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Otra Ana Frank



 
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MensajePublicado: Mie Nov 03, 2004 15:06    Asunto: Otra Ana Frank Responder citando

HISTORIA DE VIDA: MEMORIAS DE UNA SOBREVIVIENTE QUE RESIDE EN LA ARGENTINA
Vivió escondida como Ana Frank, pero ella pudo salvarse del Holocausto



http://www.clarin.com/diario/2004/11/03/sociedad/s-03415.htm

Debora Lang cumple hoy 80 años y recuerda cómo logró escapar de los nazis en Holanda. Su padre organizó una red de refugios y los 8 integrantes de la familia pudieron sobrevivir.

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Liliana Moreno.
limoreno@clarin.com


Quizá sea como dice Debora Lang: "Creo que la gente está cansada de las historias del Holocausto". Pero la de ella es extraordinaria y llegó a este diario vía mail. La contó su hijo Martín después de leer la noticia del descubrimiento de las memorias de Helga Deen (Clarín, 20/10), una joven judía holandesa que —como Ana Frank— se escondió de los alemanes durante la ocupación y murió. "Mi madre —contó él— es parte de una familia de ocho (padres y seis hijos) que se reencontró sana y salva después de cuatro años de vivir separados y escondidos, también durante la ocupación nazi a Holanda". Debora no dice que es un milagro porque es agnóstica, pero sabe que se le parece.

"Nuestra historia —ahora es ella quien la cuenta— empieza en 1940 cuando los alemanes invadieron Holanda". Se sabe que a la distancia muchos horrores pueden contarse como un cuento. Pero Debora Lang, que hoy cumple 80, le suma lo suyo: tiene tanto de cálida como tan poco de dramática. "Aunque en realidad empezó en 1933", corrige con marcado acento holandés, a pesar de que vive en la Argentina desde 1955.

En 1933 su padre, Moises Manassen, comerciante de ganado, escuchaba con preocupación los discursos del Führer por la radio. "Hitler invadió la casa", recuerda Debora. Y en un punto esto los salvó: Moisés intuía lo que se venía y nunca se lo ocultó a su familia. Por eso, cuando los alemanes ingresaron a Holanda, los Manassen, reunidos en su casa de Utrecht, sabían por qué lloraban. "Lloren ahora, pero por última vez. No les vamos a dar el gusto a los invasores", escucharon Simon (21), Sue (17), Debora (15), Ellie (14), Emmanuel (13) y Michel (10), de boca de su padre. La soga que los nazis pusieron al cuello de los judíos, la ajustaron despacio. Les prohibieron salir después de las 20, debían usar identificaciones... Pero Moises dijo basta cuando ordenaron registrarlos. Era tarde para emigrar y siempre había sido difícil conseguir visas para una familia tan numerosa. Debían esconderse, les dijo, y debían hacerlo por separado para tener más chances de sobrevivir. El y su esposa Johanna por un la do, Debora y Ellie por otro, los demás, solos. Simon no contaba, era miembro de la resistencia. Todo fue de un día para el otro, para que el secreto no se filtrara. "Y aunque no sabíamos cuando nos volveríamos a ver, nadie lloró".

Era mediados de 1941. Moises, ayudado por Simon, había armado una red de casas y complicidades entre familias obreras de los suburbios de Utrecht. No eran ni amigos ni empleados. "Era gente muy solidaria que se arriesgó por nosotros. Todos aquellos años mi padre les pagó nuestros gastos porque eran familias humildes".

Debora y Ellie vivieron con un matrimonio. Ellos en la planta baja y las chicas en el altillo: un cuarto, chico con una ventanita, dos camas y un espejo. Ahí pasaron un año y medio, hasta que para burlar una razzia fueron llevadas a otra casa y a otro altillo. Fueron años de silencio cuando había visitas, de leer y releer, de tejer y destejer. De lavar la única muda de ropa hasta gastarla y de esperar la comida, cada vez más escasa. De inviernos enteros adentro de la cama para aguantar el frío y de "pegar el estirón" cada vez más flacas y demacradas. Pero, también, de hablar hasta caer rendidas, de escribir poemas y de ensayar peinados frente al espejo gracias a un par de ruleros, casi un par de tesoros. "Lo digo con pudor, pero la verdad es que nunca estuvimos desesperadas. Quizá porque habíamos participado de un grupo sionista y estábamos orgullosas de ser judías. Nunca pensé 'Caramba, si no hubiera sido judía mi suerte hubiera sido otra'. Creo que fue esta fuerza interior la que hizo que saliéramos enteras".

Hubo momentos que parecieron el fin. Debora recuerda uno: "Muy de vez en cuando nos sacaban a dar un paseo corto, de noche y de a una. Una noche nos paró un policía y me pidió documentos. Por lo bajo mi acompañante me dijo 'Corré'. Yo corrí como loca hasta que toqué timbre en una casa cualquiera. A las horas, mi acompañante, que le había inventado una excusa al policía, me vino a buscar. Tuve mucha suerte. Otra vez la trama de solidaridades me salvó la vida".

La comida se hacía cada vez más escasa en el norte y Moises planeó el traslado de sus hijos al sur. Separadas, sólo las mujeres pudieron ir. Debora llevaba documento falso, el pelo negro debajo de un gorro y se había depilado las cejas "porque eran muy delatoras de mi condición de judía". Para darle "apoyo moral", pero sin hablarle, viajaba el señor Van Schouwenaar, dueño de la casa donde se escondía su padre.

En Venraay, un pueblo de campo, Debora recuperó parte de su libertad. Vivía con una viuda y muy de vez en cuando salía para ver a sus hermanas. "En el norte de Holanda todos son rubios y era difícil mimetizarse. En el sur, en cambio, la mezcla con belgas y franceses me favorecía. Además, después de unos años uno se acostumbra al peligro". Tanto se mimetizó que fue reclutada para pelar papas en la cocina del ejército alemán. Hizo mal su trabajo, defendió su condición de estudiante y logró que la mandaran de vuelta. Su hermano Michel, supo después, fue llevado a la mismísima Alemania a trabajar en una fábrica de armamentos.

Cuando en 1944 el ejército inglés liberó el sur de Holanda, las hermanas Manassen no pudieron festejar: el resto de la familia seguía en el norte. Debora y Ellie consiguieron trabajo en la cantina de los soldados: al fin leche, azúcar, escones, ¡chocolate! y una paga. Aunque tenían la ropa gastada y hacía tiempo que no veían un buen plato de comida, con el primer sueldo "nos compramos dos sombreritos marrones que estrenamos para visitar a Sue", recuerda sonriente. Llegó 1945 y el fin de la guerra. La casa de los Van Schouwenaar —la única dirección que todos los Manassen conocían— fue el punto de encuentro. Las chicas llegaron en una ambulancia del ejército inglés, Michel caminando desde Alemania, el resto salió de sus escondites... "Recién entonces —dice Debora— volvimos a llorar".
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