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GEORGE SAND


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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Mar Nov 20, 2012 06:22    Asunto: GEORGE SAND Responder citando

    
    
    
    
Amantine Aurore Lucile Dupin, baronesa de Dudevant
    
    
    
    

    
    
    
    
    
y más conocida por su masculino pseudónimo ,
    
    
    
    
    


    
    
    
    
    
    
    
    
    
George Sand
    
    
    
    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
(Paris, 5 de julio de 1804-Nohant, 8 de junio de 1876)
    
    
    
    



    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
Retrato de George Sand por Auguste Charpentier (1838)
    
    
    
    


Ultima edición por DELLWOOD el Mie Nov 21, 2012 07:42, editado 1 vez
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MensajePublicado: Mar Nov 20, 2012 07:06    Asunto: Responder citando

Jorge Arena es, desde luego, y desde siempre, un profundo acantilado romántico, un precipicio humano e intelectualmente artístico desde el que lanzar, con rebeldía inusitada, toda la inmundicia paralítica del Antiguo Régimen.

El rey de Polonia, Augusto II, primo en sexto grado del rey francés Luis XVI, tuvo amores con la alemana condesa de Königsmark, María Aurora, de los cuales nació Maurice de Saxe, conde de La Raute y mariscal general de los ejércitos galos. Dicho señor continuó la tradición de la bastardía con una cantante de ópera, « Mademoiselle de Verrières », madre de Marie Aurore de Saxe. A esta la casaron joven con un señor que antes de dejarla viuda la hizo condesa de Horn; se volvió a casar en Londres con Charles Louis Dupin de Francueil, entonces de 60 años de edad y dedicado a ser secretario de gabinete del Rey. De esas segundas nupcias nació Maurice Dupin.

    
    
    
    
    
    


    
    
Marie Aurore de Saxe, Madame Dupin de Francueil, condesa viuda de Horn.
    
    


Sophie-Victoire Delaborde era una vulgar parisina, hija de un vendedor de pájaros ambulante, madre soltera, guapa y alegre, que un día conoció a Maurice Dupin, ya metido en la milicia. Embarazada de ocho meses y en secreto, se casaron y al mes siguiente, en el verano parisino, tuvieron una hija. La posterior George Sand.

    
    
    
    
    
    


    
    
46, rue Meslay, París, la casa donde nació Aurore y la foto más antigua que conseguí, que no sé de qué año puede ser. Al lado, el edificio,hoy.
    
    


Maurice Dupin, capitán de los ejércitos napoleónicos, volvió a embarazar a Victoria meses antes de partir él a Madrid , donde aparece como ayudante de campo de Murat, el general francés que invadió España en marzo de 1808, dando lugar al levantamiento popular del Dos de Mayo....

    
    
    
    
    
    


    
    
    
Maurice Dupin
    
    
    


Madame Dupin -nombre que también ostentaba legalmente la hija del pajarero- en cuanto se enteró de que su hijo se había casado con una plebeya, salió de sus posesiones en Nohant -región del Berry- y se fue a Paris a consultar con los mejores abogados para ver cómo impugnar el matrimonio. Pero no hubo manera posible. Maurice, en cuanto tuvo conocimiento de estas maniobras, ideó una forma de hacerse con el corazón de su madre: mandó a una muchacha tomar a la recién nacida en brazos y con alguna disculpa pidió ver a la Sra. de la casa. Le dijo, mire que nieta tan hermosa tengo. Y se la puso en el regazo. Madame Dupin, que no obstante pasaba por una mujer liberal, al sentirla en sus brazos y verla de cerca comprendió que aquella era su nieta, prorrumpió en llanto y bajó a buscar a su hijo, que esperaba en la calle. Y se acabaron los problemas. Algún tiempo después, en la capilla de Nohant, se celebraría la boda religiosa, Victoria sería tratada como hija, la Dupin como madre y ambas mujeres comenzarían una particular relación de amor y odio constantemente recíproco.


Ultima edición por DELLWOOD el Mie Nov 21, 2012 17:40, editado 2 veces
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MensajePublicado: Mie Nov 21, 2012 07:37    Asunto: Responder citando

    
    
Luigi Boccherini, "La Musica Notturna delle strade di Madrid"
    
    

    
    
    
    


Aurora, nacida un año después de que Napoleón se proclamara emperador de la Francia, e hija de un capitán de los ejércitos naopoleónicos, a la tierna edad de cuatro años vería su destino marcado por Joachim Murat, el general triunfante de la campaña napoleónica en Egipto, cuñado del emperador, mariscal de los ejércitos imperiales triunfante en Austerlitz y Gran Almirante del Imperio de los Arcos de Triunfo. En 1808, Francia invade España y Murat se asienta en el Palacio Real de Madrid como gobernador (con pretensiones al trono) Su ayuda de campo es el capitán Maurice Dupin.
    
    

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    

    
    
    
Aurore, a la edad de seis años.
    
    
    


Victoria, la madre de Aurora, embarazada de nuevo -de ocho meses- sola en París, parece ser que era muy celosa de su apuesto y joven marido en Madrid, así que se empeñó en ir hacia él en calesa, sufriendo por el camino algunos sustos -encuentro con tres osos en Pancorbo- muy poco propicios para su estado de buena esperanza e incluso para su hija de cuatro años, que afirma haber dormido sobre mesas de paradas de posta donde no había para comer sino cebollas. Presas de la neurastenia de saberse francesas en territorio español, una noche descubrieron sangre saliendo por debajo de una puerta de una posada y entraron en pánico por estar seguras de que allí es donde descuartizaban los feroces españoles a las damas francesas; al final se descubrió, para su asco y estupefacción, que habían tenido la suerte de dar con una posada en donde se había conseguido carnear un cerdo que pendía del techo, abierto en canal.

Llegaron a Madrid sanas y salvas y las aposentaron en el Palacio de Buenavista, frente a la Fuente de Cibeles, hoy sede del Cuartel Gral. del Ejército español y entonces ocupado por los franceses a Godoy, que se lo expropió al Duque de Alba tras éste comprárselo al Rey de España. Habitaron estancias en el tercer piso, mientras que Murat ocupaba las del piso bajo, mucho más lujosas que cualquiera de las del Palacio Real a pesar de que lo tenían abandonado, lleno de conejos que correteaban de un lado a otro y a sus anchas. Fue alli donde Aurora hizo por primera vez dos cosas: mirarse en un espejo de cuerpo entero y vestirse de hombre, porque cada vez que la presentaban a Murat la vestían con uniforme, mientras la madre se disfrazaba de española, con mantilla de seda negra. Y allí mismo, se puso de parto, trayendo al mundo a un niño de ojos claros que resultó que estaba ciego. Recien dada a luz, con un bebé de quince días de edad, más la niña, atraviesan una España en guerra de regreso a Francia, hasta Bayona en calesa, sintiendo cómo las ruedas quebraban los huesos de los cadáveres sobre los que pasaban. Cuando tras pasar por el Golfo de Vizcaya en barca llegaron a la costa francesa, encallaron, y a punto de ahogarse todos ellos, llegaron a casa de la abuela enfermos todos de sarna.


Ultima edición por DELLWOOD el Mie Nov 21, 2012 17:29, editado 1 vez
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MensajePublicado: Mie Nov 21, 2012 08:32    Asunto: Responder citando

Nohant por fuera




Una vez instalados en casa de la abuela, y dadas las circunstancias, suegra y nuera llegan a un acuerdo: Victoria se hará cargo del pequeño ciego y Mme. Dupìn se hará cargo de la ya indómita Aurore. (Caroline, la otra hija de Victoria, está siendo criada por su tía y tiene prohibido totalmente relacionarse, incluso verse, con su hermana. Sin embargo, en el mismo Nohant vive un muchacho de diez años, Hipólito, que aunque nadie lo sabe, es hijo natural del señorito Maurice)

Nohant por dentro

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MensajePublicado: Mie Nov 21, 2012 16:57    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    


Aurore siempre sintió una predisposición total hacia la imaginación fantasiosa. De niña, aun sin saber leer, sostenía entre sus manos un cómico volúmen de asuntos mitológicos cuyas ilustraciones le ayudaron a comprender las historias que no podía leer. Su madre la reprendía por largos y pesados cuentos de hadas y princesas, etc.

Así que ahora, uno de sus cuentos:


    
    
    
    
    
    

    
    
    
Aurora, ya jovencita, vestida a la moda del momento: con el cinturón bajo las axilas.
    
    
    


Cita:
En torno a las charcas estancadas y a los manantiales límpidos; en los brezales y a orillas de las umbrías fuentes; en los caminos hundidos bajo los viejos sauces como en la llanura abrasada por el sol, durante la noche, se oye la paleta precipitada y el chapoteo furioso de las lavanderas fantásticas.

En determinadas provincias se cree que evocan la lluvia y atraen la tormenta al hacer volar hasta las nubes, con su ágil paleta, el agua de las fuentes y de los pantanos. Pero aquí hay una confusión. La evocación de las tormentas es monopolio de los brujos conocidos como «conductores de nubes».

La auténticas lavanderas son las almas de las madres infanticidas. Golpean y retuercen incesantemente un objeto que se asemeja a ropa mojada pero que, visto desde cerca, no es sino el cadáver de un niño. Cada una tiene el suyo o los suyos, si ha sido varias veces criminal. Hay que evitar observarlas o molestarlas; porque, aunque tuviera usted seis pies de alto y músculos en proporción, lo agarrarían, lo golpearían en el agua y lo retorcerían ni más ni menos que como un par de medias.

Todos hemos oído con frecuencia la paleta de las lavanderas de noche resonando en el silencio de las charcas desiertas. Pero no hay que engañarse. Se trata de una especie de rana que produce ese ruido formidable. Es muy triste haber hecho ese pueril descubrimiento y no poder esperar ver la aparición de esas terribles brujas retorciendo sus harapos inmundos, en la bruma de las noches de noviembre, a la pálida luz de una pálida luna creciente reflejada por las aguas.

Sin embargo, yo tuve la emoción de escuchar un relato sincero y bastante aterrador acerca de este tema.

Un amigo mío, hombre de más talento que sentido común, debo reconocerlo, y sin embargo un espíritu ilustrado y culto, pero, debo reconocerlo también, proclive a dejar su razón de lado, muy valiente ante las cosas reales, pero fácil de impresionar y alimentado desde su infancia con las leyendas de la región, tuvo dos encuentros con las lavanderas que no contaba sino con repugnancia y con una expresión en el rostro que transmitía un escalofrío a su auditorio.

Una noche, hacia las once, en una «traîne» encantadora que corre serpenteando y saltando, por así decirlo, sobre el flanco ondulado del barranco de Urmont, vio a orillas de una fuente, a una vieja que lavaba y retorcía en silencio.

Aunque aquella bonita fuente tuviera mala fama, no vio en ello nada de sobrenatural y le dijo a la anciana:

-Está lavando muy tarde, buena mujer.

Ella no respondió. Pensó que era sorda y se acercó. La luna estaba brillante y la fuente resplandecía como un espejo. Entonces percibió claramente las facciones de la anciana: era completamente desconocida para él, lo que le sorprendió porque dada su condición de agricultor, cazador y paseante de la campiña, no había rostro desconocido para él a varias leguas a la redonda. Así fue como me contó personalmente sus impresiones frente a aquella lavandera singularmente retrasada:

-Sólo se me ocurrió pensar en la leyenda una vez que había perdido de vista a aquella mujer. No pensé en ella antes de encontrarla. No creía en ella y no sentí ningún recelo al abordarla. Pero tan pronto como estuve junto a ella, su silencio, su indiferencia ante la aproximación de un transeúnte, le dieron el aspecto de un ser absolutamente ajeno a nuestra especie. Si la vejez la privaba del oído y la vista, ¿cómo es que había venido a lavar tan lejos, sola, a esta hora tan insólita, a aquella fuente helada en la que trabajaba con tanta fuerza y actividad? Esto era al menos digno de observación; pero lo que me sorprendió aún más, fue lo que yo sentí personalmente. No tuve ninguna sensación de miedo, pero sí una repugnancia, un asco invencibles. Seguí mi camino sin que ella volviera la cabeza. No fue sino cuando llegué a mi casa cuando pensé en las brujas de los lavaderos, y entonces tuve mucho miedo, lo confieso abiertamente, y nada del mundo me habría decidido a volver sobre mis pasos.»

En otra ocasión, el mismo amigo pasaba cerca de los estanques de Thevet, hacia las dos de la mañana. Venía de Linières, donde aseguró no haber comido ni bebido, circunstancia que yo no podría garantizar. Iba solo, en cabriolé, seguido de su perro. Como su caballo iba cansado, se bajó en una cuesta y se encontró a orillas de la carretera, cerca de un canal donde tres mujeres lavaban, golpeaban y retorcían con gran vigor, sin decir nada. Su perro se acercó de repente a él sin ladrar. Él mismo pasó sin mirar demasiado. Pero apenas había dado unos cuantos pasos, oyó que alguien iba detrás de él, y que la luna dibujaba a sus pies una sombra muy alargada. Se volvió y vio que una de las tres mujeres lo seguía. Las otras dos venían a cierta distancia como para apoyar a la primera.

-En esta ocasión -dijo- sí pensé en las lavanderas malditas, pero tuve una emoción distinta a la de la primera vez. Aquellas mujeres eran de una estatura tan elevada y la que me seguía de cerca tenía hasta tal punto las proporciones, la cara y el andar de un hombre, que pensé que tenía que vérmelas con algunos tipos del pueblo probablemente mal intencionados. Llevaba un buen garrote en la mano, me volví y le dije:

-¿Qué quiere de mí?

No recibí respuesta y al ver que no me atacaba, no tuve pretexto para atacarla yo, por lo que me vi obligado a volver a mi cabriolé, que iba bastante lejos por delante de mí, con aquel desagradable ser en los talones. No decía nada y parecía disfrutar teniéndome bajo el efecto de una provocación. Yo seguía sujetando mi bastón, dispuesto a romperle la mandíbula al menor roce, y llegué así a mi cabriolé, con mi cobarde perro, que no decía ni pío y que saltó al vehículo al tiempo que yo.

Entonces me volví y, aunque había oído hasta ese momento pasos tras los míos y había visto una sombra caminar al lado de la mía, no vi a nadie. Sólo vi, a unos treinta pasos por detrás, en el lugar donde las había visto lavar, a las tres grandes diablesas saltando, danzando y retorciéndose como locas a orillas del canal. Su silencio, que contrastaba con aquellos saltos desenfrenados, las hacía aún más singulares y más penosas de ver.»

Si después de haber escuchado este relato, se intentaba hacerle al narrador alguna pregunta de detalle, o darle a entender que había sido víctima de una alucinación, él sacudía la cabeza y decía:

-Hablemos de otra cosa. Prefiero pensar que no estoy loco.

Esas palabras, pronunciadas con expresión triste, imponían silencio a todo el mundo.

No existe charca o fuente que no sea frecuentada bien por las lavanderas nocturnas, o bien por otros espíritus más o menos molestos. Algunos de estos huéspedes son sólo extraños. En mi infancia, yo temía mucho pasar por delante de cierta cuneta donde se veían los «pies blancos». Las historias fantásticas que no se explican respecto a la naturaleza de los seres que ponen en escena, y que quedan imprecisas e incompletas, son las que más impresionan la imaginación. Aquellos pies blancos que caminaban, según decían, a lo largo de la cuneta a determinadas horas de la noche, eran pies de mujer, flacos y descalzos, con un trozo de vestido blanco o de camisa larga que flotaba y se agitaba sin cesar. Caminaba rápido y en zigzag, y si se le decía: «Te estoy viendo… ¿Quieres escapar?» corría aún más y no se sabía por dónde había desaparecido. Cuando no se le decía nada caminaba delante de ti, pero cualquier esfuerzo que se hiciera para ver más arriba de los tobillos, resultaba inútil. No tenía piernas, ni cuerpo, ni cabeza, sólo pies. No sabría explicar qué tenían aquellos pies de terrorífico, pero por nada del mundo habría querido verlos.

En otros lugares hay hilanderas nocturnas; se escucha la rueca en la habitación en la que se está y en ocasiones se ven sus manos. En nuestra comarca, he oído hablar de una brayeuse nocturna que hilaba el cáñamo delante de la puerta de ciertas casas y dejaba oír el ruido regular de la braye, de una manera que no era natural. Había que dejarla tranquila, y si se obstinaba en volver muchas noches seguidas, había que poner una vieja hoja de guadaña a través del instrumento que cogía para hacer ruido: por un momento trataba de romper la hoja, luego se cansaba, la arrojaba delante de la puerta y no regresaba más.

También está la peillerouse o harapienta nocturna, que se sentaba en la guenillière de la iglesia. Peille es una antigua palabra francesa que significa guenille, harapo; por eso el atrio de la iglesia en el que se sientan durante los oficios los mendigos que llevan peilles o guenilles, se llama guenillière.

Aquella harapienta abordaba a los transeúntes y les pedía limosna. Había que cuidarse mucho de darle algo; de hacerlo, se ponía alta y fuerte aunque te hubiera parecido achacosa, y te molía a palos. Un tal Simon Richard, que vivía en la antigua casa cural y que sospechaba alguna broma por parte de las chicas de la aldea hacia él, quiso bromear con ella. Lo dejaron por muerto. Yo le vi el costado al día siguiente, que estaba muy magullado y arañado, efectivamente. Juraba que sólo había visto a una anciana, menuda, pero que tenía los puños de tres hombres y medio.

En vano quisieron hacerle creer que se las había visto con algún tipo más fuerte que él que, disfrazado, se había vengado de alguna mala jugada que él le habría hecho. Era fuerte y valiente, incluso pendenciero y vengativo. Sin embargo, una vez que se recuperó, abandonó la parroquia y no volvió más, diciendo que no le temía ni a hombre ni a mujer, pero sí a los seres que no son de este mundo y que no tienen el cuerpo «como los cristianos».
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MensajePublicado: Mie Nov 21, 2012 17:43    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    
    
    



Llegados a Nohant, Aurore se dedicó, por instinto, a comer limones, una dieta que escandalizaba a la abuela -los mordía con cáscara y todo- pero que le devolvió la salud....aunque sin embargo iba disminuyendo la de su hermanito ciego, Louis, de labios violeta y tristeza de muerte en su muerta mirada. La madre sufría, pensando que era ella quien envenenaba a la criatura al darle el pecho, y por recomendación de un criado, empezó a cultivar un jardín junto a un peral del patio para ver si así se le abría el apetito, mejoraba su leche y trasmitía la mejoría al pobre infeliz del niño ciego. El ocho de septiembre el niño abandonó las fiebres y se lo llevó la muerte. Lo enterraron, ocultaron el hecho a Aurore, y por la noche, los desconsolados padres llegaron a tal paroxismo de reproches, imaginaciones y demás productos del dolor que llegaron a dudar de su el niño estaría muerto. Entonces el padre salió al cementerio, junto a la casa, y se puso a cavar en busca del féretro del niño. Pero se equivocó de tumba. Tuvo que cavar incansablemente para encontrar por fin el pequeño ataúd, pero, cuando estaba tratando de
sacarlo, se apoyó con fuerza en el cajón del campesino y este ataúd, llevado hacia el profundo pozo que Maurice había cavado al lado, se deslizó hacia
adelante, lo golpeó en un hombro y lo hizo caer dentro de la fosa...Por lo visto, después confesó a su esposa haber sentido un miedo horrible por saberse empujado por el muerto sobre la misma tumba de su hijo. Desneterraron al niño, comprobaron que no estaba vivo y lo volvieron a enterrar ...bajo el peral del jardincillo que cuidaba la madre. Ocho días después, el padre moría. Se desbocó su caballo.

Aurore supo todo esto años después, cuando quisieron hacer en Nohant ciertas remodelaciones por la zona del peral y un criado les contó que hacía años él había descubierto la tumba del niño, que pudo identificar porque su nombre estaba escrito entre dos láminas de vidrio. Sólo se lo contó a la abuela, que dijo que dejaran al niño bajo el peral.


    
    
    
    
    
    
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MensajePublicado: Jue Nov 22, 2012 06:34    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    



LOS FUEGOS FATUOS, George Sand

Cita:
Los flambeaux, flambettes o flamboires, también llamados fuegos fatuos, son esos meteoros azulados que todo el mundo ha encontrado por la noche o ha visto danzar sobre la superficie inmóvil de las aguas pantanosas. Se dice que esos meteoros son inertes por sí mismos, pero la menor brisa los agita y toman aspecto de movimiento que divierte o inquieta la imaginación según ésta esté predispuesta a la tristeza o a la poesía.

Para los campesinos son almas en pena que les piden oraciones, o almas perversas que los arrastran en una carrera desesperada y los llevan, después de mil rodeos insidiosos, a lo más profundo del pantano o del río. Como al lupeux o al trasgo, se les oye reír cada vez más claramente a medida que se adueñan de su víctima y la ven aproximarse al desenlace funesto e inevitable. Las creencias varían mucho respecto a la naturaleza o la intención más o menos perversa de los fuegos fatuos. Algunos se contentan con perderte y, para lograr su fin, no les importa adoptar diversos aspectos.

Se cuenta que un pastor que había aprendido a hacer que le fueran favorables, los hacía ir y venir a su antojo. Bajo su protección todo marchaba bien para él. Sus animales disfrutaban y por lo que a él respecta, no estaba nunca enfermo, dormía y comía bien en verano como en invierno. No obstante, lo vieron de repente ponerse delgado, macilento y melancólico. Cuando le preguntaron acerca de la causa de su desazón, contó lo siguiente:

Una noche que se encontraba en su cabaña con ruedas, cerca de su redil, fue despertado por un gran resplandor y por grandes golpes sobre el techo de su habitáculo.

-¿Qué ocurre? -dijo, muy sorprendido de que sus perros no le hubieran advertido.

Pero antes de que hubiera logrado levantarse, pues se sentía pesado y como asfixiado, vio ante él a una mujer tan pequeña, tan pequeña, y tan menuda, y tan vieja, que se asustó pues ninguna mujer viva podía tener semejante tamaño y semejante edad. Estaba cubierta por sus largos cabellos canosos que la tapaban por completo y sólo dejaban salir su pequeña cabeza arrugada y sus pequeños pies resecos.

-Vamos muchacho, ven conmigo; ha llegado la hora -le dijo.

-¿La hora de qué? -preguntó el pastor desconcertado.

-La hora de casarnos -respondió-. ¿No me has prometido matrimonio?

-¡Oh! ¡Oh! ¡No creo! Sobre todo porque no la conozco en absoluto y porque la veo por primera vez en mi vida.

-Estás mintiendo, mi apuesto pastor. Me has visto bajo un aspecto luminoso. ¿No reconoces a Flambette, la madre de los fuegos fatuos de la pradera? ¿Y no me has jurado, a cambio de los grandes servicios que te he hecho, que harías lo primero que viniera a pedirte?

-Sí, tiene razón, señora Flambette; yo no soy hombre que incumpla su palabra, pero juré eso con la condición de que no se me pidiera nada que fuera contrario a mi fe de cristiano ni a los intereses de mi alma.

-¡Ah, pues! ¿Vengo acaso a engatusarte como una aventurera? ¿No vengo decentemente revestida con mi cabellera de plata fina y adornada como una novia? Quiero llevarte a la misa de medianoche, y nada es más saludable para el alma de un vivo que el matrimonio con una bella muerta como yo. Vamos, ¿vienes? No tengo tiempo que perder charlando.

Hizo ademán de llevarse al pastor fuera de su redil, pero éste retrocedió, aterrorizado, diciendo:

-Nada de eso, mi buena señora, es demasiado honor para un pobre hombre como yo y además prometí a san Ludre, mi patrón, permanecer soltero toda mi vida.

El nombre del santo, mezclado con el rechazo del pastor, puso a la anciana furiosa. Comenzó a saltar rugiendo como una tormenta y a hacer remolinear su cabellera que, al levantarse, dejó ver su cuerpo negro y peludo. El pobre Ludre (así se llamaba el pastor) retrocedió horrorizado al ver que era el cuerpo de una cabra, con la cabeza, los pies y las manos de una mujer decrépita.

-¡Vuelve al diablo, fea bruja! -exclamó- reniego de ti y te conjuro en nombre del…

Iba a hacer la señal de la Cruz, pero se detuvo considerando que era inútil pues sólo con el gesto de su mano, la diablesa había desaparecido y no quedaba de ella nada más que una pequeña llama azul que flotaba por fuera del redil.

-Muy bien -dijo el pastor- haga tantos fuegos fatuos como quiera, me da igual, me burlo de sus luces y de sus payasadas.

Tras lo cual, quiso volver a acostarse; pero he aquí que sus perros, que hasta ese momento habían permanecido como encantados, se acercaron a él gruñendo y enseñando los dientes como si quisieran devorarlo, lo que lo puso airado contra ellos y, cogiendo su cayado ferrado, les pegó como merecían por su mala vigilancia y su pésimo humor.

Los perros se acostaron a sus pies temblando y llorando. Habríase dicho que lamentaban lo que el espíritu perverso les había obligado a hacer. Viéndolos tan calmados y sumisos, Ludre se disponía a dormir de nuevo cuando los vio levantarse como bestias furiosas y lanzarse sobre el rebaño.

Había doscientas ovejas que, presas de miedo y de vértigo, saltaron por encima del cercado del redil y huyeron por los campos como si se hubieran transformado en ciervas, mientras que los perros, rabiosos como lobos, las perseguían mordiéndoles en las patas y arrancándoles la lana que volaba formando nubes blancas sobre los matorrales

El pastor, muy preocupado, no se tomó el tiempo necesario para volver a ponerse los zapatos y la chaqueta que se había quitado por el calor. Se puso a correr tras su rebaño, jurando detrás de sus perros que no le prestaban atención y corrían cada vez más, ladrando como los perros de caza que han levantado la liebre, y espantando al rebaño asustado.

Tanto corrieron ovejas, perros y pastor, que el pobre Ludre hizo al menos doce leguas alrededor de la charca de los fuegos fatuos, sin poder alcanzar su rebaño ni detener sus perros, a los que habría matado de buena gana si hubiera podido alcanzarlos.

Por fin, cuando amaneció, se quedó muy sorprendido al ver que las ovejas que él creía perseguir no eran sino pequeñas mujeres blancas, largas y menudas, que corrían como el viento y que no parecían cansarse más de lo que lo hace el viento. Por lo que respecta a los perros, los vio transformados en dos gruesos cuervos que volaban de rama en rama graznando.

Convencido entonces de que había caído en un aquelarre, volvió derrengado y triste a su redil, donde se sorprendió mucho de encontrar su rebaño durmiendo bajo la vigilancia de los perros, que se acercaron a él para acariciarlo.

Se dejó caer en su cama y durmió como un tronco. Pero, a la mañana siguiente, cuando salió el sol, contó sus animales y encontró que faltaba una oveja, que no pudo encontrar por más que buscó.

Por la tarde, un leñador que trabajaba cerca de la charca de los fuegos fatuos le trajo sobre su asno la pobre oveja ahogada, preguntándole cómo cuidaba las ovejas y aconsejándole que no durmiera tanto si quería conservar su buena fama de pastor y la confianza de sus patrones.

El pobre Ludre se preocupó mucho por un asunto del que no comprendía nada y que, por desgracia para él, se repitió, aunque de otra manera, a la noche siguiente.

Esta vez soñó que una vieja cabra, con grandes cuernos de plata, le hablaba a sus ovejas y que éstas la seguían galopando y saltando como cabritos alrededor de la charca. Imaginó que sus perros se cambiaban en pastores y él mismo en un macho cabrío al que estos pastores golpeaban y obligaban a correr.

Como la víspera, se detuvo al amanecer, reconoció las figuras blancas que ya lo habían engañado, regresó, lo encontró todo tranquilo en su redil, se durmió por el gran cansancio, se levantó tarde, contó sus ovejas y encontró que faltaba una.

Esta vez corrió hacia la charca y encontró al animal que se estaba ahogando. La sacó del agua, pero era demasiado tarde y ya no era buena sino para ser despellejada.

Estos desagradables hechos duraban ya ocho días. Faltaban ocho cabezas en el rebaño y Ludre, bien porque corriera dormido como un sonámbulo, bien porque soñara en medio de la fiebre que tenía las piernas en movimiento y el espíritu afligido, lo cierto es que se sentía muy fatigado y tan enfermo que creí que se iba a morir.

-Mi pobre amigo, -le dijo un viejo pastor muy sabio al que él le contaba sus cuitas-, tienes que casarte con la vieja o renunciar a tu oficio. Conozco a esa cabra de cabellos plateados por haberla visto cortejar a uno de nuestros amigos, al que hizo morir de fiebre y pena. Por eso no he querido nunca tratar con las flambettes aunque me hicieran numerosas insinuaciones y de que las viera danzar como bellas jovencitas alrededor de mi redil.

-¿Y no sabría usted darme algún remedio para librarme de ellas? – le dijo Ludre abrumado.

-He oído decir -respondió el viejo- que aquel que pudiera cortarle la barba a esa maldita cabra la gobernaría a su antojo; pero se corre un gran riesgo porque si se le deja, aunque sólo sea un pelo, recupera toda su fuerza y te retuerce el cuello.

-¡Caramba!, yo mismo lo intentaré -dijo Ludre- pues lo mismo da morir en ese empeño que ir languideciendo poco a poco como hago yo.

La noche siguiente, vio a la vieja con figura de fuego fatuo acercarse a su cabaña y le dijo:

-Ven aquí, bella entre las bellas, y casémonos de inmediato.

Cómo fue la boda, no se supo jamás; pero, hacia medianoche, cuando la bruja estaba bien dormida, Ludre cogió las tijeras de esquilar las ovejas y, de un solo golpe le cortó tan bien la barba, que el elfo tenía el mentón desnudo, y él se puso muy contento al ver que era rosado y blanco como el de una jovencita. Entonces, se le ocurrió la idea de esquilar toda la cabra, su esposa, pensando que tal vez perdiera su fealdad y su taima al mismo tiempo que el pelo.

Como seguía durmiendo, o haciendo como que dormía, no le costó mucho esfuerzo hacer todo el esquilo. Pero, una vez que concluyó, se dio cuenta de que había esquilado su cayado y que estaba solo, acostado junto a su bastón de serbal.

Se levantó muy inquieto por lo que pudiera significar esta nueva diablura y lo primero que hizo fue recontar sus animales, que resultaron ser doscientas, como si ninguna se hubiera ahogado.

Entonces, se apresuró a quemar todo el pelo de la cabra y a darle gracias al bueno de San Ludre, que no permitió nunca más a los fuegos fatuos que lo atormentaran.
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MensajePublicado: Sab Nov 24, 2012 09:50    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    


    
    
Cita:
Paris, 1817: mientras que Byron publica Manfredo, Chopin empieza a estudiar piano pero ya compone la Primera polonesa....que ni mucho menos escuchó Aurora....

    
    
    
    
    
    
    
    


Aurora -o Jorge- era, fue y es, mucho: dual, bivalente y ambivalente, venida de dos mundos contrapuestos, el de su madre -el pueblo- y el de su padre -la aristocracia- aparente hombre que es mujer con alma de niño, supo por parte de madre lo que era pasear en carretas por el campo a la hora de la siega o trepar a los árboles y por parte de padre cómo utilizar la paleta de pescado en una cena de gala con viejas condesas.

Así que su abuela, que como hemos visto se había hecho de algún modo con su tutela, estaba completamente convencida que aquella niña, si no se ponía remedio -salía a cazar con el mayordomo vestida de hombrecillo- no sería jamás una dama, y una tarde le dijo:

"Hija mía, ya no tienes sentido común. Tienes inteligencia y haces todo lo posible para volverte o parecer tonta. Podrías ser agradable y te haces insoportable. Tu tez se ha oscurecido, tus manos se han ajado, tus pies van a deformarse con los zuecos. Tu cerebro se deforma y se desparrama como tu persona. A veces te callas por completo y tienes el aspecto de quien desdeña todo. A veces hablas demasiado aparentando charlar por charlar. Has sido una niña encantadora y no es preciso que te conviertas en una joven absurda. Ya no tienes gracia, comportamiento, atractivo. Tienes un buen corazón y una cabeza lastimosa. Hace falta que todo esto cambie. Además, tienes necesidad de profesores de buenos modales que yo aquí no puedo procurarte. He resuelto, entonces, enviarte al convento e iremos a París para ello."

Y así entra Aurora en el convento de las agustinas inglesas (donde su abuela estuviera escondida en tiempos de la Revolución)
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MensajePublicado: Dom Nov 25, 2012 14:44    Asunto: Responder citando

Cita:
    
    
    
(N. B De ahora en adelante, la música de Chopin que acompañe a los textos será exclusivamente la compuesta temporalmente tras la irrupción de G. S. en la vida del músico -y viceversa- aunque los textos no estén tratando de su relación)
    
    
    


    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
No. 1 in C major op. 28
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


Preludios: Acabados en Mallorca, España, son una colección de pensamientos expresivos de la todas las formas de pasión. Modelo absoluto de perfección, que dijera Liszt. El primero, por su brevedad, suele ejecutarse dos veces, siendo más rápida la segunda.

    
    
    
    
    
    
Op.28 No.2 in A minor Imagen de la mayor angustia moral
    
    
    
    
    
    

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


Aurora, a los once años de edad, educada por su abuela librepensadora -aunque hoy resulte producto de la carcunda más recalcitrante- había elaborado una religión personal -tipo el amigo invisible sólo que con trazas místicas- y que había configurado , a partes iguales, con una dosis de paganismo a través de La Ilíada, y otra de catolicismo, con La Jerusalén Liberada de Tasso. Su Ley, su dogma, era: puesto que toda religión es una ficción, hagamos una religión que sea una novela. Ella no creía en sus novelas pero admitía que le daban tal felicidad como si creyera en ellas, creando en su imaginación un Ser al que llama Corambé y nombra como dios de su religión. Posteriormente , veinte años después, para ser exactos, Corambé se llamará Spiridión, una de sus más famosas novelas, que trata,claro está, de una auténtica crisis religiosa.

La estancia de internado conventual con las agustinas inglesas fue una especie de camino de perfección -un poco a la S. Agustín en sus Confesiones- fluyendo entre los pétreos muros desde su inmersión bautismal en el grupo de las rebeldes -Las Diablas, como se hacían llamar las alumnas indómitas- al grupo de las aplicadas y devotas -Las Buenas. Pero catecismos, no. La Sand está ya por encima de todo eso.



    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
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Mensajes: 15247

MensajePublicado: Lun Nov 26, 2012 09:25    Asunto: Responder citando

Cita:
    
    
    
Prélude n° 4 op. 28. Lo que sonó en el funeral de Chopin.

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


Madame Dupin -la abuela- consciente de que se moría, no quería hacerlo sin dejar a su nieta -cuya tutela ostentaba- bien casada. Así que el 12 de abril de 1820 la saca de las agustinas inglesas y se la lleva a Nohant para buscarle un novio. Pero no hay suerte. La Dupin, cuidada y atendida por esa especie de enfermera vocacional que es su nieta, fallece de aplopejía el día después de navidad de 1921.


Cita:
Julie le hizo el último arreglo con la misma minuciosidad que en los mejores días. Le colocó su cofia de encajes, sus lazos, sus anillos. Teníamos la tradición de enterrar a nuestros muertos con un crucifijo y un libro religioso. Llevé los que había preferido en el convento. Cuando la pusieron en el ataúd todavía estaba hermosa. Tenía una expresión sublime de paz.

Por la noche Deschartres me llamó; estaba muy
excitado y me dijo en voz baja:

-¿Tiene usted valor? ¿No cree que hay que rendira los muertos un culto más trascendente que el de las plegarias y las lágrimas? ¿No piensa que desde allá arriba deben vernos y se conmueven por la constancia de nuestro dolor? Si piensa así, venga conmigo.

Era más o menos la una de la mañana. La noche era clara y fría. La escarcha, que se había anticipado a la nieve, dificultaba el paso, y mientras atravesábamos el patio para entrar en el cementerio contiguo
resbalamos varias veces.

-Quédese tranquila -me dijo Deschartres, siempre excitado bajo una aparente sangre fría-. Verá usted al que fue su padre.

Nos acercamos a la fosa abierta para recibir a mi abuela. Bajo un pequeño arco hecho de toscas piedras había un ataúd al que se uniría otro dentro de
poco.

-Quise ver esto -dijo Deschartres-, y controlar a los obreros que abrieron la fosa durante el día. El ataúd de su padre todavía está intacto; sólo se han
caído los clavos.

Cuando me quedé sola levanté la tapa. Vi el esqueleto. La cabeza se había separado; la tomé, la besé. Sentí un alivio tan grande, yo, que no pude
recibir el último beso, que pensé que usted tampoco lo había recibido. Mañana este fosa se volverá a cerrar.

No se abrirá más que para usted. hay que bajar, hay hay que besar esa reliquia. Lo recordaremos toda nuestra vida. Algún día habrá de escribir la historia de su padre, aunque más no sea para que sus hijos, que no lo conocieron, lo veneren. Déle ahora al que usted amó tanto una prueba de amor y de respeto. Yo le aseguro que dondequiera que él estáahora, la verá y le dará su bendición.

Yo también estaba bastante emocionada y excitada, y me parecía completamente natural lo que mi preceptor me decía. No experimentaba la menor repulsión, y como no parecía extraño, hubiera lamentado que una vez surgida esta idea, no se la llevara a cabo. Bajamos dentro de la fosa e hicimos fervorosamente el acto de veneración que mi preceptor había iniciado.

-No digamos nada de esto a nadie -me dijo él, todavía con su aparente calma, después de cerrar el ataúd y saliendo conmigo del cementerio-; pensarán que nos hemos vuelto locos, y no es así, ¿no es cierto?

-Es cierto, -le contesté con firmeza-.

J.Sand, Historia de mi vida
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