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Matías Orta



 
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Autor Mensaje
Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Mie Jul 21, 2004 19:27    Asunto: Matías Orta Responder citando

Matías Orta


Ultima edición por Marcelo di Marco el Mie Jul 21, 2004 20:20, editado 1 vez
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Jul 21, 2004 19:29    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica

Qué tal, lectores. Mi nombre es Matías Orta. Nací en diciembre de 1980 en Lanús, provincia de Buenos Aires. Los primeros años de mi vida no fueron del todo agradables. De alguna manera, las películas y los libros me salvaron de la locura. Lo que fuera con tal de escapar de la realidad. Así que no es casualidad que mis autores favoritos estén ligados al género fantástico y de horror: Edgar Allan Poe, Stephen King, Clive Barker, Saki, Richard Matheson, Robert Louis Stevenson, un poco de Lovecraft y sus mitos... Pero también disfruto de J. D. Salinger, Brett Easton Ellis, y de novelas como El señor de las moscas, La fábrica de las avispas y La playa (que sigue siendo un material muy retorcido), además de cualquier buena antología. De los denominados clásicos, Shakespeare y su demoledora potencia dramática. También estudio cine y espero convertirme en un director importante.
En 1997, con mi cuento "Un Nuevo Orden Mundial", obtuve el premio Más Allá (versión estudiantes secundarios), dedicado a la ciencia-ficción y a la fantasía. Por aquel entonces contaba con dieciséis primaveras. No obstante, mi trayectoria como cuentista es algo pobre. Es que me pasé los últimos años escribiendo Y ellos vendrán a devorarte, mi primera novela. Ahora voy por la segunda, El winner. Y tengo ideas para al menos cinco más.
Los siguientes relatos pueden gustar o no, pero jamás pasarán desapercibidos.
Vamos, compruébenlo si se atreven.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Jul 21, 2004 20:18    Asunto: Responder citando

Jugando a la familia


Sin hermanitos ni amigas con quienes jugar, a Sol la vida le resultaba bastante aburrida y triste. En la Sala Verde no se llevaba bien con nadie. Eleonora, la vieja que la cuidaba, no le permitía salir a la calle ni ver televisión, y siempre la obligaba de mal modo a hacer la tarea. En cuanto a papá y mamá, nada de diversión: lo único que querían hacer no bien regresaban del trabajo era comer algo y dormir. Y cuando tenían tiempo la ponían a jugar con cosas feas, como las damas, o le compraban horribles muñecas que parecían monstruos. ¡Todo era tan deprimente!
Pero cuando se enteró de que el tío Willy vendría al asado del domingo, Sol se puso a cantar y a bailar por toda la casa.
El tío Willy era lo máximo, la única persona que la hacía feliz. A diferencia de los demás, parecía tener tiempo para todo. Se la pasaba contando chistes y haciendo voces de animales, cosas que Sol disfrutaba. Con el tío Willy podía jugar a la mancha, a la escondida. La llevaba a pasear, corrían carreras por el patio.
Y también jugaban con las hermosas muñecas y ositos de peluche que él le traía. "Mi hijita postiza", solía decirle el tío. Sol no sabía lo que eso significaba, pero pensó que, viniendo del tío Willy, debía ser algo buenísimo.
Sí, el tío Willy era genial. ¡Y vendría de visita!


Por fin llegó el domingo.
La casa comenzó a llenarse de parientes, uno más aburrido que el otro. ¡Pero de repente apareció el tío Willy cargando un enorme paquete rosa!
—¡Tío!
Sol se lo arrebató, y al deshacer el envoltorio no pudo creerlo: ¡el precioso bebote que tanto ansiaba y que el malo de papá no quería comprarle!
—¿Te gusta? Viene con cuna y todo.
—Me encanta, tío Willy. Le voy a poner… Luli le voy a poner. Luli, eso.
—¿Luli? Bonito nombre.
—Vayamos a jugar con él.
—Por supuesto —vieron que todos se sentaban a la mesa—. Me parece que el asado ya está, así que dejémoslo para después de comer, ¿sí? Después de comer jugamos a todo lo que quieras.
Contenta, Sol abrazó al tío Willy y, tal como le había enseñado mamá, agradeció el regalo.
El asado y las ensaladas eran abundantes, pero, como ocurría a menudo, nadie pudo comer bien: no dejaban de reírse de los chistes y las historias del tío Willy.
—¡Qué maestro, che! —le dijo el tío Osvaldo.
—¡Vos sí que sos un loco, Willy! —dijo el abuelo José.
Sol no comprendía aquellos chistes. Eran diferentes de los que le contaba solamente a ella. Fue hasta el asiento del tío Willy.
—Juguemos a la escondida, tío.
Sol vio que el resto de la familia la miraba, enternecida.
—Acá adentro, no —dijo papá, terminante.
—Afuera hace frío —dijo el tío Willy—, y recién terminamos de comer.
Aun cuando le decía que no a alguna cosa, el tío Willy seguía siendo muy simpático y bueno.
—Podrían ir a jugar con la muñeca nueva —propuso mamá.
—¡Claro! —dijo el tío Alberto—. A la familia jueguen.
La madre sonrió:
—Es lo que jugábamos nosotros cuando éramos chicos, ¿te acordás?
—¡Qué buena idea! —dijo Sol, contenta. Ella también jugaba a la familia, y bastante seguido. Disfrutaba siendo una mamá buena y cariñosa.
Agarrados de la mano, Sol y el tío Willy fueron al piso de arriba. Los demás se habían puesto a charlar en voz muy alta. Por suerte, cuando entraron a la habitación de la niña y cerraron la puerta, ya no se sintió mucho.
—Me encanta tu cuarto —dijo el tío Willy, mirando a todas partes—. Siempre tan prolijo.
A Sol le gustó el elogio: aquella mañana se había encargado de hacer la cama ella solita; incluso había limpiado el piso y los muebles. El tío no debía ver nada sucio.
El tío se agachó juntó a Luli, que dormía en la cuna.
—Estaba cansado por el viaje —dijo Sol—. Ya se está por despertar.
—¿Empezamos a jugar? —el tío Willy agarró a Luli.
—Sí. Yo soy la mamá, vos el papá y Luli nuestra hijita, ¿dale?
—Perfecto.
Sol fue hasta el baúl de los chiches y sacó un juego de tazas y platos que el tío le había regalado en la visita anterior, y preparó el desayuno. Al tío le gustó, como siempre, y también a Luli. Después vieron tele, cruzaron la calle, pasearon por el zoológico de Disneylandia... y volvieron a casa, listos para dormir.
Mientras Sol acunaba a Luli, el tío Willy dijo:
—Ya que somos padres, pensaba...
—¿Sí?
—Pensaba que podríamos hacer lo que hacen todos los papis, Sol.
—No te entiendo.
—Los papis de verdad hacen cosas que a vos no te dejan ver, pero que son muy interesantes. Podríamos hacerlas, ¿te parece?
Sol seguía sin entender.
—No, no entiendo —dijo—. ¿Qué hacen los papis?
El tío cerró la puerta con llave.
—Los papis hacen… —le dijo, al tiempo que se arrodillaba junto a ella—. Hacen cosas como esta —y la besó.
Sol se quedó desconcertada. Siempre le daban besos en la mejilla, nunca en la boca.
Como tenía por costumbre, el tío comenzó a acariciarle el pelo. Y después hizo algo distinto: la mano bajó al brazo, siguió por la cintura. Y llegó a la cola, que apretó fuertemente.
Sol recordó que mamá y papá sí se besaban en los labios y se tocaban el cuerpo, y volvió a sonreír. El tío Willy tenía razón: estaban haciendo algo que hacían todos los papis.
El tío comenzó a bajarse el cierre del pantalón. De la bragueta abierta sacó algo llamativo. Era como un gusano rojo y feo, que se volvía cada vez más gordo.
A Sol le causó mucha gracia, y más cuando el tío apretó al gusano y comenzó a sacudirlo. ¿Papá también tendría uno de esos? ¿Haría papá lo mismo?
—Vení.
Sol no se atrevía. Aquella cosita era cómica, pero le daba miedo tenerla tan cerca.
—Vení. Acercate.
Un terrible chorro salió del gusanito y le empapó el buzo y la alfombra del piso. Descubrió que también había alcanzado a Luli: toda la carita estaba enchastrada de un líquido blanco, como una leche pegajosa.
—La manchaste, tío —Sol empezó a limpiarla con la manga de su buzo.
—Podrías —dijo el tío cariñosamente—, podrías limpiarla con la lengua.
Sol puso cara de asco.
—¿Con la lengua?
—Con la lengua.
—¿Esto también hacen los papis? Papá y mamá, no.
—Lo hacen todo el tiempo.
Sol obedeció. Probó con la punta de la lengua y puso cara de asco.
—No me gusta —miró al tío Willy. Era el juego más extraño y asqueroso que había jugado jamás.
—¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta jugar conmigo?
—Me encanta jugar con vos.
—¿Y entonces, Sol? Vamos, lamelo como un gatito.
Sol sonrió y se acercó otra vez a la cara de la muñeca. Al principio tuvo arcadas, pero luego se acostumbró.
—Eso. Ahora acostate en la cama.
Sol hizo caso.
—Boca abajo acostate.
El juego se hacía cada vez más extraño, pero Sol no podía dejarlo. ¿En dónde había aprendido el tío aquellas cosas?
—¿Y ahora qué, tío?
Unas manos comenzaron a sacarle los pantaloncitos. Ahora le acariciaban la cola. Sintió algo húmedo, algo mojado y largo justo en el agujero de hacer caca. ¿Sería el gusanito, que quería meterse como se había metido en el tío?
—Qué me va a pasar.
Oyó que el tío se subía a la cama, justo sobre ella.
—Los papis siempre se acuestan juntos —dijo—, ¿te acordás?


—¡Sol! ¡Willy! ¡Bajen, que se están perdiendo el postre!
—¡Ahora bajamos! —contestó el tío.
Sol sintió que el tío se bajaba de la cama.
—Yo nunca te pido nada —dijo el tío Willy mientras se subía los pantalones—. Pero esta vez voy a pedirte algo.
Sol trató de pararse, pero le dolía. El tío la ayudó a ponerse el pantalón.
— De esta parte del juego no hables con nadie. ¿Está bien?
—Está bien.
—Juralo, como te enseñó tu papá.
—Lo juro.
Bajaron al comedor, donde todos charlaban. Había helado de chocolate y frutilla.
—¿Jugaron mucho? —preguntó mamá.
—No divertimos como locos —dijo el tío, sonriente.
—¿Cómo sos, eh? —Mamá rió—. La consentís demasiado, Willy.
—No me molesta para nada.
De repente mamá puso cara de preocupación.
—¿Estuviste llorando, Sol?
—En un momento se cayó y lloró un poco —el tío miró a Sol y le acarició el pelo—. Pero la abracé y se tranquilizó. Es una divina.
Se sentaron a la mesa. Sol no tenía demasiada hambre, pero vio que el tío comía a lo bestia.
Le gustaba verlo tan feliz.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Jul 21, 2004 20:44    Asunto: Responder citando

Algo por solucionar

No hay nada más divertido que estar en mi habitación y jugar con Coco y con Pluto. Coco es mi monito de peluche, siempre sonriente. Pluto es el perro naranja, de ojos grandes. Como el de los dibujitos. Hago que son soldados. Les pregunto si están listos para luchar contra el enemigo. No pueden mover la boca, pero sé que están listos. Dicen que son unos muñecos feos y sucios, pero para mí son mis mejores amigos. Los únicos amigos que tengo en el mundo.
Ruido de llaves.
Seguro es papá, que viene del trabajo. ¿Estará contento o enojado? Por si acaso, dejo a mis amiguitos en la cama y cierro la puerta.
—¡Otra vez arroz! —dice la voz de papá. Sí, estaba enojado.
—Es lo que rinde —contesta la voz de mamá.
—¡Me importa un carajo si rinde! ¡Yo quiero comer como la gente una puta vez!
—Es que lo demás está caro. La carne aumentó a...
Ruido de la olla al caerse.
—¡Pará, Franco! —dice mamá—. El nene debe estar escuchando.
—Que ese mocoso escuche lo que quiera. ¿Dónde se metió ahora? ¿Otra vez anda con esos muñequitos de mierda?
—No hables así, Eduardo. Él no te hizo na...
Cachetazo.
Cierro la puerta, agarro a Coco y a Pluto y nos acurrucamos en la cama.
—Ustedes dos me tienen harto —grita papá—. Yo me rompo el culo laburando, y cuando quiero sentarme a comer...
—¡No me tomes por boluda, Eduardo! ¡El nene y yo sabemos que te rajaron y que ahora te la pasás en ese boliche inmundo, chupando con tus amiguitos, cagándote en tu fami...!
Otro ¡paf! de cachetazo.
—¡Cerrá el culo, hija de puta!
—¡Pero si es la verdad! —contesta mamá, con tono valiente—. ¡Sos un borracho de mierda!
Más cachetazos. También se escuchan ruidos de pasos, como si corrieran una carrera. Alguien tira las sillas. Más golpes. Puedo oír que mamá empieza a llorar y a gritar.
Yo también lloro.
Todas las noches lloro.
Pero no siempre es así. Cuando los tíos y las tías vienen de visita, papá es divertido, simpático. Y todos los quieren mucho. A mamá también se la ve contenta, como si las cosas estuvieran bien. Una vez el tío Claudio le preguntó cómo se hizo esa marca en el brazo. Yo sabía que papá la había lastimado de un tacazo; pero ella dijo, con una sonrisa: "Me accidenté con la plancha. Es que a veces ando medio boluda". Tiene mucho miedo, la pobre.
Yo tampoco nunca cuento nada. Nunca hablo mucho. Ni en casa ni en la escuela cuento nada. Por eso mis compañeros me cargan y me dicen "mudo" y me quitan las monedas y me pegan a la salida.
—¡Y vos, pendejo, vení para acá!
No quiero. Ya debe tener el cinto en la mano. El cinto de papá es peor que los golpes de mis compañeros. Abrazo a Coco y a Pluto con más fuerza.
—¡Dale, mocoso! ¡Que no tenga que ir a buscarte!
Aprieto contra mi pecho a Coco y a Pluto. Ojalá pudieran defenderme.
Papá entra dando un portazo. Me hago un bicho bolita, pero no puedo evitar los golpes. ¡Cómo duele!
—¡Ahora sí vas a aprender a escucharme, pelotudito!
Y sale de mi habitación. Oigo más golpes y otros chillidos de mamá.
Me arde todo, no puedo levantarme. Veo a Coco y a Pluto también en el piso.
Y veo algo raro.
A Coco...
¿Coco se mueve?
Coco me mira y abre la boca:
—Te tiene harto, ¿no?
Quiero hablar, pero es imposible. El muñeco parece más vivo que yo.
—¿Te gustaría que dejara de pegarles a vos y a tu mamá?
Sólo alcanzo a decir que sí con la cabeza.
—Porque yo tengo la solución.
Miro bien a Coco.
—¿Cuál? —le pregunto. Y me siento un estúpido, como hablando solo. Pero no estoy hablando solo:
—Andá a la cocina, agarrá el cuchillo...
—¿El cuchillo?
—El grandote —interviene entonces Pluto—. El que tu mamá usa para cortar el pollo... usaba, mejor dicho; cuando comías pollo, tu mamita usaba ese cuchillo para despedazarlo.
—El cuchillo grandote —repito—. ¿Y qué hago con el cuchillo grandote?
—Darle a tu papá lo que se merece —dice Coco—. Castigarlo bien castigado. Así no te pega más a vos ni la golpea más a tu mamá.
—Aprovechá —dice Pluto—. Aprovechá ahora, que él no está en la cocina.
Me parece buena idea. Sí, Coco y Pluto tienen razón. Me levanto como puedo y salgo al pasillo. Miro a todos lados. Por los ruidos, papá tiene a mamá en el dormitorio. Los gritos me hacen temblar, pero voy a la cocina.
Tengo que andar con cuidado. El piso está enchastrado de arroz y de agua caliente. Las sillas también aparecen tiradas. Busco el cuchillo en la mesa, pero no lo veo. Camino hasta la mesada. Por poco me resbalo con el arroz, pero consigo sostenerme de la pared. Abro el cajón. No hace falta revolver mucho: el gigantesco cuchillo está ahí, brillando a la luz de la lamparita.
Mamá grita y llora cada vez más fuerte.
Quiero agarrarlo tan rápido que me lastimo el dedo gordo. Duele, pero no tanto como el cinto de papá. Me chupo la herida y otra vez agarró el cuchillo, ahora por el mango de madera, la parte que no corta. Voy al cuarto de mis papás. La puerta está entreabierta. Lo veo pegándole en la cara. A mamá le sale sangre de la nariz y de la boca.
Levanto el cuchillo bien alto, con la otra mano empujo la puerta, entro.
Papá no le va a pegar a nadie.
Nunca más.


Cuando vuelvo a mi habitación, Coco y Pluto me están esperando.
—Lo oímos todo —dice Coco—. Parece que te fue bien.
Veo que todavía tengo el cuchillo. La sangre oscura de papá mancha el piso.
—Te felicito —dice Pluto.
Mamá corre por el pasillo. Oigo que empieza a usar el teléfono.
—No entiendo —digo—. Mamá debería estar contenta. Papá no nos va a pegar más.
—Es que a mucha gente no le va a gustar nada lo que hiciste —dice Pluto—. Acordate que a tu papá lo querían todos.
—Lo importante es que vos y tu mamá ya son libres —dice Coco—. Si los demás te dicen algo, no les hagas caso. Ellos no saben nada.
Suelto el cuchillo, sonrío. Levantó a Coco y a Pluto, los abrazo.
—Pero... —digo de pronto, cuando una idea negra se me cruza—. ¿No era que mamá me quería más a mí que a él?
—Lógico —dice Coco—. Pero a veces hay mujeres que...
—... que quieren más al marido —interrumpo, con el fondo de los gritos de mamá llamando a la policía.
El cuchillo grandote brilla en el piso. Casi me encandila.
—Pasa —dice Pluto.
Coco, pensativo, agrega:
—Pero eso es algo que podés resolver vos solito.
Coco tiene razón.
Es la primera vez que veo las cosas claras con tanta facilidad.
—Ahora vuelvo —digo, agachándome—. Todavía tengo algo por solucionar.
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