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Ingrid Terrile



 
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Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12557
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Feb 27, 2004 10:37    Asunto: Ingrid Terrile Responder citando

Ingrid Terrile

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Marcelo di Marco
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Feb 27, 2004 10:43    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica

Me han pedido que me presentara. Nada más difícil para mí, pero lo intentaré.
Ingrid Terrile, nacida en Buenos Aires el 17 de enero de 1959. De profesión médica cardióloga. Navegante de los mundos reales de la ciencia y de los ficcionales de la literatura.
Muchas veces he querido rememorar el camino que me trajo hasta la escritura, y siempre me pierdo en alguna hondonada. Sólo puedo afirmar que todo comenzó en la lectura —lo que mejor nos define—: primero fueron los cuentos infantiles, más tarde las novelas Mujercitas, Corazón (inolvidable) y tantas otras historias; durante la adolescencia, en el Colegio Nacional de Buenos Aires, fui sumando nombres: Homero, César, Terencio, Ovidio y Horacio; Cortázar, Manucho, Borges y Arlt. Bradbury, Asimov y Dostoievsky me acompañaban en mi tiempo libre de vacaciones. En la "Dante Alighieri" me encontré con los grandes de Italia: Dante, Petrarca y Bocaccio, Cavalcanti, Ariosto y Tasso. Ya médica y becada por dos años en Roma, comencé a descubrir a Italo Calvino, Umberto Eco y Curzio Malaparte. De vuelta a mi ciudad natal, guiada por Marcelo di Marco, mi mundo literario se amplió con muchos otros nombres: Conrad, Maupassant, Dahl, Stevenson, Hemingway, James.
Con Marcelo aprendí que mi universo no sólo pertenece a la ciencia de los cuerpos humanos. Aprendí que hay todavía infinitas vidas por vivir en cada renglón en blanco.
Y así comencé a escribir.
Desde hace diez años, intento llenar el blanco de esos renglones con palabras que el lector pueda disfrutar.
Pero lo que aún no he podido responderme es esta pregunta: ¿por qué escribir ficción? Quizá por la misma razón que aquel primer hombre en Sumeria talló en sus tablillas de arcilla la gesta de Gilgamesh, el rey de Uruk, con la ilusión, tal vez, de conseguir con su escritura la inmortalidad que los dioses le habían negado.
¿Escribimos para ser eternos? Puede ser que sí, que cada personaje, que cada historia nuestra que quede en la memoria de un lector nos haga inmortales frente a los hombres; de ahí la necesidad de publicar, de dedicar a otros nuestras palabras. De ahí la necesidad de seguir escribiendo todos los días, de someternos a la dura disciplina de la corrección, de exponernos a las críticas y a las alabanzas.
Tal vez escriba buscando la inmortalidad de este mundo mientras el tiempo nos va acercando inexorablemente a la verdadera eternidad: la del alma en el paraíso, junto a Dios.
O tal vez lo haga sólo por placer.
Lo único seguro es que no puedo dejar de escribir.
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Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
Mensajes: 12557
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Feb 27, 2004 10:46    Asunto: Responder citando

El mismo silencio de siempre



I


Me levanté y fui a la otra habitación. A un costado del ataúd, frente a mi prima Ofelia y a Mónica, mi hermana, me quedé mirando cómo una mosca verde revoloteaba encima de los labios amoratados de tía Anaclelia.
El calor era agobiante, concentraba el tufo de las flores y del cadáver. La tía, ajena ya al molesto zumbido del insecto, conservaba la misma expresión áspera que en vida. Pensé que en realidad era al revés; que la tía, mientras estuvo viva, siempre había lucido las facciones de la Parca. Me abaniqué con un folleto de propaganda de la casa de velatorios, que describía las bondades de aquel recinto siempre lleno de muerte. Sin apartar mi vista del cuerpo, miré de reojo a Ofelia y a Mónica. También ellas tenían su mirada fija en la finada. Era una mirada indiferente. No ocultaba pensamientos, no callaba ningún discurso.
De repente nos vi a las tres, sentadas a la mesa en el vetusto comedor de la casona de Caballito. Los muebles oscuros y pesados; la única ventana que nos comunicaba con el exterior, tapada por los cortinados grises. De un lado de la mesa nos sentábamos Mónica y yo; del otro, Ofelia y María, mi prima ciega de nacimiento. Desde la cabecera, en la penumbra del cuarto —la araña permanecía siempre a medio encender, para ahorrar luz—, la tía Anaclelia repartía los platos, acompañando cada gesto con una orden: "María, siéntate derecha. Ofelia, no apoyes los codos en la mesa. Mónica, no le hables así a María".
Odiábamos esa casa. Nunca hablábamos de eso ni de la tía. Nuestro universo mudo no necesitaba de palabras para unirnos, para crear su propio lenguaje.
Antes de ir a dormir, debíamos rezar y arrepentirnos de nuestros pecados. Pero el ritual distaba mucho de ser un momento de calma. "Sin dolor no hay redención" repetía todas las noches la tía Anaclelia, y nos entraba en un cuarto, pequeño, pestilente, en el que había una desteñida imagen de Cristo crucificado pegada en una de las paredes. Muchos años más tarde, vi esta escenografía repetida en una película en la tele. Tía Anaclelia nos obligaba a arrodillarnos sobre unos almohadones rellenos de granos de maíz y abrojos, que nos martirizaban las rodillas. Rezábamos frente a la imagen del Cristo hasta que el dolor nos hacía llorar. Los viernes de Pascua —el arrepentimiento debía ser más convincente— juntaba los almohadones para formar una especie de colchón y nos obligaba a dormir sobre ellos.
¿Cuándo se nos cruzó por primera vez la idea de matarla ?
¿Cuándo sentimos esa necesidad?
Quizá fue cuando éramos pequeñas. Lo cierto es que la idea de su muerte se fue convirtiendo en un inquietante deseo, un ansia que compartíamos en silencio las tres: Ofelia, Mónica y yo —María, pobrecita, de haber seguido viviendo en la casa, seguramente se hubiera sumado; pero a los diez años fue despachada a un instituto para ciegos, con la excusa de rehabilitarla. La verdadera razón era que la tía Anaclelia se avergonzaba de tener en la familia a una mujer con una aberración física que espantaría, sin más ni más, a nuestros posibles candidatos.
Todas sabíamos, pero callábamos.
La ganas de verla muerta se fortalecían a medida que íbamos creciendo. Pero no lo confesamos hasta varios años después, cuando ideamos nuestro plan.
Ya adolescentes, teníamos tiempo de sobra: la tía Anaclelia jamás nos dejó pisar un colegio; nos había enseñado a escribir, a leer y también un poco de matemática elemental. "Con eso les sobra".
La vida de la tía Anaclelia se centró, entonces, en la búsqueda de los candidatos adecuados. Yo odiaba aquella palabra: me forzaba a creer que el amor era algo así como una campaña política en la que estaba obligada a ganar.
Las cosas empeoraron cuando Ofelia se enamoró de Atilio, un empleado del bazar de la esquina. Por supuesto, la tía Anaclelia lo descalificó de entrada: hijo de divorciados, con ideas modernas, estaba muy lejos de ser lo que la tía Anaclelia tenía pensado para Ofelia.
Pero Ofelia luchó contra la oposición de la tía, que no perdía oportunidad para levantar su ponzoñosa voz en contra de "ese individuo". Al ver que Ofelia no se daba por vencida, la maldita cambió de táctica: comenzaron los desmayos, los vahídos, los interminables días en que se encerraba en su habitación sufriendo terribles ataques de una enfermedad inventada.
Una noche, como Ofelia tardaba demasiado en llegar, la tía Anaclelia aprovechó para cortarse las venas con un cuchillo de la cocina.
Viéndola internada, terminé de darme cuenta de que la vida sin ella sería mucho mejor.
Pero sobrevivió. Y, a partir de aquel día, cuando volvió a la casa, la situación cambió para peor.
Ofelia tuvo que dejar de ver a Atilio. No lloró, no dijo una sola palabra.
Nos transformamos en verdaderas esclavas de hasta los más mínimos deseos de aquella arpía. Pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, y desde ahí gritaba sus órdenes. Debíamos bañarla, alimentarla, ocuparnos de todo. No se la podía contradecir: "Esta vez me mato en serio", nos amenazaba.
Durante el día nos manteníamos ocupadas en cualquier cosa, cada una en lo suyo. Por la noche, la tía Anaclelia seguía humillándonos con su voz ronca: "Esta comida es un asco"; "El agua del baño está hirviendo, ¿me quieren matar?". Nosotras seguíamos callando, escondíamos nuestras vidas en un silencio oscuro, compacto, que transformó el caserón en un verdadero cementerio. Vivíamos en una casa fantasma que ya no reconocía otra voz humana que la de la tía.
Una noche, después de una semana en que la vieja se había encerrado en su habitación sin siquiera bajar a cenar, pretextando una terrible jaqueca, nos reunimos las tres, por primera vez en muchos años —por única vez—, en la habitación de Ofelia. Permanecimos largo rato mirándonos, escudriñando nuestros pensamientos.
Hasta que Mónica habló:
—Tenemos que matarla.
Lo dijo así, con esas tres palabras definitivas.
No hubo discusión. Intercambiamos algunas ideas sobre el plan. Luego, sólo restó colocar mínimas dosis de veneno en la cena de la tía.
Al cabo de un año, la tía Anaclelia había perdido la potencia de su voz. Se eclipsaba, languidecía, cada vez más huesuda. Perdía el pelo.
La casa seguía en silencio, pero era un silencio diferente.
Ayer, finalmente murió.


II

Sigo con los ojos fijos en la expresión del cadáver. La mosca zumba en mi oído. La aparto violentamente, antes de que pueda tocarme. Me repugna la sola idea de que se ha posado previamente sobre aquella carne podrida. Mi prima y mi hermana me miran. Con un gesto casi imperceptible, nos ponemos de acuerdo para salir de aquella habitación y sentarnos en un sillón del salón contiguo. Lo hacemos lentamente, ya no somos jóvenes.
Y nos quedamos allí, en silencio.


III

Ya hace muchos años de todo aquello.
Vendimos la casa.
Ofelia, Mónica y yo intentamos hacer nuestras vidas. No nos vemos nunca.
Pero a veces, por la noche, en la negrura de mi habitación, yo pienso en tía Anaclelia. Y siento un gran deseo de hablar con Ofelia o con Mónica. Entonces me levanto, marco, y cuando oigo la otra voz en el teléfono, cuelgo. Entonces, vuelvo a mi habitación, a mi insomnio, y me quedo allí, escuchando el silencio.
A veces el teléfono suena de madrugada. Atiendo, pero es sólo un clic.
Y, después, el silencio.
El mismo silencio de siempre.
El mismo silencio de la vieja casona.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Sab Feb 28, 2004 17:55    Asunto: Responder citando

La zozobra y el alma


A veces, esa incompleta percepción que llamamos realidad se agrieta, forma hendiduras, pasajes incomprensibles para nuestra razón. Y nos sorprendemos buscando enfurecidos unas llaves, un libro, objetos que hasta pocos minutos antes creíamos ubicar sin problemas. Objetos que se "perdieron", devorados por un espacio y un tiempo ajenos a nuestro universo.
Así fue como se perdió mi reloj despertador, así fue cómo comenzó todo.


Aquella mañana, ya no me acuerdo cuánto hace —mi noción actual del tiempo no es definible— me fui despertando lentamente. Todavía con los ojos cerrados, atrapado en esa duermevela imprecisa en que los sueños luchan con la conciencia, embotado por una pálida claridad que penetraba por las anchas rendijas de las persianas gastadas, estiré la mano para alcanzar mi reloj despertador; pero sólo reconocí en el tanteo la suave porcelana del velador y el borde filoso del portarretratos. Me giré hacia la mesita de luz, dispuesto a abrir por fin del todo los ojos en busca del cuadrante de números fosforescentes. Entonces me di cuenta: mi reloj despertador no estaba. Recordé que la noche anterior, luego de darle cuerda, lo había dejado sobre la mesita. Quizá lo habría tirado al piso de un manotazo mientras dormía. Me acerqué al borde del colchón, investigué debajo de la cama: nada.
Con la sensación de haber comenzado mal el día, me levanté y miré la hora en mi reloj pulsera, como siempre sobre la cómoda. Ya era tarde, y había convenido encontrarme con el jefe del departamento quirúrgico antes de entrar al quirófano; sin embargo, el malestar y el malhumor pudieron más que mi habitual puntualidad. Aparté las mesitas de luz, repté como una víbora por debajo de la cama, recorrí cada estante de la biblioteca. Mi reloj de latón plateado y sonido metálico, el que había elegido Amanda en una feria hippie en California durante nuestro viaje de bodas, sencillamente no estaba, se había esfumado. Seguí buscando por todos los rincones visibles, corriendo sillas, mesas, alfombras, todo lo que se me cruzaba.
Me senté en la cama, y toda mi irracional obstinación se convirtió en un asfixiante desconsuelo. Desde el portarretratos, los ojos claros de Amanda, su cara redonda y llena de pecas, se reían. Apagué la velita de noche que lo iluminaba. La prendía una vez por mes, desde el día de su entierro hacía ya tres años: "Para que las almas que se fueron no pierdan su camino" me había enseñado mi abuela, y aunque no creía en esas cosas, seguí su consejo. Acaricié la foto, y en el frío contacto del vidrio abarqué la dimensión plena de su ausencia. Apreté el retrato sobre mi pecho desnudo, como si mis latidos fueran capaces de transmitirle vida. Y ya no tuve fuerzas para levantarme.
Sonó el teléfono: me reclamaban en quirófano. Me vestí y salí rumbo al hospital. Durante el viaje no pude dejar de evocar los mejores momentos con Amanda. Sí, la había querido mucho, con un amor imperfecto como todo amor humano.
Recordé las palabras de Jorge, mi amigo anestesista, al que le gustaba filosofar: "Nosotros anestesiamos el cuerpo, la ignorancia anestesia la zozobra del espíritu; pero sólo el tiempo, el movimiento perpetuo de las agujas del destino en el cuadrante del universo, es capaz de calmar el dolor del alma".
Y las agujas habían seguido moviéndose y el tiempo pasando y la rutina y el trabajo y ocasionalmente otras mujeres...


Cuando regresé a casa por la noche, bastó que abriese la puerta para recordar el reloj despertador. La necesidad de encontrarlo, desdibujada durante el día, volvía para atraparme en un laberíntico circuito de búsqueda que repetí varias veces antes de darme por vencido.
Me acosté tarde y me dormí rápidamente. Hubiera deseado ver a Amanda en mis sueños.
Pero no hubo sueños, sólo una profunda "nada" peor que cualquier pesadilla. A la mañana siguiente, me desperté con la boca empastada y una fuerte jaqueca.
Lo que siguió fue un desfile de días anodinos de los cuales nada interesante tengo para contar.
Hasta aquella noche, la noche en que apareció mi reloj despertador.
Sentado en la cama, revisaba muy concentrado unos papers sobre cirugía cardíaca que desde hacía semanas habían aguardado mi lectura. Pero de repente, al pasar de una hoja a otra, percibí con inexplicable certeza que algo estaba fuera de lugar. Una imagen fugaz, indefinida, se entrometía en mi campo visual. Escruté a mi alrededor por encima de mis anteojos.
Ahí lo vi: mi reloj de latón, con sus números fosforescentes encendidos en la penumbra de un rincón, entre la cómoda y la biblioteca. Suspendido en el aire, subía y bajaba unos milímetros como si siguiera el ritmo de una respiración.
Me levanté pensando que no era más que el resultado de un espejismo, una simple ilusión óptica o quizás un juego macabro de la mente. Acerqué la mano a esa forma fantasmagórica e intenté asirla. Mi brazo atravesó la imagen como si fuera una película proyectada sobre la pared. Retiré la mano con un escalofrío. Probé de nuevo, y esta vez atravesé también la pared, que como una boca hambrienta devoró todo mi brazo. No tuve tiempo de apartarlo: fui succionado, tragado por la materia que se abría, se diluía a mi alrededor. De repente me encontré en un espacio que latía y se expandía hasta la infinitud.
Flotaba en efluvios que adormecían mi razón, rodeado de remolinos de sustancias misteriosas, colores, imágenes que se descomponían en sus átomos primordiales. Y en medio de esa ingravidez, intuí lo imposible: Amanda estaba allí. Distinguí su perfume, escuché su risa, su presencia intangible se me reveló exuberante. Su piel fue mi piel; su boca, mi boca; sus ojos, los míos. Éramos dos y éramos uno, no en el goce lujurioso de la carne sino en un desmedido júbilo del ser, en la epifanía de un amor más allá de lo imaginable.
Navegué, abrazado a esa incomprensible manifestación de Amanda; me entregué con deleite, me dejé asediar, prisionero de armonías delicadas y sedosas.
Y cuando todo comenzó a serme cautivadoramente familiar, de repente ahí me vi, de nuevo frente al árido ángulo de la pared entre la cómoda y la biblioteca, sin que pudiera encontrar en él más que las manchas de humedad de siempre.
Observé la habitación confundido: todo igual.
Volví tambaleando a la cama. ¿Habría caminado dormido? No me conocía sonámbulo.¿Habría sido una ensoñación? ¿Mis sentidos se habrían ido embotando hasta su total desaparición?
Tomé mi paper, recordaba una a una las últimas frases en que me había concentrado hasta que fui en dirección del reloj despertador.
Alucinaciones, locura... Me estremecí de sólo pensarlo.
Desde la mesita de luz, el retrato de Amanda me seguía sonriendo; en el rincón, el reloj ya no brillaba.


A nadie le confié lo sucedido. Esperé que la extrañeza padecida desde aquel encuentro se fuese diluyendo. No fue así: se me pegaba cada vez más; se iba moldeando, definiendo su forma.
Hasta que un día se me presentó tal como era: una verdadera conciencia de vacío, una inexorable necesidad de volver a Amanda se apropió por completo de mi voluntad.
El mundo real comenzó a despeñarse.
Apenas podía mantener mi atención. Al acostarme, repetía como en un ritual cada movimiento, cada una de las acciones de aquella noche; llevaba el mismo paper y lo leía una y otra vez, esperando que el hechizo se repitiese. Pasé madrugadas enteras con la mirada puesta en el rincón entre la cómoda y la biblioteca, esperando que mi reloj se materializara y abriera la brecha que me llevaría hasta Amanda.
Comprendí finalmente que la dimensión que buscaba no pertenecía al mundo de la vigilia.
Y entonces, como Orfeo, descendí a los infiernos.
Consumí hipnóticos cada vez más fuertes. Pero sólo aparecían imágenes inconexas, mundos insustanciales que nada me dejaban.
Probé luego con el alcohol. Me emborrachaba hasta que caía. Monstruosos relojes caníbales me perseguían por bosques enmarañados y devoraban mis brazos en medio de sardónicas carcajadas.
Más de una mañana amanecí durmiendo en el suelo, apoyado en el ángulo de la pared, con mis dedos sangrando de tanto arañarla. Pero cuantas más copas vaciaba, más me iba vaciando yo mismo.
Ya casi al final del camino, doblé la apuesta: busqué en el opio la puerta que me llevara al reencuentro con Amanda. Fumaba a la manera oriental, recostado sobre dos gruesos almohadones, mirando las figuras sinuosas, delicadas, que formaban las volutas de humo; acariciándolas, imaginaba el contorno de Amanda en ellas hasta que el sopor de la droga me apresaba. Y en ese sopor visité universos lujuriosos, atiborrados de mujeres obscenas, de relojes como faunos desnudos que marcaban las horas con sus falos erectos. Otras veces, transité sin proponérmelo las tribulaciones de mi alma, la pesadumbre de mis recuerdos más lejanos.
Pero no volví a Amanda.


Ya hace rato —poco o mucho, a quién puede importarle—que no tomo sedantes, no bebo, no fumo opio.
Mi vida, la que puedo ver y palpar, se ha reducido a este cuarto del que casi no salgo. Miro el rincón entre la cómoda y la biblioteca, y el tiempo ya no tiene sentido.
A veces, más de una vez lo he hecho, me paro frente al espejo con una pistola apuntando al corazón o con el bisturí sobre mi cuello. Y yo, yo que no tuve otra religión que el poder sanador de mi escalpelo, encubro mi cobardía en palabras que alguna vez escuché: Quien muere por mano propia no tiene derecho al paraíso.
¿Y dónde sino en el paraíso, volveré a encontrar a Amanda?
Entonces, permanezco acá en esta habitación, apoyando mi desvencijado cuerpo —hace días inmensurables que no como, y ya no recuerdo la última vez que me sentí limpio— sobre la sombría madera de un sillón.
Mi mano temblorosa rasga las hojas de este cuaderno ajado, estropeado como mi vida, con estas palabras huérfanas de herencia. Quizá para tratar de comprender o quizá para evitar la verdad.
Y, mientras escribo, hay un ritmo constante que se repite dentro de mí: el golpeteo metálico de las agujas de un reloj que marca las horas inútiles de mi existencia.
Que marca el abismo intransitable que me separa de Amanda.
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