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Cesare Pavese


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calamaro
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Registrado: 02 Oct 2001
Mensajes: 528
Ubicación: en algún punto del tiempo y del espacio

MensajePublicado: Mar Sep 09, 2008 18:09    Asunto: cierto Responder citando

dios!! es cierto, qué casualidad que hoy precisamente me haya dado por buscar este tema... seguro que ha sido el espíritu pavese... y con razón me siento tan mal hoy, en general estas semanas... necesito un cambio.

Sobre todo escribir más...
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Exidor
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14862

MensajePublicado: Mie Sep 10, 2008 08:50    Asunto: Re: la bella estate Responder citando

calamaro escribió:
Magnífico, no deja de maravillarme este monográfico. Gran aportación de todos, especialmente de Exidor. No se os escapa nada.

Quería apuntar que curiosamente el relato de "la bella estate" es de 1940. Me resulta llamativo que cogiera un relato de hacía 9 años para culminar su obra en conexión con los otros dos de 1948 y 1949. ¿Qué me dicen de esto? Es como si estuviera cerrando el círculo de su obra y de su propia vida.

Saludos.


Hola calamaro. Gracias por tus aportes.
Es evidente que el tema de la muerte estaba presente todo el tiempo en él, por lo cual no es raro que haya tenido todo de algún modo "organizado". Coincido en que es un autor de climas, más profundo de lo que parece a simple vista, y que, al igual que Pessoa, ha ido observando la vida desde cierto aislamiento.
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Exidor
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14862

MensajePublicado: Vie Sep 12, 2008 09:31    Asunto: Responder citando

lo sputnik escribió:
Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Pavese...



Así es. Gracias por recordarlo. Soy malo para las fechas y no es algo a lo que le preste atención pero aprovechemos la ocasión.

_______________________________________________________

Martes 09 Sep

Un siglo de Cesare Pavese

Este martes se cumplen cien años del nacimiento de Cesare Pavese (1908-1950).El centenario del nacimiento del autor de Trabajar cansa o El bello verano será recordado en Italia con recitales, obras teatrales, homenajes y una colección de estampillas.
Por: ROMA. ANSA, EFE Y AFP

Pavese nació el 9 de setiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, un pueblo de Piamonte. Se dio a conocer en 1930 con una tesis sobre Walt Whitman y se despidió de la literatura con una breve nota que escribió en una habitación de hotel justo antes de suicidarse. Dos décadas bastaron para que quede entre los novelistas y poetas italianos más influyentes del siglo XX.

Hoy, la Posta Italiana lanzará una estampilla internacional dedicada al autor en su pueblo natal. Santo Stefano Belbo ya homenajeó al poeta el último fin de semana con "Paseando con Pavese", un espectáculo itinerante con recitales y obras teatrales. En Roma y Florencia se verá una muestra de mail art inspirada en sus textos y su faceta de editor será recordada con "Cesare Pavese. Los libros", una exposición que reúne las obras por las que apostó durante su paso por Einaudi. Además, habrá homenajes en España, México e Israel.

http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/09/09/_-01756407.htm
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Exidor
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14862

MensajePublicado: Sab Oct 11, 2008 20:27    Asunto: Responder citando

Cesare Pavese y la leyenda del poeta mendigo

Publicamos un fragmento de "Qualche motivo", un cuento inédito escrito en 1936, en el que el gran escritor ironiza sobre la represión de los intelectuales.



Explicar a causa de qué maldito embrollo yo fui denunciado, requisado y arrestado, según un famoso artículo, por "inactividad económica", sería engorroso para quien no entiende de estas cosas y, para mí, inútilmente doloroso. Basta señalar aquí que no faltó la traición de un amigo, que había recibido de mí no pocos beneficios e, incluso, una benévola atención dedicada a la lectura de una estúpida colección de cuentos suyos. Quien me conoce sabe qué relación afectuosa presupone semejante gesto de mi parte. Pero, dejémoslo ahí.

A pesar de la denuncia formal de mendicidad, a pesar de la increíble precariedad de los réditos como literato que pude probar a mi favor, y no obstante el aspecto debilitado del rostro y de mi cuerpo, que atribuí con escasa inventiva a una reciente enfermedad, creí que estaba por salir absuelto de la situación cuando el funcionario, un señor canoso y regordete con el aspecto de un buen párroco, me desplegó una hoja enorme bajo las narices.

-¿Reconoce esto?

Naturalmente no lo reconocí. Pero comprendí que ya no era el caso de pensar en mi salvación. La hoja contenía un breve desahogo en versos, escrito de mi puño y letra , algún año antes de una desgraciada aventura de amor que había creído poder olvidar con ese gesto peligroso, desesperado. Una cosa de muchachos. ¿Pero qué otra cosa son las cosas de muchachos sino revelaciones sobre lo más secreto y potencial de nuestra naturaleza?

-Jovencito, no se humille negándolo. La autenticidad del texto adjunto ya fue controlada. ¿Es posible que con su inteligencia no haya intuido enseguida que una acusación por inactividad económica carente del elemento flagrante y proseguida con insistencia no podía sino basarse en algo más que una simple denuncia de mendicidad? Esa denuncia, por lo que nos resulta, puedo hasta admitir que sea una calumnia. Pero nosotros tenemos por máxima dar curso a todas las denuncias de este tipo, pues sería muy extraño, y a mí hasta ahora no me sucedió nunca, que, en los bolsillos o en la vida pasada de un sospechoso de mendicidad, faltase una colección de poesías o un poemita o una canción o incluso -vayamos a usted- una simple lírica pasional.

Yo miraba, sin ver, el ramo de oleandro que cruzaba las barras de la ventana, a cielo abierto, o la pared emblanquecida por la cal, detrás de la cabeza del funcionario.

-¿Usted conoce la ley especial que lo concierne en este caso?

-No.

-Sí, usted la conoce. Se la estudia en la escuela. Por otra parte, no importa. Usted ha compuesto versos, usted ha hecho cicular estos versos, usted podría escribir aún más versos... ¡Y los hará! Usted -agregó fulminándome- es un mal ciudadano, nocivo para sí y para los otros, usted le roba a la sociedad que lo nutre, sustráyendole el tiempo y la energía que le debe, corrompiendo quizás a otros, usted es un poeta.

La cabeza canosa y benévola del viejo era ahora leonina.

-Veamos -prosiguió-, de su inactividad agravada ya está convencido. Su mendicidad no se probó, pero tampoco se probó si usted ha vivido hasta ahora de algún trabajo útil.

-He vivido de mi pluma. No soy un poeta, yo soy un prosista- interrumpí casi llorando-.

Me estudió con ojos pequeños, después se tomó el mentón con sus dedos.

-Yo no creo -dijo lentamente- que un hombre capaz de escribir versos sepa o pueda vivir sin recurrir a la limosna. Y por eso admiro la sabiduría de una disposición que consideró bajo la misma figura a mendigos, músicos vagabundos, mantenidas y poetastros, englobando lo que hacen bajo el parágrafo de inactividad económica. Pero justamente por eso, como ciudadano y como funcionario, espero con ansia el día en que será prevista una extensión de imputabilidad a toda hojita garabateada arbitrariamente. Hablemos claro, jovencito, usted me entiende a pesar de todo: no alardee demasiado de su pluma. La aparente tolerancia del Gobierno en algún momento se va a terminar. Si, por razones de oportunidad revolucionaria, todavía está consentido ocuparse, como dice usted, de prosa, también es cierto que la opinión pública desaprueba justamente toda forma de escritura y usted debería avergonzarse de no tener otra respuesta ante la aplastante evidencia más que ese hipócrita "yo soy un prosista".

-Yo no me avergüenzo -respondí palidísimo-. Y me maravilla que usted pretenda dar una lección al Gobierno mientras se encuentra aquí para hacer respetar lo que el Gobierno explícitamente prescribe.

Todavía hoy me estremezco ante la sonrisa de gato divertido que me lanzó el viejo.

-Querido poeta, tomo nota de que usted afirma conocer lo que el Gobierno explícitamente prescribe, mientras que antes lo negó. La coherencia no es una virtud de los suyos. Allá ellos. Pero le aconsejo que no se abandone demasiado a su gusto por la prosa y sobre todo que no lo diga en voz alta. Ayer un novelista -usted lo llamaría prosista- fue golpeado por la multitud, mientras las fuerzas del orden lo arrestaban por mendicidad. ¿Y sabe qué grito se escuchaba entre la multitud? "¡Inútil, traidor, individualista!" Supongo que usted creerá en una rivalidad del oficio.

-Yo no creo nada, admiro sólo la energía de las fuerzas.

-En su situación, yo no me haría el gracioso -me cortó en seco el viejo-. Podría ser que las fuerzas haya obedecido a una orden. Y que obedezca todavía en el futuro. Le quiero decir una cosa, en cambio. ¿Usted sabe que la literatura -la prosa, disculpe- está incluida entre los artículos suntuarios, junto con el tabaco y la prostitución?

-Sí, y es una infamia.

-Tomo nota de su coherencia social. De cualquier manera, ¿usted sabe que tabaco y prostitución se hallan hace ya tiempo bajo monopolio?

-¿Y con eso?

-Pues bien, llegará el día en que también la prosa de ustedes pasará al Monopolio de Estado y, entonces, ya no le robarán más a la sociedad. ¡Tendrán que trabajar, por Dios! Cada año la oficina competente se ocupará de producir una de esas novelitas.

Por Cesare Pavese

(Traducción de Alejandro Patat)

fuente: http://www.lanacion.com.ar/454619
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Exidor
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14862

MensajePublicado: Sab Oct 11, 2008 20:32    Asunto: Responder citando

Tolerancia

Llueve sin ruido sobre el prado del mar.
Nadie transita por las sucias calles.
Una mujer sola descendió del tren:
bajo el abrigo se vio la blanca enagua
y las piernas desaparecieron en el portal oscuro.

Se diría una aldea sumergida. La noche
gotea fría sobre los umbrales, y las casas
esparcen humo azul entre la sombra. Rojizas,
las ventanas se encienden. También brilla una luz
tras los entornados postigos de la casa oscura.

Al día siguiente hace frío, y está el sol sobre el mar.
La mujer, en enaguas, se lava la boca
en la fuente, y la espuma es rosada. Tiene el cabello
áspero y rubio, semejante a las pieles de naranja
esparcidas por el suelo. Protegida por la fuente, espía
a un chiquillo moreno que la mira embobado.
Negras mujeres abren de par en par postigos sobre la plaza
los maridos dormitan, todavía, en la sombra.

Cuando vuelve la noche, sigue la lluvia
crepitando en las brasas. Las esposas,
aventando el carbón, dirigen sus miradas
hacia la casa oscura y la fuente desierta. La casa
tiene cerrados los postigos, pero dentro hay un lecho,
y en el lecho una rubia que se gana la vida.
Todos los de la aldea reposan, por la noche,
todos, menos la rubia que se lava en el alba.

Cesare Pavese

fuente
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Gasty_libres
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Registrado: 03 Feb 2006
Mensajes: 3032

MensajePublicado: Dom Oct 12, 2008 12:21    Asunto: Responder citando

Una consultiña:

Tengo la posibilidad de leer La Playa y Suicidios. Cuál de los dos me recomendarían para empezar? No descarto el otro pero seguramente quedaría para más adelante.


Tante grazie, cari amici Smile
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Exidor
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14862

MensajePublicado: Dom Oct 12, 2008 13:12    Asunto: Responder citando

Suicidios me gustó. La Playa lo tengo en capilla para leer más adelante, asique no puedo comparar.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Mie Dic 10, 2008 01:15    Asunto: Responder citando

Hola.

Cesare Pavese, el hombre más triste

Por Saúl Fernández


Cesare Pavese celebra este 2008 su primer siglo en la historia. El poeta, novelista y editor italiano en sólo cuarenta y dos años sobre la Tierra dejó para el porvenir una obra imprescindible que explica la naturaleza y la destrucción del siglo de todas las guerras. El oficio de vivir, los poemas de Trabajar cansa o de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, la novela El bello verano son sólo unas pocas señales que marcaron la transformación de una centuria que empezó siendo gótica y, cuando Pavese se quitó la vida, caminaba directamente hacia la modernidad. Uno de los pesares más gravosos de Cesare Pavese es, precisamente, su naturaleza suicida. Y todo se debe a la relación exhaustiva que él mismo hizo de su camino de perdición. Da buena cuenta de su naturaleza rota en las páginas de su obra maestra, en El oficio de vivir, un diario que es un manual de vida que termina en muerte. «Todo esto da asco. (?) No escribiré más». Su suicidio, ya lo dijo el profesor Carrera, marcó para siempre su obra, la apreciación que logró en el tiempo existencialista que llegó después de las bombas y el Enola Gay. Y así fue cómo Cesare Pavese, para muchos, se quedó en el suicida que también escribía cuando, en cambio, Ernest Hemingway era un novelista que, desgraciadamente, terminó suicidándose. Esta limitación, provocada por las confesiones del propio Pavese, cercenó la recepción de una obra que explica las razones de un siglo entero lleno de mudanzas. Todo triste.

Pavese, el tipo más solitario del mundo, se convirtió en el hombre más triste de Europa. Y esa tristeza la trasladó con cierta obscenidad a cada una de las páginas de su obra, la de ficción y la ensayística. Decidió ser un hombre triste con la conciencia clara de su tristeza. Y la revalidó siempre que fue capaz, como en una competición infernal. La tristeza, parecía pensar, era un barniz literario que lo conducía a la literatura.

Pavese, con corona egomaníaca, después de su propia muerte fue el espejo que reflejó las tristezas posatómicas. Pavese paseó su melancolía con la satisfacción de los estúpidos, una imagen desgarbada, pletórica, pero rota por el mal amor. Y ese bosquejo de una vida destruida pasó luego a todos los que le leyeron. El italiano da conformidad a los despojos de la adolescencia, a los fracasos genuinos. Le sucede, pese a todo, como al joven Werther, durante el Romanticismo. La tristeza, que es un vicio universal, es más triste si se sistematiza. Y eso es lo que hizo Pavese, que pensaba siempre con ingenuidad que sólo hablaba de sí mismo.

La actriz norteamericana Constance Dowling, su última mujer, incendió su vida entera. Pavese tenía cuarenta y dos años cuando se atrevió finalmente a quitarse la vida. Meditabundo, el 27 de agosto de 1950 alquiló una habitación en el hotel Roma de Turín y se tragó todos los somníferos. Y así conquistó el más ansiado de sus sueños: la muerte mil veces invocada, el final de la soledad y del destino sin destino. Pavese condujo su vida, desde su primera consciencia, hacia el final suicida. El italiano era todo él pura ignición, el rechazo final de Constance Dowling colmó el vaso de la tragedia más que anunciada. Aunque se mató, apuntó en su diario, «no por el amor de una mujer» sino «porque un amor, cualquier amor, nos revela en nuestra desnudez, miseria, indefensión, nada». La anotación es del 25 de marzo de 1950, cinco meses antes de la noche de los somníferos, en el tiempo de su última crisis de amor y destrucción que venía anunciando desde su juventud más preclara. «Veo demasiado bien mi sinrazón estúpida: ni siquiera puedo ya matarme», escribió el 14 de diciembre de 1926. Tenía 18 años y un delirio de excelencia tatuada en su presente.

Entre 1935 y 1950 decidió dar fe constante de cada uno de sus pasos, de cada uno de sus declives, de todas sus batallas perdidas. Y de todo esto salió El oficio de vivir, uno de los títulos más influyentes del siglo XX, el atrio al mundo contemplativo que tenían que dar forma una década después Albert Camus o Jean Paul Sartre. En su diario anota el proceso de escritura de su grandísimo primer libro de poemas —Trabajar cansa—, da cuenta de sus fracasos eróticos (infinitos), de las lecturas que va concluyendo. Y cuando llega el final de su vida se da cuenta de que necesita una mecha que encienda su deseo de huida del mundo. Porque en el fondo no se encontraba tan satisfecho de sus días completos llenos de tristeza. La primera edición completa y en español de El oficio de vivir es de 1992, un trabajo ímprobo del poeta Ángel Crespo que trasladó al castellano la versión definitiva del diario de Pavese, la que salió en 1990 en la editorial Einaudi, la de Pavese de toda la vida. Porque el poeta, el hombre enamorado y destruido (Diane Kurys) se ganaba la vida como editor del más grande editor italiano contemporáneo: Giulio Einaudi. La obra de Cesare Pavese pasó a todos los idiomas del planeta, como fe ciega de que los caminos más transitados son los más tristes. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos es el denuesto —muy cernudiano, por cierto— más terrible que un amante puede lanzar a quien es su sombra. Pavese fue capaz de trasladar a palabras el pensamiento de la derrota. Ése era Pavese, con sus primeros cien años y con la misma ingenuidad de todos sus días.

Besos.
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Marcus
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Registrado: 29 Oct 2008
Mensajes: 241
Ubicación: Barcelona

MensajePublicado: Mar Dic 23, 2008 06:27    Asunto: Responder citando

Clio, gracias por el post. ¡Y cuánta razón tienes! ¡Cuánto desasosiego!
Leí, años atrás, parte de sus diarios. No los puede acabar. Magníficos y profundamente tristes. Me rascó el alma y lo dejé...
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Vie Ene 16, 2009 03:47    Asunto: Responder citando

Hola, Marcus.

No, no me des las gracias, porque yo también disfruto leyendo a este autor... Y sí, cuánta melancolía y cuánto estremecimiento provoca recorrer sus letras.

Sueño

¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia
de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
con un temblor de la sangre, con una nada. También
el cuerpo
que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.

Era un juego liviano pensar que un día
la caricia del alba emergería de nuevo
cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
despertaría una mañana, enamorado
de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
Un intenso recuerdo te atravesaría
y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?

Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo
en el aire, en la íntima sangre,
y habrías sabido que el tibio instante
respondía en el alba a un temblor distinto,
un temblor de la nada. Lo habrías sabido
igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo
se tendía a tu lado.

Dormías con ligereza
bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba?

César Pavese

Besos.
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