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Carmen - prosa -


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Autor Mensaje
azulete
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MensajePublicado: Sab Dic 08, 2007 13:22    Asunto: Carmen - prosa - Responder citando

HAY UN MOMENTO Y UN LUGAR PARA TODO

MÉXICO LINDO

El avión despegó y subió por los aires trazando una linea recta hasta colocarse por encima de las nubes. Borreguitos blancos que destacaban en el cielo azul. Eran las 9 en punto de la mañana y Sofía sonreía feliz. Volaba en la compañía Delta Air Lines. (Barcelona – México), haciendo escala en Madrid y Nueva York.
Cuando llegó al aeropuerto Kennedy, después de 7 horas de vuelo, una masa de viajeros le indicó el camino a seguir. Después de hacer cola y sellarle el pasaporte, se dirigió por el laberinto de pasillos buscando una sala, un bar donde poder pasar las 3 horas que le quedaban para volver a embarcar.

Nunca había estado allí, ni siquiera conocía Nueva York. Le sorprendió la mezcla de gente de diversas procedencias, culturas y razas. Parecía un arca de Noé. Toda clase de bultos y paquetes, mochilas y ojos cansados que esperaban inactivos y resignados, gente sencilla y humilde venidos desde cualquier parte del mundo. Algunos parecían llevar la casa encima. América les recibía sin más. Como lugar de paso o como una prueba a superar. Ningún lujo, ningún diseño moderno a resaltar dentro del aeropuerto. Sofía se sorprendió, no lo imaginaba así. Pero su destino no era ese, ella estaba impaciente por llegar a México city. Y no queria que nada ni nadie le estropeara el viaje. Tomó un largo café americano que sabía a aguachirri y se sentó a esperar.


En D. F. su hija Ana y su novio Pol irían al aeropuerto a buscarla para emprender un viaje de vacaciones por el sur del país. Primero dirección a Oaxaca. Allí recogerían a Alba, su hija pequeña que esperaría con Kim en la catedral de la ciudad a las 18h del dia siguiente.

Ese encuentro había sido programado en la distancia, después de tanto tiempo de no verse. Llevaban casi 2 años separadas de su madre, haciendo tesis y doctorados. A Sofía le parecía una maravilla poder reunir a su familia, a una misma hora y en un mismo lugar tan alejado de Barcelona, al otro lado del Atlántico. Se le ponia la carne de gallina sólo de pensarlo.

Llegó con los huesos molidos al aeropuerto de D. F. El cambio de horario y las 6 horas de diferencia solar, la desorientaban. Pero el encuentro con Ana y Pol fue su mejor bálsamo. Un coche alquilado les esperaba y sin apenas enterarse, ya estaban cruzando de punta a punta la gran ciudad. !Madre mia! ( exclamó Sofía) -Esa ciudad nunca se acaba. Era de noche y las luces de neón de los bares y restaurantes iluminaban el camino que parecía dividir la ciudad en dos. Una carretera inmensa y un coche que no acababa de dejarla atrás.

Ya avanzada la noche llegaron a Puebla y allí pernoctaron. Destellos de luz se filtraban por la ventana, de postigos entreabiertos, cuando Sofía se despertó y sin saber muy bien dónde estaba rebobinó los recuerdos del día anterior. Abrió la ventana de par en par y una luz brillante la deslumbró. Ante sus ojos un cielo azul turquesa daba paso a la mañana. Siempre recordará la intensidad de los colores en México. Todos los lugares y todas las personas, en cualquier pueblo o rincón de este país parecian sacados de un cuadro de Frida Kahlo. El estallido de colores aparecía por las esquinas, por las plazas y gentes que paseaban. Después, cuando regresó a Barcelona, pensó que volvía a una película en blanco y negro.

Antes de seguir viaje a Oaxaca, los tres recorrieron Puebla, felices y sin rumbo. Un mercadillo llamó su atención: rústico y con sábanas extendidas en el suelo, donde se exhibian diversos objetos, desde figuras aztecas, manteles bordados con signos de fertilidad, pergaminos y calendarios con signos mayas. Se podía encontrar de todo, incluso tortas, pastelitos y frutas frescas, pigmentos naturales de color azul, amarillo, rojo, violeta, ocre... mostraban las fachadas de las casas e iglesias de estilo colonial. Todo parecía un gran caleidoscopio que iba girando delante de sus ojos.
Ana y Pol se enamoraron de un perchero, roído por la carcoma pero realmente original. Lo cargaron en el coche y siguieron viaje.

Entraban en Oaxaca después de recorrer una carretera llena de mojones. Parecían caminos de cabra con piedras en mitad de la carretera, grandes boquetes sin asfaltar. ¡ Increible! Y a Sofía le empezó a latir fuerte el corazón. ¿Se encontrarían con Alba y Kim a la hora marcada? Ellos viajaban desde Nicaragua y es difícil hacer cálculos con los horarios, en Sudamérica o Centroamérica el tiempo tiene otro valor.
¡ Increible! !Realmente increible! A medida que se acercaban a la catedral, por el camino de árboles recortados en forma de manzana, Sofía les vió desde lejos. Las siluetas delgadas de Alba y Kim, morenos de piel y rubios, destacaban en medio de la muchedumbre.
Parecían dos estatuas de dioses griegos.

Corrieron todos a abrazarse y la emoción se hizo evidente. - ! Pero bueno, no más, que bien nos encontramos! ! Mamassita, pues nomás media horita llegamos! Ándale ya, Pol, dale a la foto familiar! Jajajaja la carcajada fue unánime. -Se nos ha contagiado el acento Mexicano, añadió Alba. El flash de la cámara selló aquella escena para siempre.

Cómo en un cuento de Enid Blyton, ”Los cinco pasan aventuras”, iniciaron un recorrido por pueblos y ciudades: Querétaro, Guanajuato, Zacatecas, San Miguel de Allende, Cholula, Tquisquiapa. Todos ellos sitios poco turísticos. Se encontraban con una población indígena en su gran mayoría. Eran pobres, pero no pasaban hambre. Vendían sus preciosos tapices, minerales o plata engarzada en distintas joyas. Dioses de la mitologia azteca o maya aparecían en toda su mercancía.
La religión está profundamente arraigada, fruto de la colonización española. Ellos viven, en su mayoría, 50 años atrás con respecto a nosotros. Aunque esten profundamente conectados con Norteamérica, por proximidad. Sus ídolos, su música, su visión de futuro es norteamericana, pero siguen anclados en el pasado. La familia patriarcal es la columna vertebral de esta sociedad. Esto apunta a la población indígena a las regiones rurales. Como en todos los países existen diferencias sociológicas y culturales según la zona.

En México capital no pasaron mucho tiempo. Su segundo destino era el Pacífico. Hasta allí encaminaron sus pasos. La mayoría de casas eran de una planta, con un patio interior descubierto, que separaba las habitaciones de la cocina y baño. La luz entraba a raudales iluminando aquellas paredes pintadas de varios colores, que algunos podrían pensar estridentes, pero que sin duda tenian la belleza del color en su estado más puro. Todos los edificios, incluso los estatales, respondían a estas características.

La sensación de Sofía era de estar permanentemente en una exposición impresionista, cuyos cuadros tuvieran vida propia y cuyos elementos salieran de los marcos para crear una historia viva, como si fuera una representación de teatro.

Cuando llegas al Pacífico te das cuenta de que no todos los mares son iguales, y no por ser océano. El azul cobalto de sus aguas y la profundidad de su costa… Algo había de distinto a nuestro Mediterraneo. De nuevo la sorpresa de lo que iba apareciendo ante sus ojos, fue extraordinaria: Zicatela, Puerto Escondido, Zipolite, Playa del Organo, Puerto Ángel. ¡Una maravilla! Lugares todos ellos en estado virgen, sin turistas. Conservaban su pureza original.

El último día que les restaba de estancia allí fueron a Bahia Conejos: no creáis que fuera de difícil acceso. El coche les dejó al lado de una gran Bahía, enorme, llena de vejetación diversa. Eran los únicos habitantes de la playa. Bajaron con las toallas, comida, bebida y aparejos de pesca, dispuestos a pasar el día allí.
-Pero bueno!,con esto no contábamos. Exclamo Sofía al ver encima de unas rocas, un gran número de pájaros negros, parecidos a los buitres. -Son Zopilotes, dijo Pol, -pájaros carroñero. Hay muchos por aquí. Tremenda la sensación de Sofía de estar en una isla desierta como naúfragos de la película "Los Robinsones de los mares del sur”.
Tomaron el sol, se bañaron, y pescaron. En un preciso momento de silencio y mientras Sofía miraba el mar y absorbía el entorno, intentando que no se escapara nada de aquel instante, pensó… -Si esto no es la felicidad, que baje Dios y lo compruebe.

Memorias de un viaje


Ultima edición por azulete el Sab Jun 13, 2009 10:03, editado 1 vez
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azulete
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MensajePublicado: Sab Dic 08, 2007 13:28    Asunto: EL SOL Responder citando

EL SOL

Hoy lo descubrí. Después de tantos meses se hizo la luz, nunca mejor dicho. La luz del sol se filtró por mis ojos y lo iluminó todo. Las ciudades tienen rincones especiales que se pueden llamar mágicos. Seguro que a todos nos pasa sea cual sea el lugar donde vivimos. Siempre hay esta calle, esta plaza, o aquel cruce que nos gusta más, que nos gusta especialmente sin saber por qué. No se trata sólo de belleza. No me refiero a esto, ni a los lugares comunmente bonitos, reconocidos por todos, sino a los que son particulares para uno mismo y que por razones personales, que a veces desconocemos, nos dan buena onda y nos llenan de armonía.
Hoy supe por qué este sitio, en particular, de mi ciudad, es tan querido por mí.
Desde la calle Bailén, siguiendo por la calle Diputación, dirijo mis pasos a Paseo San Juan. Cuando llego a la esquina y me dispongo a bajar por este Paseo, se abre ante mí un espacio grande donde la acera se ensancha. Al fondo está la Plaza Tetuan con una estatua en el centro y rodeada de árboles. A un lado circulan los coches haciendo circunvalación. Al otro lado, a mi derecha, las cafeterias despiden el aroma del primer café de la mañana. Pero lo que más llama mi atención es el repentino cambio de luz. Entre las ocho y media y nueve horas, el sol, de pronto, da de lleno en mi cara. Siempre en el mismo lugar y con las mismas coordenadas. Su luz se refleja en los edificios, en las hojas de los árboles, en el asfalto.
Incluso los días medio nublados se filtra esa luz por las pequeñas rendijas que separan las nubes.
En este preciso momento, yo que sigo andando en dirección al metro, me siento tocada por la varita mágica de ese sol padre, que hace resplandecer todo lo que me rodea y me envuelve con su suave caricia. Entonces me invade una sensación de bienestar. Me siento en paz con la tierra y con mi ciudad.
Así, con esta ilusión entro en la boca del metro, camino del trabajo, con la sonrisa en los labios.
Un rayo, sólo necesito uno.
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azulete
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MensajePublicado: Sab Dic 08, 2007 13:44    Asunto: La tormenta Responder citando

LA TORMENTA

Era muy temprano, todavía, las siete de una mañana clara de primavera. Último sábado del mes de abril. Un cielo azul intenso, iluminaba las calles casi desiertas. Carla caminaba rápida por la acera, en busca de sus amigos que la esperaban en el cruce del puente. Llevaba una mochila grande cargada con todo su equipo de senderismo. Se sentía feliz y con ganas de aspirar profundamente el aire de la montaña. Como cada mes se reunía con un grupo de antiguos compañeros, amantes de la naturaleza. Cinco años atrás coincidieron en una vacaciones subiendo “El Canigó”. La experiencia fue tan intensa que desde entonces se encontraban a menudo para realizar alguna excursión. De edades comprendidas entre los treinta y cincuenta años, Carla tenía treinta y seis. Todos provenían de mundos y trabajos diferentes, pero les unía su amor a los rios, a los campos, a los valles, a las altas cumbres…

Carla se dedicaba a decorar ambientes, era interiorista y muy buena en eso. Su última relación de pareja se rompió tres años atrás y en estos momentos no tenía ninguna atadura amorosa en su vida. Lo cual no dejaba de ser un fastidio en ciertos momentos. Pero, a fin de cuentas se sentía libre y en paz consigo misma.

Llegó casi corriendo donde estaban sus amigos, que esperaban delante de sus coches. Esta vez el grupo era reducido, sólo seis personas.

No corras, Carla, que te cansarás antes de empezar”, le dijo cariñosamente, Félix, el más veterano del grupo. Cincuenta años, un poco obeso y profesor de ciencias de secundaria. Amable y bonachón, siempre dispuesto para hacer un favor. Estaba casado pero su mujer no soportaba la montaña y él hacía sus escapadas.

Después de los saludos de bienvenida, partió la comitiva. Esta vez la excursión sería de dos días, por el Pirineo de Lérida. Subirían a la “Montaña sin nombre”, hasta llegar a los dos lagos de Les Bulloses. Pernoctarían en un albergue de alta montaña. Todo estaba preparado y pensado al milímetro. De organizar las rutas se encargaba Luís, profesor de gimnasia y que siempre ejercía de guía dentro del grupo. Muy al contrario de lo que suele ser usual, Luís, no tenía el aspecto de atleta, a pesar de dedicarse de lleno al ejercicio físico. Era bajo y muy delgado, pero su fuerza física era evidente. Los gemelos de sus pantorrillas, tan desarrollados, daban muestra de ello.

Se repartieron en dos coches: Carla, Félix, y Luís subieron al volkswagen blanco y Ángela y Nieves se montaron en el todoterreno de Ricardo.

Los coches en pequeña comitiva ascendieron por la Ronda de Dalt y rápidamente entraron en una de las vias principales de entrada y salida de la ciudad. Había poca circulación. Barcelona a esas horas seguía dormida. Ricardo era muy serio y de pocas palabras, de profesión informático. Separado desde hacía cinco años, tenía él cuarenta entonces, no se había recuperado aún. Su mujer le abandonó y le dejó una hija de doce años y un pastor alemán, perro ladrador, pero buena compañía. Vivía única y exclusivamente para su hija. Esas salidas eran la única parcela personal que él se reservaba.
Angela estaba enamorada de Ricardo, todo el mundo lo sabía menos él. Ella se esforzaba en disimular pero no podía. La más guapa del grupo de mujeres. Morena de ojos claros y piel muy fina. Tenía cuarenta y dos años y permanecía soltera y sin compromiso. Nadie lo entendía, era simpática e inteligente y trabajaba como veterinaria. Ella siempre decía con socarronería que con su media naranja alguien se había hecho un zumo. Nieves tenía treinta y tres años y era la más joven. Profesora de yoga, siempre estaba en las nubes. De vez en cuando desaparecía de la vista de sus amigos y es que se había parado a meditar. Soñaba con un viaje a la India, que muy pronto podría realizar.

El viaje duró tres horas. Sólo una paradita para desayunar y desentumecer las piernas. Alrededor de las once llegaron a la Vall Ferrara. El paisaje, apareció ante sus ojos, verde y lleno de diminutas flores: blancas, azules, amarillas, con alguna amapola roja que salpicaba el cuadro multicolor. Era como una alfombra de suaves colinas que les separaba y les conducía a las altas montañas llenas de mucha variedad de árboles. Bajaron del coche y se calzaron las botas. Cargaron las mochilas preparadas con comida, agua, ropa de recambio, saco de dormir, y sobre todo no podía faltar el forro polar impermeable. Algunos llevaban un bastón. Carla y Ángela preferían ir con las manos libres, aunque, a veces, en algunos tramos de mucho desnivel y sobretodo en las bajadas lo echaban en falta. Subían contentos, charlando en pequeños grupos de dos o de tres, que se iban intercambiando. A medida que avanzaban, la cuesta se hacía más dura. Era importante controlar la respiración y que cada uno siguiera su ritmo. A Carla, esas subidas le resultaban muy cansadas. Su preparación física era inferior a la de sus amigos. Llevaban ya dos horas de marcha y ella se iba quedando rezagada. En un momento se sintió mareada, sin fuerzas y tuvo que sentarse en el suelo porque no podía continuar. Pensó que le había cogído una pájara, es como se suele llamar al sobreesfuerzo del momtañero. Bebió agua y esperó a que le pasara el mareo. A los cinco minutos apareció Luís para socorrerla. “He tenido que parar, nunca me había mareado así”. “Tranquila , que se te pasa pronto, toma un poco de azucar”. Los dos esperaron sentados y al poco rato, Carla se fue recuperando. “Ya estoy bien, vámonos”. Se unieron al grupo y siguieron avanzando, pero a un ritmo más lento.

Finalmente llegaron a la cumbre. Gritos de alegría. De repente un claro se abría ante sus ojos. Rocas, matorrales, arbustos y por supuesto lindas florecillas salvajes. Al fondo, majestuoso, el lago grande lucía todo su explendor. Casi corriendo se acercaron a la orilla y buscaron un lugar para acomodarse. “Oh, que descanso”, exclamó, Felix. Se quitaban las botas, cuando atónitos vieron que Carla corría hacia el agua, desvestida y gritando. “Me voy a bañar”. Dicho y hecho. Se zambulló en el agua fría, helada, y empezó rápidamente a nadar. Sus amigos le espetaban, burlonamente, “Carla no te alejes, que si te pasa algo, nosotros no sabemos nadar”. El frio intenso recorrió su piel y penetró en su cuerpo convirtiéndose en un calor abrasador. Pero a las pocas brazadas, desapareció la sensación helada y Carla se sintió purificada dentro del agua limpia, transparente, sin mácula de polución. Cuando uno se baña en un lago de alta montaña se funde con la naturaleza, se siente puro como un ángel. Forma parte del todo terrenal.

Salió del agua. Su piel estaba roja, por efecto de la baja temperatura. Ángela se acercó a ella con una toalla, y mientras friccionaba su cuerpo para que Carla entrara en calor, le decía “Que valiente eres, yo no me metería ahí ni en pleno mes de Agosto”. “Estaba tan cansada, que era la única manera de recuperar fuerzas”, le respondió, Carla.

Comieron frutos secos, fruta y chocolate. Se tumbaron al sol, alegres y felices como lagartijas. El lago, de color verde, reflejaba todas las imágenes que había a su alrededor. Manchas negras de rocas, formas desiguales de árboles y grandes nubes que se iban acercando y empañaban el azul del cielo. Un viento frio se desató y el tiempo cambió. De forma tan rápida como suele ocurrir en la montaña. “Uy, qué feo se está poniendo esto. Seguro que lloverá”, sentenció, Luís. Recogieron sus bártulos, deprisa y corriendo. El albergue se encontraba a media hora de camino. A los cinco minutos de bajada, el estruendo de un trueno les sobresaltó. Le siguieron unas gotas de lluvia, grandes como cerezas. Empezó a llover a base de bien. Corrían cubiertos con sus impermeables. El camino se volvía resbaladizo, y las ganas de llegar eran enormes. “Madre mía, eso parece el fin del mundo”, chillaba, Nieves. “No pareis, no pareis, que falta poco”, chillaba, Ricardo. “Se nos olvidó, la balsa”, decía Félix. Finalmente llegaron al albergue. Y la euforia colectiva se adueñó del grupo. “Al fin salvados”, dijo Carla. El albergue era grande, de piedra maciza. Se acercaron. La lluvia parecía disminuir. El grupo era cómico, parecían títeres de feria, por su indumentaría. Sólo asomaban sus rostros y sus manos, a través de la ropa empapada, pegada a su cuerpo.

De repente, un momento mágico les envolvió. De esos momentos que pasan al vuelo y que no admiten dudas. Nieves, la más etérea del grupo, se despojó de sus ropas. Hubo un momento de silencio, un silencio largo, pero ligero, acompañado de un ritual de imitación. Todos se desnudaron y dejaron que la lluvia, ahora como una cascada fina, resbalara por su piel. Se cogieron de las manos y comenzaron a danzar, felices como niños. Se abrazaban, se miraban, y por momentos cerraban los ojos, bailando al compás de la lluvia. Sus ojos brillaban y sus caras tenían la expresión inocente de la infancia.
Luís, daba volteretas. Carla danzaba con los brazos abiertos y las palmas de sus manos miraban el cielo. La cortina de agua les arropaba como un manto. El espectáculo era tan hermoso como inesperado.
Pasó un ángel y les atrapó en su vuelo. Se aferraron todos a él, aprovechando aquel momento único e irrepetible. La felicidad está hecha de pequeñas cosas. Cuando llama, hay que abrirle la puerta sin titubear.

El frio, finalmente, pasados unos diez minutos, hizo su aparición. Entraron en la casa y se secaron rápidamente con sus toallas. Se vistieron y encendieron la chimenea, que ya tenía los troncos de leña preparados. Siempre los buenos excursionistas dejan esos lugares en condiciones impecables para los que van a llegar, tras ellos.
Juntaron todas sus provisiones alimentarias y cenaron con deleite. El esfuerzo y la emoción les había abierto el apetito. Surtido de patés y de quesos, jamón serrano auténtico y hasta una tortilla de calabacín, cebolla y patata, (con la que les sorprendió Félix). Estaba todo riquísimo. Además las sendas rebanadas de pan con tomate y un buen vino de Rioja, le daban al festín un toque de alturas. Risas, charla distendida, buen humor y compañerismo, eran la culminación de una jornada emocionante. Pronto entraron en calor. Los troncos de la chimenea se consumían lentamente, mientras el fuego rojo y naranja se reflejaba en sus rostros, que ardían. Después de mucho rato, el cansancio y el sueño les sobrevino de una forma lenta y apacible. Decidieron que ya era el momento de dormir y dar un descanso merecido a su cuerpo. Se acomodaron en sus respectivos sacos y el silencio pronto reinó en el albergue. Lo último que escuchó Carla, antes de dormirse fue el siseo de la lluvia que caía acompasada y el chisporroteo de las últimas brasas.
Se despertaron con el trino de los pájaros y las primeras líneas de luz que se filtraban a través de la ventana y de la puerta. Volvían a ser las siete de la mañana del día después. Ricardo, fue el primero en levantarse para abrir la puerta. Salió al exterior y quedó deslumbrado por la luz intensa. El cielo brillaba azul. Ni rastro de la tormenta. Todo estaba mojado y desprendía reflejos tornasolados.
Arriba, chicos, hace un día magnífico”, exclamó con entusiasmo. Se respiraba el olor de la tierra mojada, de las hierbas y frutos de la naturaleza: tomillo, lavanda, menta…..

Un frugal desayuno y recogida de pertenencias. Echaron un vistazo para comprobar que todo había quedado en orden y partieron más contentos que unas pascuas. El día lo dedicarían a realizar una pequeña excursión, pues querían volver pronto a casa. Se adentraron por una pista forestal, rodeada de altos árboles. Carla volvió la cabeza. Todavía era visible el albergue, allí lejos, pequeñito. El hermoso paisaje se mostraba a sus ojos, silencioso, expectante…
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MensajePublicado: Sab Dic 08, 2007 13:52    Asunto: El bunker Responder citando

EL BUNKER


El mar brillaba detrás de las rocas del acantilado. Un viento frio soplaba sin fuerza, como una brisa de invierno. El cielo era azul, nítido, uno de esos días claros y gélidos de diciembre. El olor marino llegaba hasta el olfato de Ana, que se encontraba de pie al lado del bunker. Se conservaba intacto después de tantos años. Ella lo miraba todo. Sus ojos recorrían la arena, el mar el cielo, las rocas, el bunker… las pequeñas gaviotas que no paraban de piar, posadas en las rocas y las madres que se sumergian una y otra vez en el mar buscando alimento. Ana aspiraba el aire, profundamente, hasta llenar sus pulmones, hasta llenar sus recuerdos que poco a poco iban transformándose en imágenes del pasado; ahora tan vivo y tan presente.

Ana, la dulce Ana, la ingenua niña de dieciocho años, preciosa, estaba allí junto a Juan. Dos estudiantes enamorados. El primer amor, el primer estallido del corazón. Poco tiempo atrás se habían conocido en una fiesta de “todos los santos”. Nada más verla, él le había dicho – Tu te llamas “preciosa”. Y los dos se habían reído a base de bien. Compartieron un boniato. Lo degustaron a medias. Después supieron que a ninguno de los dos les gustaba el boniato. Lo saborearon embelesados con los ojos fijos el uno en el otro. Comían el fruto anaranjado de su pasión.

A partir de ahí varios encuentros. El primer beso y la primera escapada a ese bunker mediterraneo, fortaleza antigua de pretéritos combates y que fue testigo de su desfloración. Juan estudiaba “Arquitectura” y Ana “ Bellas artes”. Sueños, deseos a flor de piel, conversaciones y confidencias interminables. Poco a poco se iban dando el uno al otro. Se reconocían, se palpaban, se saboreaban. La inteligencia de Juan la deslumbró. Era polifacético, inquieto, un artista nato, que además pintaba y amaba el arte y la belleza. Bohemio y soñador. Él se enamoró de su sonrisa, de su manera de hablar, de su manera de pintar. Quedó fascinado por su alegría.

Alto, delgado, muy delgado, nariz prominente, piel morena pero cabellos castaños y ojos pardos. –Un feo guapo, -le decían sus amigas-. Ella era pequeña de estatura, frágil y esbelta. Los ojos color de miel y el pelo como el trigo. El arte y las letras eran sus dominios intelectuales. Nunca le habían gustado las matemáticas y admiraba el discurrir mental de Juan.

Vivieron cinco dias de amor en el bunker. El agua, la sal, el ruido de las olas, se mezclaba con su saliva, su sudor y sus éxtasis. Cada porción de su piel era salada. El mínimo contacto les hacía estremecer de placer. Los recuerdos se desgranaban sin parar: el primer orgasmo, los labios húmedos, los dedos que buscaban y exploraban y al final encontraban.

Habían pasado treinta años y Ana sabía que este bunker a prueba de bombas, inmune al tiempo, era la cueva paleolítica que guardaba, aún, las huellas fosilizadas de su sexo.
Durante el día paseaban por el pueblo que tenía un nombre de mar, cogidos de la mano, hablando sin parar y respirando el mundo. Absorbiéndolo sorbo a sorbo, como aquel licor que les gustaba tanto, hecho de naranja y de brandy y que se llamaba “paso a nivel”. Tenían toda la vida por delante. Después la vida les arrolló en una espiral de viento y mareas. Les volteó como un tornado. Después de quince años de vivir juntos, el amor y la pasión se convirtieron en odio y después en indiferencia. Se murió el amor y aparecieron las riñas y la impotencia de luchar contra la ruptura, de querer arreglar lo irreparable.

Ahora, habían pasado quince años de convivencia y quince años de separación. La ruptura representó para Ana una amputación. Como si uno de sus brazos hubiese sido arrancado de cuajo. Dolor y desolación. Después, mucho después, llegó la calma, la paz interior y desapareció el odio. Ambos, por separado se respetaban, sin amarse, sin verse, conservaban el olor y el tacto de su piel. Pasaron otros hombres y mujeres por su vida, pero ningún gran amor.

Ana lloraba en silencio. Tenía la urna apretada entre las manos. Las cenizas de Juan descansarían en el bunker, mezcladas con la arena. Guardarían la fortaleza, el fortín de los amantes. Estaba oscureciendo y apareció, Cesar, su hijo, que esperaba en el coche.

-Mamá, ven, es muy tarde ya

La abrazó, por detrás, cogiendo sus hombros en un gesto protector. Ana se giró y miró la cara de Cesar, tranquila, joven y bella, como la de Juan en aquella época. Ambos tenían veinte años.

-Sí, (dijo Ana), vámonos que la noche no espera

Se miraron, largamente, en silencio. Una mirada llena de afecto. Lentamente cruzaron las dunas de arena que les separaban del coche. La luz había caído y en el cielo se divisaba la primera estrella.
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MensajePublicado: Dom Ene 06, 2008 17:06    Asunto: EL EDÉN Responder citando

EL EDÉN

El impacto fue grande. Un golpe seco seguido de un estruendo. Después, silencio total. A continuación, sintió que una luz cada vez más intensa tiraba fuertemente de él: era como subir por un embudo en dirección contraria.
Llegó a un espacio inmenso, etéreo, sin suelo que lo sustentara. Infinitas luces se movían formando filas iluminadas. Parecían pequeñas llamas de vela que suavemente se desplazaban. Ninguna voz, ningún ruido: sólo un murmullo parecido al viento o a la brisa.

Entonces vió el cartel que decía: ”El monte de las ánimas”. Unas pantallas inmensas rodeaban el recinto y cambiaban constantemente de imágenes. Un panel grande rezaba: “Coja un número y espere su turno”. Así lo hizo. El 47 era para él. Se deslizó por una de las filas y aguardó tranquilamente, con paciencia.
Curiosamente no sentía ninguna emoción, ningún sentimiento. Aunque sabía perfectamente lo que le había ocurrido y era consciente del lugar donde se hallaba, experimentaba calma, bienestar. Se encontraba en paz.

Poco a poco se acercó con el resto de las ánimas a la gran pantalla. Un rótulo dorado decía: “Entrada al Paraiso”. Pulsó su número y aparecieron varias opciones: 1) Edén paraiso, 2) Al este del Edén, 3)Las 7 maravillas del Universo, 4) Crucero en el transatlántico Titánic y 5) Montañas rocosas.

Lo tenía claro y apretó la primera opción: “Edén paraiso”. Una puerta se abrió dejando paso a una escalera de mármol con flores de nácar incrustadas alrededor. Subió apaciblemente, rozando los peldaños con su alma ligera. Arriba esperaba una figura angelical que le envolvió en un soplo de aire cuando le dijo: “ BIENVENIDO AL PARAISO”.

La puerta se cerró tras él y entró para siempre…
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MensajePublicado: Dom Ene 06, 2008 17:12    Asunto: Nada es Nada Responder citando

Nada es Nada


Nada termina hasta que tú sientes que ha terminado. Es un momento, una sensación que puede durar un instante o una eternidad. Que te cae como un rayo y te parte en dos. De repente eres consciente de esa pérdida y del agujero negro de vacio que habita en tu interior. Pero hay cosas que terminan sin empezar, que te sorprenden sin avisar; cuando esperabas algo, a alguien; cuando tus ilusiones estaban puestas ahí, vírgenes, todavía sin estrenar y de repente llega el vacio, el dolor y la soledad. Lo peor en este caso, es no saber realmente qué se ha perdido. El amor se extingue mucho antes de que los amantes perciban su muerte. Se obstinan en conservar la nada y la recubren de un velo que es una trampa mortal, hasta que un día al abrir sus manos se dan cuenta de que el amor se les fue, sin más. La felicidad se acaba cuando tú sientes miedo, pánico, pavor. Es en ese preciso momento cuando te das cuenta de que antes fuiste feliz sin saberlo. Y llega la muerte lentamente, agazapada, disimulada. Sólo el que va a morir ve su resplandor brillar a lo lejos. Una luz diáfana ilumina su horizonte, al mismo tiempo que una fuerza magnética le arrastra hacia su centro y va directo al universo. Justo ahí se da cuenta que ha llegado al fin de sus días y que su vida ya no tiene ningún valor. ¿Qué más podría perder?
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MensajePublicado: Dom Ene 06, 2008 17:20    Asunto: Otros Tiempos Responder citando

OTROS TIEMPOS

-¿Qué te gustaría ser, cielo o mar? ¿Te acuerdas, Asun, cuando te lo preguntaba? Éramos unas niñas, adolescentes quizás. Y tú te quedabas sorprendida sin saber que contestar, y al final me respondías: !Pero qué tonterías dices! No se puede ser eso. Yo insistía y te decía: A mí me gusta mucho el mar, pero me da miedo. El cielo…, sí…, mejor ser cielo. Corriendo subíamos a un coche “tiburón”. ¿Te suena, Asun?
-Sí, el coche de aquellos dos chicos franceses que se hospedaban en el mismo hotel que nosotras. Eran unos días de vacaciones que pasábamos con papá y mamá en aquella hermosa playa de Cambrils. Nuestros pretendientes se ofrecían para acompañarnos a Salou a dar un paseo, previo consentimiento paterno. ¡Ay, qué tiempos aquellos! Ser todo y ser nada. Ser el universo. Ser el mar de sus miradas.
-Ahora que somos grandes, que hemos vivido nada y que nos queda menos por vivir, te hago otra pregunta, Asun: ¿qué preferirías, volar o nadar? Yo, ahora, lo tengo claro: volar…, volar...
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MensajePublicado: Jue Feb 14, 2008 08:43    Asunto: EL REGALO Responder citando

EL REGALO

Lo tenía preparado para ti. Un regalo especial que sabía te iba a gustar mucho. Pero no te lo dí. Volvió de regreso a casa, guardado con las cosas de mi equipaje. No tuve oportunidad. No me la brindaste, o quizás sí, pero yo no la supe aprovechar. Demasiado alcohol, demasiado humo, demasiadas sorpresas… eso sí lo entendí. Estuvimos muy juntos, seguro. Ya ves, piel contra piel, un hombre y una mujer. Pero el tiempo se esfumó y no fue fácil para ninguno de los dos. Nuestra historia se escribió así, sin más, sin posibilidad de editar.

Ahora, abro mi secreter y cojo el regalo. Está dentro de una pequeña cajita negra y con dibujos de flores. Encima, cuidadosamente doblado, un papel que dice: “para que no me olvides”. La abro y extraigo su contenido. Es una pequeña prenda femenina de tejido sedoso y de varios colores. Esos que tanto nos gustaban a nosotros y con los que habíamos teñido nuestros besos. Tiene mi perfume. El aroma me llega nada más abrir el estuche. Me pregunto si en algún momento de nuestro encuentro te llegó ese aroma. Nada dijiste. Supongo que tendrías el olfato lleno de otras substancias. Sí, de eso también me dí cuenta, pero no al momento. Fue después, cuando se resignificó en el recuerdo.

Cojo una cerilla y le prendo fuego. El tejido arde, se contrae, gime. Esta vez no hay placer ni dolor. Es inerte, materia inorgánica. Poco a poco va desapareciendo. Se hace minúsculo. Y se convierte en un montoncito de cenizas grises y negras. Lo que fue todavía está en mi imaginación. Todavía es reciente. Pero ya no existe, y el tiempo acabará por borrar su imagen.

Esta vez no he pedido ningún deseo. Esta vez he matado el Deseo.
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MensajePublicado: Dom Abr 13, 2008 10:44    Asunto: Querido papá Responder citando

QUERIDO PAPÁ:


Sé que ya no estás, que no puedes oir ni leer mis palabras. No creo en el más allá. Sólo sé que tus huesos descansan en la tierra, pero ya no eres tú. Aún así, necesito hablar contigo. Siempre estuviste a mi lado en los momentos difíciles. Nunca me fallaste y me ayudabas cuando yo recurría a tí. Ahora me haces falta, no sabes cuánto. Mi vida siempre ha sido una carrera de obstáculos. Así lo he vivido yo y le he puesto fuerza y coraje. ¡Ah! y también ganas de vivir. Eso lo heredé de tí. Pero es que en estos últimos años, mi vida se me hace, por momentos, insoportable. Tantos problemas amontonados. No doy pie con bola. Todo se me complica y tú ya no estás. Mamá está muy viejecita y la pobre no puede ayudarme ya. Ella resiste. Es fuerte y todavía tiene la mente clara. Pero su mundo se reduce a ella. Y sé que me quiere, pero no puede darme más. Quiero que sepas que te disfruté muchísimo en la última década de tu vida. Envejeciste bien, y era consciente de que tener unos padres ancianos era un privilegio para mí. Por entonces, yo, ya estaba bien contigo, te había aceptado tal como eras y no pedía más. La rebeldía de la adolescencia y de la juventud; el deseo que tenía de cambiar de padres, en aquella época, se esfumó y dió paso a una aceptación y a un cariño inmenso. Qué risa me da pensar, ahora, que quería unos padres académicos. No existe la perfección, en nada ¿Quién es perfecto? Tú con todas tus virtudes y defectos fuiste muy buen padre y yo me sentí querida por tí. Aspirabas a lo mejor para tus hijos y a pesar de nuestros celos y disputas entre hermanos, sé que todos te quisimos mucho. Nuestra familia respondía bien a los sucesos graves. Entonces formábamos una piña, aunque después, superado el problema, cada hijo se iba por su lado y volvían las riñas. Creo que con nosotros -tus hijos- te equivocaste varias veces y no supiste poner orden. Te falto autoridad e intervención en algún momento. Pero no te lo recrimino. Hiciste lo que pudiste… siempre. Todos nos equivocamos, de alguna manera, con los hijos. Yo la primera. Ahora que soy madre lo sé. Y me asusta pensar en algunos de los malos recuerdos que tendrán mis hijas, aunque sean mi vida y las quiera tanto. Ellas lo saben, y eso es lo que cuenta.

Papá, la vida se me hace muy difícil por momentos y no sabes la falta que me haces. Tu muerte no fue un drama para mi. La acepté con serenidad. Habías vivido muchos años. ¡Qué más se podía esperar! Nadie es inmortal y estábamos todos preparados. Resististe hasta el último aliento y luchaste por tu vida con dignidad, hasta que ésta abandonó tu cuerpo. ¡Qué vital fuiste siempre! Arrastrabas a mamá, ella era tu polo opuesto. Le faltaba ilusión y ganas. Yo lo supe desde niña. Era tan hermética con sus sentimientos. No sabía demostrarnos su afecto. ¡Tanto que nos quería! Todo lo contrario a tí, pura fuerza y energía. Tenías siempre la alegria de vivir. Te vi llorar, algunas veces. No sabes lo que me enorgullece eso de tí. Eras tan cálido y sentimental que compensabas las carencias de mamá. Los hombres también lloran ¿Por qué no?

Hay tantas cosas que no funcionan en mi vida, que no sé por cuál empezar. En el amor no me ha ido nada bien. No quiero volverme a enamorar nunca más. Yo que siempre fui tan enamoradiza, quiero acabar con este rollo del amor. Porque no existe, ¿sabes? Todo es pura imaginación. Se acabó. Se acabó lo de sufrir en balde.

Tengo tantos recuerdos buenos de ti. Aquellos veranos en los que celebrábamos tu santo con una mariscada. Tú y mamá estábais en el apartamento de la playa. Eran vacaciones. Subíamos con las niñas y por la mañana nos bañábamos en el mar. ¡Qué feliz se te veía! Risas, bromas, miradas cómplices. Es que tú a mis hijas las adorabas. Eran, de entre todos tus nietos, las preferidas. Yo lo sabía y se me caía la baba. Es que ellas también te querían mucho a tí. Después de la gran mariscada –nunca te gustó la carne, sólo los frutos del mar- Nos íbamos por la tarde al parque y mientras las niñas se subían a los caballitos, nosotros nos comíamos un helado, y las oíamos chillar de alegría y de emoción. Estas imágenes están tan grabadas en mi corazón, que las veo nítidamente cuando las recuerdo, como si fuera ayer. ¡Dios, qué momentos!

Una noche de madrugada, tuve que venir a buscar una cópia de mis llaves a vuestra casa, las mías se habían quedado dentro, olvidadas. Tú y mamá me abrísteis la puerta en pijama. Dos viejecitos de cabezas blancas, un poco asustados por esa hora tan intempestiva. Cuando os ví en el rellano, tan frágiles y tan ancianos, se despertó de repente una ternura increíble en mi interior. Os hubiese cogido entre mis brazos como a dos niños pequeños…os hubiese arrullado. ¡Oh Dios! Tan solícitos, tan cariñosos y atentos. Ningún enfado, ningún sermón. Maravillosos los dos.

Querido papá, qué lástima que ya no estuvieses cuando la operación de Blanca. Te habrías sentido muy orgulloso de nosotras. Le pusimos todo el coraje y la valentía del mundo. Afrontamos con decisión aquella prueba tan dura. Teníamos tus ganas de vivir y todo salió redondo. Fue un éxito total. Me gustaría que pudieses ver a Blanca, ahora. Es una chica estupenda, llena de vida y se la ve tan feliz. Toda la familia respondió bien y nos apoyó al máximo. No, si ya te lo he dicho, nuestra familia reacciona muy bien cuando hay tempestades.

Después de decirte todo esto, me siento más liberada, con menos peso, con menos lastre. Te repetiré, una y otra vez, que fuiste muy buen padre y que sé que me querías mucho, tanto como yo a tí. Aunque no nos lo dijéramos. Ya sabes, todos fuimos muy reservados con nuestras muestras de afecto, pero tú menos. Aún recuerdo mi niñez y tu alegría y tus besos. Querido papá, quiero hacerte una visita, aunque no estés. Te llevaré una rosa roja y desde tu ángulo, dónde se divisan el puerto y los barcos, imaginaré que miramos juntos el mar. Ese mar tan querido por tí, en el que tantas veces te habías bañado.


Ultima edición por azulete el Dom Dic 14, 2008 16:27, editado 1 vez
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MensajePublicado: Dom Jun 08, 2008 09:53    Asunto: MIRANDA DE EBRO Responder citando

...
Cuando sea mi vida,
toda clara y ligera
como un buen río
que corre alegremente
a la mar,
a la mar ignota
que espera
llena de sol y de canción.
...

Antonio Machado


MIRANDA DE EBRO

Río tranquilo de aguas mansas que reflejan negros nubarrones. Brillo metalizado, plomizo que se esparce por tu cauce como aceite penetrando en un líquido transparente. Desde el puente de Carlos lll, el paisaje es tan hermoso que sobrecoge. El corazón palpita y un escalofrio nos eriza la piel. No sólo por el río, no sólo por el cielo, sino por las impresionantes cumbres nevadas que se divisan al fondo, a lo lejos.

Cuando la lente óptica descansa en las apacibles aguas, recorre las nubes pintadas hasta llegar a las cimas más altas, entonces las pupilas se dilatan y el cristalino se inunda de mil puntos de luz, como las estrellas. Es la belleza en estado puro, la belleza que captó Antonio Machado, que hizo suya, y que nos la mostró generosamente en sus poemas.

Hay una plaza en Miranda de Ebro dedicada a su memoria. ¡Oh Miranda! Miras a través de sus ojos de poeta, después de muchos tiempos, después de muchas pausas. Reflejas en su mirada la inmensidad del Universo, que llega a nuestros ojos en estado puro y virginal, como si fuese una música, increscendo, atemporal y universal.
Nos transmites la belleza de un instante, de un momento mágico y sublime, que perdurará a través del tiempo.

Ahora, despojada de tu materia corpórea, eres puro estallido de color. Te ves tan hermosa desde el puente, ¡Oh Miranda, canto del río Ebro, canto del peregrino y del zagal!

PAISAJES. (Vista desde el puente de Carlos lll, 24 de Enero del 2007)
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