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La montaña mágica de Thomas Mann


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MensajePublicado: Jue Jul 07, 2011 15:02    Asunto: Responder citando

Más tarde, durante la comida, el consejero pronunció una pequeña conferencia, animado a ella por James que, desde el otro extremo de la mesa, hizo la siguiente pregunta:
—¿Qué le pasa al hombre cuando se descompone? —Y añadió que el consejero había naturalmente estudiado todo lo que se refería al cuerpo, pues éste era su especialidad, era en cierto modo un príncipe del cuerpo, si se podía expresar así, y debía por tanto contar lo que pasaba cuando el cuerpo se descomponía.
—Ante todo, el vientre estalla —contestó el consejero, apoyándose en los codos e inclinado sobre las manos juntas— , uno está sobre las tablas y sobre las virutas, y los gases, ¿comprende usted?, suben, como los malvados rapaces hacen con las ranas al llenarlas de aire. Para terminar, queda convertido en un verdadero globo; luego su vientre no soporta ya la presión y estalla. ¡Pataplum! Usted queda aligerado sensiblemente y hace como Judas cuando cayó de la rama: se vacía. Sí, y después de eso se queda como es debido. Si se le concediese un permiso podría volver a ver a sus parientes sobrevivientes sin que se extrañasen en demasía. A eso se llama dejar de apestar. Y si entonces se sale al aire libre, uno resulta un tipo completamente aceptable como los ciudadanos de Palermo que se hallan colgados en los subterráneos del convento de capuchinos de Porta Nova. Secos y elegantes, están colgados allí y disfrutan de la estima general. Lo importante es haber dejado de apestar.
—¡Comprendido! —dijo el cónsul—. Se lo agradezco infinitamente.
Al día siguiente por la mañana, había desaparecido.

La Montaña Mágica
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MensajePublicado: Vie Jul 08, 2011 15:56    Asunto: Responder citando

—¡Perfecto, excelente! —exclamó Peeperkorn, y se puso tieso. Sus manos se separaron y, al mostrarse extendidas y abiertas, dejaron ver las palmas hacia el exterior, como para iniciar una plegaria pagana. Su fisonomía grandiosa, que se había mostrado por unos instantes llena de dolor gótico, florecía opulenta y alegre. Un pequeño hoyuelo de sibarita se dibujó en su mejilla—. Ha llegado la hora —murmuró. Se hizo traer la carta. Ajustó su monóculo de armadura de carey y encargó champán; tres botellas de Mumm, Cordon rouge, tres sec. Además, petits fours, deliciosas golosinas en forma de cono y helados de delicadas cremas, rellenos de chocolate y de bizcocho, servidos sobre servilletas de papel.
La señora Stoehr se lamía los dedos. El señor Albin, con una maestría de técnico, liberó el primer tapón de corcho de su jaula de alambre, retiró el tapón en forma de seta con el ruido de una pistola de juguete y lo hizo saltar hasta el techo, después de lo cual, según la tradición elegante, envolvió la botella en una servilleta para escanciar el vino. La noble espuma manchó el mantel. Se entrechocaron las copas, que fueron vaciadas de un solo trago, y el estómago se sintió electrizado por aquel picoteo frío y perfumado. Los ojos comenzaron a brillar. El juego había quedado interrumpido, sin que se hubiese juzgado necesario retirar las cartas ni el dinero. Los contertulios se abandonaban a una deliciosa pereza, continuando su charla sin sentido, cuyos elementos estaban proporcionados a cada uno por su estado de sensibilidad exacerbada, elementos que en su estado primitivo presagiaban una belleza suprema, pero que, al buscar su expresión, degeneraban en una especie de galimatías fragmentario y pesado, ininteligible, que hubiera causado gran sorpresa a cualquier persona en estado normal, pero que los interesados consideraban como completamente lógico, pues todos se hallaban sumidos en el mismo estado de irresponsabilidad.
Incluso la señora Magnus tenía las orejas encarnadas y aseguraba que se sentía llena de vida, afirmación que parecía no causaba mucha alegría al señor Magnus.
Herminia Kleefeld se apoyaba sobre el hombro del señor Albin y le tendía la copa para que se la llenase de vino.
Peeperkorn dirigía la bacanal, vigilando el aprovisionamiento y atendiendo a que no faltase nada. Después del champán hizo servir café, un moka muy fuerte, que acompañó de nuevo con «pan» y con licores dulces, abricot brandy, chartreuse, crema de vainilla y marrasquino para las señoras.
Se sirvieron luego filetes de pescado y cerveza, y finalmente té, té chino, lo mismo que manzanilla para los que preferían abandonar el champán y los licores y entendérselas de nuevo con un vino serio, como el mismo Peeperkorn que, después de medianoche, había vuelto, con madame Chauchat y Hans Castorp a beber vino tinto de Suiza, picante, y con una sed insaciable vaciaba vaso tras vaso.
A la una todavía duraba la sesión, prolongada en parte por una borrachera de plomo, en parte por el placer singular de perder la noche y en parte por el efecto de la personalidad de Peeperkorn, y tal vez también por no seguir el ejemplo de san Pedro y de los suyos. Nadie quería hacerse culpable de semejante debilidad.
Hablando de un modo más general, las mujeres parecían más resistentes, pues mientras los hombres, rojos o pálidos, estiraban las piernas, hinchaban los carrillos y bebían con tiento, de un modo completamente maquinal, ellas se mostraban más enérgicas. Herminia Kleefeld, con los codos desnudos apoyados sobre la mesa y las mejillas en las manos, señalaba riendo a Ting Fu, que hacía visajes mostrando la blancura de sus dientes, mientras la señora Stoehr, con la barbilla metida en el escote, charlaba por encima del hombro, esforzándose en hacer volver a la vida al procurador. Con la señora Magnus ocurrió lo siguiente: había acabado sentándose sobre las rodillas del señor Albin y le tiraba de las orejas, lo que parecía causar un gran placer al señor Magnus. Antonio Carlovitch Ferge fue invitado a contar la historia del choque en la pleura, pero se embrollaba de tal manera que no consiguió decir nada, confesando honradamente su impotencia, lo que decidió a los demás a reanudar la bebida. Wehsal comenzó, de pronto, a verter amargas lágrimas, nacidas de lo más hondo de su miseria, pues consideraba que no podía expresarse con palabras, pero los demás consiguieron reanimarle haciéndole beber café y coñac. Y entonces, a causa de sus gemidos y de su barbilla temblorosa por la que resbalaban las lágrimas, despertó el interés de Peeperkorn, quien, con el índice en alto y frunciendo los arabescos de sus cejas, llamó la atención general sobre el estado de Wehsal.
—¡Miradle cómo está...! —dijo—. ¡Miradle cómo está...! Sécale la barbilla, ángel mío. ¡Toma mi servilleta! O mejor, no, déjale. Él mismo renuncia. Señoras y señores... ¡Sagrado...! Sagrado en todos los sentidos, tanto en el sentido cristiano como en el sentido pagano. Un fenómeno de primer orden... De los más grandes... no... no...
Esas palabras explicativas fueron acompañadas de gestos precisos, ligeramente burlones, mientras repetía el estribillo: «Miradle cómo está.» Tenía una manera especial de unir el índice y el pulgar formando un círculo, manteniendo la mano por encima de la oreja e inclinando la cabeza con ironía, gesto que despertaba sentimientos semejantes a los que despertaría un venerable sacerdote de un culto extraño que, recogiendo su veste sacerdotal, se pusiese a bailar con una gracia chocante delante del altar de los sacrificios. Luego, sentado en una actitud grandiosa, agarrándose a las sillas vecinas, obligaba a todos a sumirse con él en una evocación viviente y arrebatadora de la mañana, una mañana de invierno helada y sombría, cuando la luz amarillenta de nuestra lámpara se refleja en los vidrios de la ventana entre las ramas desnudas, perdidas en una bruma helada y matinal, dura como el graznar de los cuervos y el paisaje que se ve a través de esa ventana. A fuerza de alusiones consiguió hacer tan intensa esa fría aparición del día, que todos se estremecieron, principalmente en el momento en que evocó el agua helada exprimida de la esponja, resbalando sobre la nuca, agua que él llamó lustral. No era más que una digresión, que un apólogo que obligaba a fijar la atención sobre las cosas de la vida; una improvisación fantástica que abandonó inmediatamente para insistir sentimentalmente sobre esa hora nocturna que resbalaba en una atmósfera de fiesta. Se mostró enamorado de toda su sociedad femenina, sin preferencias y sin conceder la menor atención a las personas. Hizo a la enana proposiciones de tal calibre que el rostro envejecido y simiesco de la desgraciada criatura se llenó de muecas y de pliegues. Dijo a la señora Stoehr galanterías tales que ella, vulgar por naturaleza, comenzó a mover los hombros más exageradamente que de costumbre y lanzó gritos que parecían de loca. Rogó a Herminia Kleefeld que le diese un beso en su boca desgarrada, e hizo grandes coqueterías con la infortunada señora Magnus; todo eso a pesar de su tierna adhesión a su compañera de viaje, cuya mano se llevaba con frecuencia a los labios con un fervor galante.
—¡El vino! —decía—; ¡las mujeres...! Eso es..., a pesar de todo... Permítanme... ¡El fin del mundo...! ¡Getsemaní...!
A las dos de la madrugada corrió la noticia de que el «viejo» —es decir, el doctor Behrens— se acercaba a marchas forzadas al salón. Entonces se produjo un gran pánico entre los pensionistas fatigados. Fueron derribados sillas y cubos y se dieron a la fuga por la biblioteca.
Peeperkorn, poseído de una cólera regia al ver cómo se dispersaba tan bruscamente su fiesta de la vida, dio grandes puñetazos sobre la mesa y trató de esclavos miedosos a todos los que huían, pero Hans Castorp y madame Chauchat consiguieron amansarle, hasta cierto punto, haciéndole ver que la recepción había durado 933
unas seis horas y que debía, a pesar de todo, terminar. Escuchó también una especie de alocución poniendo de relieve el sagrado placer del sueño y consintió en dejarse llevar a la cama.
—¡Sosténme, hija mía! ¡Sosténme tú también, joven! —dijo a madame Chauchat y a Hans Castorp. Sostuvieron, pues, su pesado cuerpo, cuando se levantó de la silla, y le ofrecieron el brazo. Apoyado en ambos comenzó a andar a grandes pasos con su poderosa cabeza inclinada sobre uno de los hombros y zarandeando a sus guías en sus oscilaciones. De esta manera se dirigió a descansar.
Sin duda era un lujo real que se permitía el hacerse sostener de aquella manera. Si hubiese sido necesario, habría podido andar solo, pero desdeñaba ese esfuerzo que, todo lo más significaría que quería disimular ante el público su magna borrachera, de la cual, no solamente no se avergonzaba, sino que se complacía en ella con una grandeza magnífica, y se divertía de un modo regio al empujar, titubeando, a derecha e izquierda, a sus dos servidores. Mientras andaba, dijo:
—¡Hijos míos...! ¡Tontería...! Naturalmente, nada de eso... Si este instante... Deberíais verlo... ¡Ridículo...!
—¡Ridículo! —confirmó Hans Castorp—. ¡Perfectamente! Se tributa el don clásico de la vida lo que se le debe, haciendo eses, sin vergüenza, en su honor. Pero seriamente... Yo también siento algo, aunque, a pesar de mi pretendida embriaguez, tengo la clara conciencia de que me cabe el honor excepcional de conducir a la cama a una notable personalidad. Por débil que sea sobre mí el efecto de la embriaguez, respecto al tamaño, no hay manera de comparar...
—¡Está bien, pequeño charlatán! —dijo Peeperkorn y, titubeando, le lanzó contra la barandilla de la escalera, arrastrando con él a madame Chauchat.
Evidentemente, el rumor de que el consejero se acercaba no había sido más que una alarma infundada. Tal vez la enana, ya cansada, había puesto el rumor en circulación, para poner fin a la velada. Al darse cuenta de esto, Peeperkorn se detuvo y quiso volver atrás para continuar bebiendo; pero ambos le disuadieron y se dejó arrastrar de nuevo.
El criado malayo, ese pequeño servidor de corbata blanca y zapatos de seda negra, esperaba a su señor en el pasillo, delante de la puerta de la habitación, y le acogió con un solemne saludo, poniendo una mano sobre el pecho.
—¡Daos un beso! —ordenó Peeperkorn—. Para terminar da un beso en la frente a esa encantadora mujer —dijo a Hans Castorp—. Usted no pondrá inconvenientes y se lo devolverá. Hacedlo a mi salud y con mi permiso.
Pero Hans Castorp se negó.
—No, sir —dijo—. Perdóneme, eso no puede ser.
Peeperkorn, apoyado en su criado, frunció el arabesco de sus cejas y quiso saber por qué no era posible.
—Porque yo no puedo cambiar un beso con la compañera de viaje de usted —dijo Hans Castorp—. ¡Buenas noches! No, ¡eso sería, desde todos los puntos de vista, una gran tontería!
Y como madame Chauchat se dirigía también hacia la puerta de su habitación, Peeperkorn dejó que el joven se marchase, siguiéndole sin embargo con la mirada durante un momento, por encima de su propio hombro y del hombro del malayo, con las cejas arqueadas, sorprendido de aquella insubordinación que su naturaleza de soberano no estaba acostumbrada a soportar.


La montaña mágica.
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MensajePublicado: Vie Jul 08, 2011 18:01    Asunto: Responder citando



Por el momento llegamos al quinto y último fragmento de música de los discos preferidos, un disco que no tiene nada de francés: es específicamente alemán. No se trata de un trío de ópera, sino de un lied, de una de esas canciones maestras sacadas del pueblo que deben precisamente su humildad y su espiritualidad particular a su origen. Pero ¿para qué tantas explicaciones? Se trata de El tilo, de Schubert, sencillamente: Cerca del pozo, ante el portal. Una canción familiar a todos.
La cantaba un tenor con acompañamiento de piano, un muchacho lleno de tacto y de gusto, que sabía tratar el tema a la vez de un modo sencillo y sublime, con mucha inteligencia, sentido musical y justeza en la expresión. No se ignora que la admirable canción se halla en boca del pueblo y de los niños en una forma un poco diferente de la artística. Ellos la simplifican, la cantan por estrofas, con arreglo a la melodía principal, y ésta está modulada en bemoles desde la segunda de las estrofas de ocho líneas, para volver después, de un modo dramático, a «los vientos fríos». La inflexión particularmente arrebatadora de la melodía se produce tres veces en su segunda mitad modulada; la tercera vez, por consiguiente, fuera de la última semiestrofa: «Hace muchas horas...» Esta inflexión mágica, que no podemos describir con palabras, acompaña los fragmentos de frases: «Tantas palabras queridas...», «Como si me llamaran...», «Lejos de aquel lugar...», y la voz del tenor, clara y cálida, inclinándose con un sollozo lleno de medida, la cantaba cada vez con un sentido tan inteligente de la belleza de esa frase, que tocaba el corazón del que le escuchaba, y aún más porque en los versos «Hacia él siempre...», «Hallas aquí tu reposo...», el artista sabía reforzar su efecto con sonidos de un extraordinario fervor. Pero en el último verso repetido, en el «Hallarás allí reposo», cantaba «hallarías» la primera vez con una plenitud de nostalgia, y la segunda con un trémolo sostenido.
Creemos poder jactarnos de haber mostrado a nuestros lectores la simpatía íntima que Hans Castorp sentía hacia los números preferidos de sus programas de concierto nocturno. Pero expresar lo que este último número, lo que ese viejo Tilo significaba para él es una empresa muy delicada, y una prudencia nos recomienda guardar la mesura si no queremos comprometer nuestro propósito.
Presentaremos las cosas como sigue: Un objeto que atañe al espíritu, es decir, un objeto que tiene una significación, es «significativo» precisamente porque rebasa su sentido inmediato, porque expresa y expone una cosa de un alcance espiritual más general, todo un mundo de sentimientos y de pensamientos que han hallado en él un símbolo más o menos perfecto, lo que da precisamente la medida de su significación. El mismo amor que se experimenta hacia tal objeto es, en sí mismo, «significativo». Nos informa sobre el que experimenta ese sentimiento, caracteriza sus relaciones con las cosas esenciales, con ese mundo que el objeto simboliza y que, consciente o inconscientemente, es amado a través de él.
¿Se nos creerá si decimos que nuestro sencillo héroe, después de tantos años de desarrollo hermético y pedagógico, había entrado bastante profundamente en la vida espiritual para adquirir conciencia de la «significación» de sus inclinaciones? Afirmamos que éste es el caso. La canción en cuestión significa mucho para él, todo un mundo, un mundo al que debía sin duda amar, pues si no hubiese sido así no se hubiera sentido atraído por el objeto que los simboliza.
Medimos nuestras palabras cuando añadimos —tal vez de un modo un poco oscuro— que su destino hubiera sido diferente si su alma no hubiese sido particularmente accesible a los encantos de la esfera sentimental, y, en general, a la actitud espiritual que esta canción resumía con un fervor tan misterioso. Pero ese destino precisamente había acarreado sensaciones, aventuras, descubrimientos, había planteado en él problemas de «gobierno» que le habían ido madurando con una crítica llena de presentimientos, ejercida sobre ese mundo; sobre el símbolo de ese mundo, digno, sin embargo, de toda su admiración; sobre ese amor que no era el suyo.
Pero sería preciso no entender nada en las cosas del amor para suponer que tales dudas pueden perjudicarle. Por el contrario, le prestan su razón. Añaden al amor el acicate de la pasión, de manera que se podría definir la pasión como un amor que duda. ¿En que consistían, pues, las dudas de conciencia y de gobierno de Hans Castorp en lo que se refiere a la legitimidad de sus inclinaciones hacia esa canción encantadora y a su universo? ¿Qué mundo se abría en esa canción que, según el presentimiento de su conciencia, debía ser un mundo de amor prohibido?
Era la muerte.
¡Pero esto era pura demencia! ¿Una canción tan maravillosa? ¡Una pura obra maestra, nacida en las profundidades más sagradas de la cantera popular, un tesoro inestimable, un modelo de todos los fervores, el encanto mismo! ¡Que villana calumnia!
Sí, sí, cien veces sí, es de este modo como debe hablar todo hombre honrado. Y sin embargo, detrás de esa producción adorable acechaba la muerte. Existían relaciones entre ambas, relaciones que uno podía incluso amar, no sin darse cuenta de que tal amor era hasta cierto punto ilícito. En su naturaleza primitiva, la canción no podía soportar ninguna simpatía hacia la muerte sino, por el contrario, algo muy popular y vivo. Pero la simpatía que el espíritu experimentaba hacia ella era una simpatía hacia la muerte. La pura piedad, la ingenuidad de su principio, no atajaba ese sentimiento. Pero luego venían los productos de las tinieblas.
¿De qué hablábamos?, se preguntará. No se hubiese podido disuadir a Hans Castorp. ¡Producto de las tinieblas! ¡Tenebrosos productos! Un espíritu de inquisidor y de misántropo vestido de luto español, con la golilla redonda y la lujuria a guisa de amor; todo eso emanaba de aquella piedad de mirada tan franca.
En verdad, el literato Settembrini no era hombre en el que Hans Castorp tuviese una confianza absoluta, pero recordaba las enseñanzas que su mentor le había dado en otro tiempo, al principio de su carrera hermética, sobre la propensión al retroceso, hacia cierto mundo, y juzgó oportuno aplicarse la lección. Settembrini había calificado esa tendencia de «enfermiza». El concepto mismo de ese mundo y el período especial que representaba debían sin duda aparecer como «enfermizos» en su sentido pedagógico. ¿Pero cómo era posible? La adorable canción nostálgica de Hans Castorp, la esfera sentimental de la que emanaba, y su inclinación hacia esa esfera, ¿eran también «enfermizas»? ¡Nada de eso! Eran lo más gozoso y sano. Sin embargo, se trataba de un fruto que, no obstante hallarse un momento antes y aun en aquel mismo momento, fresco y esplendoroso, propendía extraordinariamente a la descomposición y a la podredumbre, y siendo pura delicia del alma, siempre que se probase en el instante oportuno, difundía un momento después la podredumbre y la perdición entre los humanos que querían gustarlo.
Era un fruto de la vida engendrado por la muerte y que producía la muerte. Era un milagro del alma, el más alto tal vez desde el punto de vista de la belleza desprovista de conciencia, y bendecido por ella, pero que, por razones de peso, era considerado con desconfianza por la mirada de quien amase la vida orgánica y tuviese conciencia de su responsabilidad. Era un objeto al que, escuchando el veredicto de la conciencia, convenía renunciar.
Sí, renunciamiento y dominio de sí mismo, tal podía ser la naturaleza de la victoria sobre ese amor, sobre esa magia del alma de tenebrosas consecuencias.
Los pensamientos de Hans Castorp, o los semipensamientos cargados de presentimiento, iban volando, mientras que en la noche y en la soledad se hallaba sentado ante su pequeño ataúd de música y esos pensamientos volaban siempre más altos, más allá de la razón; eran lucubraciones de alquimista.
¡Oh, era arrebatadora esta magia del alma! Todos éramos hijos y podíamos realizar grandes cosas en el mundo con sólo servirla. No había necesidad de tener más genio, sino sólo más talento que el autor de la canción del Tilo, para darle, como magreo del alma, proposiciones gigantescas y conquistar para ella el mundo entero. Probablemente, podíase fundar sobre ella incluso imperios, imperios terrestres, demasiado terrestres, muy rudos y aptos al progreso, en modo alguno nostálgicos, en los cuales la canción se corrompía convirtiéndose en música de fonógrafo eléctrico. Pero su mejor hijo debía ser el que pesaba sobre su vida dominándole a sí mismo y teniendo ya en los labios la nueva palabra de amor que no sabía aún pronunciar. ¡Era tan dulce morir por ella, por esa canción mágica! Pero quien moría por ella dejaba, en realidad, de morir por ella y convertíase en héroe tan sólo porque, en el fondo, moría ya por una cosa nueva, por las nuevas palabras del amor y del porvenir que presentía el corazón...
Tales eran, pues, los dioses preferidos de Hans Castorp.


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MensajePublicado: Lun Jul 11, 2011 13:51    Asunto: Responder citando

Pero el pobre Hans Castorp se sentía mucho más molesto ante los que se dedicaban a hacer solitarios, a los que se podía encontrar por todas partes y a todas las horas del día. Esta pasión se había manifestado hasta tal punto que él mismo había sido algunas veces víctima de ella, y tal vez el más gravemente atacado, de esa epidemia. El que le había embrujado era el solitario de las once; el juego consiste en disponer tres hileras de cartas y cubrir dos que, juntas, sumen once puntos, lo mismo que las tres figuras cuando se presentan, hasta que un azar adorable desenlaza la partida. Cuesta trabajo admitir que el alma pueda verse estimulada hasta la obsesión por cosas tan sencillas. Sin embargo, Hans Castorp, semejante a los demás, dependía de ese azar y, con las cejas fruncidas, experimentaba los contratiempos de la mala fortuna. Entregado a los caprichos del demonio de las cartas, subyugado por ese favor fantástico y cambiante que multiplicaba en un vuelo feliz las parejas de once puntos, los encuentros de la sota, la reina y el rey, de manera que el juego ya se había dado todo entero antes de que la tercera serie hubiese terminado (triunfo pasajero que no hacía más que aguijonear los nervios para nuevas tentativas), y otras veces negaba a la novena y última carta toda la posibilidad de éxito, contrariando en el último momento, con una detención brusca, un éxito casi seguro; hacía tentativas a todas horas del día, por la noche bajo las estrellas, por la mañana en pijama, en la mesa e incluso en sueños. Se estremecía, pero continuaba, y un día la visita de Settembrini le «estorbó».
—Accidente! —dijo el visitante—. ¿Echa usted las cartas, ingeniero?
—No es eso precisamente. Lucho con el azar abstracto. Su versátil capricho me intriga; unas veces es de un servilismo amable y otras de una increíble resistencia. Esta mañana, al levantarme, he triunfado tres veces seguidas, una de ellas en dos series, lo que constituye un récord. Pero ¿creerá usted que ahora he ensayado treinta y tres veces y no estoy más que a la mitad del juego?
Settembrini le miró como había hecho ya con frecuencia durante los tres cortos años, con sus ojos negros y entristecidos.
—De todos modos me parece usted preocupado —dijo—. Creo que no podré encontrar aquí un consuelo para mis preocupaciones ni un bálsamo para el conflicto íntimo que me atormenta.
—¿Conflicto? —repitió Hans Castorp, y tiró una carta.
—La situación mundial me turba —gimió el francmasón—. El acuerdo balcánico se realizará, ingeniero; todas mis informaciones lo indican. Rusia trabaja febrilmente y la punta de la combinación se halla dirigida contra la monarquía austrohúngara, sin la destrucción de la cual ningún punto del programa ruso se puede realizar. ¿Comprende mis escrúpulos? Odio a Viena con todo mi corazón, como usted sabe. Pero ¿es ésa una razón para conceder al despotismo sármata el apoyo de mi alma cuando está a punto de traer la tea incendiaria a nuestro continente? Por otro lado, una colaboración diplomática, incluso ocasional, de mi país con Austria, me heriría como un deshonor. Éstos son los escrúpulos de conciencia que...
—Siete y cuatro —dijo Hans Castorp—. Ocho y tres. Sota, caballo, rey. Todo va bien. Me trae la suerte, señor Settembrini.
El italiano calló. Hans Castorp sintió sus ojos negros, la mirada profundamente entristecida de la razón y el sentido moral, pero continuó todavía un instante cubriendo las cartas, antes de apoyar la mejilla en la mano y elevar los ojos hacia su mentor —que se hallaba en pie delante de él— con la expresión impertinente y de falsa inocencia de un píllete.
—Sus ojos —dijo Settembrini— se esfuerzan en vano en ocultar que usted sabe perfectamente a dónde ha llegado.
Placet experiri —fue la impertinente contestación de Hans Castorp, y el señor Settembrini le abandonó. Después de haberse quedado solo, el joven permaneció todavía algún tiempo con la mejilla apoyada en la mano, sentado ante la mesa, en medio de la habitación blanca, sin echar cartas, y en el fondo de sí mismo presa de espanto ante ese estado siniestro e incierto en que veía al mundo, ante la sonrisa del demonio, de ese dios simiesco, bajo cuyo poder insensato y desenfrenado se hallaba y cuyo nombre era «el gran embrutecimiento».

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