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Hablemos de Leopoldo Marechal


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Autor Mensaje
Agustín Javier
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 26 Dic 2005
Mensajes: 1356

MensajePublicado: Mie Feb 15, 2006 22:07    Asunto: Responder citando

Gracias Sebastián, excelente.
Un abrazo.
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Ileana
Miembro Junior
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Registrado: 18 Feb 2006
Mensajes: 57
Ubicación: BUENOS AIRES (ARGENTINA)

MensajePublicado: Sab Feb 18, 2006 16:20    Asunto: Responder citando

Hola a todos!
Un amigo (Agustín) me recomendó este foro. Qué maravilla, gracias, Agustín!

Son tantos lo temas que me interesan que creo que tardaré varios días en leerlos. Empiezo con Marechal y de paso felicito a Lucas. Su trabajito por el barrio de Villa Crespo (mi barrio actual) es fantástico. Ese mismo trabajo pero sin las fotografías, lo hice allá por los años 60 y pico, tras leer Adán Buenosayres, que me apasionó de tal manera que con mi marido nos íbamos por las noches a recorrer el barrio e identificar calle por calle haciendo corresponder los nombres antiguos con los actuales.
Y estoy feliz de haber recuperado el libro (no aquél que leí en los 60 pues lo presté no sé a quién) de manos de otros amigos gentilísimos que me lo regalaron el año pasado. Estoy releyendo sus páginas y me invade la misma emoción que en aquel entonces.

Buenísimo el foro, felicito a todos!
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lucas
Miembro Senior
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Registrado: 10 Jul 2005
Mensajes: 2134
Ubicación: Buenos Aires

MensajePublicado: Sab Feb 18, 2006 17:22    Asunto: Responder citando

Muchas gracias Ileana, y espero leerla seguido por acá.
Saludos
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Agustín Javier
Miembro Senior
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Registrado: 26 Dic 2005
Mensajes: 1356

MensajePublicado: Dom Feb 19, 2006 02:04    Asunto: Responder citando

Gracias Ileana y me alegra que te guste el foro y que participes...
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lucas
Miembro Senior
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Registrado: 10 Jul 2005
Mensajes: 2134
Ubicación: Buenos Aires

MensajePublicado: Dom Feb 19, 2006 10:08    Asunto: Responder citando

EL POEMA DE ROBOT

LEOPOLDO MARECHAL

1966

1
El ingeniero de Robot; se dijo:
"Hagamos a Robot a nuestra imagen
y nuestra semejanza".
Y compuso a Robot, cierta noche de hierro,
bajo el signo del hierro y en usinas más tristes
que un parto mineral.
Sobre sus pies de alambre la Electrónica,
ciñendo los laureles robados a una musa,
lo amamantó en sus pechos agrios de logaritmos.
Pienso en mi alma: "El hombre que construye a Robot
necesita primero ser un Robot él mismo,
vale decir podarse y desvestirse
de todo su misterio primordial".
Robot es un imbécil atorado de fichas,
hijo de un padre zurdo y una madre sin rosas.

2
No es bajo el soplo de la indignación
que refiero esta historia sucia como el uranio.
Yo no maté a Robot con la sal de la ira,
sino con los puñales de la ecuanimidad.
No me gusta el furor que se calza de viento
sólo para barrer golondrinas y hojas:
el furor es amable si responde a un teorema
serio como Pitágoras.
Yo viví en una charca de batracios
prudentes y sonoros en su limo.
Cierta vez pasó un águila sobre nuestras cabezas,
y todos opinaron: "Ese vuelo no existe".
Yo me quedé admirando la excelsitud del águila,
y construí motores de volar.
Los batracios dijeron: "Es orgullo".
Les respondí: "Batracios, la mía es altivez".
El orgullo es un flato del Yo separativo,
mas la altivez declara su propia elevación.

3
Y aquí estoy, agradable de aforismos,
tal un árbol que empuja sus yemas reventonas.
La casa de Robot está en el polo
contrario del enigma,
y el que a Robot destruye vuelve a mirar el rostro
perdido de. la ciencia.
Yo fui un ser como todos los que nacen de vientre:
rosa más rosa menos, era igual mi niñez
a todas las que gritan o han gritado
junto a ríos cordiales.
Un día mis tutores, fieles a la Didáctica,
me confiaron al arte de Robot.
Mis tutores murieron: eran santos idiotas.
Yo he regado sus tumbas con yoduro de sodio»

4
Pensando en el astuto cerebro de la Industria,
Robot era un brillante pedagogo sin hiel,
un conjunto de piezas anatómicas
imitadas en cobre y en tungsteno.
Su cabeza especiosa de válvulas y filtros
y su pecho habitado por un gran corazón
(obra de cien piedades fotoeléctricas)
hacían que Robot usase un alma
de mil quinientos voltios.
En rigor, era nulo su intelecto
y ajena su terrible voluntad.
Pero Robot, mirado en sus cabales,
era un hijo brutal de la memoria,
y un archivista loco, respondiendo a botones
o teclas numerados por la triste cordura.

5
A los que se deleitan con vistosos retratos
les diré que sin duda Robot no era un Adonis.
Visto de frente y con el ojo alerta,
parecía una cruza de marciano y reloj;
y visto de perfil, su hermosura era igual
a la de un ciclotrón en vendimia de isótopos.
No obstante lo que más imponía en Robot
era su honradez inexorable?
una honradez fundida y niquelada
por demiurgos envueltos en iones y sigilo.

6
Podría ser que atentos a mi ultima estrofa,
se dijesen algunos que aliviano el poema
con las fáciles plumas de la comicidad.
Advierto yo a esos héroes que naufragan
en el bacín lujoso de Aristóteles,
que mi poema es trágico y risible
como un final de siglo.
La risa visceral de la Comedia
no ha de ser inferior a los hipos del Drama.
Si lo cómico nace de cierta privación,
límite o quebradura de algún ser,
todo lo que se instala fuera del Gran Principio
ya es cómico en alguna medida razonable.
La muerte de Robot me ha dictado sentencias
que ya diré a su tiempo y en lugar exactos;
pues escandalizar a los mayores
también es evangélico.
Desde que yo, el aeda, perpetré mi laudable
quemazón, de teorías y cisnes literarios,
no se aburren las Musas, y el poema
recobra su abnegada vocación
de apresar lo decible y lo indecible.

7
A Robot entregaron mi puericia,
y en esa hora sollozó un arcángel
y se rió un demonio»
Yo lo ignoraba entonces, como es justo,
pues en la gloria de Robot no hay ángeles
ni demonologías en su infierno, sino la exaltación o la tristeza
del átomo de hidrógeno.
Se daba por sentado que yo era el Gran Vacío
y era Robot la Grande Plenitud.
De modo tal que abriendo la espita de Robot:,
llenaba mi vacío con la ciencia más pura,
según la ley alentadora
de los vasos comunicantes.
Los verdores del alma, sus trascendentes plumas
y toda irradiación que no registren
los contadores Geiger
eran para Robot y sus profetas
o un abolido ensueño de calvas teologales
o las divagaciones del mono progresista
con que soñaba Darwin midiendo calaveras.
Y así la Didascalia se dormía feliz
en su ostentosa cama de bronce y palosanto.

8
Mi primer incidente con Robot
(y el que abría en mi alma la gran desavenencia
que terminó en un crimen de piadosa factura)
sucedió cuando el noble pedagogo
me dictaba el Factor de Cohesión
de los núcleos estables e inestables.
A los que todavía sin grilletes
van del apio a la rosa, bellos como almirantes;
a los que aún entregan a la emoción del viento
una risa pentecostal
en la salud del Cristo vivo;
a todos esos "raros" que aún perfuman el cosmos
digo lo siguiente:
La Física Nuclear suelta el olor
de los gases livianos de la Tabla Periódica;
y ese olor, al obrar en un alma sensible,
nos da el precipitado de la Melancolía.
No es bueno descender a la materia
sin agarrar primero los tobillos del ángel:
Einstein, el matemático, se libró del abismo
porque midió la noche con el arco
de un violín pitagórico.

9
Digo que ante la frágil estructura
del helio, del neón y del argón,
una tristeza mineral
oscureció mi entendimiento:
cierta nostalgia de claveles
o de pichones exaltados.
Y sobre las costillas de Robot
sollocé largamente.
Robot, atento, consultó sus fichas,
y en el agua increíble de mis ojos
vio un absurdo licuado.
Luego, juicioso, evaporó mis lágrimas
a ciento veinte grados Fahrenheit.

10
Pero las estaciones discurrían
en circulos vivientes que Robot mensuraba
con el dos pi por radio,
Y en cierta primavera, golondrinas del norte
me trajeron un signo de su polo.
Se me cuajó de yemas el árbol de la sangre,
y un himno, todavía en sus embriones,
exigió de mi lengua no se que navidad.
Oprimí los teclados de Robot:
le pregunté la técnica y substancia
con que armar obedientes aparatos de música.
Inquirí de su numen si erá fácil
encordar a los pájaros del éter,
o agujerear las cañas y ponerles registros,
o hacer con el metal de las usinas
percusión y sonido que fuesen más allá
de su número atómico.
Solícito a la urgencia de mi alma,
Robot hizo marchar su fonógrafo interno,
y oí la sinfonía que habitaba su tórax:
era un largo ulular de corrientes magnéticas
a través de cien filtros y cien tubos de Geissler.

12
Y al escucharle, vi que partía el estío
y cerraban sus labios todas las azucenas.

11
Más tarde, cuando al fin hube reído
sobre la ya desecha carcasa de Robot,
entendí una verdad cuya justicia
me pareció un elogio de todas las balanzas.
A medida que pierde o niega el hombre
sus instrumentos de la intelección,
se recata y mezquina la natura
en su franco esplendor inteligible.
Si negaras al ángel su posibilidad,
te ha de esconder el ángel su pluma voladora.
De tal modo, la rosa que miraba David
no es la rosa que hoy mira la botánica.
Y eso no está en la ciencia de Robot,
sino en la epifanía de su muerte.

12
La dictadura fácil de Robot
ya no lograba en mi los humores del llanto,
sino la sequedad indubitable
que reina en un satélite desprovisto de atmósfera.
Una ganga silícea fue rodeando mi ser
en el curso de un Tiempo medido hasta lo inútil.
Y en mi conciencia de relojería
una felicidad bien aceitada
se instaló con el aire seguro de las diosas.
Mas, de pronto, no se que flechero imprevisto
desgarró mi cubierta.
Y, justamente, fue cuando Amarylis
entró en el perigeo de mi gravitación.

13
Bien sé que al sólo nombre de Amarylis
rechinan los filosos dientes de la Mecánica.
Su exaltación en Virgo me pareció tan bella
como la luz que descubría Newton
al recibir un golpe de manzana en el cráneo.
Ante mis ojos nuevos, Amarylis
era el múltiplo exacto de la rosa,
y sus pechos galaxias, donde mundos posibles
ardían ya en fusión de protones y nardos.
A mi ver, su ecuador o su cintura
delimitaba en ella dos limpios hemisferios
entregados a un baile de mazorcas.
Amarylis habló, y enriquecían
las orejas del viento;
Amarylis danzaba, y al golpe de su pie
saltaron las agujas del sismógrafo.

14
Borracho con las uvas de mi amada,
le declaré a Robot mis experiencias.
Le di a entender que el flanco de Amarylis
era la pieza justa que calzaba en mi flanco,
según la ingeniería.
Le juré por el muslo venerable de Euclides
que al integrar con ella los miembros
de una ecuación dorada,
ponía yo a la tierra en su equilibrio,
y toda medición era un canto al Demiurgo.
Y Robot escuchaba con el aire prudente
de un sordo a la deriva.
Luego me dio su fallo inapelable
y me justificó por las hormonas.

15
No culparé a Robot de su oficio tremendo:
si fue pulcro y brutal como una tuerca,
debe imputarse al numen que lo parió sin llanto.
En verdad, Amarylis era la poesía,
y falleció de prosa natural.
Yo la enterré y compuse un epitafio
que dice lo siguiente:
"Aquí yace un ensueño más real
que los cuatro electrones del berilio".
Después volví a la usina de Robot
y a sus mutilaciones estudiadas.

16
En adelante se me fue aclarando
la diabólica esencia de Robot:
oculto tras las hojas de parra de la Industria,
era la imitación de un demonio perfecto.
La Demonología como ciencia
ya no deslumbra el ojo de pardos bachilleres.
Al cuervo prestigioso de la Duda
sucede ahora el ganso de la Incredulidad.
Y a favor de las cegueras que calculó el Abismo,
se destapa la olla por abajo
y el cielo, arriba, obstruye las acequias.
Es útil, por lo tanto, conocer a un demonio,
según la ontología que aprendieron los grandes.

17
Un demonio, en la Historia Natural,
es objeto de ciencia, como el átomo,
aunque se opongan en el signo
de sus valores absolutos.
El átomo, en las líneas ascendentes del ser,
construye y magnifica la expansión ontológica;
y el demonio, en la línea descendente,
ya toca la frontera de su ser con la nada.
Pero lo más notable de un demonio
es que disfraza y cubre su vacío
con la exterioridad de un aparato
lleno de trucos y vistosidades.
En el fondo, tal era la traza de Robot:
era el "no ser" disimulado
con mil astucias de ingeniero.
Y siendo yo un alumno de Robot el Vacío,
me forzaron también a la ciencia y conciencia
de una bien redondeada vacuidad.

18
No sin temblor del alma nuevamente aprendida,
recuerdo yo la hora en que mi ser,
por entre los resquicios de su trama exterior,
pudo ver las costillas de su propio desierto.
En su atomización de las arenas
y en su locura de la dispersión,
el desierto es la imagen terrible del Abismo,
y es el polo contrario de la Gracia
que todo lo concentra en la unidad.
Ahora bien, el desierto pide y corre al desierto,
según ya lo enseñaron las juiciosas Escrituras.
Y, por ser yo un desierto, me fui de las usinas
y abandoné la casa de Robot.
Me lancé a los eriales, con el talón en fuga
de un médano aventado.

19
Cuarenta días recorrí el desierto,
antes de la Visión y de su fruta.
El número cuarenta es el que rige
la mortificación y el retorno al Principio.
Si excedes el cuarenta o no lo alcanzas,
empezaras de nuevo tu contabilidad.
Y has de seguir el orden "regresivo”
que usan los disfrazados astronautas.
Porque sabrás que todas las empresas de altura
caminan de; lo múltiple a lo uno.
Si no temiese yo violentar el poema,
te alabaría el cero de la Gran Beatitud;
no el cero de Robot, instalado en la nada,
sino el que magnifica la plenitud del Todo.
¿Y quien me pone ahora en este juego
de santas aritméticas?
Yo medía el desierto, y era sólo un desierto
que pisaba el desierto.

20
Mas, en su hora y su lugar exactos,
apareció ante mí no sé yo qué figura
semejante al aspecto del hombre (y no lo era).
Entre civil y militar, su flanco
derecho recogía ya las plumas vibrantes
(que así se pliega el ala de un halcón en reposo)
y su costado izquierdo revestía las piezas
de no sé qué armadura forjada en oricalco.
El Hombre (y no lo era) me parecía un genio
que demoraba el ojo y el quehacer
entre la exaltación y un combate previsto.
Si su mano derecha lanzaba los perfumes,
en su izquierda nacía ya un olor astringente
de futuras matanzas.
Y yo lo vi de pie sobre las dunas,
y me observaba el Hombre (y no lo era).

21
Me preguntó mi nombre:
yo lo había olvidado.
La ruta que seguía en los eriales
inquirió, y mi silencio le contaba el vacío:
en la Edad de Robot ya no importan los nombres
y una ruta es asfalto que se piensa en quilómetros.
Y no le hablé, y el Hombre preguntaba,
y entendí que lo hacía pro formula tan sólo.
Pues no ignoraba él ni mi nombre olvidado
ni mi ruta perdida,
como si los leyera de toda la eternidad
en algún libro abierto delante de sus ojos.
Y preguntaba el Hombre, y no le hablé.

22
Tras de lo cual el Hombre me tomó de la mano
y me condujo sobre las arenas
a una región o sitio no espacial
donde un árbol erguía su mástil absoluto.
Un árbol sólo yergue su columna,
y es una ubicación y no un Espacio.
Y puesto yo debajo de la copa frutal,
advertí que llovía desde sus espesuras
un relente de oro (no es un árbol común),
y que: voces tremendas, junto al árbol,
cantaban un idioma semejante a la risa
y al elogio fundidos,
como si allí recién el silencio afirmara
su música posible (no es un árbol cualquiera).

23
Y yo, la hechura de Robot, al pie
de un árbol que llovía y que cantaba,
pude observar en mí los efectos que siguen:
El relente del árbol empapó mis tejidos,
ablandó mis tendones, osaturas y médulas,
y renovó el azufre de mi sangre
y el fósforo quemado de mis nervios.
En simultaneidad, el idioma del árbol
suscitó mis retoños del alma y sus potencias:
en el muñón de un pie vi formarse otro pie
y un ala nueva en el muñón de un ala.

24
Por fin, ya restaurado en estructuras,
gocé de mi flamante primavera
con sus hojas y vinos, ignoro cuantos días:
es un acontecer y no es un Tiempo,
sí es una ubicación y no un Espacio.
Hasta que me ganó la inquietud amorosa
de regresar al orbe de Robot
y al planisferio de sus mutilados,
con el solo designio de llevar a la usina
mi lección y experiencia de la Gracia.
Y desande mi vía en el desierto,
con el talón liviano y el alma sin roturas.
Pero ya meditaba la muerte de Robot,
según un plan cruel en su justicia.
Entonces, de camino,
recogí en el erial
un puñado de arena.


25
Digo que al enfrentarme con Robot
yo había calculado los dos riesgos que siguen:
uno, el de las preguntas contenciosas
que irían al fichero de su caja interior;
y otro, el de su dialéctica infernal,
tendiente a promover y medir el vacío.
Por lo cual, en presencia de Robot,
y cuando el pedagogo ya iniciaba el discurso,
yo le arrojé a la boca
mi puñado de arena.
Se oyó en los mecanismos internos de Robot
un estallar de alambre y válvulas heridos:
trastabilló un instante sobre sus pies tozudos
y al fin se desplomó con fragores de lata.
Después, con un martillo, lo reduje a fragmentos
y sobre su chatarra bailé piadosamente.


26
Aquella danza mía no fue un acto de triunfo,
sino un gesto ritual.
Porque la muerte de Robot no es bella,
sino feliz por su alecciónamiento.
No digo más ahora que logré mi equilibrio:
ya estoy en el deslinde peligroso
de la sublimidad con el absurdo.
Si doy un paso al frente, me asumirá la luz,
y si lo doy atrás volveré a la tiniebla.
Por eso guardo la inmovilidad
que me reprochan hoy los aventados.
La muerte injusta de un insecto
perturbaría mi balanza.
Y si escribí el Poema de Robot,
no fue tras un reclamo de la literatura,
sino con la pasión de alertar a los hombres
que pueblan el infierno de Robot
y en la materia crasa de sus laboratorios
han sospechado un lustre de metales alquímicos.
Gloria al Señor, paz del Señor. Amén.
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lucas
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 10 Jul 2005
Mensajes: 2134
Ubicación: Buenos Aires

MensajePublicado: Dom Feb 19, 2006 10:15    Asunto: Responder citando

Autopsia de Creso http://foro.elaleph.com/viewtopic.php?t=23124
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Ileana
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Registrado: 18 Feb 2006
Mensajes: 57
Ubicación: BUENOS AIRES (ARGENTINA)

MensajePublicado: Dom Feb 19, 2006 10:36    Asunto: Responder citando

Surprised MONUMENTAL POEMA!
Gracias, Lucas, no lo conocía y me asombró la lucidez de Marechal!
(Monumental no por su extensión, sino por el sentido. Excelente!)
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Agustín Javier
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 26 Dic 2005
Mensajes: 1356

MensajePublicado: Lun Feb 20, 2006 18:03    Asunto: Responder citando

OLIVERIO GIRONDO*
por Leopoldo Marechal

Sus dientes saltan de la mandíbula,
como si huyeran a morder un fruto quimérico.
El casus belli de su melena
trae recuerdos de malón
y llora por las vinchas de plumas:
¡su melena no sabe
que lleva penachos de sueño!

Su voz
tiene una ronquera de estilos gauchos,
una detonación de fusil de chispa,
un sabor de ginebra pampa.
Los vocablos se despeinan en sus dientes
y estallan todos juntos, como una gruesa de cohetes...
Ha galopado por la tierra
en un parejero de locura,
arrojando sus boleadoras querandíes
sobre los paisajes huyentes como venados.
La Aventura en el anca de su potro
tiene percales de Vicente...

¡En sus cantos
hay una sal gruesa de fogón,
huidas de tropilla chúcara,
ayes de guitarra
cristalizados en chingolos de vidalita!
Ha vestido las ciudades del mundo
con el poncho y el chiripá
y les ha lavado los ojos turbios
con un pañuelo de amaneceres indianos...

Vuelto al pago, ahora,
ve llegar la volanta del porvenir.

*En Martín Fierro, Bs As, Nro 17, 17 de mayo de 1925.
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Floydian
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Registrado: 19 Feb 2006
Mensajes: 3
Ubicación: Pcia. de Bs As

MensajePublicado: Mar Feb 21, 2006 17:02    Asunto: El Centauro Responder citando

Salve patriada Marechaliana

Llegué a este maravilloso foro buscando lo que no pude encontrar, y que con un dejo de tristeza se me fue manifestando a medida que leía los comentarios (Algunos memorables).
El motivo raudo de éste -mi primer- comentario surgió de la intensa búsqueda internáutica a la que me vi sometido tras la lectura del Volumen I de "La Poesía" de las obras completas de Leopoldo Marechal, y más precisamente del Poema "El Centauro", ése que le valiera el merecido primer premio nacional de poesía del año 1941; el elogio de la crítica y la memorable carta de Roberto Arlt con palabras como: “Poéticamente, sos lo más grande que tenemos en habla castellana. Desde los tiempos de Rubén Darío, no se escribió nada semejante en dolida severidad.” que me decidió a querer conseguirme una copia.
Quiso el destino o la suerte (misma que me trajo) que no lo encontrara en este basto terreno de la información.
La decepción se convirtió en brío y así fue como me sumergí en la trascripción de esta maravilla que ahora con ustedes y su permiso me predispongo a compartir.


EL CENTAURO - 1940 (A Maria de los Ángeles)

En una tarde antigua
cuyo paso de loba
fue liviano a la tierra
pero no a la memoria,
extraviado el sendero
que ilumina la Rosa,
vi al Centauro dormido
junto al agua sonora.

Esto pasó en otoño,
cuando la selva entorna
sus parpados y olvida
la muerte de sus hojas,
cuando el sol pinta en Aries
el clavel de la aurora,
cuando los vientos gritan
y calla la paloma.

Perdido yo entre zarzas,
desnudo entre las rocas
hollaba la temida
floresta (¡en mala hora
mis pies abandonaron
el norte de la Rosa
por el zarzal doliente,
por las oscuras frondas!)

¿Fue acaso la impaciencia
del alma que a deshoras
ha encendido el aceite
de las vírgenes locas,
y buscando en la noche
mediodías y bodas
halla sólo el semblante
que le muestra la sombra?

Si arte fue de la noche,
si navío en zozobra,
¡que lo diga el Centauro!
Yo diré mi congoja;
porque duro es el viaje
y escondida la gloria
de hablar con un centauro
junto al agua sonora.

Todavía recuerdo
la hermosura tremenda
del antiguo animal
que dormía en la selva,
y el arrullo del agua
sin edad entre arenas
y flores que peleaban
su luminosa guerra:

Con el torso abrazado
de liqúenes y hiedras,
con la grupa en que ayer
jineteó la leyenda,
remontada en el aire
la flor de su cabeza
y los cuatro silencios
de sus patas en tierra,

parecía el Centauro
la figura secreta
de algún viaje que andaba
sin viajero ni estrella,
o el apretado libro
que aún guardaba la ciencia
de los frescos diluvios
y de la risa nueva.

Casi junto a sus manos,
en un brote de higuera
se mecía desnuda
la guitarra soberbia;
y a sus pies derramados,
el carcaj y las flechas
olvidaban al ciervo
de los ojos de almendra.

"¡En otra edad —me dije—
la trotadora bestia
fue dolor en el arco
y armonía en las cuerdas!
¡En otra edad sin nubes,
cuando los días eran
graciosos almirantes
bogando entre sirenas!"

Y como el alma entrase
ya toda en la pelea
de su tormento vivo
con su dulzura muerta,
puse freno al temor
y candado a la pena
por mirar al Centauro
y admirarle de cerca:

Bien ceñido a su frente
o enredado en sus greñas,
el laurel todavía
le formaba diadema;
en su barba de cobre
y en sus crines revueltas
se prendían zumbando
las melosas abejas.

Y tan rara virtud
se mostraba en aquella
gravedad de centauro,
que la sola excelencia
de su imagen dormida
me libró de cadenas,
y rendido a su gracia
no vi ya la floresta.

Porque, al mirarle, digo
que sentía en mi lengua
resucitar un gusto
de antiguas primaveras,
como si levantando
sus losas polvorientas
de pronto regresaran
los días de inocencia.

"Sólo duerme —pensé
con el alma suspensa—:
el sueño, y no la muerte,
lo abraza en su tiniebla.
Si alguien con voz de niño
se acercase a la puerta
del Centauro y llamara,
tal vez le respondiera.

"Y una canción de oro
sería la respuesta
del animal, si hablara
su lengua verdadera.
Pero la voz del niño
no canta ya en la tierra:
¡Ya no abrirá el Centauro
su boca de azucena!"

Y por mudar el grave
color de las ideas
que ya tejía el alma
volviendo a su querella,
me acerqué a la guitarra
y en el haz de sus cuerdas
hice correr mis dedos,
bien sabe Dios que apenas.

¡Nunca debió tocarlas
mano perecedera
ni tentar el silencio
de la música eterna!
Porque de la guitarra
sólo brotó una queja,
pero un escalofrío
recorrió la floresta.

Las hojas tiritaron
y lloró cada breña:
respondían los ecos
en lejanas cavernas.
Y entonces vi que al solo
clamor de la vihuela
reanimaba el Centauro
su figura de piedra.

Corrió un temblor de luces
en su pelaje oscuro:
la mano retiró
de su pecho velludo.
Sus ojos al abrirse
desgarraron el humo
de las quemadas horas
y los años difuntos.

Y una hermosa violencia
despertaba en el bruto:
con su cola barrió
la hojarasca y el musgo.
Quiso hablar, y en sus labios
pareció que de súbito
se rompía la cáscara
de silencio maduro.

Preguntó:
    
sin frutos?
(¡Aquella voz tenía
cadencias de diluvio!)
"¿Quién, vestido de sombras
y emboscado en su luto,
se atreve a profanar
la guitarra del júbilo?

"¿Quién, entregado al hierro,
codicia el oro puro,
y audaz en la sentencia
que le dictó el orgullo,
con sus manos de un día
quiere abrir el sepulcro
donde ya es polvo y nada
la juventud del mundo?"

Pedía una respuesta,
con el semblante adusto:
sus cascos impacientes
removieron el humus.
Entre la maravilla
del oído y el susto
de los ojos temblaba
mi deseo nocturno.

Le respondí:
    
"Centauro,
modera tus impulsos
y escucha las razones
que dicta el infortunio.
No el orgulloso alarde,
sino la incuria,
pudo llevar a tu guitarra
mis dedos vagabundos.

"Por entregarme al sueno
y equivocar el rumbo,
la Rosa me ha negado
su admirable saludo.
¡Y así crucé la hondura,
y estoy en tu refugio,
y enardecí las cuerdas,
y amaneció el preludio!"

No bien oyó el Centauro
mis templadas razones,
en su región de bestia
puso medida y orden;
y como si escuchase
palabras interiores,
se rindió a la dulzura
con la mitad del hombre.

"Forastero —me dijo—,
¡bien anuncian tus voces
la congoja del hierro
y el afán de la noche!
Cuando en la plata nueva
lucía el oro joven,
cuando el sol y la luna
se cambiaban amores,

el Centauro afinó
sus orejas, y dócil
al grito de las almas
que perdían el norte,
les enseñó la ciencia
de partir horizontes,
con los rumbos dorados
y las plumas veloces.

"Pero la gaya ciencia
se recató en el monte:
dormida está en su lecho
de fatigado bronce.
La buscas, y se niega;
la llamas, no responde.
¡Se han perdido las llaves
y no giran los goznes!"

Si empezó en la tristeza,
concluyó en el suspiro:
se nublaron sus ojos
de color de jacinto.
Pero ya se atrevía
la esperanza, y un ritmo
de Centauro habitaba
para siempre mi oído:

"¡Bien reconozco ahora
tu verdadero signo
—le dije— y tu palabra
caliente como el vino,
y atento a la fogosa.
primavera del himno,
ya recobra su audacia
mi deseo dormido!

"Centauro de otros días,
iniciador antiguo,
¡que abandonen tus remos
esa cárcel de limo!
¡Reviva en tus arterias
el furor extinguido!
¡Rompe tus duras líneas
y cabalga conmigo!

"Sin látigo ni espuela,
sin freno y sin estribo
crucemos la encantada
provincia del sigilo:
firme yo en tus riñones
y a tus crines prendido,
tú devolviendo al mundo
su llorado prodigio.

"Si es un viaje terrestre
(lo prefiero yo mismo),
¡que nos abra la tierra
sus puentes y caminos!
La tierra es venerable
y armonioso el oficio
de combatir dragones
resucitando idilios.

"Si es otro tu elemento,
galoparé contigo
la ruta que frecuentan
los caballos marinos;
o el sendero del aire,
donde tiene dominio
ya la pluma del ángel,
ya la garra del grifo.

"Pero si te inclinara
mi voz, nuestro destino
sería Buenos Aires,
la durmiente del río:
¡Tal vez al saludarnos
dijeran mis amigos
que, despertando amores,
llegamos de otro siglo!"

Mi ruego así clamaba,
y el Centauro al oírlo
pareció recobrar
un instante su brío
(tal un corcel añoso
que desde su retiro
vuelve a escuchar la voz
del metal aguerrido).

Pero templó sus fuegos
el animal cautivo,
como si le tirase
las riendas al instinto.
Se desmayó en sus ojos
el exaltado brillo:
sus sienes dibujaban
el gesto negativo.

Me respondió:
    
"Si pesas
al Centauro dormido,
justo hallarás el peso
de su carne y su signo:
si calla, la justicia
gobierna su mutismo;
si duerme, su reposo
no es obra de castigo.

"¿A qué llorar, buscando
primaverales ritmos,
cuando en el aire silban
las hoces del estío?
Y cuando entre sus hojas
negrean los racimos,
¿a qué plañir las flores
de rostro fugitivo?

"¡Que duerman en el polvo
los caballos antiguos:
ya no tendrán jinete
ni empresa ni albedrío!
Con sus proas ancladas
y sus remos partidos,
¡no zarparán ya nunca
los audaces navíos!

"Porque logró la tierra
su madurez y ha visto
fructificar el árbol
que se lloró perdido;
porque, Jasón del aire
y Ulises del abismo,
nos ha llegado el nuevo
Señor de los caminos."

No dijo más. A tierra
descendía su frente,
y aún cantaba su voz
en la cúpula verde:
ya el silencio sagrado
recogía en sus redes
el adiós de un centauro
y el anuncio de un héroe.

Pero, yo no alcanzaba
sus razones, de suerte
que atento a los peligros
de la noche creciente,
sólo entendía, ¡oh ciego!,
la renuncia solemne
de aquel maravilloso
corcel entre corceles.

Fue así que levantando
las armas relucientes
del cazador, le dije:
"No perdieron su temple.
Bien resiste la cuerda,
limpio el arco se tiende
y aún la flecha conoce
los caminos del éter.

"Cazador, si tus lomos
ya no admiten jinete
y en tus remos la audacia
desmayó para siempre,
¡que tu pulso de arquero
no desmaye, y que vuele
tu saeta en procura
de un regalo celeste!"

Me respondió:
    
"En el sueño
de las armas advierte
que llegó la dulzura
sobre campos de aceite.
Yo te anuncio al donoso
cazador, al perenne
sagitario que acecha
sin carcaj ni lebreles.

“Yo te anuncio al arquero
de la pena, más fuerte
que Nemrod y que Diana,
la señora de nieve.
Porque a la muerte misma
cazó y a la serpiente,
vestido con el traje
severo de la muerte."

Respondía otra vez
con el no a mis afanes:
otra vez humillaba
corazón y lenguaje.
De nuevo, ante la bestia,
reñían en mi sangre
la animosa esperanza
y el recelo cobarde.

Y como ya la noche
plantaba su estandarte
de hiel en las vencidas
almenas de la tarde,
buscando a la zozobra
de mi deseo un mástil,
puse otra vez los ojos
en el Centauro grave.

Le dije así:
    
"Que duerman,
arquero, tus metales,
ya que otra ley asume
la gloria y el combate.
Pero si la justicia
de rostro venerable
no se ha perdido, escucha
la voz del suplicante:

"Ya me negó el caballo
su equitación y viaje,
ya el cazador me niega
las frutas de su arte;
ya sólo a mi esperanza
le queda ese linaje
de furor armonioso
que animó tus cantares.

"¡Descuelga la guitarra
(bien sé que a su cordaje
no en vano se aproximan
los dedos musicales)!
¡Abrázala, Centauro,
contra tu pecho, y tañe!
¡La música recobre
sus limpias mocedades!"

Así le suplicaba,
pero volvió a negarse,
¡oh guitarrero inmóvil!,
¡oh guitarra sin ángel!
Me respondió:
    
"Esa caja
no ha de rendirse a nadie:
ya es mediodía y sobran
las cuerdas matinales.

"Bajada de los cielos
y vestida de carne
la Música en persona
visitó a los mortales,
para entonar el himno
que rompe toda cárcel
y apura los delfines
de Arión el navegante.

"Si bien tañía Orfeo,
cuando por escucharle
bajaban de sus grutas
rayados animales,
¡no hay tierra que desoiga
ni cielos que no alaben
al Tañedor que pisa
las aguas sin mojarse!"

Negado a mis fervores,
pero atento a mi lucha,
tercera vez me hablaba
con signos y figuras.
¡Qué remontado el aire
de la bestia crinuda!
Su misterioso idioma,
¡qué cerca de la música!

Le dije al fin:
    
"Entiendo
que ya no queda ruta
por donde hasta la Rosa
me lleve la fortuna.
Tres veces ha quebrado
rni anhelo en tu cordura:
me dirigí a tres puertas
y no se abrió ninguna.

"Pues bien, si tus razones
otra verdad anuncian
y sí otro amor deshace
las viejas ataduras,
¡dime, Centauro, al menos
en qué tierra se oculta:
si flechero, en qué bosque,
si cantor, en qué gruta!"

Y respondió el Centauro:
"No esconde su dulzura
ni se rinde a las armas
del rigor o la astucia.

Porque sale al encuentro
de la sed que le busca:
porque su canto hiere
las orejas nocturnas."

En torno del Centauro
crecía la penumbra:
su cuerno de novilla
levantaba la luna.
Con el deseo en llamas
y la razón a oscuras
quise tentar el juego
de las palabras últimas:

"Y tu virtud —le dije—,
¿ya no dará su fruta?
"¿Ya no tendrás, arquero,
trabajos y aventuras?"
Apoyada en el hombro
la cabeza greñuda,
náufrago ya del sueño,
dijo el Centauro:
    
    
    
"Nunca".

Y aquel nunca final
recorrió la espesura:
los vientos agitaban
sus banderas de furia.
Después cayó la noche,
y en la selva profunda
se construyó el silencio
sobre firmes columnas.




Ese "nunca" final es tan memorable como el nevermore del poema The Raven de Poe. Piezas maestras de un eufonismo inigualables, sin duda...

Perdón por la brevedad y gracias por el espacio.
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lucas
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Registrado: 10 Jul 2005
Mensajes: 2134
Ubicación: Buenos Aires

MensajePublicado: Mar Feb 21, 2006 17:21    Asunto: Responder citando

Muchísimas gracias Floydian, realmente es muy poco lo que se encuentra en Internet de Marechal, lo que hiciste ayuda mucho a difundirlo.
Saludos
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