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De obispo de Roma a primado de toda la Iglesia



 
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nazgul
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MensajePublicado: Mar Abr 12, 2005 10:13    Asunto: De obispo de Roma a primado de toda la Iglesia Responder citando

REPORTAJE

De obispo de Roma a primado de toda la Iglesia

El Papa representa la concepción monárquica, frente a la colegiada que apoyan otros cristianos



La elección del sucesor de Juan Pablo II en un cónclave de cardenales que comienza el próximo día 18 suscita gran curiosidad y evoca el debate sobre los orígenes de la institución del papado, la que más divisiones ha provocado entre las diversas iglesias cristianas. Pese a la consideración de Pedro como el primer Papa de la Iglesia, los historiadores sostienen que este apóstol no fue siquiera el primer obispo de Roma, cuya primacía sólo se afirma con León Magno, entre 440 y 461.

RAMÓN TEJA
EL PAÍS - Internacional - 11-04-2005


El inminente cónclave para elegir al sucesor de Juan Pablo II evoca inevitablemente en el historiador de la Iglesia el gran debate sobre los orígenes y las formas que a lo largo de la historia ha revestido la institución del papado. Sin duda, es esta institución la que más divisiones ha provocado a lo largo de los siglos entre las diversas iglesias cristianas: todas se consideran católicas, es decir, universales, pero sólo una se denomina romana, aquella que reconoce la primacía jerárquica y doctrinal del obispo de Roma. Al final de la antigüedad se produjo la separación de las iglesias del Oriente cristiano, que se denominan ortodoxas, es decir, portadoras de la recta doctrina, aunque formalmente la división no se consumó hasta el siglo XI, cuando el Papa León IX y el patriarca de Constantinopla Miguel de Celulario se excomulgaron mutuamente provocando un cisma que aún perdura. En el siglo XVI la ruptura provocada por Lutero y la Reforma protestante tuvo y sigue teniendo como motivo fundamental la doctrina sobre el papado.

La teología católica ha hecho del papado una institución divina creada por Jesús. Su fundamento es el llamado principio pietrino: el Papa, en cuanto sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, ocupa una primacía jerárquica y doctrinal que lo sitúa por encima de los demás obispos. Pero esta interpretación de los textos del Nuevo Testamento no es compartida por las demás iglesias cristianas: la misión de difundir el Evangelio y preservar la fe habría sido confiada por Jesús a todos los apóstoles y sería a todos los obispos, en cuanto sucesores de éstos, a quienes compete esta misión. Frente a la concepción monárquica de la Iglesia romana, defienden una concepción colegiada de todos los obispos.

Dejando de lado las consideraciones teológicas, es indudable que el papado es un fenómeno y una institución histórica. En los primeros siglos el obispo de Roma sólo se diferencia de los demás por ser el obispo de la capital del Imperio Romano. Al igual que los demás obispos, era elegido por el pueblo por aclamación entre los candidatos propuestos, pero ello provocó con frecuencia cismas, divisiones y enfrentamientos violentos. En cuanto a los orígenes de la Iglesia de Roma, lo único que podemos afirmar con seguridad los historiadores es que ni fue fundada por Pedro ni fue Pedro su primer obispo. Cuando Pablo escribe su epístola a los Romanos no menciona a Pedro y sabemos, además, que la figura del obispo surgió en Oriente a comienzos del siglo II y que en Roma apareció con bastante retraso. El único hecho histórico seguro es que Pedro, al igual que Pablo, sufrió el martirio en Roma en circunstancias y fechas desconocidas.

Hay que esperar a mediados de este siglo II para ver obispos al frente de la Iglesia romana con los mismos poderes y atribuciones que en las otras iglesias cristianas. Pero ya en el siglo III algunos obispos de Roma intentaron extender su autoridad basándose en su condición de sucesores de Pedro, aunque siempre encontraron el rechazo de los demás obispos. En el 256, el papa Esteban intento imponer su doctrina sobre la rebautización de los herejes a sus colegas en el episcopado, pero ello encontró el rechazo de los obispos más importantes de la época, como san Cipriano de Cartago y san Firmiliano de Cesárea de Capadocia. Éste, en carta dirigida a Cipriano, expresa su rechazo con una dureza inusitada: después de comparar a Esteban con Judas y de que "se gloríe de tener la cátedra de Pedro por sucesión", añade: "Me lleno de indignación ante esta necedad tan manifiesta, pues quien se gloría de la dignidad de su episcopado y defiende su posición de sucesor de Pedro, sobre el cual se estableció el fundamento de la Iglesia, introduce otras muchas piedras y levanta muchas nuevas iglesias" (Cipriano, Epist. 75).

Pero se trató de casos aislados que no prosperaron. La conciencia de los obispos romanos de ser depositarios de una misión especial, una cura universalis ecclesiae confiada por Cristo, se fue formando muy lentamente. Hay que esperar a finales del siglo IV, durante el papado de Dámaso (366-384), para que los obispos de Roma comiencen a reclamar de una forma sistemática una primacía sobre las demás iglesias. Pero fue León Magno (440-461) quien desarrolló de una manera decidida la doctrina de esta primacía y fue el primero al que se le puede dar el título de Papa, en cuanto intentó actuar como tal. Pero, incluso con León Magno, la teoría del papado precedió al ejercicio efectivo de un primado universal.

El término papa, del griego páppas, padre, se aplicaba en origen a todos los obispos, e incluso presbíteros, y, como tal, se seguirá aplicando en Oriente hasta nuestros días. En Occidente, a finales del siglo IV se observa una costumbre de aplicar este título al obispo de Roma con fórmulas como Romanus papa o Urbis papa. Pero hasta el siglo VI no se generaliza como un simple sustantivo que designa al obispo de Roma. También el término Pontifex, tomado del sacerdocio pagano de Roma, se aplicó en origen a todos los obispos del mundo latino. Cuando León Magno empezó a reclamar la primacía romana se sirvió del título Summus Pontifex. A partir del renacimiento se generalizó la forma Pontifex Maximus, heredada de los emperadores romanos. De una manera similar, la fórmula Sede Apostólica se utiliza por vez primera a mediados del siglo IV. Todas las sedes episcopales antiguas se consideraban de origen apostólico y de ahí la proliferación de la denominación "iglesia apostólica". Pero la variante sedes parece que fue invención de Roma y, a partir de León Magno, las cancillerías papal e imperial generalizaron la expresión Sede Apostolica para resaltar la primacía romana.

Las teorías del papado y las aspiraciones romanas sufrieron un duro golpe en el Concilio de Constantinopla del 381, considerado II Concilio Ecuménico. Allí los obispos presentes, todos orientales, tomaron un acuerdo por el que se trataba de dignificar la sede episcopal de la recién creada capital del Imperio de Oriente, Constantinopla, equiparándola con Roma. El canon III allí aprobado dice que el obispo de Constantinopla debe ocupar el puesto de honor después del segundo de Roma, puesto que la ciudad es la Nueva Roma. Se reconoce a Roma la primacía de honor, pero no jerárquica, y siempre en función de ser la capital del Imperio. Fue una reacción a la teoría pietrina que entonces intentaban desarrollar los obispos de Roma. Éstos se negaron por mucho tiempo a reconocer este canon que, a pesar de todo, permanece invariable y marcó un largo proceso de incomprensión entre las iglesias de una y otra parte del Imperio que culminará con el cisma del siglo XI. En Occidente, el hundimiento del Imperio Romano permitió una consolidación progresiva de las aspiraciones de los obispos de Roma a constituirse en herederos religiosos e ideológicos de los emperadores. Títulos, honores y símbolos del poder como los colores blanco y rojo perpetúan hasta nuestros días la imagen de los emperadores romanos.

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Ramón Teja es catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria y presidente de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones
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ENERVO
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MensajePublicado: Mar Abr 12, 2005 14:23    Asunto: Responder citando

Hala, ya que estás suscrito a la edición digital y tal del País, aprovecha y pon el artículo de hoy referente al mismo tema, que es la mar de interesante.
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nazgul
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MensajePublicado: Mar Abr 12, 2005 16:00    Asunto: Responder citando

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Cool

REPORTAJE

El clero y el pueblo elegían al Papa

Las iglesias cristianas imitaban el 'suffragium', la práctica imperante en las ciudades greco-romanas



En los primeros siglos del cristianismo los papas, en cuanto obispos de Roma, eran elegidos por el clero y el pueblo mediante el sistema utilizado por las ciudades greco-romanas, el suffragium o aclamación. Este sistema no se regía por normas rígidas, lo que planteó múltiples problemas. La noticia más antigua de la elección de un papa se remonta a la de Fabián, en el año 236. Ésta fue una elección pacífica, pero la de su sucesor no lo fue tanto, pues se enfrentaron dos candidatos, Cornelio y Novaciano, y éste, el perdedor, fundó una nueva iglesia, cuyos miembros se denominaron "cátaros". Con la conversión de Constantino y su apoyo a la Iglesia de Roma a partir de 312, las luchas por el poder se hicieron frecuentes.


RAMÓN TEJA
EL PAÍS - Internacional - 12-04-2005




En cuanto obispos de Roma, los papas eran elegidos en los primeros siglos como los demás obispos cristianos: por el clero y el pueblo. Las iglesias cristianas imitaron las prácticas imperantes en las elecciones de los magistrados de las ciudades greco-romanas: el suffragium, o aclamación. Este principio fue afirmado de una manera rotunda a mediados del siglo III por san Cipriano, obispo de Cartago: "Manda Dios... que las ordenaciones episcopales se han de hacer con el consentimiento del pueblo que asiste para que, estando presente el pueblo, se descubran los crímenes de los malos y se hagan públicos los méritos de los buenos, y la ordenación sea justa con el voto y juicio de todos" (Epist. 67).

Pero el sistema de la aclamación no se regía por normas rígidas y planteaba múltiples problemas en su aplicación. El quién y cómo se hacía la propuesta podía variar y el pueblo era fácilmente manipulable. Por ello, con frecuencia, se recurría a signos externos que pudiesen ser interpretados como manifestación de la voluntad divina. Éste es el caso de la noticia más antigua que tenemos de la elección de un obispo de Roma, la de Fabián en 236. La recoge el obispo e historiador Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica VI, 29: se había reunido el pueblo de Roma y eran muchos los candidatos, cuando una paloma se posó sobre la cabeza de Fabián, recién llegado a Roma del campo. Ante este hecho, "todo el pueblo, como movido por un único espíritu divino, se puso a gritar con todo entusiasmo y unánimemente que éste era digno y, sin más tardar, lo colocaron sobre el trono episcopal".

Pero no siempre se manifestaba el signo que podía ser interpretado como divino. De hecho, la elección del sucesor de Fabián no fue pacífica. Se enfrentaron dos candidatos, Cornelio y Novaciano, y el clero y pueblo de Roma se dividió en dos bandos. Tenemos la versión de los hechos narrada por Cornelio, que resultó vencedor, recogida por el mismo Eusebio de Cesarea. Cornelio califica a su rival como "bestia pérfida y malvada" y dice que fue consagrado por "tres obispos traídos de cierta parte de Italia, hombres rústicos y muy simples y cuando ya estaban ebrios y cargados por el vino" (Hist. Ecles. VI, 8-9). Novaciano fundó una iglesia separada de Roma que perduró dos siglos y cuyos miembros se denominaban "cátaros", "los puros".

Con la conversión de Constantino y su apoyo decidido a la Iglesia a partir de 312, las cátedras episcopales comenzaron a ser un honor altamente apetecido y las luchas por el poder se hicieron más frecuentes. Los emperadores tampoco querían permanecer indiferentes a la persona que ocupase la cátedra de la capital. El principio de elección popular siguió vigente, aunque a partir del Concilio Ecuménico de Nicea de 325 se intentó reducir la importancia del pueblo y potenciar la de los clérigos y obispos vecinos. En Roma se produjo la peculiaridad de que jugaron un papel muy importante el colegio de siete diáconos que administraban las principales basílicas de la ciudad y, de hecho, el archidiácono parecía estar llamado a ser el sucesor del obispo fallecido: archidiáconos fueron los papas más importantes a partir del siglo IV: Dámaso, Siricio, León Magno, Gregorio Magno, entre otros. Pero tampoco esto garantizó unas elecciones tranquilas. Si algo nos enseña la historia de los papas en los primeros siglos del cristianismo es que, sobre todo a partir de Constantino, las elecciones no solían ser fáciles ni pacíficas. Cuando el clero no se ponía de acuerdo, cada facción recurría a la movilización del pueblo y, en última instancia, era el emperador el que decidía. La más violenta y mejor conocida de las elecciones fue la de Dámaso en 366, de la que tenemos información de cristianos y paganos. Hubo dos candidatos, Dámaso y Ursino, y el pueblo y clero se dividieron en dos facciones. Los seguidores de Dámaso atacaron a sus rivales cuando estaban reunidos en la iglesia de Santa Maria de Trastevere, a la que prendieron fuego: se nos dice que allí murieron 160 seguidores de Ursino. Terminó por imponerse Dámaso gracias al apoyo del emperador.

El sucesor de Dámaso, Siricio, al ser elegido en 385, reclamó la aprobación del emperador Valentiniano II, pues aún vivía Ursino. En su Rescripto del mismo año, el emperador ratificó la elección: "El hecho de que el pueblo de la Ciudad Eterna experimente alegría en la concordia al elegir a tan excelente sacerdote vemos que responde a una disposición del pueblo romano... Es prueba magnífica de su integridad e inocencia el que con su misma aclamación el uno sea aceptado y el otro rechazado". Así pues, aunque el sistema de elección había desembocado ya en una cooptación entre los presbíteros y diáconos de Roma, la aclamación popular siguió siendo indispensable. Los problemas surgían siempre cuando no se producía la unanimidad entre los electores. Esto volvió a suceder en 418. Una parte del clero eligió y consagró al archidiácono Eulalio y otra parte al presbítero Bonifacio. El pueblo se dividió también y en Roma estallaron luchas callejeras durante meses. Los dos elegidos solicitaron ser reconocidos por el emperador Honorio, que vivía en la corte de Rávena. Tras largas negociaciones, el emperador ordenó que ambos se ausentasen de Roma hasta que decidiese un concilio. Eulalio desobedeció la orden y entró en Roma para celebrar la Pascua, lo que empujó al emperador a apoyar a Bonifacio y enviar a Eulalio al exilio.

La actuación del emperador como árbitro la refleja muy bien la sorprendente consulta que el anciano Bonifacio elevó dos años después preguntándole qué se debería hacer en el caso de que muriese, pues se temía que Eulalio intentase de nuevo ocupar el trono episcopal. La respuesta imperial fue muy pragmática: si vuelven a ser elegidos dos obispos, ambos serán expulsados de la ciudad y el emperador sólo reconocerá a "aquel que designe el juicio divino mediante consenso de todos (universalis consensus)". Se explica fácilmente que, una vez desaparecido el Imperio Romano en Occidente, durante los largos siglos de la Alta Edad Media, las elecciones papales fuesen motivo de guerras y enfrentamientos entre los poderes que intentaban mantener el control sobre la importante Iglesia Romana: el "juicio divino" no siempre se manifestó de una forma pacífica.



Ramón Teja es catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria y presidente de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones.
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nazgul
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MensajePublicado: Mie Abr 13, 2005 10:07    Asunto: Responder citando

Aquí tienen la tercera parte:


REPORTAJE

Una institución medieval

Nicolás II promulgó en 1059 el decreto 'In nomine Domini', por el que se confía en exclusiva el nombramiento del Papa a los cardenales


JOSÉ M. NIETO SORIA
EL PAÍS - Internacional - 13-04-2005




Mientras el Imperio Romano languidecía, el poder de los papas, con el apoyo imperial, se asentaba en el ejercicio de una autoridad moral que comenzaba a exceder el marco italiano. Es en este contexto en el que León I (440-461), el primero con el sobrenombre de El Grande y salvador de Roma frente a Atila, dará unos primeros pasos en la afirmación de un cierto concepto de primacía pontificia planteada como reivindicación de magisterio supremo sobre los cristianos de Occidente, frente al avance de la influencia de los patriarcas de Constantinopla, teológicamente cada vez más distantes. Esta estrecha conexión entre papado e imperio favorecerá que la elección de los obispos de Roma, basada en la decisión del clero y pueblo de Roma, como la de los patriarcas orientales, no sea ajena a las intervenciones imperiales.

En los siglos inmediatos que siguieron a la desaparición del Imperio Romano de Occidente no había dejado de ser una preocupación el problema de la elección del Papa, conectada con la cuestión de su independencia del poder temporal de turno, fuera éste el de los reyes ostrogodos, los emperadores bizantinos o los monarcas carolingios. Por ello, en los siglos VIII y IX aparecerán distintas falsificaciones, aceptadas por válidas durante siglos, destinadas a afirmar nuevas pretensiones del poder pontificio.

El asesinato del papa Juan VIII, dentro de la propia curia pontificia, el 15 de diciembre de 882, inaugura un periodo de cerca de un siglo conocido en la historiografía como la Edad de Hierro del Pontificado, en la que el limitado perfil ecuménico adquirido penosamente parece abocado a su fin. El nombramiento de los papas se convierte de hecho en la prebenda particular de determinadas familias magnaticias de Roma y su entorno. El papado se sume en el escándalo, abundando las truculencias de todo tipo, simbolizadas por el sínodo del cadáver (896), en el que el papa Formoso es desenterrado para ser juzgado por la curia, para arrojar luego su cadáver al Tíber. En aquellas circunstancias de control del cargo por unas pocas familias, se suceden los pontífices inicuos, a la que vez que se multiplican en su derredor las intrigas y los asesinatos, incluso de algunos pontífices.

La salida a esta situación se producirá por la vía de la intervención laica. El papa Juan XII, tras coronar en Roma emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a Otón I (962), pondrá en manos de éste la protección de la Santa Sede, lo que origina que se dé comienzo a un largo periodo de cerca de tres siglos de conflictiva relación papado-Imperio, reclamando éste, y ejerciendo frecuentemente, con o sin acuerdo de la curia romana, el control de las promociones pontificias.

A principios del siglo XI era cada vez mayor la colaboración en el gobierno pontificio de ciertos presbíteros romanos y obispos de las sedes inmediatas a Roma (suburbicarias) a los que se les daba el calificativo de cardinalis (del latín cardo, es decir, eje). Más tarde también se daría esta condición a algunos diáconos romanos.

Nicolás II, en 1059, cinco años después de la ruptura con los cristianos de Oriente, promulga el decreto In nomine Domini, por el que confía en exclusiva la elección de los papas a los cardenales: "Cuando el pontífice de esta Iglesia universal muera, los cardinales obispos hablarán diligentemente entre ellos sobre la elección; después citarán a los otros clérigos cardinales y, entonces, el resto del clero y el pueblo se aproximarán para dar su asentimiento a la nueva elección". Además, se disponía que el nuevo Papa perteneciera a la Iglesia de Roma, salvo que no se encontrase ningún candidato digno de entre sus miembros. Se establecía Roma como el lugar idóneo para efectuar la elección, debiéndose buscar otro en circunstancias excepcionales. Su intervención como electores determinará el progresivo protagonismo de los cardenales en el gobierno de la Iglesia.

El frente abierto entre papas y emperadores alemanes, tras la Guerra de las Investiduras (1075-1083), no facilitó la normalización de los procesos electorales limitados a la intervención cardenalicia, como consecuencia de las intromisiones imperiales. Baste señalar que, con posterioridad a este decreto y hasta fines del siglo XII, se conocen hasta ¡14 antipapas! Aparte de las propias inseguridades normativas del procedimiento electoral, con elecciones por mayorías mínimas que dividían a los cardenales, muchas de estas dobles elecciones resultan de la oposición de los emperadores a aceptar los elegidos en Roma, nombrando sus propios papas.

Será uno de los pontífices medievales con mayor perfil jurídico, Rolando Bandinelli, maestro jurista en Bolonia, que reinará con el nombre de Alejandro III, el que, en un contexto de reconciliación con el emperador Federico I, llevará al Concilio III de Letrán, en 1179, una propuesta dirigida a acabar con el problema de las mayorías. Con la constitución Licet de Vitanda, aprobada con toda la fuerza de aquel concilio general, se establece la necesidad de mayoría de dos tercios para que el nombramiento sea válido, lo que, a la vez, potencia la necesidad de acuerdos, haciendo difícilmente predecible el electo. La eficacia de la medida se reveló inmediatamente. A partir de 1180 no volverá a haber antipapas hasta que se alcance el denominado Cisma de Occidente, en 1378.

La perduración de las iniciativas tomadas en materia electoral durante los siglos XI y XII evidencia una enorme trascendencia para la historia de la elección del Papa, sin que, sin embargo, aún sea posible hablar propiamente de cónclave, pues nada se ha previsto aún sobre la necesidad de aislamiento de los electores. Será el siglo XIII el que perfile rasgos de dicha institución como para perdurar en lo esencial el modelo establecido hasta la actualidad.



José Manuel Nieto Soria es catedrático de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. Autor del libro El pontificado medieval (Arcolibros, 1996).
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nazgul
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MensajePublicado: Jue Abr 14, 2005 16:44    Asunto: Responder citando

REPORTAJE

Cardenales encerrados bajo llave

En 1216, tras la muerte de Inocencio III, se produce lo que se considera como el primer cónclave


JOSÉ M. NIETO SORIA
EL PAÍS - Internacional - 14-04-2005



La fórmula de los dos tercios adoptada por Alejandro III en su constitución de 1179 resolvió un problema para generar otro: la dificultad para alcanzar rápidamente el necesario acuerdo con mayoría suficiente. En 1216 se produce lo que, en puridad, puede considerarse como el primer cónclave (cum clave, con llave, bajo encerramiento). Muerto en Perusa, el 16 de julio, Inocencio III, sus habitantes encierran a los cardenales bajo condiciones de verdadero secuestro para que procedan a elegir cuanto antes. El 18 de julio han designado a Honorio III. Un secuestro, aún más estricto, se lleva a cabo en 1241. El senador de Roma Mateo Rosso Orsini, temiendo la intervención del emperador Federico II, retiene casi dos meses a los cardenales en las ruinas de las cárceles de Septizonio, bajo vigilancia de guardianes, que tratan a los cardenales como prisioneros, sufriendo todo tipo de privaciones. Pero el elegido enferma dos días después. Los cardenales, aterrorizados ante la idea de otro secuestro similar, huyen de Roma a Anagni, con el Papa moribundo, donde se tomarán casi año y medio para la elección.

El 29 de noviembre de 1268 muere en Viterbo Clemente IV. Reunidos en el hoy conocido como Palacio del Cónclave de esta ciudad para proceder a la elección, ésta no se hace efectiva hasta el 1 de septiembre de 1271. Pasado el primer año, las autoridades de la ciudad decidirán recluir rigurosamente a los cardenales. Este encerramiento, según algunos autores, es recomendado por san Buenaventura, general de los franciscanos, llegándose al extremo de que se abrirá una parte del tejado para hacerles llegar por esa vía los alimentos. En la fase final del proceso electoral sólo recibirán pan y agua. Pronto se extenderá la leyenda popular de que, gracias a la abertura en el tejado, la inspiración del Espíritu Santo habría iluminado a los cardenales.

El Papa elegido en Viterbo, Gregorio X, reunirá el Concilio II de Lyón, donde el 7 de julio de 1274 presenta la constitución Ubi Periculum, destinada a regular pormenorizadamente todos los aspectos del cónclave, siendo sus disposiciones las que, en esencia, han definido hasta hoy el perfil básico de la institución del cónclave.

En esta constitución se pondrá especial atención en definir plazos. Transcurridos diez días de la muerte del pontífice, sin esperar más tiempo a que lleguen los cardenales ausentes, los cardenales se reunirán en la ciudad donde hubiera muerto el Papa. Deberán encerrarse, asegurando el aislamiento, contando cada cardenal con un solo doméstico, dos en caso de necesidad por enfermedad. Sólo tratarán del asunto de la elección. Las autoridades civiles, bajo juramento, deberán asegurar el aislamiento pretendido. A través de un torno de clausura se introducirán los alimentos. Después de los tres primeros días de deliberación se les reducirá la dieta a un plato por la mañana y otro por la tarde. Transcurridos otros cinco días más sin elegir, la dieta quedará reducida a pan, agua y vino. Para entonces, el procedimiento electoral contemplaba tres fórmulas: escrutinio, compromisarios e inspiración. A fines del siglo XIII estaba meticulosamente definido el complejo ceremonial que recorrían los pontífices desde su elección hasta su coronación.

El futuro de esta constitución, tan importante para la historia del Pontificado, no fue fácil. El sucesor de Gregorio X, Inocencio V, fue elegido en un solo día mediante su aplicación, siendo abolida en 1276, con el consiguiente alargamiento de los procesos electorales. Celestino V, el único papa dimisionario de la historia del Pontificado, tardó en ser elegido dos años y tres meses, siendo este pontífice el encargado de reponer, en 1294, la constitución abolida. Su sucesor, Bonifacio VIII, elegido en un solo día, confirmó la reposición de la norma y la incorporó definitivamente a la legislación canónica. Clemente VI, en 1351, suavizaría las disposiciones relativas a la dieta alimenticia.

Por muchos avatares habría de pasar el cónclave en los siglos inmediatos, con la progresiva politización del proceso electoral. En la elección de 1378 fue elegido primero Urbano VI, para que, unos días después, algunos cardenales manifestasen haber sido presionados y abandonasen la Ciudad Eterna para elegir a Clemente VII, iniciándose el Cisma de Occidente, con un Papa en Roma y otro en Aviñón, debiendo ser el concilio general, reunido en Constanza en 1415, y no el cónclave, el que procedería a elegir a un Papa con el que se cerrase el conflicto generado.

Tras la terminación del cisma, la intensificación de las relaciones políticas del Pontificado propició la internacionalización del Colegio Cardenalicio, comenzando a ser habitual la presencia de cardenales no italianos, lo que permitió, por ejemplo, la llegada al solio pontificio de cardenales españoles, los Borja, los llamados catalanes: Calixto III (1455-1458), y su sobrino Alejandro VI (1492-1503); o de Adriano VI (1522-1523), nacido en Utrecht. Son muchos los datos que han trascendido de las tensiones internas de los cónclaves en esa etapa final del medievo. Entre las elecciones mejor conocidas en sus interioridades se encuentra la de Pío II, en 1458, gracias a sus memorias, en las que relata cómo una facción de los cardenales se encerraron por la noche secretamente en las letrinas del palacio apostólico para organizar una trama favorable a una determinada candidatura, acabándose por descubrir la conspiración, a la vez que alude a la costumbre del asalto por el pueblo de Roma del palacio del cardenal elegido, con el perjuicio, en este caso, de otro cardenal, cuyo nombre circuló por error como elegido, sufriendo su palacio el saqueo ritual.

Ya en el contexto de la reforma tridentina, Pío IV promulgó la bula In eligendis (1562), añadiendo algunas precisiones referidas, en especial, a la suspensión de las atribuciones jurisdiccionales de los cardenales mientras dura el cónclave y fijando las funciones del camarlengo durante el mismo, limitándolas a presidir y dirigir la reunión. Sin embargo, en sustancia, las aportaciones de las disposiciones de 1059, 1179 y, sobre todo, 1274 fueron las que decidieron el futuro del cónclave.



José Manuel Nieto Soria es catedrático de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. Autor del libro El pontificado medieval (Arcolibros, 1996).
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nazgul
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MensajePublicado: Vie Abr 15, 2005 17:04    Asunto: Responder citando

REPORTAJE

La elección papal durante la quiebra de la cristiandad

Lutero cuestiona en el siglo XVI la curia y el papel de los pontífices


TOMÁS A. MANTECÓN
EL PAÍS - Internacional - 15-04-2005


En 1517 un agustino alemán, Martín Lutero, proclamó sus 95 tesis contra las indulgencias que se vendían para sufragar las obras de San Pedro. Se escenificaba el principio del fin de la vieja Cristiandad. Un año antes, el mismo pontífice que posteriormente excomulgara a ese joven monje, León X, ordenado cardenal por su tío Inocencio VIII a la edad de 13 años y elegido Papa en 1513 con 38 años, se reconocía en el Concilio de Letrán, con "autoridad sobre todos los concilios". Se vulneraba así la doctrina conciliarista afirmada en Constanza.

En la historia del cristianismo los debates sobre la supremacía o no del Papa sobre los concilios (curialismo frente a conciliarismo), la infalibilidad pontificia, la naturaleza y límites de su primacía sobre la autoridad civil, la catolicidad o universalidad de sus potestades y de la Iglesia de Roma han influido en la elección hasta un punto tal que es difícil evaluar el margen de que disponía el Espíritu Santo. Es posible que sea el aliento divino el que ha dado continuidad a la elección a pesar de las tensiones. Ya el establecimiento del Cónclave por Gregorio X (1274) fue destinado a evitar largas sedes vacantes provocadas por tensiones entre los electores y presiones del poder temporal.

A pesar de la sistematización gregoriana del ritual, injerencias hubo a lo largo de toda la época Moderna antes, durante y después de cada elección. Los cardenales se enclaustraban cum clavis, con doble cerradura. La llave interior era custodiada por el camarlengo y la exterior por el maestro del cónclave. La elección podía hacerse por votación secreta, logrando dos tercios de los votos, pero también por aclamación (inspiración) a propuesta de uno o dos cardenales o por consenso entre varias facciones de votantes. Esto daba amplio margen de maniobra.

La cabeza de la Iglesia desempeñaba un peso fundamental en la época de la conquista de Nuevos Mundos, cuando el turco amenazaba por mar y tierra y Lutero clamaba contra la Curia, cuestionando la primacía de la autoridad espiritual sobre la temporal y el principio de que sólo el Papa interpretara las Sagradas Escrituras y convocara concilios. La excomunión del agustino era paradójica, viniendo de un pontífice "picado de vicios" como León X y hacia un monje insignificante, aunque ya su doctrina sobre la fe, apoyada en el mensaje de San Pablo sobre la justificación, ponía en jaque a teólogos como Johannes Eck y conmocionaba a la cristiandad. Lutero apuntaló y protegió esta opción bajo el principio cuius regius, eius religio, parapetando su Reforma detrás de la artillería de los príncipes.

Producida la fisura en la cristiandad, la Curia se fue renovando. Las tensiones no dejaron de producirse en cada elección y después. Paulo III, por ejemplo, había quedado muy cerca de la tiara pontificia en las dos elecciones previas a la de 1534 en que fue aclamado. Miembro de una poderosa familia romana, Alessandro Farnese, designado cardenal decano por Alejandro VI y protegido de Lorenzo el Magnífico, en cuyo entorno forjó amistad con León X, creció con los Borgia, della Rovere y Medici, desarrollando unas dotes diplomáticas que le ayudaron a lograr treguas entre el emperador y Francisco I. A pesar de las discrepancias del primero con el Pontífice, éste, dos años antes de la muerte de Lutero, inauguró el Concilio de Trento. Esto ocurría 13 de diciembre de 1545. El Papa ya consideraba irreversible la ruptura. El emperador vio naufragar todos sus intentos de llevar las sesiones del Concilio a territorio alemán.

Paulo III, como muchos de sus predecesores y sucesores, practicó intensamente el nepotismo. A pesar de ello, en las décadas siguientes el grueso de las decisiones que afectaron a la elección papal se concentraron en mejorar la calidad del cuerpo electoral. Las críticas de Lutero contra el nepotismo y la parcialidad dentro del cardenalato debieron ser estímulo para los cambios, aunque contra todo esto también clamaron católicos desengañados. Lo refleja la tragicomedia Lisandro y Rosalía, de Sancho Muñón (1542): "Allí serán atormentados muy cruelmente los papas que dieron largas indulgencias y dispensaciones sin causa, y proveyeron las dignidades de la Iglesia a personas que no las merecían, permitiendo mil perversiones y simonías". Sixto V debió librarse de las llamas pues fue el que más combatió, ya en los años ochenta del siglo XVI, el nepotismo del Sacro Colegio y la falta de formación de algunos de sus miembros, que adolescentes accedían ya a la dignidad cardenalicia, como ocurriera con León X y con varios nietos de Paulo III.

En la Dieta de Nuremberg de 1522, antes de que Alessandro Farnese, fundador del Sactum Officium Sactissime Inquisitionis, accediera al pontificado, Adriano VI, promovido por Carlos V a la tiara pontificia, reconoció que "durante algunos años muchas cosas abominables han tenido lugar en esta Santa Sede", de modo que "todos nosotros, prelados y clero, nos hemos desviado del camino recto". El pontificado del erasmista y antiguo deán de Lovaina terminó el año siguiente, sin que desarrollara sus proyectos renovadores. Sus sucesores, desde Clemente VII, se enfrentaron y fracasaron más tarde ante el problema inglés planteado por Enrique VIII.

De este modo, mientras Roma perdía catolicidad, una Iglesia rearmada doctrinal e institucionalmente en Trento impulsó la recristianización de los fieles en Europa y la misión en otros continentes. Urbano VIII, que condenó a Galileo y Jansenio, promocionó la predicación en Líbano (1625); China y Japón, cuya cristianización dependía de los jesuitas desde 1585, se abrieron a todo tipo de misioneros (1633); condenó todo tipo de esclavitud para los indios americanos (1639) y fracasó en sus esfuerzos de restablecer la Iglesia romana en Inglaterra. La universalidad cedía paso ante la cruzada misionera dentro y fuera de Europa, empresa en la que convergían los intereses de la tiara y el cetro. El signo de los tiempos marcados por príncipes y cardenales permitió, no obstante, al Espíritu Santo en cada elección papal encontrar resquicios dentro del libero arbitrio de la historia.



Tomás A. Mantecón Movellán es profesor titular de Historia Moderna en la Universidad de Cantabria y autor de Contrarreforma y religiosidad popular.
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MensajePublicado: Lun Abr 18, 2005 14:11    Asunto: Responder citando

Señalo como detalle curioso que los romanos celebraban una especie de novemdiales, y que era una especie de llamada novena, consistiendo un sacrificio que se ejecutaba a los nueve días del entierro; a dicho sacrificio y al consiguiente banquete asistían los familiares y amigos.
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