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ECOS DE UN VIAJE



 
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hermes de paula quezada
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Registrado: 27 Abr 2003
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Ubicación: Republica Dominicana

MensajePublicado: Vie Jun 15, 2007 23:29    Asunto: ECOS DE UN VIAJE Responder citando

ECOS DE UN VIAJE

La escena se desarrolla en un campo de Santo Domingo en el año 1980. Hay árboles y frutas en descomposición ruedan por doquier. La escena invadida por el tímido ambiente de la madrugada. A lo lejos se escuchan los gallos alternando sus cantos. Hay una foto de boda, aparentemente muy antigua encuadrada en un margen negro, el fondo del cuadro es amarillo claro. Se escucha el lejano sonido de una flauta. Un hombre totalmente vestido de blanco se pasea por todo el escenario como si estuviera buscando algo. Según su aspecto parece estar sonámbulo. Su pelo es blanco y aparenta una edad de 53 años. Surge una voz misteriosa. Él se concentra a escucharla.

VOZ. –Soy un volcán de sábanas oscuras que guardan en sus hilos las deidades del miedo. Nadie podrá escapar de la furia de esta viajera incansable. Pronto apagaré las luces que adornan este lugar y tu vestido blanco perderá su esplendor, no con la negritud de mis sábanas, sino con la sangre derramada por los ángeles rebeldes que se esconden en mi vestido.
(Mientras el hombre va caminando hacia el público, la voz se acerca más a él.)
Toda tu familia saldrá de este lugar para que quedes solo…solo… solo, como te encuentras ahora.

ROMÁN. – ¿Quién eres?

VOZ. (Enojada) – ¿es que acaso no me conoces? Tienes tantos años junto a mí esperando que llegue para descansar y ahora no me conoces. No te preocupes, pronto me conocerás… cuando tu cuerpo se deshaga en mi sombra y en un volar de luciérnagas se deshaga tu espíritu.

ROMÁN. (Buscando) – ¿Dónde estás?

VOZ. – ¿Por qué me temes? Nunca lo habías hecho. Ya me tengo que ir, pronto volveré. Cuando el sol pierda en el viaje su traje de luz, ahí estaré yo exhibiendo mis aretes de luciérnagas.

Ruido misterioso. Sale una mujer completamente vestida de negro, tiene aspecto sombrío. El hombre la observa asustado. Ella camina lentamente de espalda, se traslada de un extremo a otro del escenario. Desaparece por la izquierda.

ROMÁN. (Peleando con ella) –Sí, claro que te conozco, pero nunca te he hecho ningún daño, tampoco me he burlado de ti. No sé por qué me persigues y no dejas que descanse tranquilo. Estoy asustado, lo reconozco, pero quiero decirte que a pesar de todas las teorías que aparecen por ahí, un hombre es un HOMBRE y no tiene miedo. (Sale.)

VOZ. –No puedes ocultarme nada. Todos se ocultan detrás de mi cuerpo, se envuelven en mi falda para encubrir sus hazañas. No puedes hacerme creer que no tienes miedo. Siempre quieren huir de mi enigmática presencia. Sólo la luna puede defenderlos, cuando no está de mi lado, porque a veces se hace cómplice de mis sergas. (Ríe) ja, ja, ja, no me haz hecho nada, lo entiendo, sino que alguien se ha decidido a destruirte, sólo espera que mi cuerpo enlute tu rostro en sus sombras grisáceas. Nada puedo hacer, aunque quiera liberarme no puedo, tendré que dejar de existir. El fuego, la sangre, las risas, las voces, los llantos, la soledad, los sueños…todo se mezcla para encerrar mi rostro en una esfera de culpa que me mantiene eternamente despierta. Nunca estoy sola, siempre hay alguien sobre mis hombros, buscando en mi espalda poderío. (Deja de escucharse la voz.)

Están todos los elementos de la escena anterior sólo que ahora hay varios calderos tiznados y cubetas llenas de frutas. Aparecen Juana y Román. Juana está sentada en una silla y Román en el piso amolando una azada sobre una rústica raíz de mango, como suelen sentarse los campesinos a amolar sus hierros. Román usa un pantalón negro con las piernas rotas y recosido en la parte trasera, como acostumbran a usarlos los minifundistas. Tiene un aire sombrío. Juana lleva puesto un vestido negro muy humilde y un manto blanco en la cabeza.

JUANA. –No podemos usar ese hierro tan grande para limpiar ese arrocito que lo arranca de raíz y todo nuestro trabajo será en vano. Ese fruto está como una bendición de Dios. (Román sigue amolando como si no escuchara.) Cuando a ese fruto le caigan los aguaceros de mayo –si Dios quiere– no hay quien pase por ahí, eso sí, de una vez aparecen los hurones a comerse los pollitos.
(Levanta la cabeza, ha terminado de amolar el hiero, prueba con el dedo a ver si corta. Hace un sonido como si se rascara internamente el pecho.)

ROMÁN. (Sonido nasal para indicar duda) Usted cree que yo voy a esperar que ese arroz esté de probar.

JUANA. –No sé qué le pasa a usted, está como mi compadre Mirito con su pesimismo. Será que está cansado de la vida… puede ser que no esté cenando bien. Anoche no me dejó dormir con una pesadilla. Despertó a todo el mundo hablando solo.

ROMÁN. – ¿Pesadilla, yo? Anoche casi no dormí.

JUANA. – ¡Que no durmió! Usted se estaba moviendo en la cama pero no estaba despierto. Yo me cansé de llamarlo y usted se quedó igualito, como queriendo hablar y no podía.

ROMÁN. (Asustado) –Escuché muchísimos disparates esta madrugada. Creo que en el primer canto de los gallos, pero no sabía que era entre sueño. Ni me quiero acordar de eso, pero una cosa fea.

JUANA. –Como a las cuatro de la mañana sentí algo raro, esta madrugada estaba muy grimosa. Todos estaban durmiendo, fui al cuarto de los muchachos, usted es que siempre les mata los mosquitos y yo no lo sentí. Tenía yo un miedo, porque entonces ese Palo de la gallina estaba misterioso, hay que poner una cruz de clavo. En el cacaotal, debajo de la mata hueca todas las gallinas estaban cantando como gallo, se tiraron del palo como a las cuatro y subieron todas corriendo para la lomita de Ciriaco. Parece que se va a morir una gente.

ROMÁN. –Eso soy yo que me voy a morir, anoche me lo dijeron en sueño.

JUANA. –Ahí va… ¿por qué no puede ser otra gente?

ROMÁN. –Jun, ¡ay doña! Yo vi lo mismo que vio la difunta Dominga dos días antes de morirse. La difunta Magdalena también predijo su muerte, eso parece que es un enigma de la familia. Yo estaba muy bien, y ahora me siento tan pesado, como si estuviera esperando algo grande. Nada más le pido que atienda bien a los muchachos, a ese flaco tiene usted que ponerle mucha atención. “Salió blanco pa’ mala cosa”. No le gusta trabajar. A veces pienso que él cree que yo quiero a los otros más que a él, Dios sabe que los quiero a todos iguales, sólo que no puedo dejarlo que se críe sin servir. Pero verdad… ¿Dónde está ese vagabundo?... ja, ja, ja. (Como recordando algo) lo veo parado como una vela derritiéndose en el palo de la azada. Ese sin vergüenza a veces me hace reír, pero no puedo consentirle su haraganería. Él cree que va a vivir del cuento… total, “muchacho no piensa”… ¿Usted no sabe dónde está Manuelito?

JUANA. –En la escuela. Ese muchacho tiene todas las notas en A.

ROMÁN. –Si no trabaja algo tiene que hacer.

JUANA. –Ya deje de estar criticando a ese pobre muchacho viejo que se fue hasta con hambre para la escuela. Salió con la barriga larga igualito a mi papá. Muchacho que se parece a ese abuelo.

ROMÁN. –Se fue sin comer porque no quiere comer lo que aparece… quiere cosa de rico, aquí la comida siempre sobra, mire como se está perdiendo la yuca en el conuco de la lomita. (Pausa breve) bueno, tengo que ir a ver si quito “dos yerbas”.

JUANA. –Con ese sol tan caribe, yo voy a ir más tarde.

(Sale Román, Juana queda sola en escena cociendo una camisa.)

JUANA. –No quise decirle nada para no preocuparlo más, pero esta madrugada no fue fácil para ese pobre hombre. Tenía una agonía terrible. Yo pensaba que no iba a amanecer vivo. Dios y María santísima deben ayudarlo a vivir tranquilo, que cuando el señor decida llevarlo a su morada que lo lleve, pero que la maldita muerte no se precipite.

(Entra corriendo Manuelito, lleva puesto el uniforme de la escuela. Se nota muy preocupado.)

MANUELITO. –Mamá, ¿Dónde está papá?

JUANA. –Salió para el conuco… ¿Qué te pasa, peleaste en la escuela?

MANUELITO. –No mamá. En la escuela cuando salimos a recreo había un grupo de estudiantes hablando de papá.

JUANA. – ¿Qué decían?

MANUELITO. –No sé. Cuando me acerqué a ellos se callaron… yo no quiero seguir yendo a la escuela de tarde, los muchachos me molestan demasiado y son todos más grandes que yo. (Pausa.) ¿Usted vio a papá salir para el conuco?

JUANA. –Eso fue lo que te dije cuando llegaste.

MANUELITO. –Ahora cuando yo venía vi un hombre parecido a papá sentado en una raíz en la mata de mango grande que está en el camino del arroyo. No me paré, porque le eché como tres voces y no me hizo caso, se veía muy triste, tenía un aspecto como misterioso, como cuando uno ve a alguien en un sueño y no está seguro de si está vivo o no.

JUANA. (Asustada) –No, pero tu papá no está de ese lado, salió para el conuco de arroz. ¿Qué ropa tenía puesta?

MANUELITO. –Un pantalón negro y una franela roja.

JUANA. –No, mi hijo, ese era otro hombre. Román salió con otra ropa.

MANUELITO. –Mamá, no pueden haber dos cosas tan parecidas, también me preocupa la conversación de los muchachos en la escuela.

(Manuelito va a cambiarse la ropa, Juana sale para el conuco con las dos manos cubriendo su cabeza como un símbolo de derrota. Se escuchan voces fuera de escena.)

VOZ DE JUANA. –¡Manuelito! (más fuerte) ¡Manuelito, eh! (desesperada) ¡Manueltio, eeeeeeeeeeh!

VOZ DE MANUELITO. – ¡Señora!

VOZ DE JUANA. – ¡Román está aquí trabajando!

VOZ DE MANUELITO. (Fuerte) – ¡Está bien, yo voy ahora!

(Se escucha música suave y canto de pájaros. Aparece de nuevo la mujer vestida de negro.)

MUJER1. –He dejado más allá de los cabellos azulados de la montaña, amarillentos vestigios de sol. Sobre los verdes brazos de los cocoteros la luna se levanta. Mi alma está oscura como mi vestido, mas mi corazón se abre a los lúcidos rayos de la claridad. Así como los hombres están condenados a las fétidas hazañas del fin, estoy sometida a los rígidos dogmas de lo oscuro. En mí se oculta el misterio de la soledad. Ven conmigo tú que ahora estás tan solo. Ven antes que la sangre manche la grama y eternice los sueños en su color. (Sale.)

(Entran Olga y Manuelito. Olga está peinada como una niña de campo, es muy coqueta. Viste la moda de la época pero su vestido le queda demasiado corto, muestra las piernas y Manuelito la contempla con su mirada tímida y sensual. Manuelito viste el pantalón de la escuela y una franela blanca. Está descalzo.)

MANUELITO. – ¡Oye! (pita) ¡Olga!

OLGA. (Se devuelve incómoda) –¿Qué quieres?

MANUELITO. (Mirándola detenidamente) –¡Eres bella!

OLGA. –Pero no pa’ ti.

MANUELITO. –Nadie Sabe... Algún día quisiera tener una mujer tan bella como tú.

OLGA. (Lo golpea) –mira mocosito, ¿quién te va a hacer caso a ti? Tú no ves que tú te estás muriendo... ¿No te has mirado en un espejo? Te pareces al perro de Alberto, con esas costillas que se te pueden contar, infeliz.

MANUELITO. (Pasándose la mano por la cara.) –No tienes que pegarme por eso.

OLGA. –¿Te quieres vengar? Ven, ponme una mano encima para que tú veas.

MANUELITO. –Los hombres no les pegan a las mujeres.

OLGA. –Que no te atreves, porque sabes que te puedo ahorcar, ganas no me faltan. Nosotros no queremos saber de ustedes, papá me dijo que si uno de ustedes ni siquiera nos mira mal que se lo digamos. Que va a acabar con toda la familia.

MANUELITO. – ¿Qué le hemos hecho a tu papá?

OLGA. –Nada. A él esa familia siempre le ha caído mal y eso es todo. ¿Por qué me sigues mirando con tu carita limpia. (Grita) ¿Quieres otra galleta? Vete si no quieres que te parta la boca. (Manuelito sale y Olga va detrás de él insultándolo.)

Casa de Román. La escena está iluminada, aparecen Juana, Román y Manuelito sentados en el piso cenando.

ROMÁN. – ¿Por qué estás tan asustado mi hijo?

MANUELITO. –No es nada papá.

JUANA. –Esos muchachos es así que viven, corriendo para arriba y para abajo. Bien dice la gente que muchacho no se cansa.

ROMÁN. – ¿Dónde está mi cuchara?
(Manuelito busca su comida y empieza a comer tratando de escuchar la conversación sin que ellos se den cuenta.)

JUANA. –Parece que las muchachas la dejaron sucia… Ahí hay más de cien cucharas limpias, coja una cualquiera, por favor. Estoy muy cansada y no me quiero parar de aquí.

ROMÁN. –Así dicen que no es el último día que me queda. Tenemos veinte y dos años juntos y nunca me había dejado de buscar lo que necesito… Quiero que haga el favor de buscármela. Hoy más que nunca necesito que me trate bien como siempre lo ha hecho.

MANUELITO. (Dramático) – ¿Por qué papá dice que hoy es su último día?

JUANA. (Preocupada) –Ya no vengas tú a alargar el asunto. Busca la cuchara de tu papá que está en una olla debajo del tinajero y deja de estar de atrevido. Ya me tienen nerviosa, ni comiendo puede una estar tranquila.
(Manuelito le entrega la cuchara a Román, él la examina con una mirada mientras le habla a Juana.)

ROMÁN. –Por mí no tiene usted que ponerse nerviosa, tiene que esperar lo que venga. Que sea lo que Dios quiera. Un día es que uno se va a morir y de algo tiene que ser. Yo lo siento por los muchachos que están todavía muy pequeños y sé que van a pasar mucho trabajo, pero es como le dije, por mi no hay problemas.

JUANA. –Bueno, también es verdad, hay que estar preparado para cualquier cosa, porque morirse es como irse de un lugar a otro. Yo lo que digo es que usted está predicando una muerte religiosamente nada más porque se lo ha puesto en la mente. El día que la muerte llega a una persona no está revelado. La muerte es una sorpresa, nos toca a todos y nadie sabe cuándo.

ROMÁN. –No, claro. Eso lo sé yo. Lo que pasa es que cuando uno ve la verdad, por más fuerte que sea lo piensa. Ya un viejo para dónde cree usted que va. Porque mire como están esos muchachos acostumbrados a nosotros. Siempre estamos todos reunidos, el día que uno de los dos salga de pie pae cementerio cambia todo. Los varones sobre todo cuando les falta el padre creen que son hombrecitos. Yo sé que no van a ir por mal camino, porque les hemos dado una buena educación, pero al fin y al cabo, son muchachos y van a querer hacer lo primero que les llegue a la mente. Mire esos hijos del difunto Ramón que se estaban criando como unos “machos”, cuando faltó el viejo cada uno cogió por su lado.

JUANA. –Ahora que usted mienta al difunto Ramón. ¿Usted no sabe que hay uno preso?

ROMÁN. (Hace un sonido con la garganta) – ¿Cuál de ellos?

JUANA. –El flaquito. El que vive con la hija de la difunta Mamín.

ROMÁN. –Pues mire doña, yo no sabía eso. Anoche lo estábamos mentando yo y el compadre José. ¿Hace mucho que está preso?

JUANA. –Ay sí, a ese le estaban sonando los oídos en la cárcel. Eso hace más de tres meses, si yo no me equivoco.

ROMÁN. –Ah, bueno, yo no sabía eso, no. Usted no sale de aquí, pero no se le pasa una.

JUANA. –Eso lo sabe todo el mundo, pero qué va a saber usted metido todo el tiempo en un conuco. Cuando sale es a hacer otra cosa. A mí me lo contó Naní cuando Rufina y yo íbamos para el pozo.

ROMÁN. –Bueno, yo salgo a amolar los hierros y a mudar los animales. Es mejor estar metido en lo de uno y no vivir de un chequecito. Eso de cheque nada más está bien para los políticos.

JUANA. –Ay, ya no venga a hablar de eso. Ese tema hay que dejárselo a Dios, si es que hay uno en el cielo, él hará juicio… De qué era que estábamos hablando… Ah, del caso del hijo del difunto Ramón. Ese se está fumando su cárcel por estar en el compinche, porque esa familia nunca se ha oído mentar.

ROMÁN. –Mire, doña, ya no se puede hablar de familia. Esto está lleno de delincuentes y nadie pone caso. Hasta los militares se hacen de la vista gorda. Unos muchachitos que no se saben ni limpiar dizque con unos machetes más grandes que ellos buscando a quien atracar, en vez de irse a cortarles los bejucos al cacao.

JUANA. –Es verdad. Antes se hablaba de los barrios de la capital, porque aquí todos nos conocíamos, pero mire, aquí hay que dormir con un ojo abierto y otro cerrado, esos vagabundos no respetan a nadie. Ese muchachito no, que ese no es de na.

ROMÁN – ¿Qué fue lo que hizo?

JUANA. –Ay, hijo, dizque un hombre se robó un saco de cacao y él de tonto se lo ayudó a traer en el mulo negro del difunto Ramón.

ROMÁN. –¿Pero él sabía que era robao?

JUANA. –No. Todo el mundo dice que no. Dicen que el hombre le rogó que le ayude y él le cogió pena y le trajo el saco.

ROMÁN. –¡Pero por eso no tiene él que estar preso!

JUANA. –Ay hijo, será que usted no sabe dónde está viviendo... Un muchacho huérfano, no tiene dinero que darle a nadie, se cansó de rogar y nadie le hizo caso. Le han dado tanto golpes que dicen los que van a verlo que ni se conoce.

ROMÁN. –¡Ay San Antonio bendito! Tal vez no lo fichen, un muchacho de una familia tan seria. Ese es el miedo que yo tengo. No quiero dejar a esos pobres muchachos solos.

JUANA. –Es verdad, pero dígame usted, ¿Qué se puede hacer? Eso es inevitable.

ROMÁN. –Lo sé doña, lo que le digo es que quisiera dejarlos un poco más grande. Que puedan valerse solos.

MANUELITO. (Levantando la cabeza) –Papá no hable tanto de muerte, usted no está ni siquiera enfermo.

JUANA. –Cuando la gente entra en edad, con algo se la tiene que coger.

ROMÁN. (Mirando fijamente a Manuelito) –No te metas en las cosas de los grandes, te lo he dicho.

MANUELITO. (Recuerda haber visto desandando a Román) –Ya papá no se enfade por eso. Lo hago para aprender de usted. (Sale.)

JUANA. –Ay, me da pena. Ese pobre muchacho está muy triste.

ROMÁN. –Él últimamente está muy cariñoso conmigo, pero no me gusta que escuche lo que nosotros hablamos, después así mismo lo hace en la calle y la gente va a pensar que no le dieron educación.

JUANA. –Es bueno que aprenda, porque él va para arriaba y nosotros vamos para abajo, después que sea un hombre algo le queda de lo que aprenda de usted.

ROMÁN. –También es verdad. Yo no tuve la oportunidad de escuchar las conversaciones del difunto papá y quizá me hicieron falta en muchos momentos.

JUANA. –A mí me mandaba a trancar desde que llegaba alguien a la casa.

ROMÁN. –Ni siquiera tenían que mandarme, con la mirada ya yo estaba lejos.

JUANA. –El difunto mi pai después que la gente se iba me preguntaba con malicia a ver si yo había escuchado algo.

ROMÁN. –Así mismo era, los tiempos cambian, porque ahora los muchachos no quieren obedecerle a nadie. Antes teníamos que besarle la mano a los mayores y respetarlos como a sus padres y si no lo hacía le pegaban y si iban a la casa a quejarse, los viejos volvían y le pegaban a uno, ahora cualquier muchachito la insulta a usted. ¿Quién viene a comparar este desastre con la época en que nosotros nos criamos?

MANUELITO. (Entra asustado) –Mamá.

JUANA. (Va hacia él) –¿Qué fue mi hijo?

ROMÁN. –¿Qué es lo que le pasa a ese muchacho?

JUANA. –No, no es nada. Él está bien.

MANULITO. –Estoy asustado, ma’.

JUANA. –Sí, lo sé mi hijo. ¿Qué fue lo que pasó?

MANUELITO. –Vi un muerto, ma’, una cosa vieja feísima.

JUANA. –Eso no es nada mi hijo, a veces uno está pensando cosas y las ve.

MANUELITO. –No, era un muerto, no me quería dejar caminar.

JUANA. –Ven a ponerte una cruz de guárano verde, no le diga nada a tu papá.

MUNELITO. –Yo la busco.

JUANA. –No te da miedo mi hijo.

MANUELITO. –No. Papá dice que al hombre no le da miedo. (Sale.)

ROMÁN. –¿Qué era?

JUANA. –Cosa de muchacho.

ROMÁN. (sospechoso.) –¿Y por qué estaba él tan asustado...? Bueno... es verdad que muchacho no piensa. (Breve pausa) No sé pero a mí se me ha metido un deseo de comer mango.

JUANA. –En a única parte que hay mango es en la loma. ¡Qué raro! A usted nunca le han gustado esos mangos. “Ahorita” los muchachos desperdiciaron muchísimos mangos.

ROMÁN. –Sí, pero hoy siento el olor de esos mangos bien maduros.

JUANA. –Los muchachos están hoy donde Goya, el único que está aquí es Manuelito.

ROMÁN. –Yo lo sé, doña. Yo no estoy loco, fui yo mismo que los mandé.

JUANA. No. Yo lo que pienso es que hay que buscarle esos mangos y después de ese sueño no quiero dejarlo solo. Y de ir tendría que llevarme a Manuelito.

ROMÁN. –Váyase, que sea lo que Dios quiera. Busquen debajo dela mata de cacao grande, ahí tiene que haber un racimo de guineo maduro.

JUANA. (Llama.) –¡Manuelitooo!

MANUELITO. –Diga, doña.

JUANA. –Nos vamos para la loma.

MANUELITO. –¡A esta hora!

JUANA. –Sí, camina. (Juana y Manuelito salen. Se escuchan cantos de gallo y gallinas cacareando. Hay un murmullo de perros niños y mujeres gritando desesperadamente. La mujer vestida de negro ahora llega con otra vestida de blanco. La segunda tiene aspecto de mujer serena, elegante y seductora. Van las dos caminando hacia donde está Román, se detienen a conversar.)

MUJER 2. –Ese rostro me parece familiar, no sé dónde lo he visto. (Recordando) ah, fue una noche que él estaba pescando yo era un pato que serenamente nadaba. Lo llevé hasta su casa, me dio mucha pena.

MUJER1. –Estás enamorada.

MUJER2. –Es muy tierno y quiero dormirlo sobre mi pecho.

MUJER1. –Yo sabía que algo querías hacer. No era necesario que yo viniera contigo, siempre me metes en tus líos.
(Caminan las dos hasta donde está Román, una se queda detrás d la otra.)

MUJER1. –¡Hola, viejo! Me recuerdas?

ROMÁN. –Claro que sí, eres una gran pesadilla. También recuerdo todos los disparates que hablaste la primera vez que te vi.

MUJER1. –Cálmate, amor. He sido muy buena contigo.

ROMÁN. –Para mí ya no es ninguna sorpresa, sé lo que andas buscando, termina conmigo de una vez, me tienes cansado con tantas locuras.

MUJER1. (Dramática.) –Como una luz se opone al castigo de la sombra de mis manos escapan airados tus pensamientos. Una rosa embellecida por el tiempo espera tendida en la furia amarillenta del ocaso las vendimias de tu ser. Cada gota de rocío añora el calor de tu espalda Y las formas se ajustan a las líneas horizontales de tu cuerpo. Dibújame tus caricias atrapadas en el fin. Háblame de los vicios que tus besos sepultaron en lo oscuro. No dejes que los cálidos impulsos de tu amor se escondan en el miedo, ni que las paredes de sombra destruyan tu alegría. Vamos a hacer un viaje entre sensaciones de frío.

(El hombre sigue caminando lentamente hacia ella, se nota completamente seducido, ella lo toma de las manos, siguen juntos, ella camina de espalda y él frente ella. Aparece otra mujer.)

MUJER2. –Hacia dónde se dirige tan hermosa pareja, parecen haberse unido por amor.

MUJER1 –Es tiempo de que duerma en tus brazos, es por eso que en la cima de la montaña, abrazando las sábanas verdes que dibuja la lluvia en su euforia, se levanta el dios sol.

MUJER2. –Como una isla rodeada de mares diamantinos te llevaré dormido y en la infinitud de mis aguas dejaré tu nombre. Ven, es hora de descansar en mis piernas sólo silencio acompaña tus días, resuenan tus palabras lanzadas al aire. Ahora que eres tan infinito como los espacios vacíos donde el grito de los dioses se hace múltiple y las plegarias se deshacen en la nada, deja que enmudezca el silencio en la hondura de tu inocencia. De nada sirve nombrarme o luchar con la furia invencible de mi ser.

(La mujer1 lleva donde la Mujer2. Román luce hipnotizado.)

MUJER1 –Recíbelo en tus piernas deja que la flores perfumadas de tus manos se deshagan en su piel, hazlo viajar en la música lejana de tu voz. (La Mujer 2 lo acaricia y ríe tiernamente como una madre a su hijo, la otra se queda observando alegremente la escena.)

MUJER2. –Ya duerme, sus manos son tan tiernas como las de un recién nacido. Déjanos solos, él dormirá eternamente en mi regazo.

Cae el telón.
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