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RILKE


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MensajePublicado: Dom Mar 25, 2012 18:29    Asunto: Responder citando

TORSO ARCAICO DE APOLO

No conocemos la inaudita cabeza,
en que maduraron los ojos. Pero
su torso arde aún como candelabro
en el que la vista, tan sólo reducida,

persiste y brilla. De lo contrario, no te
deslumbraría la saliente de su pecho,
ni por la suave curva de las caderas viajaría
una sonrisa hacia aquel punto donde colgara el sexo.

Si no siguiera en pie esta piedra desfigurada y rota
bajo el arco transparente de los hombros
ni brillara como piel de fiera;

ni centellara por cada uno de sus lados
como una estrella: porque aquí no hay un sólo
lugar que no te vea. Debes cambiar tu vida.

Rainer Maria Rilke


Este poema lo oí mencionar por primera vez en boca de Gena Rowlands en la película Another Woman de Woody Allen. No recuerdo si fue el primero que leí de Rilke pero es el que me llevó a leer otros más.
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Dom Mar 25, 2012 19:22    Asunto: Responder citando



Poema dedicado a este escombro de lujo, fechado en 480-470 a.e.c., y hoy conservado -requisado?- en el Museo del Louvre, conocido como el Torsus Miletus, por la ciudad en la que se encontró.

Lástima que el traductor del soneto en sí decidiera no conservar la rima propia del poema original, porque no es tan difícil...


    
    
    
No conocemos la cabeza inaudita
en la que maduraron los ojos,
mas aún arde, cual candelabro, el torso,
en el que la vista, tan sólo reducida
persiste y brilla (...)
    
    
    


(En Arte traducir no es descifrar ni decodificar en otro sistema, sino decir, en este caso cantar, tal cual se cantara en otra lengua: un poco de respeto, sobre todo para los que pagan por los libros)

Soneto de Otra parte de los nuevos poemas (1908), el poema se hizo famoso en un libro del escritor y filólogo jerosolimitano -nacido en Berlín- Gershom Scholem, pionero de la Universidad Hebrea, narrando cuando él y Walter Benjamin lo oyeron por primera vez, en labios de Ernst Buschor, profesor de arqueología clásica de la Universidad de Friburgo, quien solía inaugurar su ciclo de lecciones con su lectura, después de lo cual, invariablemente, según se nos cuenta, prorrumpía en discretas lágrimas. Las películas de Allen están plagadas de este tipo de referencias de la cultura judía asquenazí en el mundo anatolio del sefardí (Mileto)
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Vie Mar 30, 2012 06:33    Asunto: Responder citando

Lo que sólo parecía un sueño dulce se convirtió también en pesadilla. Frío, nieve, lluvia, niebla, abandono, miseria y un cuartucho escuálido. Eso es lo que rodea a Rainer Maria Rilke en su primera visita a París. El poeta tiene entonces 26 años. Llega allí por vez primera en agosto de 1902. Ha dejado atrás la casa de Westerwede, cerca de Bremen, y allí se quedan su mujer, la escultora Clara Westhoff, y su hija recién nacida, Ruth. Olvidados ya los días de la escuela militar, el joven poeta es un viajero consumado. Ha estado en 1899 y 1900 en Rusia con sus amigos Lou Andreas Salomé (el primer amor) y León Tolstoi, y ahora va en busca de August Rodin, el maestro de su mujer, sobre quien quiere hacer una monografía. Pero encuentra sobre todo soledad y miedo, sequía literaria y crisis existencial. Años más tarde, el poeta le diría a Andreas Salomé que aquella etapa estuvo marcada por un 'estupor pavoroso': 'Parecía que los carruajes me traspasaran en su camino veloz, que me atravesaran sin verme siquiera, como el que salta sobre un pozo de agua putrefacta'.



El año 1902 es, pues, el año de la catarsis de un escritor precoz que ha publicado ya una primera reunión de poemas, Vida y canciones (1894), y un pequeño libro de narraciones, A lo largo de la vida (1898). De repente, Rilke está solo y es pobre. Se queda sin la asignación mensual que le pasa su padre, un funcionario de ferrocarriles empeñado en convertirlo en empleado de un banco en Praga, y eso le obliga a malvivir haciendo pequeños artículos para un periódico de Bremen.

Según anota en el diario, Rilke lleva en París una vida durísima, que le sume en una angustia infinita. Pero es ahí, dicen los expertos, donde empieza a ver el mundo con los ojos de un poeta verdadero. Los sufrimientos que aparecerán luego en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, su gran novela autobiográfica (1910), forman parte de la explosión de emociones de ese primer viaje parisino.

En los primeros meses del año Rilke había dirigido en Westerwede un drama de Maeterling, La hermana Beatriz, y había frecuentado a un amplio grupo de artistas mientras ayudaba a su mujer a exponer sus esculturas. Una etapa tranquila. Pero las lacónicas notas que escribe aquellos días, como ha señalado en La Repubblica Paola Sorge, empalidecen al lado de las mucho más vivas y sugerentes que va a escribir en la delicada agenda parisina de piel marrón que se conserva en el Archivo Rilke, de Gernsbach.

La agenda refleja que la atmósfera neblinosa y triste de París se mete hasta el tuétano en su alma melancólica, pero no todo es inactividad y lágrimas. Rilke pasea por el cementerio de Montparnasse y por los jardines de las Tullerías; hace breves paradas en los cafés para calentarse un poco, visita las galerías de arte y los museos... Enseguida se enamora de Monet y de Cézanne, como años después hará en el Prado con algunos otros maestros: 'Saludo a El Greco con entusiasmo, a Goya con asombro, a Velázquez con toda la cortesía posible', escribirá.

París 1902 son también los primeros días junto a Rodin, artista de importancia crucial en la vida y en la obra del poeta. Rememorando esas primeras visitas al escultor, del que luego se convertiría en secretario privado, Rilke le explicó en una carta: 'No llegué hasta usted solamente para hacer un estudio, era para preguntarle cómo hay que vivir. Y usted me respondió: 'Trabajando'. Lo comprendo bien. Siento que trabajar es vivir sin morir'.

Él vive en una escuálida y fría habitación de un quinto piso de la Rue de L'Abbé de l'Epée, cerca de los Jardines de Luxemburgo, pero no trabaja en un sentido estricto. Lee a Dante, a Baudelaire, La educación sentimental de Flaubert (que no le gusta nada), La gaya ciencia de Nietzsche, y sus adoradas poesías rusas. '¡Qué bonito sería escribir este diario en ruso!', anota el 7 de noviembre.

Un día, en el Jardin des Plantes, se queda fascinado con un cedro del Líbano y con los animales exóticos. Ahí nacen los versos de La pantera y La jaula de los leones. Pero sigue solo y ni siquiera le alivia la visita de Clara en octubre. El 21 de noviembre es el cumpleaños de su mujer, y Rilke apunta en su diario los preparativos para la fiesta. Un ramo de flores, un pastel, una foto de la Mona Lisa y otra de la Victoria de Samotracia, todo ello dispuesto en una pequeña mesa en el centro de la habitación. Ese momento de serenidad precede a la inminente y definitiva separación de Clara.

Por fin empieza a redactar el esperado trabajo sobre Rodin. Llega también la hora de la poesía: comienzan a tomar forma los versos que luego incluirá en el Libro de las Imágenes (1903) y en el Libro de las Horas (1905). Rilke se siente vivo de nuevo: en ese momento acaba el diario y comienza la creación poética. 'En una poesía que me sale bien hay mucha más realidad que en cualquier relación humana', confesará luego. 'Yo sólo soy real cuando estoy creando...'.

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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15247

MensajePublicado: Vie Mar 30, 2012 06:40    Asunto: Responder citando





*

Amo las horas oscuras de mi ser
en las que se ahondan mis sentidos;
en ellas, como en viejas cartas,
hallo mi vida cotidiana ya vivida
y lejana y olvidada como una leyenda.

Gracias a ellas sé que tengo espacio
para vivir otra ancha vida intemporal.
Y a veces soy como el árbol
que sobre una tumba, maduro y rumoroso,
cumple aquel sueño que el niño que se fue
(al que abraza con sus raíces tibias)
perdió en tristezas y canciones.


*

Creo en todo lo que aún no se ha dicho.
Liberaré mis sentimientos más piadosos.
Lo que aún nadie se atrevió a querer
será para mí algún día involuntario.

Si esto es desmesurado, Dios, perdóname.
Pero con ello sólo quiero decirte
que mis mejores fuerzas serán como un instinto,
libres como él de ira y de temor:
así te aman los niños.

Con este fluir, ese desembocar
en anchos brazos en el mar abierto,
con ese retorno creciente
voy a confesarte y proclamarte
como nadie antes.

Y si eso es arrogancia, déjame que sea arrogante
en la oración,
que se yergue seria y sola
ante tu frente nublada.


*

Eres tan grande que yo ya no soy
en cuanto me coloco junto a ti.
Tan oscuro, que mi débil claridad
a tu vera carece de sentido.
Tu voluntad pasa como una ola
y cada nuevo día se ahoga en ella.

Sólo mi afán se alza hasta tu barbilla
y se yergue ante ti como el ángel más alto:
un ángel raro, pálido y áun no redimido
que te presenta sus alas.

Ya no quiere volar lejos de toda orilla
viendo pasar flotando lunas pálidas,
y de los mundos sabe suficiente.
Ahora quiere con sus alas como llamas
erguirse frente a tu rostro umbrío,
y ver al brillo blanco de su fuego
si tus cejas grises lo condenan.


*

Apágame los ojos: puedo verte;
ciérrame las orejas: puedo oírte,
y sin pies puedo andar hacia ti,
y aun sin boca puedo invocarte.
Arráncame los brazos y te asiré
con el corazón como con una mano,
detén mi corazón y latirá mi cerebro,
y si incendias mi cerebro
te llevaré en mi sangre.


*

Vivo mi vida en ondas crecientes
que se tienden sobre las cosas.
La última acaso no llegue a trazarla,
pero voy a intentarlo.

Giro en torno a Dios, la torre antigua,
llevo milenios girando;
y aún no sé si soy alcón o vendaval
o un grandioso canto.


*

A ti, oscuridad de la que vengo,
te amo más que a la llama
que limita el mundo
y brilla sólo
para algún círculo
fuera del cual ningún er sabe de ella.

Pero la oscuridad lo retiene todo:
formas y llamas, animales y a mí,
tal como los atrapa,
personas y poderes...

Y puede que una gran fuerza
cerca de mí se agite.

Creo en las noches.


*

Te vamos construyendo con manos temblorosas,
amontonando átomo sobre átomo.
Pero quién puede acabarte,
catedral.

¿Qué es Roma?
Se viene abajo.
¿Qué es el mundo?
Será destruido
antes de que tus torres tengan cúpulas,
antes de que tu frente radiante
se alce de entre leguas de mosaico.

Pero a veces en sueños
abarco con la vista tu espacio
por entero,
desde lo más bajo
hasta la arista de oro del tejado.

Y veo que mis sentidos
forman y construyen
los últimos adornos.


*

¿Qué será de ti, Dios, cuando yo muera?
Yo soy tu jarra: ¿cuando me haga añicos?
Soy tu bebida: ¿cuando me corrompa?
Yo soy tu atuendo, yo soy tu oficio,
sin mí careces de sentido.

Después de mí no tendrás casa donde
te saluden palabras tibias y cercanas.
La sandalia de terciopelo que soy yo
se soltará de tus pies cansados.

Perderás tu gran manto.
Tu mirada, que mi mejilla acoge
tibiamente, como con almohadones,
vendrá y me buscará largo tiempo...
y al ponerse el sol se tenderá
en el regazo de piedras extrañas.

¿Qué harás, Dios? Temo por ti.
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Vie Mar 30, 2012 07:35    Asunto: Responder citando



Abandono, rodeado de abandono,
ternura tocante a las ternuras ...
Es tu interior que, se diría
sin cesar se acaricia;

se acaricia a sí mismo,
por su propio reflejo iluminado
Así inventas el tema
de Narciso satisfecho.

Göttingen, 27 de junio de 1914
sábado por la mañana


Querido Rainer, fue solo hace unos días, una vez enviada mi carta, cuando empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor: no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio; se presienten muchos viajes y peregrinaciones por hacer a través de caminos en los que las brumas jamás se disipan. Y solo un poco de fulgor diurno, justo el necesario para avanzar un paso, sería —de un poema al otro— como un modo real nunca practicado de seguir asentándose en un terreno donde (al contrario que en el simple «arte») el esclarecimiento y la acción siguen siendo una y la misma cosa; esto sólo puede ser poema en la medida en que se lo vuelva a conquistar en provecho de la experiencia vivida. En alguna parte, en la profundidad, todo arte vuelve a empezar como en sus más remotos orígenes, tal la fórmula mágica, el conjuro —evocación de la vida bajo su forma humana desde el fondo de sus abismos hasta entonces impenetrables—. En efecto, en aquello en que la oración y la suprema explosión de potencia no eran todavía más que una y la misma cosa.

No me canso de reflexionar sobre esto.

Luego volví a leer, súbitamente, el poema de Narciso cuyo texto me escribiste el verano pasado. Y vi entonces en él como la prehistoria de la Muñeca. Ya que, por el efecto que produce este poema, parece que hubiera en él como una singular profundización de la tristeza de Narciso (esa tristeza emanada de la leyenda y del amor rechazado sobre sí mismo) en favor de lo inorgánico, por decirlo así, de lo no-viviente en que se contempla. («Ahora eso yace en el agua indiferente y dispersada... allí donde no hay más que la igualdad de humor de las piedras arrojadas»). Esta parte de él mismo que huye al exterior, no detenida por el «flexible medio», sólo adquiere su pleno efecto en virtud de lo-que-está-muerto, en lo que esta parte fugitiva se detiene, para convertirse así en lo-que-le-hace-frente. Al mismo tiempo, sin embargo, aparece alusivamente en lo-que-huye-al-exterior el por qué es así, el por qué esta experiencia llena de tristeza es talmente ineluctable: el hecho de que él mismo se disuelva también en el sentido creador («en el aire y en el sentimiento de los bosques»), el hecho de que no se enfrente a ninguna hostilidad—, el hecho de que por su parte dé vida a lo que se declaró muerto, a lo exterior, a lo-que-le-hace-frente, llegando a extinguirse su vida más allá de todo esto. Y en tercer lugar aparece, además, cómo esos dos procesos se acrecientan imperceptiblemente en un punto determinado, transformándose así en una tristeza erótica: «Lo que se forma ahí y me es seguramente semejante, y asciende temblando entre signos ahogados en lágrimas, pudiera ser que naciera así en el interior de una mujer, esto permanecía inaccesible». El hecho de enfrentarse a lo inorgánico, el hecho de convenirse en muñeca, expresado al mismo tiempo como el hecho de enfrentarse a nuestro propio cuerpo, que (aunque sea lo orgánico viviente) no deja de ser para nosotros lo exterior y lo externo en el sentido más íntimo, la primera cosa diferenciada con relación a nosotros mismos en tanto que nosotros somos los interiorizados que habitamos en el interior del cuerpo, como la cara del erizo; y sin embargo, lo que concierne precisamente a nuestro cuerpo, nuestros pies, nuestros ojos, nuestras orejas, nuestras manos, es ciertamente lo que se dice ser «nosotros-mismos»; este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos». En lugar de eso, las partes integrantes se asocian y disocian de nuevo en el «creador»: por ello lo que viene de él es una realidad nueva en vez de una simple repetición.

Es eso lo que a ti te hace daño; a través de tu mal presiento la felicidad.

Perdóname.

Lou
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15247

MensajePublicado: Mie Abr 04, 2012 12:08    Asunto: Responder citando

Música de fondo para este post:



Cita:
No puedo dormir sin la ventana abierta. Los tranvías ruedan estrepitosamente a través de mi habitación. Los autos pasan por encima de mí. Suena una puerta. En algún sitio cae un vidrio chasqueando. Oigo la risa de los trozos grandes de cristal y la leve risilla de las esquirlas. Después, de pronto, un ruido sordo, ahogado, al otro lado, en el interior de la casa. Alguien sube la escalera. Se acerca, se acerca sin detenerse. Esta ahí, mucho tiempo ahí, pasa. Otra vez la calle. Una chica grita: "Ah! tais toi, je ne veux plus!" El tranvía eléctrico acude, todo agitado, pasa por encima, más allá de todo. Alguien llama. Hay gentes que corren, se agolpan. Un perro ladra. ¡Qué alivio! Un perro. Hacia la madrugada hay hasta un gallo que canta, y es una infinita delicia. Después, de pronto, me duermo. Hay los ruidos. Pero hay algo aún más terrible: el silencio. Creo que en los grandes incendios sobreviene a veces un momento de máxima tensión: los chorros de agua declinan; los bomberos no trepan ya; nadie se mueve. Silenciosamente, una negra cornisa se desprende desde arriba, y un alto muro, tras del que salen las llamas, se inclina sin ruido hacia adelante. Todo está inmóvil y espera, encogidos los hombros y juntas las cejas, el tremendo desplome. Así es aquí el silencio. Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa.

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge




Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, publicado en 1910, fue la única novela que publicara Rilke. De carácter marcadamente autobiográfico, y de estilo expresionista, aunque con algunos tonos impresionistas (tomados de Rodin) está muy influenciada por sus contactos con Nietzsche.

Narra la experiencia del poeta en el París de la Belle Epoque. Trata los temas de la ansiedad y la alienación, la antirreligiosidad católica y será la base en que se inspirara luego Sartre para La Náusea.

Cita:
Para escribir un solo verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las pequeñas flores al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado; [...] en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas -y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, [...] Es necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.


INdispensable para comprender el universo rilkeano.
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
Mensajes: 15247

MensajePublicado: Lun Abr 09, 2012 09:12    Asunto: Responder citando

Esta obra -y la vida parisina- agotó espiritualmente a Rilke. En algunos sitios leeréis que Rilke entra en una crisis creativa que sólo rompe en 1922, pero es un error. En 1922 lo que ocurre es que sale a la luz la gran obra de Rilke, pero esa obra es de tal dimensión lírica que le llevará tiempo vivir las experiencias poéticas que fermentan como cerveza muniquiana en el interior del poeta.

Estamos en octubre de 1912y en Trieste; Rilke, que ya goza de cierto renombre entre la gente de letras, es invitado por Marie von Thurn und Taxis (una de las mayores fortunas alemanas, príncipes desde el S. XVII) a pasar una temporada frente al mar Adriático, concretamente en el Castillo del Duino.





Una mañana de 1912 Rilke sintió unas palabras que se le clavaron y que configuraron el comienzo del impresionante cuerpo de las Elegías de Duino, siendo esas palabras el primer verso de la Elegía I: "¿Quién, si yo gritara, me oiría desde la jerarquía de los ángeles?", unas palabras que le vinieron como dictadas, unas elegías, 10, no concluidas hasta 1922, cuando le escribe a la princesa Marie von Thurn und Taxis que al fin ha concluido las elegías: "Fue como una tempestad incontenible, un huracán en el espíritu (como entonces en el castillo de Duino)". La princesa le había invitado a pasar largas temporadas en su castillo, un castillo como un palacio, un palacio como un monasterio, un monasterio como una fortaleza, y todo como una excusa para asomarnos al mar, a las ruinas de la antigua torre derramándose por otra roca que se hunde, para pasear por las amplias estancias de Rilke y sus elegías

Cita:
¿Quién, si yo gritara, me oiría desde la jerarquía de los ángeles?
Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
    
    
    




    
    
    
LAS ELEGIAS DE DUINO (1922)

Cita:
Versión y notas de José Joaquín Blanco
Publicado en La iguana del ojete (Invierno, 1993)

(Propiedad de la princesa Marie von
Thurn und Taxis-Hohenlohe) [1]

La primera elegía


¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel [2]
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Así que me contengo, y me ahogo el clamor de la garganta
tenebrosa. Ay, ¿quién de veras podría ayudarnos? No
los ángeles, no los hombres, y ya saben los astutos
animales que no nos sentimos muy seguros en casa,
dentro del mundo interpretado. Nos queda quizás
algún árbol en la loma, al cual mirar todos los días;
nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad
de una costumbre, a la que le gustamos, y permaneció,
y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara:
¿Para quién no permanecería aquélla, la anhelada,
la tierna desengañadora, ahí, dolorosamente próxima
al corazón solitario? ¿Es más suave con los amantes?
Ay, ellos sólo se ocultan uno a otro su suerte.
¿Todavía no lo sabes? Arroja el espacio que abarquen
tus brazos hacia los espacios que respiramos; quizá
los pájaros sientan el aire ensanchado con un vuelo
más íntimo.

Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias
estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla?
¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como
si todo ello te anunciara a una amada? (¿Dónde intentas
alojarla, si en ti los grandes pensamientos extraños
entran y salen, y con frecuencia se quedan durante la noche?).
Pero si sientes anhelos, canta pues a las amantes; no es,
en absoluto, suficientemente inmortal su famoso
sentimiento. Aquéllas que casi envidias, las abandonadas,
las encuentras mucho más amantes que las saciadas.
Empieza siempre de nuevo la alabanza siempre inalcanzable.
Piensa: el héroe sigue en pie, aun el ocaso fue para él
sólo un pretexto para ser: su último nacimiento.
Pero a las amantes la exhausta naturaleza las recoge
en su seno, como si no hubiera fuerzas para lograr esto
dos veces. ¿Has pensado lo suficiente en Gaspara Stampa, [3]
y lo que puede sentir cualquier chica a quien el amado
abandonó, frente a tan elevado ejemplo de mujer amante:
¿Llegaré a ser como ella? ¿Estos, los más antiguos
dolores, no deberán, por fin, darnos fruto? ¿No es
tiempo ya de que, al amar, nos liberemos del amado y,
temblorosos, resistamos, como la flecha resiste al arco,
para ser, unidos en el salto, algo más que la sola
flecha? Porque el permanecer está en ninguna parte.

Voces, voces. Corazón mío, escucha, como sólo los santos
escuchaban; la enorme llamada los alzaba del suelo;
pero ellos seguían de rodillas, de modo imposible,
sin darse cuenta: de tal manera escuchaban. No
que pudieras soportar la voz de Dios, lejos de eso, pero
escucha el soplo, las noticia incesante que se forma
del silencio. Murmura hasta ti desde aquellos que han
muerto jóvenes. ¿Acaso su destino no se dirigió siempre
tranquilamente a ti, en Roma y Nápoles, cuando entrabas
en alguna iglesia? O una inscripción sublime se grababa
para ti, como hace poco la lápida de Santa María Formosa? [4]
¿Qué quieren de mí? Debo apartar en silencio
la apariencia de injusticia que a veces estorba un poco
el puro movimiento de sus espíritus.

Realmente es extraño ya no habitar la tierra,
ya no ejercitar las costumbres apenas aprendidas;
a las rosas, y a otras cosas particularmente promisorias,
ya no darles el significado del futuro humano; ya no ser
aquél que uno fue en interminables manos angustiadas
y hasta hacer a un lado el propio nombre, como un juguete
roto. Extraño, ya no seguir deseando los deseos. Extraño,
ver todo lo que tenía sus propias relaciones, aletear
tan suelto en el espacio. Y estar muerto es doloroso,
y lleno de recuperación, de modo que uno rastree
lentamente un poco de eternidad. Pero todos los vivos
cometen el mismo error de diferenciar demasiado
tajantemente. Los ángeles (se dice) con frecuencia no
sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas
las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas.

Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron
temprano, uno se desteta dulcemente de lo terrestre, como
uno se emancipa con ternura de los senos de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos,
nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo
progresos dichosos, ¿podríamos existir sin ellos?
¿Es inútil el mito de que, en la antigüedad, durante
las lamentaciones fúnebres por Linos, [5]
una atrevida música primitiva se abrió paso en la árida materia
inerte; y entonces, por primera vez, en el espacio
sobresaltado, en el que un muchacho casi divino de pronto
se perdió para siempre, el vacío produjo esa vibración
que ahora nos entusiasma y nos consuela y ayuda?





[2] “El ‘ángel’ de las Elegías, escribió el propio Rilke en carta a Witold Hulewicz en 1925, no tiene nada que ver con el ángel del cielo cristiano (antes más bien con las representaciones angélicas del Islam)”.
Tampoco es una figura meramente estética o erótica, a la manera de muchos motivos angélicos-efébicos del arte moderno, como los de Cocteau. Rilke se imagina ángeles viriles y con barba, no púberes ni andróginos; dice en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge: “Si es cierto que los ángeles son machos, se puede decir que tenía un acento macho en la voz: una virilidad resplandeciente”.


[3] Amante veneciana del Renacimiento, poetisa del amor trágico (1523-1554); una de esas "amantes inauditas", como la Monja Portuguesa, que "crecían y se elevaban en su amor... hasta que su tortura se había cambiado en un esplendor amargo, helado, que ya nadie podía detener", de las que se habla detenidamente en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

[4] En 1911 Rilke vio en esa iglesia de Venecia un altivo epitafio desengañado de un tal Hermann Wilhelm o Hermanus Gulielmus, de 1593: entre otras cosas dice: “En vida viví para los demás; ahora, después de la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol frío para mí mismo”.

[5] Mito griego semejante en unos aspectos al de Adonis, y en otros al de Orfeo, pero relativo a la música fúnebre. Linos es el semidiós de la lamentación, la música y la elegía fúnebres. Murió de muerte terrible —asesinado por Apolo o por Hércules, o destrozado por perros, según varias leyendas—; al morir, su terrible lamentación dio nacimiento a la música; o bien, la naturaleza entera, al llorar su muerte, creó la música (Iliada, XVIII, 570).
    
    
    
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Mar Abr 10, 2012 03:31    Asunto: Responder citando

    
    
Cita:

Retrato de Rilke por la Princesa María Thurm und Taxis.
    
    


Noviembre de 1912. Rilke parte hacia España. Es un viaje que tiene planeado desde 1905, cuando en París conoce al gran pintor español Zuloaga, quien sería, junto a Rodin, la única persona de contacto continuado en París. Primero, visita el Museo del Prado, y después parte hacia Toledo, que le encanta.




HOtel Castilla, Toledo, donde se hospedó.





Seguidamente parte hacia Sevilla y Córdoba y Granada, que parece ser que no le gustaron. Sin embargo, al llegar a ROnda, en Málaga, a la que llama la ciudad soñada, se queda a vivir durante dos meses y allí da forma a la Elegía Número VI.

En Toledo, se encontrará caminando por la Calle del ángel y, en concreto, los ángeles de El Greco adquirirán para él tintes de realidad. Unos días antes, en el Museo del Prado, esos mismos ángeles le revelan que la sangre puede llegar a ser “música”. Pero será sobre todo el torturado paisaje de los alrededores de Toledo -también revelado a través de otro cuadro de nuestro pintor- el que desencadenará nuevos poemas; nada menos que la sexta de las elegías, la cual brotó de la contemplación de una higuera de aquellos campos (“perfecto secreto” fruto de la “labor más dulce”).



Cita:
Higuera: desde hace cuánto tiene sentido para mí
cómo omites las flores casi por completo,
y dentro del fruto tempranamente resuelto,
sin pompa alguna, encajas tu secreto puro.
Como el tubo de la fuente, tu curva rama impulsa
la savia hacia arriba y hacia abajo: y brota del sueño,
casi sin despertarse, a la dicha de su más dulce
resultado. Mira: como el dios en el cisne.
... Pero nosotros nos demoramos
ay, celebrándonos en el florecer, y ya delatados,
entramos en el meollo retrasado de nuestro fruto
perecedero. En algunos el impulso de la acción afluye
con tal fuerza, que ya se aprestan y arden
en la abundancia del corazón, cuando la seducción
de florecer, como suave viento nocturno, les roza
la juventud de la boca, los párpados:
son quizás los héroes y los destinados pronto para
el otro lado, aquéllos a quienes la muerte jardinera
les tuerce las venas de manera diferente.
Estos se arrojan hacia adelante: a su propia sonrisa
preceden, como el grupo de caballos en la imagen
suavemente moldeada en Karnak del rey victorioso.

Pues extrañamente cercano es el héroe a los jóvenes
muertos. La duración no lo estrecha. Su camino
ascendente es la existencia. Continuamente se remonta
y entra en la cambiada constelación de su constante
peligro. Ahí lo encontrarían unos cuantos. Pero
el destino, que nos oculta tenebrosamente, súbitamente
exaltado, lo canta, introduciéndolo en la tormenta
de su mundo rugiente. A nadie escucho como a él.
De un golpe me traspasa, con el aire en ráfagas, su tonada sombría.

Entonces, con qué gusto me escondería de la nostalgia:
Oh, si yo fuera, si fuera un muchacho, y pudiera
todavía llegar a serlo, y sentarme, apoyado
en brazos futuros, leyendo sobre Sansón,
cómo su madre parió primero nada, y luego todo.

¿No era ya héroe en ti, oh madre, no empezó
ya ahí, en ti, su elección soberana?
Miles fermentaban en el vientre y querían ser él,
pero mira: él cogió y escogió, eligió y pudo.
Y si derribó las columnas, ello ocurrió cuando irrumpió
fuera del mundo de tu cuerpo, en el mundo más estrecho,
donde siguió eligiendo y pudiendo. ¡Oh madres
de héroes! ¡Oh veneros de torrentes impetuosos!
Vuestros barrancos, en los que, desde lo alto del borde
del corazón, lamentándose, ya las muchachas
precipitadas, víctimas futuras para el hijo.
Pues cuando el héroe llegó atronando, a través
de las estaciones del amor, todo corazón que por él
latía lo alzó y lo alejó más de sí: ya apartado,
él permanecía de pie al final de las sonrisas, vuelto
otro.

    
    
    
    







Higuera nevada en Toledo




Ronda



“... el incomparable fenómeno de esta ciudad, asentada sobre la mole de dos rocas cortadas a pico y separadas por el tajo estrecho y profundo del río, se correspondería muy bien con la imagen de aquella otra ciudad revelada en sueños.

El espectáculo de esta ciudad es indescriptible, y a su alrededor, un espacioso valle con parcelas de cultivo, encinas y olivares.

Y allá al fondo, como si hubiera recobrado todas sus fuerzas, se alza de nuevo la pura montaña, sierra tras sierra, hasta formar la más espléndida lejanía.”

"...por eso fue un maravilloso acierto haber dado con Ronda, en la cual se resumen todas las cosas que yo he deseado: una ciudad española atalayada de un modo fantástico y grandioso..."


Foto del hotel Reina Victoria donde se hospedó esos dos meses. Su habitación se conserva. Además hay una estatua del poeta en el jardín y una de las calles de Ronda está dedicada a su nombre.



Querida Lou:
... Emprendí viaje hacia el sur, me detuve asombrado ante Córdoba, tuve tiempo para percatarme que Sevilla no me decía nada, y algo me llevó a Ronda. Y heme aquí ahora donde, en un ambiente no menos increíble espero tan sólo una mejor repartición de la sangre bajo la influencia del aire puro de altura que, procedente de las montañas abiertas en círculo, acaricia por todas partes esta ciudad encaramada también sobre rocas escarpadas.

Cuando despierto por las mañanas aparece ante mi ventana abierta la montaña tranquila, tendida en el espacio puro. ¿Cómo me las arreglo para que esto no me conmueva lo más mínimo? Hace cuatro o cinco años nada más, un amanecer, durante la travesía de Capri en dirección a Nápoles, era capaz de transformarme de arriba abajo en puro gozo, en un gozo completamente nuevo, nunca antes experimentado, un gozo que brotaba de mí y llegaba a todos los seres como el hallazgo de una fuente. Y ahora estoy sentado aquí y miro y miro hasta dolerme los ojos, y trato de grabarme lo que estoy viendo y me lo repito como si tuviera que aprenderlo de memoria, y, a pesar de todo, no lo hago mío y soy sencillamante como uno cualquiera al que esto le estuviera vedado.
Debo decirte, Lou, que tengo la sensación como si lo que a mí tal vez me podría ayudar fuese un ambiente semejante al que he tenido a tu lado en Schmagendorf: largos paseos por el bosque, correr descalzo y dejar crecer la barba día y noche, un cuarto templado, y la luna tantas veces como se digne salir, y las estrellas, si es que las hay, de lo contrario arrellanarse cómodamente en el asiento y oir la lluvia o la tempestad como si eso fuese Dios mismo.

Cuando hagas algún viaje, querida Lou, acuérdate y toma nota por si ves algún lugar donde esto pudiera ser factible. A veces pienso en la Selva Negra, en la comarca de Triberg, en Rippoldsau; otras veces pienso de nuevo en Suecia, como, por ejemplo, en casa de Ellen Key (pero mejor quisiera no estar "en casa" de nadie), o en su cercanía junto a un lago en medio de los bosques, o en la proximidad de una pequeña ciudad universitaria alemana, pues tener libros, o mejor todavía, una persona con quien se pudiera aprender, eso sería, naturalmente, ideal.
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MensajePublicado: Jue Abr 12, 2012 07:23    Asunto: Responder citando

    
    
El corazón de la infancia.
Misión poética de Rilke
    
    


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MensajePublicado: Sab Abr 14, 2012 18:50    Asunto: Responder citando


Uno de los lugares preferidos de Rilke en París.

Cita:
Tercera elegía duinenese

Una cosa es cantar a la amada, y otra, ¡ay! cantar
al escondido y culpable dios -río de la sangre.
Aquel que ella reconoce de lejos, su muchacho, ¡qué sabe él mismo
del señor del placer, que desde lo solitario, a menudo,
antes de qué la muchacha le alivie, o a veces como si no existiera,

ay de qué misterio chorreando, levanta la divina cabeza,
convocando la noche a un tumulto sin fin?
lOh Neptuno de la sangre, y su temible tridente!
¡Oh, el viento oscuro de su pecho por la caracola retorcida!
oye cómo la noche se ahueca y se abre en valles. ¡Oh estrellas,
¡No brota de vosotras el gozo del amante hacia el rostro
de la amada? ¿No ha tomado del puro firmamento la íntima visión de su rostro puro?
¡Ay! ¡No has tendido tú, ni su madre siquiera,
el arco de sus cejas hacia la expectación!
No por ti, muchacha que le sentías, no hacia ti
se curvó su labio, para un ademán fecundo.
¿Piensas de veras que tanto le habría estremecido
tu leve paso, que huye como brisa de primavera?
Sí, asustasteis su corazón: pero más viejos terrores
se desencadenaron en él, al choque de to contacto.
Llámale... No le separas del todo de un oscuro trato.
Es verdad que él quiere, y se evade afuera: aliviado, se hace a vivir
en tu íntimo corazón, y toma, y se empieza.
Pero, ¿es que alguna vez se había empezado?
Madre, tú le hiciste, pequeño, tú fuiste quien le empezó:
para ti era nuevo: inclinaste sobre los ojos nuevos
el mundo amigo, apartando el extraño.
¿Dónde, ay, quedaron los años cuando tú, sencilla,
con tu figura esbelta atajabas el caos bullente?
Mucho, así, le escondías; el cuarto, sospechoso de noche,
lo hiciste inofensivo: de tu corazón lleno de amparo
sacaste espacio más humano para mezclar a su espacio nocturno.
No en la tiniebla, no, sino en tu existir más próximo
has puesto la candela, que lucía como por amistad.
Nunca un crujido que no explicases sonriendo,
como si hace mucho supieras cuándo el entarimado se porta así
Y escuchaba y se calmaba. Tanto lograba,
suavemente tu presencia; tras el armario, asomaba
su destino, alto. en el gabán: y en los pliegues de la cortina.
levemente movida, se acomodaba su intranquilo porvenir.

Y él mismo, mientras yacía, aliviado, bajo párpados
soñolientos disolviendo la dulzura de tu leve modo
de dar forma a todo, en el paladeado adormecerse:
parecía refugiado... Pero, adentro. ¿quién rechazaba.
quién frenaba la oleada del origen?
Ay, en el dormido no había defensa: durmiendo.

pero soñando y con fiebre: ¡cómo se enmarañaba!
El, el nuevo, el huraño, ¡qué entretejido estaba
los pámpanos multiplicados de su acontecer interno,
ya enlazados a diseños, a crecimiento ahogador.
a formas animalmente acosadoras. ¡Cómo se entregaba. Amaba.
Amaba su interior, su íntima selva,
el bosque inmemorial en él, sobre cuyo mudo derribo
su corazón. en verde luz, se alzaba, Amaba. Y lo dejó, y anduvo
por sus propias raíces hasta un potentísimo origen,
donde su pequeño nacimiento ya estabas obrevivido. Amando
bajó hacia la más vieja sangre, a los abismos.
donde estaba lo terrible, todavía saciado de los padres. Y todo
lo espantoso le conocía, le hacía guiños, parecía de acuerdo.
Si, lo horrible sonreía... Raramente
le has sonreído tú tan suavemente, madre. ¿Cómo no iba
a amarlo, si le sonreía? Antes que a tí
lo ha amado, pues cuando en ti le llevabas
estaba disuelto en el agua que hace leve el germen.

Mira, nos amamos, como las flores, desde un solo año;
en nosotros, cuando amamos, sube
imprevisible savia por los brazos. ¡Oh muchacha!
Esto: el que en nosotros no amemos una sola cosa,
algo venidero, sino lo incontable que fermenta: no un niño sólo,
sino los padres, que como ruinas de montañas
descansan en nuestro fondo; sino el cauce seco
de antiguas madres; sino el entero
paisaje silencioso bajo el Destino nebuloso
o claro: esto, muchacha, se te anticipó.

Y tú misma, ¿qué sabes tú? Tú atraías
el pasado a que subiera en el amante. ¿Qué sentimientos
se revolvían excavando, desde seres huidos? ¿Qué mujeres
te odiaban en lo antiguo? ¿Qué hombres oscuros
excitabas en las venas del joven? Niños
muertos querían venir a ti... Oh suave, sin ruido,
haz algo amoroso ante él, una tarea confiada... Llévale
a los jardines, dale el predominio de las noches...
Sujétale...



    
    
    
    
    
    
    
    
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