elaleph.com
foros de discusión literaria
 
 FAQFAQ   BuscarBuscar   RegistrarseRegistrarse 
 Entre para ver sus mensajes privadosEntre para ver sus mensajes privados  Chat Chat    LoginLogin 
 Biblioteca de libros digitalesLibros Digitales   Edición en demandaPublicar un Libro   Foros PrivadosForos Privados   CelularesCelulares 

Equilateral



 
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Foro del Taller - narrativa
Autor Mensaje
Billy MacGregor
Miembro Junior
Miembro Junior


Registrado: 28 Ago 2014
Mensajes: 51

MensajePublicado: Jue Nov 13, 2014 17:22    Asunto: Equilateral Responder citando

En noches como esta-tan largas...-Hipólito no acierta a remediar ni lo pretende arrodillarse a uno cualquiera de los dos lados de la cama y hurgar entre las sombras como un oso hormiguero con todos los dedos de la mano abiertos como anzuelos la caja de zapatos donde un día, puso a salvo sus mejores recuerdos.

En noches como esta-tan oscuras-, Hipólito apoya sobre un quicio las muletas, se sienta en la cocina delante de un té recién hecho y con las gafas del cerca clavadas en el entrecejo levanta la tapa de cartón con la delicadeza de una gueisha, la posa como a un pájaro a su izquierda, bajo la flama de una vela de esas que huelen a vainilla y bailan minué por las paredes al compás de los tic tac del corazón, y como de una chistera, va sacando de una en una postales de Ginebra, Budapest, Sevastopol o Praga. De cuando el tren aquel con una larga cola de vagones como velos de novia cargados de elefantes, jirafas, leones, y tigres de Bengala. Bailarinas siamesas; payasos, forzudos; caballos españoles. De cuando media Europa se rendía a sus pies: “¡... en la pista número cuatrrrrrro, desde Polonia, a una altura de... y sin red...!”
El ángel de Cracovia. Triple salto mortal de los delfines. El mejor trapecista del mundo.

En noches como esta tan amargas.

Algunas de las fotos llevan besos, como un matasellos, estampados en una esquinita. Ya no huelen a carmín; pero si escuchas, te acuerdas del nombre de la chica y de cómo le brillaban los ojos y los dientes tan blancos y aquella sonrisa delante de la cámara. Algunas le pedían una firma en el cuello de sus camisas y otras en tu casa o en la mía. Pero él nunca aceptaba. Ya tenía lo que quería.
Hay una donde está con Joe DiMaggio. Cincuenta y seis juegos consecutivos. Ciento treinta y dos carreras anotadas. Veintinueve homeruns en la primera temporada. Con los Yankees claro. De New York.
En otra sostiene a Litle Coco sobre los hombros. Coco medía medio metro poco más, y era petirrojo. El enano más feo que había visto en su vida. Actuaba entre número y número dando volteretas y haciendo malabares con huevos de verdad, y si hacía falta, metía la cabeza entre las fauces de los grandes cocodrilos, o salía disparado de un cañón. Pero lo que más le gustaba, era saltar del trampolín y caer dentro de un vaso de agua. Coco estaba liado o algo con Corina. Le vio salir del vagón de la funambulista un par de veces, bregando con la cremallera y con cara de haber estado por lo menos, en el cielo con Corina.
Hay recortes de periódico donde está volando. Suspendido en el aire como un crucifijo a veinticinco metros sobre el suelo. Donde su vida dependía de Fred. De las manos de Fred. De los reflejos de Fred. Al otro lado. Colgando como una araña boca abajo.
Los chicos de la orquesta lo habían advertido: “Se miran demasiado. Desde demasiado cerca. Cuando no estás.”
Dos hombres.
La misma mujer.

Solían pasear después de la actuación por la feria de la mano los tres juntos. A Muriel le encantaban aquellos cucuruchos con cereza sobre una enorme montaña de nata y disparar a los patos de plástico con una escopeta con balas de corcho. Era muy buena. Actuaba en maillots y tiraba cuchillos de acero templado a una manzana roja que su hermana se ponía en la cabeza hasta que la partía justo en dos por la mitad y caía al suelo haciendo clok y clok y el público, se levantaba de su asiento y aplaudía sin parar.

Se reían. Se reían mucho. Se reían los tres de todo todo el tiempo y brillaban como faros en aquel universo de luces de colores y ruido, como estrellas fugaces de atracción en atracción hasta que se quedaban apenas sin dinero para un croissant con mantequilla en cualquier cafetería que estuviera abierta de las cinco en adelante de la madrugada. Eran perfectos. Hasta que un día Hipólito le dijo a Fred que Muriel estaba embarazada. El mismo día que Fred le dijo a Hipólito que ya lo sabía. Aquel día se miraron con hambre y dejaron que un silencio pesado como bolas de billar hiciera el resto, y al día siguiente, ya no eran los mismos.
Volver arriba
Mostrar mensajes de anteriores:   
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Foro del Taller - narrativa Todas las horas son GMT - 3 Horas
Página 1 de 1