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GEORGE SAND


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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Lun Nov 26, 2012 20:39    Asunto: Responder citando

El dieciocho de enero de 1822, parte hacia Paris con el objeto de asentarse con su madre. Poco tiempo después, aparecen por Paris los Roëttiers, cuyo cabeza de familia, James, fuera amigo y colega militar del difunto padre de Aurora. Todas las tardes salían a pasear por los boulevares, la ópera o cenar en el entonces famosísimo Café Tortoni del Boulevard des Italiens, aquí representado:

    
    
    
    
    
    


Cita:
Una de esas noches estábamos tomando unos helados en el Tortoni, cuando mi "madre" Angela dijo a su marido:

-Allí está Casimir.

Un joven delgado y elegante, de semblante alegre y aire militar vino a saludarlos y a contestar las ansiosas preguntas que le formulaban sobre su padre, el coronel Dudevant, muy querido y respetado por la familia. Se sentó junto a la señora Angela y le preguntó en voz baja quién era yo.

-Es mi hija -contestó ella en voz alta-.

-Entonces -contestó él siempre en voz baja-, ¿es mi mujer? No olvide usted que me prometió la mano de su hija mayor. Creí que era Wilfrid; pero como
ésta parece de una edad más adecuada a la mía, la acepto, si me la quiere dar.


Les Roëttiers, de Plessis, tenían castillo a unos treinta kms. al sur de París. HOy es una residencia de ancianos. Allí conoció verdaderamente Aurore a Casimir Dudevant, hijo ilegítimo pero reconocido del barón de Dudevant. Se cayeron bien, pero no se enamoraron. Aurore, que buscaba seguridad, lo creyó rico, sin tomar en cuenta que su situación de bastardo le impedía heredar. Y el sabía que ella acababa de heredar Nohant.

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


Ella tenía 17 años. El, diez más. Se casaron, sin que la madre lo quisiera, en septiembre de 1822, en Paris. Nueve meses más tarde, el 30 de junio de 1923, nace su primer y posiblemente su único hijo, Maurice.
    

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
    
Retrato de Maurice por Luigi Calamatta, de 1837
    
    
    
    
    
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Mar Nov 27, 2012 05:22    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
    
    
El amor es una flor que se marchita con el tiempo, hasta que una flor más suave brota. G.S.
    
    
    
    
    
    
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Mar Nov 27, 2012 05:47    Asunto: Responder citando

Les demoiselles o señoritas del Berry nos parecen primas de las milloraines normandas que el autor de La Normandie merveilleuse describe como seres de estatura gigantesca. Se mantienen inmóviles y su forma, poco definida, no permite reconocer ni sus miembros ni su rostro. Cuando alguien se acerca a ellas, huyen dando una serie de saltos irregulares muy rápidos.

Las señoritas o damas blancas son de todos los países. No creo que sean de origen galo, sino más bien de la Francia de la Edad Media. Sea como fuere, contaré una de las leyendas más completas que he podido recoger a propósito de ellas.

Un gentilhombre del Berry, llamado Jean de la Selle, vivía el siglo pasado en su castillo situado al fondo de los bosques de Villemort. La zona, triste y salvaje, se alegra un poco en la linde con los bosques, allí donde el terreno seco, plano y cubierto de robles, se inclina hacia praderas que humedecen una serie de pequeños lagos hoy mal cuidados.

Ya en el tiempo del que hablamos, las aguas empapaban los prados del señor de la Selle, dado que el buen gentilhombre no poseía suficiente fortuna como para hacer sanear sus tierras. Poseía una gran extensión, pero de escasa calidad y de pequeño rendimiento.

Sin embargo, él vivía contento gracias a sus gustos modestos y a su carácter tranquilo y jovial. Los campesinos de sus tierras y de los alrededores lo tenían por un hombre de bondad extraordinaria y de rara delicadeza. Decían de él, que antes de perjudicar lo más mínimo a un vecino, fuera quien fuese, se dejaría quitar la camisa del cuerpo y su caballo de entre las piernas.

Y sucedió que, una tarde, el señor de la Selle, después de haber estado en la feria de La Berthenoux para vender un par de bueyes, regresaba por la linde del bosque, acompañado por su aparcero, el alto Luneau, que era un hombre listo y entendido, y llevando sobre la grupa flaca de su yegua gris la suma de seiscientas libras en grandes escudos con la efigie de Luis XIV. Era el importe de los animales vendidos.

Como buen rústico que era, el señor de la Selle había comido bajo los árboles y como no le agradaba beber solo, había hecho sentarse junto a él a Luneau y le había servido vino del país como a él mismo con el fin de hacerle sentirse cómodo dándole ejemplo. Hasta tal punto que el vino, el calor, el cansancio de la jornada y sobre todo, el trote cadencioso de la yegua, habían dormido al señor de la Selle y llegó a su casa sin saber demasiado el tiempo que había empleado ni el camino que había seguido. Era Luneau el que lo conducía y Luneau lo había conducido bien puesto que llegaban sanos y salvos; sus caballos no tenían ni un pelo mojado. El señor de la Selle no se encontraba borracho. Nunca en su vida lo habían visto perder el sentido. Por lo que, una vez que se quitó las botas, le dijo a su sirviente que llevara la bolsa a su habitación; luego estuvo charlando muy razonablemente con Luneau, le dio las buenas noches y se marchó a dormir sin más demora. Pero, al día siguiente, cuando abrió la bolsa para coger el dinero, sólo encontró gruesos guijarros, y después de inútiles investigaciones, se vio obligado a reconocer que le habían robado.

Luneau, llamado y consultado, juró por su óleo y su bautismo, que había visto el dinero bien contado en la bolsa, que él mismo había cargado y atado sobre la grupa de la yegua. Juró igualmente por su fe y su ley que no se había separado de su señor ni la anchura de un caballo mientras recorrieron la carretera general. Pero confesó que, una vez entrado en el bosque, se había sentido un poco pesado y que podía haberse dormido sobre su montura por un espacio de un cuarto de hora aproximadamente. Se había visto de repente junto a la «Gâgne-aux-demoiselles» y a partir de ese momento no había dormido más ni había encontrado a ningún cristiano.

-Bueno, -dijo el señor de la Selle- algún ladrón se habrá burlado de nosotros. Es más mi culpa que la tuya, mi pobre Luneau, y lo más prudente es no darle más vueltas. La pérdida es sólo para mí puesto que tú no llevas parte en la venta del ganado. Sabré cómo arreglármelas aunque la cosa me fastidia un poco. Eso me enseñará a no quedarme dormido mientras voy a caballo.

Luneau quiso en vano hacerle sospechar de algunos cazadores furtivos menesterosos del lugar.

-No, no -respondió el noble rústico- no quiero acusar a nadie. Todas las personas de la vecindad son personas decentes. No hablemos más de ello. Tengo lo que me merezco.

-Pero tal vez me deteste un poco, señor…

-¿Por haberte quedado dormido? No, amigo mío; si te hubiera confiado la bolsa estoy seguro de que te habrías mantenido despierto. Sólo me culpo a mí mismo y, ¡caray! no tengo intención de castigarme demasiado. Es suficiente con haber perdido el dinero, ¡salvemos al menos el buen humor y el apetito!

-Sin embargo, si me hiciera usted caso, señor, mandaría buscar en la «Gâgne-aux-demoiselles».

-La «Gâgne-aux-demoiselles» es una fosa cubierta de hierba que tiene por lo menos medio cuarto de legua de longitud; remover todo ese fango exigiría gran esfuerzo y además ¿qué encontraríamos en ella? ¡El ladrón no habrá sido tan tonto como para sembrar allí mis escudos!

-Usted dirá lo que quiera, patrón, pero el ladrón no es tal vez como usted imagina.

-¡Ah! ¡ah!, mi buen Luneau, ¿tú también crees que las señoritas son espíritus malévolos que disfrutan jugando malas pasadas?

-No sé nada, patrón, pero lo que sí sé muy bien es que estando allí una mañana antes del amanecer con mi padre, las vimos como lo estoy viendo a usted; y que cuando regresamos a casa asustados, no llevábamos sombrero ni gorro en la cabeza, ni zapatos en los pies, ni navajas en los bolsillos. ¡Son muy astutas! Dan la impresión de marcharse pero, sin tocarte, te hacen perder todo lo que pueden y se aprovechan, pues no se le vuelve a encontrar. Si estuviera en su lugar mandaría que desecaran ese pantano. Su prado valdría más y las señoritas se marcharían de ahí, pues todo hombre con sentido común sabe que no les gusta lo seco y que van de una charca a otra, de un estanque a otro, a medida que se les quita la bruma de la que se alimentan.

-Amigo Luneau, -respondió el señor de la Selle- secar el pantano sería, sin duda, algo beneficioso para el prado. Pero, además de que se necesitarían las seiscientas libras que he perdido, me lo pensaría dos veces antes de desalojar a las señoritas. Y no es que crea en ellas precisamente, pues no las he visto nunca, lo mismo que no creo en ningún otro trasgo de la misma especie; pero mi padre sí creía un poco, y mi abuela mucho. Cuando se hablaba de ellas mi padre decía: «Dejad tranquilas a las señoritas, no le han hecho daño nunca ni a mí ni a nadie», y mi abuela: «No atormentéis ni conjuréis jamás a las señoritas; su presencia es un bien en una propiedad y su protección trae buena suerte a una familia».

-Sí, pero no lo han protegido de los ladrones -respondió Luneau moviendo la cabeza.

Unos diez años después de esta aventura, el señor de la Selle regresaba de la misma feria de La Berthenoux, trayendo sobre la misma yegua gris, ya bastante vieja pero trotando sin rechistar, una suma equivalente a la que le habían robado de forma tan singular. En esta ocasión iba solo, pues Luneau había fallecido unos meses atrás, y nuestro gentilhombre no dormía cuando iba a caballo, habiendo abjurado y definitivamente perdido esa nefasta costumbre.

Cuando se encontró en la linde del bosque, a lo largo de la «Gâgne-aux-demoiselles», que está situada en la parte baja de un talud bastante elevado cubierto de matorral, de viejos árboles y de grandes hierbas silvestres, el señor de la Selle se entristeció al recordar a su pobre aparcero, que le hacía mucha falta, aunque su hijo Jacques, alto y delgado como él, como él despierto y prudente, hiciera todo lo posible por reemplazarlo. Pero no se reemplaza a los viejos amigos, y el señor de la Selle se iba haciendo viejo también. Tuvo ideas muy tristes, pero su buena conciencia las disipó pronto, y se puso a silbar una melodía de caza diciéndose que en su vida y en su muerte sería lo que Dios quisiera.

Cuando estaba más o menos a la mitad de la longitud del pantano, se quedó muy sorprendido al ver una forma blanca que hasta entonces había tomado por una vedija de esos vapores que cubren las aguas estancadas, cambiar de lugar, luego saltar y volar deshaciéndose entre las ramas. Una segunda forma más sólida salió de entre los juncos y siguió a la primera alargándose como un paño flotante; luego una tercera, y otra, y otra más; y, a medida que pasaban por delante del señor de la Selle, se transformaban en mujeres enormes, vestidas con ropajes largos, pálidas, con cabellos canosos arrastrándose más que revoloteando tras ellas, hasta el punto de que no pudo quitarse de la cabeza que eran los fantasmas de los que le habían hablado en su infancia. Entonces, olvidando lo que su abuela le había recomendado que hiciera, hacer como que no las veía, se puso a saludarlas como hombre bien educado que era. Las saludó a todas y, cuando llegó a la séptima, que era la más alta y más visible, no pudo reprimir decirle:

-Señorita, soy su servidor.

Apenas pronunció esta frase, la vieja señorita se encontró sentada a la grupa detrás de él, abrazándolo con sus dos brazos fríos, como la aurora, y la vieja yegua, aterrorizada, emprendió el galope, llevando al señor de la Selle por medio del pantano.

Aunque muy sorprendido, el buen gentilhombre no perdió la cabeza.

-Por el alma de mi padre -pensó- yo no he hecho jamás mal a nadie y ningún espíritu puede hacérmelo a mí.

Sujetó su montura y la obligó a librarse del barro en el que se debatía, mientras que la señorita parecía intentar retenerla allí y hundirla en el fango.

El señor de la Selle llevaba escopetas en su silla de montar, y se le ocurrió utilizarlas; pero, considerando que tenía que vérselas con un ser sobrenatural, y recordando que sus padres le habían recomendado que no ofendiera nunca a las señoritas de agua, se contentó con decirle a ésta con suavidad:

-Bella dama, debería dejarme seguir mi camino, pues yo no he cruzado el suyo para contrariarla, y si la he saludado, no es por burla, sino por cortesía. Si desea oraciones o misas, hágame saber su deseo y, palabra de gentilhombre, que las tendrá.

Entonces, el señor de la Selle oyó por encima de su cabeza una voz extraña que decía:

-Manda decir tres misas por el alma de Luneau, y vete en paz.

Al instante la figura del fantasma se desvaneció, la yegua volvió a ser dócil y el señor de la Selle regresó a su casa sin más problemas.

Pensó que había tenido una visión, pero no por ello dejó de encargar las tres misas. Mas ¡cuál no sería su sorpresa cuando, al abrir la bolsa, encontró además del dinero que había recibido en la feria en esta ocasión, las seiscientas libras en escudos con la efigie del rey de hacía diez años!

Alguien dijo que Luneau, arrepintiéndose a la hora de su muerte, había encargado a su hijo de esta restitución, y que éste, para no manchar la reputación de su padre, se lo había encargado a las señoritas…. El señor de la Selle no permitió jamás una palabra contra la honradez del difunto y cuando se hablaba de estas cosas sin respeto en su presencia, acostumbraba a decir:

-El hombre no puede explicarlo todo. Tal vez sea mejor para él vivir sin reproche que sin creencias.
FIN

«Les demoiselles»,
Légendes rustiques, ed. 1877
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Jue Nov 29, 2012 08:18    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


En la primavera de 1824, tras un invierno y un otoño en Nohant cuidando de su recién nacido Maurice y de su otro niño, su marido, Aurora cae en la tristeza.

Nohant ya no es Nohant, o al menos ya no es el NOhant que habita en su memoria: el jardín es distinto, la abuela no está, se sacrificaron algunos perros, los criados tenían menos licencias, se vendieron los caballos, Phanor, su perro favorito ya no ponía las patas sobre las alfombras y el pavo real ya no se comía las fresas del jardín...porque Aurora adolescente ya no estaba allí, sino que había dado paso a Aurora madre, Aurora esposa y Aurora castellana, encerrada -ella que siempre fue un caballo indómito- en un pequeño boudoir en cuyo secretaire habita un grillo que ella alimentaba con migas de pan blanco.

El grillo ,cuando ella escribía, salía a por lo suyo -había que cuidar que no bebiera tinta- y luego, tras haber comido sobre las palabras de sus escritos, se retiraba a cantar. Hasta que una noche Aurore lo echó en falta y encontró sus dos patas traseras aplastadas en las juntas de la contraventana cuando la criada cerró....Aurora guardó los restos durante mucho tiempo en una flor y fue consciente de que el silencio del canto del grillo en su boudoir era el comienzo de un cambio: empezó a escribir febrilmente.

Todo esto coincide con que a fines de mes, cuando el marido revisa las cuentas de la casa, el despilfarro es abrumador. Juró gastarse sólo diez mil francos en un año y había gastado catorce mil. Entonces renunció a llevar la casa, incluso a la pensión de 1500 francos que le correspondían por contrato matrimonial para sus gastos. Ni un centavo desde 1831. Nueve años después pidió a su marido que le pagara sus deudas personales y no llegaban a quinientos francos. Un estoicismo abrumador para una dama de su clase y condición, sin duda alguna. Pero ella sabía no cómo no tener que ser una dama.

En aquella casa, sin nada que hacer -ya ni la administración le interesaba - se sentía inútil, niña, lastre, parásita; quiso traducir pero eso no daba dinero, quiso dibujar pero era mediocre, quiso coser pero veía mal, pintó tabaqueras....

Presa de la desidia, en 1827 mantuvo amoríos nunca claros con un amigo de la infancia, Ajasson de Grandsagne, y justametne como un año después Aurora da a luz a una niña, Solange.

Siempre se dijo que la niña no era hija de Casimiro.

Aquí retratos de Solange y de Ajasson....

    
    
    
    
    
    
    

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Sab Dic 01, 2012 06:00    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    



    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    



Dostoievsky se hizo cargo de la redacción del semanario "El ciudadano", en el que escribió historias cortas, artículos políticos y de crítica literaria entre los años 1873 y 1877. Muchos de esos artículos -más otros que fue escribiendo después- fueron apareciendo en forma de cuadernillos mensuales con el nombre de "El diario de un escritor" a partir de 1877, los que, con algunas interrupciones, continuaron publicándose hasta su muerte. A George Sand le dedicó dos, un obituario y éste:

Cita:
Por Dostoievski
Cita:

La aparición de George Sand en la literatura coincide con los años de mi primera juventud, y mucho me alegra ahora que fuera hace tanto tiempo, porque pasados más de treinta años puede hablarse casi con entera franqueza. Es preciso señalar que entonces la única forma permitida era la novela, y todo el resto, poco menos que todo cuanto fuera pensamiento, y especialmente si venía de Francia, estaba severamente prohibido. Por supuesto, a menudo ocurría que no sabían vigilar -¿y de dónde habrían de aprenderlo?-. El mismo Metterních lo hacía mal, con más razón sus imitadores entre nosotros. Y por eso es que dejaban pasar "cosas terribles" (por ejemplo, logró pasar todo Bielinsky). Pero por ello mismo para no equivocarse, resolvieron prohibirlo casi todo sin excepción, de modo que se terminó, como se sabe, con las "transparencias". Pero las novelas, sin embargo, se permitieron desde un comienzo, después y hasta en el final, y justamente con George Sand los guardianes se engañaron en grande. Recuérdense los versos:


Cita:
Los tomos de Thiers y Rabó
él se sabe de memoria,
y como un furibundo Mirabeau
glorifica la libertad.


Estos versos son notables, de un raro talento, y quedarán para siempre porque son históricos y tanto más valiosos porque fueron escritos por Denis Davidov, poeta tan puramente ruso. Pero cuando Davidov, que a Thiers (por su Historia de la Revolución, bien entendido) consideraba entonces peligroso y le ubicaba en sus versos junto a cierto Rabo (quien no sé por cierto si existió), se comprende que era muy poco lo que estaba oficialmente permitido. Y que resultó: que lo que nos invadió entonces bajo la forma de novelas no solo sirvió igualmente para el caso, sino que fue tal vez por el contrario la forma más "peligrosa", según aquellos tiempos, porque para Rabo no se encontraron tantos cazadores, pero los hubo por millares para George Sand.

Aquí es preciso señalar también que entre nosotros, a pesar de todos los Magnitski y Liprandi, ya desde el pasado siglo se seguía de cerca todo el movimiento intelectual de Europa, y de inmediato, de las capas superiores de nuestra "inteligentsia" pasaba a la masa, que apenas comenzaba a interesarse por los hombres de pensamiento. Exactamente es lo que sucedió con el movimiento europeo del año treinta. Muy pronto se comprendió entre nosotros el gran movimiento literario producido en Europa en el comienzo mismo de la cuarta década. Ya eran conocidos entre nosotros los nombres de muchos oradores, historiadores, profesores, que acababan de hacer su aparición. Y siquiera en parte, se hizo notorio hacia dónde tenía todo ese movimiento, que se manifestó con especial impulso en el arte, en la novela, y sobre todo, en George Sand. Es cierto que Senkovsky y Bulgarin pusieron en guardia al público contra George Sand aun antes de la aparición de sus novelas en idioma ruso. Asustaron especialmente a las damas rusas con que ella usaba pantalones, quisieron atemorizar con la depravación, y procuraron ridiculizarla. Senkovsky, disponiéndose él mismo a traducir a George Sand para su revista "Biblioteca para la lectura", comenzó a llamarle en letras de molde Señor Egor Sand, y al parecer quedó seriamente satisfecho de su ingenio. Ulteriormente, en el año 48, Bulgarin escribió en La Abeja del Norte que ella se emborrachaba diariamente con Pierre Leroux en los arrabales y que participaba en las noches atenienses en el Ministerio del Interior, que daba el ministro, ese bandido de Ledru-Rollin. Yo mismo lo he leído y lo recuerdo muy bien.

Pero entonces, en el año 48, George Sand ya era conocida de todo el público lector y nadie creía a Bulgarin.


Cita:
    
    
Escritor y periodista polaco naturalizado ruso. El objetivo de la mayoría de sus escritos era popularizar las políticas autoritarias de Alejandro I de Rusia y Nicolás I de Rusia.
    
    


Ella apareció en idioma ruso aproximadamente por la mitad del año treinta; lástima que no recuerdo cuál fue la primera de sus obras ni en qué fecha se tradujo entre nosotros; pero la admiración que produjo fue de todos modos considerable. Creo que como a mí, todavía en la adolescencia, a todos sorprendió la castidad, la elevada pureza manifestada en sus tipos y los ideales que sustentaba y el encanto sobrio, el tono contenido del relato. ¡Y esa mujer era la que llevaba pantalones y exhibía su depravación! Tenía, yo creo, unos dieciséis años, cuando leí por primera vez su novela "L'Uscoque", una de las más encantadoras entre sus primeras producciones. Recuerdo que después pasé la noche en estado febril. Creo no equivocarme si digo que George Sand, por lo menos, según mis recuerdos, ocupó de inmediato el primer lugar entre una pléyade de nuevos escritores de pronto destacados ruidosamente en toda Europa. Hasta Dickens, que apareció entre nosotros casi simultáneamente, debió tal vez ceder ante ella en la atención de nuestro público. Ya no hablo de Balzac, que apareció antes que ella y que dio por el año treinta obras tales como Eugenia Grandet y El Viejo Goriot (y con quien fue tan injusto Bielisnky , que no advirtió en absoluto su importancia en la literatura francesa). Por lo demás, yo digo todo esto no desde el punto de vista de alguna estimación crítica, sino que lo recuerdo simplemente a propósito del gusto de la masa de lectores rusos de entonces, de la impresión inmediata que le causaban sus lecturas. Lo principal era que el lector sabía extraer hasta de las novelas todo aquello contra lo que se le quería preservar. Por lo menos entre nosotros, hacia mediados del año cuarenta no ignoraba la mayoría de los lectores que George Sand era uno de los representantes más brillantes, más austeros, más probos, de aquella nueva clase de hombres de Occidente que aparecieron comenzando por negar formalmente las conquistas "positivas" con las que terminó su actividad la sangrienta Revolución Francesa (más exactamente, europea) de fines del pasado siglo. A su término (después de Napoleón I), aparecieron nuevas tentativas para expresar los nuevos anhelos y los nuevos ideales. Las inteligencias avanzadas bien pronto comprendieron que sólo se había cambiado de despotismo, "Ote toi de là que m'y mette", que los nuevos triunfadores del mundo (los burgueses) se mostraron peores, de ser posible, que los pasados déspotas (los nobles) y que "libertad, igualdad y fraternidad" resultaron sólo frases sonoras y nada más. Además, aparecieron tales doctrinas por las cuales las frases sonoras se revelaron frases irrealizables. Los triunfadores pronunciaban, o mejor recordaban, esas tres palabras sacramentales sólo para ridiculizarlas; hasta apareció una ciencia (la de los economistas) cuyos brillantes representantes, que entonces parecían llegar con una palabra nueva, ayudaban a la burla y la condenación del significado utópico de esas tres palabras, por las cuales tanta sangre se había derramado. De este modo junto a los vencedores llenos de entusiasmo, comenzaron a aparecer rostros desalentados y tristes, que asustaban a los triunfadores. Y fue en esta época que de pronto surgió realmente una nueva palabra y nacieron nuevas esperanzas: aparecieron gentes que proclamaban directamente que se había procedido mal al no llevar las cosas hasta el fin, que nada se había logrado con el cambio político de los vencedores, que era necesario proseguir, que la regeneración de la humanidad debía ser radical, social. Por supuesto aparecieron junto a esos llamamientos las conclusiones más funestas y monstruosas, pero lo importante fue que se encendió de nuevo la esperanza y de nuevo comenzó a renacer la fe. La historia de ese movimiento es conocida, hasta ahora continúa y no parece que esté dispuesto a detenerse. Yo no quiero hablar aquí en favor o en contra: sólo deseaba señalar el lugar de George Sand en ese movimiento. Su lugar hay que buscarlo en el comienzo mismo de aquél. Entonces, encontrándola en Europa, decían que ella predicaba sobre la nueva situación de la mujer y que profetizaba acerca "de los derechos de la mujer libre" (expresión que acerca de ella usó Senkovsky); pero esto no era cierto porque no predicaba únicamente acerca de la mujer y no había inventado ninguna "mujer libre". George Sand pertenecía a todo el movimiento y no sólo a la predicación de los derechos de la mujer. Cierto, como mujer ella prefería, naturalmente, crear heroínas a héroes, y las mujeres de todo el mundo deben ahora llevar luto por ella, pues ha muerto una de sus más altas y espléndidas representantes, y aparte de eso, mujer como casi no existió otra por la fuerza de su talento y su inteligencia, y cuyo nombre en adelante histórico, nombre que no está destinado al olvido, no desaparecerá de la humanidad europea.
En cuanto a sus heroínas, de nuevo lo repito, desde la primera vez cuando sólo tenía 16 años me sorprendió la extraña contradicción entre todo cuanto sobre ella se escribía y decía y lo que yo realmente estaba viendo. En el hecho, muchas o por lo menos algunas de sus heroínas representaban un tipo de tan elevada pureza moral, que ni hubiera sido posible concebir sin un enorme anhelo de pureza en el alma misma del poeta, sin el culto estricto del deber, sin comprender y reconocer como más elevada la belleza de la misericordia, la paciencia y la justicia. Cierto que entre la misericordia, la paciencia, y el reconocimiento de las obligaciones aparecía el extraordinario orgullo de sus reivindicaciones, pero también este orgullo tenía un valor porque procedía de aquella alta verdad sin la cual nunca hubiera podido mantener la humanidad su nivel moral. Ese orgullo no es la hostilidad "quand même", fundada en que yo, por así decir, soy mejor que tú, y tú eres peor que yo, sino sólo en el sentimiento de la absoluta incapacidad de reconciliarse con la falsedad, el vicio, aunque lo repito, este sentimiento no excluye ni el perdón ni la misericordia; además este orgullo impone voluntariamente una responsabilidad proporcionalmente grande. Esas heroínas suyas ansiaban el sacrificio, la proeza. Especialmente me gustaban entonces, en sus primeras obras, algunos tipos de muchachas, las de sus llamadas novelas venecianas (a las que pertenecen "L'Uscoque" y "Aldini"), tipos completados después con la novela Jeanne, obra ya genial, que ofrece la más clara, y tal vez indiscutible, solución del problema histórico sobre Juana de Arco. En la pequeña campesina moderna ella de pronto resucita ante nosotros la figura histórica de Juana de Arco y claramente justifica la real posibilidad de este fenómeno grande y milagroso, a través de ella misma, porque nadie fuera de George Sand entre los poetas contemporáneos llevaba en su alma el puro ideal de la inocente muchacha, pura y tan poderosa en su inocencia. Todos esos tipos de muchachas, de las que yo hablé más arriba, repiten en varias obras consecutivas un único problema, un solo tema (por otra parte no son sólo las muchachas: el tema se repite después en su magnífica novela La Marquise, también de las principales). Describe el recto, honrado pero inexperto carácter de una mujer joven, con esa orgullosa castidad que no teme y no puede ser enlodada ni por la proximidad del vicio, aunque de pronto ese ser se encontrara por azar en la guarida misma del vicio. La necesidad de un sacrificio (como si justamente de ella se lo aguardara) impresiona el corazón de la muchacha y sin pensarlo y sin ahorrárselo, desinteresadamente, abnegadamente, realiza de pronto el paso más peligroso y fatal. Aquello que ella ve y encuentra no la turba después ni la asusta; por el contrario, al instante eleva la valentía en el joven corazón que entonces por primera vez conoce todas sus fuerzas -fuerzas de la inocencia, la honestidad, la pureza-, duplica sus energías y muestra nuevos caminos, nuevos horizontes no conocidos hasta entonces por ella, pero sí por su valeroso y fresco espíritu no contaminado por las transigencias de la vida. Agregúese la más irreprochable y espléndida forma poemática. George Sand gustaba especialmente entonces terminar sus poemas felizmente, con el triunfo de la inocencia, la franqueza y la juventud, la ingenua intrepidez. ¿Semejantes figuras podrán perturbar la sociedad, despertar dudas y espanto? Por el contrario, los padres y las madres más severas permitieron en sus familias la lectura de George Sand; sólo que se asombraban: "¿por qué todos hablan tanto de ella?" Pero aquí se levantaron voces de advertencia: "en el orgullo de esta requisitoria femenina, en esa castidad irreconciliable con el vicio, en esta osadía con que la inocencia se lanza a la lucha y mira claramente a los ojos, se encierra un veneno, el futuro veneno de la protesta femenina, de la emancipación de la mujer". ¡Y qué!, pudiera ser que con respecto al veneno dijeran lo justo; realmente se ha dado origen al veneno, pero qué es lo que va a destruir, qué puede hacer perecer ese veneno, y qué puede salvarse - todo esto es lo que integraba el problema, pero por largo tiempo no se había resuelto.

Ahora hace mucho que todos estos problemas están ya resueltos (creo que así es). Es preciso señalar que hacia el año cuarenta la gloria de George Sand y la fe en sus fuerzas y su genio estaba tan alto, que nosotros, sus contemporáneos, esperábamos todos de ella algo incomparablemente más grande para el futuro, una todavía no oída palabra nueva, algo ya concluyente y definitivo. Tales esperanzas no se cumplieron: resultó que en aquel tiempo, esto es, hacia fines del año 40, ella había ya dicho todo cuanto le estaba destinado expresar, y ahora ante su tumba aún fresca puede decirse la última palabra acerca de ella.

George Sand no es un pensador, pero sí uno de los más videntes presentidores (si es que me está permitido expresarme con tan amanerada frase) de ese futuro feliz que espera a la humanidad, en el logro de cuyos ideales creyó animosa y generosamente toda la vida, precisamente porque en su propia alma fue capaz de alentar un ideal. La conservación de esta fe hasta el fin constituye el privilegio de todas las almas elevadas, de todos los que verdaderamente aman al género humano. George Sand ha muerto deísta, creyendo firmemente en Dios y en su propia inmortalidad, pero tratándose de ella, poco es decir esto: por encima de todo fue quizá la más cristiana de todos los escritores franceses contemporáneos suyos, aunque formalmente (como católica) no confesaba a Cristo. Por supuesto, como francesa que era, de acuerdo con las concepciones de sus compatriotas, George Sand no podía en conciencia reconocer que "en todo el universo no hay otro nombre que el Suyo, por el cual se puede ser salvado", idea principal de la ortodoxia; no obstante esa contradicción aparente y formal, lo repito, George Sand se cuenta tal vez entre quienes más perfectamente confesaron a Cristo, sin que ella lo supiera. Ella basó su socialismo, sus convicciones, sus esperanzas, sus ideales, en el sentido moral, en la sed espiritual del hombre, en su aspiración a la perfección y la pureza, y no en las necesidades que tienen las hormigas. Ella creía incondicionalmente en la personalidad humana (hasta su inmortalidad), y ha exaltado y objetivado su concepción, durante toda su vida, en cada una de sus obras, y así coincidía, en su pensamiento y sentimiento, con una de las ideas fundamentales del cristianismo, esto es, con el reconocimiento de la personalidad humana y su libertad (y por consiguiente, su responsabilidad). De ahí que reconociera el deber y las exigencias morales, y de ahí su completo reconocimiento de la responsabilidad del hombre. Y pudiera ser que no hubo pensador o escritor de su tiempo en Francia que con tanta fuerza comprendiera "que no sólo de pan vive el hombre". ¿Qué importa así el orgullo de sus reivindicaciones y su protesta, si este orgullo, lo repito, nunca excluyó la misericordia, el perdón de las ofensas, y hasta una ilimitada paciencia fundada en la piedad hacia el mismo ofensor? Por el contrario, George Sand en sus obras más de una vez se dejó seducir por la belleza de esas verdades y más de una vez encarnó tipos que profesaban aquel sincero perdón y amor. Escriben de ella que murió como madre admirable, esforzándose hasta el fin de su vida, manteniendo relaciones cordiales con los campesinos de los alrededores y adorada por sus amigos. Parece que ella se inclinaba a dar importancia a su origen aristocrático (descendía por la madre de la casa real de Saxe), pero se puede sostener firmemente que si ella valoraba la aristocracia en las gentes, sólo la consideraba fundada en la perfección del espíritu, del alma humana: ella no podía dejar de amar todo cuanto fuera grande, reconciliarse con lo bajo, transigir con las ideas... y tal vez en este sentido fuera excesivamente orgullosa. Cierto, tampoco le gustaba presentar en sus novelas personajes humildes, justos pero forzados a ceder, ridículos y castigados, como los hay en las novelas de ese gran cristiano que es Dickens; por el contrario, pintaba orgullosas a sus heroínas, las hacía igual que reinas. De esto es de lo que ella gustaba, y tal particularidad, debe señalarse, es bastante característica.


    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
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MensajePublicado: Dom Dic 02, 2012 09:30    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    
    
    


    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


Cita:
André Maurois -pseudónimo de Samuel Herzog- ha logrado en el estudio de la vida de George Sand uno de sus aciertos más brillantes. Sus relevantes dotes de investigador y sus condiciones de novelista, ensayista y profundo conocedor del alma humana —abundantemente demostradas en otros campos— han convergido aquí en torno a una singular figura de mujer.

¿Admiración? ¿Simpatía? ¿Espíritu de justicia? ¿Anhelo de reivindicación? Quizás un poco de todo esto; quizás todo esto a la vez. "¿Por qué George Sand?", pregunta Maurois en su magnífica Nota Liminar, adelantándose a la posible interrogación de algún lector. "Es que George Sand", responde, "fue la voz de la mujer en un tiempo en que la muer guardaba silencio. Habló de música tan bien como Stendhal y mucho mejor que Balzac o Hugo. Describió la vida de los campesinos franceses con una grandeza, ora idílica, ora épica. Sintió y manifestó un amor sincero hacia el pueblo mucho antes de que el sufragio universal impusiese esa actitud." Por lo demás, una mujer a quien Flaubert consideraba como a un maestro, que inspiró a Musset y a Chopin, y que mereció la admiración de Balzac y Dostoyevski, debía poseer una personalidad necesariamente excepcional. Que en su vida hubo grandes errores y peores extravíos, nadie puede negarlo. Que en su actitud frente a las contingencias de una existencia tormentosa hubo contrastes violentos de luz y de sombra, es lo que ha dado pie a juicios muy severos. Pero nada justifica la afirmación de quienes pretenden que la obra de George Sand es hoy ilegible, o poco menos. Maurois está dispuesto a admitirlo si quienes tal cosa afirman se refieren a los libros que Sand escribió para poder pagar las cuentas del panadero. Pero lo niega con valentía si el haz de la verdad crítica se dirige hacia la Historia de mi vida, las Cartas de un viajero, los diarios íntimos, etc. "Allí", dice Maurois, "Sand es la parigual entre los mejores."

El ilustre biógrafo de Byron, de Shelley y de tantas otras grandes figuras de la Europa de los tres últimos siglos ha elegido como materia de expresión de su arte a una vida de mujer para la cual pide al lector, si no amor y simpatía, al menos respeto. El apasionado ahinco con que las nuevas generaciones siguen interesándose por su obra literaria y por su vida pública y privada lo exige esencialmente.
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MensajePublicado: Lun Dic 03, 2012 18:06    Asunto: Responder citando

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Cita:
«Celui qui aime peu est toujours le maître de celui qui l'aime beaucoup; c'est une grande verité et tu l'as pratiquée toute ta vie.»

-Quien ama poco siempre es maestro de quien le ama mucho; una gran verdad que tú has practicado toda tu vida-

(George Sand a Michel de Bourges, el 27 de mayo de 1837)
    
    
    





    
    
    
    
    
    
    
    


De repente, como cuando una balada en un piano se vuelve impromptu y se toca pianísimo -gran metáfora musical de la tempestad romántica que surge de dentro y de lejos- Aurora decidió que si conseguía una renta de mil escudos podría emanciparse y vivir en el amplio sentido del verbo. Después de tres días madurando la idea, se lo comunicó a su marido. Su marido le debía una pensión de mil quinientos francos. Le pidió la custodia de la hija y su consentimiento para pasar seis meses al año en París, a razón de doscientos cincuenta francos por cada mes de ausencia. No puso ninguna dificultad. Creyó que era un capricho del que se aburriría pronto....No así su hermano, Hypólito, que debía de ver en peligro su parasitismo en Nohant: no la creyó capaz de vivir en París con doscientos cincuenta francos al mes,cuando alguien, ahora no recuerdo quien -Flaubert? Balzac?- dijo que en París no se podía ser mujer con una renta menor a veinticinco mil francos anuales....Ella le pidió durante ocho días sus habitáculos parisinos para buscarse casa, pero él, con el objetivo de retenerla en Nohant, le dijo a Maurice, que vivía apegado a las faldas de mamá, que se iría por mucho tiempo, que quizás ni volviera a verla. Fue una gran labor convencer al niño de que volvería en ocho días...


Aurora se instaló en un entresuelo del Quai de Sain MIchel , a un extremo del puente, frente a una morgue.


A finales del S. XIX se veía así y en la esquina del edificio que se ve hoy hay un café que ahora me trae recuerdos de pensamientos que mira dónde acaban...



Tres habitaciones con balcón con vistas a Notre Dame -hoy tienen un precio inasequible- y entonces trescientos de alquiler al año....más quince al mes para pagar a la portera , que hacía labores domésticas a los inquilinos, trayendo la comida de un comedor cercano....Una vez alimento y cama resueltos, se llevó consigo a Solange, a quien llevaba a pasear a los Jardines de Luxemburgo -el Luco, para los parisinos de pro. Hoy en el famoso parque hay una estatua dedicada a ella ,del gran escultor Sicard:

    
    
    
    





Pronto confraternizó con una vecina que tenía una hija de la misma edad que Solange y pudo salir sola a despojarse de su provincianismo y circular por las calles de París con unas piernas que tenía avezadas a los zuecos del campo en Nohant. Fue entonces cuando por pura comodidad y por mera economía, decidió vestirse de hombre. , no por primera vez , porque ya lo había hecho de niña en Madrid y de adoelscente en Nohant.

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
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MensajePublicado: Mar Dic 04, 2012 06:09    Asunto: Responder citando

    
    
    
    

    
    


Cita:
La idea al principio me pareció divertida y después muy inteligente. Como ya había estado vestida de varón en mi infancia y había salido a cazar con blusa y polainas no me resultó nada difícil volver a una vestimenta que no era nueva para mí. En ese entonces la moda ayudaba bastante. Los hombres vestían unas largas chaquetas rectas, que caían hasta los talones.(...) De modo que me hice hacer una chaqueta de grueso paño gris, con el pantalón y el chaleco iguales. Con un sombrero gris y una gruesa corbata de lana parecía un estudiante de primer año. No puedo expresar el placer que me produjeron mis botas, hubiera querido dormir con ellas (...). Con esos pequeños tacos herrados me sentía firme sobre el piso. Recorría París de punta a punta. Me veía capaz de dar la vuelta al mundo. Salía con cualquier tiempo, volvía a cualquier hora, iba a la platea a los teatros. Nadie me miraba ni desconfiaba de mi disfraz. (...) Pese a que en este extraño modo de vida no había nada de lo que yo pudiera avergonzarme, lo adopté teniendo clara conciencia de las consecuencias que podía tener sobre mi reputación y las condiciones de mi vida.(...) Sin embargo, parecía que el destino me empujaba. Lo sentía imbatible y estaba decidida a que así fuese; no un grandioso porvenir, era demasiado independiente en medio de mi fantasía para alimentar cualquier tipo de aspiración, sino tan sólo un destino de libertad espiritual y aislamiento poético, en una sociedad a la que no pedía más que olvido y condescendencia para que me permitiera ganar mi pan cotidiano sin esclavitud.” (Tomado de George Sand: Historia de mi vida)




No obstante, que nadie se crea que abandonó las vestimentas propias de su sexo en su época, porque en todo acto social se vistió de dama y en la medida en que le fue posible y aunque no era el de la moda un tema de su interés, fue coqueta a su manera. Aquí, un brazalete suyo, con retratos de sus dos nietos -hijos de Maurice, no de Solange- y sus iniciales de pseudónimo:

    
    
    
    
    
    
    
    
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MensajePublicado: Jue Dic 06, 2012 15:09    Asunto: Responder citando

    
    
    
    



Retrato de GS (colección privada) Una mujer de la nobleza que anda por los cafetines ,casada pero con amores de todo tipo, madre que no se sabe cuándo atiende a su hijos (a uno le tiene interno en un pensionado) , que escribe libros y fuma cigarros puros !! que no habita bajo el mismo techo que su marido y que viste ropas de hombre!! A mediados del S XIX esto es un escándalo absoluto, una inaudita transgresión social que no puede dejar de ser sino la primera piedra de la posterior liberación de la mujer en la edad moderna.


    
    
    
    
    
    
    
    
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MensajePublicado: Jue Dic 06, 2012 18:50    Asunto: Responder citando

    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    


Hacia 1832, París sufre, como el resto de Europa, una epidemia de cólera: sólo en la ciudad del Sena mueren 20.000 personas en cuestión de días. Ese mismo año,bajo el pseudónimo de George Sand, tomado de su paisano, amigo y amante Jules Sandeau, publica su primera novela: Indiana. El nombre surge porque ellos han escrito anteriormente cosas de manera conjunta y Aurora quiere que INdiana salga con su nombre, pero como él se niega porque no tiene parte en el asunto, se queda en Sand (arena)

La novela, muy autobiográfica, trata del desgraciado matrimonio de Indiana, criolla en la colonia francesa de Reunion, en el Indico, con un señor mayor.....pero enamorada de otro. A fin de año publica otra novela Valentine , donde también se pone en tela de juicio la institución del matrimonio. De este mismo año es el siguiente relato corto, La Marquesa:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/sand/marquesa.htm
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