhi no se podría realizar jamás en una ciudad norteamericana?


Minutos después, Lorna Scheel se había quedado con una colega, comentando lo sucedido.
—¡Pero a vos te parece…! —acotaba—. Imaginate si es comparable ese pueblucho africano de mierda —cada vez más irritada—, perdido en el culo del mapa, con San Francisco… o con cualquier otra de nuestras ciudades.
Su compañera, una antigua monitora de ensayos clínicos, apoyó la mano en el brazo de Lorna.
—Vamos, querida… —Y agregó, sonriente y tranquilizadora—: Entendé que la frase de Joseph fue sólo una metáfora irónica. Hay que saber esquivar los sarcasmos, Lorna.
Lorna la miró largamente, pero no respondió. Tomó su portafolio y salió al Campus.
El sector Laboratorio se encontraba en el ala nordeste del edificio; exactamente en el otro extremo.
Caminó despacio —como disfrutando el no llegar—, bajo la hermosa arboleda. Pese a que era un fresco mediodía de agosto, Lorna transpiraba. ¿Un síntoma de climaterio, a los treinta y cinco años? Qué curioso, se dijo.
Finalmente arribó a la construcción vidriada del Laboratorio Central de la Escuela de Medicina de la Universidad. Subió la corta escalera, ingresó al espacioso hall y, a su izquierda, transitó por uno de los pasillos técnicos, cruzándose así con algunas enfermeras. Le pareció que una de ellas la había mirado de una manera distinta a la habitual. ¿Extrañada, acaso?
Al final, aquella puerta amarilla: allí le entregarían el análisis. Su último análisis de HIV.
Lorna Scheel abre la puerta del consultorio, saluda al bioquímico… sin saber que, minutos más tarde, luego de leer el informe, todo le dará vueltas.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Sab Ene 17, 2004 21:21    Asunto: Responder citando

For ever

Adolfo Caiquén bajó del bote y cargó las seis truchas que había pescado esa mañana. Miró hacia la isla, recordó su hermoso bosque de cohiues y arrayanes. Y pensar que habían talado todos los árboles para edificar esos horrendos bloques grises que ahora la cubrían. Pronto el Lago Puelo también perdería sus peces, contaminados por los desechos.
Pero dentro de poco, se dijo Caiquén, esto no sucederá más.
Subió a la F100 y se dirigió al pueblo. Esa noche, en lo de Juan, se reunirían por última vez.
Observó las numerosas 4x4 de la base norteamericana, que circulaban por las calles. Al entrar en el almacén de los Spiegel oyó el inglés gangoso: un rubio y un negro reían entre ellos, intentaban hacerse entender por don Klaus. El dueño los miraba impasible desde el otro lado del mostrador. Finalmente, pagaron y se fueron. El viejo le sonrió a Adolfo.
—Me tienen pogdrido estos tipos —comentó. A pesar de sus casi cincuenta años en el lugar, seguía hablando mal. Pero era parte del pueblo.
—A mí también, don Klaus. A mí también. Pero algo vamos a hacer —Adolfo lo miró a los ojos—. Lo veo esta noche en lo de Juan.
—Ia, ia. López me avisó. ¿Qué necesitás?
—Un kilo de yerba, don. Y cárguemela en la cuenta. Luego nos vemos.
—Luego nos vemos, Adolfo.
El alemán había aprendido que repitiendo la última frase del otro, tenía menos posibilidades de equivocarse. Adolfo sentía que le caía bien a don Klaus. Él pensaba que era por la parquedad de ambos. Juan, riendo, le decía que sólo se trataba de su nombre.

A las diez de la noche entró en la chacra de López. Era el primero. Juan lo abrazó y lo hizo pasar a la casa. Vivía solo, con sus perros, sus frambuesas y su huerta orgánica. Un poco por eso lo habían elegido como lugar de reunión. En media hora más, habían llegado todos. Estaban: Adolfo Caiquén, líder del Movimiento Mapuche; Juan López, dueño de casa e integrante del mismo Movimiento, de puro criollo nomás; Klaus Spiegel, propietario del almacén y ex SS; el zurdo Gigena, que había sido uno de los capataces locales en la construcción de la Base y el Penal; Dorita Burgos, asistente social del Municipio; Ricardo Faccione, médico del dispensario; Michael Crichton, dueño de la Hostería Galesa, y Eloísa Nahuel, enfermera y participante del Movimiento. Los ocho se conocían desde hacía muchos años y eran vecinos del pueblo. El dueño de casa inició la reunión.
—Bueno, amigos, creo que estamos de acuerdo que todo esto ya llegó demasiado lejos —López miró a cada uno—, y debemos ponerle punto final. Como nos comprometimos hace un año, cuando nos rechazaron los recursos presentados.
—Sí —ratificó Caiquén—, de esta reunión tiene que salir la fecha y el momento exacto en que lo vamos a hacer… Zurdo, ¿vos tenés todo listo?
—Todo está donde debe estar —respondió Gigena.
—Yo propongo que lo hagamos el lunes 14 a las tres de la mañana —Faccione se había encargado de estudiar esta parte del tema—. Están casi todos durmiendo, y esa noche la luna se pone a las veintitrés.
Eloísa dijo:
—Me parece bien: los milicos vienen cansados de un fin de semana de festejo y joda. ¿Los oficiales siguen yendo al bar de tu hostería?
—Cómo nou —dijo Crichton riendo—, soy el único con quien pueden conversar. Y a las doce de la noche les largo el happy hour. Hasta la una. Luego cierro.
—Bien. Bien —aprobó López—. Entonces, debemos empezar el trabajo a la una y media, cuando todos volvieron a sus lugares, y terminamos exactamente a las dos. Así nos queda una hora para retirarnos y despejar todo. Nos reunimos acá, el domingo a las cinco de la tarde.
—Los planos, con los lugares precisos, ya se los di ayer a Gigena y a Spiegel —comentó Dorita—. Disculpen que vuelva sobre el tema, pero… ¿es necesario que sea total? Podría ser focalizado en…
—¡No, Dorita! No podemos dudarlo un minuto más —Adolfo la interrumpió bruscamente—. No hay otra salida. Tienen que convencerse de que acá no podrán nunca.
López, conciliatorio, agregó:
—Dorita, Dorita, ya lo hablamos. Todos compartimos los mismos sentimientos. Pero, como dice Adolfo, no queda otra.
Tanto el alemán como el Zurdo, aunque por motivos diferentes, eran los expertos.
—Repasemos, entonces —agregó Adolfo—. Usted, Klaus, se hace cargo de dirigir el equipo de tierra, con Dorita y Michael. El Zurdo maneja el de agua, donde estaremos Eloísa, Juan, el doctor y yo. ¿Cuándo tenemos que empezar a tomar las pastillas?
—Bueno, hoy es jueves; empezamos esta noche. Recuerden: una a la mañana y otra a la noche —concluyó Faccione—. Sería suficiente con cuarenta y ocho horas, pero vamos a tomarlas durante tres días. Para mayor seguridad.
—Nosotros no, ¿no, doctor?
—No, Dorita. Los que vamos a sufrir hipotermia somos los del equipo de agua. Ustedes, en todo caso, tómense una ginebra antes de salir.

—¡Al fin! —la voz de Kevin Stanton destilaba alivio. Había bajado el tren de aterrizaje, y miraba a su compañero mientras revisaba algunos indicadores del tablero.
Johnny Mc Kee sonrió.
—Espera, todavía nos queda que bajen todos.
El enorme Boeing comenzó a descender silenciosamente en el aeropuerto de Lago Puelo, en la Patagonia argentina. Sus quinientos cincuenta y tres pasajeros permanecían con sus cinturones colocados. En la mayoría de ellos, llamaba la atención la diferencia entre el color de la piel y el de sus ropas. El negro y el naranja, siempre resultan contrastantes. Miraban por las ventanillas la imponente presencia de la Cordillera de los Andes.
Habían volado en círculos durante algunos minutos, aguardando que aterrizara el otro 747-400 Longer Range —con igual cantidad de ocupantes—, en la pista cuatro del mismo aeródromo.
Los pilotos fijaron la vista en la palanca roja que se encontraba en medio de los dos, detrás del cristal. Y recordaron a sus dos compañeros, Taylor y Frazier, que debieron activarla —en enero pasado— volando sobre Bahamas. En tres minutos, la nave y toda su carga, había quedado reducida a trozos no mayores al tamaño de una naranja. Era el procedimiento ante un motín. La carga explosiva era colocada en nodos estratégicos de la estructura del avión, y una vez armada no podía desactivarse desde la misma nave.
Cuando finalmente tocaron tierra, se escucharon los vivas de práctica, bruscamente cortados por secas órdenes en inglés. Los guardias recorrían las filas de asientos, liberando las manillas de acero de los tobillos. De a seis por vez. Los encolumnaban en el pasillo, y descendían —esposados— hasta la boca de la manga que los conduciría, directamente, a la puerta de los micros. No se trataba de simples turistas llegados al lugar para conocer nuestra Patagonia, sino de quinientos tres condenados a reclusión perpetua, y sus cincuenta guardias. Kevin y Johnny permanecieron en un tenso silencio aguardando, tras la puerta blindada de la cabina, la señal de empty out que aparecería por sobre la palanca, confirmando el dato del intercomunicador.
Finalmente, cuando la hormigueante fila de rodados se alejó de la pista, salieron al pasillo a fumar.

Denis Johnson y Washington Cooper, dos enormes negros esposados y con sus tobillos engrillados a la barra del piso del vehículo, estaban sentados uno junto al otro. En la segunda fila de butacas.
—¿Sabés adónde nos llevan? —preguntó Denis a su compañero.
Washington hizo una mueca.
—Algo he leído. Vamos directamente a los pabellones —y agregó, tiritando—. Aquí nomás: a dos kilómetros. Al pie de la Cordillera.
—¡Hermano, qué frío hace! —soltó Denis—, podrían poner calefacción en esta mierda.
—No se justifica por el costo. Y, según me contaron, tampoco son demasiado confortables las celdas.
Por la enrejada ventanilla, pudieron observar un inmenso lago. En el medio, los grises edificios. La larga hilera de transportes, iba entrando lentamente al puente que unía la orilla con la cárcel. Un puente totalmente metálico, con una mitad rebatible hacia la costa, y la otra hacia el islote del penal.
Ya dentro de un enorme patio interior, los prisioneros iban bajando y alineándose en tres columnas. Estaban rodeados de guardias sólo armados con bastones, pero desde las garitas de altura eran encañonados por ametralladoras. Denis y Washington fueron conducidos hacia el Block C1. Una vez allí, les entregaron un bolso naranja con elementos de higiene y dos mudas de ropa. Caminaron por un largo pasillo de paredes aceradas y se detuvieron —cada uno— frente a la puerta de su celda. Se escuchó un chasquido, y las celdas se abrieron. Tras ellos, se cerraron.
Denis miró rápidamente el interior de su nuevo hogar: paredes totalmente lisas; contra la de su derecha, una plancha metálica —sobre base de cemento— con una fina colchoneta. Encima de ésta, una manta doblada. Al fondo, sobre la pared más angosta, un lavabo y, a su lado, el inodoro. A la izquierda, dos estantes también de acero, seguramente para apoyar objetos. Nada más. Se paró, de espaldas a la puerta, y dio cuatro largos pasos hasta toparse con el lavabo. El ancho lo calculó aproximadamente en la mitad. Arriba, en un ángulo con el techo, una pequeña ventana dejaba pasar un débil rayo de luz. No había forma de llegar hasta ella.
El silencio era total.
Mirando las superficies bruñidas de los objetos y las paredes, supo en seguida de qué se trataba. Había trabajado en una acería, mientras vivió en Detroit. Luego de una pelea, se había mudado a la dorada California. Allí cometió los homicidios.
Recordó que hacía apenas un rato, al bajar del micro le pareció ver, en el patio, una cara conocida. Una cara negra como la suya, aunque tal vez un poco más blanca: era un guardiacárcel. ¿Cómo se llamaba…? Atkins, sí, era Atkins. Lo había conocido cuando recién lo sentenciaron. En Los Ángeles. Incluso hablaron en varias oportunidades, y no lo había tratado del todo mal.
Se sintió mejor.

Samuel Atkins estaba almorzando en el comedor del pabellón, junto a otros tres compañeros. Charlaban animadamente sobre el nuevo penal.
—Esto sí que es seguridad —afirmó el rubio.
—Ya lo creo —completó Sam—. Hablé, en LA, con uno de los ingenieros que estuvo en la construcción. Y me aseguró que no existe ninguna posibilidad de fuga. Ninguna.
—Pero, ¿y si alguno logra llegar al lago y se aleja nadando? —preguntó el seco individuo sentado a la derecha de Atkins—. ¿Quién lo encuentra, si se interna en la cordillera?
Sam soltó una carcajada.
—¡Estás chiflado! —Y golpeó sobre la mesa con su gordo puño negro—. La temperatura del lago es constante todo el año: doce grados bajo cero.
—De todas maneras, estos hijos de puta son capaces de escapar de cualquier parte. Algunos ya lo han hecho —añadió el seco.
—Sí, de cualquier parte… menos de For ever. No hay forma: cada block está compuesto de algo así como unos trescientos compartimentos estanco —explicaba Sam—, uno de ellos, un grupo o todos, se sellan en segundos. Está todo computarizado. Ni siquiera nosotros podríamos salir, si alguien lo decide así.
—Pero, ¿y el puente?
—El puente se extiende sólo desde tierra, y además… —Sam agregó en voz baja, casi susurrante—: No lo digan, pero el puente tiene ocho cargas plásticas de cada lado. Apretando un botón, en la base, vuela todo a la mierda —los miró con ojos entre cómplices y sobradores.
El único que había permanecido callado era el supervisor. Un mestizo corpulento y de expresión ladina: el Shit Ramírez.
—Por eso. Por eso lo nombramos For ever —dijo.
—Cómo —el rubio miró sorprendido a su jefe—. ¿El programa no se llama así?
—El programa se denomina Enclosure. Nosotros le agregamos for ever, y así le quedó. Bueno, ahora ¡a trabajar! —terminó cortante.

Sam recorrió el pasillo repartiendo la hoja con el Instructivo de Funcionamiento y Orden Interno de la Prisión Enclosure. Abría las ventanillas rebatibles de cada una de las celdas y anunciaba la orden de leer cuidadosamente, al tiempo que miraba hacia adentro —por la mirilla— y pasaba las instrucciones. Al llegar a la C1/78, le pareció reconocer a su ocupante.
—Atkins, hermano, ¿eres tú? —la voz del prisionero se escuchó desde dentro—. Soy Denis Johnson, ¿recuerdas? Me conociste en LA.
—Sí. ¿Cómo has andado, Johnson? —el guardia se acordaba de los dos brutales crímenes cometidos, su repercusión en la prensa, y la entrega voluntaria del negro con cara de bonachón. También había trascendido que en el Precinto 32, donde se presentó, lo habían molido a golpes. A Sam, aún perteneciendo al lado de la ley, siempre le había molestado lo que la Policía de LA le hacía a los negros. Cuando Denis entró a la cárcel, ya condenado, todavía cojeaba.
—Bien, hermano. Bien —Johnson se sintió aliviado por ser reconocido—. ¿Y tú?
El handy de Sam estaba sonando. Shit! Había olvidado las cámaras. La voz, del otro lado del comunicador, sonó tajante.
—¡Atkins! ¿Qué carajo haces? —efectivamente, el que ladraba era el Shit—. ¿Acaso necesitas media hora para pasar un sucio papel?
—Ok, ok. —Y Sam agregó por lo bajo—: Cuando este hijo de puta no esté en el comando nos volveremos a ver. Hasta luego, Johnson.
Denis leyó la hoja con las instrucciones. Trató de dormir, pero no lo consiguió. Daba vueltas y vueltas en la dura colchoneta. Finalmente, se incorporó y buscó el instructivo que leyera antes de acostarse. Tomando un marcador, anotó en el reverso: "Ayer llegamos al penal. Hoy es lunes, son las tres de la mañana del 4 de julio, día de la Indep………………………………………………………………………………..………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….


Adolfo Caiquén nunca creyó que hubiera "muertes necesarias". Nunca. Lo único que siempre pesaría en su conciencia, y en la de sus compañeros, serían las vidas perdidas. Lo habían discutido tanto. Y lo seguirían haciendo. Pero también pensó en su pueblo, su lago, sus peces y sus aves. En los cohiues y en los arrayanes.
Y en la ironía siniestra de haber utilizado las cargas plásticas que el zurdo Gigena fuera escamoteando durante la construcción de la base y el penal. Las mismas que se usaron para limpiar el terreno y desmalezar. Las mismas.
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