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MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES


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Clio
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Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Lun Sep 15, 2008 23:58    Asunto: Responder citando

Hola.

Más sobre Gabo. Wink

Los sufrimientos del Gabo

Se asombra uno por la lucidez y el tino de García Márquez en aquellos tiempos, ahora las cosas han cambiado, existe la sospecha que el Gabo, además de sufrir por la mala calidad del periodismo escrito, está cansado.

Ronald Nava García


Aprovecha uno ese vacío que cava la holganza vacacional de los lectores para glosar la información de la agencia española Efe que cuenta que Gabriel García Márquez "sufre como un perro por la mala calidad del periodismo escrito", que a nadie debería sorprender —el que sufra, digo— tratándose de alguien que ha escrito como lo ha hecho el periodista y premio Nobel de literatura.

La lamentación del Gabo, que no es nueva por cierto, se produce en la ciudad mexicana de Monterrey, donde se realiza el VI Seminario Internacional sobre la búsqueda de la calidad periodística, organizado por la "Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano", ente cuya paternidad le corresponde al escritor y desde se hacen constantes esfuerzos por mejorar la calidad del periodismo que se oficia por estas y otras latitudes.

Encuentra uno ahora, al menos en la versión de Efe, a un García Márquez mucho menos duro y contundente a la hora de enjuiciar al periodismo escrito, aunque se duela hasta el sufrimiento canino cada mañana. Carga ahora las culpas al poco tiempo disponible por la baja calidad periodística, cuando anteriormente, tal como sucedió en 1996 ante la Asamblea Anual de la SIP, repartió palos democráticamente entre las escuelas universitarias, las empresas editoras, los jefes periodísticos y los propios periodistas.

Sobre las escuelas de periodismo o de comunicación social señalaba, por ejemplo, que los graduandos llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de los textos.

A las empresas editoras también les cargó la mano en aquel entonces al decir que "se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante y no es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones que tanto deseábamos en nuestros tiempos hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora de cierre".

Al referirse a los jefes periodísticos, García Márquez disparaba con este calibre: "Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad solo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. Ni siquiera nos regañan, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología."

Se asombra uno por la lucidez y el tino de García Márquez en aquella reunión de la SIP. No sabe uno ahora si las cosas han cambiado en estos 12 años, pero sospecha que el Gabo, además de sufrir, está cansado. O sea.

Fuente: http://www.el-nacional.com/www/site/p_contenido.php?q=m/1/219&id=43410

Besos.
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MensajePublicado: Mie Sep 17, 2008 08:36    Asunto: Responder citando

La antigua estación de trenes de Nuevo Laredo en la frontera con Estados Unidos ha sido convertida en un moderno centro cultural de 1.800 metros cuadrados y lleva, desde el pasado 4 de septiembre, el nombre “Palabra Gabriel García Márquez”, en homenaje a que fue ese el primer sitio de México que pisó el escritor colombiano en 1961.

El autor de Cien años de soledad estuvo presente en la ceremonia, organizada por la empresa ferroviaria Kansas City Southern de México (KCSM), que cedió en comodato las instalaciones de esta terminal ferroviaria al Ayuntamiento de Nuevo Laredo, para que fuera convertida en un centro cultural.

Fuentes de KCSM recordaron que el premio Nobel de Literatura 1982 llegó a México procedente de Estados Unidos por la estación ferroviaria de Nuevo Laredo, y que “apenas descendió del tren El Águila Azteca”, se dirigió al desaparecido restaurante Azteca, en donde probó el arroz. “En un país que cocina arroz así, vale la pena vivir”, habría dicho el escritor, por lo que decidió continuar recorriendo el país y residir en él.

García Márquez volvió a la antigua estación de ferrocarril 47 años después de su llegada a México para asistir a la ceremonia de inauguración y colocar su nombre en este recinto, que será un centro cultural en su honor para la promoción del libro y las artes plásticas. KCSM indicó que revisará diversas estaciones y se conversará con las comunidades y autoridades locales de varias ciudades para utilizar estos espacios en beneficio social.

La presencia del escritor fue celebrada con los acordes del tema musical inspirado en su libro más famoso, Cien años de soledad: “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire”. García Márquez llegó acompañado de su esposa Mercedes Barcha, y ambos fueron invitados por el alcalde de Nuevo Laredo, Ramón Garza Barrios, y su esposa Rebeca Canales, a que conocieran ampliamente el recinto.

“Es un gran gozo para nuestra ciudad que usted, querido Gabriel, esté con nosotros. Hoy es un día memorable, hoy le podemos decir a los hombres y mujeres de Nuevo Laredo que tenemos palabra, mucha palabra”, dijo Garza Barrios. “Hoy cumplimos con usted un compromiso con nuestra propia historia, le rendimos un sincero y profundo homenaje porque hace 47 años estuvo en este mismo lugar y desde aquí decidió, para beneplácito de nuestro país, vivir con los mexicanos”, indicó.

“Los neolaredenses somos personas leales con la palabra. En este lugar nació una relación entre nuestra comunidad y usted. De nuestra parte le digo que en Nuevo Laredo le admiramos y le respetamos porque usted está comprometido con los más altos valores de la humanidad, porque es usted un ejemplo de congruencia, es un paradigma de la realidad. Sepa usted, querido Gabo, que nos sorprende y nos congratula su enorme compromiso con la palabra”, precisó el alcalde.

Y para sorpresa de todos, García Márquez tomó el micrófono y dirigiéndose al alcalde expresó: “Estoy emocionado, me he quedado sin palabras. Muchas gracias”.

El nuevo centro cultural cuenta con un acervo inicial de 6.500 libros de literatura, artes plásticas, fotografía, ciencia y sociología, en español e inglés, además de un archivo hemerográfico del diario local El Mañana y un amplio salón donde queda plasmada la vida del escritor colombiano.

Como corolario de la actividad se anunció la apertura del plazo de recepción de obras para el Premio Nacional de Ensayo “Estación Palabra”, sobre literatura latinoamericana, en el que el tema y el personaje cambiarán cada año, correspondiendo esta primera edición al epónimo del centro, de quien se deberá destacar y analizar la visión y aspectos relevantes del autor sobre América Latina en su obra.

“A mí me da gusto poder instituir este premio y le doy las gracias al gobernador del estado (Eugenio Hernández Flores) por su generosidad para llevar a cabo este primer concurso”, dijo Garza Barrios. Los participantes podrán enviar sus obras hasta el 28 de noviembre, como se indica en la web del centro.

Por su parte, la escritora Rosaura Barahona, coordinadora del concurso, aseguró que este premio prevalecerá después de concluido el mandato de Garza Barrios, pues se trata de un certamen esencial para las letras nacionales. “Este premio nacional de ensayo es muy importante porque entre muchas otras cosas nos pone a la altura de otros premios dentro del país y es uno de los más importantes que hay a lo largo de la frontera norte”, comentó.
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MensajePublicado: Dom Oct 12, 2008 04:16    Asunto: Responder citando

El escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, es el protagonista absoluto este octubre en el Instituto Cervantes de Tokio, donde se celebra el primer congreso sobre su figura con expertos hispanos y japoneses.

Con motivo del centenario de las relaciones entre Japón y Colombia, el Cervantes de Tokio acoge este fin de semana ese simposio con asistencia de estudiosos de la obra y figura de Gabo como Juan Jesús Armas Marcelo, Pedro Sorela, Conrado Zuluaga, Magret de Oliveira o los japoneses Natsuki Ikezawa, Genichiro Takahashi.

Además, se muestran en sus salas, hasta finales de este mes, dos exposiciones dedicadas al escritor colombiano: "Gabo del alma" , sobre su faceta más personal, y "Macondo visto por Leo Matiz" , con obras del fotógrafo colombiano más destacado del siglo XX.

Finalmente, el Cervantes proyecta este fin de semana el documental "Buscando a Gabo" y la película "Eréndira" , basada en una novela de García Márquez - "La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada" -, y adaptada por él al cine.

El interés que despierta en Japón la figura del Nobel colombiano quedó demostrado por el hecho de que la sala de conferencias del Cervantes estaba hoy abarrotada de japoneses, que escucharon atentamente la charla del escritor español Juan José Armas Marcelo.

Armas Marcelo, que definió a García Márquez como "un verdadero genio literario" , intentó explicar el éxito de "Cien años de soledad" , una novela que "reinventa el género literario por la manera de contar, que es distinta a todas las demás" , apuntó.

No obstante, este escritor y periodista insistió en que la manera de contar "a la europea el cómo del relato" no explica sólo "por qué hay 60 millones de ejemplares vendidos y es uno de los libros más leídos y más estudiados" .

"Un milagro literario ocurre de cuando en vez y cuando menos lo esperamos. La escritura de García Márquez me parece un milagro de los dioses eternos, uno de esos regalos que recibimos y que nos ha traído a Tokio, una de las ciudades más milagrosas para hablar de ello" , concluyó.

Por su parte, la traductora colombiana Magret de Oliveira se refirió a la dificultad de traducir palabras colombianas y japonesas "que no tienen una equivalencia exacta" y recordó que el propio García Márquez reconoce que "algunos traductores se vuelven locos" con su obra.

Para el escritor Pedro Sorela, nacido en Bogotá, es "muy interesante" que haya estudiosos japoneses que no entienden "nada" de la obra de Gabo.

"Me pregunto qué diablos entiende un japonés" , comentó Sorela a Efe, tras declararse un apasionado de la cultura nipona en todos sus aspectos y reconocer que le parece "muy interesante" la diferente mentalidad que aquí encuentra.

"Todo en García Márquez es verdad. En Cien años de soledad siempre hay una verdad" , apuntó el novelista, para quien "sobrellevar" el éxito de ese libro "es terrible, pero (García Márquez) ha demostrado que es un escritor" .

A la vez, Pedro Sorela reconoció que la sombra de Gabriel García Márquez en la literatura latinoamericana es enorme y aseveró que "toda generación de escritores tiene que matar a la anterior pero, en este caso, tienen un crimen muy complicado" .
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MensajePublicado: Mie Oct 22, 2008 08:13    Asunto: Responder citando

LONDRES.- La primera biografía autorizada del escritor colombiano y premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez fue lanzada anoche en Londres por la editorial Bloomsburry con el título "Gabriel García Márquez, a life".

Este libro es el resultado de las entrevistas que el británico Gerald Martin mantuvo a lo largo de 15 años con el creador de "Cien años de Soledad", "El amor en los tiempos del cólera" y "El coronel no tiene quien le escriba", informó el diario colombiano El País. Desde la editorial Bloomsburry aseguraron que el escritor colombiano que propuso "jubilar la ortografía" considera a Martin, profesor de Lenguas Modernas de la Universidad de Pittsburg, Estados Unidos, "como su biógrafo personal".

Este libro es el resultado, además, de las entrevistas que Martin sostuvo con unas 300 personas, entre familiares, amigos y allegados a García Márquez, referente del realismo mágico latinoamericano y creador de "El general en su laberinto", "Del amor y otros demonios" y "El otoño del patriarca".

Entre los consultados se encuentran el escritor colombiano Alvaro Mutis, el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa; el ex presidente cubano Fidel Castro, amigo personal de García Márquez; y ex jefes de Estado colombianos.

Esta biografía, aseguró la editorial, explora la tensión en la vida del novelista "entre la fama y la calidad literaria, la política y la literatura; el poder, la soledad y el amor".

Esta obra bucea, además, en "el contraste" entre el Caribe, donde creció el autor de "La hojarasca" y "Los funerales de la mama grande", con el "autoritarismo mucho más sombrío del altiplano bogotano", indicó Bloomsbury.
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MensajePublicado: Lun Oct 27, 2008 02:24    Asunto: Responder citando

El 4 de noviembre de 1967, Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha llegan a España. Pasarán casi seis años en Barcelona, convertida durante este periodo en escenario del boom de la novela latinoamericana. La presencia de la pujante agente Carmen Balcells (para Gabo, su "Superman", cuenta la propia Balcells) y la editorial Seix Barral explican la elección. Pero quizá, cree Gerald Martin, al escritor le estimulaba "el espectáculo del viejo dictador español en el final de su vida y su poder" mientras planeaba la escritura de una novela "sobre un tirano latinoamericano aún más geriátrico". La que se convertiría en El otoño del patriarca.

La llegada de García Márquez "inició una tendencia". Luego vinieron muchos más a una ciudad de la que el biógrafo del Nobel hace una descripción favorecedora: "Situada solo detrás de París como laboratorio cultural o invernadero de la cultura latina, Barcelona había sido una ciudad de vanguardia entre la gran Renascenza (sic) de los años 80 y 90 del siglo XIX hasta la caída de la República española".

En esa Catalunya, según Martin, la política tenía que "camuflarse en forma de cultura" y el "nacionalismo catalán burgués" tomó una deriva izquierdista con la gauche divine. De este medio, Martin destaca por supuesto a Carlos Barral y a Luis y Leticia Feduchi, que se convertirían en los más íntimos amigos de Gabriel y Mercedes durante su estancia en España. Pero tiene un recuerdo especialmente caluroso para dos "musas", Rosa Regàs y Beatriz de Moura. Sin embargo, García Márquez había venido a Barcelona a trabajar, así que "Mercedes pronto empezó a limitar su vida social". Tampoco fue mucho más allá su compromiso político. "En esos tiempos, Gabo era totalmente apolítico. Nunca le oías hablar de política y era imposible saber cuáles eran sus opiniones", explica al biógrafo Beatriz de Moura. A otro de los entrevistados, Juan Marsé, que chocó con el Nobel con motivo del caso Padilla, también le quedó claro que ambos vivían en "universos intelectuales y morales absolutamente distintos".

En 1974, tras acabar El otoño del patriarca, García Márquez empieza a hacer las maletas. "Siempre tuvo una actitud hacia España ambivalente, más bien desapasionada y paternalista y ahora tenía en su mente otros asuntos y otros lugares", escribe Gerald Martin.

El acto final se representó el 12 de junio de 1974, cuando Carmen Balcells acogió la fiesta de despedida de Mario Vargas Llosa, poco antes de que García Márquez y su mujer se trasladaran a Londres (dejando detrás a sus hijos, algo que les marcaría). Allí estaban Vargas Llosa, García Márquez, Donoso, Edwards, Castellet, Barral, Marsé, Goytisolo, Vázquez Montalbán... El retrato de toda una época.
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MensajePublicado: Lun Nov 24, 2008 13:55    Asunto: Responder citando

EIBAR. DV. Conchita Quintana, de nombre artístico Tachia Quintanar, aparece en la nueva biografía de Gabriel García Márquez, escrita por el inglés Gerald Martin como una de sus amantes. Tachia Quintanar, nacida en Eibar, hace casi 80 años, vivió sus dos primeros años, en la calle Jardines, para después marchar a estudiar a Bilbao.
Su padre Matías Quintana era oficial de Notaría, en Eibar, aunque también compatibilizó este trabajo con labores de administración en una empresa armera. Tras contraer matrimonio, Matías, natural de Burgos, con su novia Concha Echeberria, natural de Vitoria, fijaron su residencia en nuestra ciudad. «Tengo algunas fotografías de mi infancia en Eibar. En una de las fotografías estoy frente a unas grandes escaleras y siento curiosidad por volver allí para estar con la gente de mi edad», decía Quintanar.
Tras estudiar en Bilbao, en donde conoció a Blas de Otero, marchó a Madrid para matricularse en la Escuela de Arte Dramático. En pleno franquismo viajó a París, con 24 años. «No se puede decir que fui una exiliada, pero con el ambiente franquista que había no se podía hacer aquí el teatro que yo quería». En París, ha permanecido cerca 30 años dando recitales de poesía española, ante un público compuesto especialmente por inmigrantes españoles.
Blas de Otero fue el que le puso el nombre de Tachia. «Tengo un gran cariño hacia su obra y se puede decir que soy militante de la poesía que ha sido mi refugio y la que nunca me defrauda. Clásicos como Quevedo, Góngora y además me entusiasman mucho», señala Tachia.

En París adquirió una enorme fama entre los círculos españoles, gracias a los recitales que ofrecía. Tras haber permanecido casada durante 40 años, mantuvo después una intensa relación con Blas de Otero y Gabriel García Márquez que han marcado su vida.
A García Márquez le conoció recitando a Blas de Otero, su otro gran amor. El escritor estaba con un amigo en París que conocía a Tachia. El amigo le dijo que iría a verla. «Una chica diciendo poesía: aburridísimo», objetó García Márquez. Esperó en un café y hasta allí regresó el amigo con la actriz. Tachia y él pasearon por París y ahí nació «una historia, no muy larga -duró apenas un año- pero muy intensa y muy interesante. Nos hemos quedado como amigos muy entrañables. «Ahora se va a editar una biografía de Gabriel García Márquez en donde se recogen algunos pasajes de la relación de Gabo con Tachia».
García Márquez, escribe el biógrafo, «perdió el trabajo solo tres semanas después de conocerla». Es ella quien figura en la dedicatoria de la edición francesa de El amor en los tiempos del cólera; ella, quien se granjeó un pase de fotógrafo para estar presente en Estocolmo; ella, quien vive justo encima del piso del escritor en París.
En El amor en los tiempos del cólera, el Nobel colombiano le hace un guiño a Tachia, ya que la protagonista es, como ella, sorda del oído izquierdo y también se ve reflejada en la coronela de El coronel no tiene quién le escriba. Gabo escribió ese libro cuando residía con ella en París. Vivían con lo que Tachia ganaba haciendo de todo, desde limpiadora de hogar hasta un programa de radio «mal pagado», pero no les alcanzaba para nada.

Ahora Tachia Quintanar ha vuelto a Bilbao, procedente de París para presenciar un concierto de Paco Ibáñez. «Paco Ibáñez es casi como mi hijo. Le conozco desde hace 50 años. La gran labor de Paco Ibáñez ha sido crear una especie de antología de la poesía española, con autores tan complicados para ponerles música como Góngora, Quevedo o Jorge Manrique... que gracias a él han llegado a mucha gente», asegura Tachia.
El artista, que desde mediados de la década de los 60 se convirtió en París en una voz contra la dictadura «con la sola ayuda de la poesía, sin recurrir a consignas políticas», ofrece hoy un recital en el Teatro Arriaga de Bilbao.
Tachia ha acompañado a Ibáñez en sus recitales. «Conozco a Paco desde hace 50 años, de sus primeros discos de los 60 y de los recitales de poesía que yo daba en París para los emigrantes y exilados durante el franquismo. Considero que es preciso recuperar a los clásicos. Creo que el País Vasco ha olvidado todo esto. Esto es una pena. Blas de Otero es lo mejor de nuestra generación y se conoce muy poco. En mi opinión los mejores sonetos de Blas de Otero están a la altura de los de Garcilaso de la Vega. Murió hace 30 años y ahora van a salir las poesías completas».
Igualmente, Tachia solicita una mayor consideración hacia Paco Ibáñez. «Ha sido un recopilador de la poesía española y un cantautor extraordinario».
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MensajePublicado: Mie Nov 26, 2008 06:22    Asunto: Responder citando

"El viejo que había leído todos los libros" nació en Berga (Barcelona, 1882), pero siguiendo el precepto de que "nadie es profeta en su tierra" marchó a crear fama a un villorrio caribeño en el que fue inmortalizado como el Sabio Catalán en Cien años de soledad por uno de sus -entonces- jóvenes -y ahora célebres- pupilos. Se llamaba Ramón Vinyes. "Llegó a Barranquilla en 1914. El escritor Germán Vargas -otro de sus pupilos y compañero de García Márquez- solía decir que ante un momento de crisis personal en España, Vinyes decidió irse al fin del mundo para lo cual puso a girar el globo terráqueo que azarosamente lo mandó a Barranquilla", recuerda el escritor Ramón Bacca (Santa Marta, 1938), quien se dio a la tarea de desempolvar, estudiar y posteriormente editar la colección completa de Voces, la revista literaria y filosófica que Vinyes impulsó desde Barranquilla, entre 1917 y 1920 con el apoyo de sus coterráneos Carlos Vivas y Manuel García Morente, entre otros. Joseph Vinyes, hermano del intelectual exiliado, le contó a Bacca 50 años después de su muerte que "Ramón se marchó porque estaba hasta las narices de las envidias en los círculos literarios".

Bacca forma parte -junto a Heriberto Fiorillo, Ariel Castillo, Gustavo Bell y Eduardo Márce-les- de la delegación de escritores colombianos que esta semana le recuerdan a él y a la Barranquilla literaria en el marco de la Cátedra Colombia, que la Embajada de ese país suramericano desarrolla en Las Palmas, Madrid y Cádiz. Hoy, a partir de las 20.00, estarán en la Casa de América y el jueves, en el Centro Cultural Blanquerna de Madrid.

Heriberto Fiorillo, escritor y responsable del renacer de La Cueva, el popular bar que sirvió de refugio a García Márquez en los años cincuenta, convertido ahora en Fundación Cultural, dice que "enredado con La Casa, el mamotreto que llevaba siempre bajo el brazo porque no tenía donde guardarlo, Gabito pidió consejo a Ramón Vinyes, que le hizo notar las debilidades de lo que con los años se convertiría en Cien años de soledad" y dice que fue ese señor sabio, don Ramón, quien le abrió el mundo de la literatura universal a García Márquez y a esa pandilla de amigos, que pueblan las últimas 80 páginas de su obra cumbre, con libros como Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, traducidas por Julio Cortázar, o Palmeras salvajes, de Faulkner, traducida por Jorge Luis Borges.

El Sabio Catalán es ese viejo que atendió a Aureliano Babilonia y le vendió los libros que le ayudarían a descifrar los pergaminos de Melquíades. Y efectivamente, lo primero que hizo Vinyes al llegar a Barranquilla fue fundar una librería con títulos traídos de otras partes. Una especie de tienda de dulces en una ciudad que por entonces tomaba agua con azúcar. "Los jóvenes se acercaron a la librería y descubrieron a este hombre fino, adelantado para su tiempo, gustoso de la ironía, la buena literatura y la crítica incisiva", dice Bacca. El crítico literario Ariel Castillo aporta un dato esencial para comprender lo que este emigrante representó para una ciudad de menos de 100.000 habitantes y para un país ocupado en volver sobre los mismos temas literarios. "Escribía ensayos, editoriales, obras de teatro, pero sobre todo en sus cuentos se ve su interés en criticar y burlarse del provincianismo de las clases gobernantes. Algunos de sus cuentos, como La mulata Penélope o Un caballo en la alcoba, son una jocosa y cruel sátira de la realidad". Castillo cree adivinar en el primero de los cuentos mencionados el mismo origen de las Memorias de mis putas tristes. "Gabo suele decir que aprendió de Vinyes que la literatura es el mejor juguete para burlarse de la gente. En el cuento de Vinyes es evidente que se trata del mismo burdel barranquillero al que acude García Márquez, pero en la historia del catalán, casi surrealista, las prostitutas hablan de Garcilaso y de política internacional". Estas explosivas licencias provocaron que fuera expulsado de Barranquilla hacia 1929 por el gobernador de la época, pero tras unos pocos años de infructuosa lucha por ganarse un espacio como dramaturgo en su tierra, Vinyes regresa al Caribe. A Heriberto Fiorillo le gusta decir que Vinyes fue un hombre con un drama central: "Se hallaba en los dos lugares, cuando estaba aquí quería estar allá. Se dice que a los dos días de su muerte, en 1951, llegó a su casa un billete de avión que había comprado para volver a Barranquilla".

Nostálgico. Como lo retratara García Márquez en Cien años de soledad: "Era tan fuerte la nostalgia que volvió a su pueblo natal, pero allí tuvo la nostalgia de Macondo, y esta nostalgia doble lo confundió tanto que perdió el sentido de la realidad".
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MensajePublicado: Lun Dic 01, 2008 04:47    Asunto: Responder citando

El viernes a las 21.12, hora local, se produjo en Guadalajara (México) un terremoto sentimental que llevaba fraguándose 18 años menos 20 días. El 21 de diciembre de 1990, un investigador atrevido, un inglés con mostacho, irrumpió sin avisar en la casa habanera del novelista más célebre de la lengua española y acaso del mundo y le dijo que quería escribir su biografía.

El escritor le dijo: "Tú estás loco". Ahora, con la biografía en la calle (se presentó el último martes, en Londres), Gerard Martin, que era aquel loco, se encontró en Guadalajara, en la Casa Cortázar, con Gabriel García Márquez. Fue un terremoto sentimental para el biógrafo y una muesca más en el carácter del autor de El otoño del patriarca. "¿Cómo estás?", le preguntó García Márquez a este inglés de Londres a quien le temblaban las piernas.

"¿Cómo estás?". No es cualquier pregunta. Cuando Martin llevaba cinco años tratando de responder a su curiosidad por el famoso habitante de Aracataca se le presentó un cáncer linfático; cuatro años después, el hombre que era sujeto de su investigación conoció los síntomas, y las consecuencias, del mismo mal. Así que ahora, curados los dos, García Márquez, además, optimista y coñón, deseoso de quitarse del ajetreo de la feria para plantarse a bailar y beber en Tequila, no sólo celebraba el encuentro sino que lo agradecía.

"Te agradezco", dijo a Martin, "que llegaras hasta aquí. Y no habrá whisky suficiente para celebrarlo". ¿Gratitud? Martin no sabe si ése era el sentido del brindis, pero lo cierto es que es la consecuencia de una relación rara, que comenzó siendo un no y terminó siendo una biografía. El primer "no" se lo dijo García Márquez cuando el investigador le confesó que no le gustaba El otoño del patriarca. "Pues si no te gusta El otoño del patriarca tampoco te voy a gustar yo. Porque ése es mi autorretrato". Glups. Tenía a Gabo a mano; un camarero cubano le había llevado hasta su casa, irrumpió en ella y estuvo horas tomando tragos con el Nobel, y cuando llega el punto culminante El otoño del patriarca lo fulmina.

"Pero a mi mujer le entusiasma", acertó a decir Martin. Debió haber entre ellos una química especial, acaso la que se notó en la atmósfera de la Casa Cortázar cuando García Márquez le prometió inundar de whisky el encuentro. Y esa declaración de amor familiar a El otoño del patriarca abrió el camino; la enfermedad, y otras vicisitudes irrumpieron en el proyecto, pero siempre estuvo latente la pasión de Martin por concluir su aventura.

Hubo un momento culminante en ese viaje. Fue cuando la madre de Gabo cumplía 86 años; Martin llegó con Jaime García Márquez, el hermano del Nobel, tomó tragos mientras quiso, habló con la anciana y en un receso de la ingesta y de la conversación se encontró con Mercedes Barcha, la mujer del escritor. "Tú debes ser piscis, como Gabo". Gabo es del 8 de marzo, Martin es del 22 de febrero. La predestinación tiene que ver con Mercedes, también. En 1990, antes del primer encuentro entre biografiado y biógrafo, éste se metió en la pirámide de Gizeh con un libro extraño, una guía para vivir dentro de la tumba, y en ese libro se decía que si alguien entraba en ese habitáculo claustrofóbico a los 46 años, su vida iba a sufrir un cambio violento pero benéfico "durante 16 años". Eso pasó: la vida de Gerard Martin cambió enseguida, y García Márquez y él iniciaron un extraño viaje de coincidencias. Mercedes le dijo por qué: "Es que mi padre también era medio egipcio".

Gabo abrazó a Martin, le hizo aquella pregunta sobre la salud que a ambos conmueve, y por los mismos motivos, y después de inundarle con la palabra whisky, pero todavía no con el trago, le dijo:

-Gracias por hacerme famoso. Porque lo que siempre he querido es ser famoso.

Rieron los dos. Para Gerard ese encuentro "ha sido el más importante de mi vida, después de aquél del 21 de diciembre de 1990". ¿Y cuando lea la biografía, cerrará los ojos ante algún capítulo? Martin sabe que a nadie le gusta su biografía, todo el mundo querría cambiarla. "Yo lo he hecho con honestidad, con buena fe, y Gabo lo sabe. Él me ha dejado hacer. Sé que existe la creencia, fundada, de que Gabo quiere controlarlo todo, obsesivamente. Pero a mí me dejó siempre libre".

Y no quiere decir Gerard qué le puede molestar al Nobel, si algo le va a molestar. "No es honesto predecir la reacción de una persona; su reacción es parte de su intimidad". Dicen que a Gabo le están leyendo (del inglés) algunos pasajes complicados, y que él dice: "Bah, eso no es nada". El libro saldrá en castellano, parece, en septiembre del año que viene; mientras tanto, lo que queda en la atmósfera es este encuentro algo cabalístico que hubo entre Gerard y Gabriel, que ahora ya pueden emborracharse tranquilamente sin correr el riesgo de que la confesión de la borrachera sea algo distinto a la juerga de dos amigos, el diálogo complejo entre alguien que quiere saber y otro que quiere olvidar.

Por cierto, Gerard tiene ahora 64 años. Los que tenía Gabo cuando le dejó entrar por primera vez en su casa.
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MensajePublicado: Jue Dic 18, 2008 06:42    Asunto: Responder citando

LONDRES, INGLATERRA.- El escritor colombiano Gabriel García Márquez le agarró "rabia" a su novela más famosa, Cien años de soledad, por la fama que consiguió tras su publicación, según el diplomático, periodista, biógrafo y compadre del Nobel, Plinio Apuleyo Mendoza.

El periodista colombiano ha explicado que García Márquez también le restó valor a esa novela, porque considera que fue "muy fácil" escribirla, una tarea a la que dedicó tan solo 18 meses, frente a los 17 años empleados para El otoño del patriarca.

El diplomático, que conoce al escritor desde hace unos 60 años, ha indicado que aunque éste aseguró que se retiraba de la literatura para dedicarse únicamente a leer, está escribiendo una novela de amor.

"Tiene seis versiones distintas y las quiere conectar. Se ha vuelto muy exigente consigo mismo y eso es terrible. Todo el mundo está esperando cada nueva obra suya y se ha impuesto un nivel de exigencia muy alto", apunta.

Ahora, con 81 años, "el pobre Gabo -como se conoce cariñosamente a Gabriel García Márquez- sufre la fama", pero cuando Mendoza se encontró con él por primera vez, tenía unos 20 años, "iba mal afeitado, estaba medio sucio y le hizo propuestas indebidas a una camarera". Al periodista le pareció un personaje "horrible".

Además, el amigo que los presentó terminó de empeorar su impresión cuando definió a García Márquez como "desastroso, un caso completamente perdido" y le contó que no iba a clase, se emborrachaba y andaba con mujeres.

Luego, Gabo y Mendoza volvieron a encontrarse en París, donde nació una amistad que dura hasta la actualidad. Sin embargo, al principio tuvo sus reservas al descubrir que llegaba "muy engreído" porque había publicado La hojarasca, su primera novela, y en Colombia le habían comparado con Faulkner y Joyce, algo que le parecía "ridículo".
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MensajePublicado: Mar Dic 23, 2008 08:45    Asunto: Responder citando

DOS CUETNOS DE LA PROXIMA NOVELA DE GABO


En agosto nos vemos es el primer cuento o, si se quiere, capítulo de una novela
de 150 páginas que incluirá otros cuatro. Los cinco relatos, historias absolutamente cerradas y autónomas, forman un todo unitario protagonizado por Ana Magdalena Bach, una mujer culta y aún bella, al borde de la tercera edad, que cada año en agosto, el 16, viaja al pequeño pueblo donde está enterrada su madre, en el cementerio de los pobres, para contarle sus cosas y llevarle un ramo de gladiolos. En este primer viaje vive una aventura amorosa que no esperaba y que cambia su vida. Cuando salga el libro se sabrá que Ana Magdalena regresó a su casa consciente de que era una persona distinta, una mujer que vivirá todo el año en un permanente sobresalto, convencida de que cuando vuelva en agosto a visitar la tumba de su madre, algo le pasará. En los siguientes relatos, Ana Magdalena vivirá nuevas aventuras, hasta que se enamore de verdad de otro hombre. Entonces, "todo se despiporra", cuenta el escritor colombiano. "La mujer hace crisis".

A su vez, En agosto nos vemos formará parte de un libro que incluirá otras tres novelas de 150 páginas, que Gabo tiene ya prácticamente escritas, y es probable que incluya una cuarta, porque, según explica, se le ha ocurrido una idea que le atrae. El común denominador de la obra, que aún no tiene título definitivo, es que son historias de amor de gente mayor.

Una versión anterior de este relato fue leída en voz alta por García Márquez en la clausura del Foro de la Sociedad General de Autores sobre La fuerza de la creación iberoamericana, el pasado 18 de marzo en Madrid, España. Durante su lectura, Gabo cayó en la cuenta de que muchos de sus apartes podían mejorar. Como en efecto hizo, luego de trabajarlo a fondo durante un día más. Esta es la versión definitiva.

Esos capitulos fueron publicados en la revista Cambio, cuando ésta todavía pertenecía a García Márquez. Cuando aparezca el libro, que ya se anunció, podría ser que no aparezcan estos dos capítulos. Podría ser que aparecieran pero con el texto modificado. Podría ser que la próxima novela tocara un tema completamente diferente. Con GGM nunca se sabe. Pero todo el mundo da por cierto que esos capitulos forman parte de la próxima novela.



En agosto nos vemos
***

Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chofer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear a los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido.

El conserje la esperaba con las llaves de la única habitación del segundo piso que daba a la laguna. Subió las escaleras con cuatro zancadas y entró en el cuarto pobre con un fuerte olor a insecticida y casi ocupado por completo con la enorme cama matrimonial. Sacó del maletín un neceser de cabritilla y un libro intenso que puso en la mesa de noche con una página marcada por el cortapapeles de marfil.

Sacó una camisola de dormir de seda rosada y la puso debajo de la almohada. Sacó una pañoleta de seda con estampados de pájaros ecuatoriales, una camisa blanca de manga corta y unos zapatos de tenis muy usados, y los llevó al baño con el neceser.

Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.

El taxi la esperaba bajo los platanales del portal.

Se alejó por la avenida de palmeras hasta un claro de los hoteles donde había un mercado popular al aire libre, y se detuvo en un puesto de flores. Una negra grande que hacía la siesta en una silla de playa despertó sobresaltada, reconoció a la mujer en el asiento posterior del automóvil y le dio, entre risas y chácharas, el ramo de gladiolos que había encargado para ella desde la mañana. Unas cuadras más adelante el taxi torció por un sendero apenas transitable que subía por una cornisa de piedras afiladas. A través del aire enrarecido por el calor se veían los yates de placer alineados en la dársena del turismo, el transbordador que se iba, el perfil remoto de la ciudad en la bruma del horizonte, el Caribe abierto.

En la cumbre de la colina estaba el cementerio triste de los pobres. Empujó sin esfuerzo el portón oxidado, y entró con el ramo de flores en el sendero de túmulos tragados por la maleza, con escombros de ataúdes y saldos de huesos calcinados por el sol. Las tumbas parecían iguales en el cementerio desamparado con una ceiba de grandes ramas en el centro. Las piedras afiladas hacían daño aun a través de las suelas de caucho recalentado, y el sol duro se filtraba por el raso de la sombrilla. Una iguana surgió de los matorrales, se detuvo en seco frente a ella, la miró un instante y escapó en estampida.

Había acabado de limpiar tres tumbas, y estaba exhausta y empapada de sudor cuando logró reconocer la lápida de mármol amarillento con el nombre de la madre y la fecha de su muerte, veintinueve años antes. Solía darle las noticias de la casa, la había informado con datos confidenciales para que la ayudara a decidir si se casaba, y a los pocos días creyó recibir su respuesta en un sueño que le pareció inequívoco y sabio. Algo semejante le había ocurrido cuando el hijo estuvo dos semanas entre la vida y la muerte por un accidente de tránsito, sólo que la respuesta no le llegó en sueños, sino por la conversación casual con una mujer que se le acercó en el mercado sin ningún motivo. No era supersticiosa, pero tenía la certeza racional de que la identificación perfecta con su madre continuaba después de su muerte. Así que le hizo las preguntas del año, puso las flores en la tumba, y se fue convencida de recibir las respuestas el día menos pensado.

Misión cumplida: había repetido aquel viaje por veintiocho años consecutivos cada 16 de agosto a la misma hora, en el mismo cuarto del mismo hotel, con el mismo taxi y la misma florista bajo el sol de fuego del mismo cementerio indigente, para poner un ramo de gladiolo s frescos en la tumba de su madre. A partir de ese momento no tenía nada qué hacer hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando salía el transbordador de regreso.

Se llamaba Ana Magdalena Bach, había cumplido cincuenta y dos años de nacida y veintitrés de un matrimonio bien avenido con un hombre que la amaba, y con el cual se casó sin terminar la carrera de letras, todavía virgen y sin noviazgos anteriores. Su padre fue un maestro de música que seguía siendo director del Conservatorio Provincial a los ochenta y dos años, y su madre había sido una célebre maestra de primaria montesoriana que, a pesar de sus méritos, no quiso ser nada más hasta su último aliento.

Ana Magdalena heredó de ella la esbeltez de los ojos amarillos, la virtud de las pocas palabras y la inteligencia para disimular el temple de su carácter. La voluntad de ser enterrada en la isla la había expresado tres días antes de morir. Ana Magdalena quiso acompañarla, desde el primer viaje, pero a nadie le pareció prudente, porque ella misma no creyó que pudiera sobrevivir a su congoja. Al primer aniversario, sin embargo, su padre la llevó a la isla para poner la lápida de mármol que estaban debiéndole a la tumba. La asustó la travesía en una canoa con motor fuera de borda que demoró casi cuatro horas sin un instante de buena mar. Admiró las playas de harina dorada al borde mismo de la selva virgen, el alboroto atronador de los pájaros y el vuelo fantasmal de las garzas en el remanso de la laguna interior. Pero la deprimió la miseria de la aldea, donde tuvieron que dormir a la intemperie en una hamaca colgada entre dos cocoteros, y la cantidad de pescadores negros con el brazo mutilado por la explosión prematura de los tacos de dinamita. Por encima de todo, sin embargo, entendió la voluntad de su madre cuando vio el esplendor del mundo desde la cumbre del cementerio. Fue entonces cuando se impuso el deber de llevarle un ramo de flores todos los años mientras tuviera vida.

Agosto era el mes más caluroso del año y la estación de los aguaceros grandes, pero ella lo entendió como una obligación de su vida privada que debía cumplir sin falta y siempre sola. Fue la única condición que le impuso a su hombre antes de casarse, y él tuvo la inteligencia de admitir que era algo ajeno a su poder.

Así que Ana Magdalena ha bía visto crecer año tras año los acantilados de cristal de los hoteles de turismo, había pasado de las canoas de indios a las lanchas de motor, y de éstas al transbordador, y creía tener motivos para sentirse como el nativo más antiguo de la aldea.

Aquella tarde, cuando volvió al hotel, se tendió en la cama sin más ropas que las bragas de encajes y reanudó la lectura del libro que había empezado durante el viaje. Era el Drácula original de Bram Stoker. Siempre fue una buena lectora. Había leído con rigor lo que más le gustaba, que eran las novelas cortas de cualquier género, como el Lazarillo de Totmes, El Viejo y el Mar, El extranjero. En los últimos años, al borde de los cincuenta, se había sumergido a fondo en las novelas sobrenaturales.

Drácula le había fascinado desde el principio, pero aquella tarde sucumbió al trueno continuo del ventilador colgado del cielo raso, y se quedó dormida con el libro en el pecho. Despertó dos horas después en las tinieblas, sudando a mares, de mal humor y sorda de hambre.

No era una excepción en su rutina de años. El bar del hotel estaba abierto hasta las diez de la noche, y varias veces había bajado a comer cualquier cosa antes de dormir. Notó que había más clientes que de costumbre a esa hora, y el mesero no le pareció el mismo de antes. Ordenó para no equivocarse un sándwiche de jamón y queso con pan tostado, y café con leche. Mientras se lo llevaban se dio cuenta de que estaba rodeada de los mismos clientes mayores de cuando el hotel era el único, o de escasos recursos, como ella. Una niña mulata cantaba boleros de moda, y el mismo Agustín Romero, ya viejo y ciego, la acompañaba bien y con amor en el mismo piano de media cola de la fiesta inaugural.

Terminó de prisa, abrumada por humillación de comer sola, pero se sintió bien con la música, que era suave y tierna, y la niña sabía cantar. Cuando volvió en sí sólo quedaban tres parejas en mesas dispersas, y justo frente a ella, un hombre distinto que no había visto entrar. Vestía de lino blanco, como en los tiempos de su padre, con el cabello metálico y el bigote de mosquetero terminado en puntas. Tenía en la mesa una botella de aguardiente y una copa a la mitad, y parecía estar solo en el mundo.

El piano inició el Claro de Luna de Debussy en un buen arreglo para bolero, y la niña mulata lo cantó con amor. Conmovida, Ana Magdalena pidió una ginebra con hielo y soda, el único alcohol que se permitía de vez en cuando, y lo sobrellevaba bien. Había aprendido a disfrutarlo a solas con su esposo, un alegre bebedor social que la trataba con la cortesía y la complicidad de un amante secreto.

El mundo cambió desde el primer sorbo. Se sintió bien, pícara, alegre, capaz de todo, y ernbellecida por la mezcla sagrada de la música con el alcohol. Pensaba que el hombre de la mesa de enfrente no la había mirado, pero cuando ella lo miró por segunda vez después del primer sorbo de ginebra, lo sorprendió mirándola. Él se ruborizó. Ella, en cambio, le sostuvo la mirada mientras él miró el reloj de leontina, lo guardó impaciente, miró hacia la puerta, se sirvió otro vaso, ofuscado, porque ya era consciente de que ella lo miraba sin clemencia. Entonces la miró de frente. Ella le sonrió sin reservas, y él la saludó con una leve inclinación de cabeza. Entonces ella se levantó, fue hasta su mesa y lo asaltó con una estocada de hombre.

-¿Puedo invitarlo a un trago? El hombre se resquebrajó. -Sería un honor- dijo.

-Me bastaría con que fuera un placer -dijo ella.

No había terminado cuando ya estaba sentada a la mesa, y sirvió un trago en la copa de él, y otro para ella. Lo hizo con tanta habilidad, y tan buen estilo, que él no acertó a quitarle la botella para impedir que se sirviera ella misma. Salud, dijo ella. Él se puso a tono, y ambos se tomaron la copa de un golpe. Él se atragantó, tosió con sobresaltos de todo el cuerpo y quedó bañado en lágrimas. Sacó el pañuelo intachable con un vaho de agua de lavanda, y la miró a través del llanto. Ambos guardaron un largo silencio hasta que él se secó con el pañuelo y recobró la voz. Ella se atrevió a sentar plaza con una pregunta:
-¿Está seguro de que no vendrá nadie?

-No- dijo él sin ninguna lógica-o Era un asunto de negocios, pero ya no llegará.
Ella preguntó con una expresión de incredulidad calculada: ¿Negocios? Él le respondió como hombre para que no le creyera: Ya no estoy para nada más. Y ella, con una vulgaridad que no era suya, pero bien calculada, lo remató:
-Será en su casa.

Siguió pastoreándolo con su tacto fino. Jugó a adivinarle la edad, y se equivocó por un año de más: cuarenta y seis. Jugó a descubrir su país de origen por el acento, pero no acertó en tres tentativas. Probó a adivinar la profesión, pero él se apresuró a decirle que era ingeniero civil, y ella sospechó que era una artimaña para impedir que llegara a la verdad.

Hablaron sobre la audacia de convertir en bolero una pieza sagrada de Debussy, pero él no lo había advertido. Sin duda, se dio cuenta de que ella sabía de música y él no había pasado del Danubio azul. Ella le contó que estaba leyendo Drácula. Él sólo lo había leído de niño en una versión infantil, y seguía impresionado con la idea de que el conde desembarcara en Londres transformado en perro. En el segundo trago ella sintió que el aguardiente se había encontrado con la ginebra en alguna parte de su corazón, y tuvo que concentrarse para no perder la cabeza. La música se acabó a las once, y sólo esperaban que ellos se fueran para cerrar.

A esa hora ella lo conocía ya como si hubiera vivido con él desde siempre.

Sabía que era aseado, impecable en el vestir, con unas manos mudas agravadas por el esmalte natural de las uñas. Se dio cuenta de que estaba cohibido por los grandes ojos amarillos que ella no apartó de los suyos, y que era un hombre bueno y cobarde. Se sintió con el dominio suficiente para dar el paso que no se le había ocurrido ni en sueños en toda su vida, y lo dio sin misterios:

-¿Subimos?

Él dijo con una humildad ambigua: -No vivo aquí.
Pero ella no esperó siquiera que terminara de decirlo. Se levantó, sacudió apenas la cabeza para dominar el alcohol, y sus ojos radiantes resplandecieron.

-Yo subo primero mientras usted paga, le dijo. Segundo piso, número 203, a la derecha de la escalera. No toque, empuje nada más.

Subió a la habitación arrastrada por un dulce desasosiego que no había vuelto a sentir desde su última noche de virgen. Encendió el ventilador del techo, pero no la luz; se desnudó en la oscuridad sin detenerse, y dejó el reguero de ropa en el suelo desde la puerta hasta el baño. Cuando encendió la lámpara del tocador tuvo que cerrar los ojos y aspirar hondo con un esfuerzo para regular la respiración y controlar el temblor de las manos. Se lavó a toda prisa: el sexo, las axilas, los dedos de los pies macerados por el caucho de los zapatos, pues, a pesar de los terribles sudores de la tarde, no había pensado bañarse hasta la hora de dormir. Sin tiempo de cepillarse los dientes, se puso en la lengua una pizca de pasta dentífrica, y volvió al cuarto, iluminado apenas por la luz oblicua del tocador.

No esperó a que su invitado empujara la puerta, sino que la abrió desde dentro cuando lo sintió llegar. Él se asustó: ¡Ay, mi madre! Pero ella no le dio tiempo de más en la oscuridad. Le quitó la chaqueta a zarpazos enérgicos, le quitó la corbata, la camisa, y fue tirando todo en el suelo por encima de su hombro. A medida que lo hacía, el aire se iba impregnando de un fuerte olor a agua de lavanda. Él trató de ayudarla al principio, pero ella se lo impidió con su audacia y su autoridad. Cuando lo tuvo desnudo hasta la cintura, lo sentó en la cama y se arrodilló para quitarle los zapatos y las medias. Él se soltó al mismo tiempo la hebilla del cinturón de modo que a ella le bastó con jalar los pantalones para quitárselos, sin que ninguno de los dos se preocupara por el reguero de llaves y el puñado de billetes y monedas que cayeron en el suelo. Por último, lo ayudó a sacarse el calzoncillo a lo largo de las piernas, y se dio cuenta de que no era tan bien servido como su esposo, que era el único que ella conocía, pero estaba sereno y enarbolado.

No le dejó ninguna iniciativa. Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron exhaustos en un caldo de sudor. Permaneció encima, luchando a solas contra las primeras dudas de su conciencia bajo el chorro caliente y el ruido sofocante del ventilador, hasta que se dio cuenta de que él no respiraba bien, abierto en cruz bajo el peso de su cuerpo.

Entonces descabalgó y se tendió bocarriba a su lado. Él permaneció inmóvil hasta que pudo preguntar con el
primer aliento:

-¿Por qué yo?
-Me pareció muy hombre -dijo ella.
-Viniendo de una mujer como usted -dijo él- es un honor.
-Ah -bromeó ella-o ¿No fue un placer?

Él no contestó y ambos yacieron pendientes de los ruidos de la noche. El cuarto era sedante en la penumbra de la laguna. Se oyó un aleteo cercano. Él preguntó: ¿Qué es eso? Ella le habló de los hábitos de las garzas en la noche. Al cabo de una hora larga de susurros banales, ella empezó a explorar con los dedos, muy despacio, desde el pecho hasta el bajo vientre. Lo exploró después con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto de un vello rizado y tierno que le recordó la hierba en abril. Luego empezó a provocarlo con besos tiernos en las orejas y en el cuello, y se besaron por primera vez en los labios. Entonces él se le reveló como un amante exquisito que la elevó sin prisa hasta el más alto grado de ebullición. Ella se sorprendió de que unas manos tan primarias fueran capaces de tanta ternura. Pero cuando él trató de inducirla al modo convencional del misionero, ella se resistió, temerosa de que se estropeara el prodigio de la primera vez. Sin embargo, él se le impuso con firmeza, la manejó a su gusto y manera, y la hizo feliz.

Habían dado las dos cuando la despertó un trueno que sacudió los estribos de la casa, y el viento forzó el pestillo de la ventana. Se apresuró a cerrarla, y en el mediodía instantáneo de otro relámpago vio la laguna encrespada, y a través de la lluvia vio la luna inmensa en el horizonte y las garzas azules aleteando sin aire en la borrasca.

De regreso a la cama se le enredaron los pies en la ropa de ambos. Dejó la suya en el suelo para recogerla después, y colgó la chaqueta de él en la silla, colgó encima la camisa y la corbata, dobló los pantalones con cuidado para no arrugarles la línea, y les puso encima las llaves, la navaja y el dinero que se le habían caído de los bolsillos. El aire del cuarto se refrescaba por la tormenta, así que se puso el camisón rosado de una seda tan pura que le erizó la piel. El hombre, dormido de costado y con las piernas encogidas, le pareció un huérfano enorme, y no pudo resistir una ráfaga de compasión. Se acostó a sus espaldas, lo abrazó por la cintura, y el vaho amoniacal de su cuerpo ensopado de sudor le llegó al alma. Él soltó un resuello áspero y empezó a roncar. Ella se adurmió apenas, y despertó en el vacío del ventilador eléctrico cuando se fue la luz y el cuarto quedó en la fosforescencia verde de la laguna. Él roncaba entonces con un silbido continuo. Ella empezó a teclear en sus espaldas con la punta de los dedos por simple travesura. Él dejó de roncar con un sobresalto abrupto y su animal exhausto empezó a revivir. Ella lo abandonó por un instante y se quitó de un tirón la camisa de noche. Pero cuando volvió a él fueron inútiles sus artes, pues se dio cuenta de que se hacía el dormido para no arriesgarse por tercera vez. Así que se apartó hasta el otro lado de la cama, volvió a ponerse la camisa y se durmió a fondo de espaldas al mundo.

Su horario natural la despertó al amanecer. Yació un instante divagando con los ojos cerrados, sin atreverse a admitir el latido de dolor de sus sienes ni el mal sabor de cobre en la boca, por el desasosiego de que algo ignoto la esperaba en la vida real. Por el ruido del ventilador se dio cuenta de que había vuelto la luz y la alcoba era ya visible por el alba de la laguna.

De pronto, como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo. Se volvió a mirarlo asustada por encima del hombro, y no estaba. Tampoco estaba en el baño. Encendió las luces generales y vio que no estaba la ropa de él, y en cambio la suya, que había tirado por el suelo, estaba doblada y puesta casi con amor en la silla. Hasta entonces no se había dado cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le quedaba de su noche loca era un tenue olor a lavanda en el aire purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de veinte dólares".



Copyright Gabriel García Márquez



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La noche del Eclipse
***



Otros misterios de aquel hotel extravagante no fueron tan fáciles para Ana Magdalena Bach, cuando encendió un cigarrillo se disparó un sistema de timbres y luces, y una voz autoritaria le dijo en tres idiomas que estaba en una habitación para no fumadores, la única que encontró libre una noche de ferias. Tuvo que pedir ayuda para aprender que con la misma tarjeta de abrir la puerta se encendían las luces, la televisión, el aire acondicionado y la música de ambiente. Le enseñaron a digitar en el teclado electrónico de la bañera redonda para regular la erótica y la clínica de jacuzzi. Loca de curiosidad se quitó la ropa ensopada de sudor por el sol del cementerio, se puso el gorro de baño para protegerse el peinado y se entregó al remolino de la espuma. Feliz, marcó a larga distancia el teléfono de su casa, y le gritó al marido la verdad: "No te imaginas la falta que me haces". Fueron tan vívidos los fieros que le hizo, que él sintió en el teléfono la excitación de la bañera.

-Carajo -dijo- éste me lo debes.

Ella había pensado pedir al cuarto algo de comer para no tener que vestirse, pero el recargo por el servicio de habitación la decidió a comer como pobre en la cafetería. El vestido de seda negra, tubular y demasiado largo para la moda, le iba bien con el peinado. Se sintió medio desvalida con el escote, pero el collar, los aretes y las sortijas de esmeraldas falsas le subieron la moral y aumentaron el fulgor de sus ojos.

Cuando bajó a cenar eran los ocho.

Terminó pronto. Agobiada por el llanto de los niños y la música estridente, decidió regresar al cuarto para leer El día de los Trífidos, de Ray Bradbury, que tenía en turno desde hacía más de tres meses. El remanso del vestíbulo la reanimó, y al pasar frente al cabaret le llamó la atención una pareja profesional que bailaba el Vals del Emperador con una técnica perfecta. Permaneció absorta en la puerta hasta que terminó el espectáculo y la clientela común ocupó la pista de baile. Una voz dulce y varonil, muy cerca de sus espaldas, la sacó del ensueño:

- ¿Bailamos?

Estaban tan cerca, que ella percibió el tenue olor de su timidez detrás de la loción de afeitar. Entonces lo miró por encima del hombro, y se quedó sin aliento. "Perdone, -le dijo aturdida -, pero no estoy vestida para bailar". La réplica de él fue inmediata:

- Es usted la que viste el vestido, señora.

La frase la impresionó. Con un gesto inconsciente se palpó los pechos intactos, los brazos desnudos, las caderas firmes, hasta comprobar que su cuerpo estaba en realidad donde lo sentía. Entonces miró de nuevo por encima del hombro, ya no para reconocerlo, sino para apropiárselo con los ojos más bellos que él vería jamás.

- Es usted muy gentil -le dijo con encanto-. Ya no hay hombres que digan esas cosas.

Entonces él se puso a su lado y le reiteró en silencio la invitación a bailar. Ana Magdalena Bach, sola y libre en su isla, se agarró de aquella mano con todas las fuerzas de su alma como al borde de un precipicio.

Bailaron tres valses a la manera antigua. Ella supuso desde los primeros pasos, por el cinismo de su maestría, que él era otro profesional alquilado por el hotel para animar las noches, y se dejó llevar en círculos de vuelo, pero lo mantuvo firme a la distancia de su brazo. Él le dijo mirándola a los ojos:
"Baila como una artista". Ella sabía que era cierto, pero sabía también que él se lo había dicho de todos modos a cualquier mujer que quisiera llevarse a la cama.

En el segundo valse, él trató de apretarla contra su cuerpo, y ella lo mantuvo en su lugar. Él se esmeró en su arte, llevándola por la cintura con la punta de los dedos, como una flor. A la mitad del tercer valse ella lo conocía como si fuera desde siempre.

Nunca había concebido a un hombre tan anticuado en un empaque tan bello. Tenía la piel lívida, los ojos ardientes bajo unas cejas frondosas, el cabello de azabache absoluto aplanchado con gomina y con la línea perfecta en el medio. El esmoquin tropical de seda cruda ceñido a sus caderas estrechas completaba su estampa de lechuguino. Todo en él era tan postizo como sus maneras, pero los ojos de fiebre parecían ávidos de compasión.

Al final de la tanda de valses él la condujo a una mesa apartada sin anuncio ni permiso. No era necesario: ella lo sabía todo de antemano, y se alegró de que él ordenara champaña. El salón en penumbra era bueno para vivir, y cada mesa tenía su propio ámbito de intimidad.

Ana Magdalena calculó que su acompañante no pasaba de los treinta años, porque apenas si daba pie con el bolero. Ella lo encaminó con tacto sereno, hasta que él encontró el paso. Lo mantuvo a la distancia, para no darle el gusto de que sintiera en sus venas la sangre enfebrecida por la champaña. Pero él la forzó, primero con suavidad, y después con toda la fuerza de su brazo en la cintura. Ella sintió entonces en su muslo lo que él había querido que sintiera para marcar su territorio, y se maldijo por el batir de su sangre en las venas y el fogaje de su respiración, pero supo oponerse a la segunda botella de champaña. Él debió notarlo, pues la invitó a un paseo por la playa. Ella disimuló su disgusto con una frivolidad compasiva:

- ¿Sabe qué edad tengo?

- No puedo imaginarme que usted tenga una edad dijo él-. Sólo la que usted quiera.

No había acabado de decirlo cuando ella, hastiada de tanta mentira, le planteó a su cuerpo el dilema terminante: ahora o nunca. "Lo siento", dijo, poniéndose de pie. Él se sobresaltó.

- ¿Qué ha pasado?

-Tengo que irme -dijo ella-.La champaña no es mi fuerte.

Él propuso otros programas inocentes, sin saber quizás que cuando una mujer se va no hay poder humano ni divino que la detenga. Por fin se rindió.

- ¿Me permite acompañarla?
-No se moleste -dijo ella-o Y gracias, de veras, fue una noche inolvidable.

En el ascensor estaba ya arrepentida.
Sentía un rencor feroz contra sí misma, pero la compensaba el placer de haber hecho lo que correspondía. Entró en el cuarto, se quitó los zapatos, se tiró bocarriba en la cama y encendió un cigarrillo. Casi al mismo tiempo llamaron a la puerta, y ella maldijo el hotel donde la ley perseguía a los huéspedes hasta su intimidad sagrada. Pero el que tocó no era la ley, era él.

Parecía una figura del museo de cera en la penumbra del corredor. Ella lo comprobó con la mano en el pomo de la puerta, sin una pizca de indulgencia, y al fin le cedió el paso. Él entró como en su casa.
-Ofrézcame algo -dijo.
- Sírvase usted mismo -dijo ella-. No tengo la menor idea de cómo funciona esta nave espacial.

Él, en cambio, lo sabía todo. Moderó las luces, puso la música de ambiente y sirvió dos copas de champaña del rninibar con la maestría de un director de orquesta. Ella se prestó al juego, no corno ella misma, sino como protagonista de su propio papel. Estaban en el brindis cuando sonó el teléfono, y ella contestó alarmada. Un oficial de la seguridad del hotel le advirtió muy amable que ningún invitado podía permanecer en una suite después de la medianoche sin registrase en la recepción.

- No necesita explicármelo, por favor
-lo interrumpió ella, abochornada -. Perdone usted.

Colgó con la cara congestionada por el rubor. Él, corno si hubiera oído la advertencia, la justificó con una razón fácil: "Son mormones". Y sin más vueltas la invitó a contemplar un eclipse total de luna desde la playa. La noticia era nueva para ella. Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar.

- No tenemos escapatoria -dijo él-. Es nuestro destino.

La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas. En el horizonte se veía el resplandor remoto de la ciudad, y el cielo era diáfano y con una luna solitaria y triste. Él estacionó al abrigo de las palmeras, se quitó los zapatos, se aflojó el cinturón y abatió el asiento para relajarse.

Ella descubrió que la camioneta no tenía más que los dos asientos delanteros, que se convertían en camas con sólo apretar un botón. El resto era un bar mínimo, un equipo de música con el saxo de Fausto Papetti, y un baño minúsculo con un bidé portátil detrás de una cortina carmesí. Ella entendió todo.

-No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena, y estamos en cuarto creciente.

Él se mantuvo imperturbable.

- Entonces será de sol -dijo-. Tenemos tiempo.

No hubo más trámites.

Ambos sabían ya a lo que iban, y ella sabía además qué era lo único distinto que podía esperar de él desde que bailaron el primer bolero. La asombró la maestría de mago de salón con que la desnudó pieza por pieza, casi hilo por hilo, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. Con la primera embestida del minotauro ella se sintió morir por el dolor con una humillación atroz de gallina descuartizada. Quedó sin aire y empapada en un sudor helado, pero apeló a sus instintos primarios para no sentirse menos ni dejarse sentir menos que él, y se entregaron juntos al placer inconcebible de la fuerza bruta subyugada por la ternura. Ana Magdalena no se preocupó por saber quién era él, ni lo pretendió, hasta unos tres años después de aquella noche inolvidable, cuando reconoció en la televisión su retrato hablado de vampiro triste, solicitado por todas las policías del Caribe como el estafador y proxeneta de viudas alegres y solitarias, y probable asesino de dos.




GABRIEL GARCÍA MARQUEZ, 2003
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