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HORAS DE PLUMA Y VINO



 
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Lun Sep 20, 2004 08:15    Asunto: HORAS DE PLUMA Y VINO Responder citando

Una de las mayores verdades del mundo de la cultura es que el creador parte de su mundo interior, y que ese mundo interior sólo se cultiva en la soledad y el silencio de la reflexión y la concentración. Sin embargo, no es menos verdad que el artista se alimenta del mundo que le rodea y que bebe de las relaciones intelectuales con otros artistas, además de estar practicamente obligado a tejer una red de contactos promocionales que faciliten la publicación y exposición de sus digestiones. Hoy por hoy, la labor gestora está en manos del cada vez mayor mundo de los agentes literarios, pero sigue siendo indispensable, para el germen de la obra, el trato, correspondencia y contacto con otros colegas.

Es así que a través de epistolarios, tertulias, fiestas y noches de tenedor, alcohol y drogas, muchos escritores y escritoras han elevado ciertos locales del mundo de la hostelería en museo de los cenáculos y las confabulaciones, las escuelas y las tendencias, el mito y el cotilleo.

Este foro, por eso, está dedicado a todas las mesas, copas y platos de todos los locales que en París, Londres, Lisboa, Buenos Aires, Madrid y etc. etc. han pasado, de algún modo, a la historia de la literatura universal-
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Lun Sep 20, 2004 08:24    Asunto: Responder citando

Dejando aparte obras tan de cinco tenedores como El Banquete de Platón, -personalidad cuya onomástica celebraba el hombre renacentista en Florencia cada siete de septiembre- o personajes tan glotones como el de Pantagruelle y su padre Rabelais, tenemos que llegar al s. XVIII para encontrar el origen de los restaurantes.

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Hasta el siglo XVIII la palabra "restaurant" se refería en Francia a un caldo de carne que "revigorizaba y restauraba". Poco a poco, los establecimientos que en principio sólo servían este tentempié fueron diversificando sus propuestas hasta componer una carta. Característica ésta que, junto a la disposición de los cubiertos en mesas independientes, los diferenciaba de las tabernas tradicionales. Pero el verdadero auge de los restaurantes se lo debemos a la Revolución Francesa que, poniendo en la calle a los grandes cocineros de la aristocracia, les obliga a reciclarse y hacer uso más democrático de su talento.

Con la publicación en 1803 del Almanaque Gourmand, Alexandre G. de la Reynière inventa la crítica gastronómica. Un nuevo género literario que se verá correspondido, ya que también por entonces las gentes de letras, habituadas a los restringidos salones mundanos, comienzan a saborear esta nueva forma de cultura social que son los restaurantes. Que ya lo decía el escritor y gastrónomo Brillat-Savarin en su Fisiología del gusto (1825), "el animal se sustenta, el hombre se alimenta y el hombre ilustrado sabe comer".

De aquella generación de establecimientos nacidos en París a finales del siglo XVIII, sólo uno ha llegado hasta nosotros: Le Grand Véfour. Un restaurante que ilustra además perfectamente la complicidad entre dos artes que juntas alimentan cuerpo y alma. Inaugurado bajo los soportales del Palais-Royal, el barrio más animado de la época, conoció en su origen un éxito tal que su propietario pudo retirarse al cabo de sólo tres años, librándolo a su suerte. A una aventura dos veces centenaria que se verá turbada por múltiples avatares, siendo su clientela literaria quien se encargue puntualmente de disciplinar su destino descarriado.

Desde 1830, coincidiendo con el declive del barrio, su supervivencia se ve amenazada. Y ya entonces estaban para reconfortarle Lamartine, Sainte-Beuve o Victor Hugo degustando su plato preferido: cordero con judías blancas. Y aunque también allí la Bella Otero1 caracoleando sobre las mesas, la Belle Epoque palpitaba ya en otros barrios de París.

Así que otra vez se atolondra su estrella y el Véfour pasa de un dueño a otro hasta caer incluso en el "deshonor" de la servilleta de papel. Dos brillantes nombres de la literatura acudirán de nuevo en su ayuda. Colette y Cocteau, ambos vecinos del establecimiento, lo convierten en su cuartel general arrastrando tras ellos a la flor y nata de la intelectualidad del momento. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, André Malraux, Louis Aragon, Jean Genet o Marcel Pagnol han dejado impresa su visita.
Más curiosa todavía es la historia de aquel italiano, Francesco Procopio, que tentara fortuna en Francia allá por el siglo XVII. Su local se fundó en 1686, aunque bien es cierto que no se convierte propiamente en restaurante hasta mucho después, cuando ya su suculenta biografía se ha hecho indisociable de las letras parisinas.

www.france.diplomatie.fr/

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Le grand vefour

POR VERONICA BLACKBURN

Fundado como Café de Chartres en 1784, está situado al fondo del Palais Royal con una vista al precioso jardín, que estaba pleno de tulipanes blancos, amarillos y azules entremezclados con myosotis (no me olvides). Se suele encontrar un curioso personaje, un hombre de unos 65 años que estudia el comportamiento de los gorriones. Los alimenta con una mano extendida y la otra empuñada (se van directamente a ésta y la otra no la tocan) y se rehúsa a ser fotografiado. Hay una señora mayor que hace lo mismo.

En 1948 fue comprado por el dueño de MaximÍs, Louis Vaudable, y se lo entregó a Raymond Olivier quien durante 36 años fue un brillante chef (tres estrellas). Después de su retiro decayó levemente, perdió una estrella y luego el restorán fue comprado por la familia Taittinger que puso a un joven chef a cargo, recuperando nuevamente la preciada estrella. Figuras tales como Napoleón y Josefina, Victor Hugo, Jean Cocteau, entre muchos otros, fueron clientes frecuentes.

Como aperitivo y para toda la comida pedimos un champagne Taittinger Cuvée Prestige Rose, delicioso. Como entrada, pinzas de langosta de Bretagne con mousse de espárragos y acedera servido en un plato de cristal con dos espárragos dibujados con mousse por dos costados, y raviolis de foie gras con crema de trufas, su especialidad (mejores los del Ritz). Como plato de fondo: Paloma Prince Rainier III, rellena con foie gras y trufas, a punto, con salsa de fondo de carne y trufas, acompañada de pequeños espárragos envueltos en pancetta y zanahorias miniatura, excepcional. Luego, una langosta Bretagne, salteada entera, sacada de su cáscara, servida con una salsa agridulce al curry, acompañada de unos mini blinis con berenjena, muy buena. Lo más original fue el postre: una creme brulée con alcachofas acompañadas de zanahorias confitadas (exquisito) y un postre de chocolate con castañas servido con helado de almendras con una pasta de pistachos entremedio y decorado con una lámina fina de oro verdadero.

La comida es exquisita, el decorado no ha cambiado en siglos. Una experiencia para todos los sentidos.

Le Grand Vefour

17, rue de Beaujolais-75001 Paris

Tel: 33 01 42 965627


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Le Grand Vefour

Le Grand Véfour: 17, rue de Beaujolais 75001 Tel: 42 96 56 27. Una plaquita nos recordará al ilustre comensal que tomó asiento en nuestro lugar. A la carta el cubierto oscila entre 800 y 900 F. A mediodía existe un menú a 325 F.


Ultima edición por DELLWOOD el Lun Sep 20, 2004 08:41, editado 1 vez
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MensajePublicado: Lun Sep 20, 2004 08:30    Asunto: Responder citando

Procopio el alquimista

Francesco Procopio, tentò fortuna en Francia allá por el siglo XVII. Su local se fundó en 1686, aunque bien es cierto que no se convierte propiamente en restaurante hasta mucho después, cuando ya su suculenta biografía se ha hecho indisociable de las letras parisinas.

Había iniciado Francesco su comercio proponiendo dos especialidades de su país, café y helados, pero será el arte de mezclar hierbas y especias en licores y aguardientes su auténtico fuerte. Eneldo, cilantro, hinojo o almizcle: al aroma de tan sugerente arbolario surge el éxito y el astuto italiano no duda en afrancesar su nombre, como si también su olfato de alquimista le vaticinara posteridad. En 1689 un golpe de suerte le acerca la Comédie-Française, convirtiendo su local en trastienda y antesala. Agoniza el siglo XVII y La Fontaine, Molière y Racine ceden sus butacas a Rousseau, Voltaire y Diderot. Le Procope presume de ser la cuna del Enciclopedismo. "En París hay un local donde se aprecia el café de tal modo que otorga inteligencia a quienes lo toman" llegó a decir Montesquieu. Pero desde aquella mítica estampa de Voltaire jugando al ajedrez, muchas otras han venido a recortarse en el mismo decorado: el gorro de castor de Musset, los ojos de Balzac escrutando el abalorio de una lámpara, Verlaine escondido tras un vaso de absenta o el bastón del exquisito Oscar Wilde.

http://www.procope.com/anglais/default.htm





Le Procope: 13, rue de l'Ancienne-Comédie 75006 Tel: 43 26 99 20. Abierto hasta la 1h de la madrugada. El precio medio por persona y a la carta es de unos 200F. Existe un menú "privilège" a 185F, otro a 110F (entre las 11h y las 20h) y por último, uno a 123F a partir de las 23h.
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MensajePublicado: Dom Sep 26, 2004 07:36    Asunto: Responder citando

Esos motivos recurrentes en la obra de Duras -el hotel, el mar- están inspirados en la ciudad balnearia de Trouville sur mer, en la Costa Florida de la Normandía...a 200 kms de Paris y a cinco kms. de la elitista Deauville. La estación balnearia data de la primera mitad del S. XIX. Un lugar reputado por sus restaurantes y marisquerías, así como por su patrimonio arquitectónico y el glamour ajeno al papel couché.

Allí está el hotel Roches Noires.



Con la placa conmemorativa de la escalinata Duras...



Vivía en el primer piso-


« Voici la mer, calme, irisée différemment suivant ses fonds, d'un bleu lassé »Le Ravissement de Lol V. Stein p. 176





El Hotel pintado por C. Monet.

En el Orsay, por supuesto-

A M. Proust el Hotel Roches no le gustaba nada, le parecía frío y lo único positivo que encontró en él fue el grosor de las paredes: le permitía escuchar con facilidad los golpecitos con que la madre anunciaba que estaba visitable...

No lejos de Trouville está Dieppe, la ciudad a la que llegó Oscar Wilde tras su estancia en Reading, y se pueden visitar los cafés que frecuentaba, aún abiertos, el Suisse y el Tribuneaux.
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MensajePublicado: Dom Sep 26, 2004 08:06    Asunto: Responder citando

Cuando el 19 de mayo de 1897, Oscar Wilde abandonó la prisión londinense de Pentonville, partió para el puerto de Newhaven y tomó el barco nocturno queu ne esta lcoalidad con el francés puerto pesquero de Dieppe, en la Normandía y se instaló en el Hotel Sandwich. Hoy el Hotel es un bloque de apartamentos privados junto al Casino. Así lo atestigua la carta que le envía a su amigo Harri.-





Pocos días después, un grupillo de escritores franceses lo visita en el café Tribuneaux, en donde a pesar de ser cliente ,y dada la afición de Oscar al alcohol suponemos que bebía bastante. no hay ni siqueira una placa y mucho menos una calle .




El 27 de agosto, invitado a abandonar el lugar por pasear de la mano de sus amigos, se traslada a Berneval y se instala en el Chalet Bourgeat, destruído por la guerra-


El HOtel Cadogan, donde fue arrestado Wilde.-Sloane Street, Knightsbridge




Habitación de los últimos días de Wilde, en L´HOtel, Paris-


El café de L´Hotel, más asequible que sus habitaciones



EL Royal, o el Royal Park, el gran escenario de Wilde en Londres. Justo enfrente de la iglesia en la que se había casado...Totalmente reformado.
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MensajePublicado: Dom Sep 26, 2004 08:38    Asunto: Responder citando

La taverna de Fitzroy,
16 Charlotte Street, Cinco libras sólo por entrar, cuatro por una pinta. Por algo da nombre a un barrio. Entre 1907 y 1911, Virginia Woolf vivió con Adrian Stephen en el número 29 de FitzRoy Square. Todo enfrente de la Universidad. Hay un tour una vez a la semana por los pubs literarios de la zona. Dickens, Thackeray, Oscar Wilde, G.B. Shaw, Virginia Woolf, George Orwell, W.B. Yeats ,T.S. Eliot.


Cyril Connolly, George Orwell and Dylan Thomas. Te puedes encontrar con Martin Amis, parroquiano de esta barra.
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