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Roberto Arlt


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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
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Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Dom Nov 12, 2006 13:12    Asunto: Responder citando

¡Holi! Very Happy

Sigo, aquí llega... Los siete locos.

Arlt publicó tres novelas: El juguete rabioso, Los siete locos (primera parte), Los lanzallamas (segunda parte) y El amor brujo.

Tal vez, las tres novelas podrían considerarse como una sola, ya que Silvio, Erdosain y Balder configuran un único personaje durante las diferentes etapas en las que se hunden un poco más en el mal, y en donde están convencidos de que en la humillación y en la culpa hallarán paz y tranquilidad.

En la novelas de Arlt aparecen problemas existenciales del hombre, la felicidad, la vida y Dios; son estos los interrogantes que convierten a Arlt en un escritor muy cercano al pensamiento existencialista. En El extranjero, El mito de Sísifo o La náusea, Camus y Sartre acercan a la memoria estos planteos de Arlt. Esto hizo que a nuestro escritor se lo estudiara tanto desde lo sociológico y lo psicológico.

Sus novelas nos ofrecen tres niveles de lectura, el primero es fuertemente autobiográfico: El juguete rabioso. Pero luego enlaza desde una perspectiva muy argentina y ciudadana, la gran desorientación del hombre del siglo XX; y por último en el tercer nivel, ya abarcará la tarea periodística, la de cuentista y la de dramaturgo.

Mientras se sentaba contra la ventana de algún bar de la Avenida de Mayo, Arlt nunca fue indiferente ante la gente que pasaba. Los miraba desplazarse sin sentido o apurados para alcanzar el tranvía o el colectivo. Siempre estaba acompañado por su café, por una lapicera y por una libreta. Anotaba palabras y luego en la redacción mientras fumaba, pensaba en otras palabras y escribía sus Aguafuertes.

A Augusto Remo Erdosain, dicen que lo vio detrás de un vidrio y que jamás pudo olvidarlo; cerca de Arlt, él conversaba con otra gente de Buenos Aires, y así fueron naciendo las primeras palabras de la novela, pero en verdad no se sabe dónde comenzó la obra, solo es seguro que Arlt en la redacción de Crítica, en 1927, escribió:

Actualmente trabajo en una novela que se titulará ‘Los siete locos’, un índice psicológico de caracteres fuertes, crueles y torcidos por el desequilibrio del siglo.

Sentía la necesidad de escribir y nada podía contra ello, fue como si el personaje avanzara en forma constante hacia él. El único problema que se le presentaba era que si escribía la novela, no podría dedicar tanto tiempo a sus notas y a sus cuentos, y él sabía, porque ya lo había sentido, lo que era esa necesidad imperiosa de escribir sin poder detenerse. Por lo que por las noches, cuando regresaba a su casa, retomaba la historia de Erdosain; era una absoluta obsesión. También sentía que estaba escribiendo sobre su propia existencia, y mientras tanto, dispuso que la acción de la trama transcurriera tan solo en tres días. Tras el primer esquema de la obra, terminó de decidir que deseaba contar toda la vida del personaje hasta con detalles inimaginables. Además, deseaba fervientemente escribir una novela que no tuviera antecedentes en la Argentina, él se sentía muy cansado de criollos y de gauchos, por eso el espacio debía ser la ciudad.

Los siete locos cuenta la vida de siete hombres que están unidos por la angustia del fin de la Segunda Guerra, además de estar empobrecidos, sin esperanzas y absolutamente desorientados.

Con muy pocas fuentes, pudo recordar muchas cosas sobre las ciencias ocultas en Buenos Aires, tanto había escuchado a su madre hablar sobre adivinadores y nigromantes que nada le resultaba extraño. Había oído sobre el destino cifrado en los signos zodiacales, y además él mismo había leído mucho sobre el tema.

El padre de Arlt murió en el tiempo en que él estaba escribiendo esta novela, pero esto no detuvo su trabajo y escribía en forma veloz, ni siquiera se preocupaba por las interferencias familiares ni los problemas de salud de su esposa. Nada familiar parecía influenciarlo demasiado. Muchos estudiosos de Arlt indican que prefirió conjurarlos incluyéndolos dentro de la novela en forma subrepticia, en sus recuerdos más dolorosos.

Se lo dijo a Lila:

Pensá que puedo ser Erdosain, pensá que el dolor no se inventa ni tampoco es literatura. Este Erdosain soy yo.

A la manera de Flaubert se convierte en un autor muy consciente de la autorreferencia y le impone al lector una manera de leer. Utiliza para narrar la primera persona, y los recorridos son las calles porteñas, la novela es mundo ficticio que tiene una gran credibilidad.

Esto lo escribe en El Mundo, el 27 de noviembre de 1929, en referencia a la obra:

Estos demonios —los personajes— no son ni locos ni cuerdos. Se mueven como fantasmas en un mundo de tinieblas y problemas morales y crueles. Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de carácter, serían santos. En verdad, buscan luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan.

A mí, como autor, estos individuos no me son simpáticos. Pero los he tratado. Y todo autor es esclavo durante un momento de sus personajes, porque ellos llevaban en sí verdades atroces que merecían ser conocidas.


Roberto Arlt había leído Crimen y castigo y nunca dejó de tenerlo cerca para releer diálogos que le resultaban importantes para su necesidad de expresarse. Pensaba que Los siete locos podía perder su gracia si no refrescaba esos diálogos, pero estaba convencido de que sus personajes eran personas que no podían creer en Dios, que eran individuos y mujeres de nuestra ciudad a quienes él había conocido.

La novela no tiene un argumento complicado, el personaje, que es el Astrólogo, se propone crear una sociedad secreta para poder generar una revolución social y modificar el orden establecido. Para este objetivo necesita un respaldo económico, y acosado por un robo, es Erdosain quien se le une al proyecto y le da la idea: solamente habría que secuestrar a su cuñado porque simplemente era una mala persona. Concretan el secuestro y finalmente llega el último día en el que se debe cometer el crimen, crimen que está absolutamente justificado porque el dinero que se trata de conseguir servirá para una acción noble y brillante como la que había imaginado el Astrólogo.

Pero esto no era suficiente para Arlt y necesitaba completar más detalles, quería que cada palabra tuviera una gran densidad y que reflejara exactamente lo que se proponía, por ese motivo cada personaje tiene un perfil cuidadosamente tomado de la realidad.

La parte de la novela donde se relata el robo, no fue creada en la fantasía de Arlt, sino que una noche se reunió en el bar La paloma de la estación Pacífico, para indagar sobre el tema con nueve amigos que él tenía, de profesión chorros (ladrones —lunfardo—). Ellos fueron los que le brindaron toda la información que él desconocía, detalles secretos de la cárcel, de la policía y de varios robos. Arlt jamás pretendió una novela para mujercitas sensibleras, siempre se propuso contar una realidad universal. También para esto indagó en todo el aspecto policial y jurídico. El aspecto policial fue el que menos problemas le trajo, ya que el inspector policial varias veces se había encontrado con Roberto en la redacción de Crítica, mientras este publicaba sus artículos policiales. Así fue que el inspector le brindó información sobre las realidades del delito, además de que le detalló aspectos psicológicos de los ladrones. Algunos estudiosos afirman que fue en ese momento, cuando Arlt no olvidó jamás la frase de Dostoievsky: “Cada hombre lleva en su interior un verdugo de sí mismo”. Esta era la real condición de Augusto Remo Erdosain.

Los siete locos, Arlt lo terminó de escribir en el segundo piso de la editorial Sud América que estaba en la calle Bogotá y Río de Janeiro. La novela fue escrita con muchísima rapidez, la demora fue pensarla, no escribirla. Y cuando la concluyó no le fue nada difícil hallar un editor, y jactándose dijo:

A los 22 años escribí ‘El juguete rabioso’, novela. Durante cuatro años fue rechazada por todas las editoriales. Luego encontré un editor inexperto. Actualmente tengo casi terminada la novela ‘Los siete locos’. Me sobran editores.
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Clio
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MensajePublicado: Dom Nov 19, 2006 14:47    Asunto: Responder citando

Aquí llegué, holi. Very Happy

En Los siete locos se prefiguran situaciones que se avecinaban, como los golpes militares y los desastres sociales. Arlt, al mismo tiempo, era absolutamente satírico con el gobierno de Yrigoyen.

Sin dudas, la crisis económica del año 30, provocada por la caída de la bolsa de Nueva York, también está reflejada en la novela, sabemos, además que este desajuste internacional, en la Argentina es aprovechado para inaugurar la larga serie de dictaduras militares. Yo lo llamo a José Félix Uriburu: “el padre del golpismo”, ya que fue nuestro primer presidente de facto.

La novela se dio a conocer en 1929 por la editorial Claridad, ya para ese entonces, Arlt estaba convencido de cuál sería su profesión: escritor. Así lo declararon años más tarde: Jorge Luis Borges, Leónidas Barletta, Conrado Nalé Roxlo y Eduardo Mallea.

El público recibió la novela con gran entusiasmo, y las notas que difundieron el diario El mundo y sus propias declaraciones fueron las mejores propagandas.

Pasó poco tiempo y Arlt comenzó a escribir la segunda parte de Los siete locos, que llevará por título Los monstruos. Pero esto no le resultará tan fácil, ya que su trabajo diario se duplicó, no solo debía escribir notas, sino también ensayos y artículos. Las retribuciones que comienza a obtener económicamente, sin embargo, le permiten comenzar a asistir a algunos espectáculos.

Como en Los siete locos, trabajaba sin tregua en Los lanzallamas, hasta que lo sorprendió una crítica de Ramón Doll en un balance de literatura del año 1929, en la publicación Claridad del 11 de marzo de 1930:

"Los siete locos" de Roberto Arlt, constituye la mejor novela que se ha escrito en este país en los últimos años, incluso para los que tuvieron éxito de crítica y librerías unánimes…

Y es que al lado del talento dosificado y repulido que indudablemente existe en las escenas deslavazadas de “Segundo Sombra” (sic) y al lado de la grosera propaganda comercial que Larreta organizó con “Zogoibi”, esta novela de Arlt, fornida, intensa, sobrándose en pasión y en fantasía, anegada de cálidos torrentes de vida dolorosa (…) este talento de Arlt que se prodiga y se desperdicia como rico, no necesita manifestaciones literarias…


Arlt sabía muy bien que Doll era un crítico exigente, por lo que leer estas palabras lo reafirmaron para continuar su labor en el segundo tomo. No fue reconocido hasta 1950, cuando Raúl Larra emprendió dos tareas básicas en 1950: una biografía de Roberto Arlt y la reedición de toda su obra. Este acto despertó el interés por la lectura de Arlt, ya que prácticamente no había vuelto a figurar en la lista de las editoriales desde 1932 y solo se lo recordaba como un buen periodista. Los escritos de Larra se conocieron en 1954, por un grupo de jóvenes universitarios que estaba encabezado por Daniel Ismael Viñas, fundador la revista literaria Contorno. El N.º 2 estaba totalmente dedicada a Roberto Arlt.

Pero retrocediendo y volviendo a los años 30, en donde Arlt tiene gran participación activa en la literatura, la crítica es absolutamente despareja; Raúl Bucich Escobar, por ejemplo, ironiza totalmente la novela y lo trata al propio Arlt de “loco”, ya que este crítico dice que no es una novela sino una confesión novelada. Pero estos comentarios, más que al descrédito de Arlt, a lo que tienden es a desvalorar a aquellos que aspiraban al Premio Municipal, que había sido creado por la Sociedad Argentina de Escritores.

Es un momento en donde se inicia una batalla campal, es decir, la literaria, donde intervienen escritores, críticos y editores. Aquí Arlt es elogiado por autores muy prestigiosos como: Luis Emilio Soto y Samuel Eichelbaum y además, lo encomiendan como el candidato máximo para el Premio Municipal. Esto lo escribe Leónidas Barletta en La Literatura Argentina:

Hace pocos días terminé de leer "Los siete locos" de Arlt, novela que conceptúo como muy buena. Sabía yo, por "El juguete rabioso", que en Arlt había un excelente novelista, pero en el presente libro se ha superado. Un libro como el de Arlt, a quien el jurado debe otorgarle el Primer Premio Municipal da por tierra con todos los "Zogoibi" y "Don Segundo Sombra" de los éxitos fáciles.


Mientras tanto, el país estaba inmerso dentro de una tormenta política y económica, y a ella se le sumó la crisis yrigoyenista, que como todos sabemos, el golpe militar de Uriburu hará caer a Yrigoyen, y junto con él, la democracia.

Todos estos puntos ponen a la novela de Arlt en un sitio maldito, como una escritura que es adversa, y que no es conveniente que sea leída en todos los medios. Pero, a pesar de todo ello, Arlt es admitido como candidato al Premio Municipal. Este acto generó reacciones, como siempre, por un lado negativas y por el otro, elogios exagerados.

Pasados varios meses de discusiones literarias, el 8 de mayo de 1930, a Arlt le adjudicaron el tercer Premio Municipal por Los siete locos. El jurado lo habían integrado: Juan Torrendel (editorial Tor), Carlos Obligado, José Oría, Nicolás Coronado y Ezequiel Martínez Estrada.

Roberto Arlt recibió esta noticia en Río de Janeiro, había sido enviado allí por el diario El Mundo como corresponsal. Pero enseguida escribió a Buenos Aires:

… estoy sumamente extrañado de que me hayan premiado. En nuestra ciudad siempre los terceros premios han sido reservados para los mejores prosistas; ejemplos: Elías Castelnuovo, tercer premio; González Tuñón, tercer premio; Álvaro Yunque, tercer premio. El tercer premio es la comida de las fieras, no hay candidato a premio que no diga: "Yo me conformo con el tercer premio", y al final de cuentas son tales los líos que se arman para repartir el tercer premio...

Regresó a Buenos Aires en breve tiempo, pero las repercusiones sobre el premio no habían terminado y ardió bastante el ambiente, hasta que algunos se dedicaron a hacer un desagravio sobre Los siete locos. Ulises Petit de Murat, poeta y guionista de cine, fue uno de los primeros en colocar a Arlt dentro de los primeros lugares de nuestra literatura. Es Murat quien propuso leer a Arlt con minuciosidad porque era un narrador nuevo y tenía un estilo muy particular. Murat centró todo su argumento en la literatura urbana y la rural, comparándolo a Arlt con la literatura de José Hernández, Güiraldes y Benito Lynch, rescatando así su antítesis ciudadana, y haciendo hincapié en las influencias de origen ruso y germano que abundan en la obra de Arlt. Y por supuesto, muchísimos críticos que desconocían la obra de Arlt comenzaron a hacer contundentes comentarios. Antonio Aíta, crítico universitario, sintió a Arlt como a un hombre de imaginación desordenada y de temperamento sórdido, a quien solamente le interesaba lo que sucedía en el prostíbulo, lo humillante y el crimen, por lo que le hizo una invitación a Arlt a no dejarse guiar por los escritores rusos.

De todas formas el premio le aseguró la difusión masiva de la obra. Mientras esto sucedía, Arlt descubrió que Antonio Zamora en la editorial Claridad no hacía nuevas ediciones con relación a la cantidad de libros vendidos, sino que solamente imprimía más de lo que le habían dicho. Esto lo lleva imperiosamente a iniciar una campaña de descrédito contar la editorial y contra su dueño: Eduardo Zamora.

Ya no lo preocupó el dinero, porque estos triunfos para él eran efímeros y no le alcanzaban para acompañar esa constante angustia que lo acosaba. También le dejaron de interesar los viajes, sufría por la condición de hombre que no alcanzaba a ser feliz y así se lo escribió a su hermana:

Yo no puedo vivir así, yo tengo que realizar una gran obra, tengo que vivir tranquilo, necesito a mi lado alguien que me quiera...



Un cuento de Arlt

Odio desde la otra vida


Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe, que, sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo:

—Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando?

El árabe se puso de pie y, después de saludarlo ritualmente, le dijo:

—Señor, usted perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole la espalda era que estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en esos momentos estaba pensando en matar a su novia.

Lo que le decía el desconocido era cierto: Fernando había estado pensando en matar a su novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y le dijo:

—Siéntese. Me sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo.

Fernando se dejó caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul del agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda, gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita, reiteró:

—Estaba precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y yo vi repetidamente que usted pensaba matarla.

Fernando, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El árabe continuó:

—Cuando desapareció la nube roja, vi una sala. Junto a una mesa dorada había dos sillones revestidos de terciopelo verde.

Fernando ahora pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó:

—Junto a usted estaba su novia con el tapado bajo el brazo. —Y acto seguido el misterioso oriental comenzó con su lápiz a dibujar en el mármol de la mesa el rostro de la muchacha.

Fernando miraba aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizás estaba viviendo un ensueño. Quizás estaba loco. Quizás el desconocido era un bribón que lo había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a Lucía.

El árabe prosiguió:

—Usted estaba sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: "Tenemos que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así". Ella le dijo esto y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella le dijo eso?

Fernando asintió, mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca, extrajo un cigarrillo, y dijo:

—Usted y Lucía se odian desde la otra vida.

—...

—Ustedes se vienen odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones.

Fernando examinó el cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una tristeza tremenda lo aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe, con una naturalidad terrorífica, proseguía.

—Y usted quiere morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podría odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente se odian ya.

Todo ello era cierto. El hombre de la chilaba prosiguió:

—¡Quiere usted venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas.

Fernando comprendió que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema. Golpeó el gong y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las esteras hacia la mesa, recibió el duro "assani", presto como un galgo le trajo el vuelto y pronto Fernando se encontró bajo las techadas callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche, y puestos de té verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos descalzos.

Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de Yama el Raisuli.

Tell Aviv levantó el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su amo; la puerta, entonces se abrió aun más, y Fernando cruzó un patio sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos. Tell Aviv abrió una puerta y lo invitó a entrar. Se encontraban ahora en un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro una fontana desgranaba su vara de agua. Fernando levantó la cabeza. El techo de la habitación, como el de los salones de la Alhambra, estaba abombado en bóveda. Ríos de constelaciones y de estrellas se cuajaban entre las nebulosas, y Tell Aviv, haciéndole sentar en un cojín, exclamó:

—Que la paz de Alá esté en tu corazón. Que la dulzura del Profeta aceite tu generosidad. Que tus entrañas se cubran de miel. Eres un hombre ecuánime y valiente. No has dudado de mi amistad.

Y como si estuvieran perdidos en una tienda del desierto, batió tan rudamente el gong que el negro, sobresaltado, apareció con un puñado de rosas amarillas olvidado entre las manos:

—Rakka, trae la pipa —y dirigiéndose a Fernando, aclaró:

—Fumarás ahora la pipa de la buena droga. Ello facilitará tu entrada en el plano astral. Se te hará visible la etapa de tu último encuentro con la que hoy es tu novia. La continuidad de vuestro odio.

Algunos minutos después Fernando sorbía el humo de una droga acre al paladar como una pulpa de tamarindo. Así de ácida y fácil. Su cuerpo se deslizó definitivamente sobre los cojines, mientras que su alma, diligentemente, se deslizaba a través de espesas murallas de tinieblas. A pesar de las tinieblas él sabía que se encaminaba hacia un paisaje claro y penetrante. Rápidamente se encontró en las orillas de una marisma, cargada de flexibles juncos. Fernando no estaba triste ni contento, pero observaba que todas las particularidades vegetales del paisaje tenían un relieve violento, una luminosidad expresiva, como si un árbol allí fuera dos veces más profundamente árbol que en la tierra.

Más allá de la marisma se extendía el mar. Un velero, con sus grandes lienzos rojos extendidos al viento, se alejaba insensiblemente. De pronto Fernando se detuvo sorprendido. Ahora estaba vestido al modo oriental, con un holgado albornoz de verticales rayas negras y amarillas. Se llevó la mano al cinto y allí tropezó con un pistolón de chispa.

Un pesado yatagán colgaba de su cinturón de cuero. Más allá la arena del desierto se extendía fresca hasta el ribazo de árboles de un bosque.

Fernando se echó a caminar melancólicamente y pronto se encontró bajo la cúpula de los árboles de corteza lisa y dura y de otros que por un juego de luz parecían cubiertos por escamas de cobre oxidado. Como Tell Aviv le había dicho, la paz estaba en él. No lejos se escuchaba el murmullo de un río. Continuó por el sendero, y una hora después, quizá menos, se encontró en la margen del río. El lecho estaba sembrado de peñascos y las aguas se quebraban en sus filos en flechas de cristal. Lo notable fue que, al volver la cabeza, vio un hermoso caballo ensillado, con una hermosa silla de cuero labrado. Fernando, sorprendido, buscó con la mirada en derredor. No se veía al dueño del caballo por ninguna parte. El caballo inmóvil, de pie junto al río, miraba melancólicamente pasar las aguas. Fernando se acercó. Un sobresalto de terror dejó rígido su cuerpo y rápidamente llevó la mano al alfanje. No lejos del caballo, sobre la arena, completamente dormida, se veía una boa constrictor. El vientre de la boa, cubierto de escamas negras y amarillas, aparecía repugnantemente deformado en una gran extensión. Por la boca de la boa salían los dos pies de un hombre. No había dudas ahora. El hombre que montaba el caballo, al llegar al río, desmontó posiblemente para beber, y cuando estaba inclinado de cara sobre el agua, probablemente la boa se dejó caer de la rama de un árbol sobre él, lo trituró entre sus anillos y después se lo tragó. ¡Vaya a saber cuántas horas hacía que el caballo esperaba que su amo saliera del interior del vientre de la boa!
Fernando examinó el filo de su yatagán —era reciente y tajante—, se aproximó a la boa, inmóvil en el amodorramiento de su digestión, y levantó el alfanje. El golpe fue tremendo. Cercenó no sólo la cabeza del reptil sino los dos pies del muerto. La boa decapitada se retorció violentamente.

Entonces Fernando, considerando el atalaje del caballo, pensó que el hombre que había sido devorado por la boa debía ser un creyente de calidad, cuya tumba no debía ser el vientre de un monstruo. Se acercó a la boa y le abrió el vientre. En su interior estaba el hombre muerto. Envuelto en un rico albornoz ensangrentado, con puñal de empuñadura de oro al cinto. Un bulto se marcaba sobre su cintura. Fernando rebuscó allí; era una talega de seda. La abrió y por la palma de su mano rodó una cascada de diamantes de diversos quilates. Fernando se alegró. Luego, ayudándose de su alfanje, trabajó durante algunas horas hasta que consiguió abrir una tumba, en la cual sepultó al infortunado desconocido.
Luego se dirigió a la ciudad, cuyas murallas se distinguían allá a lo lejos en el fondo de una curva que trazaba el río hacia las colinas del horizonte.

Su día había sido satisfactorio. No todos los hijos del Islam se encontraban con un caballo en la orilla de un río, un hombre dentro del vientre de una boa y una fortuna en piedras preciosas dentro de la escarcela del hombre. Alá y el Profeta evidentemente lo protegían.

No estaban ya muy distantes, no, las murallas de la ciudad. Se distinguían sus macizas torres y los centinelas con las pesadas lanzas paseándose detrás de los merlones.

De pronto, por una de las puertas principales salió una cabalgata. Al frente de ella iba un hombre de venerable barba. El grupo cabalgaba en dirección de Fernando. Cuando el anciano se cruzó con Fernando, éste lo saludó llevándose reverentemente la mano a la frente. Como el anciano no lo conocía, sujetó su potro, y entonces pudo observar la cabalgadura de Fernando, porque exclamó:

—Hermanos, hermanos, mirad el caballo de mi hijo.

Los hombres que acompañaban al anciano rodearon amenazadores a Fernando, y el anciano prosiguió:

—Ved, ved, su montura. Ved su nombre inscripto allí.

Recién Fernando se dio cuenta de que efectivamente, en el ángulo de la montura estaba escrito en caracteres cúficos el posible nombre del muerto.

—Hijo de un perro. ¿De dónde has sacado tú ese caballo?

Fernando no atinaba a pronunciar palabra. Las evidencias lo acusaban. De pronto el anciano, que le revisaba y acababa de despojarle de su puñal y alfanje ensangrentado, exclamó:

—Hermanos..., hermanos..., ved la bolsa de diamantes que mi hijo llevaba a traficar...

Inútil fue que Fernando intentara explicarse. Los hombres cayeron con tal furor sobre él, y le golpearon tan reciamente, que en pocos minutos perdió el sentido. Cuando despertó, estaba en el fondo de una mazmorra oscura, adolorido.

Transcurrieron así algunas horas, de pronto la puerta crujió, dos esclavos negros lo tomaron de los brazos y le amarraron con cadenitas de bronce las manos y los pies. Luego a latigazos lo obligaron a subir los escalones de piedra de la mazmorra, a latigazos cruzó con los negros corredores y después entró a un sendero enarenado. Su espalda y sus miembros estaban ensangrentados. Ahora yacía junto al cantero de un selvático jardín. Las palmas y los cedros recortaban el cielo celeste con sus abanicos y sus cúpulas; resonó un gong y dejaron de azotarle. El anciano que lo había encontrado en las afueras de la ciudad apareció bajo la herradura de una puerta en compañía de una joven. Ella tenía descubierto el rostro. Fernando exclamó:

—Lucía, Lucía, soy inocente.

Era el rostro de Lucía, su novia. Pero en el sueño él se había olvidado de que estaba viviendo en otro siglo.

El anciano lo señaló a la joven, que era el doble de Lucía, y dijo:

—Hija mía; este hombre asesinó a tu hermano. Te lo entrego para que tomes cumplida venganza en él.

—Soy inocente —exclamó Fernando—. Lo encontré en el vientre de una boa. Con los pies fuera de la boa. Lo sepulté piadosamente.

Y Fernando, a pesar de sus amarraduras, se arrodilló frente a "Lucía".

Luego, con palabras febriles, le explicó aquel juego de la fatalidad. "Lucía", rodeada de sus eunucos, lo observaba con una impaciente mirada de mujer fría y cruel, verdoso el tormentoso fondo de los ojos. Fernando de rodillas frente a ella, en el jardín morisco, comprendía que aquella mirada hostil y feroz era la muralla donde se quebraban siempre y siempre sus palabras. "Lucía" lo dejó hablar, y luego, mirando a un eunuco, dijo:

—Afcha, échalo a los perros.

El esclavo corrió hasta el fondo del jardín, luego regresó con una traílla de siete mastines de ojos ensangrentados y humosas fauces. Fernando quiso incorporarse, escapar, gritar, otra vez su inocencia. De pronto sintió en el hombro la quemadura de una dentellada, un hocico húmedo rozó su mejilla, otros dientes se clavaron en sus piernas y...

El negro de Nedjel le había alcanzado una taza de té, y sentado frente a él Tell Aviv dijo:

—¿No me reconoces? Yo soy el criado que en la otra vida llamé a los perros para hacerte despedazar.

Fernando se pasó la mano por los ojos. Luego murmuró:

—Todo esto es extraño e increíblemente verídico.

Tell Aviv continuó:

—Si tú quieres puedes matar a Lucía. Entre ella y yo también hay una cuenta desde la otra vida.

—No. Volveríamos a crear una cuenta para la próxima vida —Tell Aviv insistió.

—No te costará nada. Lo haré en obsequio a tu carácter generoso.

Fernando volvió a rehusar, y, sin saber por qué, le dijo:

—Eres más saludable que el limón y más sabroso que la miel; pero no asesines a Lucía. Y ahora, que la paz de Alá esté en ti para siempre. —Y levantándose, salió.

Salió, pero una tranquilidad nueva estaba en el fondo de su corazón. Él no sabía si Tell Aviv era un granuja o un doctor en magia, pero lo único que él sabía era que debía apartarse para siempre de Lucía. Y aquella misma noche se metió en un tren que salía para Fez, de allí regresó para Casablanca y de Casablanca un día salió hacia Buenos Aires. Aquí lo encontré yo, y aquí me contó su historia, epilogada con estas palabras:

—Si no me hubiera ido tan lejos creo que hubiera muerto a Lucía. Aquello de hacerme despedazar por los perros no tuvo nombre...


Fuente:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/arlt/odiodesd.htm
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Harry Heller
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Registrado: 23 Sep 2006
Mensajes: 11

MensajePublicado: Jue Nov 23, 2006 20:56    Asunto: Responder citando

Hola, queria saber que otro escritor o escritora hay de este tipo, digamos del de literatura maldita. Gracias.
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samsa
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Registrado: 14 Nov 2003
Mensajes: 6822
Ubicación: Cuando no ando en las nubes, ando como perdido

MensajePublicado: Jue Nov 23, 2006 20:59    Asunto: Responder citando

Del tipo de Arlt no hay ningún otro.

Del tipo maldito, según lo que uno entienda por eso, no es un criterio definido.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Dom Nov 26, 2006 22:07    Asunto: Responder citando

Gracias, Samsa, por responder.

Sería realmente interesante que nuestro compañero de foro nos indicara qué es: "el tipo maldito", como para poder ayudarlo en la búsqueda. En Literatura, todo lo podemos encontrar, pero para dar con lo que buscamos es necesario tener el concepto claro de lo que queremos.

De paso, aprovecho para pedirles disculpas por no haber podido haberles hecho llegar hoy, otra entrega sobre Arlt. Los crueles tiempos laborales del fin de año porteño no me permitieron trabajar en este tema.

Les ruego otra vez que me disculpen, el domingo próximo, con seguridad, habrá más Arlt.

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elmoteroloco_007
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Mensajes: 3803

MensajePublicado: Lun Nov 27, 2006 01:23    Asunto: Responder citando

No del 'tipo' (arquetipo?) de Arlt, pero si malditos: Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, Bukowski, Sade, Artaud, Masoch, Mallarme, Rilke, Safo, Brecht, Prevert, Eluard...

Amor se fue

Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera

Macedonio Fernandez

...son denominados ciertos poetas, por lo que recuerdo, originalmente se decia de Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé cuatro de los principales representantes del Simbolismo en Francia a finales del siglo XIX.
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2103

MensajePublicado: Mar Nov 28, 2006 14:38    Asunto: Responder citando

Clio escribió:
Les ruego otra vez que me disculpen, el domingo próximo, con seguridad, habrá más Arlt.


Faltaba más. Cuando terminen las clases vas a tener que pagar esta autodeuda literaria. Habemos dependientes de este tema. Beso.
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Harry Heller
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MensajePublicado: Mar Nov 28, 2006 22:30    Asunto: Responder citando

Crowley era "maldito", je?
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Agustín Javier
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Mensajes: 1356

MensajePublicado: Sab Dic 02, 2006 15:42    Asunto: Responder citando

excelente todo lo posteado...
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Dom Dic 03, 2006 17:16    Asunto: Responder citando

Gracias, amigos, por la espera, gracias Motero (sin moto Evil or Very Mad), por el aporte; tal vez sería bueno abrir un tema sobre: los escritores malditos. Pero espero el fin año escolar, ¿vale?. Es que aún me estoy recuperando de lo anoche. Wink

Bueno, después de varios cafés, lo prometido es deuda y aquí llego con más Arlt. Very Happy


Arlt se sentía abrumado por la necesidad de seguir escribiendo Los lanzallamas y decidió contra la voluntad de su jefe tomarse una licencia en su trabajo, él ya sabía que por el éxito que había tenido con El juguete rabioso, la editorial Claridad estaba dispuesta a publicarle esta segunda parte.

Durante el tiempo que dispuso para sí, sólo se dedicó a escribir, ya tenía el escrito casi por la mitad, cuando Antonio Zamora le recomendó que lo diera a conocer por partes, y de esta manera, en el momento en que se publicara, los lectores solamente completarían la lectura. Y eso hizo, adelantó tres capítulos de Los lanzallamas en la revista Azul, en Claridad y en la revista Argentina.

Las lecturas fueron gigantescas, y por ello además se vio obligado a explicar el porqué del cambio del nombre inicial de la novela (Los Monstruos); lo hizo así:

Dada la prisa con que fue terminada esta novela, pues cuatro mil líneas fueron escritas entre fines de septiembre y el 22 de octubre (y la novela consta de 10 300 líneas), el autor se olvidó de consignar en el prólogo que el título de esta segunda parte de “Los siete locos”, que primitivamente era “Los Monstruos”, fue sustituido por el de “Los lanzallamas” por sugerencia del novelista Carlos Leumann, quien una noche, conversando con el autor, le insinuó como más sugestivo el título que el autor aceptó. Con tanta prisa se terminó esta obra que la editorial imprimía los primeros pliegos mientras el autor estaba redactando los últimos capítulos.

Pero la novela fue publicada recién un año después de lo previsto, en 1931. Allí, Arlt continúa su seguimiento de Augusto Remo Erdosain, ahora convertido en un simple asesino en el tren del oeste, donde los Espila han terminado de elaborar una rosa de cobre.

Según Nalé Roxlo, el personaje que es muy semejante a Raskolnikov o Ivanonich fue tomado de un joven que frecuentaba las reuniones de la plaza Pueyrredón, en Flores, y se llamaba… Erdosain.

Los lanzallamas tiene rasgos del realismo naturalista en la brutal presentación de la muertes de: Haffner, la Bizca y Erdosain. En el manejo de la narración, Arlt mezcla el narrador omnisciente en tercera persona, la tercera persona ficticia con la intrusión del narrador y el autor, el soliloquio y los desdoblamientos. Aquí es donde Arlt demuestra claramente, su falta de dominio de las técnicas que utilizaban sus contemporáneos, como lo son el fluir de la conciencia y el discurso indirecto libre.

En esta nueva novela de Arlt, los abandonados crean sueños y se agrupan alrededor del Astrólogo. La mujer es quien representa el amor, como Luciana, que es humillada y rechazada, la prostituta, que recuperó todo su amor maternal y la Bizca que se va convirtiendo en una pequeña bestia lujuriosa y amoral; Elsa se refugia en un convento, el personaje de Elsa lleva al lector a evocar las novelas españolas del siglo XIX. Los aspectos psicológicos solo están captados en los hombres que sufren desesperación: Erdosain que cree reconocer a Severino Di Giovanni cuando con el Astrólogo visita a los anarquistas. En el prólogo del libro, Arlt reafirma que el futuro será de aquellos que se impongan la voluntad de trabajo, frase con la que se identificarán muchísimos jóvenes.

Cuando la novela estuvo lista, El Mundo escribe el siguiente aviso:

Roberto Arlt acaba de publicar su última novela "Los lanzallamas”, 260 páginas, 60 centavos, Editorial Claridad. Se vende en todos los kioscos y puestos de periódicos. Pida esta obra donde compra “El Mundo".

Y también este otro anuncio:

Los lanzallamas es el título de la novela del escritor argentino Roberto Arlt que acaba de publicarse y que ha de confirmar sin duda el éxito que logró con “Los siete locos”.

El éxito de Los lanzallamas no fue el esperado, y además recordemos que Arlt, para colmo, había denunciado las maniobras del editor, que consistían en reimprimir los libros y no participarlo, motivo por el cual, Arlt se desligó de la editorial.

Poco igualmente le importó a Arlt lo sucedido y pronto comenzó a escribir su última novela El amor brujo, nunca creyó en la mala suerte que había tenido con Los lanzallamas, todos los fracasos se los endilgó a las picardías del editor y no al valor de su obra.

Arlt tenía ya 32 años, y sin reparos seguía lleno de fuerzas y de proyectos, mientras tanto, observaba la gran ciudad, la diversidad de Buenos Aires y el enorme país colonizado que sufre la crisis que produjo la Primera Guerra Mundial.

El amor brujo comienza a ser escrito con la misma celeridad que las obras anteriores, y en menos de diez meses, la imprenta Raño anunció, en la colección Actualidad, la novela con la que Arlt continuaría, pero que nunca sucedió: El pájaro de fuego o La muralla de arena. Aunque Arlt seguía insatisfecho, del libro de su hija, extraigo estas palabras:

Hay en esta novela —le decía a un amigo— una cosa que me convence hasta las lágrimas. Me he visto en ella como antes lo hice en “Los siete locos”, pienso que un escritor es un condenado a muerte que solamente si escribe todo lo que tiene que escribir será libre. Ya ves, yo todavía me siento encadenado a una roca.

Esta otra obra, también fue un fracaso, pero Arlt no cree que será su última obra, además estaba convencido de que había sido la mejor, pero ya las editoriales, por muchos proyectos que él les llevara (novelas, libros de cuentos, obras de teatro), se negaron a editarlo.

Económicamente ya estaba consolidado, por lo que dejó de lado un poco la efervescencia por sus proyectos, y como profesional era muy reconocido, tomó el ofrecimiento que le hizo El mundo, para volver a trabajar allí, en donde le ofrecieron una oficina tan solo para él, y además se le sumaron dos nuevos proyectos: la perspectiva de una audición en radio El Mundo y la propuesta de Leónidas Barletta para integrase como escritor al Teatro del Pueblo. Estas palabras le escribe a su hija:

En el “Teatro del Pueblo" se ha escenificado una parte de “Los siete locos”. Los que la representaban lloraban en escena. Es un éxito. Pronto, también, se estrenará en el mismo teatrucho un obra mía llamada: “300 millones”, en cinco cuadros, cuya protagonista es una sirvienta. Creo que va a emocionar...


El Teatro del Pueblo fue fundado por Leónidas Barletta en 1931, el objetivo era difundir obras de teatro universales y nacionales. Barletta se había inspirado en el Teatro Libre de Antoine, y en el Teatro del Pueblo de Romaní Rolland. Era la creación de un teatro proletario en Buenos Aires, que reflejaba la gran crisis económica y social por la que atravesaba la Argentina. La manifestación más importante de esta crisis fue la toma del gobierno por los militares con la dictadura de Uriburu. Era un proyecto que se llevaba a cabo con muy pocos recursos económicos. Arlt se sintió totalmente feliz cuando Barletta lo invitó a sumarse al proyecto. En realidad se inició como espectador, porque no encontraba la manera de colaborar, y sí se admiraba con las puestas en escenas: Pirandello, Huysman y Discépolo, pero Barletta sin advertírselo puso en escena un capítulo de Los siete locos, era: El humillado, y esto fue lo finalmente despertó en Arlt su verdadero sentido teatral, también advirtió que su habilidad para este género, en realidad ya la había puesto en práctica en los diálogos publicados en Don Goyo, en muchas Aguafertes, y, sobre todo, en El amor brujo, donde hay incluida una pequeña obra dramática.

Es así como otra pasión se despierta en Arlt y esto escribe sobre el Teatro del Pueblo:

El viajero que caminando por la calle Florida tiene la suerte de llegar hasta Corrientes, sin que se haya interpuesto en su camino un proyectil extraviado de los revólveres de Investigación o de los pistoleros, y también sin haber sido ensordecido por algún petardo, o en última instancia, sin que lo hayan dejado cojo los automóviles particulares que tratan de pasar a la carrera por la susodicha Florida, el viajero que, como tengo dicho, tiene la felicidad extraordinaria de sortear estos accidentes tan comunes a nuestro presente, y llega a Corrientes, y por Corrientes dobla hacia el este, al llegar al número 495, encuentra “El Teatro del Pueblo”.
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