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LA ANTIGUA VAMURTA


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Marcus
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MensajePublicado: Mie Jul 22, 2009 11:16    Asunto: Responder citando

Primera de las razas de La Antigua Vamurta.


Los Pueblos del Mar


Dice una leyenda de los Pueblos del Mar que, Effa, diosa de los abismos marinos, creó el hombre con la loza de una de sus simas más profundas. Lo hizo emerger y lo situó sobre una playa. Desde la costa, el hombre emprendió el camino del interior, llegando al corazón del bosque, a los picos donde la nieve nunca se retira, y a los valles lejanos, en los que la uva crece llena y dulce.
Dice la leyenda que algunos de estos hombres jamás olvidaron las palabras de Effa, y decidieron quedarse en la orilla para poder venerarla, generación tras generación. Estos son los hombres y mujeres de los Pueblos del Mar. Lejos de querer un hogar, una frontera o una empalizada que defender, desean por encima de todo cabalgar con sus piraguas, partiendo en dos los latidos de las olas.
Y es que este Pueblo se desplaza de un punto a otro del Mar de los Anónimos cada cierto tiempo, disgregándose en una diáspora que les asegura su propia supervivencia, al igual que no es posible aplastar las golondrinas que emigran a los rincones dispares y lejanos.

Las primeras referencias de estas gentes se hallan en los Anales del Tecer Ciclo de la Antigua Vamurta, cuando los muros de ciudades y villas aún estaban hechos de bloques de barro cocido y argamasa. Se habla de una rara invasión a considerable distancia del sur de la capital, de todo un pueblo llegado en un sinfín de naves pequeñas, huyendo, posiblemente de algún cataclismo. De esos hechos queda, en el templo de Arismet, un bajorrelieve desgastado por el tiempo, que narra como el Conde De Sibila los rechaza, cerca del Cerros Blancos. Nada más se sabe de ese choque, aunque algunos historiadores apuntan a que parte de los invasores emigraron al interior de las junglas del sur.

Fragmento de La Antigua Vamurta:

“El Conde observó a aquel hombre un rato más. Parecía joven y al tiempo muy viejo. Los brazos y la espalda de un gigante, la expresión de un moribundo. Su piel oscura, sus ojos estirados recordaban a los de un murriano. El hombre llevaba una hilera de pendientes en la oreja derecha y el cabello largo y sucio, atado con una cola. Los otros eran de su clan: la misma piel tostada, facciones parecidas, los colgantes idénticos.
- ¿De dónde sois? – inquirió el Conde.
- ¿De dónde somos? – hizo el hombre un pausa como si nunca antes se le hubiera ocurrida esa pregunta -. Somos de una tierra que se liga, que se mezcla con la costa, una tierra que juega con las olas, que entra y sale de su madre, la mar... ¿No sabéis quien somos aún, señor? Fuimos un pueblo libre, aunque éramos pocos, antes que los hombres grises nos rompieran y enmudecieran nuestros cantos. Somos algunos de los que quedan del Pueblo del Mar – acabó el hombre, sin esperar respuesta por parte de aquel extraño.”
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Marcus
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MensajePublicado: Jue Ago 06, 2009 17:11    Asunto: Responder citando

Vesclanos (1/2)

Vida Privada y Creencias

Sin duda, a los vesclanos les gustaría vivir sin más, entre el bosque y el cielo, teniendo como únicos vecinos a los animales salvajes y los espíritus que adoran. Para este pueblo, la llegada de los hombres grises y la progresiva expansión de los territorios sufones, desde el oeste y el noreste, supuso una convulsión social y económica que se alargó durante muchas estaciones, al ver mermado sus recursos y sus tierras.

Los vesclanos son una de las razas más pacíficas e introvertidas de las presentes en las enormes extensiones de tierra de las Colonias, según la denominación de los hombres grises. De hecho, los vesclanos rara vez han iniciado guerra alguna, incluso en el ámbito privado resulta extraño ver un vesclano iniciar una pelea. La violencia se reserva para la defensa, aunque no existe para este pueblo una exclusión expresa de la vía de las armas y, de hecho, si éstos se consideran engañados o timados, no dudan en afilar sus dagas.
Es quizás la falta de ambiciones políticas y territoriales lo que resulta más chocante y singular de esta raza, y al mismo tiempo, lo más apreciado por aquellos que les son próximos. Su fidelidad y sentido del orden son proverbiales en el oeste y en el este, y tener un amigo entre ellos significa tener alguien al que poder recurrir, alguien al que acudir aunque el tiempo haya extendido las zarzas del olvido.

En las creencias de este pueblo, “amendhas”, no hay ni dioses ni santos, y menos aún representación física de los mismos. Su culto se basa en una energía rectora, “Bodhais”, que organiza y hace el mundo posible. Son un pueblo animista, que cree que el más allá es un tránsito que los devuelve al fuego primigenio de la tierra, que adora a las fuerzas del viento y la tempestad, a lo que respira en la profundidad de las cuevas, que ama los árboles, los bosques y los prados, ya que consideran que al morir, se vuelve al Boadhais, en todas sus formas posibles. De todas las expresiones de la naturaleza, es en el fuego donde los vesclanos ven la condensación, el clímax, del Bodahais, ya que consideran que la energía desprendida por las llamas es pura renovación, un tránsito de un estado a otro.

En el ámbito familiar, al contrario del ámbito público, los vesclanos son gobernados por sus féminas. Algunos historiadores apuntan a un “matriarcado encubierto”, cuando se refieren a esa sociedad. Es en la intimidad de los salones de sus hogares donde las vesclanas sacan el mal genio por el que son conocidas, mandando en la educación de sus hijos y en las cuentas de la casa. Es tal su poder, que en la toma de las grandes decisiones de esta raza, se sospecha que muchas han sido adoptadas desde la alcoba.
Las familias vesclanas acostumbran a ser numerosas, lo que facilita la estructura de clanes, ya que cada hembra puede albergar en su vientre entre diez y doce retoños, aunque muchos mueren durante los tres primeros años de vida por ser los neonatos de muy pequeño tamaño y escasas defensas. En las familias, la abuela la figura que aglutina al resto de parientes y su defunción es el acto social más notable, por encima de alianzas y matrimonios. Los muertos jamás son enterrados, y se opta por la incineración como último adiós, ya que consideran que la energía de la muerte no desaparece, si no que se transforma.
Los vesclanos son esencialmente monógamos, aunque entre su aristocracia mercantil se toleran casos de poligamia, en la que una hembra de prestigio puede contar con tres y cuatro maridos. Y es que los vesclanos disfrutan de un sexo único, enormemente placentero para sus mujeres, que por suerte de su raza no resultan atractivas para hombres y sufones. En sus prácticas sexuales, de múltiples y breves encuentros, no existe el concepto de intimidad ni asociaciones morales vinculadas, lo que crea una alta exigencia para los machos, que en casos aislados pueden ser repudiados por sus esposas en caso de disfuncionalidad severa.


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Marcus
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MensajePublicado: Jue Ago 13, 2009 03:32    Asunto: Responder citando

Vesclanos (2/2)






A diferencia de sufones y murrianos, y al igual que los hombres, los niños viven con sus padres hasta el “andihomius”, el ritual de paso de la niñez a la edad adulta, en el que los jóvenes juran ante el wasileus de su ciudad obediencia al “Libro de los días”, que dicta las leyes y las costumbres de este pueblo. Tras el juramento, los jóvenes han de permanecer tres lunas en las Cuevas de Arrt, bajo las órdenes de instructores en leyes e instructores militares. A partir de ese momento, los jóvenes pueden iniciar su propia singladura, lejos de sus progenitores.

Los vesclanos son una sociedad de comerciantes extremadamente tradicional y rígida. Se reserva a los machos el derecho de comerciar y vivir lejos de sus asentamientos, y son los viajantes y mercenarios el único canal con el mundo exterior, la única posibilidad de renovación de una comunidad muy estructurada. A las hembras se las reserva el espacio doméstico, el deber de la descendencia y parte del trabajo artesanal y recolector, mientras los vesclanos se dedican a la agricultura, la minería, el trabajo de los metales y la guerra, junto con el gobierno. Aunque esta división es, en parte, aparente.

Arquitectura, Estructura Política y Economía
Al igual que su concepción del mundo, los vesclanos construyen sus pueblos y urbes mirando hacia la tierra, buscando el refugio en ella. Siempre que les es posible, esta raza ha construido ciudades en parte visibles, que ocultan su corazón bajo tierra, ya sea aprovechando y ampliando cuevas naturales, fundando núcleos pegados a altos abrigos rocosos o bajo cortes montañosos. La conquista de una ciudad vesclana es un trabajo para titanes pacientes, ya que rebasados sus altos muros sólo se logra arrancar la piel del enemigo.
Su capital, Dahaee, es un ejemplo de ello. Su majestuosa ágora se halla bajo techo, en el interior de la montaña, cerca de la entrada de la cueva de dónde la ciudad nace, iluminada por la concentración de mayor número de velas de todos los territorios y en las tardes despejadas, por la declinante luz del sol. En la profundidad de la montaña vive más de la mitad de su población, en largas galerías excavadas en roca viva donde no llega el calor del día. Bajo la ciudad visible, rodeada de un doble muro y altos torreones, trabajan los artesanos del hierro y los tejedores, se cuecen bloques de arcilla, se cocina y se vive.
Los accesos a cada uno de los niveles de la ciudad están bloqueados por grandes puertas de acero azul y, en caso de asedio, se liberan las palancas de múltiples trampas, que significan un calvario y enormes pérdidas para aquél que ose tomar por la fuerza Dahaee.
La falta de ambición y su carácter pacífico, su respeto por el prójimo, ha obligado a este pueblo a ser el mejor constructor de fortalezas y estructuras militares del universo del Mar de los Anónimos, de modo que la mayoría de los ejércitos consideraría muy seriamente la negociación ante las puertas de sus bastiones.

El gobierno vesclano, o Teslas, está formado por representantes de las doce familias más poderosas, pero a sus cargos o “demos”, se accede por votación. Esta raza constituye una República, en el que los cargos son elegidos en las Juntas de Iguales, que tienen poder para devaluar, castigar e incluso condenar a muerte a un mal wasileus, ya sea éste civil o militar.
La moneda más común es el doih, en piezas de bronce y plata, apreciadas como cambio por la pureza de sus metales, que se ha mantenido imperturbable durante generaciones.

Su ejército no pasará a los anales de la historia del Mar de los Anónimos como el mejor de las razas conocidas, ya que evitan la lucha a campo abierto. Las unidades están adscritas a las fortificaciones que defienden, encargadas de la defensa sobre sus muros y el orden en su perímetro exterior, dividiendo el país en castillos y ciudades, que funcionan también como unidades administrativas.
Su armamento no difiere en gran medida al de los hombres grises pero sí dan una importancia capital a los artilugios destinados a desbaratar un asedio: grandes catapultas cargas de piedras y barriles de aceite ardiendo, ballestas de arco infinito con cargadores automáticos, trabucos ciclópeos, carrosbalista que deben ser tirados por cuarenta vesclanos, contraminas inundadas de escorpiones, y un sinfín de trampas invisibles, que se activan cuando un ejército enemigo se acerca o intenta saltar por encima de sus almenas.


Su economía, al igual que las grandes civilizaciones a lado y lado del Mar de los Anónimos, se basa en la agricultura, la manufactura y el comercio, aunque con sus particularidades.
Su agricultura no es exportadora, ya que cultivan productos extraños destinados al propio consumo como son líquenes, setas y lúpulo. Su ganadería no existe, ya que las proteínas de su base alimentaria se obtienen de las grandes granjas de insectos (gusanos y termitas, especialmente), en las afueras de sus ciudades, y en la pesca. Carpas, espricones y salmones son sus platos de fiesta preferidos.
La gran riqueza de los vesclanos, su nombre, se ha relacionado con el metal, ya sea por su extracción o por su trabajo, en las grandes forjas que son el orgullo de este pueblo. Estas forjas son las de mayor renombre del mundo conocido y su metal el más ligero y resistente, aunque los vesclanos adolecen de tecnología, y la entrada de los arcabuces y las nuevas armas de fuego dejarán en jaque a esta industria tradicional. Gran parte de su fama de herreros proviene de la calidad de su material, metales de gran pureza extraídos de sus minas al aire libre, relamiendo en círculos las bolsas de hierro, zinc y cobre de los montes y carcomiendo con paciencia los intestinos de las montañas de los Cerros Negros, al sureste de sus asentamientos, a través de profundos túneles, en cuya delicada construcción son maestros.
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Marcus
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MensajePublicado: Dom Ago 23, 2009 17:47    Asunto: Responder citando

(dejo las razas y acabo de subir el Capítulo III. Sin él, la otra de las historias de Vamurta, "Ermesena La Joven", no se acaba de entender, aunque buena parte de este capítulo es de carácter bélico).


(enlaza con el último post del libro, Cap. IIIº)



El capitán Álvaro mordisqueaba un trozo de queso mientras observaba la gran brecha abierta en la muralla, sin entender muy bien la razón por la que los murrianos no se habían decidido a lanzar el asalto. De más de ochos cuerpos de ancho, por esa abertura de piedras humeantes podría pasar una compañía desfilando. Aquella mañana había cesado el bombardeo y por primera vez en muchos días podía pensar con una cierta claridad. Vivir unos instantes de sosiego. Había ordenado que dos ballesteros se encaramaran al viejo minarete de Tervas, erigido detrás de la muralla, para vigilar los movimientos del enemigo. Calculaba que aquella misma tarde o por la mañana se produciría el ataque. Hasta el más joven de sus soldados lo podría predecir, se dijo a sí mismo.
Miró a sus hombres como si no los conociera, como los miraría un viajero que está de paso. Un sentimiento de lástima brotó de su interior, sabiendo que muchos de ellos dejarían este mundo, quizá inútilmente. Entre sus filas, había valientes guerreros de los valles del condado, de espaldas anchas y bella piel gris, de cabellos rizados que surgían violentos debajo del casco, como si buscasen la luz del sol. Hombres y mujeres de las lejanas llanuras, tiempo atrás perdidas, que miraban la brecha con determinación, seguros de su fuerza. También había otros, más jóvenes, asustados bajo el peso del hierro de sus armaduras. Pero las falanges del condado, armadas de lanza larga y espada, protegidas por grandes escudos y coraza, eran una fuerza temible en un campo de batalla estrecho. Tendrían su oportunidad.

Reinaba un silencio cortante entre las filas de las siete falanges dispuestas delante de la brecha, por donde el enemigo intentaría el asalto. El capitán Álvaro decidió arengar a los hombres, si no para reconfortarlos, al menos unas palabras servirían para romper el tedio, la espera. Avanzó hasta situarse delante de las falanges, de espaldas a la brecha.
- Soldados, la mala hora está ya cercana -dijo alzando la voz-. Es probable que hoy o mañana de comienzo el ataque. La suerte de nuestra ciudad y de los nuestros está decidida. ¡Onar nos protege!
Nadie contestó. No se escuchó ningún grito de aprobación. La tropa sólo escuchaba. Todos se habían girado para mirarlo haciendo tintinear sus armas. La figura alta del capitán se mantenía erguida, expectante.
- Sabéis que al enemigo le agrada luchar en campo abierto. Pronto tendrá que pasar por ese paso -y diciendo eso, señaló la brecha-, si quieren pisar las calles de Vamurta. Será una lucha cuerpo a cuerpo, no habrá sorpresas. Sus espadas contra las nuestras. Y es sobre estos muros derruidos donde podremos tomar venganza por todos los nuestros que han caído. ¡Venganza por los que han muerto!
Nadie respondió. El capitán se sintió momentáneamente tocado, casi ridículo. Avanzó hacia la compacta masa de escudos que tenía delante, rompiéndola. Vio que algunos soldados lo miraban con aprobación silenciosa. Se sintió algo más reconfortado. Empezó a comprobar los cordajes de un hombre, de otro, la espada de una guerrera, a centrar el casco ladeado de un soldado que sonreía. Los hombres hacían sitio a su oficial a medida que pasaba de fila en fila. “Recordad, en primer lugar nos lanzarán dardos, jabalinas, todo lo que tengan”, decía a los que estaban más cerca. “Tened los escudos bien agarrados y levantadlos bien alto”. Alguien le ofreció una piel con vino para refrescarse. Álvaro pensó que, quizás, aún podrían resistir. “Cuando lleguen, cerrad bien las filas, hacedlas impenetrables. ¡Hombro con hombro! No retrocedáis hasta escuchar el aviso de las trompetas”. La tropa empezaba a murmurar, más animada.

El veguer de la Marca Sur, rodeado de su guardia y alguno de los pequeños nobles que habían sobrevivido a los primeros meses de guerra, escrutaba el estado del cielo a la derecha de las falanges, donde había sido asignado. Con una línea de edificios a sus espaldas, la alta muralla de Vamurta en frente y una estrecha calle para escapar a su izquierda, los hombres del veguer estaban demasiado apelotonados. Perdido en sus pensamientos amargos, la arenga del capitán de la plaza le parecía cansina. Poco a poco una masa de nubes deshilachadas devoraba el tejido azul del cielo, entristeciendo en algo la mañana. Miró a los hombres de su guardia, apretados en tan poco espacio. Algunos eran tan jóvenes que sus barbas eran aún de pelo corto y desordenado. Se fijó en uno de ellos. De piel de un gris intenso, su larga nariz aguileña dejaba levantado el protector nasal del casco. Bajo las pupilas negras de los ojos, las bolsas moradas de las ojeras delataban falta de sueño y un miedo que se transmitía a la rigidez de las facciones.
- Soldado ¿qué harás cuándo hayamos enviado a estas bestias al otro lado de la Gran Puerta?- preguntó el veguer, forzando una sonrisa.
- ¡Oh! No lo había pensado, señor. Querría, quizás, volver al sur... Donde está el hogar de mis padres. Pero esto parece difícil -contestó, dudando que sus palabras fueran acertadas -, esta invasión...
- ¿Qué más?
- Bien señor, dejar la labranza... Podría encontrar oficio en los talleres -apuntó con algún apuro- y entonces, tener lo que se dice una casa, señor, una casa, y una mujer.
Mientras decía esas palabras, el miedo se había difuminado de su rostro. Casi parecía un hombre corriente hablando entre los tenderetes de un mercado. El veguer se arrepintió de haber preguntado. Tomó conciencia, como si alguien lo hubiera zarandeado con brusquedad, de cuál era su deber.
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Marcus
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MensajePublicado: Lun Sep 14, 2009 17:56    Asunto: Responder citando

La expresión de su rostro cobró firmeza. Ya no podría morir como quería, y muriendo acabar con todo aquello que representaba. Un punto final. Aún quedaba el deber, pensó. Quizá valdría la pena morir por los suyos, retrasando aquella debacle escrita, cortar el bombeo que atormentaba su corazón. Hundir la espada en las carnes del enemigo y dar tiempo a otros. Tiempo. Y borrar así las sombras que retorcían y punzaban su soledad.
—Escuchad —dijo a su guardia y a los señores que lo rodeaban—, escuchadme y recordad. Cuando la lanza del enemigo me llegue, seguid luchando, pero no esperéis mucho en girar vuestras miradas hacia el puerto. Los barcos no esperarán hasta ver los estandartes de los murrianos cerca de sus velas. Yo tampoco lo haría. Luchad, cuando llegue el momento, deberéis desaparecer del campo de batalla y llegar a los muelles.

Sus hombres lo miraron como quien mira a un difunto, entre la lástima y la reverencia. No dijeron nada. Pasada la sorpresa, el castellano de Alcorás se dirigió a su señor.
—¿Creéis, entonces, que seremos derrotados?
—Así es —contestó mirándole a los ojos.
Dicho esto, les dio la espalda, alejándose de sus guerreros que se miraban entre ellos como esperando que alguien cambiara aquella predicción funesta. Volvía a sentirse extraño entre todos aquellos hombres cargados de hierro, cubiertos de placas. Hubiera querido estar en el salón de su fortaleza, oteando los campos desde las ventanas alargadas, recordando en paz a sus muertos.

El capitán Álvaro seguía animando a sus soldados y bebiendo pequeños sorbos de vino cuando apareció, resoplando, uno de los ballesteros que habían mandado hacer de centinela.
—Señor, avanzan.
El capitán salió corriendo de la formación hasta llegar a la brecha. Se encaramó sobre los sillares caídos de la muralla hasta estar lo bastante elevado para ver gran parte del valle. Así era, se podía observar algún movimiento en las huestes dispuestas frente a la ciudad, pero no podía saber de qué se trataba. Buscó la escalera de caracol que ascendía hasta las almenas de los muros. Pasó entre los pocos arqueros que había ahí dispuestos, y sacó la cabeza entre los dientes de la muralla con prudencia, consciente de la amenaza de las culebrinas. Un viento suave surcaba el aire.

Bajo el cielo matinal, cruzado por estrechas colas de nubes, una masa de manchas ocres avanzaba lentamente. Localizó a la infantería ligera en el centro, tres cuadros avanzados al cuerpo de ejército. Detrás los seguían grupos de arqueros y más atrás tropas que no logró identificar. En medio de estos dos grandes grupos, los murrianos habían situado las ocho torres de asalto que se balanceaban, cada una movida por filas de decenas de bueyes. Por el flanco derecho avanzaban los jinetes de Ulak, formando un inmenso triángulo, medio oculto bajo la nube del polvo que levantaban las pezuñas de los ciervos de combate. El capitán se extrañó al detectar por el flanco izquierdo grupos de infantería y arqueros que formaban un grupo autónomo, desligado del cuerpo principal. También notó que habían dejado los arcabuceros muy atrás. Demasiado lentos para un ataque ágil. Las bombardas iban siendo desmontadas y cargadas sobre las espaldas de los grandes rinocerontes, y también se retiraban las filas de culebrinas que habían martilleado la parte alta de la muralla. La infantería que protegía las armas de fuego se replegaba, dejando espacio para el paso de los que llegaban desde atrás.

El capitán se rascaba la barba, cavilando qué era lo que pretendía el enemigo. Estuvo un buen rato mirando, parapetado detrás de una almena, concentrado en sus divagaciones. Sacó una caña de tabaco de debajo de su coraza y la encendió. Desde arriba ordenó que los arqueros se desplegaran detrás de los dientes de la muralla junto con algunos infantes armados de lanzas. Mientras fumaba iba perdiendo la tensión que no le dejaba entender la maniobra de los murrianos. Era muy clásica. Dio otra calada a la caña. Había un ataque directo, por el centro. Se intentaría asaltar la muralla y a la vez entrar a la ciudad por la brecha. Además, el flanco izquierdo del enemigo buscaría un ataque secundario por algún punto mal defendido, más al sur, que le obligaría a prescindir de algunos de sus hombres.
Se incorporó de un salto y bajó las escaleras de la muralla de dos en dos, pasó por delante de las falanges y llegó hasta las calles donde aguardaban las tropas irregulares. Habló con los oficiales y les ordenó seguir el flanco izquierdo del enemigo, marchando hacia el sector del río, con la orden de no enrocarse en ninguna posición hasta estar bien seguros del punto de penetración del enemigo. Les asignó dos brigadas de ballesteros, reduciendo de esta forma los efectivos que defendían la brecha. Hecho esto, volvió con sus soldados. Mandó traer vino para todos. La iniciativa fue recibida con vítores.

Mientras la tropa bebía, el ejército murriano se acercaba lentamente. El capitán creyó que era el momento de ir al encuentro del veguer de la Marca Sur. Lo encontró plantado delante de la brecha, con las manos enlazadas a la espalda. Parecía bastante tranquilo, como si nada indicase que estaba a punto de desencadenarse un combate atroz. Bajo la visera del casco, las dos gotas de sus ojos oscuros eran las de un hombre sereno. El veguer se giró al oírlo llegar. Su boca trazó una mueca fatigada.
—Capitán, llegan los días de los valientes —dijo con resignación.
—Veguer, cualquiera pensaría que estáis a punto de salir por ahí —contestó, señalando los campos donde avanzaba el enemigo—, a dar un paseo.
—Un largo paseo, sí —repuso, sin que su rostro expresara nada.
—He dispuesto a los arqueros sobre la muralla y he dejado los ballesteros que me quedan sobre esta ruina —explicó, mirando las casas derruidas que estaban a sus espaldas—. Los primeros murrianos que asomen la cabeza por aquí, ni tan siquiera podrán alzar sus lanzas. Para la segunda ola haré avanzar las falanges hasta estar casi encima de la brecha. Y para lo que venga después... Esperemos el favor de los dioses. ¿Tenéis alguna sugerencia?
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Marcus
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MensajePublicado: Sab Oct 03, 2009 03:26    Asunto: Responder citando

El veguer se quedó meditabundo, observando a los soldados que terminaban sus rondas de vino e iban formando de nuevo.
—Ninguna sugerencia. No creo que haya otra forma de situar a los hombres. Sólo una cosa. ¿Qué pensáis hacer si estos salvajes sobrepasan nuestras líneas?
—Llevar las tropas hasta la Ciudadela —contestó con un semblante serio—. Resistir a ultranza.
Los dos hombres se miraron unos segundos. El veguer, con sus dos manos, cogió por el brazo al capitán.
—No tenéis nada que hacer encerrándoos en la Ciudadela. Alargar vuestra suerte, a lo sumo —dijo endulzando su voz áspera—. Nada que hacer. La única esperanza es rechazar el ataque aquí, en la brecha.
—¿Habéis visto lo qué hay ahí fuera?
—Lo sé. Y además, es seguro que nadie vendrá en vuestra ayuda. No, estaréis solo. Completamente solo.
—Necesitamos de los altos muros de la Ciudadela. Seremos unos pocos. Ya he ordenado el acopio de víveres —contestó el capitán.
—Recordad, amigo mío. Para el bien de los que sobrevivan y de vuestra propia suerte. Recordad mis palabras. Si los murrianos nos pasan por encima, si rompen las defensas por algún punto, agrupad a todos los soldados que podáis y marchad hacia el puerto. Recordad, somos las piedras que frenan la crecida del río que nos llega, una vez hayan...
—¿Y los hombres, las mujeres, los niños que queden en la ciudad? —cortó Álvaro, mirando con fijeza el veguer.
—Botín de guerra. No hay flota en este mundo que pueda evacuar una ciudad. Bien lo sabéis. Vuestro deber es ver más allá de nuestro horizonte —sentenció el veguer con frialdad, sosteniéndole la mirada.
—¿Y vos? ¿Qué pensáis hacer cuando tengamos que recular? ¿Correr hacia los barcos?
—Yo, capitán...Mirad. Hace tiempo que os vigilo. Siempre me ha sorprendido vuestra falta de ambición política... Seríais un cortesano nefasto, nunca os he visto entre los nobles, sí, pero sois un buen militar y de alguna manera la tropa os sigue. —El veguer lo miró con una expresión divertida—. Allí, al otro lado del mar, lejos de aquí, quizá un día alguien os necesite. Quizá os necesiten los que salgan vivos de todo esto.
El capitán Álvaro lo miraba sorprendido y algo nervioso. El enemigo avanzaba paso a paso y aquel hombre le hablaba de lo hipotético, del día de mañana que ni los más poderosos dioses conocen.
—Llevo unos días rumiando —prosiguió el veguer con calma—, sobre la mala hora que nos crucifica. He visto batallas como una gran red que se lleva a los hombres, he visto crecer este condado que amo... El hierro de mi espada ha cortado cuellos, muchos, y he visto morir a tantos… No creo que Vamurta pueda frenar esta crecida. Soy viejo y he perdido casa, mujer y dos hijos jóvenes —diciendo esto, restó absorto, mirando las llanuras del gran valle—. ¡Capitán! Es poco lo que me ata a este mundo. Escuchad, reagruparé a los hombres más viejos y a los más desesperados si el enemigo nos supera. ¡No digáis nada! Cubriré vuestra retirada.

Ninguno de los dos habló durante unos instantes. Ya no había tiempo para más. El capitán recordó al Heredero, pero el veguer no sabía gran cosa.
—Dicen que agoniza en su cama. No debéis contar con su lanza. A pesar de que su sola presencia espolearía a los hombres.
El rumor del avance enemigo iba ganando en intensidad. Se separaron con un fuerte apretón de manos.
El capitán Álvaro se encaramó otra vez a la muralla, poblada de arqueros. Las palabras del veguer le habían entristecido y a la vez le habían descargado la conciencia. “Ahora tenemos un plan de batalla”, se dijo, “y luz en esta hora incierta”.
A su derecha, lo que había sido la Torre de Oriente no era más que un montón de escombros. Miró hacia el oeste. Bajo el sol del mediodía las huestes enemigas habían dejado de avanzar, esperando. Álvaro habló con los arqueros, que toqueteaban la madera de sus arcos con nerviosismo. Toda la potencia de los murrianos se desplegaba a sus pies, el rugir del enemigo empezaba a oírse con claridad. Vio a muchos hombres sudando, los frentes chorreantes bajo el peso de los cascos, las manos temblorosas.
—¡Esperad a mi señal! ¡No lancéis hasta haberme oído! El que no tenga la mano lo bastante firme, la perderá —gritó el capitán con fiereza, consciente de la importancia de disparar en bloque sobre un blanco cercano.
Avanzó apartando a los hombres hasta encontrar al oficial de los arqueros, Gofreu. Aquel hombre mayor, pasados ya los cuarenta años, lo miraba sin entusiasmo. Sus ojos pequeños y verdes, sobre un grueso bigote que bajaba hasta la mandíbula, parecían inmutables.
—Gofreu, ¡los tenemos encima! —El capitán pronunció aquella frase como un escupitajo—. Una vez hayáis ordenado las dos primeras descargas, tendréis a los murrianos a tiro de lanza.
— Cierto —contestó Gofreu.
—Mantened a los hombres fríos. Haced que vuestros arqueros se concentren sobre blancos seguros. No perdáis flechas castigando a los grupos lejanos o en coberturas. ¡Quiero murrianos muertos sobre estas piedras! —dijo, señalando el pie de la muralla—. Disparad sobre los que se agrupen cerca de la brecha. Allí se van a amontonar, quiero que entren en la ciudad dispersados. ¿Lo habéis entendido?
Mientras el capitán daba las instrucciones, se propagaba una especie de clamor creciente. Llegaban más voces, más ruidos.
—Así lo había pensado, señor, pero vamos a perder hombres aquí arriba si dejamos muy tranquilos a los arqueros murrianos —respondió alargando cada una de las palabras que pronunciaba—. Aunque ahora no es el mejor momento para matices...



El capitán miró hacia el valle. Frente a la ciudad se levantaban nubes de polvo por doquier, a medida que la gran masa del enemigo cubría el verde de las huertas y el amarillo viejo de los campos de trigo. El aire se llenó de un estrépito ensordecedor, como si un alud de piedras se desplomara desde algún risco.
Los hombres que defendían la muralla parecían hipnotizados, dominados por aquel súbito rugir. El capitán, repuesto de la primera impresión, se giró con violencia y gritó a los de abajo "¡Haced sonar los tambores!". No oía los tambores, luego, mientras descendía de la muralla, oyó un tímido repicar, como si un murmullo llegara de un valle remoto. Luego escuchó otros tambores que se sumaban a los primeros. Por fin las falanges hacían oír su voz con fuerza, despertando a los guerreros, rompiendo el miedo que el rápido avance de los murrianos estaba provocando entre la tropa.
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Marcus
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MensajePublicado: Jue Dic 03, 2009 08:47    Asunto: Responder citando

Hola,

He montado un blog sobre esta historia de Vamurta:

http://epicavamurta.blogspot.com/

Es sencillo, fácil creo, y la idea es ir subiendo un poco todo lo que tenga que ver con Vamurta, pero también con el arte, en un sentido amplio de la palabra.

P.ej. El último post es sobre Kurosawa y su cine épico.

Un saludo-
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Marcus
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MensajePublicado: Mar Dic 29, 2009 10:40    Asunto: Responder citando

El otro día fui a ver Avatar, no he podido evitar subir una crítica en el blog sobre este momento, que creo que es un antes y un después en la historia del cine.
Saludos.
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Marcus
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MensajePublicado: Mie Ene 13, 2010 12:03    Asunto: Responder citando

Hola,

Os quería comunicar una buena noticia.

Antigua Vamurta será publicada por la editorial Grupo AJEC, de Granada (España). Es una novedad que me deja muy descansado.

La novela saldrá al mercado en un año, aproximadamente.


Quiero agradecer las lecturas que se han hecho de los capítulos que he ido subiendo, lo que, creí yo, era motivo suficiente para seguir compartiendo esta historia, que espero que continúe siendo de interés.

Un saludo,
Igor

Os dejo el link, por si queréis echar un vistazo:
http://epicavamurta.blogspot.com/
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Marcus
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MensajePublicado: Dom Mar 14, 2010 05:21    Asunto: Responder citando

Un joven artista mejicano, Gin Hindew (Edwin), de Hidalgo, ha hecho algunas ilustraciones del libro.
Subo una de las colgadas en el blog, que se parece mucho a lo que tenía en la cabeza.

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