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Pedro Yleanir PROSA


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pybarria
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MensajePublicado: Mie Nov 01, 2006 10:05    Asunto: Pedro Yleanir PROSA Responder citando

KINOS O QUINO


Dos lomas de baja altura cercaban un prado, era primavera y la hierba verdeaba bajo el sol naciente, las perlas del rocío cubrían la vegetación con un manto cristalino; acá y allá las amapolas, espliegos y artemisas, moteaban de rojo, azul y blanco, la pradera. Kinos hacia rodar ladera abajo un gran tonel de roble, la pendiente era muy pronunciada, se había colocado ante él para frenarlo; el tonel era tan pesado que a duras penas podía sujetarlo, en un par de ocasiones creyó que se le iba a venir encima y que lo dejaría aplastado contra el ribazo, goterones de sudor le resbalaban por la frente. Por fin consiguió bajar el tonel a la pradera, lo aparcó a la sombra de un tilo y se echó bajo el sol.
Kinos representaba una cómica figura, por no decir algo peor, mitad espantajo, mitad guiñapo; su nariz parecía mango de navaja de afeitar, sus dientes eran impares, mas no porque no se hallaran iguales, sino porque tenía uno sí y otro no, el pelo se le había caído al llegar a la adolescencia y se cubría la calvorota con un petaso de alas anchas. Muchos se mofaban de él a cuenta de su fealdad, pero Kinos los recriminaba diciéndoles que la única monstruosidad que existe es la que nace en el corazón, y que para ojos que supiesen ver él no era feo, todo lo contrario, estaba dotado de una enorme belleza socrática.
De repente el cielo se encapotó y comenzó a chispear. Kinos se acomodó en el interior de su tonel, para él era tan confortable como el palacio de un rey. Estalló un trueno y la lluvia arreció; para que no salpicase el barro dentro del tonel tapó el agujero de entrada con una tabla. A poco notó que tenía una cadera humedecida, se filtraba agua por una fisura que había entre dos duelas, la taponó con un jirón de tela. Por llevar tal vida la gente lo solía tildar de cínico, pero esto a él bien poco le importaba, prefería vivir en libertad como un perro a ser un hombre sujeto a mil prejuicios estúpidos.


Los montículos de basura se extendían de un punto cardinal a otro, a donde quiera que le vista se alzara había siempre chatarra y desperdicios; los basureros son fiel reflejo del alma de la ciudad, son sus heces, según su consistencia y olor se puede conocer la fisiología de sus tripas. Por en medio de las basuras y de las nubes de moscas andaba Quino, llevaba en la mano una barra de hierro y revolvía en los montones buscando algún objeto de valor. Su figura era muy extravagante, se cubría el cuerpo con un impermeable lleno de lamparones y en la cabeza traía ceñido un gorrito de lana con un pompón al centro, como el que usan los esquiadores. La mañana había sido infructuosa, no encontró ningún trasto valioso que pudiera vender al chamarilero, tan sólo una palangana vieja y desportillada, que no le alcanzaría ni para pagarse un café; en ocasiones había encontrado muebles y electrodomésticos en perfecto estado de conservación, entonces ganaba lo suficiente para ir tirando más de una semana; aquel día, para no perder la costumbre, tocaba pasar hambre y apretarse el cinturón.
Quino decidió hacer un alto y se sentó sobre la chapa de una lavadora, de tanto andar le dolían los pies. Le llamó la atención un papel dorado y lo recogió del suelo con la punta de la barra. Era el envoltorio de una chocolatina, todavía quedaba un trozo a medio comer, espantó las moscas y se lo metió en la boca; lo mascó lentamente, saboreando el dulzor del chocolate.

A altas horas de la noche Kinos fue despertado por un bullicio infernal. Se levantó rabiando y sacó la cabeza fuera del tonel, vio el resplandor de una hoguera en un bosquecillo cercano, se dirigió hacia él mientras refunfuñaba, lanzaba pestes contra aquella gente inoportuna, que se había atrevido a interrumpir su sueño. Kinos se deslizó detrás de una encina y contempló el espectáculo, una docena de jóvenes de ambos sexos danzaban y gritaban al calor de la lumbre, desbordantes de alegría. Los pellejos de vino corrían de mano en mano, el líquido espumante se deslizaba por sus cuerpos desnudos. Uno de ellos, que tenía la cabeza coronada con pámpanos, mandó a los demás que se callaran e hicieran corro; luego fue al pie de un tocón y agarró un pollo por las patas, mostrándolo en alto a la concurrencia. Junto a él una muchacha portaba bajo el brazo un falo de madera, a modo de trabuco naranjero; cubría sus senos y su pubis con hojas de hiedra. Tras una señal, hecha por el mozo que dirigía la ceremonia, la muchacha cantó lo siguiente:
Cepas divinas, de Dionisos hijas,
cuyos sarmientos manan dulce aceite,
la miel y el néctar que mi copa llenan,
donde hallo el sueño.
El joven tendió el pollo sobre el tocón, alzó un cuchillo y exclamó:
—¡Evohé! ¡Evohé! Escucha nuestras plegarias, oh Baco sublime! Recibe esta sangre que ahora te ofrecemos y devuélvenosla convertida en vino.
De un tajo descabezó al pollo, cogió su cabeza y con la sangre que chorreaba embadurnó el glande del falo de madera; luego lo enterró en el suelo y lo movió arriba y abajo, como si hubiera entrado en cópula con la tierra. A partir de ese momento cundió de nuevo el alborozo, el vino corría a raudales, la danza se hizo cada vez más frenética, hasta que desembocó en una suerte de movimientos lascivos que
metieron en calentura sus cuerpos, los varones y las féminas se fundieron en un abrazo, buscando con ansía el contacto de sus sexos, en un desenfreno tal que Kinos se sonrojó, y eso que él no tenía una pizca de pudor.
Kinos aprovechó la confusión y se deslizó hasta el tocón, el cuerpo del pollo aún pataleaba, lo agarró y se ocultó detrás de unas matas. Se desvistió su túnica y se echó la sangre del animal por todo el cuerpo; una pareja cayó retozando cerca de donde él se encontraba, los vio a través de las ramas, fornicaban a la manera de las bestias. Le arrancó las plumas al pollo y las fue adhiriendo a su piel, que escurría la sangre tibia y pegajosa del animal; mientras, oía los jadeos y obscenidades que venían del otro lado de las matas.
De un salto se plantó junto a la hoguera, en medio de loa ajetreados festejantes. En principio no se percataron de su presencia y siguieron con lo suyo, Kinos tuvo que dar unos cuantos alaridos para que se fijaran en él. Al verlo de tal guisa, emplumado de pies a cabeza, se quedaron petrificados, pensaron que era un demonio del bosque y que venía hambriento en busca de carne humana. Poco después reaccionaron sus embotadas mentes, y salieron huyendo despavoridos, dispersándose y tomando cada uno una dirección distinta.

Quino dormía plácidamente bajo unas cajas de cartón, las noches aún conservaban el frescor del invierno. Estaba junto a una pared de ladrillos medio derruida, dentro de un solar lleno de escombros y de cascotes. La noche era tan apacible como cualquier otra, las estrellas titilaban indiferentes, por el cielo las nubes se deslizaban ligeras, por la tierra las sabandijas cumplían su recorrido nocturno; mas un desgraciado incidente vino a perturbar la paz de su sueño.
Quino despertó sobresaltado, alguien lo zarandeaba por las solapas del impermeable. Vio a su alrededor un grupo de jóvenes imberbes y pelones, casi adolescentes; el que lo había despertado lo arrojó al suelo, y acto seguido comenzaron a darle patadas por todos lados, cual si se tratase de un balón de fútbol que intentaran aventar fuera del campo; tanta rabia ponían en ello que de la boca les brotaban espumarajos mezclados con insultos. Pararon por cansancio, cuando la crueldad del ejercicio dejó de divertirles. Quino se sentía como si le hubieran quebrado todos los huesos, en efecto había sido una soberbia tunda.


Por la mañana Tideo, un buen amigo de Kinos, encontró su tonel bajo un tilo. Dio unos golpes en el tablón que le servía de puerta y dijo:
—Levanta ya, haragán, saca tu cabeza fuera del caparazón; de estar tanto tiempo ahí dentro te vas a consumir como las heces del mosto.
Kinos le respondió con un gruñido y tiró de una patada la portezuela. Al ver Tideo a su amigo, que seguía con la misma facha de la noche anterior, se llevó un buen susto; y si no es porque Kinos le habló y le explicó lo sucedido, también él hubiera puesto pies en polvorosa.
—Uf! Vaya susto me has dado, aún me tiemblan las corvas; pensé que realmente habías mudado de forma por vivir adentro de ese tonel, como el mosto que al fin llega a ser vino. No sé que placer ves en ello, en vivir con tanta estrechez inhalando el olor de la resina de roble; sería preferible que te instalaras en un antro lóbrego y húmedo.
—Me siento libre, sin las raíces que atan un hombre a su casa y a su terruño. Que me canso de un paisaje, cojo el tonel y me mudo; que quiero vivir en la ciudad, me instalo donde me plazca sin tener que pagar un alquiler; que los vecinos son ruidosos, hago rodar el tonel un par de manzanas y cambio de vecindad. Soy como un caracol, llevo la casa a cuestas.
—Por lo menos podías avisar cuando te mudas, llevo toda la mañana buscándote. Ha sucedido algo espantoso!
—No me digas. ¿Acaso los medos están asediando la ciudad?
Deja tus bromas para momento más oportuno. Se trata de Eumenes.
—De Eumenes? ¿Le ha sucedido algo a mi discípulo más querido?
—¿Sabes que el pérfido de Creotasto hace tiempo que intenta seducirlo?
—Y tanto, esa babosa hedionda le ha hecho multitud de regalos.
—Pues como no lograba sus propósitos por las buenas, lo ha raptado y se lo ha llevado a su villa, cerca del lago del dragón; lo tiene recluido allí y no permite que nadie lo visite. Se ve que le tiene mucha afición al efebo y que quiere tenerlo para él solo.
Kinos se puso hecho una furia.
—No lo denunciaste?
—Sí, acudí a las autoridades, pero al parecer el muy canalla ha conseguido que los padres de Eumenes deleguen en él la tutoría del mancebo.
—Ajá, conque esas tenemos; poco le va a durar su dicha, nadie me arrebata a un discípulo y queda impune, mi venganza será terrible.


Las gatas en celo chillaban en los tejados, los machos se enzarzaban en ruidosas peleas, aquella noche los ratones eran afortunados, podían corretear a sus anchas. Al fondo de un callejón Quino estaba tumbado junto a su buen amigo Néstor, en un espacio que habían hecho entre dos montones de inmundicias. Quino disfrutaba mucho charlando con su amigo, lo cual sucedía muy de cuando en cuando, puesto que Néstor sufría de alcoholismo crónico, y rara era la vez que lo encontraba sin estar tumbado por el alcohol, o que no sufriera un arrebato de delirium tremens.
—No hay derecho a que te hayan puesto así, menuda paliza, hasta las cejas te han dejado moradas —le dijo Néstor mientras le ofrecía la botella para que bebiera un trago—. La policía nunca está cuando se la necesita, se han olvidado de nosotros.
—La policía tiene cosas más importantes de que preocuparse, debe perseguir a narcotraficantes, a terroristas, a criminales internacionales; créeme, amigo mío, no basta con ser un desecho humano, es forzoso estar sindicado, y sí se posee cierto capital, tanto mejor. En cuanto a los muchachos de la paliza, no les guardo rencor; no es culpa suya, les han robado toda esperanza, toda ilusión, y claro, se aburren; cuando el aburrimiento se convierte en la razón primordial de la voluntad humana, las tripas acogen el alma, y el hombre se transforma en un estómago con patas.
Néstor estaba demasiado absorto en la botella, casi ni prestaba atención a la perorata de Quino.
—La culpa de todo la tiene esta maldita sociedad; antiguamente se podía disentir del sistema, las entrañas del monstruo no eran tan terribles, pero ahora sus tentáculos se han extendido de tal manera que ya no es posible vivir en libertad. Antes el mundo era grande, muchas las ideologías, muchos los caminos; ahora sólo hay un camino y una manera de pensar, aunque uno se aísle en medio de una de las pocas selvas que aún no han sido devastadas, sus oídos seguirán captando el estampido que se escapa de las toberas de un reactor.
Néstor soltó un sonoro eructo y dijo:
—No entiendo una palabra de lo que dices, pero es igual, da gusto oírte hablar.
Quino estaba en plena vena lírica, no le importaba que su compañero estuviese demasiado borracho para entenderlo, hablaba para sí mismo y para las estrellas.
—Buena parte de la culpa de que la humanidad se haya echado a perder de tal manera, se debe al estúpido optimismo de los científicos; su ceguera ha arruinado la salud del mundo. Musil lo decía hace ya muchos años: "La matemática, madre de las ciencias exactas y abuela de la técnica, fue matriz del espíritu que engendró los gases asfixiantes y los aviones de combate. Los matemáticos y los físicos, sus discípulos, vivían en desconocimiento de semejantes peligros; tales cuestiones les llegaban al alma tan poco como a un ciclista chuparruedas, que corre hacia la meta y no ve del mundo más que la rueda trasera del contrincante que le precede.” Con todo, si hemos llegado a este atolladero gracias a la ciencia y a la tecnología, también son ellas las únicas que nos pueden librar de él.
El alcohol dejó rendido a Néstor, cayó en un profundo sueño; mientras tanto, Quino continuaba su perorata, cada vez más exaltado.
—Y el arte? El arte está podrido; es un medio del que se sirve el sistema para mantener contentos a los inconformistas. Los rebeldes en la sociedad moderna ni siquiera son capaces de rozar los cimientos del sistema, están perfectamente catalogados y controlados, ya no hay espacio para Catilinas. Las manifestaciones más subversivas de los artistas no conmueven en absoluto el estado de las cosas, todo lo contrario, sirven para darle la razón al sistema, de la misma manera que la delincuencia fomenta la presencia de un estado policial.


Las tinieblas de la noche eran muy densas, Kinos y Tideo se deslizaron dentro de la casa de campo de Creotasto sin ser sentidos. El patrón había enviado a la ciudad a la mayor parte de su servidumbre, y sólo se había quedado con un par de esclavos, los indispensables para el mantenimiento de la casa; quería estar a solas con su amado Eumenes. Tideo conocía la finca, fueron a los aposentos de los esclavos y los redujeron con cuatro garrotazos; luego se llegaron a la alcoba de Creotasto, mas le cerradura de le puerta les bloqueó el paso, se había encerrado con el efebo para evitar que éste huyera durante la noche. Los improvisados ladrones no tuvieron reparo en coger una mesa y usarla como ariete, los amantes despertaron sorprendidos por el ruido, Creotasto fue presa de un miedo cerval y prorrumpió en gritos.
—Auxilio! A los ladrones! Auxilio!! Van a robarnos y a degollarnos, acudid presto! —sus gritos se perdían en la noche, los criados habían recibido tal ración de narcótico de palo que yacían insensibles al mundo.
La puerta cedió, Kinos y Tideo se lanzaron dentro de la alcoba garrote en mano. Eumenes estaba abrazado a las piernas de Creotasto, temblaba como una hoja; al ver a sus salvadores corrió hacia ellos y les colmó de besos y abrazos. Creotasto estaba enfurecido, no paraba de insultarlos y de amenazarlos; Kinos lo hizo callar de un garrotazo en la coronilla.
Cuando recuperó la conciencia el sol mañanero le quemaba los ojos, intentó girar la cabeza pero no pudo, estaba fuertemente atada al suelo. Tardó un rato en percatarse de su situación: lo habían sujetado a la tierra amarrándolo a unas estacas, de forma que quedó boca arriba y por completo inmóvil; su campo de visión se reducía al cielo, no podía ver su cuerpo ni lo que tenía al lado; un airecillo fresco le ponía la carne de gallina de los pies a la cabeza, sin duda lo habían dejado en cueros.
—Parece que nuestro bello Endimión ya se ha levantado —oyó la voz de Kinos.
—Maldito hijo de perra, suéltame ahora mismo, no sabes con quién te las estas viendo.
Kinos se agachó sobre su rostro.
—Ahí estás, so cabrón, hijo de una perra y un sapo; quítame estas ligaduras de una vez, así a lo mejor te perdono la vida.
—Menos humos, mi querido Creotasto, con tanta bilis vas a conseguir que te reviente el hígado.
—Si estoy rabioso hasta la médula es por tu culpa —tenía los ojos enrojecidos y soltaba espumarajos al hablar—. Cuando esté libre te voy a arrancar la piel a tiras y se la voy a echar a las hormigas, para que ni muerto te libres de la picazón que te causarán sus mandíbulas.
—No sé si te has dado cuenta, pero no estás en disposición de amenazar a nadie; al contrario, deberías pedirme clemencia pare apaciguar mi sed de venganza.
—Ja! Yo tenerte miedo a ti, a un perro sarnoso.
—Esta noche lo he pensado mucho, y creo haber dado con la manera de bajarte los humos. Se dice que toro bravo hace buey manso, y que avispa sin aguijón ni pica ni mortifica —sacó del cinto un cuchillo aguzado y se lo mostró a Creotasto—. Así pues, dispónte a perder el miembro de tu hombría.
A Creotasto se le salieron los ojos de las cuencas y se puso a gritar frenéticamente. Kinos le agarró la verga y tiró con fuerza, Creotasto gimió de dolor, las lágrimas le resbalaban por las sienes. Kinos alzó su trofeo ante sus ojos, no lo pudo resistir más y se desmayó. Bajo un árbol Tideo y Eumenes se desternillaban de risa, Kinos les lanzó el pene mutilado, que fue a caer junto a un pie de Tideo; era una burda imitación hecha de piel de cabra y borra de lana.


Quino y Néstor paseaban por la calle, habían conseguido algo de dinero e iban a gastárselo; charlaban entre risas, sin prestar atención al tráfico ni a la legión de transeúntes, como si en realidad fuesen dos peripatéticos andando por la linde de un campo de olivos.
—Aún no he remojado el gaznate con coñac y ya me siento flotar —dijo Quino, puso los brazos en cruz y giró sobre sus talones—. Li Po tenía razón, el alcohol suelta nuestras ataduras terrenales y nos eleva hasta las nubes.
—¿Quién era ese Li Po? —preguntó Néstor.
—Uno de los borrachos más ilustres de la historia, un poeta como la copa de un pino; ocupaciones que con frecuencia van ligadas. Cómo podría sobrevivir un poeta si no existiesen ni la luna ni la bebida? Moriría de asco irremisiblemente —mientras hablaba gesticulaba en exceso—. Li Po era el más famoso de los ocho inmortales del cántaro de vino, la inspiración poética le asaltaba cuando estaba en plena embriaguez. Recuerdo unos versos suyos que manifiestan su inmenso talento.
Cuando estoy ebrio pierdo el cielo y la tierra;
me pego, inmóvil, a mi lecho solitario.
Al fin me olvido totalmente de que existo,
y en ese momento mi regocijo es grande.
—¿Cuántas cosas sabes! No me explico por qué andas tirado por la calle; que un ignorante como yo sea un indigente, pase, pero que alguien que ha estudiado tanto como tú no tenga donde caerse muerto, es una vergüenza.
—El alcohol y la sabiduría no congenian con esta sociedad. Durante años lo intenté, de veras que lo intenté, pero mi vida fue una continua serie de decepciones; por último, más por aburrimiento que por otra cosa, di la espalda a todo y abracé la botella.
—Y bien que la abrazaste, eres la única persona que conozco que me vaya a la mano.
—Bah!, soy un mero aficionado, hay gente que me da mil vueltas. Por ejemplo Liu Ling, otro poeta chino, al lado de él yo soy un abstemio. Este curioso personaje solía viajar por el país sentado en un carromato, con un enorme cántaro de vino siempre a su vera, y acompañado por un enterrador; pues, dado sus excesos, temía reventar por el camino y quedar insepulto, a merced de los cuervos.
Repentinamente Quino se puso triste, sujetó a su amigo por los hombros y le dijo:
—Néstor, hazme un favor; cuando me llegue la hora, si estás a mi lado, no dejes que me lleve la ambulancia; seguro que acabo siendo la cobaya de unos estudiantes, que me rajarán y hurgarán mis tripas —le cayó una lágrima por la mejilla—. Entiérrame en cualquier sitio, aunque sea bajo unos cimientos, pero que mi cuerpo se corrompa y deshaga lejos de manos sacrílegas.


Kinos había cazado a lazo un par de conejos, los asó e invitó a comer a Tideo y a Eumenes. Se los zamparon en un periquete, y luego se tumbaron en la orilla del lago, sobre la hierba fresca, contemplando las caídas en picado de un martín pescador. Al rato Kinos sintió pesado el estómago y decidió dar un paseo, a ver si así se le pasaba el empacho. Anduvo cabizbajo por entre los arbustos de la ribera, sus ojos fijos en los guijarros del suelo y su mente por las nubes; hasta que unas risas lo despabilaron de su ensimismamiento. Las voces venían de detrás de unas adelfas, se deslizó hasta ellas y vio a una moza correteando par la orilla del lago; un mozo la seguía con aire rijoso, dando brincos como un sátiro. El mozo la alcanzó y rodaron hasta el agua, pero ella logró escapar y continuó su carrera; llevaba una túnica blanca que le llegaba sólo hasta medio muslo, al caer se había mojado y transparentaba sus ancas, que se meneaban de lado a lado mientras corría. Ella se reía y lo provocaba, él guardaba cierta distancia y le decía pullas; ambos compenetrados en un juego de tierna lubricidad. Kinos los siguió de cerca, tomando mucho cuidado de no ser descubierto.
El muchacho la había abrazado e intentó besarla, pero ella lo apartó de un empujón y se subió a un columpio que colgaba de la rama de un sauce. Se mecía indiferente a sus requerimientos, mirando para otro lado. El muchacho para desquitarse se colocó detrás de ella, y comenzó a mecerla con todas sus fuerzas. Kinos se había ocultado justo enfrente de donde se encontraba la muchacha, al recibir el columpio un potente impulso la falda de su túnica se le ahuecó, y Kinos alcanzó a verle los rizos de su vello púbico; el columpio estaba tomando tal altura que la muchacha temió salir despedida, abrió las rodillas y bajó los pies, echando el cuerpo hacia delante, para así intentar frenar el impulso, Kinos alcanzó a verle el nacimiento de su raja; y en otro vaivén, en que casi sale disparada, llegó incluso a entrever los pliegues de su vulva.
Kinos estaba tan excitado que sintió la necesidad de darse alivio con sus meñiques, pues su hombría era poca cosa.


Quino dormía en un descampado de las afueras, estaba solo y la oscuridad era densa; para guarecerse del frío se había cubierto con unos periódicos. Tenía la garganta seca y la frente caliente, despertó estremecido, sin hallar una postura cómoda para tumbarse; un millar de pensamientos asaetearon su mente.
"por qué siempre me he sentido como un gato panza arriba, que se defiende de innumerables ataques... lo cierto es que soy yo y los demás, poco me importan los sueños y esperanzas de la gente, abomino de su especie, todo lo que ellos tocan acaba convirtiéndose en mierda... si no me tomara las cosas tan a la tremenda quizás no sufriría tanto, soy incapaz de ser frívolo, el mayor problema que aqueja al mundo es la frivolidad, la gente ve los piojos en los demás y no son capaces de ver las garrapatas sobre sí mismos... yo no soy tan ruin... tengo la rabia como médula, mi sangre es cólera líquida, ni siquiera el alcohol mitiga la furia que me quema por dentro, cualquier día reviento, a no ser que me mate antes la bebida... en parte es lógico, nacemos desnudos, las experiencias de nuestros padres de poco nos valen, en una vida hay poco tiempo para aprender, cuando algo nos pasa es por primera vez, por tanto lo más probable es que nuestras decisiones sean erróneas... no creo en los espíritus tutelares, eso es una patochada... las probabilidades de predecir un suceso futuro son casi nulas, las mismas que se nos presentarían en el caso de que tratásemos de conjeturar dónde va a caer una pluma arrojada desde lo alto de una torre; la multitud de corrientes, vientecillos, o vahos terrestres, que la pueden transportar a una u otra parte, son inabarcables e imprevisibles... el libre albedrío es una mera ficción, el azar se encarga de destruir todo propósito de la voluntad... la única razón inalienable es la del fuego..."
Por fin Quino fue vencido por el sueño; las disquisiciones dialécticas en las que se había sumido dieron paso a una maraña de visiones oníricas, del plasma prosaico en que germinan los sueños surgió un demonio hembra. El súcubo se abalanzó sobre Quino y lo estrechó entre sus piernas, lo poseyó hasta hacerle experimentar una polución.


—La buena literatura es siempre poesía, sea escrita en verso o en prosa; lo demás es relleno: filosofías o historia. La labor de un artista es crear expresiones poéticas, aunque sean las del tono de su culo —exclamó Kinos.
Tideo y Eumenes lo habían arrastrado hasta el antro de una pitonisa; entró de mala gana, refunfuñando, no cesaba de injuriarlos.
—Malditos perros supersticiosos, no sé cómo me he dejado convencer, este ambiente tétrico me pone los pelos de punta.
—Si es muy divertido, ya verás, mucho mejor que el teatro —replicó Tideo.
Un acólito mandó callar a la concurrencia. La sacerdotisa se sentó en un trípode, junto a una grieta que dividía en dos el suelo pedregoso de la caverna, de ella emanaban vapores sulfúreos. Entró en trance, poseída por el delirio profético comenzó a proferir palabras entrecortadas y sin sentido.
Zeus
se cierne el trueno
el cielo abarrotado de garbanzos
su furor cubre la tierra
no hay refugio que proteja de la expansión de tal mal
Un sacerdote apuntó en una tablilla cada palabra, luego estuvo meditando durante un buen rato. Los asistentes permanecían en silencio, esperando con ansia la interpretación del oráculo; excepto Kinos, que resoplaba de rabia. Intentó largarse, pero Tideo lo asió por el brazo; después de un pequeño forcejeo consiguió que lo soltara, mas para entonces el sacerdote ya había comenzado a hablar.
—Zeus va a provocar una tormenta y a lanzar por doquier rayos y truenos, manifestando al mundo la ira que lo enloquece; del cielo caerán grandes piedras de granizo que lo arrasarán todo, el hombre no hallará refugio ni en su casa, pues el ímpetu de tales piedras será tal que desmoronará todos los edificios.
Kinos no pudo soportar la rabia contenida, estalló en un aluvión de palabras que venían a trabucar todo lo dicho por el sacerdote.
—Zeus padece de gases, pues se ha hinchado a comer garbanzos en el Olimpo. Tanto daño le han hecho que le vienen diarreas, y se va de piernas abajo con tanto furor que deja la tierra cubierta con sus inmundicias. El hombre no encuentra refugio en parte alguna, ya que el hedor que se desprende de su mierda atraviesa puertas y ventanas, y llega a las profundidades de la gruta más recóndita.

Quino entró a un bar y le pidió a un camarero un vaso de aguardiente. Del otro lado de la barra unos ojillos negros, ratunos, lo miraron con aprensión; le sirvió el vaso de mala gana y le espetó:
—Aquí no queremos borrachos andrajosos, espantan la clientela, tan pronto se beba eso se va por donde ha venido.
Quino salió a la calle y anduvo hasta llegar a un puente, bajó por unos escalones y se acercó a la orilla del río. Su agua era inmunda, coronada de espumas ácidas; la corriente arrastraba basuras y excrementos, que o bien seguían su curso o se quedaban varados en la orilla, como pecios de albañal. Quino se arrodilló y contempló su rostro reflejado en el agua turbia, la vejez cruzaba de arrugas su frente, los dientes cariados habían perdido el brillo de antaño; se quitó el gorro y observó lo canosas que estaban sus greñas. De súbito le pareció ver en la lámina del agua el reflejo de las copas de unos árboles, se estregó los ojos, mas el espejismo seguía allí, era cada vez más nítido; el agua se había vuelto cristalina y se distinguían claramente los guijarros en el lecho del río, la sombra de un ánade cruzó la corriente enfrente de sus narices.
Nuestro personaje se incorporó y se dio la vuelta, estaba rodeado por una frondosa ribera, las flores resplandecían bajo el sol, revoloteaban retozonas las avecillas.
—Apresúrate Kinos, el conejo ya está asado, como no vengas pronto me lo voy a zampar todo—gritó Eumenes.
Después de comer Kinos conversó con su amigo Eumenes.
—¿Qué te parece la nueva resolución de los arcontes? —preguntó el joven a su maestro.
—No sé de qué me hablas, hace tiempo que no me paso por la ciudad.
—A causa de los gastos ocasionados a la República por la guerra, los arcontes han subido los impuestos; cada ciudadano debe pagar a la hacienda pública nada más y nada menos que dos décimos de su capital.
—No me sorprende en absoluto, tienen prisa en apropiarse del dinero que es potencialmente suyo; de todas formas tarde o temprano se harán con él.
—No lo entiendo, maestro, qué quieres decir exactamente?
—Para que lo veas más claro te voy a poner un ejemplo. Supón que tengo cien dracmas, y que doy veinte a la hacienda pública, entonces me quedan ochenta; con ellas compro cualquier cosa, por tanto mi dinero pasa a las manos de otro, que a su vez debe pagar los dos décimos, y se queda finalmente con sesenta y cuatro dracmas," y así sucesivamente de comprador en vendedor hasta que el dinero que yo tenía en un principio desaparezca. Pero en realidad el dinero pasa de mano en mano sin desaparecer, porque quien es por último el destinatario de mis cien dracmas es la hacienda pública, y más tarde o más temprano se hará con mi capital original, chupándolo poco a poco con sus dos décimos, pues la suma cabal de todos ellos, una vez que el dinero ha sido puesto en circulación, equivale a los cien dracmas que yo poseía.


Quino se encontraba con Néstor en un solar, resguardados del viento tras un muro derruido. Habían conseguido robar de un camión una caja llena de botellas de aguardiente, y estaban montando una juerga por todo lo alto. Una vez que la euforia hubo menguado Quino se puso melancólico, y, como solía hacer en tales circunstancias, le soltó una perorata a su amigo.
—El poeta abre por completo su alma a los demás, deja al descubierto sus más recónditas intimidades; en eso se parece a una prostituta: ella vende la intimidad de su cuerpo, él la de su alma. Ninguno de los dos vende su trabajo, ambos se venden a sí mismos; por eso merecerían ser dignos de un gran respeto, y no ser marginados como si fueran escoria. Para colmo los dos para poder sobrevivir dependen de terceros, el editor es el alcahuete que explota y malvende al poeta. La puta y el poeta sólo son redimibles por el dinero; si bien dan al público algo prohibido y denostado, su presencia es tan necesaria como deseada.
Néstor cayó rendido y Quino, al quedarse sin su oyente, dejó de hablar; siguió bebiendo y se reconcentró en sus pensamientos, transportado por el alcohol a un mundo suspendido entre cielo y tierra. La vista se le empañó, creyó percibir cómo los edificios que le rodeaban iban desapareciendo, hasta que se quedó él solo tumbado sobre un campo de hierba, arriba el cielo raso estrellado; pero la ilusión pronto se deshizo, y cayó de golpe en su angustiosa realidad. A la mente le vinieron unas geniales palabras de Leonardo da Vinci: ”Nada de lo que existe sobre la tierra, debajo de ella o en las aguas, quedará sin ser perseguido, molestado y estropeado; y lo que existe en un país será traspasado a otro. Sus cuerpos se convertirán en tumbas de todos los seres que ellos mismos han matado.” Siguió bebiendo, no para olvidar, pues nunca es posible olvidar, sino para perder la conciencia ante los recuerdos. Bebió y bebió hasta caer en un coma etílico.
Por la mañana su corazón ya no latía, por fin había reventado... las ratas comenzaban a disputarse sus carnes. Néstor despertó, y al ver que su amigo estaba muerto salió huyendo como alma que lleva el diablo.


Eumenes encontró a su maestro tendido sobre la hierba, junto a su tonel. Estaba muerto, lo habían cosido a puñaladas. Los cuervos le habían devorado los ojos, de sus cuencas salían hileras de hormigas que acarreaban partículas arrancadas de sus sesos. Eumenes lloró amargas lágrimas sobre su cadáver, los ojos vidriados por la hiel.
En el cielo un buitre volaba en círculos, atraído por el olor de la carroña. Abajo estaban las cuencas vacías de Kinos, dirigidas hacia el cenit, la vertical de la muerte.


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MensajePublicado: Vie Ene 26, 2007 09:17    Asunto: El exorcista Responder citando

EL EXORCISTA

El niño se revolvía en la cama, de pronto se quedaba quieto, miraba al padre Basilio y le escupía a la cara. El padre se limpiaba el escupitajo y continuaba rezando un ave maría.
El padre Basilio estaba muy baqueteado por numerosos exorcismos, que habían surcado su rostro de arrugas prematuras. Sabía que lo mejor era no dar pábulo al Diablo, cuanto menos se hablase con él mejor, sin embargo había que desenmascararlo, había que pillarlo in fraganti para expulsarlo del poseso.
-Quién eres? –le preguntó al niño.
-Soy el que soy y no soy. Un coágulo de nada.
-No me vengas con acertijos, demonio inmundo. Cuál es tu nombre?
-Mi nombre ya lo sabes. Soy el mismísimo Diablo.
El asaltante del niño se había identificado, ahora sería fácil para el padre continuar el exorcismo. No obstante se sintió un poco azorado, nunca antes un demonio se le había presentado tan a las claras diciendo ser el Diablo. Mentía sin duda, los demonios siempre mienten, esa es su naturaleza.
-Abandona este niño en nombre de Cristo –le imprecó el padre Basilio.
-El nombre de Cristo ya no nos infunde temor.
El padre le arrojó agua bendita a la cara, ni se inmutó.
-Con esas mojigaterías no nos causarás ningún daño. El que tenía que venir ya vive.
-Quién es el que vive?
-La Bestia.
El padre le puso un crucifijo sobre la frente, el endemoniado sonrió, agarrándole la mano le pegó un lamentón a la cruz. El padre Basilio se santiguó, aquel demonio era inmune a todos los pasos del exorcismo. Pensó que le había dado demasiado lugar a explayarse, decidió callarse y continuar los rezos con la mayor devoción posible.
-No me crees, padrecito, pues mira en mi culo la marca de la Bestia.
El niño se bajó los pantalones y le mostró al cura la nalga izquierda, tenía tres cruces negras como tres verdugones de fuego.
Cuando el padre Basilio abandonó la casa el niño ya había salido del trance. Era de noche cerrada y se encaminó a su casa, distante sólo un par de manzanas. Los pocos transeúntes que encontró por el camino le parecieron almas en pena, todavía no había desasido su espíritu de las garras del infierno. En la casa se sentó en el sofá sin siquiera quitarse la gabardina, suspiró y pasado un rato de reposo extrajo de su bolso una grabadora. Tenía la costumbre subrepticia de grabar a los posesos, creía firmemente en el Diablo y no le cabía duda de que muchos de ellos estaban verdaderamente poseídos, sin embargo buscaba una prueba inequívoca de la presencia del Diablo. A él nunca se le había presentado una levitación, u objetos que se mueven por sí solos, lo más extraño era cuando los posesos hablaban una lengua extraña, por eso los grababa para después investigar las voces, siempre resultaban ser incoherencias sin el mínimo sentido. Una vez una niña le habló en un latín balbuciente, resultó que el padre era profesor de latín y daba a menudo clases particulares en la casa, ella, de oído despierto, se había quedado con ese idioma grabado en la memoria.
En el caso que ahora tenía entre manos había tropezado con una personalidad realmente diabólica. Las tres cruces en el culo no podían ser casuales. El niño había hablado en una lengua extraña. Le pareció reconocer palabras arameas y/o hebreas, no estaba seguro. Dio para atrás a la grabación y pulsó play, la voz gangosa y oscura resonó en su silabeo. Efectivamente reconoció al menos tres palabras en hebreo: vida, camino y gehena. Hizo una copia de la cinta y la metió en un sobre, se la enviaría la mañana siguiente a un amigo suyo de la universidad, especializado en lenguas semitas y persa antiguo.
El padre Basilio se dio una ducha de agua fría y se tumbó en la cama con un libro entre las manos. Le gustaba leer y releer La Rama Dorada de Frazer. Aquellos paganos que carecían de Dios vivían rodeados de demonios y los trataban de tú a tú. El padre rumiaba la blasfemia, quizás el Diablo fuese más antiguo que Dios. Leyó un cuarto de hora, dejó el volumen sobre la mesilla de noche y apagó la luz. La lectura había apaciguado las impresiones impactantes del día, su cabeza jugaba con palabras como rama dorada, laureus, laurel, oro, aureus, loro, oro. Con imágenes tan inocuas se quedó dormido en seguida.
El cura soñó que llamaban a la puerta y fue a abrir, pero antes miró cauteloso por la mirilla, en el rellano no había nadie, sin embargo el timbre sonaba insistente, se asustó y dio un paso hacia atrás, notó una respiración caliente en el cogote, se dio la vuelta y lo vio, el Diablo estaba allí, enfrente de él, con sus ojos amarillos de pupilas rojas. Despertó de un salto, el sol asomaba por la ventana.
El padre Basilio dio misa aquella mañana, como acostumbraba a hacer diariamente. Los feligreses eran los habituales, excepto un joven con jeans y camisa a cuadros que lo miraba desde la primera fila con una sonrisita ambigua, ni en la parte más grave de la se prédica se borró la sonrisa de su cara.
Repartió las hostias, el joven se acercó y le arrebató la hostia de las manos como si le diese un mordisco. El cura lo miró espantado, por el gesto en la nuez supuso que el joven se había tragado la hostia sin paladearla.
El padre Basilio tomó la guagua para regresar al centro. El joven con camisa a cuadros salió de ninguna parte y se sentó junto a él. Se presentó, era un estudiante de teología que preparaba su tesis sobre el exorcismo. Deseaba entrevistar al sacerdote. Al padre Basilio no le agradaba aquel joven, cuasi sacrílego, pero solía se amable con todos los estudiantes que se acercaban a él buscando consejo o información. Le dejó el número de teléfono y le dijo que lo llamase la próxima semana, entonces seguro que encontraría un hueco en su agenda. El joven, siempre sonriente, se lo agradeció y le dijo:
-Desde pequeño me intereso mucho por la demonología; voy a serle sincero, si he estudiado teología es más por conocer la figura del Diablo que la de Dios.
-Peligrosa vocación es la suya –replicó el cura.
-No me tome a mal, es un interés científico, quiero investigar todo acerca del Diablo, creo que hasta el momento la superstición y las supercherías han inundado el panorama, aún resta todo por decir del Diablo.
-No olvide que a Giovanni Papini lo excomulgaron.
-Ahora nadie excomulga a nadie.
-Cierto, pero tampoco es válido hacer esfuerzos para ganar la excomunión.
-Papini no hacía más que alentar los rumores diabólicos bajo una halo de literatura. Yo pretendo algo serio, una síntesis estructuralista quizás, con sus fórmulas y ecuaciones.
-Si reduce al Diablo a una ecuación, lo siguiente será intentar deducir a Dios con otra… su trabajo es peligroso, se arriesga a la locura o al descrédito, que es aún peor.
-No me tome por un iluso. Soy una persona con ciertos poderes, clarividente, puedo ver más allá de lo que ven el resto de los mortales.
El padre Basilio pensó que el joven deliraba, no estaba en sus perfectos cabales.
-No me mire así, padre. Puedo demostrarle ahora mismo lo que digo. –Le contó con pelos y señales el sueño que tuvo la noche pasada, con el Diablo llamando a la puerta.
El padre se sobrecogió, no le había contado a nadie el sueño, si el joven lo sabía era por pura adivinación. Se rindió a las evidencias.
-Me pone usted los pelos de punta. Ese sueño me ha dejado destemplado, y eso que nunca le hago caso a los sueños, que son imágenes confusas de la vigilia que no tienen ningún significado.
La guagua hizo una parada y el joven se levantó como si tuviera resortes en las piernas.
-En este caso sí creo que lo tenga –le espetó al cura-. Si el Diablo llama a tu puerta es que ya está adentro.
Se marchó sin despedirse y el padre Basilio nunca jamás volvío a saber de él.
Las tres cruces iban despareciendo de la nalga del niño. Sus trances eran ahora ligeros, frases entrecortadas pronunciadas sin demasiado tesón: “Yo soy el que baila sobre los muertos, orinando en sus bocas.” “La maldad nos hace fuertes.” “El Diablo siempre cuida de los suyos.”
En una semana el niño sanó plenamente y no le quedó ningún estigma de la posesión. El padre estaba contento y no se acordaba de todo el poder que el demonio había manifestado en los primero trances. Recibió una llamada del lingüista de la Universidad.
-De dónde demonios has sacado esta grabación?, normalmente tus cintas las escucho diez segundos y van directas a la papelera, no sé como tienes todavía la cara de seguírmelas enviando, pero ésta es otra cosa. No son incoherencias, es una lengua con sentido y perfectamente articulada.
-Es arameo? –preguntó el cura en un hilo de voz.
-Ojalá fuera arameo, el arameo se estudia y es fácil hacer una mixtificación. Esta lengua no es lengua conocida, pero sin duda es protosemita.
-Así pues, no sabéis lo que dice.
-No es tan antigua que no se parezca a los lenguajes semitas. Hemos trabajado en el laboratorio día y noche y hemos llegado a traducir un cuarenta por ciento de la grabación.
-Y qué dice?
-El sentido se me escapa, habla de una raza antigua, algo así como demonios, que vivían antes de la llegada del hombre, el resto son como adivinanzas o profecías inconexas, quizás hablen de una resurrección, pero no sé de qué o de quién. Te envié un e-mail con el texto de la traducción, échale un vistazo a ver que te parece. Los colegas se van a reír de mí cuando les presente este material. Aunque no creo que después de que lo estudien digan que es una falsificación –se notaba el júbilo en la vibración de su voz-. Tienes que presentarme a la persona de la grabación, has registrado más cosas?
-Ese es un asunto cerrado y no quiero seguir hurgando en él. Es sólo un niño y cuanto menos sepa lo que le pasó tanto mejor para él. Por suerte el demonio ya no anida en su cuerpecito.
-Lástima entonces. Si alguna vez vuelves a encontrar un demonio que hable protosemita preséntamelo sin falta.
A partir del aquel momento la presencia cierta del Diablo habitó siempre junto al padre Basilio. Era una certitud inquietante, a él no le había tocado vivir ningún milagro obra directa del espíritu santo o de Dios, todo en su vida giraba alrededor del Diablo. La idea turbadora de que de continuo el Diablo se estaba burlando de él anidó en su alma. Los sucesos de aquellos días con aquel niño poseso parecían encaminados a tomarle el pelo, cuando había probado el exorcismo sin éxito y el Diablo estaba en su apogeo, de repente la energía maléfica dejó de fluir y conquistó al Diablo con facilidad. Luego estaba aquel joven que vio en la Iglesia y en el autobús, tan inquietante, y del que nunca volvió a saber más, no sería él el mismísimo Diablo? Su fe estaba entre la espada y la pared, la incertidumbre lo embargaba; a tanto llegó su descreimiento que alguna vez se le pasó por la cabeza que Dios no era más que una broma del Diablo, la peor de todas ellas.
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MensajePublicado: Vie Feb 09, 2007 12:07    Asunto: El cínico Responder citando

El cínico está sentado bajo un árbol. Mira como pasan las horas, el mundo es una túnica parda. Sabe que ha de morir, que toda la hora es triste y ha vivido demasiado la paranoia.
Matad al cínico, matad al Mundruk. Si alguien sobra en este mundo es él, si alguien escupe al cielo es él.
Todos estamos muertos, parece que sólo él lo sabe, parece que el cínico está más muerto que el resto; allí adherido a la corteza de un árbol, con miembros que son raíces en penuria.
Hay que matar al cínico. Esa es su sola frase ahora. Respira con dificultad, ya ni en el monte se es más un cínico. Este mundo ha matado a todos los cínicos, a todos los hombres que querían vivir como un perro de orejas celestes, de patas consteladas.
Hay que matar al cínico, ahora que está muerto. Y que vivan los hombres su sueño granito, su Babel de caramelo. Hay que matar al cínico y dormir, como una langosta en su mausoleo.
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MensajePublicado: Vie Feb 23, 2007 09:35    Asunto: Apólogo del miedo Responder citando

Juan Conejo tenía miedo a todas las cosas vivas, Juan Conejo tenía miedo a todo lo muerto, todos los objetos encerraban un azar nefasto; un vértigo le arrastraba día y noche, hasta en sueños, por un lodazal de espanto donde reinaba la desolación. Juan Conejo era el hombre más solo del mundo, especialmente sentía temor a las personas vivas, con los muertos era otra cosa. Antes no era tan solitario, cuando era párroco, ahora, que se había quedado en teólogo a secas, las cosas marchaban espantadamente.
Juan Conejo conoció la secta que adoraba a Zacarías Belcebú, uno de los diversos avatares del Diablo, y su miedo se redujo bastante. Aprendió que Dios y el Diablo son dos caras de la misma moneda, que en las reticencias de Dios es el Diablo quien habla; quien sólo tenga oídos para uno de los dos morirá in albis. Los heresiarcas defendían que Zacarías Belcebú era más real que Cristo, pues había venido al mundo en espíritu y no en cuerpo. A Juan Conejo se le llegó a aparecer Zacarías Belcebú, y supo entonces que el Diablo no miente, que el diablo simplemente habla y habla, y sus palabras son un azar que se confunden con el reflujo del mundo. El Diablo nunca se oculta, Dios lo hace continuamente. Llegan aún más lejos los Zacarinos, dicen: no hay más Dios que en el Diablo. Quien pueda entender estas palabras que las entienda.
Juan Conejo conoció al Mundruk, el que desentraña las vísceras grises de la Bestia. Habló con él y supo que la genialidad a veces se nos presenta con la máscara de la estulticia. El Mundruk le habló de la venida de la Bestia, le dijo que la manifestación del Diablo sería a los 32 años de su edad, más un año de desolación. El ciclo vital de la Bestia repite el ciclo del mundo. El Mundruk le dijo el nombre del que niega a Cristo, y luego lo olvidó. Sólo Juan Conejo recuerda el nombre de la Bestia, y cierra su boca herméticamente. A Juan Conejo le da un miedo inmenso recordar su nombre, sus huesos se estremecen y sus dientes chirrían, y eso que él no sabe el nombre verdadero, el impronunciable, él sólo sabe el nombre humano. Algunos pronuncian ya su nombre y no lo saben, ni lo sabrán. Juan Conejo piensa, en su momento ellos tendrán mucho más miedo que yo.
Juan Conejo vivía presa del miedo, especialmente tenía miedo de su sombra y de su reflejo, éste lo mató una noche a la salida de un prostíbulo, Juan Conejo kende de hoer.
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MensajePublicado: Vie Mar 02, 2007 09:46    Asunto: Crepúsculo Responder citando

En toda la noche no había pegado ojo. Un sin fin de pensamientos dispersos se agolpaban en mi mente como un torbellino atroz. La vorágine me arrastraba a las ideas más descabelladas. Pensaba que era un monstruo y me recreaba masticando la carne de hembra, vilipendiando a los seres humanos, como si yo fuera de otra especie. Pensaba que mi vida había sido un martirio frío y calculado, se me había dado pábilo para sacrificarme cuando llegase la hora propicia. Veía mi entorno como una colmena, algunos hombres y mujeres eran de una clase, otros de otra, todas las clases se complementaban, unos eran creadores y directores, otros poco más que esclavos. Yo era un zángano, un ser inútil que puede crear otros seres, que es alimentado y que una vez que cumple su misión es sacrificado por el bien general. Paladeaba esta vida de insecto con placer, imaginando cuales de las mujeres que conocía eran las que pertenecían a mi clase y me estaban destinadas. Una quedaba excluida por un lunar sospechoso, otra por el cabello rizado, otras eran válidas por la caída de ojos o por la prietez del culo. No fue una noche de pesadilla, disfrutaba con las elucubraciones de espanto. Pensaba haber descifrado un código secreto, que siempre ha estado ahí, pero que nadie veía. El hombre era especie más compleja, familia, tribu, pueblo, todo estaba subordinado a un interés general de la especie, interés de valor místico, que lucía con brillantez en pueblos como los egipcios o los aztecas, pueblos que creían que la generación es algo divino. De eso se trataba, era como si hubiera descubierto una vía de mutaciones anímicas a través de las cuales uno se convertía en un ser superior, en un pequeño Dios. Estos eran los pensamientos dominantes, pero había mucho por el camino, muchas muertes y violaciones, muchas palabras sin sentido, y un estribillo que se repetía sin cesar: “essabru miftajulfaraj.”
Me levanté como si hubiese renacido a la vida, las ideas eran más claras, el sol brillaba con más intensidad, el motor del coche sonaba con mayor potencia. No sólo yo era un hombre nuevo, también mi entorno había cambiado.
De esta guisa conduje hasta mi trabajo, ebrio de vida. Allí cada uno de mis compañeros me apareció bajo una luz diferente, cuando miraba a la gente ahora era capaz de penetrar hasta su alma. Noté que me trataban fríamente, con un excesivo respeto, me decían las palabras justas con la mirada baja. En toda la mañana nadie me encargó ningún trabajo, me entretuve corrigiendo unas traducciones y navegando por internet, buscaba qué podía significar las palabras “essabru miftajulfaraj”, si es que significaban algo, quizás en ellas estuviese la clave de lo que me estaba pasando, quizás explicasen por qué me sentía el centro de un complot, como si todo girase a mi alrededor.
Julia llegó tarde a la oficina, con una sonrisa plena, me sonrió y me saludó afablemente, mirándome a los ojos, era la única persona que lo había hecho aquella mañana. Era la primera vez que veía a Julia como una mujer asequible, aunque estuviese casada y tuviese un hijo; antes ni me había fijado en ella, no porque no fuera atractiva, sino porque era algo arisca y parecía tener pensamientos sólo para su familia.
A pesar de no haber dormido me sentía fresco y tenía ganas de hacer cosas, la tormenta de pensamientos había dado paso a una certitud del ánimo. Acabé todas las traducciones atrasadas y me percaté de que aquellas palabras no podía encontrarlas en internet. No se parecían en nada a los idiomas que conocía. Podía ser hindú, árabe, eslavo, o cualquier otra lengua que escapase a mis limitados conocimientos. Consulté diccionarios online y descarté muchas lenguas, a otras me fue imposible acceder, pues utilizaban otros alfabetos. La única manera que se me ocurrió de poder llegar a descifrarlas fue preguntar uno por uno a personas que hablasen lenguas exóticas, a ver si tenía suerte y daba con la adecuada. En primer lugar me centraría en las lenguas semitas, pues me parecían especialmente místicas. Podría ser árabe o hebreo. Conocía a más de un árabe y podía ponerme en contacto con hebreos a través de amigos. Estas palabras me habían venido a la mente de una manera tan intensa que debían tener algún origen y algún sentido, era imposible que me las hubiese inventado yo.
Salí del trabajo a eso de las tres, temprano, mis compañeros aún se afanaban en su trabajo y se quedarían allí al menos una media hora más, pero como yo no estaba sobrecargado me podía permitir el lujo de salir a la hora. Fui a la coche e intenté arrancarlo, no había manera, debía haber algún fallo eléctrico. Salí del auto y me tropecé de manos a boca con Julia.
—Hola.
—No te funciona el coche.
—No consigo arrancarlo, quizás se ha descargado la batería.
—Si quieres te llevo.
—Pensaba llamar al taller.
—A esta hora seguro que no están trabajando. Mejor es que vengas conmigo y esta tarde ya ves lo que haces.
—No me apetece tener que venir aquí otra vez.
—Tendrás que comer digo yo, ven a comer conmigo y luego te traigo de vuelta, no vivo muy lejos de aquí, para entonces ya habrán abierto el taller.
—De acuerdo.
Julia me llevó en su jeep hasta su casa, que se encontraba sólo a un cuarto de hora de distancia. Era una casa terrera con un jardín muy cuidado. Me invitó a entrar y acepté. Me sentía como si el mundo hubiera dejado de girar alrededor del sol.
—Siéntate —me dijo en el salón—. Mientras preparo el almuerzo puedes ver la tele o leer alguna cosa.
—Prefiero ayudarte en la cocina.
—Como quieras.
Estuvimos conversando todo el rato, y en el espacio de una hora había intimado más con ella que en años. En la sobremesa bebimos café y me sentí con la confianza suficiente para hacerle preguntas más íntimas.
—Dónde están tu hijo y tu marido.
—Mi hijo está con su abuela, dentro de un rato lo iré a buscar. Mi marido ya no vive conmigo, dejamos lo nuestro hace cosa de un mes.
—Lo siento.
—No hay por qué. Son cosas que pasan.
Seguimos hablando un rato, me sentía cómodo, estaba hechizado por aquella mujer.
—Tengo que ir a buscar a mi hijo.
—Entonces podrías llevarme hasta el taller, si te coge de paso, si no ya llamaré yo desde la oficina.
—No tienes por qué irte.
Estas palabras fueron como un mazazo, deduje enseguida que esta invitación a quedarme tenías visos de perentoria.
—De acuerdo —dije.
Me quedé en aquella casa aquella tarde, la noche, y el resto de mi vida.


Fui con Julia a la oficina. A ella le gustaba conducir, lo contrario que a mí. Aparcó el jeep cerca de donde estaba aparcado mi coche, desde que se averió llevaba semanas sin que nadie le hubiese puesto la mano encima. Mi situación en la oficina no había variado en todo el tiempo transcurrido desde mi metamorfosis, seguían sin encomendarme tareas, me tenían parado y tácitamente se suponía que podía hacer con mi tiempo lo que me viniera en gana. Al principio pensé que habían prescindo de mis servicios y que pronto me despedirían, intuición que pareció cumplirse cuando Julia me dijo que pensaban contratar otro traductor. No fue así, al poco tiempo de comenzar éste me renovaron el contrato, y pude ver con asombro y cierta rabia como el nuevo empleado venía a ejercer mis funciones en la empresa. La situación se me hacía insoportable porque no sabía a qué atenerme. Cuando le preguntaba a Julia me decía que el trabajo ya vendría, que diese tiempo al tiempo. Ese era el mismo argumento que me daba el jefe, que parecía estar muy incómodo a mi lado y que consideraba buena cualquier excusa que le librase de mí. Así pues, mi posición en la empresa fue la de un convidado de piedra, muy respetado, sobre todo desde que se supo mi relación con Julia, pero del que nadie excepto ella quería saber nada. Lo cierto es que el tiempo pasó y las cosas no cambiaron un ápice. Me sentía aislado en el trabajo, pero fuera de él era lo mismo, la familia y los amigos estaban ahí, pero si no hacía yo por dar el primer paso, nadie me llamaba o iba a verme. Todos parecían cubiertos de un misterioso halo de frialdad hacia mí. La única persona que era afable conmigo era Julia, ella era incapaz de darme una explicación de lo que ocurría, creía que eran invenciones mías. La situación era áspera, pero tenía sus ventajas. Nadie me molestaba y podía dedicar todo el tiempo a mis escritos. Lo personal estaba completamente colmado por Julia y su hijo.
El día de trabajo pasó rápido. Al crepúsculo me senté con Julia y su hijo en la terraza. El sol brillaba entre las nubes con un apagado color rojizo, daba gusto mirar como las tonalidades se iban tornando grisáceas, como la luz se iba eclipsando en una vomitona de color ocre. Julia hojeaba una revista mientras vigilaba a su hijo de tres años, que progresaba a trompicones por entre la terraza y el jardín. La hora era propicia y las ideas me asaltaban aprovechando mi indefensión. Ya sabía que significa “essabru miftajulfaraj”, me lo dijo un árabe, quiere decir la paciencia es la llave de la alegría. La frase había resonado con fuerza en mis oídos, aclaraba muchas cosas y embrollaba muchas más. Para entonces tuve una sospecha y rebusqué en un libro que había leído hacía un par de años, era cierto, la frase esta allí, lo que había hecho era recordarla, ninguna instancia divina me la había insinuado, si es que el subconsciente no es divino. Quizás le estaba dando demasiado importancia a las cosas, si todo pintaba así por qué revelarme. Que tenía una mujer y un hijo, pues a disfrutarlos. Que el mundo me había dado la espalda y la gente parecía estar contra mí, pues nada, a hacer de tripas corazón, y a comer las heces endulzadas con miel. De que me vale pensar, conjeturar esto o aquello, soy lo que soy y nada más, y Julia está ahí, sentada a mi lado, y me quiere.


Del abismo surgió un dragón, su boca toda espumas de fuego, iba arrasando el mundo y devorando al hijo del hombre, acabando con la estirpe que desde milenios había gobernado sobre la tierra. El dragón del abismo encaró a la Bestia venida del cielo, ambos forcejearon noche y día, escupiendo sangre y fuego, pateando las landas y los mares, absortos en la embestida. La Bestia venció la pugna, derribó al dragón y vomitó a un hombre. El hombre encaró a la Bestia y le arrancó un ojo, se sentó sobre él y bendijo el mundo. El mundo se abrió en dos y se entregó hecho un ovillo al hijo de la Bestia.


Ahora vivo de los sueños. Los hombres me aborrecen. Ha llegado el punto en que la gente se aparta de mi camino. Un extremado odio reverencial ha nacido en el prójimo. Me siento maldito. Del trabajo nadie me echa, allí estoy, pero tampoco nadie me acoge. Julia me sigue amando, es cierto, pero teme acostarse a mi lado, vivimos separados en la misma casa. Le pasa como al resto, ni me echa ni me acoge. Soy un hombre solo y uno, no una Bestia trina, por qué el hombre no me acoge?
La noticia que se rumoreaba desde hacia semanas se hizo oficial ayer. El meteorito caerá sobre la tierra, la Bestia engullirá al mundo. El eterno crepúsculo se avecina. Hoy sé quién soy.
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MensajePublicado: Vie Mar 09, 2007 12:48    Asunto: El auto Responder citando

Juan abrió la puerta del garaje y contempló su flamante Mercedes último modelo. Hacía sólo una semana que lo había estrenado y aún se le ponía la carne de gallina cuando lo miraba. La decisión fue repentina y sorprendió a todos sus amigos; Juan odiaba los coches, se había sacado el carnet de conducir a regañadientes por motivos del trabajo, nadie pensó que se entusiasmara tanto con los coches que se llegase a comprar uno de lujo. Poco antes su novia había roto con él, y se quedó sólo en la casa justo cuando se suponía que iban a casarse. Juan se agarró un berrinche y sólo se olvidó del asunto cuando se compró el auto, el primero que tenía.
Puso en funcionamiento el CD y los primeros acordes de la Primavera de Vivaldi comenzaron a sonar. Arrancó y escuchó extasiado como las vibraciones del motor se superponían a la música barroca. Se sentía el hombre más feliz del mundo viéndose a los mandos de aquel auto. Condujo carretera abajo a través del barrio residencial, rodeado por las largas sombras que provocaban las primeras luces de la mañana. Un paseo de unos 20 kilómetros le esperaba antes de llega a su puesto de trabajo.
Todo fue como la seda hasta llegar a la autopista, allí se encontró con un embotellamiento. Era temprano y todavía no se había ajuntado un número importante de autos, el atasco enseguida empezó a descongestionarse y Juan vio a unos quinientos metros el motivo del mismo, un Opel Corsa había colisionado con una furgoneta, la policía, el personal sanitario y de ayuda en carretera estaban ajetreados controlando la situación. Juan salió definitivamente del atasco y pisó el acelerador, 120, 140, 160km/h, iba embalado y sin embargo el coche parecía inmóvil, sin vibraciones, herméticamente cerrado era inmune al exterior. En esto lo adelanto un turismo que debía ir al menos a 180km/h, siguió unos 200 metros y luego se estalló de pronto contra la mediana. Juan lo esquivó como pudo y vio a través del retrovisor que un coche de la Guardia Civil venía detrás de él y se había parado en el arcén. A partir de entonces Juan cogió miedo y no pasó de los 100km/h.
El trafico volvió a estancarse, los coches casi ni se movían, había acontecido un accidente múltiple. Juan tardó dos horas en llegar al trabajo. Aparcó con alivio y entró al edificio con cara de pocos amigos, las circunstancias de la carretera le habían puesto de mal humor. A la entrada del despacho había un corrillo que hablaba acaloradamente, Juan se paró a escuchar.
—Es una cosa increíble —hablaba uno de bigote—, los conductores pierden el control del coche, los frenos no funcionan, el acelerador va por su cuenta. Desde la noche ha habido cientos de accidentes.
—Y qué puede ser? —preguntó otro.
—Nadie lo sabe —respondió otro—. En la radio han dicho que tal vez una banda de criminales se haya dedicado a manipular los coches. Con la intención de aterrorizar a la gente y pedir dinero.
—Eso es una tontería —volvió el de bigote—. Qué gana nadie con los accidentes, además estaríamos hablando no de uno ni de diez, sino de al menos de ochenta o noventa tipos metiéndose en los coches toda la noche, y que yo sepa nadie ha visto nada. Al venir aquí me fallaron los frenos y no me maté de milagro; yo dejo el coche en el garaje, mi propio garaje en la planta baja de la casa, y anoche ni ladraron los perros ni sonó la alarma, ni nada de nada. A mí que no me vengan con cuentos, aquí pasa algo muy raro, seguro que nos están ocultando algo.
Aquel día se trabajó poco, todo el mundo estaba conmocionado por los accidentes automovilísticos. Las víctimas se contaban a cientos, los heridos a miles. Se había decretado el estado de emergencia.
Juan salió de trabajar y fue al coche, esta vez no le salieron chibiritas de los ojos al mirarlo, le pareció una máquina endemoniada, una mala bestia, así es como veía los autos antes de encapricharse con aquel Mercedes. Condujo de vuelta a la casa, iba a 20km/h por la autopista, esa era la velocidad que el miedo les inspiraba a los conductores. En los márgenes de la carretera se hacinaban los coches accidentados, los cadáveres a medio rescatar y las ambulancias rezongonas.
Aparcó en el garaje. Sacó la llave del contacto e intentó abrir la puerta del coche, no pudo, el seguro se había bajado solo, lo levantó e intentó abrir de nuevo, el cierre seguía sin ceder. Intentó con la puerta del acompañante, y con las traseras, todo inútil, era imposible abrir, estaba encerrado en el coche. Puso la llave en el contacto y la giró, el sistema eléctrico estaba kaputt.
—Maldita bestia —dijo en voz alta.
De repente el CD se puso en marcha por sí solo y comenzó a sonar la Primavera de Vivaldi. Juan se echó hacia atrás en el asiento, respiró con fuerza y enlazó sus manos en el volante. Se preguntaba si los coches tenían alma.
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pybarria
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MensajePublicado: Vie Mar 16, 2007 10:03    Asunto: El caos Responder citando

La primera vez que lo noté fue al salir de casa, el felpudo estaba dado la vuelta, en ese momento no reparé en ello, cualquier gracioso aburrido podría haberlo hecho. Más inquietante fue cuando me tropecé con un amigo y al preguntarle qué tal estaba me respondió que eran ya las once. Las cosas ya no ocupan su lugar habitual, el cepillo de dientes está siempre sobre el lavamanos y no en el vaso, donde yo lo pongo, estoy cansado de llenar el salero y encontrármelo al día siguiente vacío. Todo está patas arriba, en la oficina los ficheros son un verdadero caos, es más fácil encontrar un nombre buscándolo al azar que por el orden supuesto. Lo peor es que nadie parece darse cuenta, las conversaciones son descabaladas, los coches van en sentido contrario, y todo es para ellos de lo más normal. Cuando he intentado percatar a alguien del desorden imperante acaba hablando de la muralla china.
Yo no sé que va a ser de nosotros, si esto sigue así el hombre ya no va a tener donde cobijar el alma.
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MensajePublicado: Sab Nov 08, 2008 19:16    Asunto: Responder citando

Podeis comprar un libro mío, o si no descargarlo, aquí mismo

http://www.lulu.com/content/4655592
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MensajePublicado: Sab Oct 09, 2010 04:55    Asunto: Extracción de la piedra de la locura Responder citando

Prefacio

Yo he estado loco, y quizás lo siga estando, pues yo no pienso con un patoso silogismo aristotélico, yo pienso con lógica difusa abarcante. Y pienso y soy el término de incertidumbre. Y véase como me entierro a mí mismo pues comienzo este libro arremetiendo con mi terminología. Hermética como pocas, pero en un momento será enseñada en las escuelas.
Aquí trato simple, en trechos no extensos un poco de mi vida y de mi ciencia, que son absolutamente inseparables. Y lo hago con humildad, pues lo escribo, si fuera orgulloso lo guardaría para mí. Pero no, estas piedras de la locura pertenecen al mundo lo mismo que yo. Porque si se es lo loco o se es genio se deja de ser individuo.
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pybarria
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MensajePublicado: Sab Oct 16, 2010 10:39    Asunto: Extracción de la piedra de la locura Responder citando

Noche de San Pedro

Me sentía arrebatado. Aquella no che pensaba que todos me espiaban, que habían puesto micrófonos y cámaras en mi habitación. Y todo era para burlarse de mí, para sacarme la sangre y jugar a las tabas con mis falanges. Y yo deliraba, porque estaba loco y no podía parar de pensar, perturbar mi demencia. A veces he estado loco, pero no como aquella noche de San Pedro en que cumplí los 32 años de mi edad. Aquella noche era especial y me sentí uno en el mundo y en el infierno. Me achicharré de medio cuerpo porque entré en la lámina de cristal del averno, un incandescente lago de azufre. De medio cuerpo longitudinal, que separaba en dos mi alzada. Al día siguiente cuando alguien me hablaba al costado izquierdo yo respondía con voz de demonio en una lengua que no se enseña y que un siquiatra describió como árabe.
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