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J. D. Salinger


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Autor Mensaje
navegante
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Registrado: 29 Abr 2003
Mensajes: 5371
Ubicación: La corte de los milagros

MensajePublicado: Jue Ene 22, 2009 11:35    Asunto: Responder citando

En Franny y Zooey vas a encontrar otro ejemplo excepcional de cómo se escribe un diálogo: madre e hijo charlando tranquilamente dentro de un baño.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Jue Ene 22, 2009 18:07    Asunto: Responder citando

navegante escribió:
Pero es probable que a los lectores que empiezan con Salinger a partir de "Un día perfecto..." les resulte difícil entender el sentido del cuento, hasta que leen los otros escritos que Salinger dedicó a la familia Glass.


Hola.

Qué buen comentario, Navegante. Es importante tener una buena guía, muchas veces, para poder llegar mejor al autor.

No es imprescindible, pero sí creo que con Salinger es necesaria.

Yo quedé encantada con El guardián entre el centeno, pero cuando tomé los Nueve Cuentos, si bien la técnica que emplea es impecable, me quedé un poco perdida y hasta por momentos insatisfecha, sentía que me faltaba algo para llegar al goce total, hasta que supe por qué me ocurría. Por eso me gusta este comentario para que quien tome a Salinger por primera vez, y si es con los Nueve Cuentos, no los abandone.

Besos.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Dom Ene 25, 2009 18:51    Asunto: Responder citando

Hola.

El Guardián Entre El Centeno puede ser un buen comienzo para entender a J. D. Salinger, pero es en la saga de la familia Glass donde se despliega todo su universo.

Obra:

Nueve Cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad carpinteros, la viga maestra (1963), la colección de relatos que tiene como eje principal a la muy irlandesa familia Glass.

Besos.
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Marcus
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Registrado: 29 Oct 2008
Mensajes: 241
Ubicación: Barcelona

MensajePublicado: Lun Ene 26, 2009 11:07    Asunto: Responder citando

Gracias Clio, la verdad es que perdí el interés por este escritor pero veo que deberé hacer los deberes.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Lun Ene 26, 2009 22:28    Asunto: Responder citando

Hola.

Qué bueno que los foros sean motivadores, Marcus.

Le Clézio confesó que su primer libro lo escribió bajo influencia de J. D. Salinger, a tal punto que, por entonces, empezó a hacer otra novela —con un guiño a Albonico y Daisy, personajes del escritor oculto— que nunca terminó pero fue absorbida por El atestado. Sobre el autor que cumplió 90 años, Le Clézio maneja una sorprendente hipótesis de lectura: “Yo pensaba que Salinger tenía una línea directriz que era el budismo zen, que sobre ese tema él hacía evolucionar sus personajes y construir su obra. Creo que todos sus relatos muestran algo de eso y, sobre todo, la adaptación del mundo neoyorquino al budismo zen, el mundo de la infancia así abordado no es otra cosa que una metáfora de ese encantamiento absoluto”.

Besos.
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supernova
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Registrado: 24 Feb 2002
Mensajes: 2904
Ubicación: un lugar en ninguna parte

MensajePublicado: Vie Ene 30, 2009 17:11    Asunto: Responder citando

Qué terrible es gritar te amo y que la otra persona en el otro extremo grite ¿qué?

J.D. Salinger
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Exidor
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Registrado: 26 Nov 1999
Mensajes: 14847

MensajePublicado: Vie Feb 13, 2009 10:59    Asunto: Responder citando

navegante escribió:
Ahora le podés entrar a Franny y Zooey, así completás la saga de la familia Glass...



Sí, ahora si. Mr. Green
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Vie Feb 13, 2009 14:11    Asunto: Responder citando

Hola.

Buenísimo Wink

Yo ya arranqué con Levantad carpinteros...

Besos.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
Mensajes: 5735
Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Dom Mar 01, 2009 16:51    Asunto: Responder citando

Hola.

Franny y Zooey, Salinger
(Diálogo telefónico). Me hizo lagrimear.

—Hola, Buddy —dijo.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás? ¿Estás bien?
—Muy bien. ¿Y tú? Pareces resfriado. —Entonces, al no recibir respuesta—: Supongo que Bessie ha estado instruyéndote durante horas.
—Bueno, en cierto modo. Sí y no. Ya sabes. ¿Estás bien, cariño?
—Muy bien. Pero tu voz suena rara. O tienes un resfriado terrible o la línea está muy mal. Pero, ¿dónde estás?
— ¿Dónde estoy? Pues, en mi elemento, tontita. En una casa encantada junto al camino. Pero deja eso. Háblame.

Franny, inquieta, cruzó las piernas.

—No sé exactamente de qué te gustaría hablar —dijo—. ¿Qué te ha contado Bessie, en realidad?

Hubo una pausa muy característica en Buddy al otro extremo. Fue la misma clase de pausa —sólo un poco rebosante de superioridad en años— que a menudo había probado la paciencia de Franny y del virtuoso que se hallaba al otro extremo del teléfono cuando eran niños.

—Bueno, no estoy muy seguro de lo que me ha contado, cariño. A partir de cierto punto, es un poco descortés seguir escuchando a Bessie por teléfono. He oído lo de los bocadillos de queso, puedes estar segura. Y, desde luego, lo de los libros del Peregrino. Entonces creo que me he quedado con el teléfono en la oreja, pero sin escuchar del todo. Ya sabes.
—Oh —dijo Franny. Cambió el cigarrillo a la mano que sostenía el auricular y metió la otra bajo la lona de la mesilla para encontrar un minúsculo cenicero de cerámica, que colocó junto a ella sobre la cama—. Tu voz es extraña —añadió—. ¿Estás resfriado, o qué?
—Estoy de maravilla, cariño. Me siento de maravilla hablando aquí contigo. No sé decirte cuánto me alegra oír tu voz.

Franny apartó de nuevo sus cabellos con una mano. No contestó nada.

—Oye, tontita. ¿No se te ocurre algo que Bessie haya olvidado? ¿No tienes ganas de hablar?

Franny alteró ligeramente con los dedos la posición del cenicero sobre la cama.

—Verás —repuso—, estoy un poco harta de hablar para ser franca contigo. Zooey me ha estado sondeando toda la mañana.
— ¿Zooey? ¿Cómo está?
— ¿Que cómo está? Muy bien. Imponente. Sólo que me gustaría asesinarle, eso es todo.
— ¿Asesinarle? ¿Por qué? ¿Por qué, cariño? ¿Por qué te gustaría asesinar a nuestro Zooey?
— ¿Por qué? ¡Pues, porque sí! Es tan completamente destructivo. ¡No he conocido a nadie tan destructivo en mi vida! ¡Es algo tan innecesario! Primero ataca con furia el Padrenuestro, en el cual ahora estoy interesada, haciéndote pensar que eres una boba neurótica por interesarte por él. Y dos minutos después empieza a desvariar acerca de que Jesús es la única persona del mundo por la que ha sentido algún respeto, con una mente maravillosa y todo eso. Es tan excéntrico. Quiero decir que da vueltas y más vueltas en unos círculos horribles.
—Háblame de esto. Habla de los círculos horribles.

Aquí Franny cometió el error de exhalar un suspiro de impaciencia, y acababa de
inhalar humo del cigarrillo. Tosió.

—¡Hablarte de esto! ¡Necesitaría el día entero! —Se llevó la mano a la garganta y esperó que pasara la molestia del humo en el conducto equivocado—. Es un monstruo —dijo—. ¡Lo es! No realmente un monstruo, pero... no sé. Es tan severo con las cosas. Es severo con la religión. Es severo con la televisión. Es severo contigo y con Seymour:
siempre dice que los dos nos habéis convertido en tipos raros. Yo no sé qué pensar. Salta de una...
—¿Por qué tipos raros? Ya sé que lo piensa. O cree que lo piensa. Pero ¿te ha dicho por qué? ¿Cuál es su definición de un tipo raro? ¿Te lo ha dicho, cariño?

Justo aquí, Franny, con aparente desesperación ante la ingenuidad de la pregunta, se golpeó la frente con la mano. Algo que probablemente no había hecho en cinco o seis años; cuando, por ejemplo, a medio camino de casa en el autobús de la Avenida Lexington, descubrió que se había dejado el pañuelo de cuello en el cine.
—¿Cuál es su definición? —preguntó a su vez—. ¡Tiene unas cuarenta definiciones para todo! Si te sueno algo desquiciada, éste es el motivo. Primero, como anoche, dice que somos tipos raros porque nos han educado para tener un solo tipo de normas. Diez minutos después dice que él es un tipo raro porque nunca quiere encontrarse con nadie para tomar un trago. La única vez...
—¿Nunca quiere qué?
—Encontrarse con nadie para tomar un trago. Oh, anoche tuvo que ir a encontrarse para tomar un trago con ese guionista de televisión, nada menos que al Village. Eso lo empezó todo. Dice que las únicas personas con quienes querría tomar un trago en alguna parte están muertas o no están disponibles. Dice que nunca desea almorzar con nadie, tampoco, a menos que crea que hay una buena posibilidad de que la persona resulte ser Jesús, o Buda, o Hui-neng, o Shankaracharya, o alguien por el estilo. Ya sabes. —De pronto Franny apagó el cigarrillo en el cenicero, con algo de torpeza, ya que no tenía la otra mano libre para sujetar el cenicero—. ¿Sabes qué otra cosa me dijo? —añadió—. ¿Sabes qué me juró solemnemente? Anoche me dijo que una vez bebió un vaso de gaseosa de jengibre con Jesús en la cocina, cuando tenía ocho años. ¿Me estás escuchando?
—Sí, te escucho, te escucho..., cariño.
—Dijo, esto fue lo que dijo, exactamente, que estaba sentado ante la mesa de la cocina, solo, bebiendo un vaso de gaseosa de jengibre y comiendo galletas saladas y leyendo Dombey e hijo, y de improviso Jesús se sentó en la otra silla y le preguntó si podía darle un vaso pequeño de gaseosa. Un vaso pequeño, fíjate bien, esto es exactamente lo que dijo. Me refiero a que dice cosas así, ¡y sin embargo cree que está perfectamente calificado para darme un montón de consejos y todo eso! ¡Esto es lo que más me enfurece! ¡Podría escupir, te lo aseguro! Es como estar en un manicomio y que otro paciente disfrazado de médico venga a tomarte el pulso o algo así... Y cuando no habla, fuma por toda la casa sus malolientes cigarros. Estoy tan harta del olor del cigarro que me gustaría dar media vuelta y morirme.
—Los cigarros son un lastre, cariño. Un mero lastre. Si no tuviera un cigarro a que agarrarse, sus pies se levantarían del suelo. No volveríamos a ver a nuestro Zooey.

Había algunos ardides verbales en la familia Glass, pero tal vez Zooey era el único bastante bien coordinado para pronunciar impunemente esta pequeña observación por teléfono. O al menos así lo sugiere este narrador. Y Franny tal vez intuyó lo mismo. En cualquier caso, supo de repente que era Zooey quien estaba al otro extremo del hilo. Se levantó lentamente del borde de la cama.

—Está bien, Zooey —dijo—, está bien.

No del todo inmediatamente:

—¿Qué has dicho?

—He dicho que está bien, Zooey.

—¿Zooey? ¿Qué es esto?... Franny, ¿estás ahí?

—Sí, estoy aquí. Ya basta, por favor. Sé que eres tú.

—¿Qué demonios estás diciendo, cariño? ¿Qué pasa? ¿Quién es este Zooey?

—Zooey Glass —repuso Franny—. Ya basta, por favor. No tienes gracia. En realidad, ya estoy empezando a sentirme medio...

—¿Grass, has dicho? ¿Zooey Grass? ¿Un tipo noruego? Un poco macizo, rubio, at...
—Ya está bien, Zooey. Basta de eso. Es suficiente. No me haces gracia... En caso de que te interese, me siento absolutamente mal, de modo que si tienes algo especial que decirme, date prisa, dilo y déjame en paz.

El énfasis en esta última palabra fue extrañamente ahogado, como si la intención no fuese del todo verdadera. Se produjo un peculiar silencio al otro extremo del teléfono. Y una peculiar reacción por parte de Franny. Se sentó de nuevo en el borde de la cama de su padre.

—No voy a colgar el teléfono ni nada de eso —dijo—, pero estoy... no sé... estoy cansada, Zooey. Exhausta, francamente. —Escuchó, pero no hubo respuesta. Cruzó las piernas—. Tú puedes continuar con esto todo el día, pero yo no —dijo—. Todo cuanto soy está al auricular. No es terriblemente agradable, ¿sabes? Tú crees que todo el mundo está hecho de hierro o algo así. —Escuchó. Empezó a hablar de nuevo pero se detuvo cuando oyó el sonido de un carraspeo.
—Yo no creo que todo el mundo esté hecho de hierro, hermana.

Esta frase tan abyectamente sencilla pareció trastornar a Franny mucho más que un silencio prolongado. Alargó rápidamente la mano y cogió un cigarrillo de la caja de porcelana, pero no hizo ademán de encenderlo.

—Bueno, pues cualquiera pensaría que sí —dijo. Escuchó y esperó—. Quiero decir, ¿has llamado por alguna razón especial? —preguntó de improviso—. ¿Tenías una razón especial para llamarme?
—Ninguna en especial, hermana, ninguna en especial.

Franny esperó, y el otro extremo habló de nuevo:

—Supongo que más o menos te he llamado para decirte que continúes con tu Padrenuestro si es tu deseo. Quiero decir que es asunto tuyo. Es asunto tuyo. Es una oración muy bonita, y no permitas que nadie te diga lo contrario.
—Lo sé —repuso Franny, cogiendo nerviosamente la caja de cerillas.
—Creo que nunca he deseado realmente impedirte que la rezaras. Al menos, creo que no. No lo sé. No sé qué demonios había en mi mente. Pero hay una cosa que sé seguro. No tengo ninguna maldita autoridad para hablar como un superior, tal como lo he hecho. Ya tenemos bastantes malditos superiores en la familia. Esta parte me preocupa. Esta parte me asusta un poco.

Franny aprovechó la corta pausa que siguió para enderezarse ligeramente, como si, por alguna razón, una buena postura, o una mejor postura, pudiera ser conveniente dentro de unos momentos.

—Me asusta un poco, pero no me petrifica. Dejémoslo bien sentado. No me petrifica. Porque tú olvidas una cosa, hermana. Cuando sentiste el impulso por primera vez, la llamada, para rezar la oración, no empezaste inmediatamente a buscar un maestro por los cuatro rincones del mundo. Viniste a casa. No sólo viniste a casa, sino que tuviste una maldita crisis. Así, que si lo miras de cierta manera, sólo tienes derecho al insignificante consejo espiritual que podemos darte aquí, y a nada más. Por lo menos sabes que no habrá ningún maldito motivo ulterior en este manicomio. Seremos muchas cosas, pero no dudosos, hermana.

Franny trató de repente de encender el cigarrillo con una sola mano. Consiguió abrir la caja de cerillas, pero al rascar torpemente una cerilla se le cayó la caja al suelo. Se agachó con rapidez, recogió la caja y dejó donde estaban las cerillas diseminadas.

—Te diré una cosa, Franny. Una cosa que sé. Y no te enfades. No es nada malo. Pero si es la vida religiosa lo que quieres, tienes que saber ahora mismo que te estás perdiendo todos los malditos actos religiosos que se realizan en esta casa. Ni siquiera tienes el buen sentido de beber cuando alguien te trae una taza de caldo de gallina consagrado, que es la única clase de caldo de gallina que Bessie ofrece a quienquiera que haya en este manicomio. Así que dime, sólo dime, hermana. Incluso aunque te fueras a buscar un maestro por todo el mundo, un gurú, un santón, para que te enseñara a rezar bien el Padrenuestro, ¿de qué te serviría? ¿Cómo diablos vas a reconocer una taza de caldo de gallina consagrado cuando está delante de tu nariz? ¿Puedes decírmelo?

Ahora Franny estaba sentada con una rigidez anormal.

—Sólo te lo pregunto, no intento molestarte. ¿Te molesto?

Franny contestó, pero al parecer su respuesta no fue audible.

—¿Qué? No te oigo.
—He dicho que no. ¿Desde dónde llamas? ¿Dónde estás ahora?
—Oh, ¿qué importa dónde esté? En Pierre o Dakota del Sur, por el amor de Dios. Escúchame, Franny... lo siento, no te enfurezcas y escúchame. Sólo me quedan una o dos cosas muy cortas, y entonces me callaré, te lo prometo. A propósito, ¿sabías que Buddy y yo fuimos a verte actuar en provincias el verano pasado? ¿Sabías que una noche te vimos actuar en Playboy del mundo occidental? Era una noche bochornosa, te lo aseguro. Pero, ¿sabías que estábamos allí?

Parecía indicada una respuesta. Franny se levantó, e inmediatamente volvió a sentarse. Apartó un poco el cenicero, como si fuese un gran estorbo.

—No, no lo sabía —contestó—. Nadie dijo una sola... No, no lo sabía.
—Pues, sí, estábamos allí. Y te diré algo, hermana. Estuviste bien. Y cuando yo digo bien, quiero decir bien. Salvaste aquel maldito embrollo. Incluso aquellas langostas tostadas del auditorio lo sabían. Y ahora me entero de que has acabado para siempre con el teatro: yo me entero de las cosas. Y recuerdo los discursos que hiciste al volver, cuando se terminó la temporada. ¡Oh, me irritas, Franny! Lo siento, pero es la verdad. Has hecho el maldito y asombroso descubrimiento de que la profesión de actor está llena de mercenarios y carniceros. Si mal no recuerdo, incluso parecías desmoronada porque ninguno de los acomodadores era un genio. ¿Qué te ocurre, hermana? ¿Dónde está tu cerebro? Si tu educación ha sido extraña, al menos úsala, úsala. Puedes rezar el Padrenuestro hasta el Día del Juicio Final, pero si no comprendes que lo único que cuenta en la vida religiosa es la indiferencia, no creo que avances un solo centímetro. Indiferencia, hermana, sólo indiferencia. Ausencia de deseos. «El cese de todo anhelo.» Esta cuestión del deseo, si quieres saber la maldita verdad, es lo primero que hace un actor. ¿Por qué me obligas a decirte cosas que ya sabes? Hubo un momento, en una u otra maldita encarnación, si quieres, en que no sólo tuviste el deseo de ser una actriz, sino una buena actriz. Y ahora no puedes deshacerte de él. No puedes volver la espalda a los resultados de tus propios deseos. Causa y efecto, hermana, causa y efecto. Lo único que puedes hacer ahora, el único acto religioso que puedes realizar, es actuar. Actúa para Dios, si quieres, sé una actriz de Dios, si tal es tu deseo. ¿Qué podría ser más bonito? Al menos puedes intentarlo; no hay nada malo en intentar algo. —Hubo una breve pausa—. Pero sería mejor que te pusieras en movimiento, hermana. La maldita arena se escurre cada vez que das media vuelta. Sé de lo que estoy hablando. En este maldito y fenomenal mundo, tienes suerte si te dan tiempo para estornudar. —Hubo otra
pausa, aún más breve—. Yo solía preocuparme por esto. Pero ya no me preocupa tanto. Al menos aún estoy enamorado de la calavera de Yorick. Al menos aún tengo el tiempo suficiente para estar enamorado de la calavera de Yorick. Quiero una maldita y honorable calavera cuando me muera, hermana. Deseo una maldita y honorable calavera como la de Yorick. Y tú también, Franny Glass. Tú también, tú también... ¡Oh, Dios mío! ¿De qué sirve hablar? Has tenido la misma educación equivocada que yo, y si no sabes a estas alturas qué clase de calavera quieres cuando te mueras, y qué has de hacer para merecerla, quiero decir que si a estas alturas no sabes al menos que eres una actriz y que has de actuar, ¿de qué sirven las palabras?

Ahora Franny tenía la palma de su mano libre contra la mejilla, como si le doliera mucho una muela.

—Otra cosa. Y acabo, te lo prometo. La cuestión es que llegaste a casa desvariando y gritando contra la estupidez de los auditorios. Esa maldita «risa torpe» de la fila cinco. Y es verdad, es verdad, Dios sabe que resulta deprimente. No digo que no lo sea. Pero no es asunto tuyo, en realidad. No es asunto tuyo, Franny. La única preocupación del artista es aspirar a alguna clase de perfección, y según sus propias condiciones, no las de cualquier otro. No tienes derecho a pensar en esas cosas, te lo juro. Al menos no en un sentido real. ¿Sabes a qué me refiero?

Hubo un silencio. Ambos lo dejaron transcurrir sin aparente impaciencia o embarazo. Franny parecía tener aún un dolor considerable bajo la mejilla y seguía con la mano apretada contra ella, pero su expresión era marcadamente serena.

La voz del otro extremo reanudó la conversación.

—Recuerdo la quinta o sexta vez que aparecí en «Es un niño sabio». Sustituí varias veces a Walt en el programa; ¿te acuerdas de cuándo figuraba en el programa? Una noche, antes de la emisión, empecé a enfurecerme. Seymour me dijo que me limpiara los zapatos justo cuando salía por la puerta con Waker. Me puse furioso. Los asistentes del estudio eran imbéciles, el locutor era imbécil, los patrocinadores eran todos ibéciles, y yo no iba a limpiarme los zapatos para ellos, anuncié a Seymour. Le dije que de todos modos no podían verlos. El replicó que aun así tenía que limpiarlos. Que me los limpiara para la Dama Gorda. Yo no sabía de quién diablos hablaba, pero en su rostro había una expresión muy Seymour, así que obedecí. Jamás me reveló quién era la Dama Gorda, pero yo me limpiaba los zapatos para la Dama Gorda cada vez que salía en el programa; en todos los años en que tú y yo estuvimos en la emisión, si te acuerdas, no olvidé hacerlo más que un par de veces. Había en mi mente una imagen terriblemente clara de la Dama Gorda. Me la imaginaba sentada en el porche todo el día, asustando a las moscas, con la radio a toda marcha de la mañana a la noche. Me figuraba que el calor era terrible, y que ella probablemente tenía cáncer y... no sé qué más. De todos modos, parecía muy claro por qué Seymour quería que me limpiara los zapatos antes de la emisión. Tenía sentido.

Franny estaba de pie. Había retirado la mano de la mejilla para sostener el teléfono con ambas manos.

—A mí también me lo dijo —contestó al auricular—. Una vez me pidió que fuera graciosa para la Dama Gorda. —Quitó una mano del teléfono y la colocó, muy brevemente, encima de la cabeza, y entonces continuó sujetando el teléfono con las dos manos—. Nunca me la imaginé en un porche, pero sí con unas piernas muy gordas, muy venosas. La puse en una horrible silla de mimbre. Pero también tenía cáncer, ¡y la radio a toda marcha durante todo el día! ¡La mía también!
—Sí, sí, muy bien. Ahora déjame decirte algo, hermana... ¿Me escuchas?

Franny, con aspecto extremadamente tenso, asintió.

—No me importa dónde actúe un actor. Puede ser en un repertorio de verano, puede ser en la radio, puede ser en la televisión, puede ser en un maldito teatro de Broadway, lleno de la gente más elegante, mejor alimentada y más tostada por el sol que te puedas imaginar. Pero te diré un terrible secreto... ¿Me escuchas? No hay nadie allí que no sea la Dama Gorda de Seymour. Eso incluye a tu profesor Tupper, hermana. Y a todas las docenas de sus malditos primos. No hay nadie en ninguna parte que no sea la Dama Gorda de Seymour. ¿No lo sabes? ¿No sabes aún este maldito secreto? ¿Y no sabes, escúchame ahora, no sabes quién es realmente esa Dama Gorda...? ¡Ah, hermana! Es el mismo Cristo. El mismo Cristo, hermana.

Por gozo, al parecer, todo cuanto Franny pudo hacer fue sostener el teléfono con las dos manos.

Durante un minuto entero, más o menos, no hubo más palabras ni más discursos. Entonces:

—No puedo hablar más, hermana. —Siguió el sonido de un teléfono al ser colgado.

Franny retuvo un poco el aliento, pero continuó con el auricular pegado a la oreja. Una señal de marcar, naturalmente, siguió al corte de la línea. Franny parecía encontrarla un sonido extraordinariamente bello, como si fuera el único sustituto posible del propio silencio primordial. Pero también parecía saber cuándo debía dejar de escucharlo, como si la poca o mucha sabiduría que hay en el mundo fuese repentinamente suya. Cuando hubo colgado el teléfono, pareció saber también lo primero que debía hacer. Retiró los utensilios de fumar, apartó el cubrecama de algodón, se quitó las zapatillas y se metió en la cama. Durante unos momentos, antes de sumirse en un sueño plácido y profundo, permaneció quieta, sonriendo al techo.

Besos.
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Clio
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Registrado: 15 Jul 2006
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Ubicación: Ciudad Aut. de Bs. As., Argentina

MensajePublicado: Jue Mar 19, 2009 02:52    Asunto: Responder citando

Hola.

Después de haber leído varias traducciones de este cuento, esta es la que más me gusta, pero no puedo encontrar el nombre del traductor.

Un día perfecto para el pez banana


En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.

Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada— levantó el auricular del teléfono.

—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.

—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.

—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.

A través del auricular llegó una voz de mujer:

—¿Muriel? ¿Eres tú?

La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.

—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?

—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...

—¿Estás bien, Muriel?

La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...

—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...

—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...

—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.

—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.

—¿Cuándo llegasteis?

—No sé... el miércoles, de madrugada.

—¿Quién condujo?

—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.

—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...

—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.

—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?

—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?

—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...

—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...

—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...

—Muy bien—dijo la chica.

—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?

—No. Ahora tiene uno nuevo

—¿Cuál?

—Mamá... ¿qué importancia tiene?

—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...

—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.

—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...

—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...

—Lo tienes tú.

—¿Estás segura?—dijo la chica.

—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?

—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.

—¡Pero está en alemán!

—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...

—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...

—Un segundo, mamá —dijo la chica.

Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo.

—Muriel, mira, escúchame.

—Te estoy escuchando.

—Tu padre habló con el doctor Sivetski.

—¿Sí?—dijo la chica.

—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!

—¿Y...? —dijo la chica.

—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.

—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.

—¿Quién? ¿Cómo se llama?

—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.

—Nunca lo he oído nombrar.

—De todos modos, dicen que es muy bueno.

—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...

—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma.

—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...

—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.

—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...

—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.

—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?

—Me he quemado toda, mamá, toda.

—¡Qué horror!

—No me voy a morir.

—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?

—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.

—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?

—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.

—Bueno, ¿qué dijo?

—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...

—¿Por que te hizo esa pregunta?

—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...

—¿El verde?

—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...

—Pero ¿qué dijo él? El médico.

—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.

—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?

—No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.

—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?

—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.

—En fin. ¿Y tu abrigo azul?

—Bien. Le subí un poco las hombreras.

—¿Cómo es la ropa este año?

—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.

—¿Y tu habitación?

—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.

—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?

—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.

—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?

—Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez.

—¿Y no quieres volver a casa?

—No, mamá.

—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...

—No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas.

—Mamá, esta llamada va a costar una for...

—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que...

—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.

—¿Dónde está?

—En la playa.

—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?

—Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.

—No he dicho nada de eso, Muriel.

—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.

—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?

—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.

—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?

—Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.

—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?

—No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.

—Muriel, hazme caso.

—Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.

—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?

—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.

—Muriel, quiero que me lo prometas.

—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.


—Ver más vidrio (nombre chistoso de Seymour Glass = en en inglés de say more glass)—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?

—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.

La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.

—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.

—Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.

—Estáte quieta, Sybil, cariño...

—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil. La señora Carpenter suspiró.

—Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.

Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.

—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.

El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.

—¡Ah!, hola, Sybil.

—¿Vas a ir al agua?

—Te esperaba —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?

—¿Qué? —dijo Sybil.

—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?

—Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie.

—No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.

—¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.

—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.

Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.

—Pregúntame algo más, Sybil —dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.

Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.

—Es amarillo —dijo—. Es amarillo.

—¿En serio? Acércate un poco más.

Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.

—¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.

—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.

Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.

—Necesita aire —dijo.

—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?

—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.

—¿Sharon Lipschutz dijo eso?

Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.

—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?

—Sí que podías.

—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?

—¿Qué?

—Me imaginé que eras tú.

Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua —dijo.

—Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.

—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.

—¿Que eche a quién?

—A Sharon Lipschutz.

—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. —De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana.

—¿Un qué?

—Un pez banana —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.

Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.

Los dos echaron a andar hacia el mar.

—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana —dijo el joven.

Sybil negó con la cabeza.

—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?

—No sé —dijo Sybil.

—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.

Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.

—Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.

—Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?

Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.

Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.

—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.

Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.

—Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?

—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?

—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.

—No eran más que seis —dijo Sybil.

—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?

—¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.

—¿Si me gusta qué?

—La cera.

—Mucho. ¿A ti no?

Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.

—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.

—¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.

—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.

—Me gusta masticar velas —dijo ella por último.

—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.

Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.

—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.

—No me sueltes —dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?

—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana.

—No veo ninguno —dijo Sybil.

—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.

—Llevan una vida triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.

—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.

—No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos?

—¿Qué pasa con quiénes?

—Con los peces banana.

—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?

—Sí —dijo Sybil.

—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

—¿Por qué? —preguntó Sybil.

—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.

—Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.

—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos.

Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.

Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:

—Acabo de ver uno.

—¿Un qué, amor mío?

—Un pez banana.

—¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?

—Sí —dijo Sybil—. Seis.

De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

—¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.

—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?

—¡No!

—Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.

—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.

El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.

En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.

—Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.

—¿Cómo dice? —dijo la mujer.

—Dije que veo que me está mirando los pies.

—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.

—Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.

—Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.

Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.

—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso, por favor.

Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.

Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.

Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas.

Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro.

Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

Besos.
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