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Pablo Martínez (1969 - 2009)



 
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Autor Mensaje
Marcelo di Marco
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Registrado: 16 Nov 2000
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Mar Oct 20, 2009 17:17    Asunto: Pablo Martínez (1969 - 2009) Responder citando

Pablo Martínez



Se llamaba Pablo Martínez y era un tipazo. Tan excelente narrador como persona, enamorado para siempre de las palabras y de las historias bien escritas, figuraba entre los mejores escritores de nuestra escudería. El 6 de agosto había cumplido 40 años. Y el jueves, el pasado 15 de octubre, su esposa Paula me escribió para darme una noticia que aún no puedo asimilar: nuestro querido Pablo había muerto dos días antes, el martes 13, a las 20:30, exactamente hace una semana.
Como podrá comprobarse en los cuentos que siguen a esta despedida, Pablo Martínez era un escritor de raza, nervio y garra creadora. Como lector, fue uno de esos felices y tozudos omnívoros que lo han leído prácticamente todo. Y eso lo demostraba no sólo en sus maravillosos relatos sino en las observaciones siempre certeras que con toda humildad desplegaba acerca de los cuentos y el estilo de sus compañeros del taller de los jueves por la noche. Más de una vez me vi gratamente superado por su agudeza deslumbrante. Da fe del extraordinario talento de Pablo la gente del grupo, que tanto lo quiso, lo llora y lo recuerda. Todos han tenido palabras de elogio y de cariño para esta gran persona, que a la salida del taller era capaz de pasarse de su parada del subte para seguir charlando con los muchachos. Ciertos párrafos de algunos de sus e-mails lo definen de cuerpo entero en cuanto a tesón, gratitud, sano perfeccionismo, buen humor y modestia. Se trata de palabras privadas que, autorizado por Paula, comparto públicamente:

“Ahora estoy con otro cuento y, como te decía antes, podrá ser una cagada, pero el placer del laburo que le estoy metiendo no me lo va a sacar ni la más feroz de tus críticas. De siete páginas ya está en cuatro, amén de haber cambiado finales, comienzos, eliminado personajes y situaciones al pedo... El proceso en sí es un placer, al margen del resultado”.

“En una de ésas le doy demasiada importancia al hecho, pero entendeme: me da gusto sentir que, aunque sea por momentos, puedo sintonizar esas palabras que piden los textos y que andan por ahí, esperándonos.
Ah, una cosita más. Soy muy gallego (asturiano en realidad, si me escucha mi mamá me mata) y en una de ésas no lo demuestro mucho, pero sabelo: te agradezco de corazón todos tus comentarios, sos muy generoso conmigo. Y me generás una gran responsabilidad con todo lo que me decís: ojalá esté a la altura y no te defraude”.

“Ayer me hiciste emocionar. I am a happy boy, como dicen los ingleses. Te agradezco de corazón las palabras de aliento y los elogios. ¡Y el vinito, que todavía no abrí! Fue demasiado para un solo día. Sabés lo mucho que disfruto el taller, creo habértelo dicho. Y hace un tiempo que se transformó en una necesidad. En serio, me hicieron muy bien tus palabras. Perdón por ser reiterativo pero no puedo dejar de agradecerte por tu vocación de compartir lo que sabés”.

“Me fui muy contento por las buenas sensaciones que generó el cuento; si bien no tengo la pretensión de que lo que escribo trascienda las paredes de tu casa, tampoco escribo “para mí”. Desde ya que quiero encontrar mi voz, pero una voz que le dé placer a alguien más. Sufro como un condenado cuando lo que escribo no se entiende o aburre a los demás. Yo te digo que aprendo en forma exponencial con cada clase. No sé si se nota en mis textos pero tarde o temprano va a suceder. Por ejemplo, el cuento de ayer tenía años de estar arrumbado por ahí, recién ahora le pude encontrar la vuelta para darle forma y terminarlo. Así que gracias otra vez”.

Según me lo declaró él mismo y me lo confirmó Paula, Pablo amaba venir al taller. Había ingresado hace dos años, y eligió el horario de las 19:30 porque, según me contó en uno de sus primeros e-mails “es el que mejor me queda, llego bien desde el trabajo y vuelvo a casa como para ver a mi nena antes de que se duerma. Esto último es un intento descarado por tocarte el corazón”.
Genio y figura.

En sus ratos de ocio, Pablo pensaba dedicarse a la ingeniería: le faltaban muy pocas materias para recibirse. La noche en que murió acababa de rendir una, y lo primero que hizo cuando salió del examen fue llamar a la casa para contarles a Paula y a su hija Miranda, de siete años, la muy buena nota que se había sacado. La primera que lo atendió fue Miranda. Después, mientras la chiquita celebraba, Pablo le agradecía a la esposa todo el apoyo que ella le daba con la carrera. Y eso fue lo último que hizo, el último gesto de cariño: Dios tenía otros planes para él.
Les pido entonces, amigos del TCYC, que se unan al sentimiento de su querida familia, al mío y al de sus compañeros. Recemos por el eterno descanso de Pablo Martínez. Y que nuestro principal homenaje sea leerlo y disfrutar con sus historias, pues así es como mejor se le rinde tributo a un escritor.

Marcelo di Marco
Taller de Corte y Corrección,
20 de octubre de 2009.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mar Oct 20, 2009 17:21    Asunto: Responder citando

Nunca un tigre


Entre la negrura por sobre el parabrisas del colectivo, le parece adivinar el crepúsculo de la mañana.
No llega a saber que ha entrevisto un fulgor, apenas. Un fulgor de relámpagos distantes.





—¿Nos metemos en algún lugar calentito, lindo?
Aunque en Constitución ya no quedan preguntas que asusten, Luis se sobresalta: ésta acaba de abalanzársele desde un portal en penumbras. Sin levantar la vista de la vereda, cubre en un trote adormilado los metros que lo separan de la parada del colectivo. La parada junto al correo.
Un viento de lluvia empieza a soplar desde el Bajo. Apesta. La ciudad se despereza.
Ya en la parada, Luis sube al umbral del correo y se recuesta contra la persiana de hierros que cierra la entrada. Lo recibe un vaho familiar: en su negativa a cobijar crotos y borrachos, el porche del correo se ha condenado a recoger vómitos y orines.
Luis va directo al poste de la parada, sólo para volver enseguida al umbral del correo: el viento no le ha dejado otra opción. Se cubre la boca con la bufanda y se resigna a esperar ahí, la nariz fruncida, el colectivo que lo llevará a su trabajo en el Zoológico.
Sabe muy bien que no es la hediondez que sale por entre los hierros lo que le molesta: peores pestilencias debe soportar a diario en el Zoológico. Lo que le molesta es la sensación de hallarse junto a una jaula vacía. Una como las que debe limpiar en el trabajo; una de las que, en otros tiempos, supo limpiar con el padre.
Entorna los ojos: no bien llegue al Zoológico volverá a pedirle al supervisor que lo libere de limpiar el sector de las jaulas vacías. Sí señor, se lo pedirá de nuevo.

—De ninguna manera —había respondido el supervisor la última vez—. Quién te entiende. Son jaulas vacías: no dan ningún trabajo, y encima te tocan cada muerte de obispo. No hay que juntar cagadas ni sobras, ni las porquerías que le tira la gente a los animales.
Pero Luis ya sabía todo eso. Y sabía, además, aquello que era un secreto a voces entre los de Mantenimiento: en las jaulas vacías, aquel sector en desuso y vedado al público, uno podía prender una radio, echarse una siestita al terminar el trabajo. Incluso bajarse una petaca.
En aquel sector del Zoológico se podía hacer cualquier cosa.
—Es que son muy calladas, muy oscuras —le había explicado Luis al supervisor—. Y se me da por pensar. Se me da por recordar cuando las limpiaba con mi viejo.
—Hay que aguantársela —le había dicho el hijo de puta, mirándolo fijo—. Aguántese, no hay otra.
Luis buscó maldad en aquellos ojos, pero apenas encontró una triste incomprensión.
Es que no sabían nada, en el Zoológico. Nadie sabía.
Ni siquiera mamá se había dado cuenta.

El viento arrecia. Luis se despabila y le da la espalda a la calle. Se restriega las manos, las pone como un cuenco y les vuelca su aliento una, dos, tres veces.
Pega la frente a la persiana y, haciéndose pantalla con las manos, observa por entre los listones el interior del correo: bajo la luz oscilante del farol de la calle, los buzones, las sillas y el pedestal con el talonario de números se le vuelven trémulos, palpitantes. Vivos, se le vuelven. Como animales durmiendo. Como fieras acechando.
Apartándose de la cortina, enfoca en la vidriera la cara surcada de diagonales: le —se— jura que un día esperará a que abra el correo y mandará el telegrama al Zoológico.
El del reflejo mueve los labios.
—La vieja —oye Luis—. Pensá en la vieja.
—Ya no está —le responde—. La vieja ya no está.
—Sos muy pendejo, vos.
—Ya no soy un pendejo.
—Con doce años te llevé a trabajar conmigo. Qué sabés hacer, más que palear bosta y baldear jaulas. Marica.
—Mañana renuncio —dice Luis, sonriente, clavando su mirada en la sonrisa socarrona en el vidrio—. Mañana mismo renuncio al Zoológico.
Y un trueno corona su amenaza.
Quién le manda mostrarle las uñas al viejo, piensa Luis. Mira su reloj: falta para que llegue el colectivo. Igual estira el cuello y lo busca en el fondo de la calle.
Sus ojos desandan en un parpadeo las cuadras desiertas: del portal del que hace apenas un rato salió la pregunta, ahora asoma una pierna enfundada en media de red.
Justo hoy viene a cruzarse con una de ésas. Justo hoy, y con tanto frío. Hoy, con tanto frío y con tanta hambre.
En eso, se larga a llover. La pierna desaparece en el portal.
Sin pensarlo, él corre hacia allí.
—¿Te decidiste, lindo? ¿Te llevo a algún lugar calentito?
Luis echa un vistazo tímido a la promesa de calor que se le ofrece en aquel cubil: bajo un tapado entreabierto, vislumbra una bombacha y un corpiño a punto de estallar.
Tras una honda inspiración, se le atreve a esa cara angulosa, de pómulos altos, maquilladísima. Y casi sin sombra de barba.
Casi.
Luis se imagina un cartel en alguna de las jaulas desocupadas del Zoológico:

CASI: FELINO TÍPICO DE CONSTITUCIÓN

“Especie muy resistente al frío”, le agrega. Muy resistente al frío y… muy resistente al frío y…
Y no hay caso. Hasta las ocurrencias se le congelan. Y más si las ocurrencias involucran a ciertas jaulas del Zoológico.
Vuelve los ojos al piso. Afuera, breves ráfagas de viento modulan el repiqueteo de la lluvia sobre el asfalto.
A Luis se le viene el hablar quedo del padre: el viejo jamás le había levantado la voz, ni siquiera para insultarlo, ni siquiera para lo otro. Se le viene aquel murmullo lacerante con el que el viejo solía hostigarlo: cuánto tiempo trabajando bajo el ala paterna, cuánto tiempo prendido de la teta de la madre, cuánto tiempo sin compañera.
—Cuánto —se oye decir Luis. Por un instante cree haberlo pensado, nada más.
Pero lo ha dicho.
El casi se pone a ronronearle una lista de precios y servicios: con cada nueva inmundicia se le acerca un poco y baja la voz. Hasta que remata, en una exhalación:
—Por cien pesos, todo.
Puro instinto, Luis se palpa la turgencia en el bolsillo del pantalón: la quincena, recién cobrada.
Todo.
Por primera vez en su vida, todo al alcance de su mano.
El viento del Bajo lo ha seguido hasta el portal, y ahora se le mete por las botas, por el cuello, por las mangas de la campera. El frío de afuera resuena con sus muchos, viejos fríos.
Luis oye un motor, se asoma a la vereda justo para ver cómo se le va el colectivo.
Un relámpago le muestra las rabiosas zanjas mordiendo la esquina, nubes desplomándose sobre edificios.
Él no es de los que llegan tarde al trabajo: el supervisor no le dirá nada.
Todo —dice Luis, con la vista perdida en el fondo de la calle—. Llevame.

Un empleado torpe, al que van cambiando de tareas según demuestra su impericia en cada una: así se siente Luis en la pieza del hotel, llevado de una posición a la otra, sobado, exprimido. Al entrar en aquella cueva había accionado cuanto interruptor pudo encontrar, pero muy poco se las arreglan esos foquitos escuálidos contra las tinieblas voraces que lo reclaman: los hedores masculinos, las humedades, incluso la oscuridad, ejercen sobre él una atracción tan repugnante como invencible. Un remolino de excrementos y de deseo se revuelve sobre aquel jergón, listo para llevárselo a las alturas de la náusea.
En un intento por resistir —o acaso para huirle a su magra desnudez en el techo de espejo descascarado—, Luis se cubre los ojos. Y se da vuelta, jadeante, y muerde el borde del colchón. Entonces oye un susurro:
—Así, guacho. Mansito…
Mansito.
Da un respingo: tan del padre, aquella expresión. Mansito. Tan del padre, el dolor que ahora principia.
“No me muestre las uñas”, le advertía el viejo no bien terminaban de limpiar las jaulas vacías. “Usté, mansito”, le decía, mientras se lo llevaba a la rastra para los fondos de aquel sector del Zoológico. “Aguantesé”, le susurraba después al oído, incesante, pegajoso. “Así, mansito. Siempre mansito, nunca un tigre”.
Nunca un tigre: todo el credo que le había legado aquel miserable hijo de puta.
—No —dice Luis, en la infinita penumbra.
Y ruge. Y arquea el lomo. Y tira zarpazos.

Vuelve empapado a la parada del correo. Tal como lo ha hecho esa misma madrugada, se sube al umbral y se aplasta contra la cortina, de espaldas a la calle. Por lo bajo, suelta una puteada: en el vértigo, en el estremecimiento, ha olvidado su bufanda en el hotel.
Por entre las diagonales de la persiana, ve cómo un tipo sale de detrás del mostrador, lo ve cruzar el local, lo ve ya delante de él. El tipo golpea el vidrio con los nudillos: la persiana empieza a subir lentamente.
Luis baja del umbral. Ya no le importa la lluvia: sólo trata de recordar la dirección del Zoológico. Qué estúpido, no sabérsela. Qué vergüenza.
Aún no ha cesado el rumor de la persiana, cuando Luis percibe otro rumor: el siseo de la lluvia segada por un colectivo.
En un acto reflejo, hurga en sus bolsillos. Se da cuenta al instante: no ha hecho otra cosa que buscar las monedas para el boleto.
La tormenta se cierra como una jaula, y Luis se escabulle en el porche del correo.
Espera.
Tan pronto como el ruido del motor le indica que el colectivo no alcanzará a detenerse en la parada, sale, salta la zanja y se planta en medio de la calle.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mar Oct 20, 2009 17:22    Asunto: Responder citando

Tablas


Despertó.
La recibieron el silencio intermitente de los grillos y la respiración, en acompasado contrapunto, de su esposo. La sofocante sinfonía del verano reverberaba en la oscuridad del cuarto.
El sabor de otros labios aún rondaba por su boca. Los había probado una sola vez, mientras su marido participaba de un torneo en el centro. Una sola vez, sólo una. Y sin embargo no pasaba noche sin soñar con Reyes.
Buscó el reloj al otro lado de la cama. Nada. Los dígitos fosforescentes habían cancelado sin aviso su función de teatro negro.
Cortaron la luz, conjeturó.
Un leve cosquilleo iba ganando sus sentidos. Con los ojos bien abiertos se resignó al insomnio.
Entonces lo supo: alguien más planeaba por ese cielo bochornoso que era su desvelo. Volaban los dos en círculos, como halcones inquietos. El escozor se le hizo urgencia.
Reyes.
Un graznido distante la devolvió a la cama: su marido roncaba cuando dormía boca arriba. Estiró apenas una mano y rozó su miembro. ¿Podría saciarle el hambre aquel fruto reseco? ¿Existía algo que lo encendiese más que esas estrategias sacadas de libros polvorientos?
Por toda respuesta, él murmuró algo y le dio la espalda.
Reyes, concluyó ella. Debía ir con él.
Abandonó el dormitorio en puntas de pie. Al pasar por el living, tropezó con la maldita mesa del tablero. Tanteando las paredes llegó hasta el vestíbulo, también a tientas buscó las llaves.
Abrió la puerta, cruzó el jardín, descorrió el pasador del cancel y salió a la vereda, todo como si la llevasen.
El calor brotaba de las baldosas, de la tierra misma. Agobiada, la luna se derretía entre las acacias y formaba charcos de luz sobre el pavimento. Ni un alma en el barrio. Ni los gatos. Ni el ruido de un auto.
Sin vacilación alguna —don del deseo y del vecino diputado y su seguridad privada—, se entregó confiada a la cuadra en penumbras, en un deslizarse etéreo, improbable.
Le costó distinguirlo: las sombras lo cubrían, allá en la otra cuadra. De traje negro, parado en la vereda de enfrente y un poco antes del puesto de vigilancia, sólo su cara reflejaba algo de luz.
Apuró el paso, excitada.
A la vuelta de la esquina oyó unos cascos: un caballo al paso tiraba de un carro atestado de cachivaches. Ella reparó en su mínimo camisón blanco y se acurrucó en el porche de una casa. El clac-clac-clac crecía en su dirección. Al fin le pasó por delante sin detenerse, y fue apagándose hasta dejar todo en silencio. Como antes.
Salió de su escondite y siguió caminando hacia la esquina. Allá enfrente, el hombre dio un paso adelante. Un paso medido, justo. Un paso que lo dejó bajo la luz cribada por la fronda.
—Reyes —jadeó ella.
Midiendo cada uno de sus avances —como un sabueso y no como una hembra en celo— y con la vista fija en ese macho majestuoso, bajó a la calle y cruzó en diagonal.
Él dio otro paso, esta vez de costado, como invitándola a entrar en una casa.
Ella se detuvo.
Sintió que una sonrisa lúbrica le empapaba los labios: en medio del goce de ese lento asedio, se le había venido la imagen de aquél, acodado sobre el tablero incansable; por primera vez en el tiempo que llevaban juntos comprendió su pasatiempo, su obsesión.
De pronto un ruido seco y el haz de una linterna: el guardia salía de la garita y venía hacia ella.
Puro instinto de supervivencia, retrocedió y se dio vuelta y cruzó la calle corriendo. En plena fuga vio la puerta que se abría en la casona del diputado, y al diputado que se asomaba y observaba impasible su carrera.
Al llegar a su casa, se detuvo en la vereda y miró atrás: el vigilante había desaparecido, Reyes seguía en el mismo lugar. Lo vio dar otro paso.
Tomó aire, resuelta a intentarlo de nuevo; pero el sonido de los cascos pasando la ochava pudo más que todos sus anhelos juntos. Saltó la verja y atravesó el jardín.
Pegó un portazo, surcó a ciegas el vestíbulo. En el living, algo se interpuso en su huida y la arrastró consigo al suelo. Pronto apareció un fulgor difuso con una figura detrás.
La penumbra retrocedió vacilando, y entre parpadeos le reveló la mesita tumbada y las piezas desparramadas por la alfombra. Entonces ella vio todo a la luz de la vela que se licuaba en aquella mano.
Vio en el tablero al barrio y sus escaques hechos de claroscuros. Ahí el caballo, harto de tantas esquinas; allá, el guardia y su torre desmoronada. Procurando evitar la mirada inquisidoramente oblicua del alfil, la mujer se reconoció al fin en su camisón blanco, caída, ya sin chances en aquel ajedrez espectral.
Y deseó ver por última vez a Reyes, Reyes y su espléndido traje negro. Pero la vela se lo había llevado en su crepúsculo. Sólo vislumbraba al otro, aquél que había distraído desvelo y resentimiento en una sola partida; ése que hendía la oscuridad con una mueca por sonrisa y le susurraba, filoso:
—¿Qué hacés andando por la casa a oscuras? ¿Qué hacés que no estás en la cama conmigo, mi reina?
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mar Oct 20, 2009 17:25    Asunto: Responder citando

Cucú



Cucú.
Nunca supe por qué le decíamos así: flaco y jorobado y con el pelo blanquísimo, más recordaba a una garza. Acaso fuese por su agonizante chalecito con tejado a dos aguas y ventana de hojas rotas en el vértice de la fachada. Acaso, también, por la puntualidad con que salía a la calle cada mediodía.
El portón de la tapia que rodeaba su casucha fue el reloj de mi infancia: ese quejido herrumbroso, al abrirse, me recordaba la hora de salir a jugar con mis amigos. Aún hoy, el más ligero chirrido me lleva a aquella época en que yo no postergaba ninguna felicidad.
Hasta su recuerdo me es esquivo: siempre lo evoco yéndose, huraño. De overol y borceguíes, cargando un bidón y tirando de un changuito destartalado, pateaba por las vías hacia el campo del Ejército. Los del Regimiento le daban querosén para la estufa y comida, me explicó un día mi padre.
Cuando lo veíamos volver, el bidón chorreando y el changuito repleto de porquerías, interrumpíamos nuestros juegos para torearlo, imitando bien fuerte el canto del cuclillo:
—¡Cucú! ¡Cucú!
Él largaba un gruñido, tiraba la carga al suelo y corría hacia nosotros con brazos de espantajo. Pero a los pocos metros se quedaba sin aire, roja la cara marchita. Un tomate seco. Igual le temíamos: nuestro candor —nuestro cruel candor, quién sabe— atribuía esas arrugas a una naturaleza maligna. Ahora sé que hay ciertas grietas en la cara de un hombre que únicamente el abandono puede abrir. Lo sé porque mi cara muestra esos mismos abismos que tanto temí en la suya. Lo sé porque yo también me he quedado solo.
Aunque Cucú vivía de revolver en la basura, jamás lo creí un ciruja: bajo su mugre, uno percibía otra cosa. Cuando cumplí los doce años, mi papá me reveló eso que solamente los mayores sabían: Cucú había sido cura, más precisamente el capellán del Regimiento. Hasta que una trombosis le desbarató el habla. Del Regimiento lo pasaron a la Curia, y de ahí no tardó en volverse al hogar de su infancia, vacío desde la muerte de los padres. Parece que, con el habla, Cucú también había perdido la fe.
—De ahí tanta desgracia —sentenciaba mi padre.
Pero mamá sostenía otra cosa. Según ella, el infortunio le venía de antes. Y le venía de una mujer.
Bajo esa luz, la enfermedad aparecía como castigo; el encierro, como expiación. Tiene sentido: sólo las hembras causan tanto estropicio a su paso. Y eso mi vieja lo sabía mejor que nadie.
La madriguera de Cucú se venía abajo frente a mi casa, en donde hoy está la placita del barrio. La rodeaba un muro erizado de palos, caños y tablones. Aquella empalizada hecha con sobras del progreso no alcanzaba para protegerlo de mi curiosidad: arrodillado detrás de la ventana de mi cuarto y oculto tras el cortinado, me la pasaba vigilando sus movimientos. Así le descubrí una costumbre que de seguro nadie más conocía —mi casa era la única de altos en la cuadra—: muy de cuando en cuando, Cucú oficiaba en su terreno una especie de rito de limpieza. Balde en mano, descalzo y en cueros, asperjaba con un cucharón la multitud de cachivaches que atestaba el lugar: un redentor de la basura. Vaciado el balde, se ponía a dar vueltas por sus dominios, los brazos cruzados detrás de la espalda y la vista clavada en el suelo. Gesticulaba furioso, como si discutiese. Se metía en la casa, y no volvía a vérselo hasta el día siguiente.
A pesar de mis recaudos, más de una vez me sorprendió en pleno acecho, girando seco y preciso para asestarme una mirada furibunda. Sé que me espiás, me acusaban esos jueces oscuros, sus ojos. Yo hubiese querido sostenerle la mirada, decirle que sí, que te espío como se me antoja, Cucú. Pero, muerto de miedo, agachaba la cabeza y bajaba la persiana en un suspiro.
Conforme fui creciendo, me desentendí de él. Su persona y sus costumbres —incluso la de la purificación de su basural— pronto se me volvieron invisibles. No le prestaría atención sino hasta muchos años después de aquellas tardes de mi niñez.

Acababa de separarme, y llevaba unos cuantos días encerrado en mi casa. El legado paterno había devenido residuo conyugal: una carcasa muda, casi sin muebles, desnuda de plantas y de fotos. Muerta.
Yo había retomado mi vieja costumbre de espiarlo a Cucú. Me aliviaba comprobar que, al menos en eso, las cosas seguían como entonces. Cucú salía con la puntualidad de siempre y volvía con las porquerías de siempre; nomás faltaban sus rituales.
Será cuestión de tiempo presenciar alguno, pensé.
Y bien, tiempo era lo que me sobraba.
Una tarde, Cucú demoraba más de la cuenta en volver. Ante mi ventana, las horas se arrastraban huecas, morosas. La calma del barrio se había visto apenas interrumpida por el paso de un cortejo fúnebre.
Al fin apareció por la esquina, mucho más tarde de lo acostumbrado. Aunque estoy seguro de que había salido con el chango, cargaba solamente el bidón. Sin embargo, lo noté agotadísimo. Como pudo empujó el portón y entró a la casa. Casi de inmediato se fue la tarde.
Negra, grave, intemporal, como una biblia antigua, la noche invitaba a la contemplación. Arrimé una silla, me acodé en el alféizar.
Tras la ventana de la casa de enfrente se encendió una luz. Conforme retrocedían las sombras, fui distinguiendo el quinqué sobre la mesa, los papeles.
Y a Cucú.
Con la frente apoyada en una mano y un mohín de penitente, escribía. Escribía como desangrándose, como si esa línea de sombra que le nacía del lápiz se le estuviese clavando en el corazón.
Ya me vencía el sueño cuando, de pronto, Cucú estampó el lápiz contra la mesa. Juntó cada uno de los papeles, los ordenó y los envolvió en bolsas, una dentro de otra. Después se levantó, asió la vacilante lámpara y salió de la estancia.
En todo aquello hubo algo de terminal, de marcial: aunque ni me imaginaba lo que estaba por venir, se me figuró el arriado de una bandera.
Enseguida lo vi salir. Luz en una mano, envoltorio en la otra, Cucú fue hasta el único claro que se abría entre ese caos de palos y muebles y tablones que dominaba su exiguo terreno. No sé de dónde sacó una pala. Febril, cavó un pozo y enterró el paquete. Volvió a la casa y salió al instante, ya sin el quinqué. Y con un balde y el cucharón en las manos.
El farol de sodio de la esquina me permitió vislumbrarlo: andaba a los tropezones, rociando el maderaje en el más absoluto silencio, en una versión muda y cetrina de su viejo rito diurno. Vacío el balde, lo tiró por ahí y, sin que mediasen los rodeos ni las discusiones imaginarias de antaño, se metió en la tapera.
Yo creí que ya había visto suficiente para un solo día. Crucé los brazos y me entregué al sueño.


Al rato, un fulgor molesto me hizo abrir los ojos. Por todas partes, la misma noche sin astros ni brisa; enfrente, un trémulo remedo del sol.
Parado detrás de su ventana, balanceando la lámpara con el brazo extendido hacia afuera, Cucú me observaba. La lumbre le confería un aire funesto a sus ojos, esos mares a los que afluían mil arrugas sudorosas. Entonces lo supe: Cucú me había estado esperando. Me había esperado no desde mi brevísima siesta, sino desde antes, desde mucho antes.
Aunque no había ninguna acusación en sus ojos, hice lo que siempre había querido hacer de chico: asentí.
Cuando dejó caer la lámpara, la llama se abrió a izquierda y a derecha: empujado por el querosén del Regimiento, el fuego sitió la casa en segundos.
Alcé nuevamente la vista: Cucú se había disuelto en sombras.
Bajé la persiana. Me acosté a esperar a que cesase el resplandor: cada vez más débil, persistía entre las hendijas. Mientras tanto, me di a pensar en esas hojas enterradas.
Quizá Cucú me había dejado un sermón, una exhortación a que abandonase la soledad, a que no siguiese sus pasos. O tal vez me ofrecía una justificación irrebatible de ese rito final cuya postergación yo había presenciado tantas veces.
“Mañana salgo con una pala y las busco”, recuerdo que pensé, en un arranque de valentía.

No importa lo que pasó después: ni lo mucho que tardaron los bomberos ni lo poco que se demoró en hacer del terreno una plaza. No hay nada más que contar sobre Cucú.
Y menos interesa —esto que escribo no trata sobre mí— si yo crucé la calle y escarbé en las cenizas de aquel pobre pájaro para recuperar su manuscrito.
Sólo a veces, en ciertas noches sin estrellas, pienso en Cucú. Pienso en qué clase de salvación me habrá dejado en su última liturgia.
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