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Una historia mínima.



 
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Joker
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Ubicación: 33 de Octubre Nº 20, Debora Meltrozo, Burkina Faso.

MensajePublicado: Lun Nov 27, 2017 19:22    Asunto: Una historia mínima. Responder citando



La foto, convengamos (y no los voy a contradecir), es triste. Lo sé bien. Por eso les voy a pedir de antemano que me perdonen porque no les voy a dar la ubicación exacta, ya que ésta es la terrible historia de un amor eterno y no creo que los personajes se merezcan nuestra tristeza (aunque tal vez sí nuestra compasión).
Se dice que de un Fernandez y un Hoppe siempre sale algo bueno (traductores, artesanos, afinadores y pianistas) y este es seguramente el caso más emblemático y olvidado, ya que Helena Fernadez Hoppe es un ser injustamente desaparecido de nuestra historia artística, de nuestro acervo cultural, como si nunca hubiera existido.
Y para 1954, con 22 jóvenes años, era la promesa más esplendorosa y rutilante del canto lirico de nuestro país. Una soprano ligera que ya a los 10 años destacaba en cualquier coro que participara porque, aparte del don del canto, poseía naturalmente lo que se llama “voce di angelo”, o sea la capacidad para que ese sonido nos haga correr escalofríos y emociones. La marca de lo sublime.
Pero a Carlos, su padre, ese regalo del Cielo dado a su hija, lo avergonzaba. Los regalos de Dios (sostenía Carlos) había que portarlos, mas no ostentarlos. Entonces siempre le pedía que cantara “discreto” (literal). Y ahí estaba la pobre Helena, cantando en los coros de la mayoría de las iglesias de Buenos Aires casi durante 3 años muy suave, muy despacito, muy opaco, por debajo de sus ansias y posibilidades, solo para no destacar ni ofender a su progenitor.
Todo podría haber terminado así, muy tristemente. Pero a sus jóvenes 16 años, en el Club Gimnasia y Esgrima conoce a Alejandro Podestá, de su misma edad y definitivamente quien iba ser el Amor de su vida. Alejandro rapídamente se dio cuenta de como cantaba su novia, ya que a los cumpleaños o reuniones que iban o simplemente cuando pasaban una tarde de picnic en el lago Tres de Febrero (le encantaba usar capelinas y collares), Helena se soltaba y sacaba a relucir esa voz increíble, esa voz con la que todos se quedaban asombrados primero, congelados después y con los ojos llenos de lágrimas al final, cuando todo explotaba en aplausos.
Y fue el mismo Alejo Podestá quien la animó a probarse en diversos eventos y galas líricas y acercarse a los mejores maestros del bel canto, con el objetivo de mejorar la técnica y la dicción. Maestros que muchas veces la derivaban a sus propios Maestros porque se daban cuenta de que esa niña de fantasía era una “fuori di serie” y que no podían hacer nada más.
Sin jamás haber pasado por el Teatro Colón, en 1960 y a sus 28 años, Helena Fernandez Hoppe había rendido a sus pies al exigente público del Covent Garden de Londres, al técnico fino y exquisito público del Teatro Nacional de San Carlos de Portugal y a la bulliciosa Sala Beethoven del Teatro Lirico de Barcelona. El Futuro no tenia límites y su felicidad, acompañada siempre por Alejo, era casi completa. Tal vez un poco empañada por el alejamiento de su padre, quién tomó como una traición a la familia el pecado cometido por Helena. El pecado de cantar. Todavía se entristecía cuando recordaba las facciones duras de su padre, sin piedad, cuando le dijo: “Olvídese Helena, ya no tengo más hija”.
Para compensar ese dejo de tristeza por el alejamiento paterno, Alejo Podestá, enamorado como siempre estuvo de su novia, le ofrece casamiento. Y Helena explotó de felicidad. No hubo tiempo para luna de miel, los compromisos eran muchos y no se podía defraudar. Esos de 1960 y 1961 (ya casada), fueron sus mejores años tanto artística como personalmente.
De pronto, el golpe del Destino: Helena le dice a Alejo que se va a alejar del canto. Que las exigencias son muchas. Y que ella quiere dedicarle a él todo lo que él le dedicó a ella. Y que quiere comprar la casa donde van a criar amorosamente a sus hijos. Sorprendido, Alejo trata de disuadirla, pero ella, enamorada y entusiasmada, no quiere. Compran en Recoleta el piso 13 de Av Callao 1822 (hoy es la portería) y comienzan a planear su mundo de ensueño. Alejo, gracias a la experiencia obtenida, siguió representando exitosamente a otros artistas liricos.
Y a Helena le encantaba recorrer Recoleta bajo el sol de primavera: Callao hasta Quintana, ingresar al Cementerio por largas horas (su padre ya había fallecido), salir, y volver caminando por Posadas hasta su domicilio de Callao. El 26 de septiembre de 1962, mientras caminaba feliz por la vereda de Av Callao, en ese tramo de una cuadra que iba de Posadas hasta Av Alvear, el colectivo interno 22 de la Linea 67 se desvió por una falla en la dirección, subiendo a la vereda y aplastando contra la pared norte de Av. Callao a una Helena Fernandez Hoppe que nunca se enteró que murió, porque el desenlace fue tan brutal como instantáneo.
Alejandro Podestá, su esposo y única familia, quedó destrozado. Compró simplemente esa nichera que ven en la foto y colocó allí a su amada esposa, cubierta con una bellísima tapa de mármol verde portugués, que rezaba “A la memoria de mi dulce Helena, la única esposa que voy a amar 26/09/1962”. Dice la leyenda (no yo, aclaro) y varios testigos (entre ellos Eduardo Bergara Leumann, que lo conocía) que Alejandro trató de curar sus heridas. Pero que nunca pudo resignarse a la falta de Helena, ya que parece que ésta se presentaba ante cualquier visitante del Cementerio de la Recoleta que pareciera perdido o desorientado, ayudándolo a salir o a ubicar al familiar que estaba buscando.
Pero no es que parecía etérea como un fantasma, poseía un aspecto sólido, rozagante, concreto y un intenso aroma a jazmin dejaba como estela tras de sí. Incluso se presentaba con su nombre, y la mayoria de los cuidadores de esa época la conocían y la nombraban seguido.
Y contaban que se reía cuando le hacían chistes sobre su capelina y grandes collares. Tanto la nombraban que cada lunes que Alejandro Podestá iba a estar un rato con ella, se enteraba de que la habían visto. Incluso varios iban hasta su domicilio a avisarle que su esposa estaba dando vueltas por Recoleta. Alejandro salía desesperado y corría hasta el lugar donde, de buena fé, le indicaban que estaba el amor de su vida.
Pero nada. Nunca la encontró. Eso sucedió durante 11 años más. El 26 de septiembre de 1973, nuestro Alejandro Podestá, ya con su corazón destrozado por sufrir tanto y gastado por amor, se sumerge en la bañera, se introduce en ese cálido y agradable liquido que lo cobijaba ,y colocando sus brazos bajo el agua, se corta lenta pero profundamente las venas de su muñeca izquierda con su navaja de afeitar, hallándose por fin, con Helena Fernandez Hoppe, la de la voz angelical, el único amor de su vida, quién sabe donde.
Pd1: A los dos meses de que Alejandro Podestá fuera a descansar al lado de su esposa, alguien con la excusa de modificar la inscripción, reemplaza la bellísima tapa de mármol verde portugués (de la que no se tuvo mas noticia) y les coloca esa tapa de mármol blanco estatuario de mala calidad que, como se aprecia, el paso del tiempo no perdonó (NDA: La foto es de Marcelo Cantó).
Pd2: Algunos cuidadores han asegurado en estos años que de este nicho, un par de veces al año brota el bello, suave y nítido canto de una mujer….
Pd3: Cuando Helena le dijo a Alejandro que no iba a cantar más, él le propuso que grabara una última canción para que el día de mañana, cuando ellos ya no estuvieran, sus hijos ya mayores pudieran atesorar el bello sonido de la voz de su madre, pedido al que Helena asintió emocionada. La grabación que acompaña a este relato (“Amándote”, audio aquí al final de éste párrafo) está interpretada por Helena Fernandez Hoppe (ahora tal vez ya la emocionante voz de un fantasma?) y fue depositada en mis manos por la generosidad de una ENORME artista plástica argentina, que fue intima amiga de Helena, y que cuando sucedió este drama, ese mismo año, deprimida, se fue a Londres (Gracias querida MM!!!). Por supuesto, no hubo hijos, ni nadie ya que recuerde a esta bella pareja. Tarde o temprano esta grabación se perderá, las pocas fotos que se conservan se desteñirán, y el recuerdo pasará a ser olvido. Recién cuando el olvido llegue, llegará la verdadera muerte. Cómo diría alguien, a veces ese es el precio del amor sin barreras. A veces les dejo una flor. Están muy solos.
Audio Ogg:
https://drive.google.com/…/1RWfKj5U_79d2EsiRjewRg537G…/view…
Audio Mp3:
https://drive.google.com/…/1KUJ8LWD4a6LR6I4HOUf4POSqb…/view…
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