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OTRA DE JUAN GOYTISOLO



 
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Lun Ene 31, 2005 05:37    Asunto: OTRA DE JUAN GOYTISOLO Responder citando

Carta abierta a Lluis Bassets, director adjunto del diario El País

Ignacio Echevarría
Barcelona, 9 de de diciembre de 2004

Estimado Luis,

Como esta es una carta abierta, conviene repasar algunos hechos que te son bien conocidos.

El pasado 4 de septiembre apareció en Babelia una reseña mía sobre la novela ’El hijo del acordeonista’, de Bernardo Atxaga, por entonces recién publicada. La novela -interesa puntualizarlo- ha sido editada en castellano por Alfaguara, que pagó un importante adelanto para hacerse con ella, y que la lanzó como uno de los "platos fuertes" de la rentrée otoñal. Como suele suceder en estos casos, Babelia prestó una atención especial a la novedad, dedicándole a Atxaga la portada del suplemento y una amplia entrevista. En este contexto apareció mi reseña, que era inequívocamente desaprobatoria del libro, pero que -importa hacerlo constar- me había sido solicitada por la directora del suplemento, María Luisa Blanco, quien antes me consultó acerca de mi opinión sobre Atxaga, respondiéndole yo, sin falsedad, que se trataba de un autor cuya trayectoria venía siguiendo con curiosidad y con respeto.

La publicación de la reseña provocó en la dirección del periódico una fuerte conmoción, que se tradujo de inmediato en un pautado despliegue de artículos, entrevistas y crónicas que, en conjunto, apuntaban tanto a paliar y neutralizar los posibles efectos de la reseña como a compensar a Bernardo Atxaga por los perjuicios de todo tipo que ésta pudiera acarrearle. En cualquier caso, la reacción fue tan desproporcionada, que llamó la atención de numerosos medios de prensa españoles, que se hicieron eco de ella de la más variada forma, en general con sorna, pero también con escándalo y con sorpresa.

Yo mismo quedé consternado, y más expuesto que nunca a las dudas de siempre, que me asaltaron con especial crudeza. ¿Tiene sentido ejercer la crítica en un medio dispuesto a desactivar los efectos de la misma y a desautorizar a su propio crítico? ¿Tiene sentido tratar de hacer una crítica más o menos exigente e independiente en un medio que parece privilegiar y defender a ultranza, sin el mínimo decoro, los intereses de una editorial que pertenece a su mismo grupo empresarial? Haciendo caso a quienes me recomendaban no abandonar ni ceder terreno precisamente en momentos como éste, me resolví al final a escribir una nueva reseña, apalabrada ya desde meses atrás, y que mandé a la redacción de Babelia el pasado 13 de octubre. Se trataba en esta ocasión de un comentario a ’El bosque sagrado’, un ya clásico libro de ensayos críticos de T.S. Eliot que la editorial Langre, de El Escorial, ha publicado este mismo año.

Al poco de ser recibida en el periódico, la reseña fue "retenida" por ti, que diste instrucciones de que no se publicara. Como esta situación se prolongara durante más de dos semanas, me decidí a dirigirte, con fecha del 28 de octubre, una carta en la que te manifestaba mi extrañeza y en la que te pedía explicaciones. Añadía en mi carta que me resistía a aceptar las explicaciones que a mí mismo se me ocurrían, y te recordaba que llevaba catorce años colaborando con el periódico.

En la respuesta que me dabas el día siguiente, en carta del 29 de octubre, confirmabas que habías impartido, en efecto, instrucciones de que mi reseña no se publicara, y para justificar esta decisión aportabas unas pocas reflexiones que ponían muy en duda las posibilidades de mi continuidad en Babelia a la luz, sobre todo, del tono en tu opinión demasiado tajante y descalificatorio empleado por mí a la hora de valorar la novela de Atxaga.

"Se ha dicho", me escribías, "y supongo que te habrá llegado, que tu crítica era como un arma de destrucción masiva y que el periódico hace mucho tiempo que ha renunciado a utilizar este tipo de armas contra nadie."

Tengo entendido que quien dijo esto, y lo dijo a voz en grito, frente a varios testigos, fue Jesús Ceberio, director de El País, el lunes siguiente a la publicación de mi reseña. Y te confieso que, dentro de todo, no deja de resultar halagador, para mí y para el oficio de crítico, que a alguien le quepa pensar que una simple reseña, escrita en el tono que sea, pueda tener los efectos de una arma de destrucción masiva. No deja de resultar cómica, por otra parte, la ocurrencia de emplear la metáfora "arma de destrucción masiva" en estos tiempos que corren. Parece que estamos todos condenados (unos más que otros) a presumir su existencia allí donde no las hay.

En tu carta aceptabas tranquilamente la posibilidad de que las explicaciones que yo mismo me daba acerca de lo ocurrido, y que me resistía a aceptar, fueran buenas. Y eso es lo alarmante, pues entre esas explicaciones se cuentan dos particularmente graves. A una ya he hecho referencia al aludir a mis dudas sobre el sentido de tratar de hacer una crítica independiente en un medio que parece privilegiar, con descaro creciente, los intereses de una editorial en particular y, más en general, de las empresas asociadas a su mismo grupo. No parece casual que sea un libro de Alfaguara el que haya alentado tus escrúpulos sobre el tono que eventualmente empleo a la hora de hablar sobre un libro que considero francamente malo. Llevo muchos años empleando un tono muy parecido, y el hacerlo no ha sido hasta ahora motivo de estupor ni de reprobación, más bien lo contrario. Te invito, para comprobarlo, a releer mis reseñas de las últimas novelas de autores como Jorge Volpi (Seix Barral), Antonio Skármeta (Planeta), Jaime Bayly (Espasa) o Lorenzo Silva (Espasa), tanto o más duras que la dedicada a Bernardo Atxaga, todas ellas publicadas en el plazo de un año a esta parte, o poco más.

Pero lo que me preocupa de verdad es que El País, del que vengo siendo lector desde hace más de veinte años, y donde vengo escribiendo desde hace catorce, pueda ejercer de un modo abierto la censura y vulnerar interesadamente el derecho a la libertad de expresión, del que tan a gala tiene ser defensor y valedor. Eso, y no otra cosa, es lo que se desprende de la resolución de vetar a un antiguo colaborador por el solo motivo de haber manifestado contundentemente, sí, pero también argumentadamente, su juicio negativo acerca de una novela.

Me decías en tu carta que dudabas aún sobre qué hacer conmigo, y me anunciabas, para "los próximos días", una "respuesta completa" a mi petición de explicaciones. Pero ha pasado más de un mes, y supongo que las pobres reflexiones que entonces me adelantabas no han hecho entretanto sino cobrar cuerpo. Con fecha del mismo día 29 de octubre te escribía yo que quedaba a la espera de tu "respuesta completa". Pero no dispongo de una eternidad para eso. Entiendo que la espera ha transcurrido en vano, y soy yo el que de nuevo tomo la iniciativa de escribirte esta carta abierta para esta vez simplemente decirte adiós, y despedirme de paso de los lectores de El País que durante todo este tiempo han seguido, con su aprobación o con sus desacuerdos, mi empeño quizás insensato de perseverar en el cada vez más menoscabado y cuestionado ejercicio de la crítica.

Vale.

....................................................

Por Juan Goytisolo
El País
Viernes 28 enero 2005


La carta abierta del crítico Ignacio Echevarría a Lluís Bassets, director adjunto de este periódico, tocante a la retención de sus colaboraciones a raíz de una severa reseña de la novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista, publicada por Alfaguara, exige desde luego una reflexión y la apertura de un debate en torno a la difícil independencia del crítico respecto a los intereses empresariales y, añadiría yo, a las consideraciones de corrección política que a menudo la traban.

La reseña que desencadenó el incidente no fue censurada, puesto que apareció en las páginas de Babelia; pero, como si se tratase de un signo propio de los tiempos que vivimos, en los que las libertades que se afirman en teoría se niegan en la práctica, el autor tuvo que hacer frente a unas consecuencias completamente al margen de consideraciones literarias.

El tema no es nuevo, aunque sí se manifiesta, como él dice, con mayor "descaro": forma parte de la casi absoluta comercialización -pienso en otra palabra más fuerte- de la vida literaria española en la que, por citar un ejemplo, los premios de las editoriales más conocidas suelen otorgarse de antemano y los jurados que los avalan se limitan a plebiscitarlos como en los referendos de Franco o del socialismo real. Algo huele a podrido, no en la lejana Dinamarca sino en nuestro luciente Parnaso, y resulta difícil a estas alturas sorprenderse con ello.

Echevarría ha tenido más suerte que yo: el apoyo de un centenar de novelistas, críticos, editores, etcétera, que se adhieren al contenido de su carta abierta y entre los cuales cabe destacar un buen puñado de ellos libre de toda sospecha -comenzando con Rafael Sánchez Ferlosio, el mejor Cervantes español desde que el premio existe- junto a otros de dudosa autoridad moral y algunos cuya firma ocasiona vergüenza ajena. A esto se llama mezclar capachos con berzas, con la consecuencia de que tal mezcolanza empañe a mi entender la credibilidad y buena fe de quienes salen en defensa de la libertad amenazada.

Cuando hace cuatro años señalé dicho estado de cosas en estas mismas páginas de Opinión (Vamos a menos, EL PAÍS, 11 de enero de 2001), aguardaba un debate sereno sobre el tema, que no se produjo. Salvo unas pocas revistas marginales o de circulación limitada, nadie entró al trapo. El artículo se discutió, eso sí, de viva voz y, cuando días después de su publicación pasé por Madrid, recogí el comentario unánime: "Has escrito lo que todo el mundo piensa".

"En este caso", repuse a más de uno, "¿por qué nadie lo expresa?" De nuevo me topaba con el fatídico dicho de Larra: "Lo que no se puede decir, no se debe decir". Y no obstante tenía más suerte que un autor tan estimable como Julio Llamazares, cuya opinión sobre el asunto, anterior a la mía y coincidente con ella, no obtuvo el nihil obstat. En corto: la discusión provechosa y abierta brilló por su ausencia y las cosas siguieron como antes.

Pero lo que asombra e inquieta a muchos lectores es que Ignacio Echevarría haya tardado catorce años en advertir dicha situación. Él, como el ex crítico-estrella de este periódico y algunos firmantes de la carta abierta se abrieron camino a pulso en este mundo de poderosos intereses empresariales y de amores y odios compartidos con el responsable de turno. Divisiones implícitas, pero respetadas: los de la Casa y los de Fuera, los correctos e incorrectos.

¿Han meditado los interesados en el ninguneo por razones diversas de figuras tan dispares como Julián Ríos, Gregorio Morán o Alfonso Sastre, cuya obra Lumpen, marginación y jerigonza fue vetada por la casi totalidad de la prensa "seria" por causas que nada tienen que ver con el aguijador contenido del libro? Otros escritores, poetas y novelistas de valor -la lista no es corta- fueron empujados también a los márgenes y condenados a una provisional e ilusoria inexistencia.

El fenómeno es general -en los grandes periódicos franceses ocurre algo parecido, como lo prueba que, por motivos idénticos, el mejor de ellos prescindiera de los servicios de su crítico más solvente a consecuencia de una reseña negativa de la obra de un colaborador de sus páginas- pero, por ello mismo, no se puede a estas alturas fingir inocencia de vestal y rasgarse las vestiduras cuando el conflicto con intereses "superiores" no afecta a otros, sino a uno mismo.

Sería conveniente releer a Cernuda y sus lúcidas reflexiones expuestas en diferentes ensayos para comprender que "en España, las reputaciones literarias han de formarse entre gente que, desde hace siglos, no tiene sensibilidad ni juicio, donde no hay espíritu crítico ni crítica y donde, por tanto, la reputación de un escritor no descansa sobre una valoración objetiva de su obra". O la advertencia elemental de que la crítica "no consiste en administrar un compuesto de azúcar, melaza, sacarina y jarabe a aquellos escritores admirados y palo tras palo a aquéllos detestados por el crítico".

Creo que esta última observación se ajusta como vitola al habano a algunas reseñas de Echevarría: yo he recibido de él, no sé si con razón, bastantes palos (aunque por fortuna no de "destrucción masiva") y recuerdo, entre otras, sus loas a un autor admirado por él en las que, como evoqué sin nombrarlo en mi artículo de hace cuatro años, acumulaba una docena de adjetivos entusiastas ("piropos" o "mimos" en el lenguaje de Cernuda) que harían sonrojar al propio Cervantes.

Los escritores podemos sacar provecho de las críticas bien fundamentadas, y a mí me han sido muy útiles al hilo del tiempo para remediar insuficiencias y paliar defectos (por ello, el cineasta Néstor Almendros solía decir con humor: "Yo nunca critico a mis enemigos porque a lo mejor aprenden"). Pero ni el incensario no justificado con análisis y argumentos ni el encarnizamiento contribuyen a la solidez de la confianza en el crítico ni ayudan a los reseñados que, como Artxaga, necesitan una luz que les oriente sobre la mejor manera de eludir el lugar común y el sentimentalismo fácil.

Mas vuelvo al panorama de la vida literaria española y a la libertad del menester de crítico. Las observaciones de Cernuda y, antes de él, las de Azaña, cayeron en saco roto. Las jerarquías universitarias heredadas del franquismo, la incorregible burocracia cultural y la convergencia del poder asfixiante de los grandes consorcios editoriales con el canibalismo tribal se conjugan con terrible eficacia para ahogar la independencia intelectual.

Se vende, se sigue vendiendo, gato muerto por liebre viva, y ello con la complicidad o resignación de los críticos, sometidos a veces a presiones difíciles de soportar. La necesaria transición cultural se hace esperar (¡ojalá el Cervantes otorgado a Sánchez Ferlosio sea la ceja del alba de ella!) y, entre tanto, el carrusel de los "tíos vivos" da vueltas y más vueltas para mayor gloria de la Literatura Nacional y de las conmemoraciones del Quijote que nos aguardan.

En tales circunstancias, episodios como el que comentamos son producto de un sistema de difícil arreglo. El oficio crítico exige un espíritu de independencia casi heroico y, por consiguiente, poco común. Pero la justa denuncia de lo acaecido tendría mejores credenciales si el represaliado y algunos de los que con oportunismo flagrante se solidarizan con él, no se hubieran beneficiado durante años de tal situación y hubieran abierto el debate a su debido tiempo.

................................................................................................

Respuesta a Juan Goytisolo

Ignacio Echevarría

Barcelona, sábado 29 enero 2005
Era de esperar que Juan Goytisolo hiciera su intervención estelar en el llamado caso Echevarría. Y era de esperar que lo hiciera como suele: sacándose en procesión a sí mismo y citando de paso, mira por dónde, a Cernuda y a Azaña (la ocasión no daba esta vez para mentar a Américo Castro y a Blanco White).

Da pereza refutar su gastada cantinela de quejumbres y de alusiones insidiosas, siempre veladas. Pero conviene puntualizar un par de cosas: al crítico le corresponde hacer crítica, y hacerla, mientras le dejen, en los límites que le imponen lo que Goytisolo llama "los intereses empresariales" y "las consideraciones de corrección política".

Las denuncias abstractas y las jeremiadas imprecisas, a que tan propenso es Juan Goytisolo, de poco sirven en este punto. Sólo la concreta denuncia de una situación determinada contribuye a un debate real del estado de las cosas, y tal ha sido mi contribución al mismo. Que no la haya hecho antes quizá sea debido a que mi obligación como crítico consistía, antes que nada, en perseverar hasta el máximo en mi tarea, pudiendo ocurrir que esos límites de los que hablamos se hayan entretanto estrechado.

Por lo demás, y por mucho que le pese al señor Goytisolo (autor, por cierto, muy bien blindado para las críticas adversas, y muy dado a reseñar los libros de sus amigos), no veo de qué otro modo puede un crítico cumplir con su oficio como no sea elogiando a los escritores que admira y dando palos a los que no aprecia. El fundamento con que haga una cosa o la otra es lo que determinará, en última instancia, la calidad del crítico, condenado por decisión propia a realizar esa fatigosa tarea en el exiguo espacio de un folio y medio


Ultima edición por DELLWOOD el Mar May 10, 2005 16:02, editado 1 vez
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MensajePublicado: Lun Ene 31, 2005 05:38    Asunto: Responder citando

Por Justo Serna
Bitácora
29/01/05, 21.00 horas

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Regresa Ignacio Echevarría para arremeter contra Juan Goytisolo. Dice cosas archisabidas para así defenderse. Pero no dice por qué se degrada la crítica y por qué resulta tan penoso leer a ciertos críticos. Cuando la glosa literaria alcanza sus mejores cotas entonces nos las vemos con las palabras de un observador privilegiado, las palabras de un educador. Me explicaré.

Aun siendo un género menospreciado, la crítica contemporánea parece haber alcanzado una ventaja chocante: la posibilidad de discriminar, de seleccionar, de marcar el canon y, por tanto, de administrar ese sacramento.

Situado presuntamente en un escalafón inferior, pero dotado de medios (el periódico, la cátedra, etcétera), el crítico posee el poder de aprobar o de desaprobar, de salvar o de condenar, de admitir o de excluir.

Convertido en experto conocedor del canon y de la tradición literaria, puede llegar a ser un lector inconmovible, justamente lo contrario de lo que reclama la gran creación de sus mejores destinatarios: la conmoción, la impresión, la humildad aventurera y errabunda de un lector voraz, impresionable, culto pero indisciplinado.

Hay que leer muchos libros, para que entre sí se fertilicen esas semillas, y hay que hacerlo con sabiduría, con modestia y con audacia.

El riesgo que corre todo volumen de crítica cuando trata la gran obra de ficción es rebajar el texto comentado, volverlo prosaico, evidente hasta desmitificarlo, hasta desinflarlo quitándole la potencia que anida en su interior.

Que se muestren las estrategias retóricas o compositivas del autor, que se informe del contexto histórico del creador, que se declaren las intenciones morales del escritor, que se aclare la tradición que lo inviste y en la que se inserta no son en sí mismas tareas desmitificadoras, sino necesarias.

Pero agostarán la narración, la arruinarán hasta secar su encanto o su enigma, si esas labores aspiran a reemplazar el prodigio de aquella invención. Las narraciones son recreaciones del sentido, relatos que expresan el enigma humano de los que no son enteramente dueños ni siquiera los propios autores.

La palabra no sólo es consciencia y comunicación deliberada, es sugerencia, connotación y es el eco de miles de voces de antepasados y de contemporáneos que se pronuncian implícita y enigmáticamente en cada acto creador.

Por eso hay siempre en la palabra y en las novelas de nuestras vidas un residuo indescifrable que resiste toda aclaración: no hay desvelamiento definitivo aun cuando revelemos las estrategias, los contextos históricos, las intenciones explícitas y la tradición o el género al que dicen pertenecer. Por mucho que nos acerquemos a la obra, ésta siempre opondrá resistencia a ser iluminada de una vez para siempre.

La discusión fundamental del 'Caso Echevarría' ha sido sobre el mercantilismo, sobre la posible censura. Creo, sin embargo, que se ha tratado menos este otro asunto decisivo que estoy comentando y que, a mí, como lector me interesa más: la posición del crítico como educador.

El crítico dicta, pero creo que no es suya una tarea propiamente docente (creador de buenos y fieles lectores respetuosos del canon, con la memoria abarrotada de conocimientos profesorales).

En realidad, la mejor labor del crítico es la de ayudarnos a ordenar el caos que llevamos dentro presentando las obras como vestigios de la acción humana, de la creación.

El novelista crea novelas, pero el crítico crea lectores, individuos que se interrogan y que intentan apreciar lo que los confirma y lo que los desmiente.

Si es así, el crítico tiene una gran responsabilidad: no es, no puede ser un predicador o un mandarín, sino un educador. Este educador hace suya la invención de un tercero hasta hallar en el libro comentado las preguntas exactas, las respuestas -en el caso de que las haya- y el significado preciso de la vida y del mundo.

Cuando esto se da, esa condición parasitaria del crítico se vuelve creativa. Al menos en sus ejemplos de mayor excelencia, la glosa aúna la fidelidad humilde del comentarista, la contención de quien se asoma a las obras para rendir tributo de admiración, y la arrogancia de quien se sirve de esos mismos libros para analizarse, para recrear su sentido, para aventurar un significado a la cultura, a la invención y al mundo que nos acoge.

Vista así, la crítica literaria es un esfuerzo, una audaz reelaboración de algo ya creado; pero es también un modesto ejercicio de comprensión, de homenaje a esos otros volúmenes que nos preceden y a los que nos debemos.
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MensajePublicado: Mar May 10, 2005 16:01    Asunto: Responder citando

CERVANTES ES COMO LOS CENTROS COMERCIALES

En una entrevista con Efe, Juan Goytisolo (Barcelona 1931) recalca que 'esa contradicción es lo que precisamente hace más grande a Cervantes'.

'Es imposible establecer una única visión. Hay una ambigüedad enorme en su obra, una contradicción llena de coherencia en todo lo que dice; por eso hay tantas interpretaciones, que si era profeta de Israel, que si Cervantes fue gay; que si era cruel tratando al Quijote, como decía Nabokov, que si era absolutamente piadoso y estaba por los débiles, como dice Trapiello, incluso hay teorías feministas de su obra', matizó.

Unas ideas que Goytisolo subrayó horas antes de impartir una conferencia en la Biblioteca Nacional, dentro del ciclo 'Visiones del Quijote', con el irónico título: 'Defensa del Quijote contra sus admiradores apresurados'.

Goytisolo, que se ha dedicado a estudiar a Cervantes en repetidas ocasiones, desde los años 60 cuando ya publicó 'Lecturas cervantinas en Tres tristes tigres', aseguró que 'no se puede hablar sin humor de Cervantes. 'El tenía mucho humor y la seriedad no corresponde a su espíritu', pero añade que 'estaría muy bien que en este centenario no se olvide nadie de la inmensa pobreza y soledad que rodeo a Cervantes cuando escribió la primera parte del Quijote'.

En varias ocasiones se ha trazado un paralelismos entre la vida y obra de Goytisolo con la de Cervantes, idea que defiende, por ejemplo, la profesora Pina Rosa Piras en varios puntos: Ambos han alterado las bases de las instituciones literarias, ambos han puesto en cuestión la realidad de los valores, ambos han puesto en cuestión los fundamentos de la verdad y los dos se acercaron al mundo árabe.

Según el autor de 'Señas de identidad' o 'Juan sin tierra', 'Cervantes te obliga a inventar, no a escribir como él, no a ser una reiteración que no añade nada nuevo al árbol de la literatura. Los cervantinos cervanteamos sin saberlo. Cervantes enseña a ver la realidad con más lucidez'.

Goytisolo argumenta que Cervantes tuvo una relación especial con el Islam debido a su cautiverio en Argel, y repite la idea que señaló en su día Américo Castro: 'Cuando se habla de la influencia renacentista en Cervantes, yo diría que habría que poner mucho más acento en lo que pudo aprender en su cautiverio en Argel'.

Y una de las cosas que este escritor, afincado en Marrakech, quiere dejar más claras es que Cervantes, junto con el humanista francés Rabelais, inventó la novela en Europa, y aconseja que la gente lea el Quijote 'libremente, que cada uno lo lea a su manera', a la vez que se lamenta por haber llegado al quijote tarde.

'Lo leí cuando tenía 25 años, porque en el Bachillerato nos hablaban del Quijote, pero nos daban a leer al Padre Coloma, esa era la triste educación en los años 40 en España. Luego empecé a leer libros franceses y hasta los 25 no empecé a interesarme por la literatura española'.

Pero Goytisolo, además de visitar estos días España para hablar del Quijote, también es testigo de la publicación de un libro que reúne sus ensayos escritos desde 1967 hasta 1985, y que acaba de salir.

El volumen, editado por Península, agrupa tres títulos: 'El furgón de cola' (1967), 'Crónicas sarracinas' (1982) y 'Contracorrientes' (1985). Títulos que en su día provocaron polémica tanto en la España franquista como posfranquista, como recordó el propio autor, quien considera que hoy todos los textos siguen teniendo mucha vigencia.

''No han perdido ninguna actualidad. El libro incluye un ensayo en el que hacía un análisis de la España de los años 60, que me valió la excomunión de mis amigos del Partido Comunista, porque dije que el cambio que se estaba operando en la sociedad española no iba a ser por la oposición antifranquista, sino que era gracias a la modernización de la sociedad española que iba a dejar al régimen como una antigüaya, y esto sigue teniendo mucha relectura', concluye.
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MensajePublicado: Dom Nov 06, 2005 06:38    Asunto: Responder citando

EL tiempo y la distancia han convertido a Juan Goytisolo en un observador de excepción de la naturaleza humana, que sigue, a su juicio, exhibiendo las mismas debilidades y cotas de maldad que a mediados de la década de los cincuenta le llevaron a exiliarse en París. El escritor, que presentará mañana en Barcelona el primer volumen de los siete que conforman sus 'Obras Completas' (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), ha participado en un homenaje en el Instituto Cervantes de París. Allí se analizaron las aportaciones de un autor que hace tiempo abandonó las fronteras de la literatura para denunciar, a través del ensayo o el reportaje, las injusticias y el drama de las sociedades pobres y arruinadas.

-¿Queda algo del París que conoció?

-Queda la obsesión securitaria, pero eso ya lo viví cuando llegué allí; eran los tiempos de la guerra de Argelia y ocurría lo mismo. Había amigos españoles a los que detenían a cada paso porque tenían pinta de moros. Ahora, en cambio, sé de una persona que fue detenida con motivo de un robo a la que la primera pregunta que le hicieron fue si era cristiano o musulmán. Me pregunto qué tiene que ver el origen étnico y religioso con un delito.

-La elección de 'Señas de identidad' para abrir el encuentro del Cervantes no parece casual, porque viene a ser una exposición del espanto tras la Guerra Civil.

-Era el mundo de la emigración española, con sus ensueños y sus contradicciones, sus peleas minúsculas, pero al mismo tiempo fue la novela que me permitió tomar distancia con el régimen. Desde entonces he intentado intervenir lo menos posible en la vida política española.

-¿Le preocupa que esta etapa reciente de España se olvide?

-Es la cruel reiteración de la Historia. Lo vi en el Cáucaso o en Chechenia hace nueve años. Llevaba conmigo 'Hadji Murat', la novela póstuma de Tolstoi, y me pareció impresionante leer un texto escrito un siglo antes y observar los mismos lugares y la misma brutalidad.

-¿Se ha superado el cainismo político español?

-Bueno, debo decir que el cambio político ha sido un alivio, aunque no se están resolviendo los problemas que plantean los nacionalismos periféricos. Aun así, sostengo al Gobierno de Zapatero frente a lo que había antes.

Nuevos autores

-¿Cómo observa la reiteración de los mismos lemas: nacionalismo, unidad de la patria...?

-Introducir las emociones patrióticas, los agravios, los derechos históricos, conceptos tan vagos como el de nación en el debate político me parece peligroso. Se debe buscar una solución intermedia entre el proyecto más o menos centralista de Azaña con el federal de Pi i Margall.

-Presentó en París a autores jóvenes. ¿Se ve obligado a apadrinar a nuevos literatos?

-Es una defensa del texto literario frente al producto editorial. Hoy es muy difícil para un escritor joven abrirse paso, porque las editoriales quieren libros que se vendan, solo aspiran a publicar campeones de ventas, mientras que los textos literarios quedan completamente desprotegidos. La censura comercial es mucho más fuerte que la política con Franco.

-Usted y Sami Nair escribieron en el 2000 un libro casi profético sobre los riesgos que suponía la política de represión y marginación de los inmigrantes africanos. ¿Se quedaron cortos?

-Lo peor es la marginación. Yo he vivido durante la mayor parte de mi estancia en París en un barrio del Segundo Distrito donde los franceses son un elemento más. Es un barrio de judíos y armenios, luego llegaron masivamente los españoles y se fueron, llegaron los portugueses y se fueron... Los turcos, en cambio, se quedaron. Hay un crisol de nacionalidades y lo extraordinario es que comunidades enfrentadas en sus países de origen no tuvieron jamás el menor roce. He aprendido tanto de diversas ciudades, como Nueva York o París, como de Cervantes o Fernando de Rojas.

-Ventajas de la convivencia.

-Sí, son formas de vida estimulantes. Cuando vivía allí hablaba relativamente bien el árabe dialectal del Magreb y cuando llegaron los turcos, durante cuatro o cinco años iba todas las tardes a un centro de refugiados, charlaba con gente joven y recibía clases de turco. Como ellos vinieron a mi barrio, decidí aprender su idioma. Prefiero sumar, jamás restar: tener dos lenguas y dos culturas es mejor que tener una, y tener tres es mejor que tener dos. Las comunidades que se cierran sobre sí mismas, buscan sus esencias ancestrales y mantienen unas identidades icónicas fijas, están condenadas al estancamiento y a la inmovilidad.

-¿Lo de Ceuta eran previsible?

-Las proximidades de Ceuta y Melilla se estaban convirtiendo desde hace varios años en algo parecido a lo que vi en California y Tijuana, una zona fronteriza en la que, en un lado, están el sueño americano o el europeo, y al otro lado, la miseria de toda América o de toda África. Pedir a Marruecos que controle 3.200 kilómetros de frontera es absurdo.

-Nadie podrá detener a los hambrientos camino hacia el Norte.

-Es imparable, la humanidad sigue la dirección de sus zapatos y nadie puede reprocharles que busquen un modo de vida decente. Marruecos es un lugar de paso y con las dificultades al tráfico de pateras se ha convertido en una sala de espera de desesperados.

-Sigue sintiéndose un autoexiliado, un «español sin ganas», como confesó en una ocasión.

-Lo dije porque me repugna tener ganas de ser algo. Me gusta una frase de Luis Cernuda: «Uno es español, pero no hay que andar por ahí españoleando». O vasqueando, o catalaneando. Para un escritor, es conveniente tener cierta sensación de apátrida, uno pertenece a una comunidad lingüística y nada más.G. O. BARCELONA

-En los últimos años ha ejercido como articulista o ensayista y se ha desplazado a Chechenia, Sarajevo o Palestina. ¿Sentía deseos de palpar la realidad?

-Era una conciencia muy aguda del engaño total de la primera Guerra del Golfo, y la búsqueda de una verdad tras las mentiras oficiales. Las tres veces que fui a Sarajevo comprobé cómo los grandes medios informativos ocultaban la verdad, algo increíble. Estuve en los territorios ocupados por Israel y en Argelia, donde vi la guerra entre islamistas radicales y un ejército poco escrupuloso con la población, que convirtieron una guerra civil en una guerra contra los civiles.

-Fue testigo de cómo crecía el islamismo más radical.

-Tanto en Bosnia como en Chechenia me cruzaba con voluntarios árabes que luego pasaron a formar parte de la yihad islámica. Lo ocurrido tras el 11-S no es una sorpresa.

-Vuelve al intelectual que observa y participa en lugar de quedarse encerrado.

-Soy un hijo de la Guerra Civil, que afectó de forma terrible a mi familia. No he ido a esos lugares por aventura o porque me guste el peligro, sino porque tenía una conciencia muy clara de cuáles eran los problemas del mundo que se avecina. El resultado es decepcionante, siento una lucidez pesimista sobre la especie más bien inhumana. Siempre me han gustado las voces rebeldes que rompen la indolencia de lo establecido.
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MensajePublicado: Lun Dic 19, 2005 04:47    Asunto: Responder citando

El veterano escritor (Barcelona, 1931) dejó por unos días su casa de MarraKech para impartir un curso en la isla sobre 'las mil y una noches', una obra que considera el mejor libro de todos los tiempos. El autor de 'señas de identidad' acaba de sacar a la luz sus 'obras completas'.
-Estos días usted imparte un seminario sobre Las mil y una noches, también por estas fechas García Márquez da otro curso sobre cómo contar un cuento. ¿La oralidad se está perdiendo en la literatura?

-La tradición oral se remonta a entre los años 40.000 y 30.000 antes de Jesucristo, mientras que la escritura nació 3.500 años antes de Cristo, es decir, que el periodo que abarca la oralidad es diez veces mayor que el de la escritura, la evolución de la especie humana es diez veces mayor que la escritura. Creo que preservar este patrimonio es muy importante. Soy autor de un ensayo sobre los cuentistas de la plaza de Marrakech, titulado Patrimonio oral de la humanidad, que fue el inicio de la creación por la Unesco de una sección de Patrimonio Oral e Inmaterial, y hace cuatro años fui presidente del jurado que trata de preservar las manifestaciones de esta tradición oral e inmaterial de la especie humana. Porque hasta ahora la Unesco protegía los paisajes, los monumentos, ciudades, pero este concepto era nuevo. Ahora ha sido aprobado y funciona.

-Pero no se escribe para leer en voz alta.

-Esto es otra cosa. Yo hablo de la oralidad primitiva, anterior a la literatura. Desde entonces ha habido siempre una evolución de la oralidad a la escritura y de la escritura a la oralidad. Hasta la invención de la imprenta, los textos tenían su ritmo, su prosodia, eran leídos en voz alta. Con la aparición de la imprenta esto desapareció. Fuera de la poesía, en la prosa desapareció. Pero una serie de escritores del siglo XX volvieron a entroncar con la lectura en voz alta, la prosodia, el ritmo interno, para dar una vida al texto. Tienes ejemplos muy claros en Joyce, en Celine, en Arnold Smith, Guimaraes Rosa y yo mismo. La lectura ideal de lo que he hecho sería una lectura en voz alta, que muestra la prosodia, el ritmo, etcétera.

-¿Cree que las nuevas tecnologías podrían usarse para aportar páginas a una especie de libro interminable, similar a Las mil y una noches?

-Ha habido muchas adaptaciones al cine y a la televisión. Ayer citaba Aladino y la lámpara maravillosa y Alí babá y los cuarenta ladrones, ha habido de cada una de ellas, por lo menos, ocho o nueve adaptaciones. En el cine hindú es continuo, repiten una y otra vez historias de Las mil y una noches. A veces se ha llevado al cine con mayor claridad, como en la obra de Pasolini.

- Me refería a la posibilidad que ofrecen las nuevas tecnologías para que las historias circulen por el mundo y crezcan.

-Ya entramos en el terreno de la técnica, que es muy distinta a la transmisión oral. Es distinto. Lo que la Unesco intenta preservar es la tradición oral de cada lugar.

-Ha estudiado las tradiciones y la cultura de España. ¿Cree que los nacionalismos son una vía para preservar el patrimonio de un territorio?

-Yo no soy nacionalista, me definiría más bien como antinacionalista. Lo peor que puede ocurrir es intentar fijar una tradición, y determinar lo que es puramente propio y separarlo de lo ajeno. Es el peligro mayor que acecha a una cultura, la búsqueda de una pureza cultural esencialista. Reducirlo todo a un folclore reiterativo que separa lo nuestro de lo ajeno. La cultura nos muestra que siempre vive en perpetuo contacto con otras culturas. No puede haber nunca culturas puras, porque toda cultura es resultado de la mezcla de las influencias que ha recibido a lo largo de la historia. Y cuantas más influencias ha recibido, más rica es.

-En la presentación de su último libro decía que estaba muy preocupado por la oleada de violencia de los inmigrantes parisinos. ¿Cree que la multiculturalidad es una utopía?

-Traté de analizar este tema en un artículo publicado en El País. Son causas muy complejas. Es por el urbanismo que se ha creado durante decenas de años en París y en otras ciudades, tendente a separar a los inmigrantes que vivían en el centro mezclados con los franceses de pura cepa.

-Acaba de sacar el primer tomo de sus Obras Completas.

- Obras incompletas, puesto que aún estoy vivo y estoy hablando con usted.

-Precisamente, ¿eso significa que se va a retirar?

-Retirar a dónde, ¿al cementerio?. Precise usted. (Risas)

-Quería decir si piensa dejar de escribir o hacerlo menos.

-Siempre escribo. Otra cosa es que publique o no más novelas. Escribo asiduamente artículos en El País. Más que artículos periodísticos son reflexiones hechas en un periódico.

La terrible oreja de la iglesia

«La Iglesia está asomando de nuevo su terrible oreja y está haciendo un ataque en toda regla al Estado español por motivaciones políticas», comenta Goytisolo. «El hecho de que una cadena de radio como la Cope se pase todo el día insultando a, lo que yo considero, la gente más democrática de España, pues me parece inadmisible», apostilla el escritor, quien asegura que esta aparición en el debate político supone «un intento de retorno a atrás». «El último mandato de Aznar es un retorno a todo lo que me había hecho escapar de España cuando era joven; los mismos clichés, la misma prepotencia, la misma sumisión a América, el mismo odio a la vieja Francia y Alemania», apunta el escritor.

la demandada visión de un cervantino

Trabajo. «Tengo invitaciones a eventos, reuniones y comités todos los días. Hay días en las que recibo tres invitaciones. No tengo el don de la ubicuidad y los viajes me cansan. Es una carga muy pesada estar diciendo no, no, y no. Sólo acepto los temas que interesan. En bastantes cosas tengo la sensación de que ya he dicho lo que tenía que decir, como respecto a la inmigración o la relación de Europa y el mundo árabe. Eso ya lo he dicho. Los políticos deben repetirse, pero los escritores, no».

El Quijote. «En este año cervantino se encuentra de todo, como en el Corte Inglés. Uno puede encontrar las cosas más serias y las más disparatadas. Han salido artículos y libros de gran interés, y otros que han servido para promocionar a ciertos académicos. Yo leí en la Biblioteca Nacional una conferencia, que se publicó en Claves, allí señalaba la miseria en que vivía Cervantes en el año de publicación de El Quijote, cuando vivía en una casa llana de Valladolid, donde su hija y su sobrina no ejercían la prostitución, pero poco menos. Nadie de la vivienda y del barrio sabía que era escritor. Cuando fue detenido por el asesinato de uno de los caballeros que frecuentaba la casa ningún vecino habla de él como escritor. Sólo su hermana dice: es comerciante y además escribe. Cuando uno ve la industria cultural cervantina que se ha creado este año, como dice un amigo, Cervantes sería ríco».
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MensajePublicado: Dom Oct 14, 2007 03:58    Asunto: Responder citando

JUAN GOYTISOLO

“No critiques a tus enemigos,
que a lo mejor aprenden.”

Juan Goytisolo.

LA VOZ DEL REALISMO SOCIAL

Juan Goytisolo, importante también como teórico de la literatura, es, a la vista del conjunto de su obra, el novelista más importante de la generación del medio siglo y autor de una de las novelas más singulares de toda la postguerra, Reivindicaciones del Conde don Julián. Dado a conocer en 1954 con Juegos de manos, su obra progresa con una gran regularidad y constancia, y sobre todo en un camino de perfeccionamiento que le sitúa, por el momento, en un privilegiadísimo puesto dentro de nuestra novelística.

Goytisolo es una de las figuras más estimadas de la narrativa actual, considerada como representativa de la literatura comprometida social y política, y en su momento uno de los escritores más importantes del realismo crítico o realismo social. Su obra fue prohibida por la censura franquista desde 1963 hasta la muerte del dictador. Fino intérprete de la actualidad y de los países de cultura islámica, es una de las más relevantes figuras intelectuales del momento.

Juan Goytisolo Gay nace en Barcelona el 6 de enero de 1931, hermano de José Agustín y de Luis Goytisolo. En su ciudad natal estudia el bachillerato y la carrera de derecho. En 1957 se marcha a París, ciudad en la que reside habitualmente y donde desarrolla una intensa actividad editorial como asesor de la editorial Gallimard. Entre 1969 y 1975 fue profesor de literatura en las universidades de California, Boston y Nueva York. Desde la muerte de su esposa, Monique Lange (1996) ha fijado su residencia en Marrakech. Ha sido galardonado con el premio Europalia (1985), en 1993 se le ha otorgado el premio Nelly Sachs y en 2002 ha obtenido en México el premio Octavio Paz. Desde abril de 2007 la biblioteca del Instituto Cervantes de Tánger se denomina Biblioteca Juan Goytisolo.

Sus mejores críticos han reconocido en su obra varias etapas. La primera vendría marcada por una todavía fuerte presencia del subjetivismo narrativo y una interpretación lúdica y evasiva de la realidad. A ella pertenecen Juegos de manos y Duelo del Paraíso (1959). Una segunda etapa viene marcada por la acentuación de la temática crítico-política y por la utilización de una técnica más objetiva. Está formada por la trilogía “El mañana efímero”: El circo (1957), Fiestas (1958) y La resaca (1958). A partir de La reseca se suele admitir una nueva época en el autor, que se inicia con La isla (1961), novela ya de una implacable técnica objetiva y de crítica antiburguesa. Esta crítica aparece también en Fin de fiesta (1962). Habría que señalar, finalmente, una nueva época, formada por Señas de identidad (1966) y Reivindicación del Conde don Julián (1970) y Juan sin tierra (1975), tal vez, sus obras más celebradas. En Makbara (1980) y Paisajes después de la batalla, se refleja una nueva actitud narrativa, cada vez más experimental y destructiva de las formas tradicionales, próxima a los cánones del “nouveau roman”. En las Virtudes del pájaro solitario (1988) intenta conjugar la mística sufí y la poesía de san Juan de la Cruz. Su última novela ha sido Carajicomedia (2000). Ha escrito libros de viajes, Campos de Níjar (1959) y La Chanca (1962); la autobiografía Coto vedado (1985) y En los reinos de taifa (1986), también de carácter autobiográfico; y los ensayos Problemas de la novela (1959), toma de posición sobre el quehacer narrativo, El furgón de cola (1968), Disidencias (1977), Libertad, libertad (1978), El problema del Sáhara (1979), Crónicas sarracinas (1981), Estambul otomano (1989), Crónicas de Sarajevo (1994), Argelia en el vendaval (1994), El bosque de las letras (1995), Cogitus interruptus (1999) y Pájaro que ensucia su propio nido (2001). Ha publicados también la Obra inglesa (1972) de Blanco White, así como algunos guiones documentales para la televisión como Al-Qibla.

La constante superación estilística y formal y la ampliación temática hasta unos asuntos realmente ambiciosos son muestra de la sinceridad del hacer de este escritor que, a través de inseguridades, ha llegado al alcanzar una auténtica cima. Y como nos ha dicho el escritor catalán: “Yo no busco un gran número de lectores, sino un cierto número de relectores”.

Francisco Arias Solis
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MensajePublicado: Mie Feb 27, 2008 04:35    Asunto: Responder citando

En una ocasión, un turista español medio perdido por Marraquech se acercó a Juan Goytisolo, creyó reconocerlo y le preguntó por la dirección de una calle. El escritor afincado en Marruecos reaccionó con rapidez y dijo: "Sí, soy fulano", y dio el nombre de un famoso y muy vendido autor español. Acto seguido, Goytisolo orientó al despistado viajero, que se marchó muy convencido de la inventada identidad de su interlocutor. Utiliza esta anécdota Goytisolo para resaltar que le gustaría ser invisible en un mundillo literario donde "se confunde la actualidad con la modernidad o el talento con la visibilidad". Para el autor de En los reinos de taifas, "las editoriales sólo aspiran ahora a publicar campeones de ventas y no distinguen entre un producto editorial y un texto literario".

Nacido en Barcelona en 1931, exiliado en París a partir de 1956, residente en Marraquech desde hace muchos años, Goytisolo se ha convertido en una de las voces más singulares e independientes del panorama narrativo español. Mientras no deja de viajar y de colaborar en periódicos y revistas, el escritor está concentrado en los últimos tiempos en sus obras completas que publica Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. Ayer presentó en Madrid los volúmenes cuarto y quinto, que incluyen autobiografía y viajes al mundo islámico, así como las últimas novelas.

"A partir de la edición de estas obras", comenta, "con la inestimable colaboración del editor Antoni Munné, he podido contemplar con frialdad y objetividad textos escritos hace tiempo. De este modo, en novelas como Don Julián no he tocado apenas nada y, en cambio, en Carajicomedia he cortado muchos pasajes. Esta edición me ha permitido ver aquello que no funciona con el paso de los años". Goytisolo subraya que ha intentado plasmar una propuesta literaria diferente con cada novela, al margen del tema. "El tema en mi narrativa", señala, "sólo representa un ingrediente más dentro del conjunto creativo. Nunca he sido un escritor especialmente preocupado por los temas. Sea como sea, asumo plenamente todo lo que he publicado desde Señas de identidad y mi intención siempre ha sido escribir novelas con preguntas y no con respuestas porque las respuestas ya las da todo el mundo. Hay que interrogarse, sin caer en la corrección política, sobre lo público y lo privado".

Está convencido Goytisolo de que se puede ser un magnífico escritor y un canalla despreciable de la misma manera que se puede ser una bellísima persona y un mediocre autor. "Casos como los de Quevedo o Céline demuestran que puedes ser misógino y racista, como el primero, o antisemita y pronazi, como el segundo, y crear una formidable obra literaria". De cualquier modo, Goytisolo ha centrado su compromiso ético en favor de los débiles en el ensayo y en el periodismo. "Ahora bien, en las novelas sólo me han interesado los elementos literarios", añade.
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MensajePublicado: Lun Nov 24, 2008 13:54    Asunto: Responder citando

Enhorabuena.

Se acaba de fallar el Premio Nacional de Literatura y al fin se le ha otorgado a Goytisolo.
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MensajePublicado: Dom Jul 17, 2011 09:10    Asunto: Responder citando

Goytisolo muestra una concepción anti-esencialista del yo en casi todos sus escritos, pero en sus textos explícitamente autobiográficos, Coto vedado y En los reinos de taifa, intenta asumir una identidad homosexual inherente. Así haciéndolo, espera exorcizar de una vez por todas sus varias identidades como un homosexual en el armario en una sociedad heteronormativa (“fantasma”, “zombi”, “fantoche”, “autómata”, “pelele”, “impostor”, “simulador”, “enemigo”, “otro”) y afirmar lo que llama su “yo genuino”. En Los reinos de taifa, la realización de este yo auténtico ocurre mediante sus relaciones sexuales con hombres musulmanes, primero en París (el sitio inicial de su propio autodestierro) y posteriormente en Marruecos. Habiendo experimentado profunda alienación como homosexual en la España fascista y la Cuba comunista, Goytisolo se considera sensible a la alienación de otros grupos e individuos, incluyendo minorías étnicas y en particular musulmanes, con quienes ostensiblemente llega a identificarse.
Después de una relación breve pero intensa con un musulmán francés llamado Mohamed, Goytisolo tiene una serie de amantes musulmanes. Su meta es alcanzar un ideal físico imposible en lo que considera su propio entorno europeo sexualmente reprimido. En su “Zona sotádica” (primero construida dentro de Europa y luego traslada a África del Norte) hombres musulmanes son personajes hipermasculinos que usan el sexo para objetivarlo físicamente. A Goytisolo le gusta esta deshumanización, pero sin embargo busca tener control sobre sus amantes mediante su poder intelectual: “poseído de ellos y su placer áspero, buscaba instintivamente la manera de contrapesar mi sumisión física con una dominación intelectual capaz de establecer el equilibrio entre los platillos de la balanza”. Finalmente los domina por el idioma, y más concretamente por su conocimiento del francés, que usa para escribir cartas, para ayudarles a manejar sus negocios y asuntos personales. Una vez que establece poder, sin embargo, se cansa del juego y sigue adelante. En estas aventuras transitorias, Goytisolo combina la masculinidad y la etnicidad en hombres musulmanes y así racializa la dinámica de homoerotismo. Como Paul Julian Smith observa, no se atreve a “admitir que su ‘atracción innata’ por los hombres árabes de la clase obrera se basa en un deseo físico que hipostatiza ‘raza’ como una identidad fija y esencial”. Pero en algún sentido Goytisolo se dedica a lo que Tomás Almaguer astutamente ha tachado “deseos coloniales” y “lujuria codificada de clase”.
Al final de En los reinos de taifa, Goytisolo viaja a Marruecos para una prolongada estancia y tiene una aventura con un marroquí sin nombre. Narra el episodio mediante una variedad de voces pronominales, pero cada vez más utiliza la tercera persona, como si el yo del pasado continuara resbalando en lo otro. Así escribe: “El expatriado ha encontrado a un amigo”. Aunque de la misma edad que Goytisolo, este nuevo amigo claramente es de la clase obrera, habiendo pasado quince años en los astilleros de Tánger cargando barcos hasta que perdió su trabajo y se hizo el compañero de Goytisolo. Una noche, bebiendo, Goytisolo provoca de parte del marroquí un arrebato violento. Lo hace para efectuar una destrucción catártica de las identidades (burguesa, heterosexual, y español) que le han agobiado toda la vida. El marroquí le da a Goytisolo un golpe en la cara (concretamente en los ojos) y lo hace mirándole fíjamente: “se planta sin quitarte la vista de encima”. Mientras que en otras partes de los textos autobiográficos Goytisolo sufre alienación bajo la mirada del varón heterosexual europeo, ahora está hipnotizado por la mirada de un musulmán de clase obrera cuya identidad sexual resiste las categorías binarias convencionales heterosexual-homosexual de la cultura occidental. Después del ataque de golpes, Goytisolo sufre el “esfuerzo trabajoso de levantarse, ir al baño, mirarse con incredulidad en el espejo y descubrir un rostro que no es el tuyo.” Por un momento se tambalea, tanto físicamente, en su agitación, como discursivamente, por un cambio discordante de personas (“mirarse” y “el tuyo”). Pero a pesar de su esfuerzo de alcanzar la autenticidad, su ideal “yo genuino” sigue eludiéndolo.
A primera vista, Goytisolo parece subvertir la jerarquía étnica y cultural predominante asumiendo una posición de sumisión vis-à-vis respecto al marroquí. Pero nunca renuncia al poder en realidad sobre su “árabe hiperviril” sino que lo usa, aunque masoquistamente, para cambiar su lugar en términos de su propia sociedad. Cuando el marroquí le ruega perdón, Goytisolo lo rechaza: “tú quieres estar a solas, digerir lo acaecido, poner tierra por medio, transformar humillación en levadura, furia en apoderamiento”. Su calvario a partir de ahí será un catalizador para la creación artística. Como explica Smith, la “fijación metafórica de identidad cede pronto a un desplazamiento metonímico. La experiencia se transmutará en escritura, el cuerpo escrito en la escritura del cuerpo”. En esta escritura, nacida de una interiorización de violencia que empezó con la muerte de su madre durante la Guerra Civil Española, Goytisolo se transforma de objeto perseguido en sujeto vengando y lanza un ataque a la cultura española dominante que tanto desprecia. Haciendo así, reencarna como escritor al medieval Don Julián (el traidor quintaesencial de tradición española que entregó el reino cristiano de los visigodos a los moros), tomando su pluma como espada y el lenguaje como campo de batalla.
En En los reinos de taifa el homoerotismo no funciona ni para afirmar lo otro étnico-cultural ni para unirlos a él y a Goytisolo, sino como un modo por el cual Goytisolo alcanza un punto de vista discursivo para asaltar su propia herencia cultural. En contraste con d’Halmar, que aspira a una identidad no occidental, Goytisolo intenta asumir el papel profundamente ibérico del personaje traidor de la leyenda cristiana. Como un Don Julián de hoy moderno, lucha para hacer callar a sus propios opresores (el estado fascista, la Iglesia Católica, y en general el patriarcado heterosexual entero). Pero como intima en lo que se refiere a su batalla contra el censor siempre presente de la España franquista, la suya es una victoria pírrica en que el ruido levantado por sus ataques discursivos amortigua la voz buscada de autenticidad gay y bloquea la reciprocidad con el amado. El yo autobiográfico, como concluye Goytisolo, “podrá flaubertianamente exclamar en el fervor de su empresa, confundido del todo con el felón de la remota leyenda, don Julián c’est moi”. Pero como Jo Labanyi observa, esta incrustación final de su persona en una doble referencia intertextual de Reivindicación del Conde don Juliány Madame Bovary pone en duda la existencia de un yo natural en el cual se predica la autobiografía tradicional. Si la empresa autobiográfica de d’Halmar afirma el yo a costa de lo oriental, la de Goytisolo en el análisis final implica la imposibilidad de adscripción alguna.

http://pedromenchen.com/resenas/resena18.htm
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