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MEMORIAS DE ADRIANO


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Autor Mensaje
Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
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MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 12:45    Asunto: Responder citando

Yo no me considero grotesco. Risible sí, pero no grotesco.
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federoco
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Registrado: 20 Oct 2004
Mensajes: 7699
Ubicaciůn: Galicia

MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 12:45    Asunto: Responder citando

Claro, Dellwood. Margueritte, por otra parte, dice que no es Adriano. Pero recibió una educación clásica, de la mano de su padre. Y en el S. II, el pan estaba hecho, Grecia había sido, Roma estaba siendo. Más tarde, hasta el Renacimiento, el ideal humanista dormiría. (No trato de discutir contigo, mi nivel de conocimiento es de estudiante de primaria, pero permíteme abusar de tu/vuestra paciencia, planteando estas burdas hilachas. Quizá así pueda ordenar un poco mis ideas...)

Ultima ediciůn por federoco el Vie Sep 15, 2006 13:54, editado 4 veces
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 12:52    Asunto: Responder citando

Oye, que yo no lo decía por nadie en concreto, y mucho menos por nadie de este foro. Sencillamente me acordé de que, hablando de lo que estábamso hablando, y sobre todo porque Cultor dijo que es la misma Yourcenar quien alimenta la polémica, recordé que ya en los Cuadernos de Notas ella se hace eco y sale al paso del asunto. Supongo que se refiere a personajes de la élite intelectaul francesa que leyeron las galeradas antes que nadie. A ver, voy a ver si encuentro el texto en cuestión.
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Vie Sep 15, 2006 13:02    Asunto: Responder citando

Aquí está la cita exacta. Mi memoria confundió grosero con grotesco...

Cita:
Groser√≠a de los que dicen Adriano es usted. Groser√≠a quiz√° mayor de los que se sorprenden de que yo haya elegido un tema tan lejano y extra√Īo. El hechicero que practica una incisi√≥n en supulgar en el momento ed evocar las sombras, sabe que ellas no s√≥lo obedecer√°n esa llamada porque van a beber en su propia sangre. Sabe tambi√©n, o deber√≠a saber, que las voces que le hablan son m√°s sabias y m√°s dignas de atenci√≥n que sus propios gritos.
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 09:00    Asunto: Responder citando

Detalles: Adriano dice -cuando la Yourcenar mueve sus dedos para escribir- que ha leído muchos libros que ha ido comprando en sus viajes.

Lo encuentro inverosímil y ahistórico. En el S. II no había librerías, ni los escribas tenían tiempo de preparar muchas copias de una obra, ni se hacían dichas copias para ponerlas en venta. No pongo en duda que Adriano fuera una persona instruída y disfrutara del arte de la Literatura, pero no creo que fuera de compras y mucho menos de productos que no estaban en venta.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2041

MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 10:20    Asunto: Responder citando

¬ŅPor qu√© no, si en la Biblioteca de Alejandr√≠a, tres siglos antes de Cristo (es decir, unos cuatro siglos antes de Adriano) ya exist√≠a una colecci√≥n de m√°s de 40.000 vol√ļmenes y toda una industria del copiado y exportaci√≥n de libros manuscritos?
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 10:34    Asunto: Responder citando

¬ŅExportaci√≥n?¬Ņ Industria?

Reconstrucción filológica de material antiguo, sí. Acumulación y biblioteconomía, también. Librería....Demuéstramelo.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
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MensajePublicado: Mar Sep 19, 2006 17:10    Asunto: Responder citando

Bueno, no debemos olvidar que siempre, como una constante en la historia de la humanidad, es la ambici√≥n ‚Äďespecialmente la ambici√≥n de dinero- la que ha dado lugar a los avances tecnol√≥gicos. A m√≠ me sorprender√≠a que tantos siglos despu√©s de haberse descubierto la escritura, la difusi√≥n de libros no se hubiera transformado en una industria. Eso ser√≠a extraordinario y altamente improbable.
Cito, tomado del Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (confieso que por falta de tiempo lo tomé de Internet):

Roma

1) Las relaciones comerciales y coloniales con Egipto facilitaron el suministro de papiro, aunque tambi√©n se usaron otros materiales como las tablillas, sobre todo para anotaciones breves y para la ense√Īanza. Sin embargo, en Roma se producir√°n una serie de cambios decisivos en la elaboraci√≥n y difusi√≥n del libro.

El primero de estos cambios fue la comercializaci√≥n del libro, que dar√° lugar a la aparici√≥n de librer√≠as editoriales, con esclavos dedicados a la copia de textos. El negocio editorial se fue desarrollando mediante el intercambio y la compraventa de libros. Pomponio √Ātico fue el primer editor romano, que destac√≥ por editar las obras de Cicer√≥n. El comercio del libro se vio favorecido adem√°s por la costumbre de los patricios romanos de coleccionar libros como signo de distinci√≥n. As√≠ poseer una biblioteca se convirti√≥ en sin√≥nimo de prestigio social. La escritura se hizo cotidiana, se escrib√≠a en el Senado, en las campa√Īas militares y en la vida dom√©stica, y se tomaron numerosas bibliotecas como bot√≠n de guerra.

Por otro lado, en la Roma Imperial se crearon las bibliotecas p√ļblicas, de titularidad estatal, a las que ten√≠a acceso cualquier ciudadano. Asinio Poli√≥n inaugur√≥ la primera biblioteca p√ļblica en el a√Īo 39 a.C. Las m√°s importantes fueron las bibliotecas Octaviana y Palatina creadas por Augusto, y la mayor de todas fue la biblioteca Ulpia por encargo del emperador Trajano. Durante el desarrollo del cristianismo, en los √ļltimos tiempos del Imperio Romano, tambi√©n se crearon importantes bibliotecas cristianas, como la Biblioteca de Cesarea. En el Imperio Romano de Oriente, Constantino fund√≥ una gran biblioteca, la de los Embajadores, con obras tanto de la literatura cristiana como de la pagana. Ya en la √©poca bizantina, Bizancio contar√≠a con importantes bibliotecas privadas e institucionales (Biblioteca de los Embajadores o Biblioteca de los Patriarcas).

2) Otro cambio importante fue, al final del Imperio Romano, la aparición un nuevo formato de libro: el codex o códice de pergamino.

En realidad se trataba de una disposición diferente de los textos. Consistía en un cuadernillo formado por hojas hechas de madera sobre las que se escribía con algo afilado. Entre las tabletas de madera se intercalaban hojas de papiro y posteriormente de pergamino. Con el tiempo fue aumentando la proporción de papiro o pergamino, hasta que terminaron por confeccionarse casi exclusivamente de estos materiales. Entonces pasaron a formar cuadernillos que se cosían unos a otros, se protegían con dos planchas de madera y se ataban con correas. Así el códice adoptó la forma del libro actual, por lo que podemos decir que fue el antecedente directo de nuestro libro.


© Ministerio de Educación y Ciencia
Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa
Web: http://w3.cnice.mec.es/novedades/dossiers/libro/historia.htm
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15237

MensajePublicado: Mie Sep 20, 2006 02:03    Asunto: Responder citando

El punto dos est√° muy alejado del S. II.

El punto I sólo me habla de Roma, el lugar de la Tierra donde menos tiempo vivió Adriano. La YOurcenar dice que Adriano leyó muchos libros que compró en sus viajes. No creo que hubiera librerías en los lugares que visitó, ni siquiera en Atenas y mucho menos en Siria o Bitinia o Britania o la misma Hispania.

Lo de comprar libros en sus viajes debería explicarlo ella, a quien se le cuelan a veces algunos modos occidentales y de neustro tiempo, como empezar la obra con ese querido Marco, como ya dije en otro mensaje. Habría sido una beuna ocasión de ilustrarnos sobre el comercio del libro como rasgo de lo que Federoco llamó repaso del Humanismo.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2041

MensajePublicado: Sab Sep 23, 2006 17:14    Asunto: Responder citando

Prometo continuar el tema de las librerías con más fundamentos.

Me gustaría transcribir aquí un texto. Si es demasiado largo para el espacio del foro, por favor díganmelo y veré de resumirlo. Pero me gustó mucho ver la lucidez, la conciencia artística en plena actividad de Yourcenar, y por qué no, su astucia.
Es un capítulo de su libro El tiempo, gran escultor, y por supuesto va dedicado a Dellwood.

Tono y lenguaje en la novela histórica

No se ha puesto bastante de relieve que, aun cuando poseamos del pasado una masa enorme de documentos escritos y de documentos visuales, nada en cambio nos queda de las voces antes de los primeros y gangosos fon√≥grafos del siglo XIX. M√°s a√ļn, en todo aquello que significa representaci√≥n de la palabra, nada o casi nada fue hecho antes de ciertos grandes novelistas o dramaturgos del XIX. Entiendo por ello que fueron los primeros en poner por escrito la conversaci√≥n con su espontaneidad, su incoherencia l√≥gica, sus complejos rodeos, sus lagunas y sus sobrentendidos sin hacerla pasar por la estilizaci√≥n tr√°gica o c√≥mica ni por la explosi√≥n l√≠rica.
Ni la Antig√ľedad ni ninguno de los siglos intermedios nos ofrecen algo equivalente a una conversaci√≥n como la de Pedro Bezukhov y el pr√≠ncipe Andr√©s en Tolstoi, ni la de Rosmer de Ibsen con Rebecca West y su cauteloso cu√Īado ni tampoco a los dos extremos de la cadena lo equivalente a las palabras de Vautrin explic√°ndole a Lucien su visi√≥n de la vida, o al breve intercambio de frases entre Marcel y el m√©dico que acaba de auscultar a su abuela. La transcripci√≥n de palabras en t√©rminos de puro realismo, sin emplear ninguna clase de formas indirectas, es curiosamente contempor√°nea de esos dos medios mec√°nicos de reproducci√≥n del objeto tal cual como son el fon√≥grafo y la fotograf√≠a.
Mutatis mutandis, las mismas observaciones valen para la palabra no pronunciada, que se forma dentro de nosotros bajo el choque inmediato del acontecimiento, como por ejemplo las impresiones de Rastignac contemplando Par√≠s desde lo alto del P√®re La chaise, o las sensaciones del pr√≠ncipe Andr√© herido en Austerlitz, o los √ļltimos pensamientos que le pasan por la mente a Ana Karenina. De ah√≠ se deduce que la representaci√≥n de esas diferentes formas no estilizadas de la palabra constituye, en todo esfuerzo de recreaci√≥n novelesca del pasado, un escollo gigantesco. Incluso puede uno preguntarse si el empleo, con este fin, de los medios de la novela tal y como se elabor√≥ en la Europa del siglo XIX y a principios del XX no ser√° un contrasentido y si, en particular, el hecho de que los mismos Antiguos no dejaran nada que se le parezca no prueba que esa forma de hacer literatura se adapta muy mal a la evocaci√≥n de la sensibilidad antigua.
Volvamos a examinar los textos literarios de donde salen, por decirlo as√≠, sonidos y ritmos hablados, dentro de per√≠odo que va a muy grandes rasgos desde Pericles hasta Juliano el Ap√≥stata, o sea alrededor de ocho siglos. El di√°logo filos√≥fico fue, por excelencia, un g√©nero griego y despu√©s latino por imitaci√≥n: las convenciones literarias van en √©l acompa√Īadas, naturalmente, de convenciones dial√©cticas. S√≥lo en algunos breves pasajes, por aqu√≠ y por all√°, destinados a distraer al lector y, a menudo, en preludios o ep√≠logos, introduce Plat√≥n con un arte admirable (e insisto sobre la palabra arte) algunos breves intercambios que podr√≠an ser los de una conversaci√≥n normal. Los Tr√°gicos, por definici√≥n, utilizan el estilo tr√°gico, a menudo nacido de los giros y t√©rminos arcaicos de la lengua √©pica. Los di√°logos de la comedia se acantonan o bien en la lengua del pueblo llano (se podr√≠a escribir todo un ensayo sobre la divertida condescendencia del autor c√≥mico de todos los tiempos cuando reproduce a su manera el habla popular), o bien con menos frecuencia en la parodia del lenguaje pulido, tal como el p√ļblico cree que se habla. Las palabras del S√≥crates que escribi√≥ Las nubes se parecen a las del fil√≥sofo como podr√≠an parecerse unas r√©plicas de Bergson o de Gabriel Marcel traducidas por un cantante. Menandro y Terencio prestan a sus personajes un lenguaje de correcci√≥n burguesa y un tanto descolorida que despu√©s imitar√≠a, un poco por todas partes, la ¬ęalta comedia¬Ľ del XVII y del XVIII y que jam√°s se habl√≥ a no ser en el teatro. El mimo nos ofrece palabras de una precisi√≥n realista exquisita pero de nuevo basada en la condescendencia ir√≥nica: Herondas y Te√≥crito miran a sus proxenetas y alcahuetas ol√≠mpicamente. La novela picaresca, de la que s√≥lo nos quedan dos ejemplos: Petronio y Apuleyo, tan pronto tienen las mismas limitaciones que el mimo como las de la ¬ęhistorieta¬Ľ o el cuento. Ciertos poetas eleg√≠acos o l√≠ricos nos informan sobre el tono hablado, gritado o cantado de la emoci√≥n. Sentimos que tal grito de pasi√≥n en La maga de Te√≥crito debi√≥ ser proferido de esa manera. Incluso hay obras literarias como El arte de amar, de Ovidio, que nos restituyen, sin duda, algo del tono empleado en la conversaci√≥n galante y esto tanto m√°s cuanto que esta √ļltima es convencional. Los epigramatistas griegos abren aqu√≠ y all√° unas perspectivas rel√°mpago: seis versos de Cal√≠maco resumen lo que pudo pensar y, por tanto, decir, un intelectual al enfrentarse con el suicidio; el esclavo extranjero que pide ser enterrado seg√ļn sus propios ritos, en un epigrama de Diosc√≥rides, pudo hablar poco m√°s o menos de ese modo, pero encontramos de nuevo esa decantaci√≥n que es la caracter√≠stica, por lo dem√°s admirable, de la literatura antigua: el poeta desempe√Īa el papel de filtro. Los sat√≠ricos exageran profesionalmente. Ciertos epigramas de Marcial nos dan el tono de los cotilleos de Roma; la andanada de injurias que Catulo dirige a C√©sar debi√≥ salir de la boca de muchos partidarios de Pompeyo, pero esas obscenidades tan bien medidas son asimismo literatura. Tambi√©n los historiadores simplifican y esquematizan, alej√°ndose ya que no de los hechos (¬Ņqui√©n los ha descrito mejor que Tuc√≠dides?), s√≠ al menos de la algarab√≠a de palabras en torno a los hechos. Se sabe que ellos se obligaban a rescribir los discursos insertados en su obra, con el fin de hacerles expresar lo que el orador hubiera podido o debido decir. Con mayor raz√≥n no o√≠mos en ellos el tumulto de una asamblea; los informes estenogr√°ficos exist√≠an; hubiera sido contrario a su concepto de la historia darlos como eran. Su objetivo, en efecto, es ejemplar como en Plutarco o, en un sentido y a contrario en T√°cito, o anal√≠tico como en Tuc√≠dides y Polibio. Consiste muy pocas veces o nunca en la realidad del incidente tomado del natural y a√ļn menos en la del intercambio verbal y de la voz. Suetonio nos da el equivalente escrito de los bustos veristas de particulares y hombres de Estado, pero esa serie de rasgos de car√°cter o de rasgos costumbristas se desprende excepcionalmente de una palabra, nunca de una conversaci√≥n ni siquiera truncada. Bien es cierto que, de cuando en cuando, una ¬ęfrase hist√≥rica¬Ľ aut√©ntica o no (y a la distancia que nos separa de ella yo me atrever√≠a a decir que importa muy poco) nos deja o√≠r una voz casi siempre elevada al diapas√≥n del grito, o tambi√©n unas palabras decisivas, que resumen una situaci√≥n y quedan grabadas para la posteridad (Tu quoque, Brute... Qualis artifex... Alea Jacta est... ). Las o√≠mos, por as√≠ decirlo, en el vac√≠o, separadas de las palabras o de los gritos que precedieron o que siguieron, de las rabiosas interjecciones de los conjurados que se encarnizaban con Julio, del murmullo aterrado de las pobres mujeres y fieles esclavas que rodeaban a Ner√≥n, o de las excitadas palabras de los oficiales y soldados que pasaban el Rubic√≥n con su jefe. En la mediocre Vida de C√≥modo de la Historia Augusta, el decreto que env√≠a a C√≥modo a las gemon√≠as nos conmueve porque nos hace sentir el enorme impulso de odio de los senadores ante el emperador muerto. Es uno de los pocos casos en que llega hasta nosotros el bramido de una multitud.
Hay, afortunadamente, documentos subliterarios (el que acabo de citar es un ejemplo de ello) que no han sufrido la filtraci√≥n ni el montaje inseparable de la literatura. Considerandos legales, decretos, tal el senado consulto que castigaba con la muerte la participaci√≥n en las Bacanales y que nos hace experimentar brutalmente el terror de los interesados; cartas de particulares que nos proporcionan el tono con que un estudiante se disculpa por haber destruido la cuadriga familiar o de un soldado que le pide a su familia un paquete; cartas de Cicer√≥n o de Plinio, m√°s consientes de pertenecer al ¬ęg√©nero epistolar¬Ľ, que nos comunican algo de los intercambios escritos de la buena sociedad; ¬ęgraffiti¬Ľ que contienen el eco garabateado de las palabras y gritos de la calle. Voces procedentes del pasado, √©stas, algunas casi en estado bruto, y cada una de las cuales nos produce el ligero sobresalto de lo inesperado, pero nada que me permitiese recrear ni con un m√≠nimo de plausibilidad un intercambio de palabras serias, urgentes, sutiles o complejas, una conversaci√≥n entre Adriano y Trajano, con Plotina; o con Ant√≠noo con su legal Severo sobre los asuntos de Judea. Nada o casi nada nos queda de esas inflexiones; de esos cuartos de tono o de esas sonrisas a medias que, sin embargo, lo cambian todo.
No pongo m√°s que un ejemplo: hice que Adriano informara, ampli√°ndolo apenas, sobre un incidente que, en pocas palabras, se narra en una cr√≥nica: el emperador enfermo parece ser que pidi√≥ a un m√©dico que le diera veneno y √©ste se suicid√≥ para no tener que neg√°rselo. Ya el novelista a√Īade a este suceso escueto unos cuantos detalles que considera plausibles: la simpat√≠a del emperador hacia el joven m√©dico (¬ęme gustaba aquel esp√≠ritu entusiasta y so√Īador y el fuego sombr√≠o de sus ojos rodeados de ojeras¬Ľ), los subterfugios empleados para convencer a Herm√≥genes, el m√©dico principal de quien el emperador no espera este √ļltimo socorro de que vaya a Roma a pasar el d√≠a y deje a su enfermo en manos de su joven sustituto (¬ęel examen de candidatos para la c√°tedra de medicina que yo acababa de fundar en el Ode√≥n me sirvi√≥ de pretexto¬Ľ), la conversaci√≥n en que Adriano termina implorando (¬ęInsist√≠; exig√≠; emple√© todos los medios a mi alcance para tratar de conmoverlo o de corromperlo; ser√° el √ļltimo hombre a quien yo he suplicado¬Ľ), la respuesta de doble sentido que da el m√©dico (¬ęVencido, me prometi√≥ finalmente que ir√≠a a buscar la dosis de veneno. Lo estuve esperando en vano hasta la noche. Ya era muy tarde, me enter√© horrorizado de que lo acababan de encontrar muerto en su laboratorio, con un frasquito en la mano¬Ľ). Creo que el tono de este pasaje es poco m√°s o menos acertado. Imaginemos que yo hubiera tratado de poner en directo esas acciones y esas conversaciones. S√© que hubiera ca√≠do en la falsedad, en el melodrama o en el ¬ępastiche¬Ľ, o en ambos a la vez. Sobre este punto, la literatura popular va y viene entre el calco servil de unas cuantas expresiones antiguas conocidas de todos y que es soportable √ļnicamente cuando sus intenciones son burlonas (¬ęHasta ah√≠, hasta ah√≠... Transmitidle estas palabras a Metela¬Ľ), y la ingenuidad campechana de los escenarios en tecnicolor (¬ęSpartacus, I think that I will have a baby¬Ľ). Me dir√°n que el Corneille de Cinna, el Racine de Britannicus, el Shakespeare de Julio C√©sar salieron bien parados de su trabajo. Con toda seguridad fue debido a su genio; y tambi√©n, y quiz√° m√°s, a que no les preocupaba la autenticidad tonal.
Yo no hab√≠a hecho todav√≠a el recuento que precede cuando eleg√≠, para hacer hablar a Adriano, el estilo togata (oratio togata). Por muy diversos que sean y aunque se les nombre Comentarios, Pensamientos, Ep√≠stolas, Tratados o Discursos, las obras m√°s grandes de los prosistas griegos y latinos, que preceden o siguen inmediatamente a Adriano, entran todos poco m√°s o menos dentro de esa categor√≠a del estilo sostenido, medio narrativo, meditativo pero siempre esencialmente escrito, del que la impresi√≥n y la sensaci√≥n inmediatas est√°n casi por entero excluidas, y en donde todo intercambio verbal se halla proscrito ipso facto. Naturalmente, no se trataba de imitar aqu√≠ a C√©sar, all√≠ a S√©neca y m√°s all√° a Marco Aurelio, sino de obtener de ellos un calibre, un ritmo, lo equivalente al rect√°ngulo de tela que despu√©s uno coloca a su gusto sobre el modelo desnudo. El estilo togata permit√≠a que el emperador conservase esa dignidad sin la cual no imaginamos al hombre antiguo, sin raz√≥n seguramente y, sin embargo, con un atisbo de realidad, puesto que la dignidad fue hasta el final el ideal del hombre en la antig√ľedad: C√©sar moribundo se arreglaba los pliegues de la toga. Ese estilo me permit√≠a eliminar esos minima de los que proverbialmente no se ocupa el pretor. La algarab√≠a de los intercambios hablados ca√≠a por s√≠ misma: ya no se trataba de hacerle contar a Adriano su charla con Osroes como tampoco se le hubiera ocurrido a C√©sar poner por escrito una conversaci√≥n con Vercing√©torix. Mejor a√ļn: la oratio togata me autorizaba, m√°s all√° de sus contempor√°neos y de su nieto adoptivo, a mostrar a un Adriano dirigi√©ndose a un interlocutor ideal, a ese hombre en s√≠ que fue la bella quimera de las civilizaciones hasta nuestra √©poca y, por tanto, hasta nosotros.
Pero quien dice discurso dice tambi√©n mon√≥logo: a ese nivel, yo volv√≠a a encontrar la voz. Tal vez esta observaci√≥n sea m√°s valedera para Adriano que para nosotros, puesto que en aquella √©poca un hombre que le√≠a solo y, sin duda, compon√≠a solo, le√≠a o compon√≠a en voz alta/[I]. Para intentar encontrar esa voz a trav√©s de las formas deliberadas del discurso, yo me ayudaba con lo poco, pero muy variado, que a√ļn queda del mismo Adriano. No conservamos m√°s que tres l√≠neas de las [I]Memorias que √©l dict√≥ o mand√≥ redactar a un secretario y que no fueron, probablemente, sino un resumen muy oficial de su vida. No obstante, el hombre que confesaba haberse emborrachado siendo joven, para hacer mejor su corte, estando a la mesa de Trajano, no era seguramente de los que todo lo encubren con mentiras; el estratega que, en un discurso de saludo a sus tropas describ√≠a con precisi√≥n refinada sus evoluciones en un d√≠a de maniobras dejaba traslucir al intelectual por debajo del general en jefe. Yo deb√≠a tratar de establecer la s√≠ntesis de una serie de firmes decisiones legales o administrativas que emanaban del jefe de Estado, y unos versos sueltos y ligeros del gran aficionado que prefer√≠a a los poetas m√°s dif√≠ciles pero que, cuando √©l mismo versifica, parece haberse dado de buena gana a la poes√≠a popular de su tiempo. Ten√≠a que utilizar lo mejor posible tres cartas √≠ntimas quiz√°s aut√©nticas y que, incluso si no lo son, muestran al menos c√≥mo se pensaba por aquella √©poca en que Adriano se expresaba. Una de ellas, jovial, a su suegra; la otra, desenvuelta, a un cu√Īado que era al mismo tiempo su secreto enemigo; la tercera, muy noble, a su sucesor. Algunos escritos de contempor√°neos suyos que pertenecieron a su c√≠rculo parec√≠an tambi√©n reflejar esa voz. Arriano (si es que se trata verdaderamente de √©l), al dirigirse a Adriano en su Periplo del mar Negro, da un ejemplo de las alusiones casi tiernas que sus familiares hacen al emperador sobre Ant√≠noo, ya muerto y deificado. El folclor recogido un poco por todas partes por su secretario Fleg√≥n, nos restituye los temas, ya que no el tono, de unas vagas palabras pronunciadas en la mesa o durante las etapas. La lista de las divisiones administrativas de Ant√≠noo, cargada de significaciones religiosas y m√≠sticas, nos lleva de nuevo a las √≥rdenes de viva voz que daba Adriano para la fundaci√≥n de esa ciudad.
Mas las escasas palabras habladas, incrustadas en la pesada pasta de las cr√≥nicas, tal vez me ayudaban todav√≠a m√°s: algunas r√©plicas, unas llenas de brusquedad militar, otras de una finura italiana; la breve observaci√≥n, muy llamativa, del marido que admite que √©l se hubiera divorciado ¬ęsi hubiera sido un ciudadano particular¬Ľ; las reflexiones amargas del anciano que, ante el lecho de muerte de su heredero, cita a Virgilio (Tu Marcellus eris... Purpureos spargam flores) pero rechaza los honores oficiales para el difunto y se aflige sobre todo por s√≠ mismo. (¬ęTodo esto ha costado ya demasiado dinero al Estado... Yo me hab√≠a apoyado en un muro ruinoso¬Ľ); la queja irritada de un enfermo (¬ę¬°Los m√©dicos me han matado!¬Ľ) cuya √ļltima divisa, no obstante, fue Patientia. Poca cosa: gritos con los que reconstituir un tono o un timbre, como otros reconstituyen con astillas de m√°rmol un busto roto. Y se me dir√° que el tono y el timbre no son aqu√≠ m√°s que temperamento, comportamiento, rasgos de car√°cter. Estamos de acuerdo. Si el lenguaje de nuestros personajes es tan importante, es porque los expresa o los delata por entero. No imagino haberlo hecho bien siempre. Un p√°rrafo que gust√≥ a muchos lectores, la descripci√≥n casi l√≠rica de los viajes de Grecia y Asia con Ant√≠noo, hoy me parece una p√°gina brillante, un aria que se√Īala lo que yo le he hecho llamar a Adriano la cumbre de sus a√Īos de felicidad. Creo todav√≠a que el emperador, al evocar sus recuerdos con cierta distancia, pudo verlos as√≠, intensamente coloreados como un gran fresco de Herculano, estilizados como los bajorrelieves de sus cacer√≠as en los medallones del futuro arco de Constantino. Pero ya no creo que √©l los hubiera contado del todo igual o, al menos, debo entonces suponer que en ese momento se sum√≠a en una suerte de eleg√≠a a la manera de Propercio o de Tibulo, empleando por decirlo as√≠ todos los recursos de la literatura. No le guardo rencor, ni tampoco a m√≠. Siempre es dif√≠cil contar un momento de felicidad.
Tuve la ocasi√≥n de comprobar, como con ayuda de una piedra de toque, la autenticidad de otro pasaje. Un profesor pidi√≥ a sus alumnos que tradujesen al griego (me gustar√≠a poder decir retraducir) la p√°gina del emperador en donde describe el estado de aton√≠a en que le dej√≥ la muerte de Ant√≠noo. Yo me obligu√© a hacer lo mismo. Inmediatamente, las addenda de un tono m√°s moderno se hicieron tan visibles como el yeso que pega dos fragmentos de estatua. Cito el pasaje, poniendo en bastardilla lo que, decididamente, no pasaba: ¬ęSeguimos r√≠o arriba, pero yo navegu√© por la Estigia. En los campos de prisioneros, a las orillas del Danubio, yo hab√≠a visto anta√Īo a unos miserables recostados contra un muro, golpe√°ndose en √©l la frente sin parar con un movimiento salvaje, insensato y dulce, sin dejar de repetir el mismo nombre. En las cuevas del Coliseo me hab√≠an mostrado a unos leones que languidec√≠an por haberles quitado al perro con el cual les hab√≠an acostumbrado a vivir. Concentr√© mis pensamientos: Ant√≠noo hab√≠a muerto...¬Ľ Siete palabras se negaban a ser escritas en griego; lo hubieran sido algo m√°s f√°cilmente en lat√≠n, lengua que ya subraya las emociones, como lo hace la nuestra. Pero ¬Ņen qu√© lengua supon√≠a yo que Adriano, biling√ľe, me dictaba sus Memorias? Tan pronto en lat√≠n, sin duda, como en griego, lo que me ofrec√≠a cierta facilidad de juego. Hay, sin embargo, momentos en que, por inadvertencia, le hice hablar en el franc√©s de mi tiempo y esas siete palabras, al releerlas, constituyen uno de esos momentos. El lector preguntar√° entonces por qu√© no las mand√© quitar. Porque la impresi√≥n, ya que no la expresi√≥n, me parece aut√©ntica y porque pienso de la inexactitud algo as√≠ como lo que el emperador pensaba del riesgo, es decir que, una vez tomadas todas las precauciones, conviene dejarle la parte que le corresponde e incluso gozar del enriquecimiento que puede aportarnos. A condici√≥n, claro est√°, de que esa parte sea lo m√°s peque√Īa posible.
Antes de dejar al emperador, perm√≠taseme protestar de un adjetivo que veo demasiado a menudo unido al t√≠tulo de Memorias de Adriano, en unos art√≠culos por lo dem√°s laudatorios: Memorias ap√≥crifas. Ap√≥crifo no se dice o, por lo menos, no deber√≠a decirse si no es de aquello que es falso y quiere hacerse pasar por verdadero. Las baladas de Ossian escritas por Macpherson eran ap√≥crifas porque √©l pretend√≠a que eran de Ossian. Hay algo de fraude en esa palabra. Mi observaci√≥n no encierra irritaci√≥n ni, a mi parecer, es ociosa: ese adjetivo impropio (m√°s valdr√≠a hablar de Memorias imaginarias) demuestra hasta qu√© punto la cr√≠tica y el p√ļblico est√°n poco acostumbrados a la reconstituci√≥n entusiasta, a un tiempo minuciosa y libre, de un momento y de un hombre del pasado.
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