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Carmen - prosa -


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azulete
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Registrado: 30 Abr 2006
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MensajePublicado: Dom Ago 10, 2008 10:54    Asunto: PASADO EL UMBRAL Responder citando

PASADO EL UMBRAL


Raúl salió corriendo hacia su casa, nada más conocer la noticia. Tenía el corazón encogido y le temblaban las piernas. Marga era su mejor amiga. Cuando llegó, la puerta estaba abierta y había varias personas en el vestíbulo. Sin mediar palabra, subió directamente las escaleras y entró en el dormitorio.
Allí estaba ella; ululando cómo un animal herido; balanceándose por la habitación; el cuerpo doblado y la mirada extraviada en algun lugar perdido. Era la viva y dolorosa imagen real de la locura. Raúl percibió que su atroz dolor no podía encontrar consuelo de ninguna manera. No había nada ni nadie que pudiera calmarla ni llevarla, aunque fuera por unos minutos, a otro umbral. Marga estaba presa en un lugar, más allá de los límites de la desesperación. Cómo podía ayudarla en ese estado. Sintió que a él también le faltaban las fuerzas. Pero tenía que actuar rapidamente, protegerla de alguna manera. La quería tanto! Había sido el primer amor de su vida, su niña querida, y… se armó de valor. Se acercó a ella con pasos firmes y seguros. La rodeó con sus brazos en un abrazo tan fuerte y apretado, que parecía que le iba a romper los huesos, hacerla añicos, desintegrar todo su dolor. La contuvo así un buen rato. Esperando que el dolor físico la estrujara y se mofara, por unos momentos, del dolor intenso del alma.
Y mientras… sus ojos recorrieron la habitación hasta llegar a las suaves cortinas, salpicadas de lunas y estrellas. Junto a ellas, en un pequeño moisés, vestido de blanco, descansaba él, como un peluche amoroso. Su piel era tan blanca como el doblez de las sábanas. Se había dormido profundamente, para no volver a despertar.
Pablo (tres meses, dos semanas y cinco días). Muerte súbita.
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azulete
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Registrado: 30 Abr 2006
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MensajePublicado: Jue Mar 05, 2009 16:23    Asunto: ... Responder citando

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azulete
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Registrado: 30 Abr 2006
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MensajePublicado: Vie Mar 20, 2009 13:29    Asunto: Más que palabras Responder citando

Te lo prometí y lo voy a cumplir. Salgo de mi casa y me dirijo a la pastelería “La real gana”. Es sin duda la mejor de la ciudad. Hacen unos pastelitos deliciosos, increibles… ¡Humm, qué bien huelen! Cuando me toca el turno (siempre está llena a rebosar), me pido 3oo palabras dulces, 170 de amargas, y 90 besos de todos los colores. -¿De qué autor? me pregunta una amable dependienta. -De fulano de tal, contesto y, por favor, las tres cosas por separado, dentro de tres bolsitas de papel. !Ah! y que no se le olviden los lazos. Uno de cada color. Cuando ha terminado de envolver, la chica me mira con cara risueña y me dice –Aquí tiene, gracias. Ha hecho una buena elección. Se lleva las delicias de la casa.

Salgo a la calle, ilusionada con mi paquete. La boca se me hace agua. Me dirijo a mi casa, corriendo, impaciente…por abrirlo y saborear mis primicias. Subo las escaleras de dos en dos, de tres en tres. ¡Paso del ascensor! Noto que el corazón galopa y casi me sale por la boca. Ya estoy, ya he llegado. Me siento y pongo las bolsitas encima de la mesa. Las miro, las contemplo absorta. Siento esas cosquillas dentro, esas que anuncian el cumplimiento de un deseo. Toco las bolsas, las acaricio. No sé por cual empezar. ¿dulce? o ¿amargo? y ¿los besos? ¿cuándo?. A mi siempre me ha gustado mezclar los sabores de las comidas, de los postres… Bueno, ¿qué más da?

Pasa el rato y no me decido a abrir ninguna bolsa. Sé lo que va a pasar. Lo intuyo. Comeré las palabras dulces, amargas, los besos. Todo ello con gula, con fruición. Un delicioso festín y un soberbio atracón. A continuación sufriré los efectos de una indigestión de melancolía, “melancolía aguda”. Lo sé porque me ha pasado otras veces.
Y después ¡Ay! como duele. Duele tanto que el estómago se te sube a la boca y tienes ganas de vomitar tristeza. Y nunca se acaba de vomitar. La tristeza se apodera de las habitaciones, se impregna a la ropa. El olor que desprendes es tan fétido que ahuyenta a los amigos… y entonces llega la soledad… y tú no sabes qué hacer para volver a ser feliz, no sabes como recuperarte del atracón, de la indigestión de palabras…bonitas, dulces, amargas… y que todas, exclusivamente todas te recuerdan a esa persona, a esa mente que las ideó, a ese corazón que las creó…pero que en definitiva está… tan lejos y ya no forma parte de ti. Qué cosas tiene el amor. Primero tanto, después tan poco y al final, nada. Poco a poco se desvanece y a esperar otra hornada.

No, no abres las bolsas. Puede parecer un gesto cobarde. Pero no lo es. Sólo tú, te conoces bien y sabes de tus debilidades y puntos frágiles. Abres el armario de tu despensa y guardas las tres bolsas. Cierras los ojos y piensas en voz alta, como si recitases una plegaria. “Estos dulces sólo los comeré, cuando… las letras de su nombre no sean melodía para mí, cuando los rasgos de su cara sean como una hoja en blanco”.
Son más que palabras.
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azulete
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Registrado: 30 Abr 2006
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MensajePublicado: Mar Jul 27, 2010 07:22    Asunto: Muñeca rota Responder citando

MUÑECA ROTA

No hay peor desgracia que la muerte de un hijo. Si esto ocurre en la niñez o juventud, la herida abierta no se cerrará jamás. -Y tú, Alba, te morías. En esa blanca cama de hospital, tu pequeño cuerpo de ocho años era una montañita que sobresalía, levantando la colcha en una leve curva. Sólo el oro de tus cabellos brillaba en aquella habitación aséptica y fria como un glaciar.

Fue todo tan rápido, estupefactos, no sabíamos que hacíamos allí. Las vacaciones en aquel pueblo de montaña, se cortaron de golpe, de un solo tajo. Una púrpura te recorría el cuerpo y se rompían tus capilares a cientos, a miles, a millones. Hasta que se convirtieron en hemorragias internas. Un rio de sangre negra te inundaba por dentro. Los médicos decían que tú eras un caso entre cien. Una enfermedad, en general simple, se podía complicar una de cada cien veces. Y tú eras esa UNA. Mi niña de ojos verdes, tan lista y tan bonita, se apagaba lentamente. Nadie sabía nada, todo era posible, según las estadísticas y los libros, y tú no hacías más que empeorar. Los doctores no se pronunciaban, sólo decían que había que esperar. Es lo que se suele decir cuando no se sabe qué contestar.

Pasábamos horas, días, semanas, esperando a que te recuperaras; pero la enfermadad avanzaba destruyendo tu pequeño ser. Tenía que ahogar mis gritos y mi deseperación. Me pasaba las horas, tan lentas, de los días y de las noches, pegada a tu cama, haciéndote compañía. Con tu padre nos turnábamos sentados en una silla. Cuando llegaba uno se iba el otro a casa a ducharse y a dormir unas horas.

Aquella noche sonó el teléfono, cuando me acababa de acostar. – Sofía, ven pronto, Alba ha empeorado. Corriendo, con los ojos inundados de lágrimas, me dirigí al hospital, pensando lo peor. Creí que te habías ido y que te había perdido para siempre. Pero no, seguías viva. Las hemorragias habían llegado a tu cerebro que respondió con alguna convulsión. De repente pensé que toda tu inteligencia se extinguía y que una parálisis cerebral dejaría tu cuerpo en estado vegetal. Era tal el horror de mis presentimientos que para no volverme loca tuve que crear una coraza en mi interior. No más lágrimas. Los ojos secos como el papel de lija. Sólo me quedaba estar a tu lado. Hacerte compañía. Y yo me moría. Agonizaba contigo. Cuando el dolor es tan grande, duele fisicamente como una caverna pulmonar llena de pus. No hay consuelo, ni lágrimas que puedan atenuar ese terrible sufrimiento..
Yo era una madre muy joven y bonita. De repente envejecí. Como las rosas pequeñas medio abiertas que se estropean si no se riegan y doblan sus cabezas marchitándose poco a poco, hasta perder todos sus pétalos. Así era yo, y los extraños me decían -¿Te pasa algo gordo, verdad?. Y yo me moría.

Como no mejorabas te llevamos a otro hospital. Allí pasamos tres meses de angustia y de espera. Y tú te consumías. Conectada a una máquina que te alimentaba por suero. No tolerabas ni el agua. El goteo entraba en tus venas castigadas y te mantenía viva. Nunca te quejaste. No protestabas . Querías dibujar y mirar cuentos, y eso también, ¡Cómo me dolía!

No creía en Dios, ni antes ni ahora, pero mis labios pronunciaban su nombre, sin parar, -¡Dios mío! ¡Dios mío!
Una noche, la más terrible de todas, el dolor te hizo aullar. Los alaridos sordos salían de tu boca, como de un pozo profundo. No era tu cuerpo el que gemía. Era tu alma. Entonces, yo, literalmente me morí. Se abrió una grieta, enorme como una zanja, en mi interior, el corazón me estalló en mil pedazos y perdí el control.

Pasaron los mese, lentos como una eternidad y lentamente fuiste venciendo a la enfermedad. Cuando ya todo parecía perdido y tú estabas en las puertas de la muerte, diste un giro y luchaste por tu vida. Venciste, sí, venciste como la campeona que siempre habías sido. Cuando saliste del hospital, no te aguantabas de pie. Tu padre te llevaba en brazos como una muñeca rota. La piel recubria tus huesos, sin carne ni músculos. Eras como una imagen de esos niños de Biafra que se mueren de hambre. Pero libre al fin. Y así volviste a vivir.

A los hijos se les quiere antes de nacer. Después de nacer, las madres saben que ese pequeño trocito de carne vale más que la propia vida.

Ahora, Alba, es una mujer joven y preciosa que va a ser mamá.
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