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Claudia Cortalezzi



 
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Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12553
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Lun Ene 19, 2009 15:47    Asunto: Claudia Cortalezzi Responder citando

Muda

Cuando Marta, una compañera de la oficina, me invitó al teatro, no supe qué contestar. Tal vez interpretando mi silencio como una afirmación, ella compró las entradas.
—Ya es hora de que te diviertas un poco —me dijo—. Te va a venir bien una salida de mujeres.
El título de la obra sonaba a comedia: Motor de rutina. Bueno, pensé, me voy a distraer. La cuestión era cómo decírselo a Juan: "Juan —ensayé—, ¿te acordás de Marta, mi compañera de oficina? Bueno, me invitó al teatro. Vamos solas porque la obra debe ser un bodrio." Otro intento: "Juan, mi amor, ¿te quedarías con los chicos el viernes a la noche?"
Al final se lo dije de cualquier forma. Y él asintió, mudo, sin apartar la vista del partido que veía en la tele.


Buscaba el trajecito bordó, ese abrigo tejido de ir a la iglesia. Pero, cuando abrí el placard, vi ropa que no usaba desde hacía años. Pensé que por fin tenía la oportunidad de vestirme como se me antojara; a lo mejor volvería a usar la camisa roja, aquella que me obligaba a ir con la mano en el escote…
Y de pronto temí que Juan pusiera el grito en el cielo.
Terminé preguntándole a Marta cómo iría ella. Iríamos de jeans.


Llegamos temprano. No había telón, de manera que una podía observar la escenografía no bien se sentaba en su sitio.
Aunque la iluminación era escasa, se veía bastante bien una vez que los ojos se acostumbraban. A la derecha del escenario había una mesa con dos sillas; en el centro, dos arneses de cuero colgaban de un techo oculto, con cuerdas elásticas —durante la obra supe que eran de elástico—; a la izquierda, una cama matrimonial. Y en un rincón vi un canasto, de donde asomaba una tijera de podar. Intuí que habría algo más ahí dentro.
Noté cierta incomodidad en Marta; no paraba de moverse, de darse vuelta. Tal vez —fantaseé— espera a alguien. Y aproveché para mirar yo también.
Un galán maduro, a cinco filas de distancia, me dedicó una sonrisa. El tipo parecía estar solo.
Con la obra a punto de comenzar, bajaron las luces. Una música tranquila subía de volumen, pero sin llegar a ser molesta. Marta y yo nos acomodamos. Confieso que me sentía emocionada ante la inminencia de la situación.
Entraron los actores. Dos mujeres vestidas, peinadas y maquilladas tan idénticas que parecían la misma persona. Una de ellas se sentó en la silla al lado de la mesa. La otra se enganchó al primer arnés del centro del escenario. Quedó inmóvil, de pie y sin pestañear. También entraron dos hombres exactamente iguales. Uno se paró sobre la mesa y encorvó el cuerpo con los brazos extendidos hacia abajo, como si quisiera tocar el piso con la punta de los dedos. Parecía un robot desconectado: los pelos de la cabeza colgaban igual que las hojas de una planta seca. El otro hombre se ubicó cerca de la mujer del centro del escenario. Se enganchó a su arnés, de manera que junto con ella me recordaron a una pareja de marionetas. Pensé que más adelante comprendería algo. Fue como si Marta me hubiese leído la mente:
—Tal vez las dos mujeres son una sola —me susurró—. Y con los dos hombres pasará lo mismo.
—¿Por?
—¿Cómo "¿Por?"? No seas bruta, querés. ¿No ves que son casi dos gotas de agua, gracias al maquillaje? ¿Por qué no? Dos actores para un mismo personaje… me suena lógico. Acordate de Titanic, con la jovata y la pendeja haciendo el mismo papel.
—Ah…
—¿Y? ¿Suena lógico, sí o no?
—Shhhhh —chistó alguien a metros de nosotras.
¿Lógico? A mí no me sonaba lógico, para nada. Lo de Di Caprio, vaya y pase…
Imaginé a Juan, acostando a los chicos. ¿Habrían comido bien? Ojalá que no se le hayan pasado los tallarines, pensé.
¡Basta! ¡Basta!, me dije. Se trataba de mi salida, así que me propuse disfrutarla. ¿Cuánto hacía que no daba una vuelta sin mi marido? Una era, al fin y al cabo, una persona. Una mujer moderna, una mujer con autonomía. Una mujer capaz de tomar la decisión de salir con una amiga de vez en cuando. Y sin culpa, por supuesto. Y sin recordar las obligaciones de la casa. Por algo estamos en democracia, ¿no? Opté por relajarme y me concentré en el escenario.
¿Estarán bien tapados?, me pregunté mientras subían las luces. Pensé en la cena, además. Debo concentrarme en el espectáculo, me dije de nuevo. Y por un momento desaparecieron Juan, los tallarines, los cacharros en la pileta, la comida del perro, las camitas de los chicos, los chicos mismos.
El actor sostenido por el arnés comenzó a moverse violentamente, como quien salta en una cama elástica. La impulsividad del movimiento aumentó, y luego, de a poco, se fue calmando. Cuando la marioneta del hombre estuvo totalmente quieta, su doble recuperó el movimiento, se bajó de la mesa y se sentó junto a la mujer.
Durante la cena hubo silencios interminables y momentos en los que discutían —o, al menos, eso me pareció— a velocidad de trabalenguas, pisándose uno a otro como locomotoras. Tal vez fue problema mío, que mucho no entiendo de teatro; pero lo cierto era que yo "no cazaba un fulbo", como suele decirme Juan cuando no hay ni Dios que le haga entender que yo no soy tan taradita. Pero esta vez no era culpa mía: quién sabe en qué idioma hablaban esos dos.
De pronto dejaron de "discutir" y se fueron a la cama, en el otro extremo del escenario.
¿Los chicos ya estarían acostados? Los chicos ya estarían acostados. Quise imaginar a Juan lavando los platos. Le puse el delantal de cocina y mis guantes de goma. Y una cofia, qué divertido. Espero que no me deje la cocina hecha un asco. Casi largo una carcajada: la última vez que Juan lavó un plato fue en la colimba, bajo pena de calabozo.
La mujer cruzó el escenario con pasos de autómata o zombi —seguro que, distraída, yo me había perdido un pedazo de la obra—, y se ubicó sobre la mesa en la misma posición vegetal que antes adoptara el "marido".
Así, la marioneta mujer se movió lentamente al principio y luego más fuerte. Llevada por un oscuro espíritu de cuerpo, sentí un leve orgullo: en sus rítmicas oleadas era más dinámica que la marioneta hombre.
Descubrí que mi respiración había cambiado. Estaba agitada, mareada. Dudé en levantarme: Marta, absorta, no dejaba de mirar el escenario como si fuese una santa en éxtasis.
De golpe bajó del techo un enorme espejo con marco dorado y quedó suspendido unos segundos frente a los dobles de aquel raro matrimonio. ¡Yo tuve uno así!, casi se me escapa.
Entonces, mientras la fogosa marioneta mujer seguía bajando y subiendo como si la estuvieran manejando con una roldana, la marioneta hombre se desató del arnés y fue en busca de su doble. Y sucedió algo que yo no me hubiese podido imaginar: el títere aquel comenzó a correr por todo el escenario al marido titular. Pero, a pesar de sus esfuerzos, era obvio que jamás podría alcanzarlo.
El resto del público parecía en otra obra, todos serios y expectantes. Incluso Marta miraba todo con aire de intelectual. En cambio yo tenía unas ganas de reírme… y lo peor, no sabía de qué.
El hombre tomó distancia de su perseguidor. Empezó a dar vueltas en círculo, revolvió el fondo del canasto, sacó una pistola y se suicidó. Salté de mi asiento por el estruendo del disparo. Por fin concluyó el caos del escenario, pero el ruido siguió retumbando en mi cabeza. La marioneta del hombre cayó muerta al mismo tiempo que su doble, y los dos cuerpos sin vida quedaron tirados en el piso.
—Como en El retrato de Dorian Gray —me susurró Marta, suficiente—. El chabón se mata a sí mismo cuando le clava una puñalada al cuadro.
La miré tratando de entender. Alguien chistó.
Ahora la mujer corría de un cadáver al otro, llorando y riendo al mismo tiempo, qué estúpida. Luego buscó la tijera de podar que asomaba del canasto y cortó los elásticos de su propia marioneta. Entonces quedó sola mirando la nada. De golpe se dio cuenta de que tenía el arnés roto y, al mejor estilo gata Flora, se desesperó por unir los hilos que acababa de cortar.
No pudo.
Fue junto a su marioneta, que yacía despatarrada en el piso. La levantó, la arrastró, la cargó sobre sus hombros y salió de escena.
Los aplausos estallaron cuando la luz se apagó totalmente.
Y esa había sido la fenomenal obra que Marta me había llevado a ver.

—¿Qué te pareció? —me dijo ya en la calle, eufórica—. ¿Espectacular, no?
—Y… fuerza tiene.
—¿Fuerza tiene? —me remedó mi amiga—. ¿Fuerza tiene? Es brutal, la obra.
—No me refería a la obra —dije, tímidamente.
—¿Y de quién hablás entonces?
—De la mina.
—¿Qué mina?
—La tipa esa, la que cargó con la otra actriz.
Marta miró alrededor, miró a uno y a otro lado de la calle, y me clavó los ojos con una mezcla de incredulidad, horror y bronca.
—Vos no tenés cura, Marguita —dijo—. Fuerza tiene, fuerza tiene… De todo hacés un chiste —agregó, indulgente—. Pensala un poco, ¿querés?
Y la pensé un poco: una obra de teatro moderno en la que se habla a los gritos —cuando se habla—, la música suave, la gente loca corriendo sobre el escenario. ¿Para qué cuatro actores si se trataba de hacer dos personajes? Aparte, ¿para qué gritar tanto, si nadie entiende un pepino?
—¿Y? —insistió Marta—. Te quedaste muda. Es lógico, este tipo de teatro te deja con la boca abierta.
No me atrevía a decirle que me había parecido una reverenda porquería.
A la media hora llegamos a casa. Marta se despidió rapidito. No sé si estaba apurada o si se fue para no arriesgarse a que apareciera Juan, y verse así obligada a saludarlo. A mi marido no lo traga. Yo lo sé aunque ella nunca me lo dijo: debe pensar que es un ignorante o algo así.
Entré en la cocina, recién ahora me daba cuenta de que no había cenado. Iba a encender la luz, pero estaba el reflejo de la luna a través de la ventana. Nunca me había gustado la cocina de mi casa; pero hoy se veía distinta: hasta las tazas que asomaban de la alacena —vidrio de por medio—, parecían tener vida. Abrí la heladera, me preparé un sándwich de queso y lo comí en la penumbra. No sé cuánto tiempo pasó hasta que decidí ir a descansar.
Me quité los zapatos. Pasé a mirar a los chicos, dormían como angelitos. Fui a mi cuarto, me puse el camisón y me metí cuidadosamente en la cama: necesitaba dormirme en silencio, sin explicarle nada a nadie.
Pero me había equivocado. Frankenstein esperaba despierto.
—Estás fría —se quejó con voz de dormido.
Hace frío —contesté.
—¿Fue divertida?
—¿Qué?
—La obra… ¿Era buena? Marta tiene buen gusto.
No sé si quería contestarle o no, pero no me salieron las palabras.
—¿Qué pasa, mujer, te comieron la lengua los…
—… sí —corté, para que no volviera a preguntar—. Marta tiene buen gusto.
Entonces hurgó debajo de mi camisón. Apenas un poco. Al rato lo oí roncar.
Enseguida me dormí.


A la mañana siguiente, todo había vuelto a su rutina.
Nos sentamos en la cocina a tomar mates; los chicos ya se habían ido al colegio, en el transporte. Juan leía el suplemento deportivo. No hablábamos, como siempre. Pero, para mí, hoy era distinto: el silencio se me metía hasta en los huesos.
De golpe me puse de pie. Caminé hacia la silla de la cabecera, pensando que a lo mejor me había vuelto loca: estaba a punto de subirme a la mesa y quedar en posición vegetal.
Pero no lo hice.
Volví junto a Juan y agarré la pava. Le pasé muy cerca y seguí caminando hacia la cocina.
Lo miré desde lejos, de pie contra la mesada: él seguía estudiando su sección favorita del diario.
De pronto soltó un comentario —como si yo ni me hubiese movido de mi lugar—, sobre no sé qué suplente que había metido un gol.
—¡Y de palomita! —dijo, entusiasmado.
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