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Historia política de Egipto



 
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nazgul
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MensajePublicado: Vie Abr 19, 2002 16:14    Asunto: Historia política de Egipto Responder citando

HISTORIA

En el siglo III a.J.C. el sacerdote egipcio Manetón escribió en
griego una historia de su país en la que clasificaba a los soberanos
en dinastías, asignaba a éstas un número (hasta la XXVI) y dividía la
trayectoria cronológica, desde los orígenes hasta la pérdida de la
soberanía al caer en poder del imperio persa (525 a.J.C.), en tres
grandes épocas: imperio antiguo, medio y nuevo, separados por dos
períodos intermedios. Los historiadores han mantenido hasta hoy esta
clasificación.

Período predinástico:

El período predinástico egipcio abarca las etapas comprendidas entre
los inicios de la agricultura (neolítico egipcio) y las épocas
propiamente históricas. Durante dicho período se desarrolla la
agricultura de irrigación, así como la metalurgia del cobre y del
oro, se definen las convenciones artísticas del futuro arte faraónico
y se producen los primeros intentos de unificación del Alto y Bajo
Egipto.

Manetón y las fuentes literarias coinciden en señalar a Menes como el
primer faraón del Egipto unido, pero las fuentes arqueológicas no
mencionan a ningún soberano de este nombre. Hoy se tiende a
considerar que hubo, en efecto, una unificación hacia el año 3000
a.J.C., resultado de una conquista del norte por el sur, sin duda muy
lenta y obra de varias generaciones sucesivas y no de un rey en
concreto.

El territorio unificado sería un conglomerado de reinos que, a su
vez, provendrían de los anteriores nomos o distritos. Cada uno de
éstos había adoptado un dios protector, lo que sentó las bases del
panteón egipcio.

Período Tinita:

El período Tinita comprende las dinastías I (3100-2890 a.J.C.) y II
(2890-2868 a.J.C.). El nuevo estado fijó su capital en Tinis,
residencia del faraón, cuyos atributos divinos y poder supremo
quedaron fijados en esta época. Se mejoraron los métodos de cultivo,
se iniciaron las actividades comerciales, se organizó un ejército al
servicio del rey, se adoptaron el calendario y la escritura
jeroglífica y se estableció una burocracia centralizada. La tradición
atribuye a Narmer (Menes) la fundación de la nueva ciudad de Menfis,
en el extremo del delta, adonde se trasladaría la necrópolis real,
situada inicialmente en Abydos. Las tensiones políticas y religiosas
de este período finalizaron con la reforma del estado llevada a cabo
por Khasekhemuy, impulsor de la centralización y creador de las bases
del imperio antiguo.

Imperio antiguo:

Datado entre 3000 y 2200 a.J.C. aproximadamente, abarca las dinastías
III-VI. La capital se estableció en Menfis. La fertilidad del valle
del Nilo, la bondad del clima y la ausencia de guerras, debida al
aislamiento en que permanecía Egipto, permitieron la realización de
obras colosales, como las pirámides de Gizeh. En el ámbito religioso
se desarrolló una compleja teología en torno al divinidad solar Ra y
se escribieron los primeros textos religiosos con fórmulas rituales
para el culto de los muertos.

El país se dividía en 42 nomos o distritos, y la administración, muy
jerarquizada y centralizada, alcanzó notable eficacia. Con el tiempo
se fueron abriendo rutas comerciales con el Mediterráneo oriental y
con Arabia. Hacia el final del período se rompió la unidad y se
impuso un sistema feudal en el que los nomos eran, en la práctica,
independientes.

Primer período intermedio:

Comprende dos siglos, de 2200 a 2040 a.J.C. aproximadamente, y las
dinastías VII-X. Es un periodo de anarquía y de disturbios entre los
señores de los diferentes nomos para lograr la supremacía, hecho que
fue aprovechado para llevar a cabo una revolución social que sumió al
país en una recesión económica y lo hizo vulnerable a las invasiones
de pueblos procedentes del Próximo oriente. El fin del primer período
intermedio vino marcado por una nueva unificación promovida por los
príncipes tebanos.

Imperio medio:

Fechado desde 2040 hasta fines del siglo XVIII a.J.C, comprende las
dinastías XI y XII. Se caracterizó por el predominio de la clase
militar, que llevó sus conquistas hasta el sur de Palestina, con
objeto de prevenir invasiones. El predominio del dios Ra cedió ante
Amón, que no obstante se identificó con el anterior, y la capital se
trasladó a Tebas.

Segundo período intermedio:

Desde finales del siglo XVII hasta 1550 a.J.C., abarca las dinastías
XIII-XVII. Una serie de migraciones perturbó todo el Próximo oriente,
y su reflujo llegó hasta Egipto. Las dinastías de este período fueron
impuestas por los invasores siriopalestinos que se establecieron en
el delta. El último de estos pueblos, que se conoce como los hicsos,
conquistó el Bajo Egipto e instauró allí sus dinastías, la XV y la
XVI, pero los soberanos de Tebas pusieron fin a este período de
desestabilización. Ahmosis conquistó la capital, Avaris, y expulsó a
los hicsos de Egipto, volviendo a unificar el país.

Imperio nuevo:

Comprende el período 1555-525 a.J.C. y las dinastías XVIII-XXVI. La
dinastía XVIII, fundada por Ahmosis, inauguró un período de gran
brillantez y proyección exterior, que convirtió a Egipto en una gran
potencia de la época. Pero pese a su esplendor, el país nunca
recuperó la creatividad y la paz social que conoció en el imperio
antiguo. En lugar de obras colosales como las pirámides, se
edificaron templos como Karnak, Luxor o Dayr al-Bahari, entre otros,
y las artes tuvieron un singular florecimiento. También se alcanzó la
máxima extensión territorial, con las conquistas sucesivas de Siria,
Fenicia, el valle del Iufrates y Nubia. Sobrevino luego un período de
decadencia que se vio agravado por el intento de Amenofis IV de
instaurar un monoteísmo y acabar con la influencia de la casta
sacerdotal (mediados del siglo XIV a.J.C.).

Aunque las dinastías XIX y XX, varios de cuyos faraones llevaron el
nombre de Ramsés, devolvieron el esplendor al país a partir de 1290
a.J.C. aproximadamente, el proceso de decadencia, aunque lento,
resultó imparable. Hubo que ceder ante los hititas, y la batalla de
Qadesh supuso el regreso de Egipto a sus fronteras naturales. La
economía entró en crisis, y si bien en la región del delta siguieron
prosperando las manufacturas, el interior del país se replegó a las
tareas agrícolas y a formas de vida que ya no experimentarían
progreso alguno.

Con todo, Egipto aún fue capaz de repeler a los Pueblos del mar, una
invasión desencadenada por los movimientos a que dio lugar la llegada
de los dorios al Egeo y a Asia Menor (1200 a.J.C.) y la consiguiente
destrucción del imperio hitita.

Tercer período intermedio:

Comprende las dinastías XXI-XXIV, entre los años 1085-715 a.J.C. Este
período marca el fin de la unidad egipcia, y durante él reinaron
varias dinastías extranjeras que provocaron una multiplicación de los
principados independientes hacia mediados del siglo VIII.

Imperio tardío:

Fechado entre los años 750-33 a.J.C. aproximadamente, abarca las
dinastías XXV-XXXI. Egipto no pudo evitar la dominación asiria, pero
el rey de Sais, Sametico I, recobró la independencia en el año 651 e
instauró la dinastía XXVI, con capital en Sais, iniciando una época
de renacimiento económico durante la cual dieron comienzo las obras
de un canal entre el Nilo y el mar Rojo. En 525, Egipto fue invadido
por los persas y perdió para siempre su soberanía. En adelante, sus
reyes fueron extranjeros impuestos por los invasores, hasta que, en
el siglo I a.J.C., se convirtió en provincia romana.


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Prehistoria

En Egipto se han encontrado numerosos testimonios de sus poblaciones
prehistóricas. En el desierto de Tebas se han recogido cantos rodados
que se remontan a unos 500.000 años. El siguiente paso de la
evolución de la industria lítica lo constituyen las hachas bifaciales
del tipo achelense, y más tarde, hace unos 200.000 años, apareció un
utillaje más ligero obtenido por la talla levalloisiense.

La desertificación impulsó a los grupos humanos a trasladarse,
durante el paleolítico superior (hace unos 40.000 años), a las
proximidades del Nilo. Aparecen entonces instrumentos de punta
pedunculada de tipo ateriense, que denotan influencias culturales de
los territorios africanos noroccidentales. También surgen industrias
de microlitos. En algunos lugares, como Wadi Qubbaniyya, Toshka e
Isna, se ha descubierto la existencia, hace unos 12.000-17.000 años,
de campamentos escalonados. Los restos más importantes del neolítico
se encuentran en el sur (hacia Jartum) y en el norte (culturas del
Fayum). Existía en aquella época una intensa actividad agrícola y
ganadera, así como poblados de cabañas, tumbas con abundantes ajuares
funerarios, objetos de adorno y amuletos. También se remontan al
neolítico las expresiones más antiguas del arte rupestre egipcio,
abundantes sobre todo en la zona de Luxor.

Ya en la edad del cobre, período predinástico, aparecerían las
culturas badariense, amratiense y geerziense (4000 a.J.C.).

El Egipto de los faraones

El inicio de la época histórica suele situarse hacia 3200 a.J.C.,
cuando se produjo la unificación de los dos reinos existentes en
Egipto desde 3400 a.J.C., realizada por Narmer: el reino del sur o
alto Egipto, con capital en Hieracónpolis, conquistó el reino del
norte o del bajo Egipto, con capital en Buto. Narmer se convirtió así
en el primer rey de las 30 dinastías que gobernarían Egipto durante
3.000 años, hasta la llegada de Alejandro Magno (333 a.J.C.). La
capital del reino unificado se estableció en Tinis (cerca de Abydos),
por lo que las dos primeras dinastías reciben el nombre de tinitas.
En este período se conformó un estado centralizado, sometido a la
autoridad de un rey-dios, que se apoyaba en una eficiente jerarquía
de funcionarios. Se realizaron obras públicas como canales y diques,
que permitieron el desarrollo de la agricultura y la transformación
de la economía.

El Imperio antiguo (2778-2420 a.J.C.) comienza con la III dinastía,
cuyo primer rey, Zoser, trasladó la capital a Menfis, en un momento
muy pujante de la cultura egipcia. Se desarrolló la arquitectura en
piedra, construyéndose grandes monumentos funerarios en Saqqara,
Gizeh (pirámides de Keops, Kefrén y Mikerinos), Meidum y Abusir. Se
reforzó el poder del faraón, sobre todo en la IV y la V dinastías, y
se creó el cargo de visir, un funcionario de confianza del rey, que
dirigía la policía y el ejército, además de administrar justicia. Por
esta época Egipto desarrolló también relaciones e intercambios
comerciales con Creta, Chipre, Fenicia, Biblos y Mesopotamia; se
exploró el alto Nilo y se realizaron expediciones hacia la actual
Somalia.

Con la VI dinastía, el Imperio antiguo entró en crisis. El ascenso de
la oligarquía de cortesanos, favoritos y altos funcionarios
provinciales debilitó el poder de los faraones. A ello se añadió el
descontento popular, que al final de la VI dinastía culminó con una
revolución social, aprovechada por los nobles provinciales para
lograr una autonomía en sus territorios. Egipto entró así en una
época feudal. En este primer período intermedio de más de dos siglos
(2420-2160 a.J.C.), dominado por la VII y VIII dinastías menfitas, y
por la IX y X dinastías cuya capital fue Heracleópolis, el país se
sumió en la anarquía y en la recesión económica.

Finalmente, los príncipes de Tebas, fundadores de la XI dinastía (los
Antef y los Mentuhotep), con capital en la propia Tebas,
restablecieron la unidad de Egipto, iniciándose así el Imperio Medio
(2160-1778 a.J.C.). Con ellos, la primacía religiosa pasó al dios
tebano Amón. Durante la XII dinastía (los Amenemes y los Senusref),
con capital en List, se reforzó de nuevo la monarquía centralizada,
se promovió la clase media, se estableció una política de defensa de
las fronteras y se impulsó la penetración en Africa. A partir de 1900
a.J.C. las invasiones de pueblos indoeuropeos y la creación de
poderosos estados asiáticos empujó hacia Egipto a poblaciones nómadas
asiáticas, los hicsos. Istos, aprovechando la debilidad de la XIII y
XIV dinastías, se fueron infiltrando en el noreste del delta al
principio pacíficamente y después de forma cada vez más violenta,
conquistando el reino hasta Menfis y más tarde hasta el sur de Tebas.
Los hicsos asumieron los usos y las costumbres de los egipcios y
llegaron a constituir las dinastías XV y XVI.

Los príncipes tebanos, que habían fundado la XVII dinastía,
finalmente emprendieron una guerra de liberación. El fundador de la
XVIII dinastía, Ahmosis, fue quien expulsó de Egipto a los hicsos,
persiguiéndolos hasta el sur de Palestina. Se iniciaba así el Imperio
nuevo (1580-1085 a.J.C.), uno de los períodos más florecientes del
antiguo Egipto. Reinaron en esta época los Amenofis, Tutmés, Seti,
Minepta y Ramsés. Para defenderse de las posibles amenazas del este,
los egipcios emprendieron una política expansionista y empezaron a
someter a las poblaciones sirio-palestinas en sus propios
territorios, creando un gran imperio. Así, Tutmés III realizó hasta
17 campañas militares para desbaratar la coalición de Mitanni, y
Ramsés II derrotó a los hititas. Egipto también se anexionó Nubia y
extendió su poder por el sur hasta más allá de la cuarta catarata del
Nilo. Las campañas bélicas se complementaron con una política
internacional de alianzas.

Las conquistas provocaron un aflujo de riquezas hacia Egipto, y con
ello el inicio de una época de esplendor y lujo, caracterizada
también por una intensa actividad artística. En el área de Karnak se
erigieron entonces grandes construcciones dedicadas a Amón-Ra. Las
donaciones reales, con parte del botín de las campañas militares,
reforzaron peligrosamente el poder del clero de Amón. Ante su
injerencia en los asuntos de estado, Amenofis IV reaccionó
instaurando durante algún tiempo el culto al dios Atón, el disco
solar, suprimiendo los cleros y proclamando al soberano como único
intermediario entre el dios y los hombres. Sin embargo, en los
últimos tiempos de la XX dinastía el poder central volvió a
debilitarse, mientras se reforzaba el poder del clero de Amón, y
crecía la corrupción y la influencia de la burocracia administrativa.
Al mismo tiempo, Egipto se veía amenazado en el exterior, tanto en el
este como en Libia, por ejércitos dotados de armas más poderosas. Por
otra parte, el país se veía además debilitado por el tradicional
antagonismo entre el delta y Tebas.

En 1085 a.J.C. se estableció en el delta la XXI dinastía, mientras
Herihor, gran sacerdote de Amón, fundaba otra dinastía paralela en
Tebas. Con esta escisión comenzaba la Baja época (1085-333 a.J.C.),
un período de clara decadencia, en el que reinaron varias dinastías
extranjeras (XXII dinastía de origen libio) y el país se encontró a
merced de las invasiones. En las dinastías XXIII y XXIV las
divisiones internas volvieron a degenerar hacia una sociedad de tipo
feudal. Conquistadores nubios, posiblemente descendientes de
sacerdotes egipcios exiliados en Napata y encabezados por Pianjy,
penetraron en el país en el 750 a.J.C., extendiendo su poder por el
alto Egipto. Su hijo Sabaka estableció en el sur la XXV dinastía,
pero no pudo controlar el bajo Egipto. En el 671 a.J.C., los asirios,
primero con Asaradón y después con Assurbanipal, invadieron Egipto.
Sin embargo, en el 663 a.J.C., el príncipe de Sais, Samético I, logró
expulsar a los asirios del bajo Egipto y a los nubios del alto
Egipto, y restablecer la unidad interna del país, instaurando la XXVI
dinastía y abriendo el último período floreciente de Egipto con un
gran impulso de renovación nacional.

En esta época, la penetración de mercenarios y mercaderes griegos
amplió los horizontes de la cultura egipcia. Sin embargo, hacia el
525 a.J.C. el rey persa Cambises invadió Egipto, y el país se
convirtió durante la XXVII dinastía en una satrapía del imperio
persa. La reacción de Amirteo, rey de Sais, apoyado por los griegos,
consiguió la expulsión de los persas, constituyéndose la XXVIII
dinastía. Tanto los reyes de ésta como los de las dos últimas
dinastías, la XXIX y la XXX, intentaron llevar a cabo una política
nacional, pero en 341 a.J.C., durante el reinado de Nectanibis II, se
produjo una nueva invasión de los persas. Istos fueron a su vez
derrotados por Alejandro Magno, que entró en Egipto en el 332 a.J.C.
como un libertador.

El Egipto grecorromano y bizantino

Con Alejandro Magno y sus sucesores, los soberanos tolomeos, Egipto
entró a formar parte del mundo griego. A la muerte de Alejandro, le
sucedió en Egipto el noble macedonio Tolomeo Lago, que se proclamó
rey en 305 a.J.C., fundando la dinastía de los lágidas. Se inauguró
así un largo período de paz y bienestar de tres siglos, hasta el 31
a.J.C., en que la flota de Cleopatra y Marco Antonio fue derrotada
por el romano Octavio en Actium.

Los nuevos soberanos se proclamaron herederos de los faraones,
asumiendo también el culto a muchos de los dioses antiguos y
conservando numerosos elementos de la organización y de la
legislación faraónicas. Pero esto no ocultaba la realidad de una
dominación de tipo colonial, ya que los indígenas no podían acceder a
los puestos importantes, mientras la explotación del país
correspondía a los extranjeros helenos. Se desarrollaron así dos
comunidades separadas, cada una con su propia lengua, cultura y
régimen jurídico distinto, unidas sólo por la misma monarquía: la
helénica, con su capital en Alejandría, y la egipcia, que sobrevivía
encerrada en sí misma. Se produjeron algunas rebeliones de los
egipcios, especialmente en la Tebaida, una región lejana respecto al
poder central que conservaba sus tradiciones. Pero Tebas fue
destruida por Tolomeo IX en 84 a.J.C. La última reina de Egipto,
Cleopatra VII, la única que llegó a hablar la lengua egipcia, intentó
un nacionalismo de base más amplia, pero la derrota ante los romanos
frustró sus aspiraciones.

Octavio, el vencedor de Cleopatra y de Marco Antonio, convirtió
Egipto en una provincia romana con un estatuto especial. Los
emperadores, que como los Tolomeos se consideraban sucesores de los
faraones, gobernaron Egipto por medio de un prefecto de orden ecuestre
y se prohibió la entrada de los senadores en el país. El modelo de
gobierno, administración y explotación creado por los lágidas, fue
imitado por los romanos. Durante los siglos I y II d.J.C., Egipto fue
considerado un granero de Roma, ya que con el trigo egipcio se
alimentaban los romanos durante cuatro meses al año. Los dirigentes
eran por entonces romanos, pero se siguió privilegiando el elemento
griego (el idioma oficial continuó siendo el griego) sobre el
indígena. Incluso se excluyó a los egipcios de la ciudadanía romana,
cuando en el 212 d.J.C., Caracalla la concedió a todos los ciudadanos
del imperio.

También desempeñó un importante papel la comunidad judía de
Alejandría, que se vio enfrentada a los griegos por la aparición de
brotes de antisemitismo, que provocarían sangrientas revueltas en los
años 66 y 117 d.J.C. A través de la comunidad judía de Alejandría,
penetró el cristianismo en Egipto, difundiéndose rápidamente entre
una población marginada por la colonización, de manera que en el
siglo III los cristianos eran una mayoría entre los egipcios.
Mientras el ambiente alejandrino, con su orientación hacia las
refinadas especulaciones, impulsó importantes disputas teológicas que
derivaron a veces en herejías como la de Arrio, el mundo indígena,
más elemental, aportó al cristianismo fenómenos religiosos originales
como el eremitismo y el monaquismo. Al mismo tiempo que se difundía
el cristianismo, se desarrollaba una nueva lengua, el copto, heredera
del antiguo egipcio, pero escrita con caracteres griegos.

En esta época el elemento helenizado iba perdiendo ya fuerza en favor
del elemento indígena. La reforma de Diocleciano dividió Egipto en
tres provincias que formaban parte de la diócesis de oriente, que
dependía del comes de Antioquía. Posteriormente Egipto pasó a formar
parte del Imperio de oriente, abasteciendo a Constantinopla como
había hecho antes con Roma. En este Egipto ya cristiano, desempeñaba
un papel clave el obispo de Alejandría, reconocido como patriarca,
que poseía grandes prerrogativas y mantenía con el patriarca de
Constantinopla una rivalidad en la que no faltaban resonancias del
viejo enfrentamiento entre egipcios y griegos.

Así se llegó a la rebelión del patriarca alejandrino Dióscoro, que
había aceptado la herejía monofisita, contra la decisión de
destituirle tomada por el concilio de Calcedonia en 451. Frente a los
egipcios, que abrazaron la herejía monofisita, el poder bizantino
intentó imponer por la fuerza la unidad religiosa, aunque no
conseguiría impedir la separación definitiva de la iglesia copta. En
616 los persas ocuparon Egipto hasta 628, en que fue recuperado por
el emperador bizantino Heraclio. Se produjo entonces un último
intento de restablecer la unidad de creencias, que no provocó más que
violentas reacciones y odio a los griegos y al poder imperial.

El Egipto musulmán

En 640 los musulmanes invadieron Egipto, sin apenas oposición. Los
árabes, agrupados en guarniciones, fueron inicialmente poco
numerosos. Sin embargo, las medidas para favorecer la colonización
propiciadas por los nuevos ocupantes atrajeron al país a numerosos
árabes. Por lo demás, los ocupantes conservaron las instituciones
administrativas bizantinas, utilizando a los coptos como funcionarios
subalternos. A los cristianos les fue permitido conservar sus
iglesias y su organización local, pero tuvieron que pagar unos
impuestos especiales, lo que favorecería una rápida conversión al
islam. Hacia 750 sólo una cuarta parte de la población era ya
cristiana.

Desde 658, Egipto estuvo bajo los omeyas y fue arabizándose
lentamente. Mientras sus sucesores, los abasíes, debían hacer frente
en oriente a las primeras pérdidas territoriales, Ahmad ibn Tulun
fundaba en Egipto una dinastía (868-905), que significaba el comienzo
de una historia propiamente egipcia dentro del mundo del islam. Con
los tuluníes, Egipto se liberó de los abasíes y consiguió mayor
prosperidad, al revertir en el país el producto de los impuestos.
Pero en 905 los abasíes volverían a reconquistar el país.
Posteriormente se instaló en el poder la dinastía de los ijsidíes
(935-969), hasta que fueron derrotados por los fatimíes, que ocuparon
Egipto y Siria (969) y fundaron la ciudad de Al-Qahira (El Cairo).
Después de trasladarse el califa Al-Muizz a Egipto (973), los
fatimíes convirtieron el país en el más importante del islam, a lo
largo de una época de gran prosperidad económica, e intentaron
reducir a los autóctonos a su fe chiíta, sobre todo durante el
califato de Al-Hakim.

El poder de los fatimíes se fue debilitando. La dinastía perdió el
Magreb, en 1045, y sufrió el ataque de los selyúcidas en Siria (1045)
y de los cruzados en Palestina, donde perdió Jerusalén (1099).
Finalmente, los lugartenientes del atabeg turco de Mosul, Sirkuh, y
de su sobrino Saladino ocuparon Egipto (1164). Saladino fundó en 1171
la dinastía de los ayyubíes, que restauró el sunismo en Egipto y
extendió sus dominios hasta Yemen, Siria, Palestina, Nubia, Cirenaica
y Mesopotamia.

La creciente influencia del elemento militar turco, constituido
predominantemente por antiguos esclavos, los mamelucos (mamluk), fue
una de las causas que contribuyeron a la decadencia de los ayyubíes.
A partir de 1250 y hasta 1517, Egipto fue gobernado por diversas
dinastías mamelucas (bahríes, buryíes), que recuperaron para
Alejandría el monopolio del transporte de especias hacia la Europa
cristiana, trajeron la prosperidad al país y levantaron magníficos
monumentos en El Cairo. Durante la última dinastía mameluca (1382) se
produjeron múltiples golpes de estado, y la situación económica
empeoró. Además, a partir de 1503, los portugueses instalados en la
India, empezaron a atacar los convoyes de especias con destino a
Egipto. Finalmente, los turcos otomanos derrotaron al último soberano
mameluco, incorporando Egipto a su gran imperio (1517). A partir de
entonces, la autoridad otomana fue ejercida por un bajá enviado desde
Constantinopla. Sin embargo, el poder de los bajás, contrapesado por
el poder de la aristocracia feudal militar, fue declinando e incluso
Alí Bey (1757-1773) llegó a independizarse del sultán, a quien le fue
muy difícil restablecer nuevamente una autoridad nominal.

Las potencias occidentales comenzaron a poner sus ojos en Egipto: en
1775 los británicos lograron la apertura del mar Rojo y más tarde una
concesión para hacer escala en territorio egipcio en el trayecto
hacia la India. En 1798 las tropas francesas al mando de Napoleón
Bonaparte tomaron Alejandría y derrotaron a los mamelucos. La
ocupación francesa, aunque sólo duró hasta 1801, provocó una crisis
en las estructuras político-sociales del país y dio a conocer a los
egipcios la naciente cultura técnica europea.

El Egipto moderno

Después de la expulsión de los franceses por tropas turcas, albanesas
y británicas (1801), el país parecía sumirse en la anarquía, hasta
que Mehmet Alí, el jefe de las tropas albanesas, se hizo con el
control de la situación, obligó a Constantinopla a reconocerle como
bajá (1805) y acabó con los mamelucos (1811). El nuevo hombre fuerte
del país y sus sucesores emprendieron la renovación social de Egipto.
Su hijo Said (1854-1863) abrió más el país a los occidentales y
consiguió que Egipto recuperara su papel de intermediario entre Europa
y Extremo oriente, otorgando en 1856 a Ferdinand de Lesseps la
concesión del futuro canal de Suez, que se inauguraría en 1869.
Además, bajo su mandato se modificó el régimen de propiedad,
surgiendo grandes latifundios junto a las pequeñas parcelas de los
campesinos.

El intenso ritmo de obras públicas, entre ellas el canal de Suez,
arruinó las finanzas del país, lo que proporcionó a las potencias
europeas una buena ocasión para intervenir. En 1876 el sucesor de
Said, Ismail, que gobernaba ya con el título de jedive (1863-1879),
suspendió el pago de la deuda. La intervención de Francia y Gran
Bretaña en la administración egipcia, sustituyendo a Ismail por su
hijo Tawfiq (1879-1892), provocó la revuelta nacionalista de los
coroneles (1881) dirigida por Arabi, que tuvo como respuesta la
ocupación británica de Egipto; ésta fue mantenida hasta 1914 sin un
título jurídico definido, a pesar de las protestas de Turquía.

Gran Bretaña controló la administración y las finanzas del país y
nombró un alto comisario que asistía al jedive. Esta presencia
británica y el dominio extranjero de la economía del país fueron el
caldo de cultivo del crecimiento, desde principios del siglo XX, de
la oposición nacionalista, que tenía como objetivos el panarabismo y
el retorno a las fuentes del islam. Durante la primera guerra
mundial, Turquía declaró la guerra a Gran Bretaña y ésta sustituyó al
jedive Abbas Hilmi (1892-1914) por su tío Husayn Kamal (1914-1917),
que fue nombrado sultán, al mismo tiempo que se suprimía formalmente
la soberanía otomana y se proclamaba el protectorado británico sobre
Egipto.

Después de la primera guerra mundial, la presión de los
nacionalistas, encabezada por el partido Wafd, obligó a Gran Bretaña
a proclamar el fin del protectorado y a reconocer la soberanía de
Egipto (1922). El sultán se convirtió en el rey Fuad I y se promulgó
una constitución parlamentaria. Pero esto no supuso el fin de la
presencia británica, ya que hasta la firma del tratado de 1936, Gran
Bretaña se reservó la defensa, las comunicaciones, la protección de
los intereses extranjeros y la administración de Sudán. Además, tanto
el alto comisario como el rey trataron de frenar el empuje del
partido Wafd con el apoyo a gobiernos dictatoriales. Aunque el
tratado de 1936 reconocía ya a Egipto la independencia total, los
británicos siguieron ocupando la zona del canal y conservaron cierto
control sobre la política exterior del país, mientras Sudán era
sometido a una administración de condominio.

Durante la segunda guerra mundial, el nuevo rey, Faruq (1937-1952),
aceptó apoyar a Gran Bretaña, pero en 1945 reclamó la evacuación del
canal de Suez y la restitución de Sudán. La creciente superpoblación,
el surgimiento de un proletariado urbano y finalmente la derrota en
la guerra de los países árabes contra Israel (1948-1949) agudizaron
la crisis política de Egipto. Aunque el rey Faruq llamó a gobernar en
1952 al partido Wafd, que denunció el tratado de 1936, la agitación
nacionalista siguió creciendo, impulsada esta vez sobre todo por los
Hermanos musulmanes. En 1952 el golpe de estado del general Naguib,
apoyado por un grupo de oficiales, obligaba al rey Faruq a abdicar y
proclamaba la república.

En 1954, el propio Naguib era destituido al frente de la presidencia
de la nueva república, alzándose como nuevo hombre fuerte el teniente
coronel Gamal Abdel Nasser, que firmó ese mismo año el tratado de
evacuación de la zona del canal por Gran Bretaña al mismo tiempo que
Sudán lograba su independencia. A la nacionalización del canal de
Suez decretada por Nasser, en 1956, sucedería el ataque de Israel y
el envío de tropas franco-británicas a Egipto. La ONU impuso la
retirada de las tropas invasoras y Nasser vio fortalecida así su
posición. Egipto estrechó sus relaciones político-económicas con la
desaparecida Unión Soviética, sin renunciar a la neutralidad, y
comenzó a liderar iniciativas para unir el mundo árabe, primero
constituyendo la República Arabe Unida con Siria y Yemen en 1958, y
después impulsando la formación de una confederación árabe de los
países del norte de Africa hasta Oriente medio. Estos intentos se
vieron obstaculizados tanto por los fuertes intereses de las
compañías petroleras y la presencia del estado de Israel, como por la
contraposición de intereses de los propios estados árabes.

En el interior del país se llevó a cabo un proceso de socialización
de la economía, con nacionalizaciones, reforma agraria,
industrialización y mejora de las condiciones de vida del
proletariado industrial. En 1962 se había creado un partido único, la
Unión socialista árabe, y se desarrolló la institucionalización del
régimen, con el poder repartido entre el presidente del país y la
Asamblea nacional. Sin embargo, el apoyo popular al régimen disminuía
por causa de la crisis económica, agravada por el crecimiento
demográfico. Para galvanizar de nuevo a la opinión pública, Nasser
adoptó en 1967 una política abiertamente antiisraelí, que desembocó
en la guerra de los Seis días, concluida con la victoria de Israel.
Nasser consiguió, no obstante, el suficiente respaldo popular para
continuar en el poder. Intentó consolidar el régimen con un programa
de reformas aprobado en referéndum, e impulsar la economía
liberalizando su funcionamiento y abriendo más campo a las empresas
privadas. En el plano internacional, Egipto intensificó sus
relaciones con la desaparecida URSS, mientras se deterioraban con
Estados Unidos por su apoyo a Israel. Con un ejército gravemente
debilitado y un margen de maniobra más estrecho, Nasser gastó sus
últimas energías en reforzar sus relaciones con los países árabes,
mientras la tensión con Israel seguía latente.

En 1970, después del repentino fallecimiento de Nasser, Anwar al-Sadat
se convirtió en presidente de la república. Se reformaron las
estructuras políticas del país, se renovaron los dirigentes, se puso
en libertad a presos políticos y se aprobó una nueva constitución
(1972). Además el ejército fue reforzado, con el apoyo de la URSS,
aunque las relaciones con esta última se irían deteriorando. Egipto
siguió desarrollando una política internacional activa. Por una parte
intentó un arreglo del conflicto con Israel, pero la mediación de
Estados Unidos fracasó, al negarse Israel a abandonar los territorios
ocupados tal como exigía la resolución aprobada por la ONU en 1970.
Por otro lado, Egipto buscó reforzar sus alianzas con los países
árabes (con una nueva tentativa de federación con Siria y Libia). El
6 de octubre de 1973, Egipto y Siria atacaban por sorpresa a Israel,
desencadenándose una nueva guerra. El 11 de noviembre, tras una fase
de éxitos bélicos iniciales y una contraofensiva israelí, Egipto
aceptó firmar el alto el fuego negociado por la ONU. Estados Unidos
se vio obligado a desempeñar un papel más activo en la crisis, lo que
favoreció un acercamiento entre egipcios y estadounidenses. El 5 de
junio de 1975 era abierto de nuevo al tráfico el canal de Suez,
después de los acuerdos logrados con Israel gracias a la mediación
del secretario de estado estadounidense Henry Kissinger, por los que
se restituía una parte del Sinaí a Egipto.

Ello coincidió con el cada vez mayor distanciamiento con la URSS (en
1976 fue oficialmente denunciado el tratado con este país) y los
enfrentamientos diplomáticos con Libia, acusada por Sadat de fomentar
desórdenes internos en Egipto; mientras tanto, se estrechaban las
relaciones con Sudán y Arabia Saudí. En el ámbito interior, aunque en
1974 había sido aprobada por referéndum la política de apertura
económica, el país se deslizaba hacia una profunda depresión
económica. El malestar social empezó a traducirse en violentas
manifestaciones en 1977. La reaparición del pluripartidismo sería
finalmente reglamentada también ese mismo año, lo que no impediría
una evolución autoritaria del régimen. Para obtener la paz que tanto
necesitaba, en noviembre de 1977 Sadat anunció, ante la sorpresa del
mundo, que estaba dispuesto a negociar directamente con Israel. La
iniciativa fue contestada en todos los países árabes, algunos de los
cuales constituyeron un Frente de rechazo (Argel, 1978), e incluso en
el interior de Egipto. En 1978 se inciaría en Camp David la
conferencia tripartita entre Egipto, Israel y Estados Unidos, cuya
consecuencia sería el tratado de paz firmado en Washington, en 1979,
que preveía la retirada del Sinaí por parte de Israel y el
intercambio de embajadores entre los dos países.

Para reforzar su posición en el interior, Sadat promovió cambios en
la constitución con el objeto de instaurar un sistema democrático
pluralista y creó un nuevo partido (Partido nacional democrático),
que obtuvo una amplia victoria en las elecciones legislativas
celebradas en 1981, mientras la oposición legal era prácticamente
eliminada del parlamento. Sin embargo, las medidas represivas
aprobadas contra los musulmanes integristas provocarían el asesinato
de Sadat aquel mismo año. Le sustituyó su vicepresidente, Hosni
Mubarak, cuyo nombramiento fue confirmado por un referéndum. Iste
continuó la política de su antecesor, con una línea todavía más
pragmática. Fue rompiendo, poco a poco, el aislamiento de Egipto
dentro del mundo árabe, de forma que en 1984 el país se integró ya en
la Conferencia islámica. Ese mismo año el Partido nacional
democrático volvió a ganar ampliamente las elecciones legislativas.
Pero esto no fue óbice para que se produjeran diversos movimientos
antiisraelíes y fundamentalistas islámicos. Esto se reflejaría en las
elecciones legislativas de 1987, ganadas de nuevo por el PND, pero
que registraron un importante ascenso de los Hermanos musulmanes. Aun
cuando Mubarak resultó reelegido en las elecciones presidenciales de
ese mismo año y el PND volvería a revalidar su mayoría en las
elecciones legislativas de 1990, la amenaza de desestabilización que
suponía el fundamentalismo islámico siguió presente en la vida del
país. Las periódicas detenciones masivas de activistas y el
reforzamiento de las medidas de seguridad y de la represión, no
impidieron la creciente influencia del movimiento entre los sectores
populares y la universidad, así como la repetición de actos de
violencia.

En el plano internacional, Egipto intentó mantener el equilibrio
entre su integración en el mundo árabe, el mantenimiento de sus
relaciones con Estados Unidos y la paz con Israel. En este contexto
se sitúan el reingreso de Egipto en la Liga árabe (1989) y la
normalización de sus relaciones con Libia, Siria y la Organización
para la liberación de Palestina, por un lado, y por el otro el apoyo
a iniciativas estadounidenses como la guerra del Golfo contra Iraq en
1990 para liberar Kuwait. El gobierno de Mubarak desempeñó un papel
importante en el acercamiento y consiguientes acuerdos de paz entre
la OLP e Israel (firma en El Cairo del acuerdo para la autonomía de
Gaza y Jericó en 1994). Sin embargo, las relaciones con Sudán se
deterioraron gravemente sobre todo a raíz del intento de asesinato en
1995 de Mubarak en Addis Abeba y del posterior elogio de los
terroristas por parte del líder del Frente nacional islámico de
Sudán. Todo ello provocó ataques a diplomáticos de ambos países en El
Cairo y en Jartum y desembocó en severos controles fronterizos entre
los dos países.

Por otra parte, el terrorismo integrista islámico, a través de
múltiples atentados contra la población civil y el turismo, ocasionó
a mediados de los noventa una situación de inseguridad permanente.
Esta amenza para los intereses del área llevó a la convocatoria de
una reunión en El Cairo con los máximos representantes políticos de
la zona (Israel, Palestina, Jordania y Egipto). A su vez, el
presidente de la república Hosni Mubarak, reelegido nuevamente en
1993, nombró, tras las elecciones legislativas de 1996, a Kamal al-
Ganzouri como primer ministro.

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MensajePublicado: Mar Sep 28, 2004 00:52    Asunto: Responder citando

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