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LOS PLACERES PROHIBIDOS. Leer a Cernuda.


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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Lun May 26, 2008 04:07    Asunto: Responder citando

Para entender el poema anterior:

Resumiendo mucho, hay que contar que este hombre del que habla el poema , Luis II de Baviera, estaba íntimamente ligado a la música de Wagner desde muy temprana edad, concretamente desde el el 25 de agosto de 1861, presenció por primera vez una obra wagneriana, precisamente “Lohengrin”, y quedó tan sumamente cautivado por todo lo que había visto y oído, por lo que había sentido con esta obra y por lo que de sí mismo y de su espíritu había reconocido en aquel drama, que desde entonces su pasión wagneriana, su entusiasmo romántico y su ímpetu artístico, no conocieron límites.

Y es que ya entonces había formado el carácter plenamente romántico que le haría presa de insultos y mofas, el carácter que le valdría el apodo de Rey Loco. Era un joven príncipe dotado de un alma enfermiza y una imaginación asombrosa, inflamado de un sublime sentimiento, alto, pálido, con un espíritu turbado y melancólico, volcado en los delirios de su alma como un arquitecto de ilusiones ó un cazador de sueños.

Un artista en el más profundo sentido de la palabra, con miras para todo lo hermoso y sublime que encontrase, con un espíritu elevado sólo preocupado por el sentimiento y la belleza, pero que sin embargo no había nacido para realizar y plasmar todos sus sueños, no era capaz de una verdadera actividad creadora; y en la búsqueda de esto, encontró en el Maestro Richard Wagner la figura que ponía en imágenes artísticas sublimes todos sus anhelos y sus ensoñaciones.

Lo primero que hace como Rey, es mandar llamar a su lado a aquél al que se había entregado, a aquel artista que habla sido capaz de plasmar en sus magistrales obras todo el caudal de sentimientos, sueños e ilusiones que por su alma corrían y que él era incapaz de sacar a la luz; a aquel espíritu tan afín al suyo, y poner a su disposición un reino para que trabajase en su portentoso genio, sin pedir absolutamente nada a cambio, una entrega sublime de un rey amante del sentimiento, inflamado por completo por el arte y la belleza.

Cuando el 6 de mayo recibe el Rey Luis II a Wagner en Munich, lo recibe con unas palabras que marcarán toda su relación, y que ponen de manifiesto tanto esa entrega absoluta como esa afinidad de almas: «Sin que vos lo supierais, erais la cuenta de todas mis alegrías. Vos habéis sido mi mejor maestro, mi educador y un amigo que, como ningún otro, ha sabido hablar a mi corazón. Haré cuanto esté en mi mano para haceros olvidar vuestros sufrimientos, disiparé todas vuestras preocupaciones, os proporcionaré el reposo a que aspiráis a fin de que despleguéis sin traba alguna, vuestro genio maravilloso. Ahora que visto la púrpura, emplearé mi poder en endulzar vuestra vida».

De Munich se traslada al castillo de Berg, a orillas del lago Stamberg en la isla de las rosas, donde proporciona a Wagner una villa cercana a su castillo para que trabaje con la tranquilidad de un creador, le dona una casa en Munich en la Briennerstrasse, paga las deudas del artista, todo está al servicio del Maestro para que trabaje y desarrolle su genio, el teatro, la orquesta, la intendencia..., otorga toda clase de favores y reconocimientos, proporciona cargos importantes a Hans von Büllow, todos los días el Rey va a visitar al Maestro o éste va al castillo... Es un período tranquilo y soñado por Wagner, no ha de preocuparse por su sustento ni por los medios con que dedicarse a su arte, algo que durante toda su vida le había rondado como un perro de presa y que al fin había conseguido dejar atrás... por ahora.

Tras la representación del “Tristán" regresa al castillo de Berg acompañado por Wagner y del tenor Schnorr, donde tiene lugar una audición de todas las obras de su amigo, cantadas por el tenor y dirigidas por el Maestro. Es una época de proyectos, en que Wagner trabaja en el bosquejo de “Parsifal” y el Rey junto al arquitecto Semper y el propio Wagner, en la empresa de su abuelo de transformar Munich en una ciudad en la que se rindiese culto al arte y la belleza; se trazan los planes de un Teatro de los Nibelungos, de un nuevo Conservatorio, la remodelación de la ciudad, la creación de un periódico de los artistas...

«Mi joven Rey y yo hemos resuelto crear para nosotros un mundo aparte...» escribe Wagner, un mundo aparte alejado de la necedad y la vulgaridad que les rodeaban, de un pequeño reino que no comprendía el arte del coloso de Bayreuth ni el sentimiento más puro y elevado de su Rey.

Se veían a diario permaneciendo horas enteras en el pequeño salón con vistas al lago Starnberg charlando, tocando al piano las obras de Wagner o simplemente “mirándose el uno en los ojos del otro

«¡Uno y todo! ¡Síntesis de mi felicidad!... ¿Qué soy yo sin él? ¿Por qué no encuentro reposo? ¿Por qué estoy torturado siempre? ¡Oh! ¿Cómo hacer florecer para él, sobre la tierra, la tranquilidad, una paz eterna y una inmarcesible alegría? ¿por qué hay siempre tanta tristeza al lado de tanta felicidad?... Amigo mío, ¿necesito volverlo a decir? ¡Te seré fiel hasta la muerte! Eres, fuiste y serás toda mi vida, hasta el último suspiro... Te amaba antes de haberte visto. Oir una obra del Amigo es para mí una beatitud tan grande, que no puedo compararla con ninguna otra...».

Pronto toda Baviera estuvo contra Wagner, y todas las personas alrededor del Rey Luis comenzaron a presionarle en su contra: su tío el príncipe Carlos, su madre, el secretario Pfistermeister -aquél que había ido en busca de Wagner a Stuttgart-, el consejero Luts, el presidente Von der Pfordten, exponen la situación como de un grave peligro interno para el país con múltiples amenazas organizadas por un artista, y el 6 de diciembre de 1865, el Gobierno en pleno expone su ultimátum al Rey: “Debe escoger entre el amor y la felicidad de su pueblo y la amistad de un hombre despreciado por todo lo bueno y sano del reino”.

El mismo Rey, el dia de la partida, el 10 de Diciembre, acompaña a Wagner en su salida de Munich hasta la misma frontera de sus dominios, despidiéndose de él con lágrimas en los ojos, reiterándole que sería “suyo hasta la muerte”.

En Triebschen Wagner goza de uno de sus mejores momentos, se dedica a “Los Maestros” durante la mañana y la noche, y por las tardes da largos paseos acompañado de su fiel perro Russ, comienza su relación con el que luego sería su enconado enemigo, Nietzsche, y al fin su situación con Cósima comienza a normalizarse.

Aunque al principio Luis II se resistió a creerlo -«No puedo ni quiero creer que los lazos existentes entre Wagner y la señora Bülow sobrepasen los límites de la amistad. ¡Sería espantoso!»- pronto entendió que a los sentimientos no se le pueden poner barreras

El primero de enero de 1867 Luis II anunció que se casaría con la princesa Sofía, hermana de la célebre Sissy Emperatriz de Austria. Los súbditos se regocijaron, pero esta boda primero fue aplazada y luego descartada por completo. «Tu eres la más amada de todas las mujeres, pero el dios de mi vida es, como sabes, Richard Wagner»

Tres meses después de la última fecha fijada para la frustrada boda, Luis II conoció a un prusiano alto de ojos azules y cabellos rubios llamado Richard Hornig, que era mozo de cuadra de los establos reales.

Este Richard no fue un mero aprovechado, sino que se enamoró profundamente del galante rey, compartieron el amor por los caballos, la naturaleza y el arte y solían pasear tomados de la mano por castillos y lagos a la luz de la luna. Luis II lo nombró Maestro de caballeriza y Transporte, y muchas veces Richard actuó de mensajero entre Luis II y sus ministros, cosa que era muy criticada. Richard Hornig había aplacado con su presencia el dolor de 8 años de separación física entre Wagner y Luis II.

Cósima se convierte en su confidente alentando su espíritu wagneriano, pues como aún no estaba completamente normalizada la relación con Wagner, ésta pasaba largas temporadas con su marido y sus hijos en Munich.

De esta época es la carta que Luis II le dirige:«Necesito deciros que me es totalmente imposible vivir por más tiempo separado de quien lo es todo para mí. No lo soporto. El destino nos ha creado al uno para el otro; si vivo, es por él. Cada día lo veo más claramente. Pero él no puede estar a mi lado, querida amiga mía. Os aseguro que no me comprenden, ni me comprenderán nunca. Como Rey, no puedo estar unido a él. Las estrellas no nos son favorables. Pero esto no puede, de ninguna manera, continuar así, porque me faltarían fuerzas para vivir. Sin él me siento solo y abandonado. Es preciso que nos reunamos para siempre. Amiga queridísima, os lo suplico: preparad al Bien Amado para la resolución que he tomado de renunciar a la corona. Que tenga misericordia de mí, que no me exija que soporte por más tiempo estos tormentos infernales. Mi misión divina es estar a su lado, como amigo fiel y amante... ¡Decídselo! Hacedle ver que nuestros proyectos pueden realizarse y que me moriré si tengo que vivir sin él. El amor hace milagros...»

Sin embargo, las relaciones entre Wagner y el Rey, son cada vez más delicadas, y quizás por ello no se decidió al fin a la abdicación de que habla en esa nota, y es que aunque la entrega del Rey no tiene igual, ya no es el muchacho pleno de pasión que era antes y las circunstancias de un reino totalmente opuesto a aquél que él había acogido como guía, se hacían imposibles de obviar.

El punto culmen de la relación del Rey con Wagner, y a partir del que sus caminos comenzarán a separarse, es en el estreno de “Los Maestros Cantores de Nuremberg”, el 21 de junio de 1867, en Munich. Tras el estreno, habrían de pasar algunos años hasta que se volviesen a encontrar. El Rey Luis escribe a Cósima en la última carta que le dirige: «Cuento entre las horas más bellas de mi vida, las que he pasado al lado del Amigo querido, del más grande e inmortal Maestro, durante las representaciones de su admirable obra. No las olvidaré jamás...»

Durante el año de 1868 y de 1869, toman forma las obras finales de la que sería inmensa obra de Luis II, el castillo de Neuschwanstein sobre un picacho que dominaba la población de Hohenschwangau y los lagos Schwan y Alp.

El castillo había sido proyectado por los arquitectos Dollman, Riedel y Hoffmann bajo la supervisión y la voluntad del Rey Luis, de un maravilloso estilo que recuerda a los castillos de los cuentos románticos e indudablemente creado con el mismo espíritu que Wagner creaba sus obras.

Fue decorado con pinturas de temática wagneriana, así Aigner pintó en la sala de trabajo del Rey, la leyenda de Tannhäuser; Hauschild, en otras estancias, pinturas de Lohengrin; y Spiess en el dormitorio gótico, imágenes del Tristán, lo que atestigua que su espíritu wagneriano no había decaído en lo más mínimo. Fue una obra de gran coste de la que el erario público se resintió hondamente y que le costó serios disgustos con sus ministros de finanzas.

Son estos años el período en que Cósima y Wagner ya están plenamente unidos, y el rey volvió a intervenir de soslayo en su relación, cuando nació su hijo Siegfried en Junio de 1869, fecha que supone el divorcio legal y la renuncia sublime de Bülow a la que fuese su esposa. Tras eso Hans von Bülow decidió no seguir en Baviera y pidió la renuncia de su cargo como Director de la Orquesta Nacional de Baviera, la que aceptó Luis II no de muy buena gana, aunque al fin hubo de acceder a tales peticiones pues la realidad de la situación se hacia insoslayable.

Otro momento en que hubo un gran roce entre el Maestro y su amante discípulo, y que hizo aún más delicadas las relaciones entre ambos, fue con motivo de las primeras representaciones de “El Oro del Rhin” y de “La Walkiria”, en 1869 y 1870 respectivamente.

El Rey Luis había adquirido los derechos de las obras y se empeñó en la representación de éstas aún en contra de la voluntad de Wagner, el cual veía tales representaciones como un perjuicio para “El Anillo” como obra en su conjunto; además los montajes dejaban bastante que desear pues la preparación de ambos tuvo grandes dificultades por continuas dimisiones de los directos de orquesta y con los cantantes, así como eran escenificaciones deficientes, pueriles y hasta ridículas.

Sin embargo el afán wagneriano estaba por encima de esas cosas, y la admiración del Rey y la ayuda económica que éste aportada a Wagner, salvaron esas situaciones de más enfrentamientos.

En el cincuenta y siete cumpleaños de Wagner, el 22 de mayo de 1870, tuvo un hermoso gesto Luis II, regalándole un caballo llamado “Grane”.


Durante la guerra Franco Prusiana de 1870, el Rey Luis tuvo un importante papel, y es que cuando ésta se venció y la unificación alemana como un imperio bajo el poder de Prusia se llevó a cabo, fue él quien le ofreció a su abuelo Guillermo, en nombre de los demás príncipes y como un mero acto protocolario pues estaba bastante alejado de toda política, la corona imperial que ya Bismarck había decidido para él.

Su wagnerismo y su entrega persistieron, pero ya de una forma plenamente solitaria, haciéndose representar para él las obras del maestro, en su soledad ya era casi absoluta, encerrado en Neuschwanstein, su palacio de ensueño, viviendo en un mundo aparte creado exclusivamente para él al son de los Dramas Wagnerianos.

Su relación con Wagner tampoco acabó a pesar de que no se veían desde hacía varios años, así tuvo una importantísima labor contribuyendo a la edificación del Festspielhaus de Bayreuth con la suma de 75.000 marcos, aunque en un principio desaprobase el proyecto de Bayreuth pues deseaba que fuese el teatro de Munich el que fue El Teatro de los Nibelungos, pero cambiando de opinión ante las necesidades del Maestro, algo que Wagner agradeció de corazón a pesar de los roces y diferencias que había podido suceder con el paso de los años, hizo su contribución personal. El día de la puesta de la primera piedra del Festspielhaus, en un brindis Wagner recordó a su solitario rey:«Es mi deber agradecer al soberano todo cuando ha hecho por mi. Cuando se me autorizó a volver a Alemania y nadie en este país, sobre todo las academias oficiales, no sabían que hacer de mi, su voz generosa me llamó y me dijo: “Cuidaré de ti porque eres un artista a quien aprecio. Es preciso que tu idea se lleve a cabo. Quiero emanciparte de toda preocupación material”. Y a esa grandeza de alma se debe que yo pueda hoy realizar ante vosotros este milagro».

Cuando las aportaciones económicas fueron decayendo y el proyecto de Bayreuth peligraba, una vez más el Rey Luis acudió en ayuda de Wagner, prometiéndole en una carta de 15 de enero de 1874 su ayuda, que se manifestó en un crédito concedido a la administración de Bayreuth por valor de trescientos mil marcos.

En verano de 1875, en la noche del 5 al 6 de Agosto, volvieron a encontrarse tras 8 años sin verse el Maestro y su admirador Rey. Luis II recabó su tren a una legua de Bayreuth, para visitar a Wagner y hacerle saber que deseaba estar presente en las fiestas de inauguración, como simple espectador, declinando la invitación de permanecer en Wahnfried y permaneciendo solo en su tren.

En los siguientes días, en el palco junto a Wagner, presenciaron en solitario los ensayos generales de todo “El Anillo”, dejándose llenar e invadir una vez más por el espíritu y el sentimiento de las obras wagnerianas, uniendo una vez más su alma y su sueños, su entrega y su admiración a la obra de su Maestro. Pero en cuanto la última nota del “Ocaso de los Dioses” hubo sonado, de nuevo fue a refugiarse en la lejanía de sus montañas, y en los sueños de su mundo aparte, en el espíritu atormentado de su soledad romántica.

Luis II como estadista probó ser más sagaz y capaz de lo que muchos admiten. Sin su consentimiento, Otto von Bismarck no hubiera podido unificar Alemania ni hubiera sido posible el triunfo de los germanos en la Guerra Franco-Prusiana, dado que en este conflicto Baviera apoyó con tropa a los prusianos. Luis II a nivel personal se sentía un poco asqueado ante el escándalo que protagonizó su amado Wagner al quitarle la mujer a Hans von Bulow para luego casarse con ella.

También estaba preocupado por la salud de su hermano menor Otto, quien podría haber ayudado a Luis II pero que cada día iba de mal en peor con ataques de locura durante los cuales le daba por morder, caminar a cuatro patas y ladrar como perro. Para colmo de males Richard Hornig se casó durante una de las ausencias de Luis II, y el rey se sintió traicionado.

La penúltima vez que se vieron el Rey Luis y Wagner fue en Noviembre de 1880. Wagner regresaba de un viaje por Italia y paró en Munich para pedirle al rey una vez más su ayuda para el estreno de “Parsifal” en Bayreuth, donde deberían intervenir la orquesta y coros de Munich.

Luis II aceptó y organizó una representación especial de “Lohengrin” para esa visita de Wagner. Dos días después pidió que se interpretara el preludio de “Parsifal”, haciéndolo por dos veces y después el de “Lohengrin”. Wagner se marchó indignado pues tras escuchar el Rey la obra cúlmen de su creación, donde su alma por completo estaba transcrita en un drama, el Rey pedía que se interpretara el preludio de una de las obras de su primera etapa. A Luis II le pasó inadvertido tal enfado y en su diario anotó de esa velada: «...el 12 de noviembre, por la tarde, he oído dos veces el admirable y maravilloso preludio de “Parsifal”, dirigido por su propio autor. Profundamente significativo... Siempre he oído decir que entre Príncipes y súbditos no es posible ninguna amistad...»

Fue a visitar de incógnito a Richard Wagner en Haus Wahnfried y en enero de 1881 Wagner y Luis II vieron juntos la ópera Lohengrin. Cenaron juntos y lloraron mucho.

Un mes antes de la muerte del compositor, el Rey Luis le escribe un telegrama el dos de enero de 1883, que seria la última carta que le enviase:«Desde lo más profundo de mi corazón, correspondo yo a sus deseos de suerte que me hicieron mucha ilusión. Me he alegrado mucho de su tan atenta carta. En las hojas recibidas hace poco he leído con el mayor interés los temas escritos y las composiciones anunciadas en noviembre».

Wagner le responde con una extensa carta muy interesante el 10 de enero que también sería la última misiva, y que acababa de esta forma:
«Es así como cierro hoy el círculo de mi vida, penetrado del noble sentimiento de las bonanzas de las que he disfrutado, y en el cual yo muero, y seguiré a mi Señor y a mi amigo, para la eternidad».

La muerte de Wagner se produce el 13 de febrero de 1883 en Venecia y la desesperación de Luis II fue tan profunda que ni pudo ir al entierro de Wagner.

Cuando se le comunicó la muerte exclamó:«¡Es horrible! ¡Espantoso» y ordenó que lo dejasen solo.

Tan sólo en su soledad encontró algo de respiro, en la soledad que ya no era vida, en la soledad que lo identificaría para siempre como el Rey Loco. Ordenó que cerrasen y prohibiesen tocar los pianos de sus castillos, y exclamó lleno de tristeza, recuerdo y soledad: «El artista del cual hoy llora todo el mundo la pérdida, soy yo quien le salvó».

En el coche fúnebre de Richard Wagner tan solo se permitieron colgar de los millares de coronas mortuorias que se enviaron, las dos de Luis II. El 16 de febrero escribe una carta de profundo duelo a Cósima:«Muy distinguida Sra. y apreciada amiga: Me es imposible plasmar el profundo dolor que llena mi alma acerca de la horrorosa e insustituible pérdida que hemos padecido. ¡Qué golpe del destino más deplorable nos ha tocado a usted, a los pobres niños, a todos nosotros, los amigos y numerosos admiradores del gran e inolvidable amigo y maestro! ¡Qué lástima que nos fuera arrancado tan pronto, quien hubiera podido pensarlo!».

Fue la última vez que se vieron, pues el 13 de febrero de 1883, Wagner moría en Venecia de un infarto. Wagner fue sepultado en Bayreuth, donde un acongojado Luis II visitó secretamente su tumba para llorar una vez más.

Ya para entonces, Luis II comenzaba a tener alucinaciones y otros problemas mentales. En su diario se reflejaban estas anomalías. Se sentía acosado por sus funcionarios, que olvidaban que cuanto mecenazgo se había hecho en el pasado provenía del dinero personal del rey y no del erario de Baviera. Los ministros se volvieron contra Luis II acusándole de derroche y mala administración, cuestionando su capacidad para reinar y hasta hablando mal de su vida privada.

1886 Muerte de Luis II en el lago Stanberg

El 7 de junio de 1886 se llevó a cabo el complot contra el rey en Munich. El gobierno, tras un día de discusiones y misas negras, decidió que Luis II no podía reinar y que el regente sería el príncipe Luitpoldo.

Aconsejaron Luis II que huyera hacia Austria, pero él se negaba a hacerlo. Afirmaban que Luis II quería suicidarse y varios doctores montaron guardia, mientras el monarca protestaba que no era posible que lo declararan loco si no lo habían examinado.

El dia 10 de junio de 1886, su primo el Príncipe Luitpoldo tomó la regencia del reino, pues la familia de Luis II y los políticos de Baviera, juzgaron que el carácter de Luis II era fruto de una enfermedad mental que le imposibilitaba para las labores de gobierno. Así, lo sacaron de su castillo de Neuschwanstein y lo recluyeron en el castillo de Berg.

Tres días después, el 13 de junio, murió ahogado en el lago Starnberg, frente al castillo que había sido su última morada prisión. Junto a su cadáver se encontró el de su médico personal, el doctor Gudden.

La versión oficial con relación a su muerte, es la del suicidio, por la que habría puesto fin a su atormentada existencia de soledad y compañía, a su vida de continua contradicción romántica, llevando consigo a su guardián y médico.

Otra posible tesis sobre esa muerte, es la que contempla lo incómodo que en Baviera y en todo el Reich era un príncipe de ese carácter, incomprendido y extraño para la política y la sociedad vulgar de su momento, que además cada vez que intervenía en las cuestiones políticas era para ir en contra de la política oficial o para criticar a la casa imperial, junto con los profundos gastos que el erario público llevaba a cabo, que pudieron arrastrarlo a ser asesinado por los poderes de Baviera o de Alemania.
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Vie Sep 12, 2008 07:37    Asunto: Responder citando

En abril de este mismo año ha salido a la luz un estuidio biográfico de este autor. Luis Cernuda - Años Españoles (1902-1938), de Antonio Rivero Taravillo. Editorial Tusquets-

De su contraportada:



Luis Cernuda (Sevilla, 1902 Ciudad de México, 1963) es uno de los mayores poetas del siglo XX, autor de una obra de hondas raíces románticas, basada ante todo en la exploración meditativa y en una profunda exigencia moral para consigo mismo y sus contemporáneos. Su poesía, que ha influido en sucesivas generaciones, ha dado pie a abundantes y excelentes estudios críticos, pero, curiosamente, aún no disponíamos de una biografía completa y exhaustiva del autor de “La Realidad y el Deseo”.

Antonio Rivero Taravillo llena brillantemente este vacío con Luis Cernuda. “Años españoles (1902-1938)”, merecedor del XX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias.

Este volumen abarca su vida hasta su partida al exilio en 1938, en plena convulsión bélica. Antonio Rivero recorre ambientes y circunstancias que serán claves en la obra del poeta: la hosca atmósfera familiar, Sevilla como ciudad amada y odiada, y, sobre todo, el despuntar y desarrollo de una vocación poética sentida ya para siempre como el deber de expresar el misterio del mundo y sus conflictos. En los años veinte y treinta –una de las etapas más interesantes de la poesía española contemporánea, con la eclosión de la Generación del 27– asistimos a la gestación de los primeros títulos de Cernuda, como “Perfil del aire”, “Égloga, elegía, oda” y esa primera culminación que significa “Donde habite el olvido” (1933).

Por otra parte, además de situar cada uno de estos títulos en su contexto, esta biografía aporta nuevos y valiosos datos acerca del compromiso de Cernuda con el gran proyecto pedagógico de la Segunda República, las Misiones Pedagógicas, así como de la arriesgada circunstancia política que le tocó vivir en la Valencia republicana.
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MensajePublicado: Dom Ene 17, 2010 10:23    Asunto: Responder citando

Luis Antonio de Villena homenajea a Cernuda en su programa de Radio Cinco,

Las aceras de enfrente.
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Dom Ene 29, 2012 15:36    Asunto: Responder citando

Luis Cernuda se lee a sí mismo



Donde habite el olvido (título que es tributo a Bécquer)

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DELLWOOD
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MensajePublicado: Mar May 15, 2012 19:09    Asunto: Responder citando

Una interesante zambullida en la labor creativa de Cernuda vía Gide

http://cvc.cervantes.es/literatura/cauce/pdf/cauce17/cauce17_08.pdf
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Luna Nueva
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MensajePublicado: Vie Dic 21, 2012 06:54    Asunto: Responder citando

Nunca leí a Cernuda, pero he quedado fascinada con estos textos que habéis posteado.

Una mente privilegiada.

Me habéis animado! Voy a comprar algunos de los libros que recomendáis. Wink

Gracias!
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Mie Dic 26, 2012 18:50    Asunto: Responder citando

Sólo por ese mensaje ya valió la pena el esfuerzo. Gracias.
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Dom Nov 03, 2013 10:41    Asunto: Responder citando

Ya era de día, pero la luz del cuarto permanecía encendida. El cuerpo del poeta estaba en el suelo, vestido aún con su batín, el pijama, las zapatillas y al lado, la pipa y unas cerillas. La muerte lo había sorprendido intentando fumar. En la máquina de escribir había frases por terminar, anotaciones sobre el teatro de los hermanos Álvarez Quintero. Y en la mesita de noche, un libro de Emilia Pardo Bazán, Novelas y cuentos. Dentro del ejemplar había dos marcadores de página -uno con el David de Miguel Ángel y otro con el retrato de Francisco I por Tiziano- que desvelaban en qué página había quedado interrumpida la lectura.

Así encontraron a Luis Cernuda la mañana del 5 de noviembre de 1963 en su habitación de la casa de la poeta y amiga Concha Méndez con quien vivía el poeta malhumorado, el misántropo que, sin embargo, compartió con la escritora y su familia sus últimos años de vida en México, país que lo acogió durante su largo exilio. Fue Paloma Altolaguirre, hija de Concha Méndez y del también poeta Manuel Altolaguirre, quien descubrió el cadáver de Cernuda en el suelo de su cuarto. Subió pensando que le había ocurrido algo porque Luis Cernuda seguía las rutinas con puntualidad. Se levantaba a las seis de la mañana, bajaba a prepararse el desayuno y luego subía a trabajar en su cuarto. Era muy extraño que a las ocho de la mañana aún no hubiera bajado.

Pero ¿cómo fueron las últimas 24 horas del poeta sevillano? Es curioso, pero en los días previos a su muerte Cernuda había tenido gestos algo curiosos, insólitos en él, casi extravagantes en su biografía de solitario. Contaba Concha Méndez que su amigo recordaba constantemente historias familiares, mostraba fotografías de sus padres e incluso había decidido hacer fotocopias de esas imágenes para que el paso del tiempo no las deteriorara más.

Algo más inquietaba al poeta. Ese otoño había descartado impartir clases en la Universidad de California simplemente porque le exigían que pasara un examen médico. "Yo ya estoy viejo para someterme a la humillación de que me pongan en paños menores", había argumentado en una entrevista. Pero había otras razones. Su amigo el escritor también exiliado en México Max Aub había hablado con él sobre el asunto e interpretó que la evasiva se debía a otras circunstancias: "Lo achaqué a manía; seguramente era algo más: no quería saber".

De hecho, poco antes había acudido a una revisión de la vista y el oculista le aconsejó que acudiera al cardiólogo después de observar el fondo de su ojo. Cernuda sabía que algo podría ocurrirle con el corazón porque sus hermanas habían muerto a causa de un infarto rozando la edad que él ya tenía.

La mañana anterior al día de su muerte, el poeta había ido al cine. Era una de sus aficiones preferidas. En el cine de Coyoacán vio Divorcio a la italiana, de Pietro Germi, con Marcello Mastroianni, y le gustó tanto que durante el almuerzo propuso a Paloma Altolaguirre volver a verla con ella. Luego se retiró a su habitación como hacía todas las tardes.

En la víspera del día de su muerte, Luis Cernuda había escrito una carta al investigador Derek Harris. Una carta que recogida en el epistolario que James Valender recopiló en 2003 y que aparece encabezada con la dirección de la casa de Concha Méndez: Tres Cruces, 11. Coyoacán, México D.F. Última casa del poeta errante que había encontrado en México otra patria de su lengua tras residir en Inglaterra o Estados Unidos. En la carta el poeta explica a Harris algunos detalles y comentarios sobre dos poemas de Las nubes y además aprovecha para repasar con su habitual mal carácter algunos asuntos y personajes. "Lo mejor que puede hacer sobre ese señor cretino Durán y Gili es no hacer caso de él", escribe refiriéndose al autor del libro El superrealismo en la poesía española contemporánea. "(...) Las traducciones las llevé a cabo por necesidad de ganarme algún dinero (poco, dadas las costumbres groseras y salvajes de los editores españoles), sin que yo eligiese obras ni autores a traducir, sino la estupidez ignorante de los editores". El propio Derek Harris, que recibió la carta cuando el poeta ya había muerto, recordaba en su ensayo sobre Luis Cernuda la confesión que el poeta hizo poco antes de su muerte: "Conozco la reputación de que gozo como persona difícil y complicada".

Sin embargo, este perfil de raro e intratable contrastaba con la estupenda relación que mantenía con Concha Méndez y su familia. De hecho, los hijos de Paloma Altolaguirre adoraban al poeta, jugaban con él a menudo y además era el encargado de llevarlos cada mañana al colegio. Para evitar que los niños lloraran por su muerte les dijeron que Cernuda había tenido que marcharse para impartir unas conferencias en Veracruz, pero que regresaría por Navidad.

Pero regresemos al cuarto en el que yace muerto el poeta. El escritor Antonio Rivero Taravillo, autor de una de las más completas biografías sobre Cernuda, reunió algunas impresiones de los que acudieron al entierro o visitaron el velatorio. Es curiosa la descripción que la periodista Cuqui Rivero hizo sobre la habitación del poeta, un lugar pulcro sin apenas decoración, con las paredes desnudas y unos pocos muebles imprescindibles. Un cuarto minimalista, austero y casi ascético, el dibujo de la biografía de un hombre eternamente errante, exiliado perpetuo, incómodo ante todo asiento y permanencia, con escasas cosas que llevar en la maleta de viajero. "Cuando abrimos la puerta del cuarto nos dio la impresión de que estábamos entrando en la celda de un monasterio. Parecía que de un momento a otro iba a entrar el poeta protestando porque habíamos violado su intimidad".

El escritor Francisco Giner de los Ríos evocaba así el velatorio del poeta, una ceremonia fúnebre que ya comenzaba a repetirse con demasiada frecuencia entre los españoles del exilio: "Vamos al velorio del edificio Gayosso en las calles de Sullivan como en tantas otras muertes españolas". Allí coincide con el poeta mexicano Carlos Pellicer y con un joven llamado Guillermo Fernández. Ambos habían quedado ese mismo día para almorzar con Cernuda. El joven incluso se había trasladado desde otra provincia para conocer al gran poeta español.

Luis Cernuda fue enterrado el 6 de noviembre por la mañana en el Panteón Jardín del cementerio de México, donde yacen otros españoles del exilio. El jardín de la memoria dispersa, heterodoxa, de la otra España o de la España que no pudo ser. Según el inventario fúnebre, el poeta se encuentra en la fosa 48, fila 4, sector C. En la lápida: "Luis Cernuda Bidou. Poeta. Sevilla 1902-México 1963". Como él escribió un día: "Nadie podrá ya evocar para el mundo lo que en el mundo termina contigo".

EVA DÍAZ PÉREZSevilla
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MensajePublicado: Jue Nov 05, 2015 08:28    Asunto: Responder citando

Tal día como hoy moría en México y hace cincuenta y dos años

De su obra más lorquiana, "A un poeta muerto"



"La muerte se diría
más viva que la vida
porque tú estás con ella"
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