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MEMORIAS DE ADRIANO


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Autor Mensaje
Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
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MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 12:45    Asunto: Responder citando

Yo no me considero grotesco. Risible sí, pero no grotesco.
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federoco
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Registrado: 20 Oct 2004
Mensajes: 7716
Ubicación: Galicia

MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 12:45    Asunto: Responder citando

Claro, Dellwood. Margueritte, por otra parte, dice que no es Adriano. Pero recibió una educación clásica, de la mano de su padre. Y en el S. II, el pan estaba hecho, Grecia había sido, Roma estaba siendo. Más tarde, hasta el Renacimiento, el ideal humanista dormiría. (No trato de discutir contigo, mi nivel de conocimiento es de estudiante de primaria, pero permíteme abusar de tu/vuestra paciencia, planteando estas burdas hilachas. Quizá así pueda ordenar un poco mis ideas...)

Ultima edición por federoco el Vie Sep 15, 2006 13:54, editado 4 veces
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 12:52    Asunto: Responder citando

Oye, que yo no lo decía por nadie en concreto, y mucho menos por nadie de este foro. Sencillamente me acordé de que, hablando de lo que estábamso hablando, y sobre todo porque Cultor dijo que es la misma Yourcenar quien alimenta la polémica, recordé que ya en los Cuadernos de Notas ella se hace eco y sale al paso del asunto. Supongo que se refiere a personajes de la élite intelectaul francesa que leyeron las galeradas antes que nadie. A ver, voy a ver si encuentro el texto en cuestión.
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 13:02    Asunto: Responder citando

Aquí está la cita exacta. Mi memoria confundió grosero con grotesco...

Cita:
Grosería de los que dicen Adriano es usted. Grosería quizá mayor de los que se sorprenden de que yo haya elegido un tema tan lejano y extraño. El hechicero que practica una incisión en supulgar en el momento ed evocar las sombras, sabe que ellas no sólo obedecerán esa llamada porque van a beber en su propia sangre. Sabe también, o debería saber, que las voces que le hablan son más sabias y más dignas de atención que sus propios gritos.
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 09:00    Asunto: Responder citando

Detalles: Adriano dice -cuando la Yourcenar mueve sus dedos para escribir- que ha leído muchos libros que ha ido comprando en sus viajes.

Lo encuentro inverosímil y ahistórico. En el S. II no había librerías, ni los escribas tenían tiempo de preparar muchas copias de una obra, ni se hacían dichas copias para ponerlas en venta. No pongo en duda que Adriano fuera una persona instruída y disfrutara del arte de la Literatura, pero no creo que fuera de compras y mucho menos de productos que no estaban en venta.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2041

MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 10:20    Asunto: Responder citando

¿Por qué no, si en la Biblioteca de Alejandría, tres siglos antes de Cristo (es decir, unos cuatro siglos antes de Adriano) ya existía una colección de más de 40.000 volúmenes y toda una industria del copiado y exportación de libros manuscritos?
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 10:34    Asunto: Responder citando

¿Exportación?¿ Industria?

Reconstrucción filológica de material antiguo, sí. Acumulación y biblioteconomía, también. Librería....Demuéstramelo.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2041

MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 17:10    Asunto: Responder citando

Bueno, no debemos olvidar que siempre, como una constante en la historia de la humanidad, es la ambición –especialmente la ambición de dinero- la que ha dado lugar a los avances tecnológicos. A mí me sorprendería que tantos siglos después de haberse descubierto la escritura, la difusión de libros no se hubiera transformado en una industria. Eso sería extraordinario y altamente improbable.
Cito, tomado del Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (confieso que por falta de tiempo lo tomé de Internet):

Roma

1) Las relaciones comerciales y coloniales con Egipto facilitaron el suministro de papiro, aunque también se usaron otros materiales como las tablillas, sobre todo para anotaciones breves y para la enseñanza. Sin embargo, en Roma se producirán una serie de cambios decisivos en la elaboración y difusión del libro.

El primero de estos cambios fue la comercialización del libro, que dará lugar a la aparición de librerías editoriales, con esclavos dedicados a la copia de textos. El negocio editorial se fue desarrollando mediante el intercambio y la compraventa de libros. Pomponio Ático fue el primer editor romano, que destacó por editar las obras de Cicerón. El comercio del libro se vio favorecido además por la costumbre de los patricios romanos de coleccionar libros como signo de distinción. Así poseer una biblioteca se convirtió en sinónimo de prestigio social. La escritura se hizo cotidiana, se escribía en el Senado, en las campañas militares y en la vida doméstica, y se tomaron numerosas bibliotecas como botín de guerra.

Por otro lado, en la Roma Imperial se crearon las bibliotecas públicas, de titularidad estatal, a las que tenía acceso cualquier ciudadano. Asinio Polión inauguró la primera biblioteca pública en el año 39 a.C. Las más importantes fueron las bibliotecas Octaviana y Palatina creadas por Augusto, y la mayor de todas fue la biblioteca Ulpia por encargo del emperador Trajano. Durante el desarrollo del cristianismo, en los últimos tiempos del Imperio Romano, también se crearon importantes bibliotecas cristianas, como la Biblioteca de Cesarea. En el Imperio Romano de Oriente, Constantino fundó una gran biblioteca, la de los Embajadores, con obras tanto de la literatura cristiana como de la pagana. Ya en la época bizantina, Bizancio contaría con importantes bibliotecas privadas e institucionales (Biblioteca de los Embajadores o Biblioteca de los Patriarcas).

2) Otro cambio importante fue, al final del Imperio Romano, la aparición un nuevo formato de libro: el codex o códice de pergamino.

En realidad se trataba de una disposición diferente de los textos. Consistía en un cuadernillo formado por hojas hechas de madera sobre las que se escribía con algo afilado. Entre las tabletas de madera se intercalaban hojas de papiro y posteriormente de pergamino. Con el tiempo fue aumentando la proporción de papiro o pergamino, hasta que terminaron por confeccionarse casi exclusivamente de estos materiales. Entonces pasaron a formar cuadernillos que se cosían unos a otros, se protegían con dos planchas de madera y se ataban con correas. Así el códice adoptó la forma del libro actual, por lo que podemos decir que fue el antecedente directo de nuestro libro.


© Ministerio de Educación y Ciencia
Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa
Web: http://w3.cnice.mec.es/novedades/dossiers/libro/historia.htm
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Mie Sep 20, 2006 02:03    Asunto: Responder citando

El punto dos está muy alejado del S. II.

El punto I sólo me habla de Roma, el lugar de la Tierra donde menos tiempo vivió Adriano. La YOurcenar dice que Adriano leyó muchos libros que compró en sus viajes. No creo que hubiera librerías en los lugares que visitó, ni siquiera en Atenas y mucho menos en Siria o Bitinia o Britania o la misma Hispania.

Lo de comprar libros en sus viajes debería explicarlo ella, a quien se le cuelan a veces algunos modos occidentales y de neustro tiempo, como empezar la obra con ese querido Marco, como ya dije en otro mensaje. Habría sido una beuna ocasión de ilustrarnos sobre el comercio del libro como rasgo de lo que Federoco llamó repaso del Humanismo.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2041

MensajePublicado: Sab Sep 23, 2006 17:14    Asunto: Responder citando

Prometo continuar el tema de las librerías con más fundamentos.

Me gustaría transcribir aquí un texto. Si es demasiado largo para el espacio del foro, por favor díganmelo y veré de resumirlo. Pero me gustó mucho ver la lucidez, la conciencia artística en plena actividad de Yourcenar, y por qué no, su astucia.
Es un capítulo de su libro El tiempo, gran escultor, y por supuesto va dedicado a Dellwood.

Tono y lenguaje en la novela histórica

No se ha puesto bastante de relieve que, aun cuando poseamos del pasado una masa enorme de documentos escritos y de documentos visuales, nada en cambio nos queda de las voces antes de los primeros y gangosos fonógrafos del siglo XIX. Más aún, en todo aquello que significa representación de la palabra, nada o casi nada fue hecho antes de ciertos grandes novelistas o dramaturgos del XIX. Entiendo por ello que fueron los primeros en poner por escrito la conversación con su espontaneidad, su incoherencia lógica, sus complejos rodeos, sus lagunas y sus sobrentendidos sin hacerla pasar por la estilización trágica o cómica ni por la explosión lírica.
Ni la Antigüedad ni ninguno de los siglos intermedios nos ofrecen algo equivalente a una conversación como la de Pedro Bezukhov y el príncipe Andrés en Tolstoi, ni la de Rosmer de Ibsen con Rebecca West y su cauteloso cuñado ni tampoco a los dos extremos de la cadena lo equivalente a las palabras de Vautrin explicándole a Lucien su visión de la vida, o al breve intercambio de frases entre Marcel y el médico que acaba de auscultar a su abuela. La transcripción de palabras en términos de puro realismo, sin emplear ninguna clase de formas indirectas, es curiosamente contemporánea de esos dos medios mecánicos de reproducción del objeto tal cual como son el fonógrafo y la fotografía.
Mutatis mutandis, las mismas observaciones valen para la palabra no pronunciada, que se forma dentro de nosotros bajo el choque inmediato del acontecimiento, como por ejemplo las impresiones de Rastignac contemplando París desde lo alto del Père La chaise, o las sensaciones del príncipe André herido en Austerlitz, o los últimos pensamientos que le pasan por la mente a Ana Karenina. De ahí se deduce que la representación de esas diferentes formas no estilizadas de la palabra constituye, en todo esfuerzo de recreación novelesca del pasado, un escollo gigantesco. Incluso puede uno preguntarse si el empleo, con este fin, de los medios de la novela tal y como se elaboró en la Europa del siglo XIX y a principios del XX no será un contrasentido y si, en particular, el hecho de que los mismos Antiguos no dejaran nada que se le parezca no prueba que esa forma de hacer literatura se adapta muy mal a la evocación de la sensibilidad antigua.
Volvamos a examinar los textos literarios de donde salen, por decirlo así, sonidos y ritmos hablados, dentro de período que va a muy grandes rasgos desde Pericles hasta Juliano el Apóstata, o sea alrededor de ocho siglos. El diálogo filosófico fue, por excelencia, un género griego y después latino por imitación: las convenciones literarias van en él acompañadas, naturalmente, de convenciones dialécticas. Sólo en algunos breves pasajes, por aquí y por allá, destinados a distraer al lector y, a menudo, en preludios o epílogos, introduce Platón con un arte admirable (e insisto sobre la palabra arte) algunos breves intercambios que podrían ser los de una conversación normal. Los Trágicos, por definición, utilizan el estilo trágico, a menudo nacido de los giros y términos arcaicos de la lengua épica. Los diálogos de la comedia se acantonan o bien en la lengua del pueblo llano (se podría escribir todo un ensayo sobre la divertida condescendencia del autor cómico de todos los tiempos cuando reproduce a su manera el habla popular), o bien con menos frecuencia en la parodia del lenguaje pulido, tal como el público cree que se habla. Las palabras del Sócrates que escribió Las nubes se parecen a las del filósofo como podrían parecerse unas réplicas de Bergson o de Gabriel Marcel traducidas por un cantante. Menandro y Terencio prestan a sus personajes un lenguaje de corrección burguesa y un tanto descolorida que después imitaría, un poco por todas partes, la «alta comedia» del XVII y del XVIII y que jamás se habló a no ser en el teatro. El mimo nos ofrece palabras de una precisión realista exquisita pero de nuevo basada en la condescendencia irónica: Herondas y Teócrito miran a sus proxenetas y alcahuetas olímpicamente. La novela picaresca, de la que sólo nos quedan dos ejemplos: Petronio y Apuleyo, tan pronto tienen las mismas limitaciones que el mimo como las de la «historieta» o el cuento. Ciertos poetas elegíacos o líricos nos informan sobre el tono hablado, gritado o cantado de la emoción. Sentimos que tal grito de pasión en La maga de Teócrito debió ser proferido de esa manera. Incluso hay obras literarias como El arte de amar, de Ovidio, que nos restituyen, sin duda, algo del tono empleado en la conversación galante y esto tanto más cuanto que esta última es convencional. Los epigramatistas griegos abren aquí y allá unas perspectivas relámpago: seis versos de Calímaco resumen lo que pudo pensar y, por tanto, decir, un intelectual al enfrentarse con el suicidio; el esclavo extranjero que pide ser enterrado según sus propios ritos, en un epigrama de Dioscórides, pudo hablar poco más o menos de ese modo, pero encontramos de nuevo esa decantación que es la característica, por lo demás admirable, de la literatura antigua: el poeta desempeña el papel de filtro. Los satíricos exageran profesionalmente. Ciertos epigramas de Marcial nos dan el tono de los cotilleos de Roma; la andanada de injurias que Catulo dirige a César debió salir de la boca de muchos partidarios de Pompeyo, pero esas obscenidades tan bien medidas son asimismo literatura. También los historiadores simplifican y esquematizan, alejándose ya que no de los hechos (¿quién los ha descrito mejor que Tucídides?), sí al menos de la algarabía de palabras en torno a los hechos. Se sabe que ellos se obligaban a rescribir los discursos insertados en su obra, con el fin de hacerles expresar lo que el orador hubiera podido o debido decir. Con mayor razón no oímos en ellos el tumulto de una asamblea; los informes estenográficos existían; hubiera sido contrario a su concepto de la historia darlos como eran. Su objetivo, en efecto, es ejemplar como en Plutarco o, en un sentido y a contrario en Tácito, o analítico como en Tucídides y Polibio. Consiste muy pocas veces o nunca en la realidad del incidente tomado del natural y aún menos en la del intercambio verbal y de la voz. Suetonio nos da el equivalente escrito de los bustos veristas de particulares y hombres de Estado, pero esa serie de rasgos de carácter o de rasgos costumbristas se desprende excepcionalmente de una palabra, nunca de una conversación ni siquiera truncada. Bien es cierto que, de cuando en cuando, una «frase histórica» auténtica o no (y a la distancia que nos separa de ella yo me atrevería a decir que importa muy poco) nos deja oír una voz casi siempre elevada al diapasón del grito, o también unas palabras decisivas, que resumen una situación y quedan grabadas para la posteridad (Tu quoque, Brute... Qualis artifex... Alea Jacta est... ). Las oímos, por así decirlo, en el vacío, separadas de las palabras o de los gritos que precedieron o que siguieron, de las rabiosas interjecciones de los conjurados que se encarnizaban con Julio, del murmullo aterrado de las pobres mujeres y fieles esclavas que rodeaban a Nerón, o de las excitadas palabras de los oficiales y soldados que pasaban el Rubicón con su jefe. En la mediocre Vida de Cómodo de la Historia Augusta, el decreto que envía a Cómodo a las gemonías nos conmueve porque nos hace sentir el enorme impulso de odio de los senadores ante el emperador muerto. Es uno de los pocos casos en que llega hasta nosotros el bramido de una multitud.
Hay, afortunadamente, documentos subliterarios (el que acabo de citar es un ejemplo de ello) que no han sufrido la filtración ni el montaje inseparable de la literatura. Considerandos legales, decretos, tal el senado consulto que castigaba con la muerte la participación en las Bacanales y que nos hace experimentar brutalmente el terror de los interesados; cartas de particulares que nos proporcionan el tono con que un estudiante se disculpa por haber destruido la cuadriga familiar o de un soldado que le pide a su familia un paquete; cartas de Cicerón o de Plinio, más consientes de pertenecer al «género epistolar», que nos comunican algo de los intercambios escritos de la buena sociedad; «graffiti» que contienen el eco garabateado de las palabras y gritos de la calle. Voces procedentes del pasado, éstas, algunas casi en estado bruto, y cada una de las cuales nos produce el ligero sobresalto de lo inesperado, pero nada que me permitiese recrear ni con un mínimo de plausibilidad un intercambio de palabras serias, urgentes, sutiles o complejas, una conversación entre Adriano y Trajano, con Plotina; o con Antínoo con su legal Severo sobre los asuntos de Judea. Nada o casi nada nos queda de esas inflexiones; de esos cuartos de tono o de esas sonrisas a medias que, sin embargo, lo cambian todo.
No pongo más que un ejemplo: hice que Adriano informara, ampliándolo apenas, sobre un incidente que, en pocas palabras, se narra en una crónica: el emperador enfermo parece ser que pidió a un médico que le diera veneno y éste se suicidó para no tener que negárselo. Ya el novelista añade a este suceso escueto unos cuantos detalles que considera plausibles: la simpatía del emperador hacia el joven médico («me gustaba aquel espíritu entusiasta y soñador y el fuego sombrío de sus ojos rodeados de ojeras»), los subterfugios empleados para convencer a Hermógenes, el médico principal de quien el emperador no espera este último socorro de que vaya a Roma a pasar el día y deje a su enfermo en manos de su joven sustituto («el examen de candidatos para la cátedra de medicina que yo acababa de fundar en el Odeón me sirvió de pretexto»), la conversación en que Adriano termina implorando («Insistí; exigí; empleé todos los medios a mi alcance para tratar de conmoverlo o de corromperlo; será el último hombre a quien yo he suplicado»), la respuesta de doble sentido que da el médico («Vencido, me prometió finalmente que iría a buscar la dosis de veneno. Lo estuve esperando en vano hasta la noche. Ya era muy tarde, me enteré horrorizado de que lo acababan de encontrar muerto en su laboratorio, con un frasquito en la mano»). Creo que el tono de este pasaje es poco más o menos acertado. Imaginemos que yo hubiera tratado de poner en directo esas acciones y esas conversaciones. Sé que hubiera caído en la falsedad, en el melodrama o en el «pastiche», o en ambos a la vez. Sobre este punto, la literatura popular va y viene entre el calco servil de unas cuantas expresiones antiguas conocidas de todos y que es soportable únicamente cuando sus intenciones son burlonas («Hasta ahí, hasta ahí... Transmitidle estas palabras a Metela»), y la ingenuidad campechana de los escenarios en tecnicolor («Spartacus, I think that I will have a baby»). Me dirán que el Corneille de Cinna, el Racine de Britannicus, el Shakespeare de Julio César salieron bien parados de su trabajo. Con toda seguridad fue debido a su genio; y también, y quizá más, a que no les preocupaba la autenticidad tonal.
Yo no había hecho todavía el recuento que precede cuando elegí, para hacer hablar a Adriano, el estilo togata (oratio togata). Por muy diversos que sean y aunque se les nombre Comentarios, Pensamientos, Epístolas, Tratados o Discursos, las obras más grandes de los prosistas griegos y latinos, que preceden o siguen inmediatamente a Adriano, entran todos poco más o menos dentro de esa categoría del estilo sostenido, medio narrativo, meditativo pero siempre esencialmente escrito, del que la impresión y la sensación inmediatas están casi por entero excluidas, y en donde todo intercambio verbal se halla proscrito ipso facto. Naturalmente, no se trataba de imitar aquí a César, allí a Séneca y más allá a Marco Aurelio, sino de obtener de ellos un calibre, un ritmo, lo equivalente al rectángulo de tela que después uno coloca a su gusto sobre el modelo desnudo. El estilo togata permitía que el emperador conservase esa dignidad sin la cual no imaginamos al hombre antiguo, sin razón seguramente y, sin embargo, con un atisbo de realidad, puesto que la dignidad fue hasta el final el ideal del hombre en la antigüedad: César moribundo se arreglaba los pliegues de la toga. Ese estilo me permitía eliminar esos minima de los que proverbialmente no se ocupa el pretor. La algarabía de los intercambios hablados caía por sí misma: ya no se trataba de hacerle contar a Adriano su charla con Osroes como tampoco se le hubiera ocurrido a César poner por escrito una conversación con Vercingétorix. Mejor aún: la oratio togata me autorizaba, más allá de sus contemporáneos y de su nieto adoptivo, a mostrar a un Adriano dirigiéndose a un interlocutor ideal, a ese hombre en sí que fue la bella quimera de las civilizaciones hasta nuestra época y, por tanto, hasta nosotros.
Pero quien dice discurso dice también monólogo: a ese nivel, yo volvía a encontrar la voz. Tal vez esta observación sea más valedera para Adriano que para nosotros, puesto que en aquella época un hombre que leía solo y, sin duda, componía solo, leía o componía en voz alta/[I]. Para intentar encontrar esa voz a través de las formas deliberadas del discurso, yo me ayudaba con lo poco, pero muy variado, que aún queda del mismo Adriano. No conservamos más que tres líneas de las [I]Memorias que él dictó o mandó redactar a un secretario y que no fueron, probablemente, sino un resumen muy oficial de su vida. No obstante, el hombre que confesaba haberse emborrachado siendo joven, para hacer mejor su corte, estando a la mesa de Trajano, no era seguramente de los que todo lo encubren con mentiras; el estratega que, en un discurso de saludo a sus tropas describía con precisión refinada sus evoluciones en un día de maniobras dejaba traslucir al intelectual por debajo del general en jefe. Yo debía tratar de establecer la síntesis de una serie de firmes decisiones legales o administrativas que emanaban del jefe de Estado, y unos versos sueltos y ligeros del gran aficionado que prefería a los poetas más difíciles pero que, cuando él mismo versifica, parece haberse dado de buena gana a la poesía popular de su tiempo. Tenía que utilizar lo mejor posible tres cartas íntimas quizás auténticas y que, incluso si no lo son, muestran al menos cómo se pensaba por aquella época en que Adriano se expresaba. Una de ellas, jovial, a su suegra; la otra, desenvuelta, a un cuñado que era al mismo tiempo su secreto enemigo; la tercera, muy noble, a su sucesor. Algunos escritos de contemporáneos suyos que pertenecieron a su círculo parecían también reflejar esa voz. Arriano (si es que se trata verdaderamente de él), al dirigirse a Adriano en su Periplo del mar Negro, da un ejemplo de las alusiones casi tiernas que sus familiares hacen al emperador sobre Antínoo, ya muerto y deificado. El folclor recogido un poco por todas partes por su secretario Flegón, nos restituye los temas, ya que no el tono, de unas vagas palabras pronunciadas en la mesa o durante las etapas. La lista de las divisiones administrativas de Antínoo, cargada de significaciones religiosas y místicas, nos lleva de nuevo a las órdenes de viva voz que daba Adriano para la fundación de esa ciudad.
Mas las escasas palabras habladas, incrustadas en la pesada pasta de las crónicas, tal vez me ayudaban todavía más: algunas réplicas, unas llenas de brusquedad militar, otras de una finura italiana; la breve observación, muy llamativa, del marido que admite que él se hubiera divorciado «si hubiera sido un ciudadano particular»; las reflexiones amargas del anciano que, ante el lecho de muerte de su heredero, cita a Virgilio (Tu Marcellus eris... Purpureos spargam flores) pero rechaza los honores oficiales para el difunto y se aflige sobre todo por sí mismo. («Todo esto ha costado ya demasiado dinero al Estado... Yo me había apoyado en un muro ruinoso»); la queja irritada de un enfermo («¡Los médicos me han matado!») cuya última divisa, no obstante, fue Patientia. Poca cosa: gritos con los que reconstituir un tono o un timbre, como otros reconstituyen con astillas de mármol un busto roto. Y se me dirá que el tono y el timbre no son aquí más que temperamento, comportamiento, rasgos de carácter. Estamos de acuerdo. Si el lenguaje de nuestros personajes es tan importante, es porque los expresa o los delata por entero. No imagino haberlo hecho bien siempre. Un párrafo que gustó a muchos lectores, la descripción casi lírica de los viajes de Grecia y Asia con Antínoo, hoy me parece una página brillante, un aria que señala lo que yo le he hecho llamar a Adriano la cumbre de sus años de felicidad. Creo todavía que el emperador, al evocar sus recuerdos con cierta distancia, pudo verlos así, intensamente coloreados como un gran fresco de Herculano, estilizados como los bajorrelieves de sus cacerías en los medallones del futuro arco de Constantino. Pero ya no creo que él los hubiera contado del todo igual o, al menos, debo entonces suponer que en ese momento se sumía en una suerte de elegía a la manera de Propercio o de Tibulo, empleando por decirlo así todos los recursos de la literatura. No le guardo rencor, ni tampoco a mí. Siempre es difícil contar un momento de felicidad.
Tuve la ocasión de comprobar, como con ayuda de una piedra de toque, la autenticidad de otro pasaje. Un profesor pidió a sus alumnos que tradujesen al griego (me gustaría poder decir retraducir) la página del emperador en donde describe el estado de atonía en que le dejó la muerte de Antínoo. Yo me obligué a hacer lo mismo. Inmediatamente, las addenda de un tono más moderno se hicieron tan visibles como el yeso que pega dos fragmentos de estatua. Cito el pasaje, poniendo en bastardilla lo que, decididamente, no pasaba: «Seguimos río arriba, pero yo navegué por la Estigia. En los campos de prisioneros, a las orillas del Danubio, yo había visto antaño a unos miserables recostados contra un muro, golpeándose en él la frente sin parar con un movimiento salvaje, insensato y dulce, sin dejar de repetir el mismo nombre. En las cuevas del Coliseo me habían mostrado a unos leones que languidecían por haberles quitado al perro con el cual les habían acostumbrado a vivir. Concentré mis pensamientos: Antínoo había muerto...» Siete palabras se negaban a ser escritas en griego; lo hubieran sido algo más fácilmente en latín, lengua que ya subraya las emociones, como lo hace la nuestra. Pero ¿en qué lengua suponía yo que Adriano, bilingüe, me dictaba sus Memorias? Tan pronto en latín, sin duda, como en griego, lo que me ofrecía cierta facilidad de juego. Hay, sin embargo, momentos en que, por inadvertencia, le hice hablar en el francés de mi tiempo y esas siete palabras, al releerlas, constituyen uno de esos momentos. El lector preguntará entonces por qué no las mandé quitar. Porque la impresión, ya que no la expresión, me parece auténtica y porque pienso de la inexactitud algo así como lo que el emperador pensaba del riesgo, es decir que, una vez tomadas todas las precauciones, conviene dejarle la parte que le corresponde e incluso gozar del enriquecimiento que puede aportarnos. A condición, claro está, de que esa parte sea lo más pequeña posible.
Antes de dejar al emperador, permítaseme protestar de un adjetivo que veo demasiado a menudo unido al título de Memorias de Adriano, en unos artículos por lo demás laudatorios: Memorias apócrifas. Apócrifo no se dice o, por lo menos, no debería decirse si no es de aquello que es falso y quiere hacerse pasar por verdadero. Las baladas de Ossian escritas por Macpherson eran apócrifas porque él pretendía que eran de Ossian. Hay algo de fraude en esa palabra. Mi observación no encierra irritación ni, a mi parecer, es ociosa: ese adjetivo impropio (más valdría hablar de Memorias imaginarias) demuestra hasta qué punto la crítica y el público están poco acostumbrados a la reconstitución entusiasta, a un tiempo minuciosa y libre, de un momento y de un hombre del pasado.
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