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Sofía Passini



 
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Autor Mensaje
Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12572
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Nov 07, 2003 12:19    Asunto: Sofía Passini Responder citando

Sofía Passini (1971-2003)

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Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Nov 07, 2003 12:21    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica

Sofía Passini. Asrai. Asraii.
¿Cómo describir lo indescriptible? ¿Cómo dar con las frases que retraten el milagro? ¿Cómo encontrar el verbo que conjugue a la vez la magia, la sorpresa, el sueño, el delirio de haber tenido la suerte de coincidir con Sofía, de haber estado a su lado aunque nos separara un océano?
Es imposible.
Pero una de las muchísimas cosas que aprendí con ella fue que la única dirección en la que es “sensato” avanzar es esa misma: hacia lo imposible. Avanzar siempre hacia el sueño aunque no lleguemos a soñarlo nunca, aunque no alcancemos la meta. Rumbo a lo imposible. Siempre.
Para hablar de ella podría recurrir al tópico. Podría decir que Sofía era madre, hermana, hija, amiga, sueño, sorpresa, alma, compañera… Que era la mejor. Podría decir que tenía 32 años y que era un milagro. Pero ésa no es la verdad completa, no lo es. Es imposible retratar la maravilla. No hay palabras que puedan contenerla.
Porque es Sofía…
Adoraba a su familia. Vivía rodeada de animales: gatos, perros, peces, tortugas existencialistas, camaleones… Tenía los mejores amigos del mundo, y entre ellos un grupo maravilloso de ludotequitos de los que no paraba de hablar. Le gustaba pescar para luego devolver el pez al agua, pero sólo después de ponerle nombre, “porque así puedes llamarlos cuando quieras, porque si tienen nombre saben quiénes son y además son tus amigos, porque los dejaste ir”. Era amor desmedido. Hacía magia con las matemáticas. No le gustaba ir de tiendas, pero nada de nada (¿Y las librerías? le pregunté yo. Las librerías no son tiendas, me contestó con toda la seriedad y razón del mundo) Hacía su propio papel en el microondas. Se perdía en los libros como sólo los que los aman de verdad son capaces de hacerlo. Dibujaba sueños propios y ajenos, y redefinía el color en cada uno de ellos. Encerraba unicornios y ángeles en exlibris con su nombre y el mío. Repartía estrellas, libros y atrapasueños en sobres que cruzaban el mar y te dejaban temblando, porque dentro venían su alegría, su melancolía, su aroma… Era Sofía. Amaba la naturaleza y vivía en Tequisquiapan (Querétaro, México) el lugar donde dicen que se encuentra la Fuente de la Eterna Juventud. Era la reina del país de las búsquedas, era el sueño que soñamos los que vamos dando tropezones en los márgenes de la realidad. Conocía el secreto que hace aullar a los caracoles y convierte a la luna en una sonrisa encajada entre las ramas de un árbol. Era un hada. Conjuró la mejor tormenta, la que no terminará jamás, porque la llevo dentro. Invocó el silencio que dejan las golondrinas a su paso y descubrió con su risa lo que trataba de callar el espíritu de la escalera. Era vida. Le gustaban los suelos resbalosos para patinar en ellos, aunque esos suelos fueran de lugares serios y dignos como museos y teatros donde está mal visto patinar. Le encantaba la arquitectura. Los títeres. Las libélulas. Los dulces. Los duendes, las hadas –ella era Asrai, la mejor de todas ellas–. Las velas perfumadas. Escribir, jugar con las palabras, haciéndolas bailar para contar historias que sólo ella podía contar. Encontró la cita adecuada para cambiar mi vida y la de muchos. Adoraba la ópera (Puccini ¡Tosca!) Le encantaba jugar al ajedrez y si era con su abuelo, todavía más…
Pero sobre todas las cosas amaba a sus hijos: Fede y María. Dos sueños. Dos milagros que sin ella no hubieran sido posibles.
No, es tontería, es imposible describirla, aunque me pasara la vida entera escribiendo sólo lograría capturar un atisbo de su sombra, pálidos reflejos del indescriptible fulgor de una existencia mágica.
Como le dije a una persona muy cercana a ella: “Porque es Sofía. Y es sueño y risa y alegría y magia constante. Y es una ausencia habitada. Y es juego y música. Lo es todo. Y lo seguirá siendo para siempre.”
Para siempre, sí.
Porque Sofía es un hada que se convirtió en ángel.


José Antonio Cotrina
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Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Nov 07, 2003 14:22    Asunto: De buena madera Responder citando

De buena madera

—Escuche, reverendo Flitch —dijo Mr. Monroe diluyendo un terrón de azúcar sobre la cuchara que apenas tocaba el té—. Soy un hombre razonable, pero lo que usted me pide no tiene sentido.
—Mr. Monroe, no estoy hablando de todo el terreno de la loma. Es sólo ahí, donde el arroyo termina formando el espejo de agua. No creo que sean más de cinco o seis árboles. ¿En qué podría afectarle?
—Terminemos el té. Después lo llevaré a conocer la fábrica, así podrá usted comprender mejor.
El despacho de Mr. Monroe era un lugar confortable y bien amueblado. Las paredes tenían a esa hora un cálido color durazno, reflejo del atardecer que las cortinas descorridas dejaban pasar. El enorme librero y la mayor parte de los libros, así como el escritorio de caoba, los sillones tapizados en piel y la exquisita vitrina del fondo habían sido colocados ahí por Mr. Monroe padre. La delicadeza del espacio era absolutamente discordante con la figura de Mr. Monroe hijo, quien ya rozaba los cincuenta. Alto, gordo, calvo y gris, semejaba un elefante atrapado en un reloj de cucú. Cuando se levantó, pesado, y caminó despacio hacia la vitrina, el reverendo Flitch pensó que el imaginario reloj debía estar marcando la hora en punto. Con una suavidad que le era ajena, Mr. Monroe abrió sólo una de las hojas y sacó una caja plana y larga de madera pulida. La colocó con extremo cuidado sobre el escritorio, deslizó la tapa y tomó uno de los lápices que estaba en el interior.
—Mírelo bien, reverendo, obsérvelo con atención —dijo Mr. Monroe entregándole el lápiz—. ¿Qué es lo que ve?
—Un lápiz, hijo, no es más que un lápiz. Hermoso, sí, pero no puede usted compararlo con…
—¡Un lápiz! —interrumpió furioso Mr. Monroe golpeando el escritorio con los puños—. Un lápiz nada más. ¡Es una obra maestra! Es perfecto, delicado pero fuerte, bello y práctico a la vez. ¡Práctico! ¿Entiende? En él se basa el progreso. Sus niños, que hoy juegan en mi arroyo, mañana deberán ser hombres de provecho. Claro que, para ello, habrá que educarlos. Tendrán que aprender a leer y escribir. ¿Y con qué escribirán si no se fabrican más lápices?
—Pero…
— Y no sólo eso, reverendo. ¿Tiene usted idea de cuántas familias dependen de este lugar? ¡Ciento cincuenta! Ciento cincuenta hombres mantienen aquí a sus mujeres y a sus hijos gracias a esto que usted llama lápiz, sólo lápiz. Pero eso no es todo. ¡No! No es sólo el futuro de este país. Miles de personas en Ceilán viven de las exportaciones de grafito. Transacciones que constituyen una parte medular del comercio. ¡Barcos, puertos, ciudades enteras! ¡Y todo por un simple lápiz!
Agotado, Mr. Monroe suspiró. Lanzando una de sus manazas le arrebató el lápiz al reverendo Flitch, quien lo miró desconcertado. Les había prometido a los niños salvar al menos ese pequeño pedazo de bosque. Creía que, con los argumentos correctos, toda persona podía cambiar de opinión. Pero ahora no estaba tan seguro.
—Mr. Monroe, se trata tan sólo de un pequeño jardín boscoso. Esos cedros no harán un imperio… pero sí hacen felices a nuestros niños, que juegan ahí durante el verano. Todas sus fantasías dependen de ese sitio. Cuentan, por ejemplo, que los círculos de hadas…
—¿Círculos? ¿Círculos de hadas? ¡Basta, reverendo, basta! Estamos en 1845 y usted viene a hablarme de hadas, duendes y vaya a saber qué más. Mire: ésta es mi fábrica, son mis terrenos, son mis árboles. Haré con ellos lo que me venga en gana y lo que me viene en gana es hacer lápices. Lápices verdes como gnomos, si usted quiere. Ahora, si me disculpa —señaló la puerta—, acabo de recordar algo que debo atender con urgencia. Nos veremos en otra ocasión. Gracias por su visita.


—Thoreau escribió su libro más influyente, Walden, sobre el ciclo de la vida en el lago Walden, a unas dos millas del centro de Concord, donde vivió entre 1845 y 1847. Pero su mayor y más impresionante obra es un diario que contiene unos dos millones de palabras.
Parado al frente del pizarrón, el profesor dejaba fluir uno más de sus monótonos discursos a los que nadie ponía atención. La poca luz en el salón de clases, el intenso calor y la voz gutural y monocromática que rebotaba contra las paredes mantenían a los alumnos en un estado límbico. Nadie haría preguntas, nadie interrumpiría la aburrida clase de literatura, que ni siquiera era aprovechada para hacer las tareas de otras materias.
El sonido del timbre despertó a los alumnos, que comenzaron a desperezarse mientras trataban de recobrar la conciencia y guardar los útiles.
—Les recuerdo que deberán entregar sus ensayos el martes de la próxima semana —dijo el profesor, al tiempo que recogía los libros puestos en reposo sobre el escritorio durante cuarenta y cinco minutos. Y agregó amenazante—: Señorita Jiménez, la espero en mi oficina a la hora del receso.
Gina ni lo miró. Guardó su cuaderno y comenzó a acomodar los lápices y las plumas dentro del estuche. No quería ir a clase de música, había olvidado otra vez la flauta. Aquel sería otro de esos días que parecían no terminar jamás; otro de los muchos días que, si pudiera, borraría del calendario. Inés se acercó, contenta como siempre. Gina admiraba su capacidad para esquivar cualquier situación.
—No le hagas caso, no pasará de ser otro de sus aburridos sermones. Total, saliendo nos vamos por ahí.
—Inés, yo tengo beca, las calificaciones sí me importan. Me va a reprobar, estoy segura. El tipo me odia más a mí que yo a él. Además ya conoces a mis papás, no me la voy a acabar.
—Pues invéntale algo —sugirió Inés—. Imaginación te sobra. ¿Sabes para qué te quiere ver?
—No, no tengo idea. ¿Podrías taparme en música? Te alcanzó después.
Salió corriendo, necesitaba esconderse en alguna parte: si el director la veía fuera de clase otra vez, tendría un problema aún mayor. Sentada atrás del autobús del colegio, Gina trataba de entender por qué siempre las cosas le tenían que salir mal. No había nada en ella que le pareciera distinto al resto de las personas. Era exactamente un ser humano promedio, con una familia normal, una casa como cualquiera; iba a un colegio común, hacía las tareas, y cumplía con sus deberes por las tardes. No esperaba nada extraordinario, pero tampoco encontraba ninguna razón para atraer así la mala suerte. Sacó la manzana que traía en la mochila.
—No sirvo ni para Blanca Nieves ni para bruja. Pero ahora sí voy a terminar en la hoguera, y ni siquiera sabré por qué.
Mordisqueando la manzana, esperó a que todos estuvieran en el patio para salir de su escondite. Al acercarse a los cubículos de los profesores, las manos comenzaron a sudarle; se las restregó en la falda antes de aventurarse a tocar. Nadie respondió. Temblando, abrió la puerta.
—Profesor Fernández, ¿puedo pasar?
Sin voltear a verla, el profesor le indicó con una seña que pasara. Estaba concentrado leyendo alguno de los muchos trabajos que les dejaba a los alumnos, y no parecía tener intenciones de suspender su tarea. Gina miró la pequeña oficina, en la que apenas cabían el escritorio y un archivero viejo, con paredes cubiertas de tablas empotradas, llenas de libros y papeles en absoluto desorden. Olía a humedad, a papel; pero, sobre todo, a viejo. De pronto el profesor apartó los papeles y levantó la cabeza. Tenía cara de rata, ojos de rata, y cuando se enfadaba movía la nariz como rata. Una rata blanca y arrugada, pensó Gina mientras trataba de obligar a la saliva a pasar por la garganta y retorcía las manos escondidas tras la espalda, entretenidas en deformar el sweater.
— Señorita Jiménez… ¿usted se piensa muy lista o cree que yo soy idiota? —preguntó el profesor, al tiempo que sacaba un fólder del segundo cajón del archivero.
—No, profesor.
—¿"No, profesor"? ¿Eso es lo único que se le ocurre decir? Pues le tengo malas noticias: ni usted es tan lista ni yo soy idiota. Pensó usted que podría hacer trampa durante todo el año, ¿no es cierto? Total, si el idiota no descubrió el primero, no descubrirá ninguno y yo pasaré el curso sin problemas y sin esfuerzo. ¿No es eso?
La recriminación tomó a Gina por sorpresa. No había preparado algo como sugirió Inés, porque no sabía para qué la había llamado el profesor. Pero acusarla de hacer trampa… ¿Trampa en qué? Que le dijera que sus trabajos eran mediocres, que no se esforzaba, que seguramente los hacía durante otras clases y a la carrera, sólo para entregar, vaya y pase. ¿Pero trampa? Y debía verse muy sorprendida: la rata blanca comenzó a ponerse roja y de pronto soltó una carcajada amarga.
— ¡Pero qué buena actriz es usted! ¿Hasta dónde llevará la farsa? ¿Se piensa que no leo jamás? Claro, autores poco conocidos… ¡Poco conocidos para usted, no para mí! Maupassant, señorita Jiménez, fue la peor de sus ideas.
—¿Mo…?
Gina entendía cada vez menos, la cabeza le daba vueltas, sentía que el espacio se reducía sobre ella. Ahora sí estaba temblando de verdad. A pesar de conocer el mal carácter del profesor, jamás imaginó que pudiera enfadarse de esa manera. Estaba asustada, realmente asustada, y no podía pensar en otra cosa. Él se levantó y tomó un libro pequeño de una de las tablas, después abrió el fólder que había sacado del archivero.
—Este cuento, señorita —dijo blandiendo las hojas, triunfal—, ya lo localicé también. Lo recordaba, desde luego. Me lo había entregado usted a principio de año. Siempre lo supe, pero no había dado con él. Creyó usted que con unas cuantas modificaciones, que, por cierto, perjudican a la obra original, yo no me daría cuenta. ¡Plagio! Se llama plagio lo que usted ha venido haciendo todos estos meses: robo, mentira, engaño, burla. ¡Plagio! Ande, diga que no es cierto. Quizá no sea la misma edición, pero… ¿no es éste uno de sus cuentos?
Le dio el libro abierto por la mitad. Tratando de ganar tiempo para poder acomodar las ideas, Gina comenzó a leer. Tuvo que apoyarse en una de las tablas: el profesor tenía razón; efectivamente, el cuento que estaba leyendo era casi igual al suyo. Era una pesadilla, sólo tenía que dejarla correr y rogar para que no sonara el despertador, para no recordar. Eso: leyendo dejaría que el tiempo corriera, ya no pasaría nada más. Sin embargo la rata no tenía las mismas intenciones; su papel en el sueño era mantener la pesadilla. Se paró frente a ella y le arrebató el libro.
—¡Es mi cuento! —exclamó Gina, y enseguida se arrepintió.
—No, no es su cuento. Con ciento cuarenta años de diferencia, es fácil saber quién copió a quien. Ahora, dígame, ¿qué sugiere?
—Profesor… No sé, Déjeme explicarle… mire, yo, éste…


No supo cómo logró salir de la oficina. Lo que tenía claro es que no estaba soñando. La realidad era absurda, pero real. Tan real como la amenaza de enfrentar al Consejo Académico, que seguramente la expulsaría. Entonces no podría conseguir entrar a ninguna otra escuela, obtener una nueva beca sería impensable. Imaginó con claridad los gritos del padre, los sollozos de la madre y las burlas del hermano, que no perdería la oportunidad para demostrar que la hermana intachable no era más que una extraordinaria mentirosa. Además… ¿cómo podría localizar los otros cuentos, si ni siquiera sabía cuáles eran? El profesor sólo había dicho que databan del siglo XIX, no le había dado más que un nombre y un título. ¿Cómo quería que ella entregara en una lista los nombres de los otros autores y los títulos de los otros cuatro cuentos? Se le antojaba imposible. La otra parte, lo de escribir cinco cuentos nuevos en un fin de semana, no sería difícil. Total, no los quería para un concurso, ni siquiera para obtener alguna nota. Ella no había copiado los otros. Era una coincidencia… fantástica, sí, pero nada más. ¿Y si lo intentaba? ¿Y si sucedía lo mismo?
No quería pensar. En cuanto empezaba a brotar alguna idea, Gina la empujaba al fondo: todas se asomaban horribles. Tenía miedo, quería correr y alejarse. No sabía a dónde, o de quién, o de qué.
Movida por el instinto llegó hasta la biblioteca. Parada frente a la puerta, no se atrevía a entrar. Tampoco a irse. Caminó hasta la mesa de recepción, abrazando muy fuerte su mochila. La bibliotecaria, aburrida, pasaba las páginas de una revista vieja lamiéndose el dedo índice. Era una mujer gorda y desagradable, parecía más vieja que el edificio. Tenía el mismo color ocre que las paredes. Tal vez, cuando las pintaron, ella ya estaba encaramada en aquella silla, y al no moverse debieron pasar la brocha sobre ella sin que nadie notara que se trataba de una mujer.
—Disculpe... Estoy buscando un libro. Un libro, un cuento de un escritor que…
—LITERATURA. Tercer corredor a la derecha. CUENTOS al final. Credencial.
Sacó la credencial de su mochila y la dejó sobre la mesa. Sin ver, la mujer cogió la credencial y la metió en una caja de cartón forrada con un papel de flores deslucidas y opacas. Gina se volvió para buscar en el tercer pasillo. La penumbra, a la que todavía no se acostumbraba, le pareció aterradora: era el lugar perfecto para que pasearan fantasmas. Sacudió la cabeza tratando de ahuyentar la idea. Fantasmas no. Esa era la primera de las ideas que querían brotar. Luchaba para que se mantuviera quieta.
Nada es más difícil que buscar sin saber qué es lo que se busca. Gina veía los lomos de los libros, ninguno le resultaba familiar; no había nombres que indicaran nada, no se atrevía a tocarlos. Y constantemente volteaba para asegurarse de que nadie la observaba, de que nadie caminaba junto a ella. Sólo estaba la bibliotecaria; pero la mujer continuaba en su revista, viéndola sin ver.
Tres tomos verdes y anchos la llamaron por fin. Se trataba de una antología: Los mejores cuentos fantásticos y de terror. Siglo XIX. Cargando los tres tomos se dirigió a una de las mesas, dejó su mochila en el piso y se sentó.
En las películas, las bibliotecas siempre tienen hermosos libreros, mesas pulidas con lámparas doradas y suaves alfombras de dibujos geométricos. Pero aquí la realidad era bien distinta: los metálicos libreros grises parecían haber vivido mejores días en una ferretería y clamaban ahora por un poco de pintura. Las sillas, también de metal, rechinaban sobre el piso de cemento. Las lámparas de neón, cansadas en el techo, no paraban de parpadear su luz verdosa y mortecina. Y, en las mesas rayadas, algo pegajoso invitaba a no quedarse. Pero Gina no tenía opción: si quería seguir estudiando, debía encontrar los cuentos. Y con ellos, quizás, una explicación lógica. Comenzó por revisar los índices. En el segundo tomo encontró el nombre de uno de los escritores que había apuntado el profesor Fernández en la carátula del fólder que le entregó con las copias de sus trabajos. Él había guardado los originales —obviamente no se los confiaría: ella era, para él, la más tramposa.
G-U-Y D-E M-A-U-P-A-S-S-A-N-T, "La noche" página 167.

Gina buscó la página y comenzó a leer:
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
No lo podía creer. Sacó unas de las copias, las puso junto al libro:
Soy como el búho que ama la noche, huyo como una sombra negra que atraviesa el espacio negro, voy lanzando mi grito vibrante y violento…
No, no podía ser, pasó la página…
¡Y era igual, todo era prácticamente igual! En el libro: La ciudad dormía y nubes grandes, nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo. Y en las copias, en las malditas copias que ella había escrito: Grandes nubes negras se esparcían lentamente en el cielo mientras la ciudad dormía.
Temblando trató de buscar el final de la historia. Confundía las páginas, no podía mantener el libro abierto, lo hojeaba hacia adelante y hacia atrás. Por fin, el cuento terminaba. Gina trató de leer en voz alta. Las lágrimas apenas la dejaron ver las palabras, que en hojas diferentes se repetían como pesadillas. Ya no era el final de dos cuentos sino una extraña sentencia, una sentencia en duplicado: Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver… y que iba a morir… yo también… Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver… y que iba a morir… yo también…

Sentada frente al libro, arrugó las condenadas copias. La turbación del principio se había transformado en el terror que lo paraliza todo. No podía moverse, sólo lloraba. El libro estaba ahí, como si viniera de muy lejos, como hecho de otra sustancia donde las dimensiones se mueven distinto.
Todas las ideas que había querido mantener en silencio, saltaron, gritaron, la golpearon. ¿Por qué? Entendía cada vez menos y el miedo era cada vez mayor. Sin pensarlo, metió los pesados libros en la mochila y salió corriendo.
Hacia tiempo que había tocado para salir, la puerta del colegio estaba abierta. Gina corrió sin detenerse hasta llegar a un parque. Ahí notó que la mochila pesaba muchísimo. Le dolían las piernas, la cabeza y el estómago. Se dejó caer en una banca. El sonido del agua de la fuente, los colores de los globos con los que paseaba el globero, los árboles, los setos bien cortados, las flores y los niños pequeños que corrían y reían causaron un efecto sedante. Pudo por fin no pensar.
No supo cuánto tiempo había estado ahí sentada, sin moverse. Cuando los niños comenzaron a irse, tomó su mochila y caminó despacio. Por sí solas, las calles la llevaron hasta la puerta de su casa.


—¡Gina, dónde te habías metido! Me tenías muy preocupada. Llamé a todas tus amigas, pero ninguna supo decirme dónde ubicarte. Tu papá no tarda en llegar…
—Estoy bien, mamá —dijo Gina, y comenzó a subir las escaleras—. Sólo me duele la cabeza y me quiero ir a dormir.
—Pero Gina, no me dejes hablando sola. Merezco una explicación. ¡Regina, te estoy hablando!
De un portazo, Gina se encerró en su habitación y aventó la mochila. Apoyada contra la puerta escuchó los ruidos que venían de abajo. Su madre seguramente se habría puesto a fregar las cacerolas. Siempre era igual: cuando se enfadaba, limpiaba cualquier cosa hasta tranquilizase.
Los golpes contra la puerta la sobresaltaron. Al abrir, la sorpresa y el remordimiento aturdieron más a Gina: parada en el pasillo la madre esperaba paciente con una taza de té y un par de aspirinas.
—Gina, mañana hablaremos —parecía más preocupada que molesta —. Me debes una explicación. Y ya verás: algún día, tú tendrás hijos y te harán lo mismo.
—Sí mamá, ya lo sé. Me lo has dicho un millón de veces —tomó la taza y las pastillas, quiso sonreír, pero no pudo.
Esta vez cerró la puerta con cuidado, dejó el té sobre la mesa de noche y se acostó boca arriba en la cama. El miedo regresaba violento. Por más que trataba de no pensar, aparecían imágenes grotescas. Fantasmas transparentes flotando en la habitación se acercaban a ella y dictaban suplicantes historias atormentadas. Cuerpos muertos se levantaban y golpeaban en las ventanas extraños códigos de recuerdos impensables. No se movió, procuraba no ver ni escuchar nada. Trataba de tener una respiración sutil, tan sutil como la de los niños en sus cunas. De pronto sintió el aliento que seguramente voces perversas habían dejado escapar sobre su propia cuna cuando ella era pequeña. Las voces de seres que se divertían narrando relatos falsos para que los niños que parecían dormir tranquilos crecieran marcados, atados para siempre a las pesadillas.
No quería arriesgarse a cerrar los ojos, mucho menos a apagar la luz. No tocaría los libros, no en la noche. Música, sí, tal vez la música lograría alejar a los fantasmas. Revolvió entre los cds. No podía equivocarse: necesitaba encontrar uno que no molestara a los fantasmas, pero que tampoco les fuera a gustar tanto que decidieran instalarse todos juntos, al mismo tiempo, en su habitación. Canciones, necesitaba canciones. Canciones con letras tontas. Al fin eligió uno, lo hizo sonar. ¿Dónde estaba el conejo con el que dormía cuando era pequeña? Registró el closet hasta encontrarlo. Volvió a dejarse caer en la cama abrazándolo. No dormiría, está vez no la tomarían desprevenida.
La luz la despertó, había olvidado cerrar las cortinas de su ventana. Salió de la habitación y bajó las escaleras. El tarado de Alberto ya estaba instalado frente a la televisión, no se movería en todo el día. En la cocina el padre leía el periódico, lanzó un gruñido a manera de saludo.
—¿Ya te sientes bien? —preguntó la madre, que se afanaba preparando el desayuno—. Ayúdame a poner la mesa.
—Ayer estuve en la biblioteca.
La madre volteó haciéndole una seña para que se callara. Era mejor guardar silencio, mantener la complicidad y la tranquilidad del sábado; después de todo, Gina había llegado antes que el padre. Para hacer girar la conversación, Gina preguntó:
— ¿Crees que existen los fantasmas, mamá?
—No preguntes tonterías y apúrate. Tú papá y yo iremos hoy a la comida anual del bufete. Te dejaré dinero para que pidan pizzas, apenas tengo tiempo para arreglarme. Y Gina, por favor, no pelees con tu hermano.
Arregló la habitación como nunca lo hacía, trataba de perder tiempo y mantenerse ocupada para no pensar y no tener que acercarse a los libros. Sin embargo, quería descubrir la verdad. Quizá hubiera una explicación tan simple que no alcanzaba a entenderla. Así pasaba siempre, las cosas más sencillas eran para ella las más difíciles. Acomodó los libros sobre el escritorio, y puso junto a ellos un fajo de hojas y el estuche de los lápices. No sabía muy bien por dónde empezar. Decidió escribir primero los cuentos, antes de leer. Lo mejor sería evitar la influencia de los relatos. Por otra parte, era de día, y ella siempre hacía las tareas en las noches. Quizá la hora fuera parte del problema.
Con los codos sobre el escritorio y la cabeza apoyada en las manos, Gina buscaba una historia. Contaría cualquier cosa en la que no sucediera nada extraordinario. Un día de campo o un cumpleaños estaría bien. Tomó un lápiz y comenzó a escribir. Las palabras salieron. Pronto el cuento fue tomando sentido.


Leyó la nueva historia y sonrió, había quedado bastante bien. Tal vez podría hacer los otros cuatro cuentos. Si los presentaba prolijamente el lunes y se inventaba una explicación absurda, de esas en las que sólo los maestros creen, quizá el profesor Fernández olvidaría la amenaza del Consejo Académico.
De cualquier manera, ella tenía que descubrir la verdadera explicación. Pero ganaría tiempo. Además, sea lo que fuese, tenía la absoluta certeza de que en el colegio no podría usar la verdad como una explicación satisfactoria. Terminarían enviándola con la psicóloga.
Gina pensó entonces en la psicóloga. A lo mejor no había fantasmas ni nada de eso. Podría ser que tuviera una doble personalidad, podría ser que una Gina leía cuentos y la otra los escribía, pero no se conocían entre ellas. Esta nueva idea la tranquilizó. Se había dejado llevar por ideas disparatadas. Entre la locura y los fantasmas, la locura es un enorme consuelo. Un manicomio no es tan mala idea, comparado con cualquier cosa del más allá.
Aún era temprano. Si se daba prisa, podría acabar los cuentos y tratar de encontrar los originales que la otra Gina leía quién sabe a qué horas. Después sólo tendría que planear la manera de explicarlo todo. Iría con la psicóloga, que la pondría bajo tratamiento. Eso sí: tendría que hacer que el profesor Fernández se tragara todas sus palabras. ¡Acusarla de tramposa, tan luego, cuando sólo estaba un poco loca! Él debía haber descubierto que Gina necesitaba ayuda, que no era como los demás. Y sus padres exigiéndole siempre tanto… Y ahora sería su hermano quien tendría que hacer la mayor parte de los deberes y ser comprensivo y paciente con ella. Sonrió: la tercera Gina acaba de aparecer; una Gina con suerte, que sería tratada siempre con respeto y temor. Por qué no.
Contenta, abrió uno de los tomos verdes. Comenzó a leer. La noche se acercaba.


Había encontrado todos los cuentos, incluyendo el nuevo que escribió esa mañana. El terror la capturó, el alivio de la locura había escapado muchas horas antes. Furiosa, aventó los libros contra la pared y arrugó todas las hojas. El viento que entraba por la ventana hizo pasar las páginas de los libros que habían caído abiertos. Sin ningún orden sacaba las cosas del closet y las arrojaba sobre los libros, quería que desaparecieran. Cuando los hubo sepultado bajo un montón de ropa, se dejó caer en un rincón. Agotada, lloró.


—Qué bueno que vienes, Inés —dijo la madre de Gina—. A ver si contigo quiere hablar. El médico ha dicho que es una depresión profunda. Si continua así, no sé que haremos. Inés, antes de que te vayas quisiera que habláramos un rato.
—Sí, señora, la busco antes de irme. ¿Gina está en su habitación?
—En todos estos días no ha querido salir de ahí. Sube. Si me necesitan, estaré aquí.


—Gina. Gina, soy yo, Inés. Abre por favor.
Inés esperó un rato en el umbral, la puerta estaba cerrada con llave. Cuando finalmente se abrió, la imagen de Gina la dejó paralizada: en medio de un profuso desorden, se veía enferma, ojerosa, apenas cubierta con una camiseta vieja. Había libros, hojas, cds y ropa tirados por todas partes. La cama estaba sin hacer, el estéreo roto; las cortinas descolgadas componían un enorme bulto en un rincón.
Gina no parecía haber notado la presencia de Inés. En silencio caminó hasta el otro lado de la habitación y se sentó sobre la cama. De pronto comenzó a llorar. Inés no sabía que hacer; decidió ponerse a recoger un poco, más por no quedarse inmóvil que por ayudar.
—Inés —dijo Gina de pronto—, esto es horrible. No sé lo que está pasando, pero tengo mucho miedo.
—Gina, ¿qué pasa? —Inés se sentó en la orilla de la cama.
—¿Puedo confiar en ti? ¿Me ayudarás? —sin esperar una respuesta, Gina se levantó, comenzó a revolver entre los montones de hojas y las apiló en el suelo. Después recogió varios libros, que colocó a un lado de los papeles—. Revísalos, Inés. Tienes que decirme qué está pasando, qué me está pasando.
Inés se acomodó para ver los papeles. Nunca le había gustado leer, pero al menos fingiría. A ver si, mientras tanto, Gina terminaba de explicarle de qué se trataba todo aquello, porque ella no entendía una palabra.
Minutos después, Gina tomó un grupo de hojas engrapadas y leyó el cuento en voz alta. Luego leyó el mismo cuento, pero está vez de uno de los libros.
— ¿Lo notaste? ¿Viste? Mis cuentos… son sus cuentos. ¡Sus cuentos!
—Gina, no entiendo ¿Copiaste las historias? ¿Cuál es el problema? Todos copiamos, no eres la única.
Gina no contestó, sólo movió la cabeza y se quedó mirando el vacío. Trataba de encontrar la manera de explicar lo que sucedía, pero no daba con ninguna idea coherente. Se sentía cansada. El miedo se había arraigado tanto que ya no pensaba en él.
—No, no copié nada. Todo lo escribí antes de conocer los cuentos… pero todos existían. No sé, es como si alguien me obligara, como si alguien se hubiera metido dentro y me dictará las historias. ¿Me crees?
Inés no sabía si creer o no en aquel relato misterioso, pero el estado de Gina la asustaba. Quería ayudarla y no se atrevía a contradecirla. Leyó dos cuentos más. De ser verdad lo que su amiga le contaba, estaban frente al suceso más extraordinario y aterrador que jamás hubiera imaginado. Finalmente se aventuró a sugerir una teoría sobre fantasmas.
—No sé bien, pero podrían ser fantasmas que no terminaron de hacer algo y buscan ayuda. O quizá sí exista la reencarnación, o hay espíritus que no conocemos y quién sabe cómo hacen estas cosas. Quizá sean ángeles o algo peor. Tal vez, extraterrestres que siempre han venido —Inés hablaba muy rápido; como tratando de que ninguna palabra fuera realmente comprensible, como si evitara caer en algún conjuro o invocación—. ¿Qué piensas tú? ¡Di algo!
Pero Gina callaba.
Intentando mantener la cordura y el orden, Inés trató de seguir el curso de las ideas.
—¡Pues por ahí, Gina! Mira: se me ocurre que, tal vez, descartando una a una las posibilidades, al final encontraremos la verdadera. Quizá demos con alguien que conozca un caso parecido y sepa qué hacer. ¿Por qué no buscamos a uno de esos tipos raros que investigan cosas paranormales o algo así?
—¿Y dónde vamos a conseguir a alguien así? —gritó Gina, desesperada.
—¡Espera! Vayamos con calma, o no resolveremos esto. Yo creo que lo primero es ver quiénes y luego dónde.
—Está bien, prefiero eso a seguir así. Tal vez, un psíquico…
—Todas las ideas, Gina. Desde gurús hasta exorcistas, brujos, gitanas o científicos.
Convencidas de que por fin hacían algo, decidieron preparar una lista. No descartarían ninguna probabilidad hasta estar completamente seguras de la inoperancia de cualquiera de las hipótesis.
—Bien —dijo Inés, segura—. Empecemos. Anotaremos todas las ideas y después planearemos cómo abordar a los expertos, ¿de acuerdo? Préstame una hoja o un cuaderno y algo para escribir.
Gina le entregó uno de los cuadernos del colegio, junto con una caja larga y plana de madera pulida. Inés deslizó la tapa de la caja y sacó uno de los lápices verdes que estaba en el interior.
— ¡Que lindos lápices! ¿De dónde los sacaste?
—¡Inés, para lindos estamos! Los compré en Concord, en una venta de garage. Fue el año pasado, cuando fuimos a visitar a los amigos de mis papás. Bueno, ¿vamos a hacer la lista o no?
Inés se acomodó en la silla frente al escritorio. Tomó el lápiz, preparada para empezar a escribir.
—Espera —interrumpió de pronto Inés—. Se me acaba de ocurrir una idea buenísima. La voy a escribir, quizá nos sirva de algo. Si quieres, tú ve haciendo la lista y ahora que termine te ayudo a completarla. No quiero que se me escape.
Sin decir más, Inés comenzó a escribir. Gina la miraba sorprendida. Después de unos minutos se acercó para ver lo que escribía. No lo podía creer. Inés estaba redactando un cuento.
Gina pensó en aquella idea que siempre le daba vueltas: la verdad siempre está en las cosas más simples, aun cuando parezcan fantásticas. Procurando no distraer a Inés, tomó la caja de los lápices y leyó la inscripción grabada en la parte posterior:
Monroe Pencils
Limited Production
Green Collection: Circle of Fairies
24 pencils
Manufactured product by petition of Mr. Thoreau

Gina sonrió y buscó con la mirada un libro, lo encontró junto al bulto de las cortinas. Revisó el índice. Ahí estaba: "El forjador de milagros", de Fitz-James O’Brien.
Se tiró en la cama con el libro abierto. Trataría de leer el cuento completo antes de que Inés terminara de escribirlo.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Vie Nov 07, 2003 18:31    Asunto: Lutin Responder citando

Lutin

Cuando la secretaria me avisó que una tal Isabel llamaba desde San Joaquín, me sobresalté. Ella sólo había telefoneado dos veces: la primera, cuando murió mi abuela; la segunda, tras la muerte del pobre Matías. Pero no; esta vez se trataba de algo distinto: quería que tomara unas vacaciones, unos días en la finca como cuando era niña. Sin embargo, me pareció que pretendía decir algo más.
Al salir del periódico, recordé durante el camino los veranos en aquella casa, la casa de mis abuelos. La huerta siempre bien cuidada por Matías. Los borregos perezosos a los que Ayax intentaba inútilmente pastorear. El lago y las truchas. Los juegos en el jardín y las cenas en la terraza, donde Isabel nos sorprendía con alguno de sus postres. ¿Por qué no? Merecía unos días de descanso y sol y recuerdos y campo.
En menos de una semana obtuve el permiso, empaqué las cosas y partí a tocar el pasado. Mi memoria y el paisaje se encontraron en el mismo punto, en los mismos árboles, en las mismas montañas de la sierra.
Antes de terminar de detener el coche, ella apareció corriendo. Vaya, ¡había olvidado lo gorda que era!
—Niña, niña, pero mira qué grande —me decía empujándome para que entrara—. Anda, date prisa. He guisado algo que te va a gustar. Ven, y mientras comes, ¡que mira que te hace falta!, yo bajaré las cosas.
Advertí que el tiempo se había detenido en el jardín; pero, al entrar, la impresión se duplicó. Todo permanecía idéntico: la canasta de estambres de mi abuela junto al sillón verde, la colección de libélulas del abuelo sobre la mesa con cristal de la entrada, los sombreros que usábamos de niños colgados al lado del espejo. Vamos, hasta el polvo parecía ser el mismo, ese polvo del que mi abuela renegaba, y que, persistente, se levantaba por un segundo para volver a descender cuando pensaba que ya nadie lo veía.
En el comedor, Isabel había dispuesto la mesa tal y como yo la recordaba, sólo que ahora el lugar me produjo una increíble tristeza.
—Ay no, Isabel, yo no voy a comer aquí sola. Prepara otro lugar y acompáñame.
—Pero, niña, ¿que dirá tu abuela?
—La abuela está muy calladita; pero, si no te sientas aquí, dirá que eres muy mala conmigo, que eres necia y no quieres hacerme ni un favor pequeñito.
—Ya, niña, ya, pero es que aquí…
—Bien, tampoco a mí me apetece almorzar aquí —dije apilando los platos—. Mejor en la cocina.
—¿En la cocina? ¿Ahora? Es que… Instálate, que ya pongo otro cubierto y traigo las cosas.
Isabel hablaba nerviosa y abría y cerraba los cajones del aparador.
—¿Isa, qué te pasa? ¿Qué hay de malo con la cocina? Siempre desayunábamos allá.
—¿Malo? ¡No hay nada malo! Es sólo que no he terminado de limpiar… y, niña, una tiene su dignidá. Ya estaría bueno que a estas alturas no conociera mis obligaciones, que vengas tú a creer que he descuidado todo. Como hasta ayer avisaste que venías… ¡Y las sábanas! Después de tantos años vas a pensar que se blanquean a la primera, que el amarillo de guardado se sale con un shu shu, que el olor a encierro se va así no más porque se abre una ventana, que la cera se le mete a la madera y le ordena que con poquito ya no cruja…
—Ya, para, para, comemos aquí en santa paz. Y luego, mientras terminas de poner tu cocina como tacita de té, me voy a dar un paseo. Así no ofendo tu dignidá, gruñona.
Al terminar, como prometí, salí a dar la vuelta. No quise preguntarle nada más a Isabel. Sus viejas manías, aunque misteriosas, me resultaron poco interesantes comparadas con la perspectiva de un recorrido por el campo que envolvía a la desolada casa y a mis recuerdos.
Caminé hasta el lago. Los colores del verano anidaban todos ahí, juntos, esperando. Bajo los árboles, entre las hojas, se filtraban esas fisuras de luz a las que mi abuelo siempre llamaba las estrellas de día, y que, en ese momento, iluminaban los guijarros de colores. Recogí uno, terso, brillante, y lo arrojé al agua. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. ¡El toque! ¡No he perdido el toque! ¿Quién se atreve conmigo? ¿Quién logra hacer brincar una piedra más de cinco veces antes de sumergirse? ¡Oh, don insuperable!
Regresé cansada y feliz. Comenzaba a oscurecer. Cenamos en la impecable cocina de Isabel. Antes de irme a dormir entré en la biblioteca. Los libros del abuelo permanecían ahí, en ese extraño orden que él les había dado, y que, de distinta forma, yo copié. Libreros vivos contando historias de escritores y lectores que, en complicidad con los personajes, diseñaban suaves y raras telarañas.
Los viajes de Marco Polo, El extranjero, El Señor de los Anillos… Ay, abuelo, debiste escribir la historia de las historias —dije, pasando la mano por los lomos, mientras leía y reconocía los títulos.
—¿Qué haces aquí? ¿No te ibas a dormir?
—Busco algo que leer, Isa. Pero la nostalgia me gana.
—¡Bah! Son libros viejos, nada que le sirva a una distinguida periodista. Además debes estar cansada. ¿Por qué no te vas a dormir? Mañana, si quieres, vamos al pueblo y, en lo que entrego las legumbres, puedes ir a buscarte unos buenos libros.
—Isabel, Isabelita —alegué mientras sacaba Otra vuelta de tuerca—, los libros no se hacen viejos; con estos me bastaría para toda una vida. De cualquier forma, mañana te acompaño al pueblo.
—¡Deja eso en paz! —me increpó, molesta—. ¡Son los libros de tu abuelo! —y, quitándome a Henry James, volvió a colocarlo en su lugar—. Respeta a los muertos, niña.
Dudé, pero no había ninguna razón para no poder tocar los libros; por una parte, ésa era la biblioteca de mi abuelo y, por otro lado, él siempre nos alentó a entrar y sacarlos. Fastidiada, y sin prestar atención a los ademanes y comentarios de Isabel, tomé el volumen y subí a mi cuarto.
Mientras me ponía el pijama pensé que quizás había sido injusta con la pobre mujer. Durante muchos años ella se dedicó a mantener la propiedad de los abuelos. Nunca se quejó por la escasa mensualidad que mis padres le enviaban. Jamás mortificó a alguien por algo. Ni siquiera nos reprochó el no haberla acompañado en el entierro de Matías. Nadie le preguntó si, al quedarse sola, deseaba seguir viviendo ahí y hacerse cargo de todo. Me disculparía temprano. No sería mala idea buscar en la librería del pueblo para no perturbar la casa que, como santuario, Isabel protegía.
Tanto tiempo sin acercarme a James. En la universidad siempre creí que algún día escribiría así…
¡Dios! ¿Por qué el abuelo había quitado las hojas? Ridículo. ¿Lacerar la obra de un Henry James? Algo debió ocurrir para que él desmembrara el libro. A juzgar por el corte, se trataba sin duda de un acto premeditado. En fin, por la mañana hablaría con Isabel, y, tal vez, encontraría una edición de Otra vuelta de tuerca que me permitiera comprender, al revisar las páginas faltantes, los motivos del abuelo.
Nada. Isabel aseguró que en la finca se sostuvo siempre el ritmo sereno que gozábamos durante las vacaciones. El abuelo conservó sin cambio alguno su devoción por aquella biblioteca; ella opinaba que lo mejor sería dejar intacto el lugar.
La lectura y relectura de las páginas en el libro recién comprado no me aportaron ninguna pista sobre la insólita desaparición de las hojas. ¿Sería el único ejemplar, por las razones que fuesen, mutilado?
Después de cenar dije que iría a dar un paseo. El correr del agua en la cocina me aportó la seguridad de no ser escuchada al entrar en la biblioteca. Tomé un libro al azar, estaba incompleto. El segundo, el tercero, el cuarto… ¡Todos! Cualquiera que abría presentaba cortes idénticos. ¡Cientos de páginas anuladas! Revolví los cajones, busqué detrás del librero, debajo de la alfombra. Nada.
—¡Isabel! —grité, y me dirigí violenta a interrogarla.
Ella me encontró en el pasillo. Nerviosa, se restregaba las manos en el delantal.
—¡La verdad! ¡La verdad ahora mismo! —dije blandiendo el cercenado tomo de “Todos los fuegos el fuego”.
—Perdóname, niña. Fui yo —balbuceó sin atreverse a mirarme, intentando inútilmente no llorar.
—¿Por qué? ¿Por qué los destruiste? ¡Claro! Por eso no querías que los tocara. El respeto por los muertos, ¿no? Pero me lo vas a explicar. ¿Entiendes? E-x-p-l-i-c-a-r. No mentir. No justificar. Sin trucos, aquí, en este momento.
—Yo…
No cedí. La imagen de la anciana que lloraba, lejos de conmoverme, me exacerbo aún más.
—¡Ahora!
—¡El frío, niña, el frío! Tú no sabes. Aquí sola, antes… antes era Matías quien encendía con periódicos la estufa y la chimenea. Pero después, después yo sola me congelaba. Ustedes ya no venían, se olvidaron de todo. ¿Destruir completo uno de los libros de tu abuelo? ¡No! Así, de a poquitos, sin que se note y con cuidado…
—¿Despedazaste la biblioteca para usarla como tea? ¡Bruta, más que bruta!
Para reprimir el impulso de golpearla salí al jardín dando un fenomenal portazo. Aventé el libro contra el adoquinado y me recargué en la pared. Montones de luciérnagas volaban en el silencio de la noche. De pronto sentí que algo se movía entre los árboles, en la periferia de mi visión. Me giré, y entonces lo vi por primera vez. No podía creerlo. No, no miraba lo que miraba. Entré de prisa y di vuelta a la llave. Afuera nada se movía. Un mapache, tal vez. En medio del campo, con el comportamiento extraño de Isabel y leyendo a James, cualquiera, hasta el más sensato —sobra decir que nunca he sido sensata— se habría dejado engañar por sus sentidos; menos mal que mi imaginación prefiere los duendes y no los fantasmas.
Un jardín es sólo un jardín, y por él pasan animales; el viento provoca que las sombras de los árboles semejen lo que no hay. Mi imaginación había jugado con esas sombras y ese viento hasta moldear un espejismo relacionado con la desaparición de las páginas. Porque, claro, concebirlas como cucuruchos convertidos en antorchas suponía una solución absurda y simple que yo no podía permitirme. Abrí lentamente la puerta.
¡Seguía ahí! En su danza fantástica obligaba a los insectos a bailar con él; obedientes, subían, bajaban, giraban y se detenían por segundos.
Si mi alucinación deseaba seguir divirtiéndose un rato, que lo hiciera. Lo que yo necesitaba era tranquilizarme para dejar de verla. Despacio. Ve a la cocina, no hay razón para precipitarse, me dijo la voz interior que terminé de escuchar, junto a los frenéticos latidos de mi corazón, parada al lado de la estufa.
—Isa, no me siento bien —dije apoyándome contra la mesa—. Necesito un té. En los últimos meses he tenido demasiado trabajo, y luego tú con tus tonterías me has sacado de quicio.
— ¿Viste algo?
— ¡No! No vi algo. Imaginé, sólo imaginé por culpa tuya.
—Lo viste, ¿no es cierto?
Comprendí, o creí comprender, las monstruosas intenciones de la anciana. Sí, todo estaba perfectamente fabricado por ella: la llamada, los libros, su extraña actitud. Y me había escogido a mí, a la idiota que de pequeña escuchaba sus estrafalarias historias. Todo para quedarse con la finca. Ahuyentándome, buscaba… Buscaba no sé qué. La casa ya era prácticamente suya, pero algo más quería. ¡No! Si supuso que en algún momento podría engañarme, estaba equivocada.
—Duendes, ¿no? ¿Tan estúpida me consideras? Vamos allá por tu “duende”. ¿Quién es? ¿Nieto de alguna amiga tuya? ¿Qué les ofreciste a cambio de su cooperación para tu tosco simulacro? ¿Algún mueble? ¿Los cubiertos? ¡¿Qué, vieja del demonio?!
—Niña, niña, te confundes. Primero cálmate. Y después, si quieres, salimos.
—¡¿Calmarme?! —vociferé empujándola—. ¡Qué fácil! No, la confundida eres tú. Ahora mismo termina la parodia. Vamos por tu “duende”, recoges tus porquerías y se largan los dos de aquí.
Regresamos a la terraza.
—Bien, dile que acabe y venga para acá.
De repente, el “duende” frenó las piruetas, se inclinó con una graciosa reverencia y, como si nada, comenzó una nueva representación.
Furiosa, fui hasta él, me planté delante con las manos en la cintura. Me imitó. Al agacharme para desenmascararlo le pellizqué la mejilla. No había truco alguno. Eso, eso era un duende auténtico. Sonrío, caminó junto a mí y continuó el juego.
Isabel, con su habitual ternura, me ayudó a ponerme de pie. Caminamos hasta el columpio. Aturdida, me dejé caer; ella se sentó a mi lado.
—Todo está bien, niña. A mí también me sorprendió. La primera vez, creí que me había vuelto loca, pero míralo, es un milagro: nuestro milagro.
¿Mirarlo? No podía dejar de observarlo. Me pareció que su danza la realizaba para mí. Estaba completamente fascinada. Los movimientos del duende me hipnotizaban como si yo fuese una luciérnaga pendiente de la luz. Cuando terminó, hizo una nueva reverencia y enfiló hacia el columpio. Isabel se levantó, dejándole el lugar; él trepó y se colocó a mi lado. Sin dejar de contemplarlo, permanecí paralizada. De pronto se incorporó de un salto. Corriendo, se perdió tras la esquina de la casa. Quise alcanzarlo, pero en la oscuridad no lo divisé más.
—Déjalo, volverá mañana.
—Pero, dime…
—Shhhhh. Mañana, mañana, niña —dijo, poniendo una taza de té sobre el pretil de la ventana.
Mientras bebía meciéndome muy despacio, sentí por primera vez la tranquilidad absoluta. Nada entendía, pero tampoco quería comprender.
Desperté con una alegría nueva, recién estrenada. Bajé corriendo las escaleras; por poco tiro a la pobre mujer mientras subía con las sábanas limpias, que le arrebaté al paso, dejándolas sobre un escalón.
—¿Y? —dije, esperando tras la simple palabra una cascada de respuestas.
—Ya serví el desayuno. No hay mucho que yo pueda decir.
—Desayuno mientras hablas. ¿Dónde está?
Ella no respondió; se fue derecho a la cocina y yo detrás. Frente a la mesa, callada apoyé la cabeza en las manos para atender lo poco o mucho que Isabel quisiera contarme.
—Pues —suspiró—. Apareció un día. Simplemente llegó y se quedó, hace cuatro veranos de eso. Ahora debe estar retozando allá afuera. Regresa siempre con flores y bichos antes de la comida. Después se queda aquí jugando con los frascos —concluyó, abriendo las puertas de los estantes, donde una gran colección de botes de colores brillaba en perfecto orden.
—Pero… No, explícame bien: ¿qué te ha dicho?
—Nada, niña, no habla. No le hace falta hablar. Está aquí y es él, eso es lo que importa. Yo soy una vieja, no conseguiré hacerme cargo mucho tiempo más. ¿Por qué no te vienes a vivir aquí?
—Isa, no puedo. Tengo un trabajo, sólo vine de vacaciones. Además…
—Llévatelo contigo entonces. ¿Qué haría él aquí solo? Tú no lo sabes, claro, pero su baile es diferente: ahora baila para ti. Te necesita, de la misma manera que pronto notarás que te es indispensable.
—Imposible. Date cuenta. ¿Cómo podría vivir en la ciudad? Yo salgo todo el día, mi departamento es un desastre. Imagínate si un día se escapa: la gente, los coches.
—Te quedarás cuatro días más aquí. Conócelo. Después decidimos —sugirió Isabel, y sin decir más salió.
Antes del mediodía, el lutin entró saltando, sin hacer ruido. Al verme sonrió. Puso frente a mí las flores que traía y se quedó muy quieto, como consciente de poseer una naturaleza extraña que yo debía asimilar primero. Lo intenté. Juro que lo intenté, aunque en realidad me perdí en esa mirada profunda y mágica. Después se fue directo a la cocina y comenzó a sacar los frascos. En menos de dos minutos convirtió el suelo en un calidoscopio rodante.
Comimos tarde en medio del desorden. Al oscurecer escapó hacía el jardín para perseguir a las luciérnagas.
—Anda, ve con él, yo acomodo aquí.
Sus bailes superaron a los de la noche anterior. Hechizada por el magnetismo de los movimientos, tan sólo era capaz de pensar en él. Sí, encontraría la manera de vivir ahí permanentemente. Buscaría la forma de escribir desde casa con la computadora y enviando los artículos por e-mail, sin los gastos de la vida en la ciudad. En dos meses, máximo tres, conseguiría trasladarme, tener tiempo para escribir. No como James, pero sí algo mejor que las torpes crónicas de todos los días. Podríamos contratar a alguien más y volver a criar borregos como antes. Sí. Por la mañana hablaría con Isabel. Ahora sólo él, las luciérnagas y los planes.


—Isabel, Isa, Isa, ¿dónde te metiste? Ya sé cómo vamos a resolver todo. ¡Isa!
Inútil. En un principio pensé que habría salido temprano, pero al entrar en la cocina noté que el canario y su jaula tampoco estaban, ni modo que ellos hubiesen salido también. El ropero de la habitación de Isabel, abierto, exhibía los entrepaños vacíos y el perchero desnudo. Se había ido.
En el pueblo nadie supo decirme algo. Todos negaron haberla visto. ¿Y sí él se hubiese ido con ella? Corrí hasta la casa como jamás pensé que podría correr.
¡El sonido de los frascos!
Me sonrió cuando entré.
—Bien, parece que nos abandonó. ¿Qué vamos a hacer? No te ves preocupado. ¿Acaso no te importa? No ha regresado, ¿verdad? Tenía todo planeado. Tú lo sabías y estás de acuerdo. Veremos si después de una semana de sándwiches sigues pensando igual.
De pronto aventó un grupo de frascos y se metió en la alacena. Intenté acercarme. Sin embargo, algo en su mirada me obligó a retroceder. Sentí un extraño miedo. Quizás una sensación similar hubiese forzado a Isabel a escapar. Pero no, ella quería obligarme a protegerlo. Aunque me cueste aceptarlo, era una especie de esclava voluntaria, dispuesta a cualquier sacrificio para procurar el bienestar del lutin, de su lutin. Me quedé ahí, esperando a que saliera, ocupando de alguna forma el lugar de la anciana.
Antes del anochecer comenzó a guardar los envases. En ese momento pude percibir su tristeza. No dejó que lo ayudará. Supe entonces que existen sentimientos de una clase diferente. Distintos. Tal como él. Había sido muy injusta: si alguien buscaba esclavizar, sin duda se trataba de mí; fue miedo frente a mí misma lo que sentí. Supe también que él debía ya de haber notado que la generosidad de Isabel no la encontraría conmigo.
El único temor ahora se reducía a perderlo. Pensé que posiblemente se negaría a partir complicándolo todo. Pero me sorprendió cuando, al ir a meter el equipaje, lo encontré sentado en el asiento trasero enredando el cinturón de seguridad. Días antes, creyendo que le gustaría, había procurado llevarlo de paseo; se rehusó a subir. Acaso el coche representaba para él un escarabajo gigante que debía obedecerlo.

Los primeros días, ajetreados por los cambios, no reparamos en el ambiente complejo que nos rodeaba. Después comenzamos a tener algunos problemas. No permitía que abriera las ventanas en un intento bastante pueril por amortiguar el ruido de la calle. El rechinido del ascensor le molestaba más que ningún otro sonido. Con los gritos de los vecinos brincaba frenético sobre los sillones y las mesas. Rompió las lámparas y los floreros. En las noches, cuando yo regresaba del periódico, encontraba un monumental reguero de ropa, semillas y cereales. Pero, entonces, cuando estaba a punto de estallar, me miraba de esa forma en que sólo él sabe hacerlo. Y yo olvidaba por completo la confusión del lugar y todos los destrozos.
Busqué mil maneras para distraerlo; ninguna funcionaba. El televisor, por ejemplo, no le llamaba la atención. La primera vez que lo vio saltó contento, intentó meterse en él de alguna manera. Pero, al descubrir que tan sólo se trataba de una caja cerrada con una ventana inaccesible, la ignoró, y sólo de cuando en cuando miraba un poco.
Una noche en la que transmitían uno de esos programas de estudios submarinos, el aparato lo atrapó. Se puso delante, casi sin respirar durante varios minutos, después comenzó una de sus espléndidas danzas. La primera desde que llegamos a la ciudad.
A la mañana siguiente, llamé al editor para informarle de que una súbita fiebre no me dejaría ir a trabajar. Me vestí en dos minutos y salí a comprar la pecera más grande que encontré. Olvidé que el departamento no poseía las dimensiones suficientes para semejante armatoste. Los empleados del acuario no lograron que diera la vuelta por el pasillo: la dejaron ahí, sobre la alfombra, provocando que la puerta de entrada se transformara en un enemigo difícil de franquear y con el que debía luchar todos los días. Tras una tarde extenuante de instalación, en la que al menos él se mantuvo entretenido despedazando el block de recibos del acuario que no sé dónde fue a encontrar, por la noche volvieron las danzas. Y los peces, obedientes como las luciérnagas, se ciñeron a los extraordinarios ritmos.
Advertía la pasión de la mujer que dócil giraba en consonancia con los animales desde el tragaluz del salón, cuando algunas veces sus movimientos se convertían en órdenes suaves que la llevaban a seguirlo en sus evoluciones. Ese reflejo mío bailaba en un mágico trance donde el tiempo parecía asumir una dimensión diferente. Me resultaba tan ajeno como la sombra a Peter Pan, como si identidad y reflejo no se pertenecieran.
Cada día, en la redacción, inventaba un pretexto diferente para ausentarme temprano. Mientras lo veía jugar con los frascos escribía las peores crónicas de mi vida. Anhelaba que al comenzar la danza me indujese a participar con él y con los peces.

—Viene directo para acá, está muy molesto —me susurró uno de los fotógrafos al pasar junto a mi escritorio—. Dijo que ahora sí te consagraste con el artículo.
—Sí, ya sé, olvidé corregirlo; hice una estupidez ayer. Gracias.
Enorme como era, el director salió de su oficina. Caminando despacio, siempre teatral, semejaba en ese momento un villano del viejo oeste. Nerviosa volteé para ver si algún gracioso no me había colgado la estrella de sheriff. La estrella no apareció, pero el resto de los periodistas se ocultaron tras los escritorios transformando a la sala de redacción en un pueblo fantasma. Tragué saliva igual que hacen en las películas. Hacía calor. Disparó.
—¡Estamos ya en prensas! —rugió aplastando su cigarro dentro de la caja de clips—. ¡Y justo ahora sales con tu payasada ésta! Porque claro, cómo me atreví a decirle a la señorita Pullitzer que colocó mal una coma en el glorioso artículo del lunes. Tienes diez minutos, ni uno más, para llevar el bueno a impresión. Y regresas, pero regresas: ¡te quiero en mi despacho en diez minutos!
Tomé las hojas que el director aventó sobre el escritorio y leí el comienzo de mi nota.

La retoma de la presidencia por el mes de abril del Consejo de Seguridad para las Naciones Unidas en manos y voz del embajador Adolfo Aguilar Zinser único ahora mismo significa y aporta las posibilidades de juego político para cabildear expresar posiciones del actual gobierno mexicano y de la parte mayor del pueblo mexicano sus ciudadanos enterados y atentos en torno a la guerra imperial de los Estados Unidos de América y sus cómplices ingleses y españoles de quienes ahora usufructúan el poder en Gran Bretaña y España.


No pude evitar sonreír al pensar en un mes de abril en el poder. Nunca he sido una genio en asuntos de puntuación, pero de eso a suprimir todos hay una gran diferencia. No se trataba de ninguna broma. Con diez minutos, más de los que me tomara el jefe —que en ocasiones se hacía el energúmeno para mantener su autoridad— con su sermón de la montaña, no volvería a casa tan temprano como quería. ¡Condenados procesadores! Para manejarlos bien, un curso de seis meses y un manual de dos mil páginas. A saber qué controlqué apachurré para borrar la puntuación. ¡Ni que hubiera querido hacerlo a propósito! No, si hasta el mismísimo James Joyce me habría pagado por decirle cómo. Y no era que el jefe le faltara razón. Demasiadas ausencias, demasiados motivos personales, demasiados retrasos. Aunque ni modo, no podía confesarle la verdad.
¡Maldición! Incluso a mi propia casa llegué tarde. Al entrar pisé algo blando. Encendí la luz. En el pasillo y el salón algunos peces daban tímidos coletazos, fatigados luchaban todavía fuera del agua. Los otros —la mayoría— no se movían más. Él, acostado sobre la alfombra, dormía tranquilo. Devolví a la pecera a los pobres animales agonizantes. Sólo uno consiguió salvarse. Metí a todos mis demás compañeros de baile dentro de una bolsa de plástico.
—¿Me quieres explicar qué pasó aquí? Anda, despierta. ¡Míralos! ¿Qué clase de danza los obligaste a hacer?
Se levantó somnoliento. Fastidiado tomó la bolsa, la puso sobre el suelo y, abriéndola con cuidado, sacó uno de los peces. Lo devolvió al agua y observó como se iba al fondo. Alzó los hombros y caminó indiferente hacia su habitación. Entonces, por toda respuesta, se dio la vuelta, me mostró las palmas de las manos vacías, sonrió y cerró con un portazo.
Descargué la frustración y la tristeza sobre la crónica del suplemento semanal; resultado: peor no pudo salir.
Los errores —¡no!, errores no: las omisiones de puntuación— se hicieron cada vez más frecuentes y, con ellos, los regaños y amenazas.
—Terminarás todo aquí —ordenó el director al tiempo que dejaba mi artículo sobre el escritorio—, ya que está visto que, en casa, o no te concentras o abrigas un virus en tu computadora que afecta al teclado o al programa. Porque eso de la función-misteriosa-borra-puntuación ni tú te lo crees.
De regreso a casa me detuve a comprar nuevos peces, en esa ocasión sólo: cinco cabeza de león y cuatro cola de mariposa. Seguramente, los otros, espadas al fin, agitados tras la danza, habían saltado cuando él ya dormía. También pasé a buscar un antivirus, me habían comentado que ya estaba a la venta la última versión del Norton. La lentitud del empleado en la tienda me puso de un humor infame. Una vez más me perdería el baile y lo encontraría dormido.
Sí, dormía. Como no lograba hacer otra cosa, puse a los japoneses en su nuevo albergue, instalé el programa y adelanté parte del trabajo. ¿Conque sólo me iría al terminar, no? Pues bien, terminaría siempre antes. Reglas son reglas.
No conseguía dormir, las cosas no podían ir peor en la oficina. Pedir en ese momento que me permitieran escribir desde otra parte sería absurdo. Si bajo vigilancia era un desastre… Una idea, una idea. De pronto surgió una extraña luz por la rendija de la puerta, una refulgencia que llegaba del salón. Abrí despacio para no despertarlo con el rechinido de goznes viejos y descuidados. Pero no, él estaba despierto.
Parado sobre la mesa hacía girar sobre sí un cúmulo de pequeñas luces de colores. Increíbles fosforescencias componían filigranas de medusas, se derramaban hasta el suelo para levantarse como alas y caer en una miríada de fuegos fatuos. Absorto en su juego, no notó mi presencia. Observé fascinada el milagroso festival de luces, burbujas que oscilaron y estallaron en el aire.
Al caer la última chispa descubrió que lo veía. Hizo una mueca de disgusto, pero después me dedicó la mejor de sus sonrisas y completó la ceremonia con una solemne inclinación. De un salto bajó de la mesa. Corrió hasta mí y, esquivándome, se acurrucó en la cama. Cuando me acerqué, dormía.
Examiné el lugar buscando el origen de las luces. Registré todo. Registré debajo de los muebles, en los cajones, en el librero y hasta en la pecera. Nada. Por un impulso, tras el estado en el que me dejó el espectáculo, comencé a escribir. No sabía qué, pero necesitaba componer algo. Reacomodé los papeles de la oficina, y, al hacerlo, advertí que el virus lo había cometido de nuevo: se tragó la puntuación. Por la mañana dejaría el equipo en la tienda para que lo repararan y me devolvieran el dinero del fraudulento antivirus.
Esa tarde, a mano, transcribí la entrevista del Senador. Demorarían por lo menos dos días en entregarme la computadora. Repasaba la nota un poco cuando comenzó el baile con los peces. Capitulé imantada. En la superficie, los cola de mariposa forman estrellas sublimes, los cabeza de león revolvían entre las algas produciendo torbellinos que se acomodaban como caudas en rápidos cometas. Después lo acompañé hasta su cuarto y esperé a que se durmiera. Anhelaba escuchar algún ruido que me indicara que el juego brotaría otra vez. Me quedé dormida.

—¡Se acabó! —gritó el jefe, arrojándome la primera plana del día anterior—. No tengo idea de cómo vamos a salir de ésta. ¿Por qué lo hiciste?
¡Dios! No lo podía creer. Yo no reproduje de esa forma la entrevista. La puntuación estropeada ponía en boca del Senador declaraciones no sólo falsas sino monstruosas. Los puntos y las comas, en lugar de desaparecer, habían cambiado de sitio.
—Yo…
—¿Tú? ¡Nada! Han llamado hoy de la Cámara. Si cumplen sus amenazas, enfrentarás tú la querella; y la enfrentarás sola: desde luego, nosotros nos sumaremos en tu contra. Llámale quema de brujas si te da la gana; después de todo, es lo que eres: una bruja. Y te advierto que, si por tu estupidez yo caigo también, un proceso judicial te parecerá un cuento de hadas comparado con mi desquite.
—Pero…
—¿Pero? No quiero verte más aquí —dijo el que acababa de convertirse en mi ex jefe. Y agregó levantando el puño—: ¡Ah! Cuidado con atreverte a llamar a la Cámara o a complicar más esto. Ni te molestes en buscar trabajo en algún otro periódico: envié temprano un boletín.
No sé cuántas horas vagué por la ciudad. No me aventuraba a llamar a nadie. ¿Cómo explicar el estado de distracción que me arrastró a terminar con todo? Llovía. Para no mojarme me acerqué a las paredes, pero los escaparates de las tiendas me golpeaban con mi propia imagen. Opté por alejarme de ellos y de las personas que, en sentido contrario al mío, caminaban amenazantes contra mí. Abandoné la acera, y con pasos torpes empujaba el agua que corría como un diminuto río. Sentí apenas la marejada que un autobús lanzó en su carrera. Empapada, temblé ante el temor a una demanda. ¿Quema de brujas? Si el periódico no conseguía calmar de alguna manera el justificado odio del Senador, quemarme sería muy poco.
No tenía a quién recurrir. El cansancio y el miedo me llevaron al único lugar posible. Al entrar tropecé con el lutin que, encaramado en una silla, bajaba la mermelada. En cuanto me vio corrió a esconderse dentro de la despensa. Levanté una de las rejillas de la puerta para espiarlo; entonces abrió violento, me tiró a la cabeza una lata de atún que por poco no esquivo. Se perdió en el corredor, furioso. Y lo encontré aventando a los peces fuera del agua.
—Por favor, no hagas eso. Se morirán… —y me dediqué a perseguir a los animales, que rebotaban contra la alfombra.
Él fue tras uno, lo atrapó y, sosteniéndolo de la cola, lo metió en el agua. Pero no lo soltó: de pronto, en un instante, sacó al pobre cola de mariposa y lo estrelló contra la pared haciendo que medio cuerpo quedará salpicado sobre el muro.
—¡Detente ya! —le grité histérica—. ¿Te has vuelto loco? ¡Lárgate de aquí!
Antes de irse, alcanzó a un cabeza de león que botaba iluso tratando de regresar. Se inclinó para levantarlo.
—¡No te atrevas! ¿Me oyes? ¡No te atrevas!
Hizo una mueca grotesca y aplastó con el puño al animal. Escapó brincando hacia su habitación.
Conté los peces para asegurarme de que los sobrevivientes se hallaran dentro otra vez. Lo oí salir y caminar hasta mí, despacio. Lloraba. Recargado sobre uno de los bordes del acuario me veía atento. Metió la mano dentro del agua, y los peces, sumisos, nadaron a su alrededor dejándose acariciar. Su mirada diluyó en gran parte mi angustia, que desapareció con la danza. Si no lo tuviera a él…
Una vez que se durmió, decidí escribirles a mis padres —¿a quién más se acude en el momento en que la vida nos rebasa?—. No sabía qué decir, ni cómo decirlo. Todas las cartas que intenté redactar quedaron inconclusas y amontonadas sobre el escritorio. Necesitaba descansar. Por la mañana probaría hacer de los borradores algo más o menos coherente.
Daba vueltas y vueltas en la cama cuando oí sus pequeños pasos dirigirse al salón. Con cuidado, entreabrí la puerta. Hincado sobre mi escritorio, frotaba suavemente las hojas que yo había dejado ahí. Muchas fluorescencias comenzaron a navegar en desorden por todo el espacio. Cuando terminó, bajó de un salto y, como director de orquesta, se encaminó hacia la mesa de centro. Empezó un nuevo concierto. No esperé a que terminara. Entrecerré poco a poco. Espiando, sudaba: quería ver las luces, pero también necesitaba descubrir de dónde provenían. Sentada en un rincón comencé a arrancar pedacitos de papel tapiz para morderlos. Las luces de los coches que se reflejaban en el espejo no me socorrían en nada. Agotada me arrastré hasta la puerta aplastando la alfombra para tratar de ver al menos el resplandor del espectáculo.
Por fin, la oscuridad regresó, y junto con ella, él volvió a su habitación.
Sobre el escritorio, mis cartas soñaban sin puntuación.
Pensé en los textos despojados de signos para alimentar decenas de fiestas de luces. Consciente de lo que perseguía cogí un libro al azar. Lo hojeé con cuidado y descubrí lo que buscaba: páginas enteras sin signo alguno.
Antes del amanecer lo había decidido. Era preciso regresar esa misma semana a San Joaquín. Allá meditaría en la forma de lograr que la casa se mantuviera como un lugar seguro donde el lutin no corriera ningún riesgo. Con él contento, todo resultaría más sencillo. Protegerlo era ahora lo único importante, el periódico y mi carrera podían irse al demonio. Ahí, en la ciudad, el peligro de la demanda, de legiones de reporteros elucubrando en la puerta del departamento alguna historia oculta, algún tipo de vínculo político o qué sé yo, representaban un serio riesgo. Debíamos irnos.
Empaqué los libros, los frascos y algunos pocos objetos más. El dueño del departamento no me devolvió los meses de depósito, aunque no se los pedí. Después de ver la alfombra tampoco permitió que le dejara la pecera. Debí aceptar un desventajoso trato con los tipos del acuario: los peces, a cambio de desmontar el tanque. Lo llenaría después con animales del lago. No encontré otro recurso.



Antes de terminar de estacionar el coche salió Isabel. En cuanto pudo, él se bajo corriendo y la abrazó. Yo me guardé los reproches y no pedí aclaraciones.
—Lo siento, Isa, olvidé dejarte una nota cuando nos fuimos y avisarte que volvíamos.
Por los meses que viví con él, adiviné que en su huida ella sólo quiso protegerlo, sin embargo, no entendía cómo había sido capaz de renunciar al lutin. No, yo podría dejar cualquier cosa por él, pero jamás separándonos. Isabel era mucho más fuerte que yo.
En las mañanas íbamos al lago. Le pasmaban los guijarros que brincaban sobre el agua; a cambio de ellos, revolvía en las páginas hasta encontrar puntos suspensivos, y entonces los hacía volar como libélulas para obligarlos después a colocarse entre las hojas simulando gotitas que brillaban con la luz. Algunas veces optaba por una estrella de día y la convertía en cometa. Con flores, piedras y caracoles volvíamos contentos. Mientras jugaba con los frascos, Isabel se ocupaba en redactar cartas y yo en copiar poemas para regalarle partituras. Creo que ella todo lo hacía para ver al lutin feliz, en cambio yo sólo me aseguraba que no escaseara material para los conciertos.
Malvendimos a la borrega para poder comprar hojas, lápices y plumas. Después fuimos llevando al pueblo las cosas de los abuelos —incluyendo los libros— para canjearlas por frascos. Isabel hizo una negociación admirable con el dueño de la tienda de abarrotes: el coche pagado poco a poco en especia nos garantizaba un suministro casi permanente de mermelada y chocolates.
En otoño llegó una carta del periódico. Sólo debía firmarla. Aceptaba en ella haber desarrollado una particular fobia contra los signos de puntuación y encontrarme bajo tratamiento. Una terapia poco afortunada, a juzgar por la carta, que regresé sin un solo signo: los puntos y las comas para el lutin. No obstante, consciente de la responsabilidad social de un articulista, prometía no volver a escribir jamás para ningún medio informativo. Comprendí entonces, aliviada, que ya no habría más carrera periodística para mí.
Se negó a transformar los caracteres que obtuvo de la carta. Esa noche no hubo concierto a pesar de las súplicas. Por más de dos horas lloramos e imploramos. Isabel horneó galletas mientras yo, a falta de temas, escribía los ruegos y promesas de sujeción absoluta que entonábamos gimiendo, pero él permanecía imperturbable.
—Aquí tienes signos —grité desesperada—. ¡Maldición, úsalos!
Disgustado destruyó las hojas, desbarató las galletas y salió corriendo. Nosotras detrás, no pudimos alcanzarlo. Regresamos agotadas y nos quedamos sentadas en la terraza.
Antes del amanecer, las luces de un nuevo concierto nos despertaron.

Cansada de escribir inútiles textos a los que él les robaba la puntuación, tuve una idea que creí genial: garabateé decenas de planas con comas, puntos y guiones. Al descubrirlas, lejos de lo que imaginé, se escondió detrás del sofá. Estuvo ahí, sin salir, por más de tres días. Isabel guardó los reproches.
Una tarde hizo rodar hasta mí un vaso repleto de bolitas de lodo. Las desparramó sobre los adoquines de la terraza y me dio una. Sobre la textura lisa del barro había una pequeña hendidura, la muesca semejaba una coma.
—No entiendo. ¿Realizas tus propios signos? —pregunté mientras él me veía divertido—. No me mires de ese modo. No comprendo. ¿Qué es lo que quieres?
Presuntuoso recogió las bolitas y las metió de nuevo en el envase. Lo llenó con el chorro de la manguera, permitiéndole al lodo disolverse y derramarse junto con el agua. Buscó un libro y frotó varias páginas haciendo salir las luces. Ese día generó su mejor ejecución y, en el silencio del campo, escuché por primera vez la música producida por las luces: narraba historias. Los sonidos que brotaban de las refulgencias manaron distintos a cualquiera que yo hubiera escuchado antes. Surgían asombrosamente nítidos, cada uno era una sola pieza. No obstante, al unirse, que no combinarse, creaban una música de notas distintas —para mí, inexistentes antes—: ni graves ni agudas; quizá, en todo caso, resplandecientes y opacas.
Al terminar despegó con cuidado los signos que, apagados e inertes, descansaban sobre el piso, y los plantó en un frasco limpio.

Después, sus exigencias aumentaron: ya no consentía las copias. Golpeaba los muebles, mordía las hojas de los libros que aún conservábamos, rompía los lápices. Pero, sobre todo, lloraba. Entonces sólo una historia desconocida lograba calmarlo. Veía embobado las nuevas frases, aunque su alegría era cada vez más efímera; colocaba con cuidado en el baúl las hojas recién escritas —en ese mismo baúl, antes guardábamos los manteles—, y volvía inflexible a reclamar más. Sin embargo, no me quejaba: su satisfacción, por breve que fuera, y escuchar mis palabras a través de los conciertos compensaban cualquier esfuerzo. Las pequeñas óperas fantásticas en las que él lograba transformar los textos se convirtieron pronto en el único tema posible: la obsesión por conseguir reflejar con letras, sonidos impensables proyectados en los festivales de luces.
Isabel me sustituyó en los paseos y dejó de escribir. Cuando regresaban, por las tardes, él me veía complacido desde fuera; entonces salía, y yo le entregaba sumisa las páginas.
Al principio ningún concierto se parecía a otro. Pero la mediocridad de mis textos, provocada por mi obstinación, convertía las luces en insignificantes nimbos. apenas se levantaban en espiral para formar una cada vez más deslucida esfera. Se deshacía como cristal emitiendo tintineos sombríos. Tan sólo conseguían irritarlo. Desplegaba su mal humor en el desayuno. Con frecuencia dejaba caer el chocolate para embadurnarlo por toda la mesa. Dibujaba ahí, con los dedos, comas y puntos y los embutía con mermelada. Después frotaba la mezcla, manchaba las paredes y terminaba limpiándose en la falda de Isabel para sentarse entonces en el columpio mientras fregábamos la cocina y volvíamos a preparar todo.
—Niña, debes esforzarte más —me amonestó Isabel—. Hago todo lo que puedo para que escribas, pero tú pierdes el tiempo en no sé qué cosa.
—Isa, te juro que lo intento, pero…
—Intentas, intentas. Mira nada más cómo está el pobrecito. Yo no puedo con todo. Te crees que sólo a ti te toca hacer algo. Pero el otro día, por ejemplo, casi lo ve el cartero: pasó bastante cerca de nosotros, y este duende curioso se fue detrás siguiendo el costal de cartas. Tenerlo tanto tiempo fuera para que tú te concentres no me parece la mejor solución. Ahora, ve a por él para que desayune. Ayuda un poquito, niña.

Una noche, fastidiado, salió al jardín. Llevaba varios frascos. Tomó uno y se le mostró a Isabel, golpeando, impaciente, el piso con un pie.
—Creo que quiere que le traigas más frascos, Isa.
—¡Ojalá sea eso! Tú haz algo en lo que voy a por muchos.
Isabel regresó con los botes y los dejó junto a los otros. Él la miro enfadado y comenzó a abrir los frascos. Mezcló los signos. Supuse que intentaba mejorar las pobres narraciones con las que mi falta de imaginación lo obligaba a actuar. De pronto vio que la puerta había quedado abierta. La azotó enérgico, sonrío, hizo una reverencia y fue al centro del jardín. Avergonzada, observé cómo iniciaba el juego más fantástico. Las luces formaron estrellas que subieron veloces y titilaron sobre nosotras. Y giraron luego, transformándose en una nebulosa que evolucionó en torbellino para estallar a continuación, dejando brotar de la tormenta pequeños espectros de colores. Un fantasma aulló feroz, los demás respondieron. Volaron unos contra otros, implacables. Oscilaron unos segundos, y entonces descendieron violentos hacía nosotras.
—¡Corre, Isa! No te quedes ahí —grité tratando de abrir la puerta—. ¡No puedo, está atascada!
—¡Gira la perilla! ¡Ya vienen!
Un espantajo enorme pasó rozándonos y dejándonos sentir su monstruosidad en el momento justo que la puerta cedía.
—¿Qué escribiste? —susurró Isabel mientras atrancaba la puerta con una silla.
—Isa, yo qué sé. Es horrible. No los oigas, ¡habla!
—Ay, no, mejor rezamos… ¡Nos están viendo! ¿Y si entran?
—¡Cállate! No lo digas. Hay que cerrar las cortinas.
—No, yo no me acerco —musitó Isabel—. Mejor aquí. Ven para acá.
Agazapadas tras el aparador del comedor, mirábamos, absurdamente seducidas por el espectáculo, a los espíritus que golpeaban en las ventanas. Embarrándose en ellas se derretían despacio. Pero, antes de terminar de esparcirse sobre los pretiles, se estiraban adoptando inesperadas figuras. Los escuchamos gemir casi hasta el alba.
—Perdóname, Isabel. Ha sido mi culpa. Sólo le he dado relatos horribles, ya no sé ni lo que escribo. No, miento: en realidad jamás lo he sabido —reconocí, y hablando para mí misma continué, incitada por los hipnóticos fantasmas, a poner por fin las palabras que hasta ese momento me había negado a reconocer—. Una vez presumí tener miles de ideas fantásticas para escribir las historias que cambiarían la percepción del mundo: cuentos únicos y novelas profundas. Me refugié en el periodismo argumentando que de esa forma obtendría los elementos técnicos para desarrollar sin contratiempos los más increíbles relatos. Pero no, Isa, sólo consigo textos mediocres. No soy ni seré jamás una verdadera escritora. Te juro que ahora no importaría, si no fuera porque él espera… No, espera no: ¡merece! Merece lo que yo soy incapaz de dar.
—Niña, tienes que hacer algo. Él se debe de haber asustado tanto o más que nosotras. Mira: cuando regrese, lo llevaré al lago para que te concentres y escribas algo lindo. Verás que sí puedes, mi niña. Y seguro te perdonará.
Pero no regresó. Lo buscamos por todas partes. Sabíamos que compartíamos los mismos temores, aunque no nos atrevíamos a decirlo.
Pensaba que tal vez él había decidido marcharse por no entender la belleza de su último concierto, o quizá dedujo que no podría darle ya palabras nuevas. Probablemente, como decía Isabel, el espectáculo lo asustó; podría estar escondido en cualquier parte. La angustia de los primeros días se convirtió en desesperación. Y creció aún más cuando, por la nostalgia, me puse a revisar los relatos que él guardaba con tanto cuidado. Y entonces encontré los cándidos empeños del lutin por aprender a escribir.
—Mira, Isa —dije mostrándole las hojas—. Quería hacer sus propias historias. Todo es culpa mía. Si yo hubiera sabido… Pero cómo iba a imaginar. Pobrecito, aprender a escribir copiando mi letra… parece que sólo vine a hacerle las cosas difíciles.

—¡Niña, niña, ven rápido! —gritó Isabel una mañana—. Ven, míralo: ya viene. Vuelve. Date prisa.
Irrumpió contento. Abrazó a Isabel y se sentó junto a mí. Nos miraba divertido. Mientras ella lo examinaba para asegurarse de que no tenía ni un rasguño, fui por un fajo de hojas y comencé a escribir. Satisfecha, lo veía bailar emocionado. De cuando en cuando se detenía para acercarse a observar las letras. Una de las veces en que se acercó, le extendí la pluma. Pero negó con la cabeza, y brincó y aplaudió y dio vueltas esperando dócil un cuento nuevo.
—¿Lo ves? Es tan bueno. Escribe, escribe. Los lutins son así, un poco traviesos a veces, como los niños.
Al terminar le entregué el relato. Lo tomó junto con las galletas que Isabel le ofrecía, y se metió en la alacena. Antes de cerrar la puerta hizo una graciosa inclinación.
—Está tan alegre que se olvidó del frasco —exclamó Isabel sacando un bote vacío. Y, abriendo la alacena, se lo dio.
Aguardamos pacientes, sentadas en la terraza. Nada le había ocurrido. Estaba de nuevo con nosotras, me prometí no cometer más torpezas. Sin embargo, cuando Isabel le entregó el frasco, creí notar… Pero, no, para qué arruinar el momento.
Las horas pasaban, y él continuaba encerrado. Intranquila, fui a ver si seguía ahí; además, anhelaba una nueva exhibición de magia lutin. En su escondite dormía sereno, abrazando el frasco con la cabeza apoyada sobre las hojas de signos extirpados.
—Míralo, Isa. Bueno, no importa, será mañana —dije, mientras lo alzaba para llevarlo a acostar—. Lo esencial es que está bien y aquí. Quién sabe las que habrá pasado allá afuera, solo.
—Estoy tan contenta que no me lo creo. Y se nota que él también es feliz. Ya ves: ni se molestó cuando le di el bote, y eso que aborrece que lo espíen.
—¿Sabes?, me pareció que… es decir, es sólo una impresión; pero, cuando abriste la alacena, su mirada… No sé, no me gustó cómo te vio. No me hagas caso, estoy medio loca.
—Sí, estás medio loca —bromeó Isabel—. Basta verlo para comprender que debo ignorarte. Pienso que lo mejor será que nos vayamos a descansar, estos días han sido terribles.
Me despertó un espeluznante lamento. Un demonio fluorescente ejecutaba horribles cabriolas en la ventana; muchos más se acercaron, se tragaban unos a otros y después se vomitaban entre carcajadas siniestras. Estaba aterrada, ni siquiera podía gritar. Cerré los ojos y me tapé los oídos cuando sentí que algo volaba junto a mí. Los espectros golpeaban los cristales. Escuché la puerta, que abajo cedió y que se azotaba contra la pared acompañada por tétricas risas. Desde mi frágil caparazón de sábanas rezaba para que no subieran.
De pronto todo quedó en silencio. Esperé un poco más antes de asomarme. La luz del sol que entraba por la ventana declaró que el día había comenzado hacía un buen rato.
No es que no estuviera consciente de tener que encontrar una solución, pero las ideas se revolvían con sentimientos en un profundo barullo. Necesitaba que Isabel viniera, que habláramos. No sé, no estoy segura de qué es lo que quería. Pero ella no llegaba, y a mí el terror no me permitía ni siquiera poner un pie en el suelo. Sobre las duelas, en medio de la recamara, descubrí un grupo de hojas. Intrigada me arrojé por ellas, y en menos de dos segundos ya estaba de nuevo en la cama. ¡Era mi letra! Horrorizada comencé a leer.
El espeluznante lamento del demonio fluorecente fluorescente que ejecuta horribles cabriolas en la ventana anuncia la llegada de muchos más Al acercarse comienzan a tragarse unos a otros después se bomitan vomitan entre carcajadas siniestras Todos juntos golpean la puerta hasta que finalmente cede Fueron invocados para restablecer el orden para exigir lo robado y dar un escarmiento ejemplar a los traidores y fisgones Se deslisan deslizan furiosos hasta…
No logré leer más. Yo no había escrito aquello, pero evidentemente ésa era mi letra. Y se trataba, desde luego, de la narración que él había ejecutado. Afligida, pensé en la posibilidad de que él se hubiera ido una vez más, quizá para siempre. Esas eran las historias que él quería que le contase. Yo nada había entendido. Necesitaba encontrarlo, hacer algo. Escondí las hojas con la carpeta de la mesa de noche.
Perturbada, bajé por las escaleras. No debí haberlo hecho: al llegar a los últimos escalones, el enloquecedor cuadro terminó con la poca ecuanimidad que conservaba.
Desplegada por todo el salón, una gigantesca telaraña de estambre se mecía ligera con el viento que pasaba a través de las ventanas fracturadas. Exhibía los pequeños cuerpos de las libélulas sin alas, ausentes para siempre de la mesa del abuelo. Manchas de todo tipo se revolvían entre pedazos de piezas rotas, trozos de vidrio y montones de libros deshojados. Al pisar el siguiente escalón, resbalé y tropecé con los ojos congelados de Isabel que me miraban suplicantes desde el tapete empapado de sangre. No se movía. No lo haría más.
Sonó la campana de la puerta.

—¿Está seguro de que es aquí? —preguntó el hombre del saco gris mirando hacia una de las ventanas del segundo piso—. ¿Por qué no me dijo que tiene un niño?
—No lo sabía. Pero sí, es aquí. ¿Y usted está seguro de que la orden de aprehensión es contra ella?
—Limítese a cooperar, ya le he dicho que la orden es federal y que viene de arriba. Ustedes, los policías de pueblo, nunca se enteran de nada. Sí leyera los diarios sabría de la carta abierta que esta loca envió la semana pasada amenazando a un senador y al director del periódico donde trabajaba. Quiero terminar con esto. Ande, toque otra vez.

*Lutin: fr. adj. despabilado, travieso, picaresco. Lutiner: fr. v. Inquietar, atormentar, travesear. Lutin. Fr. Variedad de duende, clásicos en Europa Central.
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