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sé los celos que celas (a story by niki & sol)



 
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niki
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MensajePublicado: Sab May 26, 2012 19:57    Asunto: sé los celos que celas (a story by niki & sol) Responder citando

[Les invito, si lo desean, a leer este pequeño cuento que he escrito con Sol.]


Pedro estaba celoso, muy celoso, de Carlos. Y Carlos, para no ser menos, celoso de Pedro.

Los dos amaban a su amiga María, que estaba celosa, pero muy celosa, de Penélope, la gata gris y blanca que vivía con Pedro y Carlos, y que era quizá la gata más celosa del barrio.

Cuando las estaciones y el tiempo lo exigían (sobre todo en épocas de celo), Penélope experimentaba una transformación. Sus ardores y su necesidad de amor la convertían en una bestia infernal que celaba tanto a Carlos como a Pedro y era consentida, en la medida de las posibilidades humanas, por ambos. Pues si bien amaban a María, no podían sino rendirse a los requerimientos de Penélope, la gata sedosa, gris plata y blanca que compartía con ellos su casa roja.

María acechaba a Penélope. Se daba cuenta de que la felina era descomunalmente mimada por Carlos y Pedro, y ella no podía vivir de los celos que la carcomían día y noche. A su vez, Carlos, que estaba prendado de María y sentía debilidad por su gata, pensaba que éstas preferían a Pedro. Y Pedro, que la gata y María se habían encariñado más de Carlos.

Ésa era más o menos la situación. Y luego, para colmo, estaba Federico…

Un buen día, Pedro, enigmático como de costumbre, dijo a Carlos:

–Sé los celos que celas.

–¿A qué te refieres? –preguntó Carlos, pues siempre había que explicarle las cosas.

Pedro guardó silencio. Carlos encendió un cigarrillo y prosiguió:

–Tu forma de coquetear con Federico en la fiesta de cumpleaños de María me dejó un poco triste. Eso es todo.

–Tomamos unas copas. Mi intención era sólo animarlo.

–¿Ah, sí?

–Está roído de celos. María se desvive por nosotros, y a él no le hace ni caso.

–Me pregunto por qué Federico será el preferido de Penélope. No lo entiendo.

–Ni yo. Pero, mientras sea así, él no tiene ninguna posibilidad con María.

–Otra que tal. Es un hatajo de celos. Me dio la brasa durante todo el cumple. Al cuarto whisky, puso a la gata a caer de un burro.

–¡No!

–Casi me enfadé con ella. Con María, quiero decir.

–Claro, lógico.

–Mientras, Federico y tú coqueteabais (perdona, bebíais juntos). Así que fui a buscar el consuelo de Penélope con una leve caricia, y ella me rechazó y acudió junto a vosotros dos. Reconozco que fue la gota que colmó el vaso. Como bien sabes, me he pasado toda la noche dando vueltas.

–Cierto. No me dejaste pegar ojo. Por lo demás, lo mismo me habría valido no estar allí. Te abrazaste como un imán a Penélope.

–Esa gata es un hechicera. Nos tiene en su poder.

Arrebujada como un ovillo encima del radiador, Penélope escuchaba. Una ola de complacencia envolvía cada uno de sus gestos grises, como si fuera consciente del absoluto dominio que ejercía. Y, a la vez, resultaba terriblemente conmovedora en su innegable vulnerabilidad.

Sonó el timbre. Carlos y Pedro corrieron a abrir. Era María. Sonrió y los besó. Venía de buen humor. Traía un pastel, pues deseaba que la invitaran a tomar el té.

Se sentaron. Carlos acomodó las tazas y el té, y Pedro colocó el pastel en una fuente.

María estaba conversadora como nunca. Hizo alusiones a la noche anterior intentando suscitar alguna opinión sobre Federico. Carlos y Pedro esquivaron aquellas preguntas tácitas. Preferían no decir nada.

–¡Pero que callados están los dos! –protestó ella.

Se acercó a la fuente y se sirvió una porción de pastel. Justo cuando estaba a punto de llevarse a los labios el primer bocado, Penélope, que observaba la escena desde la distancia, dio un salto felino, le arrebató el trozo y se lo llevó junto al radiador.

María preguntó muy seria:

–¿No piensan hacer nada?

Ambos la observaron atónitos. Luego volvieron la vista hacia Penélope, que se relamía, y sonrieron. La respuesta, por obvia, estaba de más.

–¡Es el colmo! –dijo María–. Vengo de visita, les saco conversación, se quedan mudos como una tapia y encima dejan que esa malcriada minina me birle el pastel.

Se puso en pie y se dirigió a la puerta. Hizo un alto, por ver si alguno de los dos la frenaba. Pero sólo Penélope cruzó con parsimonia frente a ella y emitió un lastimero “miau”. Aquella débil articulación sonó a oídos de María como la trompeta del Juicio.

Entonces llamaron al timbre. María abrió la puerta. Era Federico. Venía de un humor más alegre; y recuperado, al parecer, de los efectos de la fiesta de cumpleaños.

–¿Qué tal están? ¿Bien? Pensé que te encontraría aquí, María.

Penélope se acercó a saludarlo y arañó cariñosamente las costuras de su pantalón. María experimentó el irresistible impulso de besar a Federico. Y éste, sin dar crédito a sus mejillas, apartó bruscamente a la gata. Penélope, mohína y derrotada, retrocedió hacia el radiador.

–Disculpa, Penélope –dijo Federico–. Luego estoy contigo. María, llevas un vestido precioso.

María le dio la espalda sin responder, cruzó junto a la gata y exhaló un formidable “¡miau!”. A continuación, rogó a Pedro que la acompañara un segundo a la cocina.

Federico cayó de las alturas y tomó asiento en el sofá.

–Hola, Federico –dijo Carlos–. Sé los celos que celas.

–¿Cómo? No lo entiendo. A vosotros, María os adora y os hace mimos. ¿Te importaría explicarme cómo son sus caricias? Estoy pensando en promover mi lado gay.

–Ya lo advertí en la fiesta. Con Pedro. Estabais muy acaramelados.

–Sólo fue una escena para llamar la atención de María. ¡Cinco años de intentar conquistarla! Y cuando estoy a punto de lograrlo, ella va y se vuelve distante… ¿Entiendes?

–Sí.

–Quizá lo mejor sea olvidar el asunto, buscar por otro lado. O resignarme.

–Sí. Disculpa, necesito ir al baño.

Federico inclinó un poco el rostro. Sintió un roce en la pierna derecha. Era la gata, recordándole su amor incondicional.

–Sólo una gata ama así… –suspiró Federico.

María y Pedro salieron riendo de la cocina. Traían más té y unas gaseosas.

–Nada de whiskys hoy –dijo María–. ¿Ya estás con la gata? Lo vuestro va en serio.

–Sé los celos que celas –fue la respuesta de Federico.

La gata se alejó de él y volvió a su rincón del radiador. María tomó asiento cerca de Federico.

–No sé de qué hablas –dijo acercando la nariz a su cuello–. Que rico perfume. ¿Qué es?

Antes que a Federico le diese tiempo a contestar, Pedro metió baza:

–Un aftershave, el mismo que yo uso. Se copió.

Federico enrojeció, se puso en pie y fue junto a la gata para acariciarla. Penélope ronroneaba de placer.

Por algún extraño motivo, María se dirigió a la gata:

–Sé los celos que celas.

Un enérgico “miau-miau-miau-miau” pareció dar a entender que Penélope comprendía y replicaba.

Carlos salió del baño en ese instante. María se lanzó sobre su pecho y lo abrazó estrechamente. Federico dejó de acariciar a Penélope.

–¿La has oído? –dijo María.

–¿A quién? –preguntó Carlos.

–¿A quién va a ser? A Penélope. Estoy segura de que me ha puesto a caer de un burro con todos esos “miaus”.

Pedro le dijo desde el sofá:

–Tranquilízate. Ven aquí.

Carlos devolvió el abrazo a María impidiéndole cualquier tipo de fuga. Luego le soltó al circunspecto Pedro:

–Sé los celos que celas.

–No te copies. Ésa es mi frase –dijo Pedro.

–Es mi frase –dijo Carlos.

–Es mi frase –dijo Federico.

–Es mi frase –dijo María.

–¡Miau-mi-miau! –maulló Penélope.

Y, tras un breve silencio, unos a otros y todos al unísono, se dijeron:

–¡Sé los celos que celas!

Su deseo se vio cumplido. De aquella habitación y de este mundo desparecieron los cuatro personajes humanos de la fábula, convertidos en cuatro tenues cintas de celulosa.

Sólo quedó Penélope encima del radiador, guiñando los ojos con incredulidad.
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