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Susana Finquelievich



 
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Autor Mensaje
Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
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MensajePublicado: Lun Ene 12, 2004 13:48    Asunto: Susana Finquelievich Responder citando

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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Lun Ene 12, 2004 13:50    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica

Susana Finquelievich es una mezcla rara de porteña y rosarina, de arquitecta y socióloga del ciberespacio. Aunque está —por ahora— casada con la ciencia, tiene como amantes a la literatura y a la escultura en cerámica. Visual ante todo, desea escribir como quien filma: mostrando imágenes y dejando que los lectores experimenten las sensaciones y los sentimientos.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Lun Ene 12, 2004 13:59    Asunto: Responder citando

Amanda sonríe

Desde un rincón oscuro de la sala, Amanda ve que hay un nuevo morador: las puertas se abren, y entran dos hombres —uno anciano, otro más joven— y una mujer elegante de cabellos grises. Llevan cajas y paquetes, ventilan los cuartos, quitan las fundas de los muebles, cambian las lamparitas quemadas por otras de luz más blanca y aguda. Finalmente, la pareja madura parte tras un abrazo, y sólo queda el joven, tal vez un nuevo inquilino.
Es moreno y delgado. Se queda de pie, en medio de la sala. Mira las paredes, los rincones, como para acostumbrarse. Amanda percibe cómo se le abren las ventanas de la nariz: respira el olor todavía no familiar de la casa. Se asoma al balcón que da sobre los escasos cipreses del cementerio de la Recoleta, y ofrece el rostro al sol de la tarde. Cuando regresa a la sala, da unos pasos hacia ella, estudia la pared, las pinturas, las fotografías enmarcadas. Pero Amanda se da cuenta de que no la ve: esta primera cercanía sólo le ofrece a él un conjunto de colores apagados. Ella suspira: nunca he sido muy visible, piensa. Ni siquiera cuando ocupaba otro lugar en el mundo.



Siempre había vivido cerca de algún río, así que no le pareció mal cuando Danilo le anunció que se irían a la Isla. De todas formas, él no le había preguntado su opinión.
—Te me vas preparando los bagayos, Amanda. La semana que viene nos vamos a vivir a la Martín García. Parece que con los milicos de allá se puede hacer plata. Hasta con tus comidas —había sido la única explicación que le había dado.
Canturreando, ella había acomodado las escasas ropas, las sábanas y frazadas en las valijas de cartón. Todavía la ponían contenta los cambios; aunque pensó que, si miraba para atrás, no le habían resultado gran cosa.
Con sus palabras y sus caricias, Danilo la había sacado de la panadería de Barracas. Ella lo escuchaba embobada. No era como los hombres del barrio: había en él, en su delgadez nudosa, en los ojos castaños un poco achinados, las pestañas largas y femeninas, algo de infantil, de frágil, que le daban ganas de protegerlo entre sus rosados brazos de rubia joven y sólida. Él le había prometido que estarían juntos toda la vida, que le pondría una panadería propia, junto al río, en la que ella ya no hornearía: sólo atendería a los clientes.
—Con esa pinta de polaca abundosa, el negocio va a estar siempre lleno —le había dicho. Y los dos se habían reído antes de caer en el colchón hechos un ovillo.
Había resultado verdad, pero no como ella se lo había imaginado.


Con el correr de los días, el morador la ha visto, por fin. Pero no le presta más atención que al resto. Amanda querría que se detuviera en ella, en la casa, en los árboles que la rodean. La foto y su marco de madera torneada no han estado siempre allí, querría decirle. Fue tomada por una mano amada, en uno de los momentos más importantes de su vida; allá, en la calle de tierra. Quiere contarle sobre el fotógrafo rubio y pálido que acompañaba al poeta, sirviéndole de testigo en sus silencios y sus palabras. Desea relatarle sus charlas suaves con él a la hora de la siesta, mientras la Isla dormía una calma de tristeza.
Pero nunca fue con él detrás de la cortina.
Tal vez por eso Danilo lo miraba con el entrecejo fruncido. No como a los otros clientes. A ellos les sonreía, haciendo relucir sus dientes de oro.



La vieja Valentina se lo había explicado, mientras la guiaba en su primera recorrida por la Isla:
—Cuando se conocen los árboles de un lugar, cuando se aprende cómo se los cuida, y a veces cómo cuidarse de ellos, solamente entonces, Amanda, solamente entonces se conoce ese lugar.
Las dos iban resbalando por los senderos de tierra recién llovidos, pasando por las casas, entrando y saliendo de la selva. Ese paseo era su primera y única bienvenida.
Danilo y Amanda habían llegado hacía dos días, después de una navegación agitada, en plena sudestada. Años después, ella sólo recordaría el oleaje marrón y espeso contra el muelle, y después el arrastrar las valijas casi deshechas, sujetadas con piolines, hasta la hilera de casitas blancas que unían los dos puertos. La suya era agradable, con su piso de baldosas de tres colores, su cocina en el fondo, y los muros del minúsculo jardín, que apenas contenían las oleadas de vegetación. Los árboles se golpeaban contra las paredes, mientras una lluvia de semillas y hojas repiqueteaba sobre los techos.
Valentina vivía dos casas más allá.
—¿Qué son esas semillas chiquitas —le había preguntado Amanda en uno de sus paseos—, esas que parecen polvo?
—Es semilla de higuerón. De cuidáo. Cuando hay viento se vuelan. Encuentran cualquier hueco en un árbol, en una pared; en fin, en cualquier cosa que no se mueva. Se posan y echan unas raíces finitas, finitas. Cuando querés acordar, ya tenés ahí un árbol fuertazo, que ahoga al árbol en el que se refugió, o rompe la pared en la que se quedó.
—¿ Y entonces?
—Y... ya no podés sacarlo —había susurrado la vieja, mientras arrastraba las chancletas por el barro chirle—. Como no sea hachando el árbol o tirando abajo la pared... Hay que cuidarse de los higuerones. Y, sobre todo, no hay que dejar de moverse.


¿Cuánto tiempo hacía que habían sacado la foto? Amanda no necesita calcularlo: fue su último día en la Isla, justo antes de caminar la distancia que los separaba del puerto. Con un chistido había llamado Danilo al fotógrafo, que también se iría, a la semana siguiente, y que vagabundeaba por las calles terrosas cargando su trípode.
—¡Chist! ¡A ver, vos! —le había ordenado—. Sacanos un último paisaje del paraíso.
El mismo Danilo había dispuesto a Amanda frente a la puerta de la casa, seria, las manos cruzadas delante del delantal marrón, las valijas a su lado, inmóvil y tiesa como un maniquí de costurera.
—Ponete acá.
Él se había acomodado del lado de dentro, mirando por la ventana, un brazo apoyado en el alféizar, la otra mano sosteniendo el cigarro.
—Así —había reído—, así va a parecer como que me voy a quedar aquí para siempre.
Con los ojos más achinados que nunca, había reído.



Por las tardes, Amanda le contaba a la vieja su vida antes de la Isla. Lo de la panadería en La Boca había resultado ser verdad. O casi. En todo caso, no había sido como ella se lo imaginó. Era cierto que quince años después de su primera noche, todavía estaban juntos. También había sido verdad lo del negocio puesto, pero ahí se acababa todo. No fue una panadería: fue un comedero para inmigrantes en un galpón alquilado en el sur de la ciudad, junto a un río cada vez más espeso y oscuro. Le puso una cocina económica, unas sillas, aisló una parte del galpón con una cortina roja, hecha con una tela dada en pago por el tapicero de la otra cuadra.
Ella cocinaba para los estibadores que no tenían mujer ni casa cercanas, que iban a su cocina a las cuatro de la mañana, o para cualquiera de los hombres que concurrían a partir del cierre de las milongas. La ayudaba una morenita flaca y bizca. De vez en cuando, ante un gesto de Danilo, pasaba con alguno de ellos detrás de la cortina, mientras la bizca seguía sirviendo guisos y ravioles.
—¿Y te gustaba esa vida? —le preguntó Valentina, mientras lavaban las sábanas.
No, no le había gustado, pero no sabía cómo salir de ella. No tenía dinero propio: administraba Danilo. Y de todas formas, aunque no había habido hijos —era un alivio, pensaba algunas veces: no sabría de quién eran—, los ligaban otros mil lazos más sutiles: complicidades, amores, odios, rencores cocinados a fuego lento a través de los años.
Cuando la clientela empezó a flaquear, él se vino con la noticia de que en la Isla todavía podrían ganarse la vida decentemente.
"En el Barrio Chino", había dicho, con una sombra en la cara.
El Barrio Chino. Esas dos o tres cuadras habitadas por todos los civiles que servían a los militares de la Isla. Todos los civiles. Entre ellos, claro, las cocineras y las putas.
"Decentemente" había agregado.
En una de las valijas, se llevaron la cortina roja.


El morador pasa mucho tiempo en la casa. A Amanda le gusta contemplarlo mientras se prepara una comida, siempre rápidamente. Por eso está tan flaco, piensa, porque no le presta atención a lo que come. Le gustaría poder cocinarle: después de todo, eso, por lo menos, siempre lo supo hacer bien.
Él se pasa muchas horas tecleando en una máquina de escribir. A veces se levanta, se asoma al breve balcón, fuma, recorre la habitación con el ceño fruncido. Más de una vez contempla las fotos, los cuadros. Ya la ha visto: incluso sus miradas se han cruzado. Ha deslizado su mirada sobre ella, deteniéndose apenas. Inmediatamente abandonó sus sepias y grises para contemplar otra foto, en colores.



Un año después de la muerte de Valentina, Danilo le dijo que iban a irse. Volverían a la Capital. Ella nunca supo bien por qué: si por un cambio en los militares de turno, que ya no le convenía a Danilo —algo oyó que los milicos no pagaban tanto los servicios de cocina y cama—, o, a lo mejor, porque el hombre se había encaprichado con volver a la ciudad.
Se instalaron de nuevo cerca del puerto viejo y de la desembocadura del Riachuelo. No podía decir que no le gustara el regreso: ella siempre había vivido cerca de algún río. Eso sí, todo le pareció más viejo y más triste. La gente se veía más pobre y más desengañada que cuando habían partido.
Ella también se sentía triste y vieja. Tenía treinta y cinco años.


Hoy el morador ha despedido a una muchacha, al amanecer. Era morena y delgada, ágil como una raíz aérea. Después de cerrar la puerta, él se despereza; y, como siempre, pasea la mirada por el techo, las paredes, antes de sentarse a escribir.
Esta vez, la ha mirado más tiempo. Como si dudara de lo que ve. Ha descolgado la foto y la ha llevado junto a la ventana para examinarla mejor. La mira largo rato, a través de una lupa que saca de uno de los cajones del escritorio. Después, encogiéndose de hombros, vuelve a colgar la foto, y va a prepararse el primer café del día.



Compraron el antiguo galpón con el dinero acumulado en la Isla. Volvieron a instalar el comedor, esta vez con chicas más jóvenes, que pasaban detrás de la cortina con los clientes que salían de las milongas. A ella le quedaban los estibadores. Y, de esos, cada vez menos. Con el tiempo, se dedicó sólo a cocinar. Empezó a toser, adelgazó más.
—Con esa pinta de saraca no se te arrima nadie —había comentado Danilo, mientras se tomaba unos mates.
Después, Amanda empezó a escupir sangre.


El morador ha regresado al rincón de la sala, examinando la foto con mayor interés. Finalmente, la descuelga para instalarla en su escritorio, contra un jarrón. Cada vez que quita los ojos de la máquina de escribir, estudia la foto. Pero no mira a la mujer que aparece de pie, en primer plano: su atención está puesta en el fondo, en la casa y en la ventana.
Si yo pudiera sonreír…, piensa Amanda.



No había durado mucho en el galpón abierto a los vientos del sur, entre los vapores de los guisos. Se apagó silenciosa, asfixiada. Como había vivido. No había dejado nada, ni siquiera una libreta de ahorros, como las otras putas. Todo estaba a nombre de Danilo.


No puede dejar de recordar. La foto había adornado una pared del galpón, oculta detrás de la cortina roja. Había pedido tenerla consigo cuando la llevaron al hospital. Cuando ella murió, la fotografía dio a parar, por caminos de compra y venta, a una feria llena de voces de domingo a la tarde. Alguien la compró con un paquete de fotos y cuadros antiguos. Le tocó adornar el rincón de una pared, la pared de un departamento de alquiler, pequeño pero medianamente lujoso, ubicado en el norte de la ciudad. El balcón da sobre los escasos cipreses del cementerio.
El morador la contempla ahora varias veces por día. Parece esperar algo. Amanda, también.



Hoy, al poner la foto bajo la luz de su lámpara de escritorio, el muchacho se sobresalta: la imagen del hombre, detrás de la ventana, ha sido ya completamente absorbida por el tronco del higuerón, que ha crecido aún más rápidamente en las últimas semanas. El tronco encierra ya en su abrazo de muerte parte de la ventana y lo que hay detrás de ella.


Ahora sí, Danilo se quedará allí para siempre.
Delante de la casa, junto a sus valijas de cartón, las manos pulcramente cruzadas delante del delantal marrón, Amanda, por primera vez, sonríe.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Lun Ene 12, 2004 14:08    Asunto: Responder citando

Tanto más simple

Sed. Tiene sed. No mucha, apenas se insinúa como una sequedad en los labios, una imagen de cerveza helada, con las gotitas condensadas en el vidrio de la botella. Mantiene los ojos cerrados contra el amarillo rojo del sol sobre su cara. La botella se hace enorme, le llena la cabeza de frescura amarga. Disfruta la sed, se imagina sentada bajo la sombrilla blanca del parador, la sombra protectora, el gluglú de la cerveza en el vaso largo.
El problema es que no puede irse dejando todo allí, en la playa: la sombrilla, las dos reposeras, los bolsos, los libros, las patas de rana... Ah, no, las patas de rana no están, cierto. Se las llevó él hace un rato, cuando se fue a nadar. "Chau, me voy a nadar, acordate que a las doce nos pasa a buscar Marcelo, estate lista", le había dicho, o más bien ordenado, con la voz cada vez más seca de los últimos tiempos. Y ella había levantado la cabeza de la lona sólo un poco, para recordarle lo mismo que les decía siempre a los chicos: esa playa bajaba de golpe, el oleaje era demasiado fuerte, hay corriente, cuidate.
Eso había sido... ¿hace cuánto? ¿Veinte minutos, media hora? Busca el reloj de pulsera dentro del bolso: las once y cuarto. Pero no sabe a qué hora se fue, así que es un dato inútil. Le da rabia que la dejara así, anclada a las cosas, en esa playa en la que había poca gente a esa hora, en la que no podía decirle a nadie: "¿Me da una ojeadita a las cosas, por favor?".
Se sienta, se sacude la arena de las piernas. Aprovecha para examinárselas: bien, nada de pecas todavía, se están bronceando parejo al compás del filtro solar. Más arriba, las caderas estrechas y el vientre apenas curvado no testimonian de tres hijos, pero sí de largas horas en el gimnasio. Se estira, satisfecha. Mira el mar, azul gris, con picos blancos anunciadores de viento. No hay nadie, claro, con ese fresco de fin de octubre... Se para: no hay nadie, ninguna cabecita de nadador subiendo y bajando al par de las olas.
¿Y él?
Se para, camina hacia el mar. Nada, un par de veleritos a lo lejos. Ni siquiera un windsurfer. Recuerda de golpe una película que vio, que vieron, hace poco: la mujer se despertaba, miraba el mar, el marido no estaba, iba a la prefectura, la búsqueda inútil, los meses de angustia...
Regresa a la lona; se sienta, pero permanece tensa. La vida no es una película, y menos en Punta del Este, se dice. Se pasa un poco más de filtro solar sobre los brazos, vuelve a acostarse. Y si fuera cierto, si él no estuviera... si no estuviera más, se pregunta, ¿qué hacer? Recorre mentalmente los pasos necesarios: encontrar un bañero, avisarle, algún llamado por celular o por radio, imagina, la búsqueda en helicóptero...
¿Pero está bien que le avise al bañero? ¿No será una estupidez, dado que se fue hace... cuánto, media hora, una hora? ¿No la tomarán por una tonta histérica?
¿Y si aún así no aparece?
Mira el cielo, las nubes que corren, cada vez más rápidas. El viento le manda nubecitas de arena. Voy a parecer una milanesa, piensa. Es muy de él, tarado, no volver con el viento que hay. Y el agua debe estar bien fría... Se lo merece, se merece cualquier cosa. Cierra los ojos. Los chicos, avisarle a los chicos. ¿Cómo se les dice "su padre desapareció en el mar, no se encuentra el cuerpo"? ¿Y cómo lo tomarían ellos? Para empezar, habría que encontrarlos, suspira. Entre Sebastián que viaja por los pueblos de las Alpujarras fotografiando como quien ametralla, Fabiana loca por su novio, que cambia de departamento cada dos meses al son de los alquileres impagos, y Pablito que vive en Facultades tomadas, la cosa no sería fácil.
Sonríe, pero la sed no ha pasado. Crece, como su irritación. Y ahora, se añade una ráfaga roja de angustia. Claro, piensa, el señor se va y me deja clavada toda la mañana... Vuelve a mirar las nubes: será necesario un velorio, ¿pero hay velorios sin cuerpo? Y si lo encuentran —se lo imagina verdoso, hinchado, casi escamoso—, ¿se lo podrá enterrar allí, en el Uruguay, o habrá que llevarlo en el cajón hasta Buenos Aires? Sí, los chicos querrían... ¿Los chicos querrían? ¿Y ella? Ahora sí, esta preocupada en serio. ¿Le aviso al bañero, o todavía no? ¿Y dónde está, el bañero?
Sin contar, se dice mientras se sienta, mientras comienza automáticamente a recoger frascos de filtro, un cepillo, los anteojos oscuros, los libros, que habrá que esperar no sé cuántos años hasta que lo declaren desaparecido... o era muerto? Ahora la rabia y la angustia son una sola nube marrón oscuro. Se ve sola, desesperadamente sola, buscando, buscando el cuerpo que no aparece más, buscándolo de noche en la cama, en los dibujos del acolchado, en las sombra de las cortinas.
No, estoy hecha una neurótica, se reprocha mientras se obliga a acostarse de nuevo, a cerrar los ojos. Tomo mis deseos por realidades. Se simplificarían tantas cosas, tantas cosas.... Y solamente tengo que quedarme aquí, dejar pasar una hora, otra, otra, total me quede dormida sobre la arena y no me di cuenta....
..Y no me di cuenta....
......Todo sería tan simple... Sería tan, tan simple....
.......Hasta que alguien venga a despertarme y me diga....
.....Y me diga....
............

Una mano mojada, helada, le da golpecitos en el hombro.
—¿Vas a dormir toda la mañana? —dice la voz seca—. Mira que ya viene Marcelo, allá veo el coche.
Abrió los ojos. Allí estaba él, las patas de rana colgando de la otra mano, el pelo gris, mojado, pegado al cráneo, como lamido por una vaca.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Lun Ene 12, 2004 15:26    Asunto: Responder citando

Midwest blues


El hombre está sentado en el borde de la cama estrecha, cubierta con un acolchado de grandes flores violetas y verdes: cama de hotel barato. Sus manos cuelgan laxas junto a los muslos. A veces, con un movimiento rápido, casi de sopapo, se manotea el sudor de la frente. Tiene miedo. Alguien vendrá, pero no sabe quién, cómo, ni cuándo.
Se levanta nerviosamente, enciende un cigarrillo, camina por el cuarto. Por qué me habré metido en ésta, murmura con las mandíbulas apretadas. Va hasta el baño, se mira en el espejo del botiquín, se tironea la piel de las mejillas, hace muecas. Siente conmiseración por el tipo maduro y cansado, con ojeras oscuras y barba de tres días, que le responde desde el espejo. Tres días. Tres días atrás, aún estaba en su estudio del Bronx luchando con un trozo de granito para extraerle una forma. Hace dos, en cambio, ya había entrado de cabeza en la trampa, había aceptado del amigo mexicano de Nicole el trabajito de llevar el paquete al otro lado de la frontera.
Se acaricia la barba rasposa. Si de veras son sus últimos momentos, le gustaría al menos morir afeitado. Pero olvidó la maquinita en el motel de la noche anterior, y no es cuestión de salir a buscar otra. Fue poco después de dejar el motel cuando se dio cuenta de los faros en la ruta, siempre a unos constantes cien metros detrás de él. Frenético, telefoneó a Nicole desde el primer café, y se enteró de la muerte del mexicano. Tuvieron que recogerlo con unos trapos, fue desde un piso dieciséis, lloraba Nicole.
Sabe que él será el próximo, simplemente porque no ha aprendido cómo evitarlo.
Se pone la campera de cuero, saca el paquete de la valija, duda, y termina por metérselo en el bolsillo interior. Le gustaría actuar con frialdad y deliberación, como los héroes de las novelas negras que lo apasionaban hasta hace sólo tres días, pero el sudor en las manos no lo deja engañarse.
Oye ruido de frenos en el parking del hotel, un piso más abajo. Se asoma rápidamente por la ventana, pero sólo alcanza a percibir una forma de hombre que atraviesa la puerta. Cree ver que lleva un bulto alargado.
Recoge el revólver de la mesa de luz, y casi por compromiso se lo pone entre el pantalón y la camisa, sobre el estómago acalambrado. Se dirige a la puerta, extiende la mano derecha hacia el picaporte. De pronto cambia de idea, su mano toma el revólver, y le quita el seguro con torpeza. Por fin, abre la puerta. Suena el primer disparo.


La mujer arruga el paquete de cigarrillos vacío, y lo arroja por la ventanilla con brusquedad. El calor y la polvareda se le cuelan bajo las ropas, se mezclan con su sudor. En cualquier momento me ahogaré en mi propio barro, piensa, mientras aspira el humo del último cigarrillo.
Ya hace dos días que está en la ruta, y por momentos, pierde la noción de adónde se dirige. En otros, el viaje le parece inútil, vacío del propósito que la llevó a emprenderlo. Es hambre, eso es todo, se dice, pararé en el primer café que aparezca. Sigue la flecha verde y roja de un anuncio luminoso, estaciona en un parking de grava. Pide bife, tomates y café, se lavotea en el baño, acomoda el pelo rubio y cortísimo bajo la luz brillante.
Saca del bolso una carta manoseada y ya casi ilegible, la relee. Sonríe dolorosamente. "No intentes seguirme", lee, y luego murmura, cuando uno no quiere que se lo siga, no da señales tan claras sobre adónde va. Vuelve a guardar la carta, come ávidamente lo que le ponen delante, pide un paquete de cigarrillos y paga. Recién después se reclina en el asiento y se permite recordar.
Ve de nuevo la calle mojada, las luces, los anuncios, la gente que pasa y a veces los choca. Ella lo toma del brazo. El se detiene ante una negra espléndida, vestida con una chaqueta de cuero rojo, apoyada contra un Ford. Debajo del cuero se ven los pechos color caramelo. La negra sonríe, dice una cifra. El se vuelve hacia ella, hace un gesto mitad invitación, mitad despre-cio. ¿Venís?. Ella se inmoviliza, helada. Como quieras, dice él, dándole la espalda, yéndose con la negra por una puerta estrecha. Ella sigue inmóvil, después reacciona y se pone a caminar interminable-mente. Al amanecer vuelve al departamento. El ya no está, pero queda la carta. Ella pasa un día de postración. Después, se las arregla para conseguir dinero, guarda en un bolso lo que va a necesitar, le pide el coche a su hermana sin explicarle para qué, sale a la ruta.
plasta el cigarrillo y vuelve al coche. Después de unas horas llega al pueblo. Por un momento, se recuesta sobre el volante y vacila, la mirada anhelante. Creía que era diferente, se dice, desconcertada, no era así como me lo contaba él. Después recobra la expresión decidida, enfila por la calle principal. No hay más que dos hoteles; descarta el más nuevo, con aspecto de posada típica para matrimo-nios en fin de semana, y elige el más grande y destartalado. Pide una habitación dando otro nombre, aunque sabe que ya no es necesario. Tiene la sensación de que la vieja pintarrajeada que atiende la recepción la mira con suspicacia, pero eso apenas la inquieta. Ya en el cuarto, olfatea con disgusto el olor combinado de desinfectante y humedad. Se lava la cara, saca del bolso la pistola y la carta. No la relee, la deja sobre la colcha verde y violeta. Agotada, descabeza un corto sueño. Se incorpora sobresaltada, sin saber muy bien dónde está. Vuelve a oír el ruido que la despertó. Empuñan-do la pistola, abre la puerta. Oye el chirrido de otra puerta en el corredor. Suena el primer disparo.


De noche ya no hay campo, no hay árboles ni rocas, ya ni siquiera hay ruta. De noche sólo hay una larga línea blanca, recta o curva, a veces con otras líneas amarillas a los costados. En la oscuridad, a uno de los lados de la línea, corren a su encuentro grandes puntos blancos, de dos en dos. Al otro, en dirección contraria, corren pares de puntitos rojos, como animalitos sorprendidos en la oscuridad. El conductor se saca la gorra, se rasca la cabeza morena, la frente adolescente, se la vuelve a poner con la visera para atrás. Delante corre un vago bulto negro, del cual sólo ve los dos puntitos rojos, huyendo. Para distraer-se, trata de mantener una distancia constante, de unos cien metros.
A su lado, la chica se ha dormido, la mejilla izquierda pegada al plástico del asiento. El conductor piensa que al despertar le quedarán marcadas las flores en relieve del tapizado y sonríe con ternura. Le pasa una mano por el pelo largo, suavemente. No quiere que se despierte, todavía.
Para en una estación de servicio, llena el tanque y va al baño. Después vuelve al Dodge. Ella sigue durmiendo, aunque ha cambiado de posición para protegerse de las luces. El cabello rubio le cubre los ojos. El va al barcito, pide un café grande y una lata de Coca Cola, y luego se dirige al teléfono. Tiene que discar varias veces antes de poder obtener la comunica-ción. Habla en voz baja, casi suplicante, pregunta con ansiedad. Lo que le responden le hace torcer la boca, dándole una expresión precoz de hombre acorralado. Paga rápidamente y vuelve al coche sin terminar el café, pero llevando la gaseosa.
Ahora sí, la despierta. Ella inicia una débil protesta, pero abre completamente los ojos cuando lo escucha. Ya viene, bebé, dice él, tu viejo está en camino, a lo mejor tu hermano le dijo algo, yo qué sé. Mi vieja dice que los vecinos lo vieron poner la escopeta en el baúl, estaba desesperada la vieja, pobre. Menos mal que llamé, que si no.
La chica llora, murmura algo que suena como nunca más con ese viejo asqueroso, si supieras todo lo que me hizo desde que cumplí los doce, antes me mato. No, chiquita, murmura él, protector, no nos encontrará, y si lo hace, yo me encargo. Pero eso sí, añade mientras toma el volante, vamos a tener que desviarnos, tomar otro camino. Fui tan imbécil, jugando con los puntitos rojos ni me fijé si nos seguían.
Ella lo mira con sorpresa, después llora de nuevo, y dice que seguramente el viejo está usando la camioneta rural, porque el coche está descompuesto. Un alivio, dice él, va a ir más despacio. Qué raro, nunca lo vi a tu viejo, y voy a conocerlo ahora que.
Ella lo calla con un gesto. Ambos beben de la lata, por turnos. Aparece un cartel con el nombre de un pueblo. Vamos a tener que parar aquí, dice él, ya hace dos noches que no dormimos. Tranquili-zate, de todos modos nos salimos de la autopista, esta es una carretera comarcal. Mirá, ahí hay un hotel. Es un asco, todo descascarado, se queja la chica. Es barato, decide él.
En la habitación, saltan como chicos sobre las colchas de flores verdes y violetas. Duermen durante horas. Ella abre primero los ojos, sin saber si es de día o de noche, se pasa los dedos por el pelo apelmazado por el sudor y el polvo, y va a darse una ducha. El ruido del agua lo despierta, se levanta de la cama desnudo, va hacia la ventana. En ese momento, estaciona una camioneta rural verde, se baja un hombre corpulento, saca del baúl una bolsa alargada. Nancy, llama el chico en voz baja, decime, ¿ése no es tu viejo?. El ruido de la ducha es muy fuerte, y comprende que ella no puede oírlo. Mejor así, murmura, sacando de su mochila un revólver compacto. Hace con él un par de movimientos, como vio en el cine, para acostumbrarse a su contacto. Luego, escucha detrás de la puerta. Cree oír unos pasos, se asoma cautelosamente. Se oye el primer disparo.


El hombre está cansado, y un mareo le anuncia ya el aumento de presión al que tanto teme. Sale de la autopista y toma una carretera secundaria. Los últimos dos días lo han destrozado. Ni siquiera su refugio habitual, la caza, le sirve de consuelo. Hasta se le han escapado tres liebres, a él, que siempre se ha jactado de su puntería. A lo mejor, piensa mientras se pasa por la frente enrojecida un pañuelo a cuadros, a lo mejor debería ser un poco más compasivo conmigo mismo, admitir que esa puta me jodió de lo lindo, y pasar a otra cosa. Sacude la cabeza para borrar la imagen de cabello rubio, piernas perfec-tas. Cabello y piernas lo abandonaron hace dos días, vaciándole la caja fuerte con el dinero de las últimas cuotas de la hipoteca, las joyas de su finada mujer y hasta un arma, quién sabe para qué la piensa usar, puta maldita, rechina entre dientes.
El calor aumenta. Teme descomponerse. Maldice su propia corpulen-cia. Para colmo, la vieja rural hace ruidos desacostumbrados. Atraviesa un pueblo, pasa un hotel destartalado. Frena y retrocede. Un baño y un poco de descanso en una cama de verdad no me vendrían mal, se dice. Estaciona, saca del baúl el viejo bolso que contiene su tienda de campaña y su fusil de caza. Paga su habita-ción por adelantado, y con la llave en la mano, sube al primer piso y empieza a buscar el número del cuarto. En el corredor se entreabre una puerta. El hombre se inmoviliza: por un segundo, cree haber visto a quien realmente estaba cazando. Se aplasta contra una pared, prepara su arma, avanza sobre la alfombra raída y polvorienta, Suena el primer disparo.


Esta chica sabe demasiado para su propio bien. Así se quejaban su madre, sus tías, las mujeres que se atareaban en la gran casa de madera, allá en el sur. A veces decían: esta chica piensa demasia-do, eso no es bueno para una mujer. No era bueno, claro, no aumentaba su valor en el mercado casadero. Por eso y otras cosas que prefiere no recordar se fue a San Francisco. Después de un largo camino mechado de audiciones en clubes nocturnos de diversas categorías, recaló en Nueva York, donde a veces saber era útil, y a veces podía ser mortal.
Se está bien bajo el ventilador de aspas de madera, tendida sobre la colcha de flores verdes y violetas. Toma unos sorbos más del vaso de bourbon y derrama un poco sobre la barbilla. Se seca con una punta de la colcha. Después, cansa-damente, extiende la mano moteada de manchas marrones pero con uñas esmaltadas de rojo oscuro hacia la mesa de luz, toma el espejo de marco de plata labrada. Es el único objeto de lujo que hay en la habitación, por lo demás idéntica a todas las del hotel. No ha querido un cuarto mejor o diferente: ha pasado la mayor parte de su vida en piezas como esa.
La mujer se mira, recorre con el índice las arrugas profundas, se detiene en las bolsas bajo los ojos azules, hace una mueca al ver las raíces blancas que contrastan nítidamente con el resto del pelo rojizo. Se siente rara: nunca está en la cama a esta hora en que los viajeros comienzan a irse o a llegar. Desde que el aire de Nueva York se le volvió insalubre por saber demasiado sobre un par de sujetos, y decidió invertir lo que le quedaba en este hotelucho del Midwest, rara vez volvió a necesitar recostarse para pensar mejor.
Ahora se pregunta si realmente se ha dado cuenta. Se hunde las uñas en la palma de la mano libre, por estúpida. Claro que sí, que sabe que ella sabe. La presbicia aún no le impide ver un bulto bajo el sobaco, un peso extra en el bolsillo de una campera o en un bolso de mano. Todavía sabe reconocer una mirada huidiza, un nombre inventado en ese momento, el sudor de la desesperación. Sabe descifrar indicios en un cuarto revuelto o en la forma del equipaje. Sabe demasiado, como siempre, y eso se paga: lo ha visto en la mirada que le devolvió. A menos que ella se le adelante.
Se levanta trabajosamente, va hacia el armario, lo abre, saca una caja de zapatos del estante de arriba. De ella extrae un objeto protegido por varias capas de papel madera. Lo desenvuelve ansiosa-mente, rasgando el papel. Ahora empuña una Beretta pequeña, casi grácil, un arma para cartera de mujer. Su contacto la tranquiliza un poco. Deja que sus dedos artríticos recobren la familiaridad con el arma, la limpia amorosamente, la carga.
La mujer que sabe demasiado para su propio bien se yergue, alerta. En algún lugar se abre una puerta; sobre la alfombra raída del corredor resuenan pasos que se acercan. No quiere esperar sin hacer nada. La Beretta en la mano, entreabre apenas la puerta. Sabe que es suficiente. Suena el primer disparo.
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Marcelo di Marco
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Lun Ene 12, 2004 15:33    Asunto: Responder citando

El espejo


El espejo resulta fuera de lugar en esta habitación reciclada, en la que el ladrillo visto pintado de gris se codea con los planos coloreados a lo Mondrian de las cajoneras metálicas. Es un espejo de casa de barrio o de pueblo de provincia, con bordes biselados, enmarcado en una varilla que une el crema craquelé al dorado y que se curva varias veces formando un rectángulo irregular, coronado por rosetones en los que el dorado a la hoja se ha ennegrecido misericordiosamente.
El espejo se las arregla, sin embargo, para reflejar gran parte de la habitación: allá en el fondo, la puerta abierta que da a la cocina y más adelante, cerca de la puerta de entrada, el perchero de madera y hierro del que cuelgan un tapado de visón y una campera de cuero. En el centro del cuarto reina la mesa de metal y vidrio donde se posa una bandeja plateada con un juego de café floreado, de loza de supermercado. Una de las tazas está volcada y el café ha encontrado un camino hacia el borde de la mesa y de allí al piso de listones de pinotea, donde desaparece dejando una mancha oscura.
El espejo refleja también el televisor encendido, donde el locutor repite en síntesis las noticias que ha recitado media hora antes: el juicio Clinton-Lewinsky, una nueva matanza en un pueblo de Bosnia, un reportaje al arquitecto chileno que reconstruye la ciudad de Mostar y las declaraciones de la amante del diputado riojano, quien, abandonada por la nueva secretaria, ha decidido admitir sus relaciones en cámara. La pantalla exhibe la foto del diputado, de tez cetrina, ojos achinados, frente amplia bajo el cabello negro y crespo. Muestra también la de la esposa, una mujer rubia y pálida, de mirada desconcertada.
También caben en el espejo las dos sillas metálicas que hacen juego con la mesa. Dos de ellas están tiradas en el piso, las patas al aire, como empujadas en el camino hacia la puerta. Refleja una parte del piso cerca de la puerta, en la que yace un hombre boca abajo. La cabeza está ladeada y se puede ver que la piel cetrina aún conserva el color bajo el cabello negro y crespo, que los ojos achinados están abiertos como mirándose en la luna del espejo. De su espalda, un poco por debajo del omóplato izquierdo, asoma un cuchillo de cocina de hoja ancha y mango de madera. La hoja está hundida hasta el fondo: sólo quedan unos milímetros entre la camisa y el mango. La herida no sangra mucho; apenas lo suficiente como para manchar la camisa de seda celeste.
El espejo refleja todavía en un espacio detrás, junto a la mesa, una de las sillas de metal en la que está sentada una mujer rubia y pálida, con la mirada más desconcertada que nunca. Los ojos dejan la pantalla del televisor, van al espejo, siguen hacia el reflejo del hombre en el suelo, y sólo entonces la mujer abre la boca y empieza a aullar.
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