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Rafael Sánchez Ferlosio



 
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Louis
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Ubicación: La República de las Letras

MensajePublicado: Dom Dic 05, 2004 12:43    Asunto: Rafael Sánchez Ferlosio Responder citando

Poco, o nada, me gusta eso de andar copieteando de acá o allá para luego colgarlo en las páginas literarias sin más comentario o sentido que el que prestan unos versos realojados o una página reubicada. Pero como veo que algunos amigos americanos no han tenido la oportunidad de leer a Rafael Sánchez Ferlosio (El Ferlosio, decimos yo y mis amigos, con la confianza que da el frecuente trato con sus libros) por estas cosas editoriales, quizás no esté de más que cuelgue un texto suyo; no de El Jarama por respeto, puesto que el Ferlosio abjuró de ella hace tiempo y no es cuestión de faltárselo con nuestra insistencia; tampoco de Alfanhuí, que aun siendo un libro bellísimo, quizás sea poco representativo de lo que hace en la actualidad, cincuenta años después. El texto que propongo no es que haya sido entresacado de lo último de lo último, sino de un precioso libro, editado hace ya treinta años. No obstante, el estilo de Ferlosio sigue tan cercano a esta línea, que no me parece descabellado proponerlo como una de sus actualidades.

Proviene de Las semanas del Jardín, aunque después haya sido situado de manera casi independiente (con algunos cambios y correcciones, no muy numerosas y siempre oportunas) en el segundo volumen de sus Ensayos y artículos, Barcelona, 1992 —es la versión que he adoptado para transcribirlo. Constan estas Semanas de una serie de ensayos y curiosidades literarias y lingüísticas, siendo una de ellas la titulada El caso Manrique, donde se hacen determinadas consideraciones al autor de las Coplas. Pero visto que Ferlosio es un narrador y un fabulador nato, incluye la narración de un encuentro (imaginario, naturalmente) entre Juan de Mairena, el inolvidable personaje literario creado por Don Antonio Machado, y nada menos que Marcelino Menéndez y Pelayo, el erudito español del XIX. El texto, además de divertidísimo, está fenomenalmente escrito y llevado en tanto narración. Sirva este ejemplo para vindicar la vigencia de Ferlosio como escritor, y no, como he escuchado por ahí, para enterrarlo por estar muerto en vida. Una página así merece (tiene) la vida eterna.



(El diálogo del «Gran Café de Nápoles»)

(A este propósito, en las memorias inconclusas, inéditas, prácticamente anónimas —pues sólo hay una más o menos plausible conjetura sobre la identidad de su autor, cuyo nombre, por tanto, omitiré— y acaso incluso apócrifas —como lo son, por lo demás, de uno u otro modo, todas las memorias—, de cierto oscuro periodista sevillano aparece, como único y nunca corroborado testimonio, el relato de un insospechado encuentro entre Juan de Mairena y don Marcelino Menéndez y Pelayo, con un diálogo que versa, en su mayor parte, justamente sobre las coplas de Manrique *. Según el manuscrito de este olvidado y dudosamente identificado reportero, el fugaz conocimiento entre ambos personajes se habría producido con ocasión de una breve estancia en Sevilla de don Marcelino, «sin otro objeto —son palabras textuales que el autor de las memorias pone en labios de don Marcelino en da conversación de éste con Mairena— que el de confirmar ciertos extremos que me interesaban en los archivos de la Metropolitana». Parece, pues, que, siempre según el poco conocido y aun menos acreditado manuscrito, «corriendo a la sazón la primera quincena del mes de julio y sin ninguna de esas beneméritas tormentas que tanto suelen aliviar los inmisericordes rigores de las noches sevillanas, Don Marcelino, que se hospedaba, por lo que pude colegir, en el Parador del Sol, sito, como es notorio, en la calle de la Cabeza del Rey Don Pedro, aledaña con la Alfalfa, y por ende en uno de los puntos más interiores y menos ventilados de la urbe, aterrado, sin duda, ante da sola idea de meterse en cama, vino a buscar el consuelo, por cierto más ilusorio que real, de un espacio más amplio y despejado como es el de la Alameda de Hércules, donde existía hasta hace pocos años el Gran Café de Nápoles, que tanto yo como un señor Mairena, profesor de gimnasia —y con quien yo no tenía otro conocimiento que el del simple saludo que se usa entre asiduos de un mismo establecimiento—, solíamos frecuentar.» Sigue después contando el periodista cómo don Marcelino, después de haberse paseado de acá para allá unas cuantas veces, con las manos cogidas por detrás de la chaqueta, «concentrado, a todas luces —nos dice textualmente— en las más arduas reflexiones, abstraído en los más elevados pensamientos, entre las dos parejas de colosales y monolíticas columnas romanas que adornan los extremos de la célebre alameda, y de las que ésta tomó sin duda el nombre», se resolvió por fin a entrar en el Gran Café de Nápoles, en donde, por lo visto, fue reconocido en el acto por el autor de las memorias, ya que «su imponente efigie —según nos explica el texto—, gracias a cientos de grabados y de fotografías, era tan familiar en el circuito de las personas instruidas como famoso era su nombre entre las mismas». Impuesto en su profesión, el autor de las memorias vio en seguida la posibilidad de una entrevista-reportaje, del que confiesa incluso los diferentes títulos que llegó a barajar: «Don Marcelino en la ciudad de Almutamid», «Menéndez y Pelayo rinde visita a La Giralda», y otros por el estilo, más un último «más serio —dice—, de reserva, por si el director los estimaba una mijita atrevidillos y me los echaba para atrás: «El sabio don Marcelino Menéndez y Pelayo viene a consultar los tesoros documentales de nuestra capital». Pero estando en aquel momento acompañado por una mujer llamada La Sagrario, «una mujer que me quería —comenta, acaso para justificarse—, una mujer buena, una Magdalena, de la que si un tumor impío, un cáncer inhumano, no me la hubiese Dios arrebatado, tal vez habría llegado a hacer la compañera de mi vida y el sagrario de mi ancianidad» [sic; anacolutos como este, en que el papel de sujeto de «hubiese arrebatado» queda ambiguamente repartido entre Dios y el tumor impío, no son infrecuentes en el manuscrito, casi carente, por lo demás, de correcciones; y, en cuanto a lo de «sagrario de mi ancianidad», sería injusto sacar la conclusión de que el autor tenía un tan elevado concepto de sí mismo como para considerar su propia ancianidad digna de la veneración de un tabernáculo; más conforme parece con la actitud general del manuscrito pensar que sólo quiso encontrar todo un símbolo —aunque tuviese que ser algo forzado— en el nombre de pila de la mujer, deseoso tan sólo de rendir homenaje a su memoria, sin andarse parando demasiado en el sentido de lo que decía]. «Viéndome yo, así pues —sigue el autor—, en la precisión de despacharla antes de presentarme a don Marcelino, mandándole, como me parecía lo más correcto, una tarjeta de visita a través del camarero, se me adelantó, ganándome la acción, el tal señor Mairena, que igualmente lo había reconocido, y, produciéndose de la forma más desenvuelta, lo abordó sin más ni más, tendiéndole la mano y anunciándole su nombre, sin haberle dejado tan siquiera el tiempo de acomodarse, y en el acto pegó la hebra con él. Con lo que, aunque al día siguiente me personé a mediodía en el Parador del Sol, fue sólo para enterarme de que el sabio había partido, así que al fin no pude redactar más que una simple nota de su fugaz estancia.» Casi en seguida, al parecer, la conversación se fue centrando sobre el tema de la literatura. «No sé con qué predicamento —comenta aquí, tal vez con una punta de rencor por haber visto frustrada su entrevista, el autor de las memorias— se atrevía aquel señor Mairena a departir de literatura con el insigne Menéndez y Pelayo, siendo, como era, profesor (aunque mejor diríamos «instructor», por muy titulado que estuviese) de gimnasia.» Omitiré reseñar aquí los párrafos del manuscrito que recogen, a menudo con frases literales de los interlocutores, la primera parte de la conversación, hasta el momento en que, habiéndose al fin polarizado sobre la lírica castellana, salieron casi en seguida a relucir las coplas de Manrique a la muerte de su padre; parece ser, pues, que ambos personajes coincidieron con el máximo entusiasmo en encomiar este poema con especial predilección, llegando incluso a recordar de memoria algunas partes y a ponderarlas con tono admirativo. «No dejaba de ser un espectáculo chocante —dice el autor de las memorias— ver cómo aquel profesor de gimnasia se sabía de corrido las coplas de Jorge Manrique y la manera en que se las recitaba a Menéndez y Pelayo, casi como si fuesen versos propios, o como si se las estuviese dando a conocer, acompasándose con ciertos exquisitos movimientos de la mano, pero juntas las yemas del pulgar y el índice, igual que un cantaor.» Un conato de roce parece que lo hubo, sin embargo, cuando Mairena empezó a poner en entredicho la figura del conde de Paredes, aseverando que don Rodrigo, al igual que dan Fadrique Enríquez, había sido, en realidad, más bien un mal bicho, henchido de soberbia y de ambición, y contrastando su actitud y la de su familia con la responsabilidad, la dignidad y la franqueza que durante todo el reinado de Enrique IV habían sabido mantener, en cambio, los Mendoza. Pero si este conato de fricción no pasó a mayores fue gracias a la intempestiva intervención de un tercer personaje, un anciana solitario, sentado en un velador casi contiguo, que había aguzado el oído a la conversación, en especial desde el instante en que ésta había derivado hacia juicios históricos, y que con ta desmesura de su interpelación rebasó cualquier posible medida que hubiese amenazado alcanzar el desacuerdo entre Mairena y Menéndez y Pelayo. Cuando el segundo, en efecto, replicó, con una punta de viveza, que si consideraba Mairena a don Enríque un rey merecedor de lealtades incondicionales o escrupulosos miramientos y comenzó a explayarse sobre el gran beneficio que tanto para la sucesión de Enrique de Castilla como para la de Juan II de Aragón había supuesto la actitud de personajes como don Rodrigo y el almirante don Fadrique, cuya clarividencia, aun después de fracasar, por la muerte del infante don Alfonso, la tentativa de Avila había llevado finalmente al glorioso reinado de Fernando y de Isabel, el anciano no pudo contenerse más y «se arrancó —según dice textualmente el autor de las memorias— como un cárdeno chorreao, llevándose por delante la puerta del toril de la urbanidad, del civismo y de la buena educación», y se encaró, por lo visto, con don Marcelino, espetándole a quemarropa: «¡Sí, por cierto! ¡Coincide con la versión mía! ¡La clarividencia de la intriga y la calumnia, de la traición y del veneno! ¡Esa fue la clarividencia del almirante y de su hija, doña Juana Enriquez, que condujo al glorioso reinado de Fernando! ¡La calumnia de don Fadrique, que encizañó a Juan II contra el príncipe de Viana, al padre contra el hijo, y las hierbas de su madrastra doña Juana, que acabaron con él! ¡Así es como sacaron adelanté la madre al hijo y el abuelo al nieto! ¡Linda manera de velar al mismo tiempo por la grandeza de la patria y el interés de la familia! ¡A esto suelen salir con que Dios escribe derecho con líneas torcidas, pero toda la plana, toda la resma, se torció, y no hay quien haya vuelto a enderezarla!...», y por este tenor siguió apostrofando el anciano —«el energúmeno», como lo llama el autor de las memorias, contra Isabel, a quien calificó de «bruja beatorra y marisabidilla» contra Fernando, del que dijo que era «más falso que la rama de una higuera», pero que «bien tenía a quién salir», contra el Gran Capitán, en cuyas campañas de Italia veía los prolegómenos del Saco de Roma, contra Cisneros, «con sus Bücherverbrennungen, por no hablar de otras quemas», contra dos Colones, de los que salvaba sólo a Fernando, ensañándose con «Dieguito», como lo llamaba, y sobre todo con Bartolomé, que «con perversas maquinaciones se dio buena maña para borrar de la faz de la tierra a un pueblo entero», y reservando para Cristóbal el dictamen de «buen marinero en la mar, pero en tierra un orate visionario, al que debieron dejar amarrado de por vida a la barra del timón, sin permitirle pisar jamás más que sobre madera ni conocer más tierra que la de su propia sepultura». Era tan virulenta la andanada, que en un primer momento Mairena y don Marcelino no acertaron a hacer casi otra cosa que escucharla boquiabiertos y solamente el segundo hizo un intento de atajar, diciendo: «¡Está usted disparatando, caballero!», pero el anciano, cada vez más crecido, prosiguió: «¡Si no hubiese sido por la clarividencia, como usted da llama, de sus Manriques y de sus Fadriques, ahora tendríamos todavía la dulce España de los cuatro reinos, la España de Lisboa, de Segovia, de Zaragoza y de Granada; ahora tendríamos allí —y señalaba con el brazo y el índice extendido hacia algún punto remoto, más allá de los muros del café— un reino islámico europeo, próspero, pacífico, culto, refinado, la esmeralda de Alá como remate del collar de los pueblos cristianos, que sería hoy el orgullo de Europa, a la vez que el espejo en que se miraría todo el Islam occidental, pues sus naves, flanqueadas, borda con borda, remó con remo, vela con vela —se exaltaba el anciano—, por las galeras hermanas de Aragón y de Castilla, jamás habrían permitido que los turcos pasaran de Cairuán ni del estrecho de Pantelería!» Aquí Mairena, tal vez porque veía que la tensión aumentaba por momentos, quiso terciar, intentando quitar hierro con una observación inofensiva, y «habituado sin duda —comenta textualmente el autor de las memorias— a exigir precisión de movimientos en la ejecución de la tabla de gimnasia», aprovechó una pausa en la proclama del anciano, para decirte: «Si como creo colegir de sus palabras, es a Granada a donde quiere usted apuntar, le ruego que varíe el ángulo del brazo unos cuarenta grados hacia el este, porque así está usted indicando más o menos a Ronda o a Estepona». Pero el anciano rehusó la transacción y empalmó de volea, sin dejar rebotar, con sorprendente rapidez: «¡Tanto daría ya que señalase a Peña Labra, a Santander o a los mismísimos infiernos! ¡Nada de aquello volverá ya más! Por mi parte —añadió, modulando ahora su cólera con cierto tono de solemne unción—, no he vuelto a reconocer más reyes en España que mi señor Don Carlos, el Príncipe de Viana, en La Aljafería de Zaragoza, que mi señora doña Juana de Trastamara —Beltraneja que fuere o que dejase de ser, si eso les place— en el trono de Castilla, y que mi señor Abu Abdallah Muhámmad, Boabdil, en La Alhambra de Granada». Don Marcelino, entendiendo sin duda el apenas velado ataque ad hominem —o «puñalada trapera», como lo califica textualmente el autor de las memorias—, replicó excitadamente: «¡Creo que se está usted ya pasando un tanto de la raya, señor mío! ¡Y ya le hemos consentido por demás, no habiéndole dado nadie vela en este entierro!» Mas el anciano volvió a demostrar su implacable rapidez: «Ah, ¿conque se trataba de un entierro? —dijo con voz sardónica— ¡Ya decía yo! ¡Del entierro de España, me atrevo a suponer! Pues hay otros difuntos bastante más recientes que enterrar... ¡La Italia de Venecia y de Florencia, de Lombardía, de Módena, de Parma...! O ¿por qué no, más todavía, la Alemania de Hesse, de Hannover, de Sajonia, de Baviera, de Wurtemberg, de Baden...? ¡La Alemania de las ciudades libres: Frankfurt, Hamburgo, Bremen...! ¡Cadáveres calientes todavía, para llorar sobre ellos la destrucción de Europa!» Don Marcelino, viendo de pronto un hueco para su florete y acertando a encontrar finalmente su estocada, no le dejó seguir e, interrumpiéndole, logró imponer su voz firme y sonora: «¿Sabe lo que le digo, amigo mío? ¡Que ni Bremen ni Hamburgo ni Florencia, ni Segovia ni Zaragoza ni Granada! ¡¡¡A Cartagena: a eso es a lo único que huele aquí!!! ¡Que me despide usted un tufillo cartagenero que trasciende!» [se conoce que el recuerdo juvenil de la revolución cantonalista, encabezada por la ciudad de Cartagena, aún debía ofender y escandalizar el acendrado españolismo de Don Marcelino]. Sorprendido en su guardia por este contrataque tan ajeno a sus supuestos tácticos, el anciano, perplejo, no encontró ya su reconocida prontitud para recoger y devolver, y por toda reacción se limitó a mirar a don Marcelino con una media sonrisa o casi mueca de desdén, acompañada de un fuerte resoplido que parecía decir: «Si no; si ya se sabe; si es inútil; ¿a qué va uno a meterse a hablar de nada?» Luego, muy dignamente, se levantó para marcharse, aunque no sin pararse unos instantes al cruzar por delante de la mesa de Mairena y de don Marcelino, para, con una levísima inclinación de la cabeza, sibilarles entre dientes: «Rubén Segovia Méndez, catedrático de Historia y Geografía, jubilado, en los Institutos de Medina del Campo y de Jaén, para servirles». Cuando, pagada su consumición, atravesaba ya el anciano el cilindro de la puerta giratoria, «cuyas cuatro alas —precisa el manuscrito— permanecían, por el calor de la estación, plegadas dos a dos sobre su eje, cual pareja de gigantescas mariposas en el acto de la cópula» [es evidente que el autor de das memorias tenía una imagen un tanto antropomórfica de las prácticas nupciales entre los lepidópteros], don Marcelino se volvió a Mairena: «¿Ya ha oído usted qué nombrecito?». Mairena: «¿Judío, se refiere usted?». Don Marcelino: «¡Hombre! ¡Más que Maimónides! ¡Y dispuesto, si de él dependiera, a franquearle otra vez el paso del Estrecho a la morisma!». Mairena: «Bien, bien, don Marcelino; no es más que una opinión lo que ha expresado; una opinión discutible, como cualquier otra, pero también respetable, como toda opinión». Don Marcelino: «Las opiniones se enuncian, no se ladran.» Mairena: «Todos, don Marcelino, si Dios no dispone antes otra cosa, hemos de ser ancianos algún día». Restablecida del todo la tranquilidad con tan piadosas y conciliadoras palabras de Mairena, fue llamado de nuevo el camarero. Ya debía de haberse corrido la voz por el local entero sobre quién, nada menos, honraba con su presencia aquella noche el Gran Café de Nápoles, pues, según dice textualmente el manuscrito, «no fue sino al propio somnoliento Humberto, con aquellos sus ojos como las rendijitas de una celosía, que ninguno jamás llegó a saberle el color de las pupilas, decano del personal del establecimiento y el más lento y abúlico de todos los camareros de Sevilla, no fue sino a este Humberto a quien se le vio acudir como una exhalación a las palmadas de don Marcelino, después de haber cortado en seco la iniciativa del garçon de turno diciéndole con voz sorda y con gesto autoritario: '¡Deja tú!'». Don Marcelino pidió, así pues, su segundo café [«una segunda maquinilla», en palabras textuales del autor, pues el café debía de ser de los que se llamaban «maquinillas» o «de maquinilla», en los que todo el misterio consistía en un cilindro de lata, con asa y tapadera, que escondía en su interior un juego de dos filtros y se adaptaba a la boca de un vaso de cristal, sobre cuyo fondo se veía gotear, lentamente, la infusión] y Mairena otra cazalla de la marca «El Bandolero», bebida de la que el autor de las memorias —tras dejar consignado que Mairena ya se había tomado tres o cuatro copas antes de entrar don Marcelino— nos asegura que «haciendo honor a su nombre palabras literales del autor—, arreaba verdaderos trabucazos de metralla a las paredes del estómago», complaciéndose incluso en describirnos, sin venir muy a cuento, la etiqueta, que al parecer representaba, en colores muy chillones, la estampa de un jinete —caballo alazán tostado, montera redonda negra, pañuelo de color sobre la frente ciñéndole las sienes hasta ir a anudársele en la nuca, pistolas en la laja, trabuco en el arzón— en el acto de quitarse devotamente la montera, inclinando la cabeza, al pasar por delante de una ermita [sin duda, de la Virgen] que blanqueaba sobre un fondo de riscos verdinegros —tal vez cual si el artista hubiese pretendido, al escudarlas tras el álibi de un gesto semejante, conciliar y asegurar das simpatías del público para la torva y proscrita identidad del personaje, bajo cuya maligna advocación había querido la gerencia de la marca garantizar la auténtica vesania del turbulento trago que ofrecía. Dejando, pues, prudentemente irresoluto aquel vidrioso punto de fricción sobre la personalidad de don Rodrigo, que había llegado a desencadenar la furibunda intervención del viejo catedrático, Mairena volvió de nuevo a las coplas de Manrique, pero ciñéndose ya, del modo más escrupuloso, a los aspectos estrictamente literarios del poema, y de nuevo don Marcelino se demostró concorde con sus apreciaciones, «aportando, no obstante —dice literalmente el manuscrito—, con sus siempre concisas y ajustadas puntualizaciones, rigor y precisión a los a cada instante más eufóricos y menos matizados transportes del señor Mairena». El autor se detiene aquí por un momento en revelar la extraordinaria tensión a la que él mismo se hallaba sometido, repartido como se veía entre el afán, por una parte, de no perderse una palabra de la conversación y de apuntar lo más fielmente que pudiera, pero guardando a la vez el conveniente disimulo, cuantas frases pudiese recoger [«cuando podía», declara textualmente, «en mi cuaderno de impresiones, y cuando no, según se emparejara, ora en los puños de la camisa, ora en el propio mármol de la mesa, como un vulgar jugador de dominó»] y la necesidad de apaciguar, por otra, las reiteradas protestas de la mujer que lo acompañaba, cada vez más dolida de que, absorbido en la conversación de aquellos dos señores, ya no le hiciese caso, o «no le echase cuenta», como, con expresión sevillanísima, dice literalmente el texto del autor. Discurría, pues, de nuevo la conversación de Mairena con don Marcelino en medio de la mayor concordia y la mayor conformidad, cuando he aquí que, de pronto, al emitir don Marcelino su dictamen de «doctrinal de cristiana filosofía» con respecto a las coplas de Manrique, Mairena pegó un respingo en el raído peluche del asiento y, según las propias palabras del autor de las memorias, «levantó un par de orejas como las de una liebre». «Un momento, don Marcelino —dijo, haciendo un gesto de parada con la mano—, permítame un momento.» Don Marcelino, para quien la estocada final con que había logrado poner fuera de combate—al jubilado debía de haber sido altamente compensatoria de todos los sofocos anteriores, estaba ahora extremamente afable con Mairena y, lejos de tomarle en cuenta la interrupción, se apresuró a decirle: «Diga, diga, señor Mairena; hable, se lo ruego.» Mairena, «como esforzándose en recobrar —consigna textualmente el autor de las memorias— la precisión y la soltura de palabra que se le habían ido escapando por momentos», alzó pausadamente la cabeza y dijo: «Si he comprendido bien lo que hemos venido hablando hasta este instante, no creo equivocarme al tener la impresión de que las coplas de Manrique han sido aquí sacadas a relucir, consideradas y encomiadas precisamente como poema lírico...» Como la suspensión tenía el valor de una pregunta, don Marcelino confirmó: «En efecto, así es, ¿qué duda coge? Y como uno de los más grandes poemas de la lira hispana.» Mairena: «Bien, pues entonces, siendo como usted dice, ¿cómo se compadece con ese presupuesto la afirmación que acaba usted de hacer acerca de ellas, quiero decir la de que son un doctrinal de cristiana filosofía? ¿Debo entender, entonces, que considera usted que un doctrinal de filosofía, cristiana o lo que fuere, puede ser a la vez un gran poema lírico? » Don Marcelino: «Pourquoi pas, mon ami? ¡Pues claro que está que puede!» Mairena: «¿Claro? Perdón, don Marcelino, no tan claro... Yo no lo veo tan claro.» Don Marcelino: «¿Ah no? Pues, ¿cómo así, señor Mairena? Pero, calma; marchemos paso a paso. Oigamos cuál es su dificultad. No dejará por eso de ser siempre un punto de vista interesante, capaz tal vez de arrojar luz, con su sola discusión, sobre alguno de tantos extremos como permanecen todavía en la penumbra o en la sombra para el humano conocer, y tanto más viniéndonos como nos viene de una mente sagaz como la suya, de un poeta tan...» «Profesor de gimnasia» —le atajó Mairena con cierta sequedad. «...de un profesor de gimnasia —prosiguió, rectificándose, don Marcelino sin inmutarse ni alterar su cortesía— tan sensible y tan inspirado como usted. Veamos pues, veamos pues, señor Mairena, qué dificultad es ésa. Para eso estamos. Para dilucidar y resolver cuantas dificultades puedan presentársenos; para eso estamos aquí los dos sentados, en amigable charla, en esta maravillosa noche sevillana.» [«En esto último de maravillosa noche sevillana —comenta aquí el autor de las memorias—, don Marcelino se pasaba ya un poquillo, si va a decir verdad, de impasible o de magnánimo, porque ya había sonado el tercer cuarto para la una de la madrugada, y aún se habría podido freír el pescaíto, sin necesidad de hacer lumbre, a la clara de la luna, en mitad de la Alameda.»] Animado, así pues, al parecer, por las cordiales instancias de don Marcelino, y con la excitación característica de todo aquel que se ve puesto en el trance de declarar sus más propias y personales opiniones, Mairena se extendió en exponer muy vivazmente sus ideas sobre la lírica, su «poética de la temporalidad»; exposición que omito transcribir o resumir, supuesto que en las palabras que el autor de las memorias pone aquí en labios de Mairena, podemos reconocer no sólo sin ninguna variante digna de notar, sino hasta literalmente en algún caso, las ideas ya extractadas o transcritas por Antonio Machado en sus páginas sobre el «Arte poética» de Juan de Mairena, de las que se ha citado algún trozo más atrás; y que toman, como es sabido, su punto de partida en una comparación entre la estrofa 17 de las Coplas de Manrique a la muerte de su padre y el soneto de Calderón «Estas que fueron pompa y alegría». «Don Marcelino escuchó al señor Mairena —dice literalmente el autor de las memorias— con la atención más deferente, a lo largo de toda su prolija explicación», limitándose a asentir, de vez en vez, con gesto pensativo, al tiempo que decía «Comprendo, comprendo», o bien «Ya, ya me hago cargo de lo que quiere usted decir.» Al fin Mairena hizo una pausa y concluyó, diciendo: «Conque estos vienen a ser, don Marcelino, en líneas sustanciales, los supuestos de principio que harían, en mi sentir, incompatibles las nociones de doctrinal de filosofía y de poema lírico reunidas en las entrañas de una misma obra.» Don Marcelino: «En efecto, en efecto, mi buen señor Mairena, a tenor de las ideas, siempre estimables, siempre interesantes, que acaba de exponerme, así tendría que ser; no otra, en rigor de estricta lógica, tendría que ser la conclusión. Punto de vista harto sutil el suyo, créame, señor Mairena, lleno de enjundia y de penetración y al que, sin duda, no puede negarse el interés, y hasta la sugestión, casi diría, que ejerce siempre sobre nuestro ánimo lo verdaderamente original. No faltan, ciertamente, la observación brillante, el distingo certero, la matización feliz, y en suma ideas muy meritorias por su parte y atisbos indudablemente aprovechables...» Mas al ver que Mairena lo miraba con una cierta expresión de gélida paciencia, que el periodista no se recata en tachar de «arrogancia», de «soberbia» y hasta de «ingratitud», don Marcelino se apresuró a añadir: «Pero lejos de mí, lejos de mí, toda intención de empalagarle con halagos que estoy seguro no podrían resultar sino enfadosos para un espíritu altivo y superior como es el suyo; no dudo de que usted sabrá entender que hablo tan sólo ex abundantia cordis. Paso, pues, a cumplir con el honroso deber de contestar a sus bien razonadas objeciones, y tanto más gustosamente cuanto que usted mismo ha acertado, con tanta perspicacia, a situar la discusión en aquel punto justo desde el que más promete llegar a ser fructífera.» En este punto, Mairena, sin necesidad de interrumpir con un ruido de palmas las palabras de don Marcelino, ya que los tres camareros del salón, Humberto incluido, permanecían, desde el otro extremo del café, solícitamente atentos a la mesa ocupada por el sabio, pidió, por señas, una tercera maquinilla para éste y una sexta, o tal vez séptima, cazalla para sí. «Al grano, pues —prosiguió don Marcelino—: El objeto de nuestra discusión se deja, por sí mismo, desglosar en dos cuestiones nítidamente separables: una cuestión de iure y una cuestión de facto. La de iure es si un doctrinal de filosofía puede o no puede ser al mismo tiempo un buen poema lírico; la de facto es si las Coplas de Manrique son o no son, en efecto, un semejante doctrinal ¿Conforme, señor Mairena, en este punto?» [Don Marcélino se ponía mayéutico]. «Conforme» —dijo Mairena, apuntando una sonrisa apenas perceptible [»No sé yo qué misterio se traería», comenta aquí el autor de las memorias]. Don Marcelino: «Bien. Para mantener nuestro debate sobre la misma línea de argumentación en la que usted, tan sagazmente, ha sabido centrarlo, imprimiéndole tanta claridad, comenzaré por la cuestión de facto, y trataré de mostrarle cómo nuestro poema es en efecto un doctrinal de filosofía, para enfrentarle seguidamente con la alternativa de que o bien deponga su actitud en cuanto a sostener la incompatibilidad que tanto ha encarecido, o bien conserve su opinión a tal respecto, pero renuncie, entonces, a estimar las Coplas de Manrique como un poema lírico, por dejar de acomodarse a una exigencia que usted propugna como consustancial a la naturaleza misma de la lírica. Ahora pues, a tenor de lo que ha expuesto y asentado por fundamento de su dificultad, nuestra cuestión de facto viene a parar de entrada, y como primer punto, a lo siguiente: ¿convendría usted conmigo en que si hallásemos en las Coplas de Manrique esa clase de nociones genéricas, de imágenes puramente conceptuales, que a usted tanto le enfada en Calderón, estarían ya sentadas por lo menos las premisas para que dichas coplas puedan ser, en efecto, un doctrinal de filosofía y por ende un poema falsamente lírico conforme a su opinión?» Mairena: «Convendría». Don Marcelino: «Corriente. Dígame, ahora pues, señor Mairena: ¿Qué diferencia encuentra usted, en cuanto a la conceptualidad de las imágenes, en cuanto a la genericidad de las nociones, entre «la noche fría» o «el albor de la mañana» del soneto de Calderón y «los ríos que van a dar en la mar», o «la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color e la blancura», o «las mañas e ligereza e la fuerza corporal de juventud», o «el arrabal de senectud» de nuestro gran Manrique? ¿No hay, acaso, en estas últimas nociones idéntica genericidad que en las primeras, y, por lo tanto, el carácter de ideas universales que las hace, en principio, idóneas para constituirse en términos de aquella forma de juicio que llamamos filosófica, aunque no sea aquí el caso de hablar de filosofía raciocinante, sino de filosofía moral o sapiencial, aquella otra eterna veta superior de la filosofía, cuya forma es la sentencia y cuyo contenido es la sabiduría del vivir y del morir? Puede a usted no gustarle el soneto de Calderón. Es usted muy dueño. Ni yo tampoco tengo especial interés en defenderlo, ni menos todavía frente a las Coplas de Manrique, para las que ha quedado bien claro hasta qué punto, en coincidenciá con usted, reservo la mayor predilección. Pero si rechaza aquél y admite éstas, tendrá que ser por razones diferentes, quiero decir con otro argumento que no sea el de que allí hay nociones genéricas, imágenes conceptuales, y aquí no». Mairena apuró su copa de cazalla, reflexionó un instante y al fin reconoció: «Touché! No me diga usted más, don Marcelino; puede, en efecto, afirmarse que esas que señala son nociones genéricas, intemporales; ideas universales, como las llama usted.» Don Marcelino: «Quod erat demonstrandum. Ya tenemos, por consiguiente, las premisas. Tan sólo las premisas, desde luego, pues no pretendo que la simple presencia de un sujeto universal se baste por sí sola para hacer necesariamente filosófico el juicio en que se inscribe. Vayamos, pues, con la segunda parte. Busquemos la intención que presidió la génesis del poema; busquémosla, en primer lugar, en das concretas circunstancias que pudieron incoar, inspirar o rodear la acción creadora que le insufló el aliento de la vida. Y aquí, ¿qué más verosímil, qué más apropiado que suponer que un hijo quisiera honrar la memoria de su padre justamente con algo así como una glosa de unos versos en que el propio padre hubiese dejado impresa, como el más precioso legado familiar, la huella de su espíritu? ¿Qué más probable que la suposición de que Jorge Manrique tomase, como primera incitación para el sentido que quiso dar a su elegía, una canción de don Rodrigo que reza como sigue: 'Lo seguro de la vida / tiene el muerto que reposa, / que el mundo es tan fiera cosa / que no hay cosa conocida. // Lo más cierto es desear / lo que ha de permanecer; / gloria para descansar, / muerte para fenecer'. Y le ruego se fije por ahora especialmente en los versos 'Lo más cierto es desear / lo que ha de permanecer'.» «Sí, como la zorra con las uvas» —murmuró Mairena. Don Marcelino: «Perdón, ¿qué dice usted, señor Mairena?» Mairena: «Digo que el conde de Paredes hablaba como la zorra de la fábula de La Fontaine, que al ver que no podía alcanzar las uvas se retiró diciéndose: 'Están verdes'. Ese es, en el fondo, el comportamiento de todos los que ponen sus miras en lo permanente. El miedo a la fugacidad de toda dicha terrenal. Así las palabras del duque de Gandía ante el cadáver de su reina doña Isabel de Portugal: 'No más, no más servir a señor que se me pueda morir'.» Don Marcelino: «No es justo, señor Mairena, no es justo que intente usted disminuir y rebajar de esa manera toda la nobleza y toda la sinceridad del desengaño por el que el espíritu de Francisco de Borja supo hallar el camino que había de conducirle hasta la santidad. No puede usted menoscabar así, de manera indiscriminada y uniforme, la indubitable dignidad humana, cuando no el valor verdaderamente sobrenatural, que puede tener el menosprecio del siglo, el contemptus mundi, que se expresa en la canción de don Rodrigo y que tan magníficamente supo su hijo recoger en las coplas que a su memoria dedicara. Cierto que Jorge Manrique no alcanzó la santidad, como sí hubo de alcanzarla en cambio el duque de Gandía, pero no hay razón alguna para dudar de la profunda sinceridad de sentimientos con que el poeta aparta su corazón de las pompas y vanidades de este mundo, para volverlo hacia los valores permanentes; sinceridad que desde el primer verso alienta el poema entero y sin la cual jamás habría podido elevarse hasta tan alta nota.» Mairena:

—Sin embargo...
—¿Sin embargo qué, señor Mairena?
—;Oh, sin embargo —clamó Mairena, como si despertara, tras una larga pausa pensativa— hay añoranza, don Marcelino, hay añoranza! ¡Hay un pedazo de añoranza tan enorme como la catedral que nos contempla! ¡Una añoranza tan incontenible como las aguas desbordadas de ese Guadalquivir que nos flanquea! ¡Otra cazalla, camarero! ¡Otra cazalla para mí y otro café para el señor!» [«El propio señor Mairena —comenta aquí el autor de las memorias— parecía desbordarse por momentos»] «¡¿Por qué, si no, verduras de las eras?! ¡¿Por qué, si no, Don Marcelino, rocíos de los prados?!» Don Marcelino: «Cálmese, amigo Mairena, sosiegue usted un momento y trate de poner en orden sus ideas. Veamos, ¿qué es lo que quiere usted decir?» Mairéna: «Quiero decir que ¿por qué, entonces, se comparan las que usted llama vanidades de este mundo con las verduras de las eras y los rocíos de los prados?» Don Marcelino: «Cosas menospreciables, cosas de poco valor, cosas efímeras, que no duran nada y nada dejarán en pos de sí.» Mairena: «¡Oh, sí, don Marcelino, de poco, de poquísimo valor! ¡De absolutamente ningún valor, añadiría! ¡Pero de una belleza y una delicadeza únicas, de un encanto absolutamente irresistible!» Don Marcelino:, «Bien, bien,, señor Mairena; conforme con la indudable belleza de esas dos imágenes. Pero esto lo más que podría significar es que yo le concediese, si es que usted se empecina, la posibilidad de que tal vez las sólidas convicciones del poeta padeciesen ahí unos instantes de vacilación; de que el poeta, como humano que era, flaquease un momento ante el engañoso hechizo de las vanidades mundanales. Pero, aun admitiéndolo así, en seguida, en todo caso, supo recobrarse con una reacción viril.» Mairena: «¡Cómo si flaqueó! ¡¡Se vino abajo!! ¡¡Se derrumbó del todo!!» Don Marcelino: «Calma, amigo Mairena... No sea precipitado en sus afirmaciones. Seamos circunspectos; tomemos más detenidamente la cuestión. Le mostraré...» Pero Mairena ya no le escuchaba y, cada vez más arrebatado, redoblando el volumen de su penetrante voz de tenor y agitando en el aire el erguido dedo índice, en el que parecían ahora concentrarse de pronto todas las escasas fuerzas de su cuerpo, exclamó: «¡Se canta lo que se pierde, don Marcelino, se canta lo que se pierde! ¡Y sólo se lo canta porque se lo pierde! ¡Sólo porque se la pierde o se la puede perder, sólo por eso, se canta a la amada! ¡Sólo por eso existe la poesía de amor! ¡Si la amada fuese imperdible, inmortal o inmarcesible, jamás se la habría cantado!» Don Marcelino: «¡Según ese principio, señor Mairena, y para ser consecuentes con sus afirmaciones, tendríamos que borrar a la Beatriz del Paradiso de los anales de la poesía universal!». «Nuevamente cogido entre la espada y la pared —dice el autor de las memorias—, Mairena no estaba dispuesto a claudicar como antes, sino que ahora, con tal de sostenella y no enmendalla, no tuvo el menor empacho en hacerse reo de la más audaz, de la más desaprensiva y arbitraria iconoclastía: «¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué dice usted? ¿Beatriz? Ya, sí, claro, Beatriz, Beatriz... La del Paraíso... ¿Y qué? ¡Pues se la borra! ¡Si hace falta borrarla se la borra y se acabó!» Mairena respiraba con fatiga e hizo una pausa para tomar aliento; luego, de pronto, «como iluminándose» —dice el autor de las memorias—, con voz más lenta, pero igualmente alta, prosiguió: «Nos quedaremos con Laura...¡Oh, Laura! ¡Laura, Laura! —y parecía invocarla en un lugar a vez íntimo y remoto, cercano e inmemorial— ¡Tú sí, Dios mío, Laura, tú sí!». En este punto había empezado a asirse con la izquierda al velador, hasta lograr ponerse, torpemente, en pie, y al fin con voz pastosa y quebrada, los ojos ya vidriosos del alcohol, tambaleándose, con la izquierda sobre el mármol y la derecha alzada con el índice erguido hacia el techo del café, comenzó a recitar:

Erano i capei doro a l'aura sparsi,
che 'n mille dolci nodi gli avolgea...


Don Marcelino, tratando acaso de acallarlo o de cubrir su voz, se apresuró a decir, interrumpiéndole: «¡Camarero! ¡Otra copa de cazalla para el señor Mairena! ¡A mí no más café, que ya me voy!» Pero Mairena, dejando pasar la breve interrupción, enlazó con más ahínco, haciéndosele hasta más clara la dicción:


e 'l vago lume oltra misura ardea
di quei begli occhi, ch'or ne son sí scarsi...


Mientras Mairena seguía declamando, don Marcelino se levantaba, recogiendo su chistera y su bastón, y pagaba a Humberto, que entretanto había acudido; luego, tratando de ser escuchado por Mairena, le decía cortésmente: «Señor Mairena, ha sido un gran placer y una grata e interesantísima velada. Me gustaría ... » Pero Mairena, acrecentando todavía más la voz, ya totalmente nítida, en medio del silencio absoluto e impresionado que se había hecho entretanto en todas las mesas del café y fijando intensamente en los ojos de don Marcelino sus ojos ya empañados de lágrimas por la emoción poética, pero tal vez también por el recuerdo de un dolor antiguo, al tiempo que esgrimía aquel terrible índice en el aire, como si no sólo de versos, sino también de supremos argumentos se tratara, recitaba los dos últimos versos del soneto, elevando la curva melódica hasta dejar colgada una pausa patéticamente suspensiva tras la última palabra del treceavo:


fu quel ch'i' vidi; e se non fosse or tale ... ,


para dejarse finalmente caer con todo el peso de la voz, recreándose, espaciándose, recargando la suerte sobre las cuatro aes acentuadas del catorceavo, de aquel endecasílabo inmortal que ha arrebatado el alma del Occidente entero por seiscientos años:

piaaaga per allentaaar d'aaarco non saaana,


«como en cuatro verónicas lentísimas, hondísimas, templadas —dice literalmente el autor de las memoriasdel propio Juan Belmonte»; y acto seguido se derrumbó de golpe, como un trapo, naufragando, desapareciendo, en las profundidades del rojo terciopelo del sofá, para quedarse inmóvil, como un títere caído, con la mirada muerta del beodo, mientras don Marcelino cruzaba ya el umbral hacia la calle. Pero tan sobrecogedoramente había recitado Mairena el soneto de Petrarca, que la propia Sagrario, tan dolida hasta entonces por la actitud del periodista, se había sumado al fin, apasionadamente, a su interés por los sucesos de la mesa próxima y, perdonándole del todo su desvío, le preguntaba ahora con la mayor urgencia: «¿Qué quiere decir esa poesía que ha dicho? ¡Ya lo quiero saber! ¡Tradúcemela! ¡Venga!¡Tradúcemela, tradúcemela!» «Sin duda ella —observa aquí el autor de las memorias— había sabido adivinar, con la sola bondad de su piadoso corazón, que aquel señor Mairena debía de haber tenido algún gran amor desventurado».)

* Debo la gentileza de haberme permitido hojear tan pintoresco manuscrito y transcribir el episodio que recojo extractado en estas páginas a Doña Rosa Hernández, viuda de O'Connor. Al manifestarle desde aquí mi gratitud, me cumple, de ifual manera, consignar, por expreso deseo de Doña Rosa, que ningún parentesco próximo o remoto la une con el autor de las memorias, las cuales han venido a su posesión sólo a través de una serie de circunstancias, altamente fortuitas, que no hace al ceso detallar aquí.
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