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Incoherencias


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Autor Mensaje
Josefina Ferrero Castro
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Registrado: 26 May 2001
Mensajes: 26
Ubicación: Valencia España

MensajePublicado: Sab Nov 25, 2006 12:32    Asunto: Incoherencias Responder citando

Transcurrió mucha vida por aquellos balcones, mucha, de la cotidiana y de la otra, e incluso anecdótica ironía en un barrio en que confluían tantos contrastes. Allí vivían juntas, pero no revueltas, diferentes clases sociales, esto lo atestigua quien testigo fue de excepción, como testigo de escepticismo indudable hoy contempla la despersonalización de un ámbito, la desaparición de unos valores intrínsecos, la anulación de una atmósfera por la voracidad de los nuevos modus vivendi: la cultura a que nos aboca en nuestro salón familiar diariamente la pantalla del televisor, dígase del catastrofismo diario, las guerras, televisadas como si de seriales televisivos se tratase, realittis shous... ¿Qué decir que no sea ya del dominio público? Y que predomina sobre la sociedad de consumo, ya que ante el horrendo panorama que nos brindan las encarnizadas matanzas y los odios más desatados, el ser humano se decanta por la frivolidad del cotilleo desquiciado de alarmantes características. Se convierten así pues, las televisiones sobre todo, en multitudinarios, en audiencia, patios de cotilleo.
Indigna sobremanera ver a periodistas que suponemos, han estudiado una carrera universitaria, micrófono en ristre lanzados en vertiginosas carreras pedestres y motorizadas tras los famosos de turno. Famosos que, aparentemente, van huyendo de estos asaltantes de intimidades, pero cada día surgen nuevos elementos que se añaden al culebrón, al eterno culebrón, del que por supuesto sacan sustanciosas tajadas, en el plano económico y a costa casi siempre de los contribuyentes.
Ahora me decanto por volver la mirada del retrovisor de mis recuerdos sobre los tiempos en que estuvo anclada mi infancia y mi juventud, aunque deba reconocer que ello sea un síntoma de vejez... Sí, lo será, pero cierro los ojos y como un film, en blanco y negro, desfilan por mi mente todos aquellos personajes que desaparecieron, y, a los que seguiremos cuando Dios quiera, o quizás, cuando un devoto de Ala, se inmole a nuestro lado con, para él, el loable empeño de alcanzar esa gloria bendita que tienen prometida en qué se yo qué dimensión perdida del universo.
Zona menestral, aquel distrito, al tiempo que burgués y bohemio (hoy palabras en desuso casi todas) y aristocrático, bullía de vida aquella zona característica de la ciudad.
En sus calles concurridas, repletas de tiendecillas podía encontrarse todo, lo fundamental y lo superfluo, panaderías, ultramarinos, droguerías, mercerías, farmacias, librerías, quioscos, tiendas de tejidos, las bodegas, donde además de vino a granel se compraba el aceite de oliva por octavos, ¿Qué se puede cocinar con un octavo de aceite?.
Populosas salas de cine en las que por un par de pesetas podían verse tres películas, censuradas como Dios manda, por supuesto, y el Teatro del Patronato de la Juventud Obrera. Todas las zarzuelas del repertorio español fueron allí representadas por magníficos interpretes líricos que desde esta pequeña y acogedora sala deleitaron con sus actuaciones a los melómanos de los alrededores. Muchos de aquellos cantantes lograron con el tiempo saltar hacia más altos designios.

La Escuela de Bellas Artes y La Escuela de Artes y Oficios situadas en el corazón de nuestro barrio dieron también, durante aquellos años su fruto en lo que a grandes artistas de nuestro tiempo se refiere. Muchos eran los jóvenes que luego de una jornada de trabajo de ocho horas dedicaban el tiempo de ocio a diferentes facetas del Arte que allí se les ofrecía bajo la tutela de profesores que eran verdaderos artistas consagrados en sus materias.
Una pequeña ciudad incrustada en la gran urbe era aquel barrio, además, tan vinculado, que no se sabía muy bien dónde terminaba uno y comenzaba la otra.

Los denominados burgueses eran fácilmente visibles, con sus más o menos pequeños negocios, o los artistas y escritores que tan entrañables recuerdos dejaron de su paso discreto por los días, imbuidos, posiblemente, en el sueño de sus creaciones. No eran éstos apenas visibles. Con los años quedaron las muestras de su presencia en piedras honorables que como homenaje de sus vidas dedicadas a diferentes materias del Arte o de la Ciencia les brindaron las pertinentes instituciones.

Cuando el Turia, allá por el año cincuenta y siete irrumpió en nuestras vidas una desapacible noche de octubre, causó, en principio, una extraña sorpresa. Ver aquel insidioso charquito que avanzaba e invadía las calles, oír, en el presagio de un aciago sueño: ¡es el río! que exclamaban los exaltados vecinos despertándose unos a otros con aquella oscura algarabía, creer, en principio, que aquella pérfida lengüita de agua sólo pretendiera remojar el asfalto tras el recién pasado verano, permanecer desesperanzados mirando crecer y crecer durante horas el nivel de agua rojiza, contemplar aterrados todo lo que arrastraba aquella furiosa corriente de agua: Restos de árboles, productos del campo, animales muertos. Rogar desde lo profundo de nuestros corazones que cesara el destrozo de todas las puertas de plantas bajas, cuyo uso, en su mayoría, era comercial o artesanal, y con la fuerza de la corriente, arrancando del interior de casas y comercios productos y muebles. Los propietarios, milagrosamente a salvo, desde los balcones, desesperados veían perderse estrepitosamente sus pertenencias entre la tumultuosa y cenagosa corriente fluvial.

Observar cómo un niño lloraba desconsolado al ver salir, entre los hierros retorcidos del destrozado portón, su bicicleta, arrastrada por la corriente al igual que tantos enseres, perdiéndose en el inmenso lodazal en que se había convertido aquel apacible lugar, donde sólo unas horas antes latían el bullicio de las horas sencillas. Sueños, siempre sueños, en un futuro mejor a costa del cotidiano trabajo.
Mas tarde, rotas, sobrevolaron las ilusiones por calles y plazas arrastradas por un tufo nauseabundo que emergía de sucios montículos de materia putrefacta acumulada en el centro de las calles. Barro inmundo depositado por las feroces aguas, que nadie imaginaba qué podía albergarse bajo él. No fue instantáneo el desánimo. Un sentimiento de solidaridad hizo acto de presencia entre los vecinos de aquella y otras zonas afectadas. Era primordial salir adelante, ver en que quedaba aquello.

Fueron los días venideros los que nos hicieron ver la magnitud de la desgracia y concienciarnos de cuánto tardaríamos en volver a la normalidad.
Comentario preliminar éste que sirve para situar algunos sucesos en el contexto del tiempo. Hoy suelen predecirse casi con absoluta seguridad los riesgos de fuertes lluvias, la llamada “Gota Fría”.

Hasta entonces los balcones de aquella calle eran pequeños jardines colgantes: geranios, claveles reventones, murcianas, enredaderas donde caía un sol inclemente, y en los más umbríos, otras variedades más delicadas. La mamá de Mari Pepa cultivaba hortensias. Una gozada. Nadie podía conseguir como ella la esplendorosa lozanía de aquellos macetones. A pesar de que por aquellos lugares también la envidia dejaba sentir su amarga hiel, y las bellísimas flores una mañana aparecieron requemadas posiblemente a causa de un mortífero ácido que le fue lanzado desde arriba.

Cuántos quebraderos de cabeza nos procuró Faustina. Un buen día le disparó con una pistola de agua un chorro de lejía al equipo azul de mecánico que su vecina había tendido en la galería, y huelga señalar cuál fue el resultado de tamaña pérfida faena, y cómo quedaron las prendas para asombro de quien el lunes había de usarlas para su cotidiano y honrado trabajo. No puede un hombre de bien presentarse en su taller de mecánico con el atuendo azul oscuro todo lleno de rodales rojizos y decir: lo siento, mi vecina, que es una mala pécora, se ha divertido como una enana lanzando lejía desde su galería a mi uniforme de trabajo. De tal manera hubo de ser comprado con carácter de urgencia equipo nuevo, mientras el damnificado por la infantiloide libertina era llevado al tinte.

Mujer especial ésta, ¿cómo definirla?. Llegó al barrio recién casada, buena moza, pero zafia. Según comentarios de vecinos (normal de aquella época, ya que no había televisión) había sido sirvienta en casa de su marido, el cual también resultó ser un “tarugo” o más bien la oveja negra de su casa.

Solían llegar muy tarde a su retiro. De madrugada, pero borrachos e insultándose. Las palizas que se propinaban eran de espanto. El maltrato era mutuo. Solían ambos mostrar señales muy visibles como resultado de aquellas refriegas, y, para que a los vecinos les tocase parte del festín, con la ayuda de alguna escoba atizaban golpes al techo y a las paredes y al suelo, “piropeando a los vecinos” con lo más sonado y grueso de nuestro idioma, (entonces aún Don Camilo no había publicado su diccionario de tacos)
Otros días el marido desaparecía, y, comprobaron las vecinas que la tal Faustina recibía alguna visita masculina. Gran estupor producía esto en aquellas sencillas almas y hasta hubo quien se tomó la molestia de, con mucha cautela, seguirles una noche. Descubrieron que trabajaba, ella, en un burdel al que era acompañada por tan ilustre esposo, y más tarde, galante él, volvía a recogerla. Por tal circunstancia esas horas de llegar en la madrugada al hogar. Las borracheras. Aquel estropicio.

Mi nombre es Candelita y mi situación en la historia era la de una adolescente, amiga de Mari Pepa y hermana de Manoli, o sea, que las hortensias estaban en el primer piso, Faustina en el segundo y nosotros en el tercero, donde se secaba al sol el atuendo azul de mecánico, salpicado de lejía de nuestro padre.

Eran unos tiempos que, aunque tuviéramos quince años, éramos muy inocentes, al menos eso era lo que se esperaba de nosotras. Oíamos comentarios y se suponía que no nos enterábamos de nada, y no es que fuésemos muy espabiladas, pero algo captábamos. Recuerdo una tarde de verano que al asomarme al balcón me llamó la atención la presencia de un viejo muy peculiar plantado en la esquina, junto al quiosco, era atildado en extremo, vestía traje gris y un sombrero del mismo color. Se apoyaba en un bastón. Esperaba. Al verle caí cuenta de que ya le había visto allí otras veces y un presentimiento pasó por mi mente fantasiosa y novelera:-- Ese abuelete –me dije—viene a casa de Faustina. Sin pensarlo, o más bien pensándolo, hice una prueba que era una travesura muy atrevida, salí a la escalera con sigilo y tiré de la cuerda de abrir la puerta del patio y desde arriba pude ver a los dos segundos al anciano subiendo la escalera creyendo que le daban la señal de paso, suponiendo por pura lógica que exista dicha señal. Más cuando llegó al rellano y encontró la puerta de su amada cerrada, desde arriba le vi, apresurado, atolondrado bajando los escalones. Aquel día descubrí que no sólo en las películas “pasan cosas” ni en las novelas. De cualquier manera la vida sigue dándome lecciones continuamente y razón tiene esa frase que dice: La realidad supera muchas veces a la ficción.

Esta travesura nunca la confesé a nadie. Causó una tremenda conmoción en mi ánimo. Entnces era yo un alma cándida y virtuosa, siempre confesano mis pecados, comulgando en ayunas, y me atormentaba en extremo el destino de aquella pecadora. Horrorizada, pensaba más tarde: qué hubiese ocurrido si me llegan a descubrir... Nunca más intenté hacer pruebas de tal calibre.
Fue también esta mujer responsable de la muerte de una adolescente. Terrible muerte por interceder en la práctica de un aborto salvaje. Nuestra vecina era una arpía. Traficaba con menores. Hijas de las familias más ignorantes y más necesitadas. La propia madre de la niña ejercía trabajos de criada en casa de Faustina. Refunfuñaba. En su rudeza, harta de su servidumbre, creía, para su hija, mejor destino verla de prostituta que no como ella, quitando mierda cada día para ganar un salario de miseria.

La niña murió desangrada en manos de una de aquellas mujeres que en tiempos de oscurantismo se prestaban para tales menesteres y ejercían en condiciones sobrecogedoras, algunas veces sobre la fría mesa de mármol de una sucia cocina, y cuyo resultado, la mayoría de las veces, fuese la dantesca carnecería de la que fue víctima la inocente joven: Consiguió, tan sórdido ser, que nunca, su hija, fuese sirvienta de nadie.


Ultima edición por Josefina Ferrero Castro el Jue Nov 30, 2006 05:49, editado 3 veces
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Cultor
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Registrado: 25 Mar 2006
Mensajes: 2103

MensajePublicado: Sab Nov 25, 2006 19:52    Asunto: Responder citando

Magnífico. Y nada incoherente. O con la incoherencia segura de los recuerdos, que son algo así como sueños de despiertos.
Una prosa larga, de buen aliento, tajada suculenta de algo mayor.
Recorrí con mucho placer el vericueto memorioso que nos proponés, hasta la tardía aparición de la narradora, Candelita, que ilumina con la luz de una conciencia eso narrado.
Hay un tempo particular en la escansión de las oraciones, gracias a las comas, que detienen y pausan la lectura:

Descubrieron que trabajaba, ella, en un burdel al que era acompañada por tan ilustre esposo, y más tarde, galante él, volvía a recogerla.

En su rudeza, harta de su servidumbre, creía, para su hija, mejor destino verla de prostituta que no como ella, quitando mierda cada día para ganar un salario de miseria.

La descripción de las inundaciones del Turia son estupendas. Da la exacta idea del crescendo trágico de las aguas y sus consecuencias. Mínimas cositas ortográficas no afectan la seguridad de la prosa aunque convendría revisarlas:

Ver aquel insidioso charquito que avanzaba e invadía las calles, oír, en el presagio de un aciago sueño: ¡es el río! que exclamaban los exaltados vecinos despertándose unos a otros con aquella oscura algarabía, creer, en principio, que aquella pérfida lengüita de agua sólo pretendiera remojar el asfalto tras el recién pasado verano, permanecer desesperanzados mirando crecer y crecer durante horas el nivel de agua rojiza, contemplar aterrados todo lo que arrastraba aquella furiosa corriente de agua: Restos de árboles, productos del campo, animales muertos.

Curioso: busqué en Encarta lo del río Turia, para ilustrarme, y encontré esta descripción, no sé si muy real, pero seguramente de influencia ferlosiana. Hoy día se puede encontrar cualquier cosa en cualquier lado:

Turia, río español, de 243 km. de longitud, que recorre las provincias de Teruel (comunidad autónoma de Aragón), Cuenca (Castilla-La Mancha) y Valencia (Comunidad Valenciana). Está formado por dos ramas madres, la principal o Guadalaviar, que nace en los Montes Universales, (como el Tajo, Júcar y Cabriel), dentro del sistema Ibérico, y después de pasar por Albarracín llega a Teruel, donde se le unirá la segunda, el Alfambra, y ya se denominará Turia. Después de atravesar el Rincón de Ademuz, penetra en Valencia y riega la Huerta valenciana, para finalmente desembocar en el Mediterráneo, al sur de Valencia. De caudales tremendamente irregulares se ha creado un cauce artificial que evita la ciudad de Valencia. En verano, sangrado por el riego, apenas llega al mar.

Menos efectiva me parece la historia del vejete, que medio queda en nada o, en todo caso, en un arrepentimiento trivial y no demasiado influyente.
Pero soberbio, en su dureza e imprevisibilidad, el final de este fragmento de vida conventillesca.

Aquella niña murió desangrada en manos de una de aquellas mujeres que en tiempos de oscurantismo se prestaban para tales menesteres y ejercían en condiciones sobrecogedoras, algunas veces sobre la fría mesa de mármol de una sucia cocina, y cuyo resultado, la mayoría de las veces, fuese como el sucedido con aquella niña: Consiguió, aquella madre, que nunca, su hija, fuese sirvienta de nadie.

En suma, que me gustó y me gustaría seguir leyendo aun esta historia, a ver de dónde vino y a dónde lleva. Y cómo, que tal vez es lo más importante.
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Josefina Ferrero Castro
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Registrado: 26 May 2001
Mensajes: 26
Ubicación: Valencia España

MensajePublicado: Lun Nov 27, 2006 08:53    Asunto: Responder citando

Muchas gracias por tu comentario Cultor. Es la primera vez que me atrevo a escribir un texto con mi nombre. Mi timidez y falta de seguridad, hasta ahora, me obligan a intervenir de vez en cuando con algún seudónimo, pero tu análisis me ha causado sorpresa y alegría.

Como no soy escritora, sino que me encanta escribir, hay detalles que me falta perfilar. Por ejemplo la sensación que parece ser que la narradora deja del ambiente conventillesco, aunque no lo fuera, pero no importa si la historia en sí ha merecido esa atención tuya tan amable.
Ahora quiero analizar bien tus comentarios, de los que, estoy segura, me van a servir de mucha ayuda.

Puede que dentro de unos días tenga disponible un fragmento cuyo argumento se sitúa en los mismos años.

Un saludo
Josefina.
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PK2
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Registrado: 28 May 2001
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MensajePublicado: Lun Nov 27, 2006 10:37    Asunto: Re: Incoherencias Responder citando

repetido. Disculpen.

Ultima edición por PK2 el Lun Nov 27, 2006 10:42, editado 1 vez
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PK2
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Registrado: 28 May 2001
Mensajes: 6049
Ubicación: Santiago, Chile

MensajePublicado: Lun Nov 27, 2006 10:40    Asunto: Re: Incoherencias Responder citando

Josefina Ferrero Castro escribió:
Transcurrió mucha vida por aquellos balcones, mucha, de la cotidiana y de la otra, e incluso anecdótica ironía en un barrio en que confluían tantos contrastes. Allí vivían juntas, pero no revueltas, diferentes clases sociales, esto lo atestigua quien testigo fue de excepción, como testigo de escepticismo indudable hoy contempla la despersonalización de un ámbito, la desaparición de unos valores intrínsecos, la anulación de una atmósfera por la voracidad de los nuevos modus vivendi: la cultura a que nos aboca en nuestro salón familiar diariamente la pantalla del televisor, dígase del catastrofismo diario, las guerras, televisadas como si de seriales televisivos se tratase, realittis shous... ¿Qué decir que no sea ya del dominio público? Y que predomina sobre la sociedad de consumo, ya que ante el horrendo panorama que nos brindan las encarnizadas matanzas y los odios más desatados, el ser humano se decanta por la frivolidad del cotilleo desquiciado de alarmantes características. Se convierten así pues, las televisiones sobre todo, en multitudinarios, en audiencia, patios de cotilleo.
Indigna sobremanera ver a periodistas que suponemos, han estudiado una carrera universitaria, micrófono en ristre lanzados en vertiginosas carreras pedestres y motorizadas tras los famosos de turno. Famosos que, aparentemente, van huyendo de estos asaltantes de intimidades, pero cada día surgen nuevos elementos que se añaden al culebrón, al eterno culebrón, del que por supuesto sacan sustanciosas tajadas, en el plano económico y a costa casi siempre de los contribuyentes.
Ahora me decanto por volver la mirada del retrovisor de mis recuerdos sobre los tiempos en que estuvo anclada mi infancia y mi juventud, aunque deba reconocer que ello sea un síntoma de vejez... Sí, lo será, pero cierro los ojos y como un film, en blanco y negro, desfilan por mi mente todos aquellos personajes que desaparecieron, y, a los que seguiremos cuando Dios quiera, o quizás, cuando un devoto de Ala, se inmole a nuestro lado con, para él, el loable empeño de alcanzar esa gloria bendita que tienen prometida en qué se yo qué dimensión perdida del universo.
Zona menestral, aquel distrito, al tiempo que burgués y bohemio (hoy palabras en desuso casi todas) y aristocrático, bullía de vida aquella zona característica de la ciudad.
En sus calles concurridas, repletas de tiendecillas podía encontrarse todo, lo fundamental y lo superfluo, panaderías, ultramarinos, droguerías, mercerías, farmacias, librerías, quioscos, tiendas de tejidos, las bodegas, donde además de vino a granel se compraba el aceite de oliva por octavos, ¿Qué se puede cocinar con un octavo de aceite?.
Populosas salas de cine en las que por un par de pesetas podían verse tres películas, censuradas como Dios manda, por supuesto, y el Teatro del Patronato de la Juventud Obrera. Todas las zarzuelas del repertorio español fueron allí representadas por magníficos interpretes líricos que desde esta pequeña y acogedora sala deleitaron con sus actuaciones a los melómanos de los alrededores. Muchos de aquellos cantantes lograron con el tiempo saltar hacia más altos designios.

La Escuela de Bellas Artes y La Escuela de Artes y Oficios situadas en el corazón de nuestro barrio dieron también, durante aquellos años su fruto en lo que a grandes artistas de nuestro tiempo se refiere. Muchos eran los jóvenes que luego de una jornada de trabajo de ocho horas dedicaban el tiempo de ocio a diferentes facetas del Arte que allí se les ofrecía bajo la tutela de profesores que eran verdaderos artistas consagrados en sus materias.
Una pequeña ciudad incrustada en la gran urbe era aquel barrio, además, tan vinculado, que no se sabía muy bien dónde terminaba uno y comenzaba la otra.

Los denominados burgueses eran fácilmente visibles, con sus más o menos pequeños negocios, o los artistas y escritores que tan entrañables recuerdos dejaron de su paso discreto por los días, imbuidos, posiblemente, en el sueño de sus creaciones. No eran éstos apenas visibles. Con los años quedaron las muestras de su presencia en piedras honorables que como homenaje de sus vidas dedicadas a diferentes materias del Arte o de la Ciencia les brindaron las pertinentes instituciones.

Cuando el Turia, allá por el año cincuenta y siete irrumpió en nuestras vidas una desapacible noche de octubre, causó, en principio, una extraña sorpresa. Ver aquel insidioso charquito que avanzaba e invadía las calles, oír, en el presagio de un aciago sueño: ¡es el río! que exclamaban los exaltados vecinos despertándose unos a otros con aquella oscura algarabía, creer, en principio, que aquella pérfida lengüita de agua sólo pretendiera remojar el asfalto tras el recién pasado verano, permanecer desesperanzados mirando crecer y crecer durante horas el nivel de agua rojiza, contemplar aterrados todo lo que arrastraba aquella furiosa corriente de agua: Restos de árboles, productos del campo, animales muertos. Rogar desde lo profundo de nuestros corazones que cesara el destrozo de todas las puertas de plantas bajas, cuyo uso, en su mayoría, era comercial o artesanal, y con la fuerza de la corriente, arrancando del interior de casas y comercios productos y muebles. Los propietarios, milagrosamente a salvo, desde los balcones, desesperados veían perderse estrepitosamente sus pertenencias entre la tumultuosa y cenagosa corriente fluvial.

Observar cómo un niño lloraba desconsolado al ver salir, entre los hierros retorcidos del destrozado portón, su bicicleta, arrastrada por la corriente al igual que tantos enseres, perdiéndose en el inmenso lodazal en que se había convertido aquel apacible lugar, donde sólo unas horas antes latían el bullicio de las horas sencillas. Sueños, siempre sueños, en un futuro mejor a costa del cotidiano trabajo.
Mas tarde, rotas, sobrevolaron las ilusiones por calles y plazas arrastradas por un tufo nauseabundo que emergía de sucios montículos de materia putrefacta acumulada en el centro de las calles. Barro inmundo depositado por las feroces aguas, que nadie imaginaba qué podía albergarse bajo él. No fue instantáneo el desánimo. Un sentimiento de solidaridad hizo acto de presencia entre los vecinos de aquella y otras zonas afectadas. Era primordial salir adelante, ver en que quedaba aquello.

Fueron los días venideros los que nos hicieron ver la magnitud de la desgracia y concienciarnos de cuánto tardaríamos en volver a la normalidad.
Comentario preliminar éste que sirve para situar algunos sucesos en el contexto del tiempo. Hoy suelen predecirse casi con absoluta seguridad los riesgos de fuertes lluvias, la llamada “Gota Fría”.

Hasta entonces los balcones de aquella calle eran pequeños jardines colgantes: geranios, claveles reventones, murcianas, enredaderas donde caía un sol inclemente, y en los más umbríos, otras variedades más delicadas. La mamá de Mari Pepa cultivaba hortensias. Una gozada. Nadie podía conseguir como ella la esplendorosa lozanía de aquellos macetones. A pesar de que por aquellos lugares también la envidia dejaba sentir su amarga hiel, y las bellísimas flores una mañana aparecieron requemadas posiblemente a causa de un mortífero ácido que le fue lanzado desde arriba.

Cuántos quebraderos de cabeza nos procuró aquella Lorenza. Un buen día le disparó con una pistola de agua un chorro de lejía al equipo azul de mecánico que su vecina había tendido en la galería, y huelga señalar cuál fue el resultado de tamaña pérfida faena, y cómo quedaron las prendas para asombro de quien el lunes había de usarlas para su cotidiano y honrado trabajo. No puede un hombre de bien presentarse en su taller de mecánico con su atuendo azul oscuro todo lleno de rodales rojizos y decir: lo siento, mi vecina, que es una mala pécora, se ha divertido como una enana lanzando lejía desde su galería a mi uniforme de trabajo. De tal manera hubo de ser comprado con carácter de urgencia uno nuevo, mientras el equipo damnificado por la infantiloide libertina era llevado al tinte.

Mujer especial ésta, ¿cómo definirla?. Llegó al barrio recién casada, buena moza, pero zafia. Según comentarios de vecinos (normal de aquella época, ya que no había televisión) había sido sirvienta en casa de su marido, el cual también resultó ser un “tarugo” o más bien la oveja negra de su casa.

Solían llegar muy tarde a su retiro. De madrugada, pero borrachos e insultándose. Las palizas que se propinaban eran de espanto. El maltrato era mutuo. Solían ambos mostrar señales muy visibles como resultado de aquellas refriegas, y, para que a los vecinos les tocase parte del festín, con la ayuda de alguna escoba atizaban golpes al techo y a las paredes y al suelo, “piropeando a los vecinos” con lo más sonado y grueso de nuestro idioma, (entonces aún Don Camilo no había publicado su diccionario de tacos)
Otros días el marido desaparecía, y, comprobaron las vecinas que la tal Lorenza recibía alguna visita masculina. Gran estupor producía esto en aquellas sencillas almas y hasta hubo quien se tomó la molestia de, con mucha cautela, seguirles una noche. Descubrieron que trabajaba, ella, en un burdel al que era acompañada por tan ilustre esposo, y más tarde, galante él, volvía a recogerla. Por tal circunstancia aquellas horas de llegar en la madrugada al hogar. Aquellas borracheras. Aquel estropicio.

Mi nombre es Candelita y mi situación en la historia era la de una adolescente, amiga de Mari Pepa y hermana de Manoli, o sea, que las hortensias estaban en el primer piso, Lorenza en el segundo y nosotros en el tercero, donde se secaba al sol el atuendo azul de mecánico, salpicado de lejía de nuestro padre.

En aquellos años aunque tuviéramos quince años éramos muy inocentes, al menos eso era lo que se esperaba de nosotras. Oíamos comentarios y se suponía que no nos enterábamos de nada, y no es que fuésemos muy espabiladas, pero algo captábamos. Recuerdo una tarde de verano que al asomarme al balcón me llamó la atención la presencia de un viejo muy peculiar plantado en la esquina, junto al quiosco, era atildado en extremo, vestía traje gris y un sombrero del mismo color. Se apoyaba en un bastón. Esperaba. Al verle caí cuenta de que ya le había visto allí otras veces y un presentimiento pasó por mi mente fantasiosa y novelera:-- Ese abuelete –me dije—viene a casa de Lorenza. Sin pensarlo, o más bien pensándolo, hice una prueba que era una travesura muy atrevida, salí a la escalera con sigilo y tiré de la cuerda de abrir la puerta del patio y desde arriba pude ver a los dos segundos al anciano subiendo la escalera creyendo que le daban la señal de paso, suponiendo por pura lógica que exista dicha señal. Más cuando llegó al rellano y encontró la puerta de su amada cerrada, desde arriba le vi, apresurado, atolondrado bajando los escalones. Aquel día descubrí que no sólo en las películas “pasan cosas” ni en las novelas. De cualquier manera la vida sigue dándome lecciones continuamente y razón tiene esa frase que dice: La realidad supera muchas veces a la ficción.

Esta travesura nunca la confesé a nadie. Causó una tremenda conmoción en mi ánimo. Horrorizada, pensaba más tarde: qué hubiese ocurrido si me llegan a descubrir... Nunca más intenté hacer pruebas de tal calibre.
Fue también esta mujer responsable de la muerte de una adolescente. Terrible muerte por interceder en la práctica de un aborto salvaje. Nuestra vecina era una arpía. Traficaba con menores. Hijas de las familias más ignorantes y más necesitadas. La propia madre de la niña ejercía trabajos de criada en casa de Lorenza. Refunfuñaba. En su rudeza, harta de su servidumbre, creía, para su hija, mejor destino verla de prostituta que no como ella, quitando mierda cada día para ganar un salario de miseria.

Aquella niña murió desangrada en manos de una de aquellas mujeres que en tiempos de oscurantismo se prestaban para tales menesteres y ejercían en condiciones sobrecogedoras, algunas veces sobre la fría mesa de mármol de una sucia cocina, y cuyo resultado, la mayoría de las veces, fuese como el sucedido con aquella niña: Consiguió, aquella madre, que nunca, su hija, fuese sirvienta de nadie.


Bajo mi particular prisma, ocurre con este tabajo que se asfixia en sus pretensiones. La introducción es demasiado larga, puesto que abunda en disquisiciones de autor, como si meditara en voz alta y en un incómodo estilo panfletario. Lo ideal es que las propuestas morales de una historia, sean presentadas por uno o varios de sus personajes, permitiendo que el lector tome o no partido por alguna de ellas, identificándose o reconociendo a otros. El narrador puede expresar una censura o juicio sobre alguno de los personajes, pero no tiene que ser tan dominante que opaque todo el resto del texto.

La narradora secundaria, de tardía aparición como ya señaló CULTOR, vuelve a caer en el mismo error del narrador primario, introduciendo texto e historia innecesaria, o tal vez, redundante.

La verdadera historia, el drama más potente, está apenas esbozado. Fíjate como CULTOR, con su proverbial cortesía, te dice lo mismo que yo en el sentido de que también echa en falta la historia que debió haberse contado.

El texto posee cosas destacables como un adecuado manejo de las descripciones temporales y espaciales, pero carece de mayor acción y diálogo, haciendo descansar todo el peso del cuento en los dos narradores ya citados, y que no lo hacen bien. Si bien se consigue pintar un adecuado cuadro costumbrista, y se nos instala con los pies bien firmes sobre él, después nos quedamos con la sensación de haber visto un bellisimo diaporama en el que los personajes se quedaron inmóviles, sin vida.

Técnicamente, debe resolver ripios como el que señalo aquí: "Aquella niña murió desangrada en manos de una de aquellas mujeres que en tiempos de oscurantismo se prestaban para tales menesteres y ejercían en condiciones sobrecogedoras, algunas veces sobre la fría mesa de mármol de una sucia cocina, y cuyo resultado, la mayoría de las veces, fuese como el sucedido con aquella niña: Consiguió, aquella madre, que nunca, su hija, fuese sirvienta de nadie." Y adicional a la repetición citada, el exceso de comas en la frase final, siendo que debió ser el remate rotundo, lo deja sincopado, restándole fuerza.
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Josefina Ferrero Castro
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MensajePublicado: Lun Nov 27, 2006 12:46    Asunto: Responder citando

He corregido los aquellos
Como ya dije escribo por intuición y desde luego no sé cómo se me han pasado esos fallos.
Los otros debo analizarlos con más calma. La técnica de los narradores no la tengo muy clara, pero intentaré buscar la solución.

Lo cierto es que yo escribí un relato basado en una época lejana, pero si da la sensación de panfletario es debido a mi falta de experiencia.
LO voy a revisar y haré lo que pueda.

Muchas gracias por leer el relato y poner los puntos sobre las íes

Saludos

Josefina
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Josefina Ferrero Castro
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MensajePublicado: Lun Nov 27, 2006 14:10    Asunto: Responder citando

Más tarde, y pensando en este texto, he recordado que cuando le puse título ya era consciente de que había en la narración una especie de caos.

O sea que es un conglomerado de historias que dan la sensación de estar demasiado juntas cosas, quizás, muy diferentes.
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Finita
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Registrado: 27 Nov 2006
Mensajes: 45

MensajePublicado: Jue Nov 30, 2006 06:01    Asunto: Responder citando

He realizado algunas correcciones y cambios. Algunos basados en el mismo texto que tengo en otra versión.
El nombre de la malvada, y pequeños comentarios complementarios.

Por favor PK2, te ruego que me quites ese nombre... no es el de ese personaje, pero no quiero alimentar supusiciones erroneas.

Disculpad las molestias.

Saludos
Josefina
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PK2
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Registrado: 28 May 2001
Mensajes: 6049
Ubicación: Santiago, Chile

MensajePublicado: Jue Dic 07, 2006 19:56    Asunto: Responder citando

Finita escribió:

Por favor PK2, te ruego que me quites ese nombre... no es el de ese personaje, pero no quiero alimentar supusiciones erroneas.



Disculpa, no entiendo qué es lo que me pides que haga.

Embarassed
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Josefina Ferrero Castro
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Registrado: 26 May 2001
Mensajes: 26
Ubicación: Valencia España

MensajePublicado: Vie Mar 28, 2014 09:08    Asunto: Responder citando

PK2, Ya dividí este texto en dos. Más vale tarde.
Muchas gracias por los consejos que tanto me han servido...
Quienes, como yo misma, pretendemos escribir no apreciamos nunca lo suficiente cuan beneficiosa es una crítica de la experiencia.

La verdad es que la memoria puede jugar estas pasadas. Después de tanto tiempo aparece en mi mente las contraseñas.

Un saludo.
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