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LEYENDA DE LAS FLORES


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Autor Mensaje
Vilma
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Registrado: 23 Ene 2005
Mensajes: 15

MensajePublicado: Dom Ene 23, 2005 18:00    Asunto: Responder citando

GRACIAS NAZGUL, NO ME HABIA DADO CUENTA
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14747

MensajePublicado: Dom Ene 23, 2005 22:11    Asunto: Responder citando

Leyenda de la Flor del Irupé

Del amor enaltecido
su belleza contaré
al hablar de la leyenda
de la flor del Irupé.
Adorada por Pytá (1)
- un guerrero guaraní -
pescaba junto al río
la doncella Morotí (2).
Por saberse idolatrada
un capricho concibió:
arrancóse un brazalete
y a las aguas lo arrojó
mientras dulce murmuraba
incitándole a Pytá:
- Quiero ahora el brazalete
que arrojé en el Paraná... -
Y al instante, complaciente,
valeroso y arriesgado
sumergióse entre las ondas
el guerrero enamorado.
Pero en vano la doncella
aguardó que apareciera,
rescatando de las aguas
el brazal que ella luciera:
no volvió von el trofeo
de la bella Morotí.
Entre llantos de mujeres
muchas horas lo buscaron
los jerarcas de la tribu.
Todo en vano. No lo hallaron...
ni valieron los conjuros
que en su nombre se le hiciera
procurando que el río
al guerrero devolviera.
Ni el más sabio y más anciano
pudo dar con lo ocurrido.
Arandú (3), tan sólo supo
explicar lo sucedido.
Al llegarse junto al río
y leer lo que fue viendo,
dijo grave el hechicero
sus visiones repitiendo:
- El valiente kuimbaé (4)
el esbelto y buen guerrero,
el Pytá que hemos perdido
es ahora un prisionero.
La hechicera de las Aguas
en su templo lo ha robado
y en sus labios vierte olvidos
con amor endemoniado.
Sólo el tierno poderío
del amor que se engrandece,
logrará que el embrujado
liberándose regrese.
Firme y tierna, arrepentida,
dijo entonces Morotí:
- Yo seré quien lo rescate
pues yo sola lo perdí.
Y llevándose sujeto
el pñasco que se ató
a las aguas misteriosas
la doncella se arrojó.
Aguardarón en la orilla
con sus llantos plañideros
las mujeres de la tribu,
con sus cantos los guerreros,
y los viejos venerables
repitiendo los conjuros
vencedores contra el mal.
Y en los breves senos puros
y en los cuerpos cimbreantes,
el amor adolescente
con angustia parecidas
sollozaban quedamente.
Esperando una noche.
Y a los rayos de la aurora
una flor hermosa y rara
asomando encantadora
sobre el río apareció.
Blancos pétalos lucía
y encerrándolos por fuera,
rojos pétalos tenía.
Esa flor desconocida
con ternura suspiró
y en las aguas del gran río
nuevamente se ocultó.
Dijo entonces Arandú
a la tribu desolada:
- No lloremos más, hermanos;
con el alma desgarrada
y en los vientos y en los bosques
cante el alma guaraní:
que Pytá ya fue encontrado
por la bella Morotí.
Esta flor como otra nunca
existiera en la tierra,
el encuentro de dos almas
en sus pétalos encierra.
Blanco nombre es Morotí,
rojo nombre el de Pytá,
para siempre entrelazados
por designios de tupá.
La malévola Hechicera
que al guerrero nos robó
no lo guarda en sus dominios:
el amor lo rescató.
Desde entonces por el río
se divisan esas flores
que en las horas de amor
entreabren sus colores,
dan su aroma, se entrecierran
y de nuevo sumergidas,
en el seno de las aguas
se fecundan conmovidas.
Es Pytá y es Morotí
hechos flor maravillosa,
es dolor arrepentido
de doncella caprichosa.

de Franklin Rúveda

http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/Mitos-y-Leyendas-Correntinas/Ley_irupe.htm
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fidelio
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Registrado: 26 Dic 2004
Mensajes: 1168
Ubicación: Latitud 40.566 Longitud -3.266 (o eso creo)

MensajePublicado: Mar Ene 25, 2005 04:13    Asunto: Responder citando

Hola Vilma, te mando algunas aportaciones que espero sean de tu interés.

Saludos


LA ROSA DE JERICÓ

La rosa de Jericó se conoce también con el
nombre de "flor de la Resurrección", pues se le atribuye
la propiedad de volver a la vida.


Se dice que en aquellos días en que José y María
huyeron de Belén con el Niño Jesús, para salvarlo de la
degollación de los inocentes ordenada por el rey
Herodes, la Sagrada Familia atravesó las llanuras de
Jericó. Cuando la Virgen bajó del asno que montaba,
esta florecilla brotó a sus pies para saludar al Salvador.


Durante la vida del Salvador en la tierra, el rosal
de Jericó siguió floreciendo, pero cuando el Señor
expiro en la cruz, todas sus rosas se secaron y murieron
al mismo tiempo que él. Sin embargo, tres días
después, Cristo resucitó, y las rosas de Jericó volvieron
a la vida.


LA ANÉMONA


Existía en antiguos tiempos la ninfa de las
flores, cuyo nombre era Cloris, y a su jardín solía
acudir el espíritu del viento de Occidente, Céfiro,
enamorado de ella. Vivían en ese jardín otras
muchas ninfas, y, entre ellas, una jovencita llamada
Anémona. Un día Céfiro, demostrando poca afición
por Cloris, comenzó a cortejar a la gentil Anémona.
Cloris, celosa e irritada, arrojó a Anémona de su jardín, para que pereciera en los bosques salvajes.

Por fortuna, un día Céfiro pasó por allí y
viendo a la pobre Anémona moribunda, la convirtió
en la graciosa flor que crece al pie de los árboles
en primavera.


El CRISANTEMO

En la Selva Negra, Alemania, vivía un
campesino llamado Hermann. La víspera de
Navidad, cuando regresaba a su casa, encontró a
un niño pequeño tendido sobre la nieve. Lo tomó
en brazos y lo condujo al modesto hogar donde le
aguardaban su esposa y sus hijos, quienes,
compadeciéndose del pobre niño, compartieron
alegremente con él la humilde cena que tenían
preparada para aquella festividad.


El pequeño forastero permaneció toda la
noche en la cabaña, y a la mañana siguiente,
después de revelar que era el Niño Jesús,
desapareció. Cuando volvió a pasar Hermann por
el lugar donde había encontrado al Niño, vio que
habían nacido entre la nieve unas flores
hermosísimas. Tomó un buen puñado de ellas, las
llevó a su esposa, y les dio el nombre de
crisantemo, esto es, "flores de Cristo", o más
propiamente todavía, "flores de oro".

El ACIANO

La reina Luisa de Prusia fue una hermosa dama,
de gran valor. El emperador Napoleón
Bonaparte invadió su país, se apoderó de él, y
oprimió al pueblo, pero la soberana luchó
valientemente contra el osado invasor.

Sin embargo, al fin, el enemigo tomó la
capital, Berlín, y la reina, que tras muchas
penalidades pudo escapar con sus hijos, fue a
esconderse en un campo cubierto de acianos.

Los niños, asustados, empezaron a llorar.
Entonces la reina Luisa, temiendo que alguien los
oyera y los descubriera, cogió algunas de aquellas
florecillas azules, hizo con ellas coronas y
guirnaldas para los pequeños príncipes, y logró así
distraerlos.

Uno de ellos se llamaba Guillermo, y algunos
años después derrotó al sobrino de Napoleón.


Proclamado primer emperador de Alemania, tomó
como símbolo el aciano.
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alameda
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Registrado: 12 Mar 2003
Mensajes: 2552
Ubicación: Acá cerca

MensajePublicado: Mar Ene 25, 2005 11:00    Asunto: Responder citando

La flor del Irupé

Cuenta la leyenda de esta maravillosa flor, difundida especialmente en el litoral y noroeste argentino, que MorotÌ y Pit· se amaban entraÒablemente. …l era fuerte y valiente; ella dulce y hermosa. Un dÌa mientras paseaban a la orilla del bello Paran·, MorotÌ arrojÛ al agua su brazalete para que Pit· lo rescatara. Pronto lanzÛse al agua el indio enamorado, pero no volviÛ a surgir de ella. Impulsada por el hechicero de la tribu, MorotÌ se sumergiÛ tambiÈn buscando entre las aguas el cuerpo de su amado. Pasaron las horas lentamente. Ninguno de los dos volviÛ a la vida, pero al amanecer vieron los indios flotar sobre aquÈllas una flor extraÒa, en la que el hechicero reconociÛ a la bella Moroti en los pÈtalos blancos, y al intrÈpido Pit· en los rojos.

Otra versión dice: La palabra irupé significaría en guaraní plato sobre el agua, aludiendo así a la forma de sus hojas. Son sus flores de extraordinaria belleza, blancas al comienzo, rojizas al transcurrir algunos días. La leyenda del irupé es de origen guaraní y refiere que una hermosa india, enamorada sin esperanza de la Luna, ascendía a los cerros, a las copas más altas de milenarios árboles de la selva para tenderle sus brazos enamorados. Sólo angustias y dolores conoció la doncella. Cierto día en que lloraba en las orillas de un lago de desventura vio la imagen de la diosa de la noche, reflejarse en la tranquilidad de las aguas. Sin pensarlo, se arrojó a las profundidades y sobre su cuerpo se cerraron aquéllas. Tupa, que conocía los tormentos de su alma, la transformó en el irupé, cuyas hojas tienen la forma de la Luna y hacía ella miran eternamente.


EL CAMALOTE

Leyenda Guaraní

Ivopé, el hijo del cacique Curivai, y Atí, se casaban. Contaba ya el pretendiente con el consentimiento del padre de ella y debía cumplir, antes de realizar su propósito, la condición exigida por el cacique, siguiendo una costumbre de la raza: levantar su cabaña y tener su parcela de tierra para cultivar, a fin de poder subvenir a las necesidades de la nueva familia.

Por eso Ivopé se hallaba en plena tarea. Había cortado gruesas ramas destinadas al armazón de la vivienda y las había clavado en el suelo, en los cuatro vértices que corresponderían a un rectángulo.

Muchos troncos se amontonaban a su lado. Con ellos construiría las paredes de la cabaña, una de las cuales ya había comenzado a levantar, colocando los troncos uno al lado del otro, verticalmente. Luego los aseguraría con cañas transversales, atadas con fibras de güembé.

Una vez cumplida esta parte de la construcción, revestiría las paredes de barro, y para el techo debía hacer un armazón a dos aguas que sería recubierto con hojas de palma y paja.

después debía pensar en el fogón, que instalaría cerca de la puerta. Allí también pondría un mortero de madera para pisar el maíz.

Atí tejía una hamaca de algodón que colgarían en el interior de la cabaña.

Lechos formados por fuerte armazón de ramas, cubiertos con hojas de palmeras pensaba construir Ivopé una vez que terminara la vivienda.

Más de una luna le llevaría esta tarea; pero la realizaba con placer pues ésa sería su oga desde que se casara. Ese sería el hogar de su tembirecó y el de sus hijos.

La canoa, construída con el tronco de un yuchán cortado transversalmente y excavado luego, estaba en la playa, junto a las aguas del río.

A la distancia se veían varios hombres y mujeres trabajando en el campo. Unos labraban la tierra con palas de madera; otros recogían curapepé o mandi-ó.

Bajo un gran jacarandá florecido, cuyas flores de color añil, al caer, pintaban la hierba con manchas de cielo, una indiecita, sentada en el suelo, enhebraba las campanitas violadas en una delgada fibra de yuchán, y hacía collares con que adornaba su cuello y pulseras que envolvía en sus brazos.

A su lado, un indiecito de ocho años más o menos, manejaba el arco con la habilidad de un experto cazador, característica que distinguía a todos los niños de la tribu.

Bien es cierto que se trataba de un arco diferente al usado por los adultos, construido con madera más flexible y más elástica.

Era también más encorvado y de menor tamaño, unido de un extremo a otro por dos cuerdas paralelas, mantenidas a la distancia por dos palitos terminados en horquilla. Casi en el medio de las dos cuerdas, llevaba sujeta una pequeña red donde colocaban el bodoque.

Este bodoque consistía en una bola de arcilla del tamaño de una nuez, cocida al fuego. En una bolsa que tenía a su lado, había gran cantidad de esos proyectiles.

Tenían los niños guaraníes una destreza especial para utilizar esta arma. Tomaban el arco con la mano derecha, mientras con la izquierda colocaban cuatro o cinco bodoques en la red. Tendían el arco y lanzaban los proyectiles contra los pájaros que deseaban cazar y que caían en pleno vuelo, alcanzados por una lluvia de balas.

Pasó el tiempo. Ivopé y Atí tenían un niño de seis años al que llamaban Chululú.

Chululú gozaba de la predilección del cacique, su abuelo. Él le había enseñado a nadar, a manejar el arco, a dirigir una canoa, y era muy común verlos juntos en la costa, pescando con anzuelos de madera o con flechas.

Un día que la tribu se hallaba entregada a sus tareas diarias de labrar la tierra, recoger manduví, miel silvestre o judías, de hilar algodón o de tejer mantas de este material en telares rudimentarios, fueron sorprendidos por la llegada de Ñaró, que venía jadeante en busca del cacique.

Su excitación era mucha, pero el hábito de hablar con voz suave, rasgo preponderante de toda la raza y en general de los aborígenes, no le permitía gritar. Cuando estuvo al lado del jefe indígena, le informó:

-Estaba pescando en el extremo de tierra que entra en el río, cuando distinguí a lo lejos unas manchas oscuras que se acercaban. Al tenerlas un poco más cerca, he visto que son tres embarcaciones de hombres blancos...

-¿Cómo sabes que son embarcaciones de hombres blancos, si jamás han llegado hasta aquí?- preguntó el cacique dudando.

-Yo las conozco- respondió seguro Ñaró. -Yo estuve allá (señalando el sur) con los charrúas... Yo vi a los blancos apoderarse de la tierra de los charrúas...

Los que se habían acercado, al notar que sucedía algo insólito, se miraron entre sí.

Se reunieron de inmediato los principales jefes de familia y decidieron prepararse para atacar a los extranjeros que llegaban, como lo habían hecho con otras tribus, a sojuzgarlos y a apoderarse de sus tierras.

El cacique, como jefe, dio las órdenes. Los hombres dejaron sus útiles de labranza y corrieron en busca de las armas. Las mujeres y los niños se dirigieron al bosque donde estarían más seguros.

Pocos instantes después todo signo de movimiento había desaparecido del lugar. Se hubiera, dicho que era una aldea abandonada.

Cerca de la costa, detrás de los árboles y de los macizos de plantas que crecían exuberantes en esa zona tropical, se ocultaban los. guaraníes, bien armados, el oído alerta y la vista aguda en dirección al lugar donde uno e ellos, que hacía de vigía, daría el aviso del desembarco de los extranjeros.

El sol del mediodía caía a pique cuando anclaron las naves españolas. Un poco después descendían de ellas los marinos que las habían conducido.

Los indígenas miraban azorados, sin dejarse ver. Los extraños vestidos y el aspecto de los extranjeros los asombraron. El calzón corto, el jubón ajustado, la coraza y el casco refulgentes, las largas barbas, muchas de ellas de color claro, fueron motivos de inacabables y asombrosos descubrimientos.

Los españoles marchaban con cautela. Uno de ellos, al frente, observaba con atención, temiendo una desagradable sorpresa. Gente avezada y acostumbrada a estas lides, sabían a qué atenerse con respecto a los naturales. Nunca sobraban las precauciones y aunque el lugar se hallaba aparentemente deshabitado, los toldos, a lo lejos, hacían suponer lo contrario.

Cualquier ruido en la espesura, el que hacía un pájaro al levantar el vuelo, o una alimaña al arrastrarse por la hierba seca, eran motivos de prevención, temiendo, como temían, caer en una emboscada.

No era la primera vez que tenían que vérselas con los indígenas y conocían muy bien su manera de proceder.

Una flecha silbó en sus oídos. El ataque comenzaba.

Se pusieron en guardia. Prepararon sus arcabuces, tomaron puntería y dispararon sus armas parapetándose en las matas tupidas o en los troncos corpulentos que allí abundaban.

Los que habían quedado a bordo esperando este momento, se alistaron para prestar su ayuda, disponiendo los cañones a fin de hacerlos entrar en acción si la necesidad así lo requería.

Los aborígenes, aterrados ante las explosiones de las armas españolas que vomitaban fuego y proyectiles, abandonaron la lucha tratando de huir, convencidos de que, únicamente enviados de Añá, podían lanzar fuego en la forma que lo hacían los invasores.

A esto se habían agregado los cañones de las embarcaciones cuyo estampido logró aterrar a los naturales y cuyas balas, al dar muerte a varios indios, fueron razón más que eficaz para convencer a los indígenas de la superioridad extranjera, a la que no tenían más remedio que someterse.

Pronto terminó lucha tan desigual. Los expedicionarios, al mando del Capitán don Álvaro García de Zúñiga redujeron con facilidad a la población que, con el cacique, quedó a las órdenes de los jefes españoles.

La paz y la tranquilidad volvieron a reinar en la población levantada a orillas del Paraná.

Los blancos construyeron sus viviendas con troncos de árboles dotándolas en lo posible de algunas comodidades a que estaban acostumbrados.

De las embarcaciones bajaron muebles y utensilios traídos al efecto y en un tiempo relativamente corto, se instalaron en las nuevas viviendas.

Muchos de los tripulantes habían llegado con sus mujeres y sus hijos, pues la expedición traía, como principal objeto, colonizar estas tierras en nombre de los Reyes de España.

El Capitán García Zúñiga traía consigo a su. única hija, María del Pilar.

La niña, que había perdido a su madre siendo muy pequeña, y que contaba entonces quince años, acompañaba en las expediciones a su padre, cuando las circunstancias lo permitían.

Rubia, de grandes ojos azules y de piel blanca como los pétalos de los jazmines, ,la niña ofrecía un vivo contraste con las jóvenes indias de piel cobriza, rasgados ojos negros y cabello lacio y renegrido.

Alegre, dulce, y sencilla, unía a su carácter afable una inclinación natural para hacer el bien a todo el que lo necesitare, sin tener en cuenta tiempo ni circunstancias.

Quería mucho a los niños y en la población indígena llegó a ser la inseparable compañera de los indiecitos, a los que enseñaba su lengua, les refería cuentos fantásticos valiéndose de gestos y de palabras sencillas, y los instruía sobre las más elementales costumbres higiénicas, haciendo para ellos vestidos apropiados y regalándoles objetos útiles que causaban la admiración de los pequeños.

Con frecuencia se la veía rodeada de su corte infantil dando paseos por el bosque, donde recogían frutos sabrosos de ñangapirí y de guaviyú que colocaban en cestos tejidos por ellos mismos con fibras de yuchán, o llenaban cántaros de barro con miel silvestre, que los mayores conseguían trepando a los árboles con agilidad y destreza.

Otras veces los paseos eran a la playa. Siendo los guaraníes un pueblo de eximios nadadores, desde pequeños se lanzaban al agua con la mayor naturalidad recorriendo largas distancias sin grandes esfuerzos.

No era raro ver a María del Pilar bajo la sombra de algún árbol corpulento, sentada en la hierba, acompañada por los pequeños indígenas que, ubicados en rueda, escuchaban su voz dulce y su palabra cada día más familiar. Repetían vocablos nuevos y aprendían a conocer a Dios y a los Santos.

Los indiecitos la adoraban y demostraban su cariño ofreciéndoles los más simples y originales presentes: una florecilla perfumada, un pajarito de vistoso plumaje, un caracol, un fruto sabroso y hasta un diminuto caí que le regalara Amangá, ya mayorcito, conseguido por él mismo en la selva, durante una excursión que hiciera con su padre.

Estás ofrendas espontáneas, que eran el orgullo de María del Pilar, enternecían a la jovencita, que las retribuía con una caricia acompañada con amables palabras de agradecimiento.

Conocía la niña, por haberlo necesitado muchas veces en su largo peregrinar con su padre, el uso de muchas medicinas, por lo que no era raro verla acudir al lado de los enfermos, a los que trataba de aliviar en sus dolores.

Su padre la admiraba sintiéndose orgulloso de tener una hija así, tan bondadosa y adornada con las mejores virtudes que le resultaba la más eficaz colaboradora en la empresa que tenía entre manos.

Le recordaba a su esposa muerta, de quien María del Pilar había heredado tan bellas prendas.

Hacía más de un año que los españoles llegaran a la aldea indígena estableciéndose en ella.

El verano era sofocante. Los días hermosos, bajo un sol de fuego, eran especiales para estar v en el agua, y los niños no desperdiciaban oportunidad de hacerlo.

Entonces la playa se poblaba de gritos y de algazara. María del Pilar festejaba las travesuras de sus amiguitos y unía su alegría a la de ellos.

Ese día un sol abrasador calcinaba la tierra. Las aguas del río, transparentes y calmas, reflejaban el celeste maravilloso del cielo y la exuberante vegetación de las orillas, como un gran espejo puesto por la naturaleza para reproducir tanta belleza.

De vez en cuando, un pajarillo, al rozar con sus alas las aguas quietas, imprimía a es as aguas un movimiento que se traducía en ondas concéntricas cada vez de mayor tamaño que terminaban por perderse, devolviendo al río su estática quietud.

. Nunca mejor oportunidad para darse un chapuzón y gozar de la frescura de las aguas que ese día sofocante.

Así lo pensó también un grupo de niños que llegó dispuesto a arrojarse al río.

No lejos de ese lugar, cobijada de los fuertes rayos del sol por el tupido follaje de un corpulento aguaribay, María del Pilar, que se entretenía cosiendo, los vio llegar.

Como que provenían de una raza de excelentes nadadores, los pequeños se movían en el agua como los mismos peces: zambullían, chapoteaban, hacían mil piruetas que provocaban la risa de la bella española, siempre dispuesta a festejar las ocurrencias de sus amiguitos.

Estaba entre ellos y era uno de los más audaces, Chululú, el nieto del cacique Curivai, que contaba siete años.

A pesar de su corta edad, Chululú ya había dado pruebas de ser un habilísimo nadador. Para él no había profundidades ni distancias. Por eso era él quien se alejaba más de la costa y el que mejor conocía los secretos del río.

Ese día, como siempre, con brazadas seguras y movimientos precisos de su cuerpo ágil, Chululú se separó de sus compañeros nadando hacia el centro del río.

La calma era total. El Paraná, tranquilo, se dejaba invadir por el grupo de niños proporcionándoles momentos de esparcimiento. De pronto el aire trajo el pedido angustioso de:

-¡ Socorro! , ¡Por favor ! ¡ Me ahogo . . . ! ¡ Socorro...!

Era Chululú que se debatía en las aguas al tiempo que repetía sin cesar :

-¡ Socorro . . . ! ¡ Me ahogo!

Los niños, incapaces de prestar ayuda, gritaron también. María del Pilar los oyó. Nadie más que ella se encontraba por los alrededores. Nadie más que ella podía salvar al pequeño Chululú en peligro, y sin hesitar un segundo, se quitó la amplia falda, la bata y los botines que dificultarían sus movimientos y se lanzó al agua tratando de alcanzar cuanto antes el lugar donde se hallaba el pequeño nadador en apurado trance.

Ella también sabia nadar muy bien y no le seria difícil llegar. Pronto estuvo junto al niño. Trató de tomarlo por el cuello tal como su padre le había enseñado; pero no le fue posible. La ansiedad hizo presa de ella. Chululú perdía fuerzas y ya le resultaba casi imposible mantenerse a flote.

Desesperada, María del Pilar volvió a intentar acercarse al niño que parecía estar cada vez más lejos, y tomarlo pasando su brazo por debajo de su mentón, pero nuevamente comprendió que sus esfuerzos eran inútiles.

Los otros niños, mientras tanto, habían salido del agua. Algunos habían corrido hasta la aldea para avisar sobre lo que ocurría a Chululú. Los otros, miraban azorados desde la playa.

Varias mujeres aparecieron y una de ellas corrió avisar a los hombres que se hallaban en el bosque.

Entre ellos se encontraba el cacique que, enterado del peligro que corrían la valiente jovencita española y su nieto, corrió a la costa del río y se arrojó él también para salvar a los dos. Buen nadador como era, no le sería difícil llegar hasta ellos, aunque ahora se hallaban más alejados, como si la corriente los arrastrara hacia el centro del río.

María del Pilar y Chululú aparecían y desaparecían, por momentos a pesar de los esfuerzos que ambos hacían por mantenerse a flote.

Cuando la valiente española vio que el cacique, con brazadas seguras se acercaba, tomó confianza y con palabras cariñosas trató de infundirla al pequeño que se sentía morir. En ello estaba, cuando las aguas traicioneras, con movimiento envolvente, la atrajeron a su seno y la niña no volvió a reaparecer.

Cuando llegó el cacique al lugar donde su nieto se debatía desesperado, la niña había desaparecido por completo. Otros nadadores que se habían arrojado al agua, buscaron afanosos a Maria del Pilar; pero todo fue inútil. El río guardaba celoso la presa lograda después de una lucha tan tenaz.

La última visión que tuvieron de ella, fueron sus grandes ojos azules buscando desesperados el socorro que no terminaba de llegar. El cacique, que había conseguido rescatar a su nieto de las aguas traicioneras, lo tendió en la playa para que se recuperara. El pobre niño , con voz desfallecida, balbuceaba: ¡María del Pilar... ! ¡ María del Pilar...!

Pero su gran amiga, la amiga de todos los niños de la tribu, había desaparecido para siempre.

Una pena muy grande alcanzó a todos, poniendo en sus semblantes una expresión de infinita tristeza por la pérdida de la bondadosa y dulce María del Pilar. Tanto lamentaron los aborígenes su desaparición, tan intenso fue su dolor, que sin duda algún genio bondadoso se compadeció de ellos. Deseando que fuera eterna la presencia de la extranjera, que desde su llegada sólo había sembrado cariño y bondad, transformó su cuerpo muerto en una planta acuática que desde entonces se desliza por la superficie bruñida de las aguas del Paraná. Volvió a nacer, allí donde había perdido su vida humana, repartiéndose luego por los ríos y arroyos de nuestro país.

A esa planta que nosotros llamamos camalote, los guaraníes pusieron de nombre aguapé, y es un hermoso exponente de nuestra flora acuática.

Su mayor belleza reside en sus flores que surgen de entre el tupido follaje como racimos de estrellas celestes aliladas, como celestes eran los hermosos ojos buenos de María del Pilar.

Son esas flores las que simbolizan la singular belleza y la bondad sin límites de la niña española que con su dulzura infinita supo atraer a los aborígenes con mayor eficacia que la lograda con las espadas de los audaces conquistadores hispanos.

LEYENDA FLOR DEL CEIBO

Siempre me han maravillado los árboles, especialmente los que tienen flores. En Houston las magnolias y las mimosas son espléndidas. También los laureles de jardín que florecen durante todo el verano y la lageostremia (nombre en latín del árbol más común en las calles).

En Argentina recuerdo muy bien el jacarandá enorme con sus maravillosas flores azules que se veía desde mi departamento y los de la avenida Figueroa Alcorta y Plaza Francia. También las robustas tipas con flores amarillas, las mimosas, los palos borrachos con esas increíbles flores rosas y los ceibos.

Muchos de nuestros árboles tienen su leyenda inspirada en los indígenas que poblaron las tierras del Río de la Plata. La flor nacional argentina (y curiosamente del Uruguay también) es, desde 1942, el ceibo, y a continuación les relato su historia.

Cuenta la leyenda que esta flor es el alma de la Reina India Anahí, la más fea de una tribu que habitaba en las orillas del Río Paraná.

Pero Anahí tenía una dulce voz, diferente e increíble al cantar sus melodías. Además, era rebelde como todos los de su raza y amante de la libertad como los pájaros del bosque.

Un día fue tomada prisionera, pero valiente y decidida, dio muerte al centinela que la vigilaba.

En ese mismo momento, quedó sellado su destino para siempre: condenada a morir en la hoguera, la noche siguiente, su cuerpo fue atado a un árbol de la selva, bajo y de anchas hojas.

Lentamente, Anahí fue envuelta por las llamas. Los que asistían al suplicio, comprobaron con asombro que el cuerpo de la reina india tomaba una extraña forma, y poco a poco se convertía en un árbol esbelto, coronado de flores rojas.

Al amanecer, en un claro del bosque, resplandecía el ceibo en flor.
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Vilma
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Registrado: 23 Ene 2005
Mensajes: 15

MensajePublicado: Mar Ene 25, 2005 18:17    Asunto: Responder citando

gracias, muchas gracias son muy bonitas conocéis alguna más, sobre todo me gustaría dirigirlo hacia flores comunes pero estas también me sirven, cuantas más mejor.

Surprised
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Vilma
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Registrado: 23 Ene 2005
Mensajes: 15

MensajePublicado: Sab Ene 29, 2005 16:56    Asunto: Responder citando

hola, alguien conoce más leyendas o historias curiosas del origen de las flores
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Sab Ene 29, 2005 18:52    Asunto: Responder citando

No me dí cuenta de que ya habían hablado de la historia del tulipán, así que edito y dejo sólo algunas curiosidades sobre la flor más bonita del mundo.



Los orígenes del tulipán se remontan siglos atrás en Asia Menor. Los turcos lo encontraron en Anatolia y en la época otomana empezaron a adornar los jardines de Estambul. La palabra tulipán derivada del vocablo turco "dulban", que quiere decir turbante, porque en él los nativos usaban estas flores a manera de ornamento, aunque otros lo atribuyen a la semejanza entre la forma de esta liliácea y la prenda típica de aquellos pueblos. También tuvo un sentido religioso porque el nombre turco "lale" escrito con las letras árabes que utilizaron los turcos durante la época otomana, se parecía "Allah".


Cuenta la historia que los primeros bulbos llegaron a Europa en 1593, cuando el botánico Carolus Clusius trasladó tulipanes desde Constantinopla -donde eran considerados un símbolo de poder y riqueza- hasta la Universidad de Leiden (Holanda) con el fin de realizar investigaciones médicas pero sin ninguna disposición a compartir la belleza de estas flores. Se dice que un grupo de vecinos decidió sencillamente robar algunos bulbos de su jardín y a partir de ese momento se dedicaron a su reproducción.



La escasez de aquellos tiempos derivó en altísimos precios que cien años después fueron bajando en la medida en que su popularidad creció. La historia, con aires de anécdotas transmitidas por generaciones, cuenta incluso que un comerciante pagó el equivalente a 20 toneladas de queso por un bulbo de tulipán (En 1636, una tonelada de queso costaba 120 florines, y en una transacción entre dos comerciantes uno de ellos pagó 2500 por un tulipán; es decir, más de lo que había pagado por 20 toneladas de queso).

La perla azul, la luz del amanecer, la gota de rubíes, así se llamaban las especies de los tulipanes.

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Vilma
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MensajePublicado: Dom Ene 30, 2005 17:08    Asunto: Responder citando

al-borak, son unas fotos preciosas!!!!
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
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MensajePublicado: Dom Ene 30, 2005 19:15    Asunto: Responder citando

Gracias Wink
Creo que no queda un sitio en internet donde yo no haya mirado buscando fotos de tulipanes. Si te pasas por el foro de flores te darás cuenta de lo mucho que me gustan. Soy un poco pesadita.
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Dom Feb 06, 2005 12:23    Asunto: Responder citando

leyenda de la flor de nochebuena

Cuenta la historia que una señora tenía el encargo de tejer una cobija nueva para el pesebre del Niño Jesús de su iglesia, ya que la que tenía estaba muy vieja y raída. Ella aceptó encantada la distinción que le confería el párroco, empezó a elaborarla con gran entusiasmo, pero al caer gravemente enferma no pudo terminarla y la dejó a medias en el telar. La mujer tenía una niña de escasos diez años. La niña preocupada intentó acabarla, pero sólo consiguió enredar todos los hilos y las madejas. Al día siguiente, al atardecer, empezó la procesión al templo de todos los lugareños y la pequeña escondida detrás de un gran matorral, llorando, los veía pasar con enorme tristeza pues su madre seguía enferma y no había cobijita nueva para el Niño. De pronto se le acercó una anciana bondadosa y le preguntó qué le pasaba. Lucina, que así se llamaba la niña, le contó toda su pena y la buena mujer la consoló diciéndole que ya no se preocupara pues su mamá ya había sanado y que se apurara a cortar unas ramas de esa planta que la escondía y se las llevara como obsequio al Santo Niño.

La niñita, no daba crédito a lo que oía, pero obedeció dócilmente a la señora y con un manojo de aquellas ramas llegó corriendo al templo. Colocó con gran cuidado las varas alrededor del pesebre , mientras la gente en silencio la observaba. De pronto todo se iluminó y de cada rama había surgido una enorme estrella roja que entibió rápidamente el ambiente. La niña sonrió pues seguramente el divino Niño ya no pasaría más frío. Llena de contento salió corriendo y vió que todos los matorrales de la calle y las montañas, lucían estrellas radiantes iguales a las que había en el pesebre y que su humilde presente se había convertido en el más resplandeciente de todos los regalos.

El nombre científico, con en cual se conoce esta bella flor mexicana, es el de "poinsettia" en honor del cónsul norteamericano que en el siglo XIX la transportó a los Estados Unidos y de ahí fue llevada al resto del mundo.

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