elaleph.com
foros de discusión literaria
 
 FAQFAQ   BuscarBuscar   RegistrarseRegistrarse 
 Entre para ver sus mensajes privadosEntre para ver sus mensajes privados  Chat Chat    LoginLogin 
 Biblioteca de libros digitalesLibros Digitales   Edición en demandaPublicar un Libro   Foros PrivadosForos Privados   CelularesCelulares 

Santiago Vigil



 
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Carpetas de Talleristas
Autor Mensaje
Marcelo di Marco
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12556
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Lun Nov 24, 2003 19:35    Asunto: Santiago Vigil Responder citando

Santiago Vigil

Volver arriba
Marcelo di Marco
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12556
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Lun Nov 24, 2003 19:42    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica

¡Buenas y santas...! Eran las de antes.
Me llamo Santiago Vigil, y hace poco más de un año que frecuento con mucho entusiasmo el taller de la calle Borges.
Gracias a Marcelo me empecé a enterar del mundo de la literatura. Hoy lo sigo descubriendo, y espero seguir haciéndolo hasta el fin de mis días.
La foto no es casual, ya que fue tomada durante una travesía a caballo por la Tierra del Fuego, que hice junto a unos amigos. Cada día era un descubrir lugares y sensaciones, como experimentamos al escribir las páginas de un cuento. Acaso cebar un buen mate o preparar la comida son actos que se asemejan a buscarle la vuelta a una situación de nuestros personajes o a dar con el tono exacto para un diálogo.
Muchas gracias por interesarse.
Volver arriba
Marcelo di Marco
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12556
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Mie Oct 13, 2004 11:25    Asunto: Responder citando

Último farol de Buenos Aires

La noche era inusualmente fresca para el mes de Marzo. Un reducido grupo de gente se acurrucaba en la esquina de Escalada y Av. Del Trabajo. Subido a un palco improvisado, el intendente José Guerrico apuraba las palabras de un discurso. La oscuridad se confundía con los vetustos tapados de la audiencia. Otros parroquianos transitaban indiferentes, los tranvías aullaban al pasar. Dentro del minúsculo círculo, un hombre mayor lloraba en silencio. Aferrado a su mano, un pequeñín devoraba un enorme chupetín rojo.
—Abuelo, ¿por qué van a apagar el farol?
—Que sé yo, Pedrito —el viejo alzó la mirada hacia la luz, y las lágrimas gotearon—. ¿Por qué...?
¿Cómo explicarles a estos locos del progreso tu valía? ¿Cómo decirles que tu llama paciente y serena, protegió durante tanto tiempo a todo aquel que se acercara? ¿Cómo contarles de la noche fatal, cuando me salvaste la vida?
Aquellos dos malandras me la tenían jurada. Era tarde, y ya, desde que había salido del café, sentí que me seguían. Yo venía copeteado, pero bastante sobrio para entender lo peligroso de la situación. La única esperanza era caminar hasta Escalada y encontrar algún farol iluminado. Aceleré el paso. Me alenté pensando que en las esquinas con luz siempre había canas dando vuelta. Aunque... la yuta nunca era una fija, y para Escalada faltaban dos cuadras más. Me apuré, pero sin correr: sólo conseguiría ponerlos más nerviosos. Tenía que zafar, sí o sí. Perdí la esperanza al llegar a Escalada: la oscuridad era total. Ellos habían apagado los faroles, seguro, y ahora me tenían regalado. Los recuerdo como si lo estuviera viendo: sus miradas vengativas, las sonrisas burlonas… y yo, encerrado contra la esquina. Pelaron cuchillos y se vinieron al humo. Perdido por perdido, les hice frente ¿Qué iba a hacer? El grandote sacó el primer turno y encaró como un rayo: ¡zac! me afeitó la barbilla. El tajo fue profundo porque la sangre me salía como de una canilla. Sentí tambalearme y de vuelta las risas. Atrás vino el otro sucio, para terminar el asunto… ¡y apareciste vos! No lo esperaba, ellos menos. ¡Ja! ¿Quién se lo podía esperar? Nadie. ¡Te prendiste solo, loco! Aproveché la sorpresa y salí rajando. No estabas tan lejos, sería una cuadra. Corrí con todas mis fuerzas, mirándote fijo. Me olvidé de la tranca y de los pícaros. Corrí y corrí. Te anhelé y te anhelé.
Un botón apareció por una de las esquinas, tan sorpresivo que casi me lo llevo puesto. Me rajó una puteada en siete colores, pero ni bola le di, seguí a toda furia. Pero el cana había quedado caliente, y ya salía detrás de mí cuando aparecieron mis perseguidores a todo galope. Ahí sí tuvo con quién desquitarse. Lo vi que sacó a revolear el palo y a meter barullo con el pito: ¡preeeeee! ¡preeeee!
Yo seguía corriendo, hasta que llegué a tus pies y te abracé como a la vida misma. De la oscuridad salieron más canas, cualquier cantidad, una patrulla entera. Los otros dos no podían creerlo.
—¡Marche preso! —escuché que les decían. A mí, nada. Seguía abrazado a vos.


—Hoy —la voz del intendente retumbó en el frío de la noche—, 19 de marzo de 1931, es un día histórico. Este farol dejará de brillar para siempre. El progreso se hace luz frente a nuestros ojos. Y, con él, todos los avances que mejoraran la calidad de vida de los ciudadanos de Buenos Aires.
El anciano sólo miraba el farol.
—¿Abuelo? —el chico le tiró de la manga del sobretodo—, ¿ya nos vamos?
El intendente trepó una escalera, y comenzó a cerrar la válvula del viejo farol.
Pero bueno, te vas en paz me imagino. Cumpliste uno de tus cometidos: desde aquella noche dejé el camino oscuro, me enderecé. Me iluminaste la vida en todo sentido… Hoy, cuando me enteré que te iban a apagar, me apagué un poco. Igual, no creas que a mí me queda tanta luz. En cualquier momento me apagan también.
La llama, ya muy pequeña, resistió en un breve bailoteo antes de esfumarse.
El intendente constató que estuviese bien apagado y miró sonriente al público.
—El último farol de una época que simboliza el pasado —dijo señalándolo—. Y se apaga hoy, para darle paso a una nueva generación.
Un tímido aplauso culminó el acto, y el pequeño grupo no tardó en dispersarse. Luego marchó el intendente rodeado por su comitiva. Y, por último, unos hombres de fajina quitaron la escalera y se pusieron a descuajar el farol.
El anciano y el niño permanecieron un tanto apartados: uno, todavía concentrado en el enorme chupetín; el otro, con la mirada perdida en las calles.


Hace exactos setenta años que me enteré de esta historia. Hoy se cumplen también setenta años desde que se apagó el último farol de alcohol carburado en la ciudad de Buenos Aires. Y, con él, muchas historias de nuestra querida ciudad.
Volver arriba
Mostrar mensajes de anteriores:   
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Carpetas de Talleristas Todas las horas son GMT - 3 Horas
Página 1 de 1