elaleph.com
foros de discusión literaria
 
 FAQFAQ   BuscarBuscar   RegistrarseRegistrarse 
 Entre para ver sus mensajes privadosEntre para ver sus mensajes privados  Chat Chat    LoginLogin 
 Biblioteca de libros digitalesLibros Digitales   Edición en demandaPublicar un Libro   Foros PrivadosForos Privados   CelularesCelulares 

IDEAS POLITICAS Y SOCIALES-EN LA AMERICA LATINA DEL SIGLO XX



 
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Temas Varios II
Autor Mensaje
Trentto
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 24 Ene 2003
Mensajes: 2934
Ubicación: Montevideo, Uruguay

MensajePublicado: Lun Abr 21, 2003 08:40    Asunto: IDEAS POLITICAS Y SOCIALES-EN LA AMERICA LATINA DEL SIGLO XX Responder citando

Torcuato S. Di Tella


Universidad de Buenos Aires e

Instituto del Servicio Exterior de la Nación


Un comienzo optimista

Hacia 1910, cuando muchos países del área celebraban el centésimo aniversario de sus primeras luchas por la independencia, América Latina parecía finalmente convertirse en un éxito. Elites progresistas llenas del espíritu centífico de la época estaban en el poder casi por doquier, administrando el crecimiento económico y la modernización. Con sólo echar una mirada hacia atrás se podía apreciar la magnitud del progreso, interpretado dentro de los cánones del pensamiento evolucionista, que había reemplazado a una versión anterior del constitucionalismo liberal. La única nube en un cielo en general límpido era que la violencia no había sido aún totalmente erradicada, y más bien se estaba volcando del cuadro rural al urbano. Finalmente, en México la inmensa reserva campesina explotó, y eso marcó una diferencia. La diferencia significó un millón de muertos, y desde entonces la política latinoamericana ya no podía volver a ser la misma.

Durante las primeras dos o tres décadas del siglo el anarquismo fue la fuerza dominante en la izquierda, en la mayoría de los países del área. En algunos de ellos no estaba demasiado conectado con las tradiciones y las prácticas políticas nativas, siendo su campo de reclutamiento los inmigrantes europeos, pero en otros tenía más profundas raíces locales. Es así como en México Ricardo Flores Magón (1874-1922), ganado por las nuevas doctrinas, fundó en 1905 el Partido Liberal Mexicano, junto a otros intelectuales progresistas. Esto implicaba una seria desviación de las pautas europeas, representando además un intento de reivindicar el nombre liberal -- aún prestigioso entre los activistas populares de diversos orígenes sociales -- liberándolo de sus anclajes porfirianos. La mayor parte de los anarquistas se plegaron a la revolución, y contribuyeron a formar dentro de ella una fuerza sindical, la Casa del Obrero Mundial, que se incorporó hasta las verijas en las luchas políticas de su tiempo, por más "criollas" que ellas fueran.

En la Argentina el predominio anarquista estuvo desde un comienzo basado en un público extranjero, y lo mismo puede decirse, en medida algo menor, del partido Socialista, bajo la dirección de Juan B. Justo (1865-1928), un médico con un buen conocimiento de la social democracia europea. El problema respecto a la formación de un partido obrero en la Argentina está muy bien reflejado en la polémica entre Justo y el diputado socialista italiano Enrico Ferri en 1908. Ferri argumentaba que en un país sin una fuerte industria el socialismo nunca podría arraigar, y por lo tanto sería mejor que el partido adoptara el nombre de Radical, o Radical-Socialista, disputando el lugar que mal ocupaba ese "partito della Luna" (la Unión Cívica Radical) dirigida por un misterioso e inescrutable caudillo, Hipólito Yrigoyen. Justo le respondió que tanto Australia como Nueva Zelandia, a pesar de no tener una industria poderosa, tenían importantes partidos laboristas, debido a la presencia de un sindicalismo temprano, estimulado por la escasez de mano de obra. Argentina, como Australia, podía no estar industrializada, pero tenía un desarrollo capitalista bastante avanzado, tanto en el campo como en el comercio y los servicios. Ferri le contraargumentó que el partido australiano era más radical que socialista, debido a la gran moderación de su plataforma (semejante, en eso, a la de los argentinos), e insitió en sus consejos.

En realidad, Ferri se equivocaba al plantear la semejanza entre los laboristas australianos y los radicales europeos, porque había una fundamental diferencia en la característica clasista de sus electorados. Pero además, ¿porqué tenía que llamar al movimiento dirigido por Yrigoyen "partito della Luna", caracterización que obviamente Justo compartía? Justo, y muchos otros en su tiempo, no sólo socialistas sino también anarquistas e intelectuales progresistas, creían que el flujo masivo de inmigrantes europeos continuaría, si no eternamente, sin duda hasta que el país se convertiría en una verdadera Australia latina, reduciendo a los componentes nativos a residuos poco significativos numéricamente en el lejano Interior. El problema, sin embargo, era que el país moderno, especialmente su clase obrera urbana y la burguesía industrial y comercial, estaba formado por una enorme proporción de extranjeros, sin derechos de ciudadanía. Es así que el público natural de un partido socialista, así como el de un partido liberal burgués serio, estaban relativamente ausentes de los comicios. El país político, el país que votaba, no era moderno, excepto por los terratenientes, quienes controlaban al partido conservador (con ése u otros nombres) y arreaban a las urnas a sus peones y a sectores clientelísticos las clases medias nativas. Los radicales, para poder competir electoralmente, tenían que basarse en sectores alternativos de ese país arcaico, y por lo tanto no podían menos que convertirse en un "partito della Luna", o sea, en una mezcla de tipo populista dirigida por sectores marginales de las elites.

De los tres países económica y educacionalmente adelantados del Cono Sur el que más fielmente reproducía las pautas del sur europeo era Chile, porque allí el bajo porcentaje de extranjeros no distorsionaba el escenario tanto como en los otros dos. El principal canal de expresión para la clases medias transandinas era el partido Radical, con tendencias anticlericales, preceptos económicos liberales, y convicciones democráticas, y dispuesto a entrar lentamente en el juego político dominado por la oligarquía, mediante su participación en alianzas y su aceptación de puestos ministeriales. Desde comienzos de siglo algunos radicales chilenos mostraban influencias socialistas, expresadas por Valentín Letelier (1852-1919), quien también defendía la necesidad de un régimen aduanero proteccionista. Superando la resistencia del más ortodoxamente liberal Enrique MacIver (1845-1922), el partido adoptó un programa avanzado en 1906, que fue confirmado por congresos posteriores.

La variedad argentina del radicalismo era algo distinta a la chilena, porque el "país político" era, como se señaló antes, muy arcaico. Sus primeros líderes, Leandro Alem (1842-1896) y su sobrino Hipólito Yrigoyen (1852-1933), eran figuras carismáticas con un sentido de misión y redención moral, que preferían evitar identificaciones ideológicas internacionales. Todavía en los años cincuenta Gabriel del Mazo, ideólogo oficial del partido, clasificaba a las fuerzas históricas argentinas en dos campos. En el progresista incluía a los federales y autonomistas, "regional y socialmente orgánicos... y por lo tanto nacionalmente equilibrados", especialmente sus sectores más "intransigentes", precursores del Radicalismo. En el lado opuesto se encontraban quienes tenían "vínculos económicos e ideológicos extranjeros..., sólo formalmente constitucionales, centralistas", incluyendo desde los reformistas tempranos como Rivadavia hasta los liberales posteriores a 1853, hasta el roquismo. Las varias corrientes de la Izquierda estaban por supuesto implíticamente englobadas en esta categoría, poco caritativamente denominada "antihistoria".

En Uruguay el principal canal para las fuerzas de clase media era el partido Colorado, más anticlerical y abierto a los modelos europeos que su equivalente argentino. Quizás esto se debía al hecho de que los residentes nativos del país estaban más modernizados, pues no existía un equivalente del arcaico norte argentino. José Batlle y Ordóñez (1856-1929) fue el arquitecto de la reorganización del viejo partido Colorado, transformándolo de una banda caudillista en una máquina de reforma social. Alberto Zum Felde, en un temprano ensayo (1919), contrastaba la situación uruguaya con la Argentina, donde dos países, el hispano-criollo y el inmigrante-italiano, coexistían con dificultad. En el Uruguay la solidez de los dos partidos tradicionales, y su sistemática división interna entre "caudillos" y "doctores", creaba una competencia a cuatro puntas, en la que los extranjeros se integraron: los italianos sobre todo en el partido Colorado, los españoles en el Blanco o Nacional. Bajo Batlle, los antiguos Colorados casi devienen una organización social demócrata. Aunque quizás exageró este último aspecto, la permeabilidad a las nuevas ideas europeas era mucho mayor en ese lado del Río de la Plata que en el opuesto.


EL impacto de las revoluciones mexicana y rusa

A la Revolución Mexicana -- que empezó a ponerse realmente seria hacia 1914 -- se añadió el trauma de la Primera Guerra Mundial y su secuela soviética. ¿Podría ser que, a pesar de las optimistas premisas teóricas generalmente aceptadas, el palacio en fin de cuentas tenía cimientos de barro?

En Europa ya habían surgido nuevos profetas, que usaban el mismo tipo de lógica despiadada de los evolucionistas liberales, para demostrar que la inevitabilidad existía, pero que trabajaba en un sentido distinto. Con la Revolución Rusa la alarma se extendió como un reguero, aún cuando se podía argumentar que en América Latina, o al menos en algunas partes de ella, las cosas eran diferentes. ¿Pero cuán diferentes? Porque podrían ser aún más peligrosas que en Europa. Después de todo, la primer conmoción había ocurrido en México, o en China hacia la misma época, con una señal de advertencia en Rusia en 1905. La Comuna de Shanghai de 1927 mostraba en qué inesperados lugares podía estallar la revolución.

Algunos de los países latinoamericanos, especialmente Argentina y Uruguay, y en menor medida Chile, podían parecer relativamente protegidos contra la violencia, debido a su prosperidad y a la presencia de una numerosa clase media, pero no es así como la situación era vista en aquel entonces. Tanto en Chile como en la Argentina el temor hacia una desestabilizacion había sido ya expresado en la primera década del siglo. Después de la Primera Guerra Mundial un agudo enfrentamiento social continuó, y produjo una seria interrupción de la tradición chilena de gobierno civil, entre 1924 y 1932. En la Argentina un factor adicional era la enorme proporción de inmigrantes, que podrían súbitamente explotar si sus sueños fueran destruídos por la crisis y la desocupación. En respuesta a éstas y otras amenazas percibidas por la clase dirigente, su pensamiento se reorientó hacia la derecha, en búsqueda de nuevas ideas. El evolucionismo se hizo sospechoso, y se lo vio como excesivamente simplista, porque podía ser interpretado en perspectiva marxista. Se apeló entonces a las tradiciones nacionales y al pensamiento católico, mezclado a veces con una lectura selectiva de la nueva sociología, que según Laureano Vallenilla Lanz "condena definitivamente la anarquía y la revolución". Vallenilla (1870-1936) agregaba, pensando en su nativa Venezuela, gobernada por el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935), que la "solidaridad mecánica <basada en> la subordinación de los pequeños caudillos en torno del caudillo central, representante de la unidad nacional ...no se transforma sino muy lentamente en solidaridad orgánica, cuando el desarrollo de todos los factores que constituyen el progreso moderno vaya imponiendo al organismo nacional nuevas condiciones de existencia y, por consiguiente, nuevas formas de derecho político". Esto era una traducción del evolucionismo tradicional a los conceptos de la teoría durkheimiana, enfatizando la necesidad de proceder despacio en la adopción de nuevas instituciones. Este enfoque tenía una venerable antigüedad en el pensamiento latinoamericano: de manera semejante ya antes Alberdi había criticado a la primera generación de liberales reformistas por haber tratado de introducir demasiados cambios, desconociendo el "carácter asiático" de sus países, que exigía que "las reglas del gobierno representativo inglés o norteameicano cediesen un poco de su rigor a las peculiaridades de ese suelo y de esa sociedsad".

Vallenilla concluía que el inevitable dictador representaba más geuinamente el verdadero estado de su sociedad, y por lo tanto de las masas, que un sistema constitucional. Por eso llamó a su más difundido libro Cesarismo democrático (1919). Hay dos puntos a diferenciar en este razonamiento. El primero es que en ciertas condiciones sociales el autoritarismo es una forma más estable y más eficaz de gobierno que el constitucionalismo representativo. La otra es que bajo esas mismas circunstancias el personalismo autoritario es una forma mejor para la representación de los intereses populares que un sistema de partidos políticos competitivos. El público conservador de Vallenilla estaba interesado en la primer tesis, que justificaba una dictadura desarrollista temporaria. La segunda tesis, sobre que este sistema fuera la más adecuada representación de los sectores populares, y por lo tanto democrático, era sobre todo para consumo externo, pero la verdad es que fue consumido.

El hecho era, de todos modos, que sólo algunos caudillos podían unir al mismo tiempo un dominio personal autoritario y un apoyo popular. Este no era el caso de Gómez, pero había sido cierto, en épocas anteriores, del argentino Juan Manuel de Rosas, según el juicio de sus contemporáneos (amigos y enemigos) y de historiadores modernos. Reproducir, en las condiciones del siglo XX, la experiencia de un dictador conservador que fuera al mismo tiempo popular, podría ser la solución a los peligros que se abatían sobre las clases dominantes de América Latina después de finalizado el primer conflicto mundial. El evolucionismo tradicional no tenía lugar para este modelo, considerándolo una cosa del pasado. Pero la sociología moderna estaba más abierta hacia la posibilidad de combinacikones extrañas, aparentemente incongruentes, y los políticos y los ideólogos las exploraron, con o sin apoyo intelectual. Pronto la experiencia europea proveería los necesarios modelos, que formaron una poderosa mezcla con los que se derivaban del propio pasado americano.

En contraste con los tres países del sud, en México las clases medias no tuvieron más alternativa que lanzarse al Maelstrom revolucionario. Por lo tanto, hubo una búsqueda de una ideología que les diera un lugar en el proceso histórico. Lentamente, una forma de nacionalismo desarrollista y revolucionario se convirtió en la creencia común, tomando elementos del marxismo y adaptándolos a las condiciones del subdesarrollo. Era también necesario encarar los aspectos étnicos de la sociedad mexicana y de muchas otras del continente, que hasta hacía poco habían sido vistos como fuente de atraso por los pensadores positivistas. José Vasconcelos (1882-1959), intelectual humanista, rector de la universidad, y ministro de educación en los primeros años veinte, desarrolló su concepción de una raza cósmica, mezcla de todas las existentes, como característica de la región, y señal de superioridad. Junto con Alfonso Reyes (1889-1959), Antonio Caso (1883-1946) y varios otros había fundado en 1908, aún bajo el porfiriato, el Ateneo de la Juventud, donde, con algún apoyo de los miembros mentalmente más abiertos de la elite gobernante (los así llamados "científicos"), los miembros de la nueva generación rompían lanzas con el evolucionismo positivista y sus acólitos el utilitarismo y el materialismo. En su búsqueda de una apoyatura intelectual para justificar un rol más excelso de la libre voluntad, algunos de ellos redescubrieron el pensamiento católico tradicional, mientras que otros, paradójicamente, llegaron al leninismo, visto como una variante no determinista del marxismo, capaz de explicar el hecho de que la revolución se hubiera dado en un lugar teóricamente tan inesperado como Rusia. Este último camino fue tomado por Vicente Lombardo Toledano (1894-1968), un intelectual que durante los años treinta se sumó al campo marxista y se convirtió en dirigente sindical, cultivando excelentes relaciones con el partido comunista y el gobierno a la vez. La otra vía alternativa fue en cambio elegida por Antonio Caso y por Vasconcelos, y por el más tecnocrático Manuel Gómez Morín (1897-1972). Antonio Caso -- "mi general Caso", como lo llamaban sus discípulos en los primeros tiempos en que desempeñaban importantes roles culturales y educativos bajo la Revolucion -- se retiró de la involucración política activa pero, emulando a Fichte, escribió dos series de Discursos a la nación mexicana (1922 y 1934), desarrollando una concepción personalista, que rechazaba tanto los excesos individualistas como los colectivistas, apelando a una "nueva aristocracia", componente esencial de cualquier revolución. Gómez Morín, después de un período como funcionario público, pasó a la actividad empresaria privada, y fundó en 1939 el partido de Acción Nacional (PAN), donde se encontraban los intereses industriales de Monterrey con los activistas católicos y liberales preocupados con la corrupción y los abusos cívicos del partido hegemónico.

Particularmente importante, y trágica, fue la evolución de Vasconcelos, aclamado por décadas por la juventud del continente, en reconocimiento por su trabajo en el campo cultural, denunciando la dominación norteamericana. Después de dejar su puesto como Secretario de Educación, al finalizar la presidencia de Obregón (1924) pasó a la oposición, denunciando la inmoralidad gobernante y la violación de derechos humanos. En 1929 intentó lo imposible, o sea, ganarle la competencia presidencial al candidato de Calle, autoproclamado Jefe Máximo del régimen. Ante la violencia que lo amenazaba, Vasconcelos se estaba preparando para intentar un golpe armado, lo que le valió perder muchos amigos, que aunque críticos del régimen, preferían combatirlo desde adentro, usando la legalidad existente. Vasconcelos se volvió cada vez más amargado, y tuvo que emigrar para evitar amenazas a su vida. Se veía a sí mismo como un continuador del tipo de nacionalismo de Lucas Alamán, basado en la cultura hispánica, contra los "Mexicanos izquierdistas, poinsettistas y renegados". Poco después del establecimiento de la República Española (1931) se planteó como su crítico implacable, argumentando que estaba penetrada por el "elemento judeo-yancoide que creyó llegado el momento de hacer en España lo que había hecho en México en tiempos de Juárez: aplicar la reforma luterana por decretos gubernamentales y a precio de sangre". Llegó a considerar aún a figuras tan respetadas como Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset como diletantes, por su involucración con la República. Con este lenguaje, por cierto, no podía esperar cultivar muchas amistades en círculos progresistas, y mucho menos cuando durante la guerra simpatizó con el Eje, aún cuando permanecendo crítico de la ideología nazi y de prácticas racistas como las del Ku-Klux-Klan.

Es así como Vasconcelos, que había comenzado como un revolucionario y un misionero cultural, llevando ediciones baratas de los clásicos griegos a las masas indias para despertar sus sentimientos de universalidad -- aún cuando también estimulando el conocimiento de sus propias culturas, a través de proyectos como los murales de Diego Rivera -- terminó como favorito de la Derecha. El tiempo podrá o no desentrañar los diversos ingredientes de su manera de pensar, pero seguramente rescatará sus emotivas Memorias, donde toda una época de la sociedad mexicana se expresa, con pasión partidaria pero con singular viveza.


Aprismo y marxismo

Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), expulsado del Perú por el dictador Augusto Leguía cuando era aún un dirigente estudiantil, llegó exiliado a México en 1924, y quedó impresionado por la atmósfera intelectual y política que encontró. Combinando lo que veía con los principios del movimiento de la Reforma Universitaria inicida en la Argentina en 1918, desarrolló una ideología autóctona, a la que con el tiempo agregaría elementos de socialismo tanto marxista como fabiano, y algunas lecciones -- aunque ninguna simpatía -- de la manipulación de masas por un líder carismático en la Alemania nazi. Fundó lo que proyectaba ser una Internacional rival de las existentes Segunda y Tercera, que tomó el nombre de Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), dedicada a formar un partido afín en cada país. Su impacto fue muy grande a lo largo del continente, donde se pueden observar importantes influencias apristas, desde la Acción Democrática de Venezuela, dirigida por Rómulo Betancourt, o el Partido de Liberación Nacional de Costa Rica, de José Figueres, hasta los Socialistas chilenos y sectores de la Unión Cívica Radical argentina.

Haya de la Torre, usando el corpus principal de la teoría marxista, sostenía que en condiciones de subdesarrollo no es posible esperar que la clase obrera dirija un proceso de cambio social comprehensivo, ni tampoco que forme un partido propio con significativo peso numérico. Mucho menos podría el campesinado cumplir esas tareas. Así, pues, la clase media debía ser incluída como un tercer elemento del trípode, y asumir un rol dirigente.

Era también necesario canalizar las fuerzas del capital internacional, para que se diera la necesaria acumulación. El imperialismo económico podría ser, como decía Lenin, la última etapa del capitalismo, pero eso era sólo cierto en Europa y los Estados Unidos. En la periferia el imperialismo era la primera, no la última etapa del capitaismo, y por lo tanto se le debería dar espacio para su adecuado funcionamiento. Un Estado local fuerte debía controlarlo, pero sin espantarlo. Ese Estado tenía que basarse en la triple alianza entre las clases medias, los obreros y los campesinos, y llegar a acuerdos con las clases dominantes, mediante un elemento de corporativismo introducido en la Constitución. Es así que Haya hablaba del Estado de los Cuatro Poderes, en el que a los tres tradicionales se le sumaría un cuarto, de tipo corporativista, donde las diversas fuerzas sociales estarían representadas de manera "cualitativa". Pensaba que era mejor que las Fuerzas Armadas, la Iglesia, o los grupos empresarios nacionales o extranjeros tuvieran un campo legítimo y legal donde expresarse, en vez de actuar detrás de la escena, como habitualmente lo hacían.

Era preciso, además, tener un partido bien organizado, con militantes disciplinados, y una figura carismática a su frente, la cual constituía la única forma de liderazgo comprensible para la mayoría del pueblo. Identificaba al tipo de nacionalismo que propugnaba como "Indoamericano", refiriéndose al antiguo término español de Indias Occidentales, evitando el término "Latino" que obviamente no se le apicaba a gran parte de la población del continente. El aprismo intentó llegar a las masas indígenas, pero en la práctica no le era fácil a sus militantes de clase media o cholos costeños el acceder a ese tipo de población, que vivía en lugares alejados y desconociendo el español.

Al mismo tiempo que se difundía el aprismo, no sólo en el Perú sino en el resto del continente, durante los años veinte y treinta, otros sectores de la intelligentsia preferían adoptar la nueva variante del marxismo que se inspiraba en la experiencia soviética. José Carlos Mariátegui (1894-1930) fue el principal representante de esta corriente, que en su caso implicó un esfuerzo por adaptarse a las condiciones locales, especialmente al reconocer al problema indio como el número uno en el Perú y otros países andinos. Esta fue la principal contribución de sus influyentes Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Rechazando todo tipo de explicaciones raciales o culturales, e influenciado por los trabajos del antropólogo Luis E. Valcárcel y su Grupo Resurgimiento basado en el Cuzco, afirmaba que el latifundismo era el principal responsable por la miserable condición de la población aborigen.

Muchos marxistas, aunque solidarios con las masas indias explotadas, no creían que ellas podían ser transformadas en una palanca de cambio. Según ellos era necesario esperar a que el capitalismo se desarrollara, o bien a que fuerzas revolucionarias prendieran en la clase obrera urbana; una excesiva concentración entre los indígenas podría llevar al populismo, condenable tanto en su versión rusa como en otra local. Mariátegui, en cambio, pensaba que la población autóctona podría ser adecuadamente dirigida y estimulada a la acción por una elite dedicada. Para ello era más necesario un sentido heroico de la vida, que un culto del determinismo. Al determinismo se lo veía como una característica más de la despreciada Social Democracia que del marxismo.

En la transición a una sociedad socialista había que basarse en los hábitos colectivistas de los indios. "El comunismo inkaico, que no puede ser negado ni disminuido por haberse desenvuelto bajo <un> régimen autocrático" proveería las bases para futuras instituciones, y estimularía la imaginación, para formar, junto al socialismo, un poderoso mito, equivalente a una religión. Desgraciadamente, no era posible basarse en la burguesía para dar la lucha contra el feudalismo, debido a la debilidad de aquella clase.

Habiendo vivido varios años en Italia, como periodista, Mariátegui adquirió un conocimiento de primera mano de la política y de las ideologías de su tiempo, tomando libremente de fuentes marxistas así como del pensamiento de Bendetto Croce, Henri Bergson o Georges Sorel. El mecanicismo evolucionista de la Segunda Internacional debía ser reemplazado, en su visión, por una intepretación más adecuada de cómo ocurre el cambio social, que diera su lugar a la voluntad humana. Sorel con sus Consideraciones sobre la Violencia, había sido el primer genuino revisionista científico -- más bien que deformador -- del corpus marxista, al señalar el rol del voluntarismo y de la creencia en un mito de naturaleza semirreligiosa. La práctica leninista, y la experiencia de la Unión Soviética, demostraban la importancia que podía llegar a tener una elite: aún cuando allá no había una aristocracia privilegiada, ciertamente existía una elite, dedicada a implementar las transformaciones sociales en curso. En cambio, las revoluciones en Alemania e Italia habían fracasado porque, aunque las masas estaban preparadas, la elite había fallado, al retener la mayor parte de sus integrantes sus antiguos hábitos reformistas.

Desde la Derecha -- o el Centro -- no tardó en llegar una respuesta a estos planteos. El escritor católico Víctor Andrés Belaúnde (1883-1966), en su obra La realidad nacional (1930), que en la práctica es un largo comentario a los Siete Ensayos, señalaba la dificultad de organizar la producción si se llevaba a cabo una radical expropriación agraria. Los peones de la Sierra, o los obreros de las plantaciones capitalistas costeñas, no podrían dirigir las empresas socializadas sin capital o teconología, que, suponía, sólo podían ser provistas por los capitalistas.

Mariátegui, consciente de esta crítica, había señalado repetidamente que para desempeñar esas funciones se necesitaba de una elite, aún cuando sin detallar sus características. Pero no quedaba claro cómo se formaría ese grupo dirigente en cantidad suficiente para desempeñar las nuevas tareas administrativas. Los apristas respondían a esa objeción a través de incluir a las clases medias en la coalición revolucionaria. Mariátegui, en algunos momentos, no negaba la necesidad de establecer, temporariamente, una más amplia coalición, pero debería ser sólo eso, no una fusión, como quería Haya. Esto generó una ruptura en la relación entre ambos, que había sido de colaboración en los primeros momentos del lanzamiento del APRA. Mariátegui formó entonces el partido Socialista, que debería ser una organización obrera y campesina, y que poco después de su muerte (1930) se convirtió en Comunista. Mariátegui, aunque solidario con la Tercera Internacional, prefería un movimiento más autónomo. Sus ideas fueron prontamente denunciadas como pequeño burguesas y populistas, aunque su imagen fue luego, desde los años cincuenta, rehabilitada por los teóricos soviéticos.

El debate entre el aprismo y el marxismo latinoamericanos fue muy central para el pensamiento de la izquierda desde los años treinta a la Segunda Guerra Mundial. Haya argumentaba que tratar de construir un partido revolucionario sobre la base de la clase obrera -- como lo proclamaba tanto la teoría comunista como la social demócrata -- era sólo realista en países con un alto nivel de desarrollo, pero no en América Latina. Se dio un cierto quid pro quo en este debate, porque las críticas de Haya de la Torre se aplicaban más a la teoría que a la práctica comunista, pues ni Rusia ni China llenaban los requisitos de alto desarrollo planteados por el marxismo, ni tampoco tenían una numerosa y fuerte clase obrera. El hecho era que el leninismo ya había adaptado la teoría marxista, para adecuarse a las condiciones de los países de la periferia, aún cuando sin ser tan explícito al respecto como Haya de la Torre. El partido de Lenin, como el de Haya, era una amalgama de obreros, campesinos y miembros de las clases medias en crisis, estos últimos libres -- se suponía -- de determinación clasista, pero en la práctica equivalentes a la tercera pata de Haya de la Torre. Es así que el aprismo y la variante leninista del marxismo se convirtieron en religiones políticas alternativas, para la intelligentsia insegura, ansiosa y déclassée de la región.


En Colombia el socialismo fue tardío en cuajar, debido principalmente a la estructura social arcaica del país, y a la hegemonía católica. En una polémica desarrollada poco después de publicar su Cesarismo Democrático (1919) el venezolano Vallenilla Lanz había sostenido que en Colombia el rol positivo del caudillo autoritario había sido desempeñado por la Iglesia, al ser el país, en la práctica, una teocracia. Su muy loado constitucionalismo escondía un control oligárquico que imposibilitaba a la gente común el llegar a posiciones altas, como en cambio ocurría en el vecino país. Su contrincante, el periodista y futuro presidente liberal Eduardo Santos, pudo fácilmente demostrar que la palabra democracia estaba fuera de lugar para caracterizar al régimen de Vicente Gómez, pero no pudo negar la diferencia en movilidad social entre ambos países.

En Colombia, a la fuerza de la teocracia había que añadir la vitalidad del sistema bipartidista, que dificultaba la búsqueda de alternativas. Algunos trataron de formar un partido Socialista independiente, inspirado en la Revolución Rusa, pero la mayor parte de la gente influenciada por las nuevas ideas trató de explorar las perspectivas de "socializar" al partido Liberal. Después de décadas fuera del poder, y habiendo sufrido la seria derrota de la Guerra de los Mil Días (1899-1901), los Liberales necesitaban nuevas estrategias. Desde las agitaciones populares del siglo XIX ellos habían incluído un significativo sector radicalizado, de manera que les fue relativamente fácil aceptar algunos elementos de las ideologías más avanzadas de su tiempo. Baldomero Sanín Cano (1861-1957), un prestigiado escritor que residía en Europa, hacia los inicios de los años veinte decía que la era del individualismo había terminado, y que era necesario introducir elementos de colectivismo en el pensamiento liberal. Luis Cano, director de El Espectador, órgano casi oficial del Liberalismo, se mostró de acuerdo con que el "socialismo moderno" fuera adoptado, y en su congreso de 1924 el partido se declaró "revolucionario" y decidido a poner fin a "la explotación del hombre por el hombre".

Jorge Eliécer Gaitán, un abogado cuya tesis doctoral versó sobre Las ideas socialistas en Colombia (1924), estaba plenamente consubstanciado con la aludida corriente de pensamiento. En su tesis afirmaba, bajo la influencia del ejemplo ruso, que no era necesario esperar al desarrollo económico para poder organizar un movimiento socialista. Colombia podía no estar en la era industrial, pero era ciertamente capitalista, de manera que la lucha de clases podría proveer la dinámica para el cambio. Sin embargo, el hecho era que la organización obrera autónoma era aún débil, de manera que se planteaba la necesidad de trabajar dentro del existente partido Liberal, para no favorecer a los Conservadores. Hacia el fin de los años veinte se formó un grupo intelectual, que incluía al futuro presidente Gabriel Turbay, con ideas socialistas y favorable a la experiencia soviética, aún cuando decidido a emplear como su herramienta al partido Liberal. La agitación social fue intensa durante esa década, incluyendo una famosa huelga y posterior represión en la zona bananera del bajo Magdalena.

Finalmente, Alfonso López Pumarejo (1886-1959) y Eduardo Santos, ambos de ideas reformistas aunque contrarios al socialismo, habiendo accedido a la jefatura del partido Liberal, decidieron aplicar una política de unidad nacional para oponerse al largo predominio de los Conservadores, quienes enfrentaban una crisis de sucesión. Consiguieron aliarse a una importante facción del partido gobernante, y de esa manera llevaron a la presidencia al embajador en Washington, el muy moderado Enrique Olaya Herrera (1930-1934). De esta manera se dieron las condiciones para un período de hegemonía liberal, expresado en la llamada "Revolución en Marcha", basada en las dos presidencias de López (1934-1938 y 1942-1945).

La moderación de los años de Olaya había llevado a Gaitán a romper con el partido y a formar su propia Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), con un programa claramente socialista. Sin mebargo, al consolidarse la "Revolución en Marcha" de López, Gaitán volvió al partido, para abandonarlo otra vez en 1946 cuando parecía caer bajo el dominio de sus sectores de derecha. En ese año Gaitán formó un sector Liberal disidente, lo que permitió una victoria conservadora basada en una minoría del electorado. Esto llevó a un incremento de las tensiones, y finalmente al asesinato de Gaitán, la reacción popular en el Bogotazo (1948), y el desarrollo incontrolable de la violencia.

Gaitán ha sido considerado un paradigma de populismo y demagogia, y por cierto que apeló al imaginario caudillista, cuando les decía a sus seguidores "Ustedes son la masa, yo el dínamo", una de sus frases favoritas. Es cierto que su movimiento no tenía mucha organización, apelando de manera personalista a la lealtad de las masas, fueran ellas de origen Liberal o Conservador, o nuevos entrantes al área política. Sin embargo, era decididamente un intelectual, y un miembro del aparato Liberal, al que se reintegró después de su derrota electoral en 1946, convirtiéndose por un corto período en el jefe principal del partido reunificado. La permeabilidad del Liberalismo colombiano a la influencia izquierdista ha sido una característica suya hasta el presente, y es una importante causa de la dificultad de formar terceros partidos permanentes, incluyendo el último y aparentemente más sólido caso, el del M-19, que también se ha eclipsado.

Del otro lado del espectro político los Conservadores habían generado un líder de gran impacto, Laureano Gómez (1889-1965). Los primeros tramos de su carrera lo vieron como renovador progresista en el partido, con preferencias social-católicas, e inmune a las ideas fascistas. En un libro publicado a comienzos de los años treinta, El Cuadrilátero, analizaba las ideas de Mussolini, Hitler, Stalin y Gandhi, condenando a los tres primeros y ensalzando la no-violencia del hindú, a las que consideraba adecuadas para un país católico. Condenaba el "extremo individualismo, porque por él ha sido engendrado el capitalismo (...) desde que se abolieron y debilitaron todas las grandes instituciones y corporaciones". Por otra parte, sus intensas convicciones religiosas, interpretadas como era bastante común en la época, lo llevaron a la intolerancia. Era capaz de decir que "el moderado es el peor enemigo", supuestamente con base en citas bíblicas, pero de hecho atizando las pasiones facciosas.

Finalmente asumió ideas falangistas, y se transformó en cabeza del sector más duramente antiliberal de su partido. Llegó a la presidencia entre 1950 y 1953, en medio de la violencia y en una situación de total falta de legitimidad. Desde el poder trató de hacer sancionar una Constitución corporativista, pero fue derrocado por el Gral Gustavo Rojas Pinilla en 1953. Finalmente se reconcilió con la política consensual, y firmó en España, en el exilio, el pacto de Benidorm con sus enemigos históricos, para asegurar el retorno al gobierno civil formando un Frente Nacional, que sancionaría la alternancia de pesidencias liberales y conservadoras por veinte años. De todos modos, tanto él como su hijo, Alvaro Gómez Hurtado, siguieron capitaneando a la facción conservadora que sistemáticamente se oponía a las políticas que de hecho adoptaba el Frente Nacional.

Durante la Convención Constituyente de 1991 Alvaro concertó un acuerdo con el grupo guerrillero M-19, convertido en partido político, siguiendo la antigua máxima de que el enemigo del enemigo es un amigo. Pero esa máxima no siempre tiene validez, ni es siempre claro quién es el principal enemigo, de manera que la alianza no tuvo permanencia, y en alguna medida ocasionó la decadencia del antiguo grupo subversivo, sin por eso llevar mucho prestigio al desprejuiciado jefe de la extrema derecha.


En Venezuela la naturaleza mucho menos jerárquica de la sociedad, unida a la poca fuerza de la Iglesia Católica, dificultaron la formación de un partido conservador. Su lugar fue asumido por una serie de caudillos, el último de los cuales, Juan Vicente Gómez, gobernó despóticamente desde 1908 hasta su muerte en 1935. La crisis de sucesión fue hábilmente manejada por su entorno, que lentamente reconstitucionalizó al país, para evitar una explosión violenta. Entre los estudiantes y la intelligentsia más joven el marxismo estaba muy difundido, y se había concretado en algunos importantes estudios, como el de Carlos Irazábal, Hacia la democracia (1939), una revisión de episodios históricos desde la nueva perspectiva teórica.

Rómulo Betancourt (1908-1981) era un miembro de esta generación, que después de un período de activismo estudiantil tuvo que exiliarse en Costa Rica, donde se sumó al comunismo local. Aprovechando la distensión que sucedió a la muerte de Gómez retornó a su país, y organizó, con ideas más parecidas a las apristas, un partido que pronto cambiaría su nombre por el de Acción Democrática. Este llegó al poder en 1945, como resultado de un golpe militar dirigido por oficiales jóvenes. Se convirtió rápidamente en la principal fuerza favorable a cambios sociales radicales, enfrentada a la clase terrateniente, la Iglesia, y los militares, incluyendo a quienes habían sido sus aliados en el acceso al poder. El resultado fue un golpe de Estado, un nuevo y largo exilio, y la evolución en sentido moderado del pensamiento de los jefes de Acción Democrática, decididos a implementar una alianza con las fuerzas progresistas de los Estados Unidos.

Esta actitud produjo la escisión del ala izquierda del partido, especialmente después de que el ejemplo cubano demostraba la factibilidad de la vía armada. Las guerrillas que ese grupo formó, en convergencia con otras de origen marxista, fueron, sin embargo, derrotadas, y sus integrantes decidieron volver al campo de la lucha electoral. Teodoro Petkoff, uno de sus principales representantes, inicialmente influído, como tantos otros, por Régis Debray, pasó por un proceso de revisión radical de sus convicciones, reflejado en su libro Proceso a la izquierda.


En Costa Rica las ideas apristas, combinadas con otras que venían directamente de Europa, contribuyeron a la formación de un grupo Social Demócrata, dirigido por José Figueres, enfrentado tanto al comunismo como a las complejas alianzas políticas orquestadas por el presidente Rafael Calderón Guardia. Calderón, que había accedido al poder en 1940 como conservador, evolucionó en sentido social cristiano, y en un cierto punto, estimulado por el ambiente de buenos sentimientos hacia la Unión Soviética producido al terminar la guerra, decidió colaborar con el partido Comunista local. Esto no era incompatible con mantener buenas relaciones con el régimen de Somoza en la vecina Nicaragua. Cuando en 1948 intentó reelegirse (después del usual período intermedio de una figura de menor relieve) no vaciló en manipular las cifras electorales a su favor, produciendo la reacción del candidato que en general se consideraba victorioso, el liberal-conservador Otilio Ulate.

Ulate fue apoyado, en una corta guerra civil, por los amigos de Figueres, incluyendo al cura Rafael Núñez, fundador de sindicatos rivales de los comunistas. Es así como se dieron las condiciones para una más de las extrañas alianzas tan típicas de América Latina. Para hacer la confusión mayor aún, Figueres, una vez al frente de la nave del Estado, y habiendo puesto fuera de la ley al partido Comunista, se convirtió en estrecho aliado de Juan José Arévalo, presidente reformista de Guatemala (1945-1950) que tenía un significativo apoyo comunista, convertido en decisivo bajo su continuador Jacobo Arbenz entre 1950 y 1954.


América Central había sido desde los años veinte y treinta escena de violentas luchas, principalmente la fracasada revolución dirigida por el partido Comunista en El Salvador en 1932, reprimida en lo que se llamó La Matanza. El dirigente de ese movimiento, Farabundo Martí (1894-1932), había tenido ya antes experiencia guerrillera, cuando se sumó por un par de años a las fuerzas irregulares de Augusto César Sandino en Nicaragua.

Sandino (1895-1934), un hombre proveniente del campesinado medio, se involucró en la política como secuaz del jefe del partido Liberal, José María Moncada, quien había iniciado una guerra civil tomada de las páginas de Cien años de soledad, para deponer a su rival conservador apoyado por fuerzas armadas norteamericanas. Cuando en 1927 Moncada aceptó la pacificación sin exigir el retiro de la intervención extranjera, Sandino y un pequeño grupo continuaron la lucha, hasta 1933, cuando los Marines se fueron.

Sandino apelaba directamente a los campesinos, enfatizando la demanda por tierra y el nacionalismo, aún cuando tratando de evitar las posiciones extremas. Había sido influído por el ejemplo de la Revolución Mexicana, y tenía apoyo de una amplia gama de opinión, incluyendo a los Comunistas, aunque rompió con ellos después de un período de colaboración más estrecha.

El comunismo ortodoxo más tarde condenaría sus supuestas tendencias pequeño burguesas y populistas, pero los intelectuales marxistas en la región quedaron muy impactados por su ejemplo. Este último fue el caso particularmente del nicaragüense Carlos Fonseca Amador (1936-1976), quien en 1961 fundó, junto a Tomás Borge y Silvio Mayorga, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), aprovechando el ya mítico nombre de Sandino, y adoptando sus tácticas de guerrilla entre campesinos, sin por eso dejar de buscar alianzas más amplias. Aunque Fonseca murió tempranamente en un encuentro armado, su movimiento sobrevivió y pudo insertarse en una masiva rebelión contra el régimen de Somoza, la que comenzó a ser incontrolable como reacción ante el asesinato del periodista conservador Pedro José Chamorro.


En Costa Rica el pensamiento marxista, incluso dentro del propio partido Comunista, buscó una marcada independencia de Moscú. Su "papa rojo", Manuel Mora, fue desde los años cuarenta el teórico de las adaptaciones locales de la doctrina, que luego se denominarían "comunismo criollo", y que lo llevaron a participar en las antes referidas extrañas alianzas. Las condiciones sociales de Costa Rica no le permitieron acceder al gobiereno, pero influyó en la orientación progresista de Calderón Guardia, y se lo puede considerar precursor de la participación comunista en la política democrática liberal.


En Cuba durante los años veinte y treinta había bastante influencia aprista y marxista entre los estudiantes universitarios y los activistas de izquierda. Haya de la Torre había estado allí y fundado una rama del APRA, la que luego se convirtió en partido, y en los años treinta inspiró al ABC, un grupo armado que contribuyó al derrocamiento del dictador Gustavo Machado en 1933. El joven dirigente estudiantil Julio Antonio Mella (1903-1929) estuvo conectado en un comienzo con el proyecto aprista cubano, pero pronto se retiró, rechazando la estrategia de Haya de formar un único partido destinado a representar desde los campesinos a los obreros y a la clase media.

Mella, como Mariátegui hacia la misma época, aceptaba tácticamente una alianza de clases, pero no una "amalgama". A su entender, la clase media estaba formada por gente sin principios, acostumbrada a trabajar para los capitalistas y los intereses foráneos, y los mismos estudiantes pronto adoptaban esas actitudes, una vez abandonadas las aulas. Es así que decidió formar un partido Comunista, junto al antiguo militante marxista del gremio tabacalero, Carlos B. Baliño (1848-1926), y otros jóvenes como él, entre ellos Juan Marinello (1898-1977). Lo mataron los agentes de Machado en México, en 1929, lo que lo convirtió en mártir de la causa, famoso en todo el continente.

La estructura social de Cuba era muy peculiar, y muy diversa de la del Perú, casi su opuesta polar. En términos de datos per cápita era uno de los países con mejor posición en América Latina, exceptuando el Cono Sur, pero estaba muy marcado por el trauma de la dominación española y luego la norteamericana. Por el otro lado, la producción de azúcar generaba un semiproletariado muy heterogéneo, dividido entre la fábrica y el surco, y según líneas étnicas. Dentro de ese semiproletariado se incluían granjeros pobres y colonos (medieros) así como migrantes recientes del Caribe inglés. Los trabajadores azucareros no se sindicalizaron hasta los años veinte, y luego a menudo lo hicieron bajo dirigencias inestables y corruptas.

Durante el violento derrocamiento de Machado en 1933 Ramón Grau San Martín (1887-1969) emergió como el principal dirigente cívico, fundador de un partido que imitando al que había ideado José Martí se denominó Revolucionario Cubano Auténtico (1934). En las posteriores luchas intestinas dentro del régimen revolucionario el sargento Fulgencio Batista (1901-1973) se impuso a sus rivales, a través de un golpe de los suboficiales, y ejerciendo el poder detrás de bambalinas.

Tres fuerzas competían en ese momento por ser instrumento de la movilización de masas: los Auténticos, con Grau San Martín, los Comunistas, y, finalmente, Batista. En 1940 hubo elecciones libres, donde triunfó la insólita coalición entre Batista y los Comunistas; a estos últimos les tocaron dos ministerios, el primer caso de ese tipo en el continente. La convergencia, hecha posible por los sentimientos de confraternización inducidos por la guerra, se repitió en la siguiente campaña electoral, en 1944. Ahí ocurrió algo aún más insólito: ganó la oposición, llevando a Grau a la presidencia.

El presidente Grau también llegó a un modus vivendi con los Comunistas, pero hacia 1946 las presiones de la guerra fría rompieron ese idilio. La Confederación Cubana del Trabajo oscilaba en sus lealtades entre las tres fuerzas potencialmente populistas antes señaladas, pero muy afectada por la corrupción y la interferencia estatal. Esta se intensificó al volver Batista a la presidencia en 1952, pero esta vez a través de un golpe de Estado contra el sucesor y correligionario de Grau, Prío Socarrás. Batista asumió formalmente la presidencia recién en 1954, para ejercer una dictadura, con algún aura popular al comienzo, pero que fue empeorando en sus métodos represivos, hasta caer derrocada por la revolución fidelista al finalizar 1958.

El caótico período de los años veinte y treinta en Cuba es central para entender la génesis de las fuerzas revolucionarias. El fermento intelectual era muy intenso, y desde diversas capillas intelectuales se estaba preparando un muy documentado dossier acerca de los efectos del capitalismo desatado. El antropólogo Fernando Ortiz, autor de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, y el historiador Ramiro Guerra y Sánchez, con su Azúcar y población en las Antillas (1944), contribuyeron a ese proceso, aún cuando el último de los dos era básicamente conservador, preocupado por la destrucción de la clase media rural y el "ennegrecimiento" de Cuba como resultado de la expansión de la industria azucarera moderna, que traía trabajadores de las Antillas inglesas.

Al empeorar las condiciones económicas, y al exceder la represión cualquier límite, la intelligentsia se orientó hacia el marxismo o hacia los Auténticos. Fidel Castro, antes de entrar a la actividad guerrillera, había sido miembro de un grupo disidente que trataba de rescatar los valores iniciales de los Auténticos, reinterpretados por Eduardo Chibás (1907-1951), un orador magnético que terminó sus días suicidándose ante los micrófonos de la radio donde pronunciaba sus habituales discursos, todo ello con el objeto de producir una revulsión moral en la sociedad. El partido Comunista (llamado Socialista Popular) trataba de evitar involucraciones violentas, pensando que ellas sólo podrían conducir a un aventurerismo sin resultados, de manera que prefirió mantenerse a distancia de la nueva forma de lucha inaugurada por Fidel Castro. Fue sólo en el trascurso de esa lucha que la ideología de los rebeldes evolucionó, y especialmente después de llegar al poder y de que los Estados Unidos adoptaran una política muy agresiva hacia el nuevo régimen.


En Puerto Rico la posguerra vio el desarrollo de procesos de cambio que tuvieron mucha repercusión en otras partes del Caribe. La lucha de Pedro Albizu Campos (1891-1965) por la independencia fue bien recibida en ambientes intelectuales, pero no alcanzó a un público más amplio. Como una alternativa más realista, Luis Muñoz Marín, con amplio apoyo de sectores progresistas norteamericanos, optó por luchar "desde adentro". Tuvo mucho éxito, durante sus repetidos gobiernos (1949-1965), hasta convertir a la isla en ejemplo de lo que se podía ganar mediante una política no confrontacionista.


Corporativismo, democrático y del otro

Durante los años veinte y treinta Brasil experimentaba un rápido desarrollo, aunque con tasas de alfabetización y de bienestar bien menores que las imperantes en Chile, Argentina y Uruguay. La disponibilidad de una oferta ilimitada de mano de obra -- para usar el término que le han dado los economistas -- disminuía la capacidad de los trabajadores de Sao Paulo de organizarse e ir a la huelga, en comparación con las repúblicas del sur. A pesar del activismo anarquista el sindicalismo siguió siendo muy débil. Existía un partido Comunista, pero principalmente difundido entre intelectuales o aún militares, que intentó en 1935 una rebelión con apoyo en sectores armados, duramente reprimida.

La clase media tenía poca experiencia asociativa, y no poseía nada semejante a los partidos Radical o Colorado, o a los Apristas. La política, desde el nacimiento de la República, estaba en manos de los partidos Republicanos estaduales, que en la práctica funcionaban como partidos independientes, monopolizando los recursos políticos locales para representar los intereses de sus estados. El disenso más articulado se concentraba entonces en dos grupos, que de lo contrario hubieran sido columnas del orden constituído: una intelligentsia conservadora enraizada en las clases altas regionales dejadas de lado por el progreso económico, y una oficialidad militar joven.

La intelligentsia conservadora se veía a sí misma como continuadora de los gobernantes imperiales del siglo anterior, enfrentando ahora el reto de los inmigrantes y de los industriales paulistas, así como de las masas en busca de mayor participación. Un Estado fuerte, dirigido por una elite con gran sentido de misión, era un requisito para manejar la nueva situación.

Alberto Torres (1865-1917) fue un precursor de esta mentalidad, y también un político práctico durante la República Velha (1889-1930), habiendo ejercido la presidencia (gobernación) del Estado de Rio de Janeiro, y representado a su país en el exterior. Fuertemente adherido a los valores liberales, aceptó también el credo positivista, auque rechazando cualquier implicación racista. Reaccionaba contra quienes lamentaban la composición étnica del Brasil, o buscaban resolver sus problemas mediante la inmigración europea, en vez de preocuparse por la suerte de los antiguos esclavos, a quienes se dejaba vegetar malamente, sin acceso a la tierra.

Torres también condenaba la explotación del país por el capital extranjero, que se llevaba valiosos recursos naturales no renovables. Llegó a decir que los financistas a menudo crean más víctimas y desgracias que las bombas de los anarquistas. Contra el peligro de la desintegración nacional era preciso tener un Estadao fuerte, que debería estimular los grandes proyectos necesarios para el crecimiento económico bajo condiciones modernas. Las elites habían estado tradicionalmente desorientadas por su tendencia a adoptar modelos y criterios morales incubados en el extranjero. El moralismo no era una solución, pues implicaba la "supremacía de virtudes pasivas y negativas (...) común a épocas de declinación y a pueblos en estado de abatimiento", desvalorizando a las más constructivas "virtudes del sentimiento y del carácter que inspiran la dedicación de la vida y de la actividad a ideas y causas superiores".

La estabilidad política y el crecimiento económico necesitaban un gobierno fuerte, y éste a su vez sólo existe cuando hay una nación, "homogénea en sus elementos, o fuertemente subrdinada a un espíritu, un móvil, una aspiración, o una clase preponderante". En esta última frase existe en potencia toda una potencial sociología de la construcción de la nacionalidad. Torres admitía que con esos criterios Brasil era una nación artificial, si se la comparaba con las más antiguas y establecidas sociedades de Europa y Asia, pero precisamente por eso necesitaba "la creación (...) par en haut de (...) hábitos, (...) reflejos, y del instinto de conservación y de progreso nacional".

La principal propuesta constructiva de Torres fue una revisión constitucional, publicada en su obra A organizaçao nacional (1914), que debería haber creado un régimen mucho más centralizado, introduciendo, al lado de la Cámara de Diputados elegida por el pueblo en general, un Senado con fuertes elementos corporativos añadidos a los de designación estadual. El presidente sería elegido por un colegio electoral especial, lleno de representantes profesionales; mientras que un cuarto poder, el Poder Coordenador, designado conjuntamente por el Ejecutivo, el Congreso, y altos funcionarios judiciales y académicos, daría orientación a la política nacional, al designar procuradores en los estados y municipios, para supervisar su funcionaminto.

No había mucho lugar para los partidos políticos en este esquema, pues se veía como inconveniente el volver a un régimen de gobierno basado en representantes elegidos meramente en base al número de sus simpatizantes. No confiaba en los resultados de elecciones libres, porque dado el estado cultural de las masas, éstas seguirían siendo por mucho tiempo instrumentos de clanes locales. Sin embargo, no pensaba que se debiera prohibir la existencia de partidos políticos, y además daba gran importancia al mantenimiento de las garantías cívicas, así como a la libertad de prensa y de asociación, lo que lo ubica firmemente en la tradición liberal. Sus ideas corporativistas no tienen nada que ver con el aún inexistente fascismo, y pueden más bien emparentarse con las que se encuentran en las obras de Herbert Spencer o Emile Durkheim, o en el pensamiento social católico.

Torres tuvo un pequeño grupo de discípulos, que proliferó después de su muerte, convirtiéndolo en profeta del despertar nacional, y también de ideologías autoritarias que difícilmente habría aprobado. En primer lugar entre esos discípulos se destaca Francisco José Oliveira Vianna (1885-1951) quien, sin embargo, estaba mucho más preocupado por el tema de la raza como causa de los problemas del Brasil. En su temprana obra sociológica, Populaçoes meridionais do Brasil (1920), Oliveira Vianna expone gran parte de su pensamiento, luego desarrollado en numerosos libros. Estaba proyectada como primera parte, referida a la región central del Brasil (Rio de Janeiro, Sao Paulo y Minas Gerais), de un estudio más amplio. Analizaba en ella el carácter predominante de los estratos populares de esa región, denominados matutos, dedicados a la agricultura más bien que a la ganadería. Esta población, básicamente pasiva y deferencial, sería luego comparada con los más agresivos jinetes del extremo sur (Rio Grande do Sul), los gauchos, y con los del norte y nordeste (de Bahia hacia arriba), los sertanejos.

La docilidad de los matutos sería resultado de sus características raciales y del medio ambiente. La ausencia de la autoridad central en el interior del país obligaba a la gente a depender de la autoridad del notable local, quien organizaba bandas armadas para defenderse y defender a sus dependientes de cualquier tipo de agresión externa. Por eso es que el hombre común sufre angustia si no tiene un jefe. De esa manera se formaron los clanes locales, con fuertes ligazones verticales, y llegaron a un modus vivendi entre sí, manteniendo la paz en el campo.

En cambio, en los extremos norte y sur los más violentos sertanejos y gaúchos estaban incorporados en una continua guerra de pequeña escala, a veces convertida en guerra civil abierta o aún en rebeliones populares. El resultado era una sociedad más parecida a la de las repúblicas hispano americanas vecinas, gobernadas por tiranos sanguinarios como Rosas o López, única manera de tenerlas tranquilas. El hecho de que la parte principal del Brasil estuviera dedicada a la agricultura, con sus clanes asentados sobre la lealtad de los matutos, evitó al país una semejante violencia.

Dado este tipo de estructura social, Oliveira Vianna argumentaba que una reproducción de las fórmulas liberales europeas o norteamericanas podía significar sólo dos cosas: anarquía, o separatismo. Proponía, por lo tanto, un Estado fuerte y centralizado, con capacidad para intervenir con eficacia en las regiones. Los "idealistas utópicos" liberales veían en cambio en el poder central un peligro para las libertades locales, pero en la realidad quienes más amenazaban a esas libertades eran las oligarquías locales. Los reformistas, entonces, debían descartar el idealismo utópico -- un concepto cercano al moralismo de Torres -- reemplazándolo por un idealismo orgánico, basado en la experiencia, no en los libros importados. Asegurar elecciones libres tampoco arreglaría nada; por el contrario, agravaría las cosas, al impedir el funcionamiento del sistema de control social local que, a pesar de oligárquico, al menos aseguraba la paz, sin sustituirlo por otro mejor.

Cuando en 1937 Getúlio Vargas (1882-1954) estableció el Estado Novo pareció que las ideas de Oliveira Vianna podían tener aplicación. En una reedición aumentada de su O idealismo da Constituiçao (originalmente escrito en dos partes, en 1922 y 1924) sostuvo que el Estado Novo era realmente una forma más avanzada de democracia, porque salvaba al país de las manos de los clanes locales, que se escudaban detrás del sistema partidista. La nueva Constitución combinaba el voto local indirecto, no mediado por partidos políticos, para las municipalidades y los diputados nacionales, con la representación corporativa que generaría el colegio que debía designar al presidente, asegurando por lo tanto resultados más democráticos que los que producía el aparentemente libre juego de las máquinas partidarias.

Así, pues, la "democracia autoritaria" reemplazaba a la "democracia liberal", cuyos partidos y elecciones nacionales sólo podían tener efectos positivos en países con una larga tradición de funcionamiento de la opinión pública. En esta época Oliveira Vianna había ya recibido el influjo de las experiencias fascistas de Italia y Alemania, de las que tomó bastantes ideas, aún cuando resistiéndose a copiarlas acríticamente. Fue, por ejemplo, muy opuesto a la formación del partido único, que sería en la práctica muy difícil de organizar, dada la escasez de gente capacitada y con el indispensable idealismo. En las condiciones imperantes en Brasil, en contraposición a las que existían en los países "totalitarios" (palabra que no usaba en sentido peyorativo) como Rusia, Alemania, Italia o Turquía, un partido único pronto se transformaría en una oligarquía explotadora. Así, pues, era mejor prohibirlos a todos, como había hecho Vargas. Después de la guerra, por cierto, condenó los procesos totalitarios, pero retuvo su preferencia por el corporativismo, que pronosticó sería dominante en un futuro, como hacían prever las experiencias de Suecia, Francia, Australia o la Argentina, donde lo que hoy llamaríamos neocorporativismo se aplicaba como instrumento de planificación social y económica.

Otro influyente escritor enrolado en este mismo tipo de ideas fue Antonio José Avezedo do Amaral. Aunque no tan obsesionado con la constitución étnica de su país, no dejaba de atribuir muchos de sus problemas a las características de los mulatos, quienes debido a sus orígenes tendían a ocupar posiciones más bien "parasitarias" en la administración, el gobierno y el ejército, contrastando con los roles más productivos de los blancos (como empresarios) o de los negros (como trabajadores manuales). Así, pues, "sea debido a hechos de orden étnico, o por efecto del psiquismo generado por las funciones en que se especializaban", los mulatos se transformaron en la base de la política demagógica, a la que consideraba como dominante desde el siglo pasado, a través del partido Liberal, y más aún bajo la República.

En cuanto al fascismo europeo, Azevedo do Amaral lo veía críticamente, pues lo consideraba muy controlado por "elementos plebeyos", especialmente el nazismo. En Italia, en cambio, así como en la Rusia de Lenin, la violencia inicial había sido reemplazada por una etapa constructiva. Detectaba sin embargo en el gobierno de Mussolini signos de debilidad, hechos evidentes por su continuado recurso a la represión, y por el hecho de que existiera una oposición antifascista. Obviamente, esperaba que los nuevos autoritarismos fueran legitimados por un consenso genuino, que posiblemente sería logrado en Brasil por el Estado Novo.

El voto universal era perjudicial, como se podía deducir del hecho de que había dado una mayoría a Hitler. En los países anglosajones, donde funcionaba bien, ello se debía a la tendencia de sus sociedades a actuar de manera solidaria, siguiendo a líderes naturales. Esta naturaleza deferencial del voto aún entre los sectores ilustrados y de clase media de países como Gran Bretaña o los Estados Unidos contrastaba con la "insubordinación crónica contra todas las formas de autoridad disciplinadora", excepto, se podría añadir, la impuesta por un caudillo o tirano local. Mientras Oliveira Vianna, en su obra temprana (publicada en 1920) había insistido en la característica indisciplinada de las facciones locales, ahora Amaral, al finalizar los años treinta, se preocupaba sobre todo por el potencial de rebeldía de los estratos bajos. De hecho, ambos factores contribuían a aumentar la ingobernabilidad, aunque con significados políticos contrapuestos.

Para Amaral, de todos modos, el objetivo principal era asegurar el crecimiento industrial, que requería planificación y proteccionismo. Este último no había sido considerado necesario por Torres, quien, como Oliveira Vianna, más bien lo consideraba perjudicial, como que afectaba al público consumidor. Por otra parte, Amaral era cuidadoso en diferenciar al Estado Novo del fascismo. Por mucho que uno pudiera aprender de éste, decía, debía quedar claro que en Italia era el gobierno el que estaba creando las corporaciones desde lo alto, y con violencia, mientras que lo contrario debía ocurrir en el Brasil. El corporativismo era compatible con la libertad y con l
Volver arriba
Trentto
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 24 Ene 2003
Mensajes: 2934
Ubicación: Montevideo, Uruguay

MensajePublicado: Lun Abr 21, 2003 08:43    Asunto: Vacío Responder citando

En Chile, de todos modos, después de siete años de interacción agitada entre civiles y militares (1924-1931), Ibáñez fue derrocado por una protesta combinada de la Derecha civilista, el Centro democrático, y el movimiento estudiantil asistido por la Izquierda obrerista. En 1932 la política volvió a la normalidad constitucional, por los próximos cuarenta años. El antiguo partido Socialista Obrero de Luis Emilio Recabarren (1876-1924), que se había afiliado a la Tercera Internacional en 1921, fue perseguido durante los años de dictadura, y finalmente se dividió. Después de la democratización de 1932 sus sectores no comunistas, más otros grupos intelectuales influídos por el aprismo, formaron una alianza algo inestable, el nuevo partido Socialista. Este partido siempre retuvo un componente populista, mucho más sintonizado con la "política criolla" que su contraparte argentina; tan es así que en 1952 la más fuerte de sus fracciones apoyó el retorno de Ibáñez al poder mediante elecciones libres.

En el sector católico de la intelectualidad y las clases profesionales, así como entre el clero, se daba también un intenso fermento de ideas, a partir de los años veinte. El abismo existente entre la Iglesia Católica y el Estado liberal había sido más intenso en Chile que en otras partes del continente, excepto México y Colombia. Así, pues, para los miembros de esa grey era impensable integrarse a cualquiera de las alternativas existentes en el espectro "laico", desde la derecha a la izquierda (Liberales, Radicales, Socialistas), quedando sólo los Conservadores como órgano aceptable. Quienes tenían preocupaciones sociales se guiaban por las encíclicas papales, especialmente Rerum Novarum (1891) y su versión actualizada Quadragessimo Anno (1931), que condenaban los excesos de un incontrolado capitalismo individualista.

Un sacerdote, Fernando Vives Solar, fue el principal representante de esta línea de pensamiento. Fue sancionado por las autoridades eclesiásticas locales, y enviado por dos veces al exterior a recopnsiderar sus actitudes demasiado independientes. De vuelta a Chile en 1931 se convirtió en imán de un grupo de jóvenes intelectuales y aspirantes políticos de clase alta, disconformes con el control del partido Conservador por parte de los intereses creados. Vives formó una Liga Social, y estimuló a sus discípulos, entre ellos el sindicalista Clotario Blest, y a otros miembros de su propia generación, como Bartolomé Palacios y Carlos Vergara Bravo, a formar el Partido Social Sindicalista, y luego el Partido Popular Corporativo, que condenaban el régimen de partidos, la democracia liberal, y el "salariado" capitalista.

Sin embargo, la mayor parte de los jóvenes, como Bernardo Leighton, Radomiro Tomic y Eduardo Frei (1911-1982), no querían romper con el viejo partido católico, y decidieron en 1935 formar dentro de él una sección juvenil con claros contenidos doctrinales social cristianos. También condenaban a la democracia liberal -- a la cual creían que el partido Conservador estaba excesivamente jugado -- y buscaban una salida a los problemas nacionales a través de una organización corporativa y una elite dedicada a los nuevos ideales.

Uno de los miembros de la nueva generación, Manuel Garretón Walker, después de un viaje de estudios por Europa en 1934, declaró que Mussolini, a pesar de sus inaceptables premisas filosóficas, era "un gigante", y el corporativismo el principal instrumento para introducir la planificación nacional y la justicia social. Este grupo veía al fascismo como un régimen más aceptable que el capitalismo descontrolado, y rescatable de los excesos etnicistas y de otro tipo que lo afeaban. Esta separación de los componentes de lo que hoy aparece como un bloque único no era muy distinta, por otra parte, de la que al mismo tiempo realizaban otros intelectuales sobre la experiencia stalinista de la Unión Soviética.

En 1937 la Juventud Conservadora cambió su nombre por el de Falange Nacional, dotada de una estructura militarizada, pero aún teóricamente dentro del partido Conservador. Aunque luego sus dirigentes negarían haberse inspirado en el movimiento español homónimo, las conexiones son bastante obvias, dadas las raíces ideológicas del grupo. Después de un último "saludo a la bandera", con el apoyo al candidato conservador a la presidencia en 1938, finalmente formaron su propio partido más tarde ese mismo año.

El nuevo partido siguió condenando a la democracia liberal, y considerando que el corporativismo era una herramienta necesaria de la planificación social, aunque ahora agregaban una explícita condena al fascismo y el nazismo. Pronto adoptaron actitudes de centro-izquierda, y se integraron de lleno al juego de alianzas típico de la escena chilena. En 1958, habiéndose dividido antes el partido Conservador en un sector Tradicionalista y otro Social Cristiano, este último se unió a la Falange para formar el partido Demócrata Cristiano. Ahora su declaración de principios ya no condenaba a la democracia liberal, ni mencionaba el corporativismo.

En años posteriores, ante la necesidad de competir por los votos populares, e influídos por el nuevo pensamiento católico, los intelectuales demócrata cristianos se movieron decididamente hacia la izquierda, a riesgo de enajenarse a su electorado tradicional. Algunos de ellos de hecho se separaron del partido, formando pequeños grupos que se unieron a la alianza de la Unidad Popular en 1970, aunque la mayoría volvió eventualmente al viejo tronco y a posiciones moderadas, ya dominantes al darse la redemocratización en 1990, y una alianza de gobierno con un partido Socialista también muy evolucionado.


En Bolivia la mezcla de ideas liberales, autoritarias y corporativistas que se daba en el resto del continente tuvo una particular expresión en los escritos de Alcides Arguedas (1879-1946). Arguedas llegó a la fama con su temprano Pueblo Enfermo (publicado en 1909 en Barcelona), una dolorosa condena de las características sociales e históricas de su país, adjudicadas a su composición étnica. Su obsesión con la raza fue mayor aún que la de Oliveira Vianna, concentrándose en los mestizos como la principal fuerza desorganizadora. No es que fuera mucho más positivo en su evaluación de los indios, pero los veía como un factor más bien pasivo, e incluso trató de demostrar, en una reedición de su libro (1937), que él había sido uno de los primeros en llamar la atención pública acerca de las condiciones en que ellos vivían, en una novela social, Raza de bronze, basada en una reescritura, en 1919, de su Wata Wara, de 1904. Defendiéndose de los que lo atacaban como un racista contumaz, sostenía que una descripción verídica, aunque sórdida, de las fallas de un grupo social podía estimular a sus miembros -- o a otros en posiciones de autoridad -- a buscarles remedio.

Arguedas estaba estrechamente ligado al partido Liberal, y favorecía una forma limitada de democracia parlamentaria, con sufragio muy restringido. Desempeñó varios cargos en el servicio diplomático, fue elegido dos veces miembro del Congreso, en 1916 y en 1940, y en esa última fecha llegó a ser el principal dirigente del Liberalismo. A pesar de su simpatía por el fascismo, desconfiaba de las figuras caudillescas, especialmente las de su propio país. En esto su posición era distinta de la de los autoritarios brasileños o chilenos, en parte debido a su intepretación de las características de la sociedad local. Para Arguedas los mestizos prácticamente habían desplazado a los blancos en Bolivia, y se habían convertido en la fuente de las fuerzas anti-conservadoras, que se nucleaban alrededor de los hombres fuertes. A las masas populares, se añadía otra plebe "más peligrosa, y de acción más corruptora (...) la plebe intelectual de periodistas alquilados, de gentezuelas ordinarias de alma, viles, sin criterio o con criterio cambiante", decidida a establecer un "igualitarismo bárbaro".

En los numerosos volúmenes de su Historia de Bolivia detalla la forma de actuar de los caudillos populares, capaces de movilizar a las masas con ayuda del ejército, pero potencialmente dominados por esas mismas masas que pretendían conducir. Este fue especialmente el caso durante el período de 1848-1857, bajo jefes como Mariano Belzú, pero siguió siendo un aspecto central del sistema, que se salía de cauce cada vez que el rígido control oligárquico se debilitaba. Así, pues, antes que arriesgar un gobierno unipersonal autoritario, que fácilmente podía volverse populista, era mejor consolidar al Congreso, "único poder que en Bolivia guarda, no obstante sus errores, su pasión y su (...) espíritu sectario, el respeto a las nociones del derecho, de la ley y de la justicia".

La temida formación de una alianza entre los militares y las masas ocurrió de nuevo durante los años treinta, al terminar la Guerra del Chaco (1932-35). Los coroneles David Toro y Germán Busch estuvieron al frente del país por varios años (1936-40), creando un nuevo tipo de régimen al que llamaron "socialismo militar", mezcla de autoritarismo y medidas socialmente progresistas, consideradas necesarias para la consolidación de la nación en condiciones de atraso, empeoradas por la derrota bélica. Arguedas esperó en un principio que los militares podrían establecer el orden en el país golpeado por la guerra, pero pronto se convirtió en opositor de este tipo de gobierno.

Franz Tamayo (1879-1956), un ensayista y poeta descendiente de las clases altas indias, con muchos años de educación clásica en Europa, fue otro representante de la intelligentsia liberal. Trató de rehabilitar a las razas nativas, condenando la usual ciega imitación de los modelos foráneos, porque "las verdades europeas, por el sólo hecho de atravesar el Atlántico, se convierten en mentiras bolivianas". Su Creación de la pedagogía nacional, que apareció casi al mismo tiempo que el Pueblo enfermo de Arguedas, tiene una perspectiva mucho más constructiva, sosteniendo que "la cuestión central <es> despertar la conciencia nacional, que equivale a despertar las energías de la raza".

Estas ideas lo hicieron popular en círculos progresistas, nacionalistas e indianistas, pero su participación a fondo en la política de las elites le granjeó muchas enemistades. De todos modos, cuando en 1943 una facción autoritaria pero reformista de los militares, la RADEPA (Razón de Patria) llegó al poder, en alianza con el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), se le pidió a Tamayo que dejara su retiro y aceptara presidir la Asamblea Constituyente, mientras sus principales obras eran reeditadas. Sin embargo, nunca estableció relaciones de simpatía con el MNR, y a pesar de habérsele ofrecido la vicepresidencia en 1951, se opuso a las medidas radicales adoptadas por el gobierno revolucionario en 1952.

Los años treinta vieron el nacimiento de un grupo de intelectuales progresistas de orientación nacionalista, como Carlos Montenegro (1903-1953), Augusto Céspedes y Víctor Paz Estenssoro, quienes editaron el diario La Calle (1936-1946), para desarrollar ahí la ideología del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), fundado en 1941. Los pensadores del MNR tomaron libremente de diversas tradiciones intelectuales. Durante la Guerra Civil española apoyaron a los Leales, condenando el fascismo, y se identificaron con valores socialistas. En 1936, durante el gobierno militar del Cnel Toro, Montenegro había formado un partido Socialista, tratando de influir desde adentro al equipo dirigente, que oscilaba entre medidas radicales e involucraciones oligárquicas. Durante la guerra fueron neutralistas, y conmenzaron a cultivar relaciones con los "enemigos de sus enemigos". No se abstuvieron de usar slogans demagógicos contra el ingreso de refugiados judíos, quienes competían con los pequeños comerciantes locales, pero su fama de nazis es una distorsión de sus actitudes.

Sin embargo, al compartir en 1943 responsabilidades ministeriales con la facción RADEPA de las Fuerzas Armadas, participaron de las prácticas de un régimen militar bastante primitivo, ocasionando la reacción de amplios sectores de la opinión pública, desde los tradicionales conservadores y liberales hasta el comunista Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR) dirigido por el distinguido intelectual marxista José Antonio Arze (1904-1955).

En 1946 el Presidente Gualberto Villarroel fue derrocado y colgado de un farol por una muchedumbre furiosa, iniciándose un régimen formalmente liberal y democrático pero bajo estricto control oligárquico, a pesar de su delgada capa de apoyo izquierdista. Con este episodio se iniciaban años de odio y de vendettas entre la izquierda marxista y el nacionalismo popular del MNR, pauta bastante familiar en el continente. Pronto la Argentina proveería otro caso paradigmático.


Paraguay también experimentó una reacción cívico-militar contra los políticos, principalmente liberales, que permitieron que ocurriera la Guerra del Chaco. El Coronel Rafael Franco se rebeló en 1936, aunque duró sólo unos meses al frente del gobierno. Formó el Partido Febrerista Revolucionario, que pareció por mucho tiempo convertirse en el principal partido popular de su país. Esto, sin embargo, no tuvo permanencia, y hoy día el partido casi ha desaparecido de la escena electoral.

La reacción antiliberal, más bien, tomó la forma de un retorno tanto de los civiles como de los militares al viejo cauce de las tradiciones coloradas, inspiradas en el autoritarismo populista de Francisco Solano López, protagonista de la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870). Natalicio González, conocido por su Proceso y formación de la cultura paraguaya (1940), una revisión de la historia nacional que enfatiza las virtudes de una sociedad muy intensamente mestiza, fue uno de los principales teóricos de este partido, asociado a sus elementos más democráticos. Sin embargo, después de un par de décadas de continuos conflictos civiles y militares, el Gral Alfredo Stroessner consiguió ceñirse la capa de heredero del Coloradismo, inaugurando una larga dictadura que también tuvo componentes desarrollistas y populares.

Despues de la deposición de Stroessner en 1988 el partido Colorado continúa como mayoritario, con la oposición de los Liberales, más anclados en las clases medias y altas, y de una Izquierda que no consigue salir de los límites de la ciudad de Asunción. Los Colorados están tratando de liberarse de la imagen de sostén del régimen del dictador depuesto, aunque siguen teniendo en su seno una facción que le es leal. Tienen otra minoría claramente orientada a los valores de la democracia, mientras que su mayoría está ubicada en un centro pragmático que exhibe sus blasones "tradicionalistas".


En un lugar muy distante del continente, el Caribe, los años veinte y treinta también presenciaron la emergencia de elites con una combinación de ideas nuevas y tradiciones nacionales. En Haití una generación de clase media educada, docentes e intelectuales negros estaba adquiriendo un sentimiento de orgullo étnico, rechazando los intentos de los mulatos por imitar las pautas culturales francesas. Desarrollaron una versión temprana de la négritude, expresada por el grupo de Les Griots. Uno de sus miembros fue François Duvalier (1907-1974), con quien el destino urdiría una de sus más trágicas tramas. Coautor con Lorimer Denis de Le problème des classes sociales à travers lhistoire dHaiti (1948), en su tiempo muy celebrado opúsculo, comenzó su carrera política con la rebelión democrática de 1946, que permitió la expresión de una amplia gama de fuerzas progresistas y populares, inaugurando una década de vigencia de libertades públicas.

Este proceso fue el equivalente del que en 1933 se produjo en Cuba, y del cual emergió Duvalier, como Batista, tratando de imponer orden en una situación muy convulsionada, usando una mezcla de apelaciones populares y represión de actividades estudiantiles y sindicales. Otro miembro de esa generación fue Leslie Manigat, activo también en el ámbito académico, a quien le correspondió ejercer brevemente la presidencia en la etapa post duvalierista.


En el Caribe inglés, en cambio, la intelligentsia adoptó masivamente la ideología marxista. En Trinidad Eric Williams estableció su reputación con un libro sobre Capitalismo y esclavitud (1944). Estrechamente conectado en un comienzo con el partido Comunista, evolucionó luego hacia posiciones más independientes de tipo nacionalista popular, y consiguió establecer un sólido régimen democrático en Trinidad y Tobago. En cuanto a Guiana, no había allí una figura intelectualmente comparable, y la masa de la población estaba muy fuertemente dividida entre una mitad de origen africano y otra de la India, dirigidas respectivamente por Forbes Burnham y Cheddi Jagan. Jagan intentó establecer un gobierno marxista-leninista, pero fue derrocado por una intervención británica, y desde entonces Burnham emergió como el más sólido dirigente nacional, al frente de la comunidad negra, gobernando con marcados elementos de autoritarismo.

Del nacionalismo al populismo

Durante los prósperos años veinte la Argentina no experimentó la agitación de tipo tenentista que cundía en Brasil y Chile. Una corriente nacionalista existía en las Fuerzas Armadas, pero ella tomó formas más decididamente conservadoras. El nacionalismo había sido alimentado, en buena parte, en la reacción ante la inmigración europea, por parte de elites y de intelectuales que la veían como fuente de anomia y de decadencia cultural capaces de generar condiciones de revolución social.

Ricardo Rojas (1882-1957), con su La restauración nacionalista y Eurindia, indicó la necesidad de retornar a las tradiciones nativas -- o españolas -- incluyendo la integración de la cultura indígena. Inspirado en esas ideas escribió un drama, Ollantay, basado en una antigua tradición incaica. Manuel Gálvez (1882-1963), un novelista que ponía sus ideas en boca de sus personajes, estaba más en sintonía con el fascismo europeo. La biografía que escribió de Hipólito Yrigoyen lo destaca no tanto como demócrata, sino como dirigente de masas, al estilo de Mussolini. Leopoldo Lugones (1874-1930), poeta ampliamente reconocido en su país, evolucionó desde su temprano anarquismo hacia posiciones liberales, para luego adoptar actitudes autoritarias, que proclamó en 1924, en un discurso pronunciado en la celebración americana de la batalla de Ayacucho, cuando anunció que había llegado "la hora de la espada". Algunos conservadores liberales de cuño más tradicional, como Lucas Ayarragaray (1861-1944), le respondieron que el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario sembrar alarma, pero mucha gente siguió las ideas de Lugones. En la Izquierda también crecía un fermento nacionalista, con colores latinoamericanistas, como en Manuel Ugarte (1878-1951), que había adquirido fama con su El porvenir de América Latina (1911). Rompió tempranamente con el partido Socialista de la Argentina, demasiado poco preocupado por el dominio norteamericano en el continente, y continuó con una activa prédica antiimperialista, hasta que en sus últimos años adhirió al peronismo.

Ante el entusiasmo popular generado por la segunda presidencia de Yrigoyen (1928-1930), y algunas medidas económicas poco apreciadas por las sectores empresarios internacionales, los preparativos de un golpe arreciaron, hasta estallar en setiembre de 1930, inaugurando una larga etapa de 50 años de pretorianismo de masas e inestabilidad. Julio y Rodolfo Irazusta, desde las páginas de La Nueva República (1927-1931), contribuían a la creación de una nueva ideología para una clase dirigente resucitada, capaz de unificarse, primero a sí misma, y luego al resto de la sociedad bajo su liderazgo. Buscaban inspirarse en la vida e ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, una mezcla de conservadorismo tradicional y populismo, inmune a excesivos pruritos constitucionales. Esa generación de nacionalistas, en general identificados tanto con Rosas como con los regímenes fascistas, incluía a Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, Virgilio Filippo y Manuel Fresco, gobernador de Buenos Aires (1936-1940) ducho en colocar votos en las urnas cuando los electores no lo hacían de propia voluntad. En principio deseaban renovar al partido conservador (denominado Demócrata Nacional), para sensibilizarlo a la temática de la justicia social y a la necesidad de integrar a la clase obrera.

Al mismo tiempo un grupo de pensadores católicos se reunía en la revista Criterio, dirigidos por Monseñor Gustavo Franceschi. La renovación de las ideas católicas merecía primordial atención en esta revista, y se exploraban alternativas desde el falangismo a una democracia liberal con sensibilidad social, rechazando en general las formas más extremas del totalitarismo. De manera más tecnocrática, Alejandro Bunge (1880-1943), en su Revista de Economía Argentina y varios libros muy influyentes, estudiaba las posibilidades de renovación económica, promoción industrial, integración con los países vecinos, y legislación de tipo social cristiano.

La Unión Cívica Radical, después de su derrocamiento en 1930, se había reorganizado bajo la conducción moderada de Marcelo T. de Alvear. El ala "antipersonalista" (o sea anti-Yrigoyen) del partido se había separado ya desde 1924, y cooperó luego con los Conservadores y los Socialistas Independientes apoyando al golpe de 1930. Como reacción contra este contubernio se creó el grupo FORJA, una usina ideológica inspirada por Arturo Jauretche, un prolífico escritor dedicado a la revisión de la historia argentina y a la incorporación de elementos nacionalistas a la ideología radical, rechazando las tendencias internacionales de la intelligentsia local.

De todos modos, la mayor parte del público ilustrado siguió en la orientación liberal moderadamente de izquierda de pensadores como Alejandro Korn (1860-1936), empeñado en contrarrestar el credo positivista de una generación anterior, o Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), quien en su Radiografía de la pampa (1933) dio una visión muy pesimista de las características intelectuales del país. Martínez Estrada lamentaba la muy difundida falta de aceptación de los aspectos reales del país, con las que era necesario reconciliarse, porque, contrariamente a lo que creía Sarmiento, "civilización y barbarie son una y la misma cosa". A medida que avanzaba la "década infame" las esperanzas de un mayor número de gente se concentraban en la experiencia soviética. Aníbal Ponce (1898-1938), un discípulo del Ingenieros tardío (que había visto con simpatía las nuevas experiencias del Este) fue su principal figura, que intentaba integrar el humanismo con la conciencia de clase, en obras como Humanismo burgués y humanismo proletario, y Educación y lucha de clases (1936).

Cuando los militares golpearon de nuevo en 1943 ya existían, por lo tanto, los elementos ideológicos, internacionales o latinoamericanos, para ser mezclados de manera explosiva por un individuo o una elite creativos. Detrás de estas posibles combinaciones estaba la necesidad de proteger a la creciente industria, que se había robustecido durante los años treinta, y luego bajo la protección inducida por la guerra. Los militares, por sus propias razones, deseaban asegurar la continuidad del proceso durante los previsiblemente difíciles años de la posguerra. Había un temor de que después del conflicto bélico se sufriera una catástrofe, si no se adoptaban políticas económicas radicalmente innovativas. Una continuación del gobierno conservador, con sus prioridades claramente colocadas en el agro, era vista por muchos como amenazante no sólo para la prosperidad de los industriales, sino también para la estabilidad de la nación. Se temía a la desocupación como fuente de agitación social, a la que añadirían combustibles los inmigrantes europeos endurecidos por la experiencia bélica. Un verdadero Gran Miedo atenaceó a importantes sectores de las clases dirigentes, estimulado por los militares, convencidos de que quien ganaba las guerras era el "General Industria".

Juan Domingo Perón (1895-1974) fue el principal intérprete de estos sentimientos de alarma, que con el beneficio de la perspectiva del tiempo trascurrido pueden parecer injustificados, ya que después de la guerra el país experimentó, lejos de condiciones revolucionarias, sus más prósperos años, con un movimiento obrero claramente cooptado, y una Izquierda desarticulada. De todos modos, la misma existencia de un fenómeno como el 17 de Octubre (1945), con masas exasperadas, concentrándose en la ciudad con poco o ningún control de una dirigencia establecida, era vista por muchos como un anticipo de la revolución social. Perón, cierto es, podía controlar a esas masas, pero ¿qué pasaría si él perdía el timón, o entraba en crisis, o se dejaba llevar por esas mismas masas que pretendía dirigir?

Para la Izquierda y la intelligentsia liberal resultó muy difícil, si no imposible, encarar adecuadamente la situación. Aparte de la bien conocida admiración de Perón por Mussolini, varios connotados simpatizantes de la Derecha autoritaria ocupaban posiciones destacadas en el gobierno. Habiendo ya salido a luz las atrocidades de las potencias del Eje, era muy difícil para gente sensitivizada políticamente el aliarse, o llegar a entendimientos con el "fascismo desarrollista". Cierto es, algunos decían que los políticos latinoamericanos deberían concentrarse en sus propios problemas, evitando evaluaciones excesivamente europeístas. ¿Pero era realmente posible hacer esto en aquel entonces?

De todos modos, entre los sindicalistas menos preocupados por la ideología, especialmente los más jóvenes, la decisión de colaborar con el brillante Secretario de Trabajo y Previsión era vista como preferible al retorno a un gobierno conservador, juzgada como inevitable si el nuevo movimiento popular en gestación fuera abortado.

Entre los activistas partidarios y los intelectuales también algunos dieron el salto, desilusionados de la "democracia formal". Este fue el caso de la mayor parte de los miembros de FORJA, dirigidos por Arturo Jauretche, y de algunos marxistas, especialmente de inclinación trotskista, así como de otros que daban peso a las consideraciones "nacionales" en su manera de pensar.

Perón, mediante una serie de libros, artículos y discursos, elaboró una teoría política cuyo principal énfasis estriba en la comunidad organizada, una adaptación de prácticas sociales pluralistas a un contexto en que la experiencia asociativa está menos arraigada, y por lo tanto un elemento corporativista puede ser empleado para consolidar las instituciones. Para asegurar la paz social también consideraba necesario que se diera un liderazgo firme, para compensar las tensiones generadas por un programa de industrialización, crecimiento acelerado, y distribución, todo a la vez. Igualmente planteaba la presencia de un Estado planificador, incluyendo nacionalización de ciertos servicios públicos, aunque su administración fue un fiasco, debido en parte a la falta de sólido apoyo en la comunidad tecnológicamente capacitada, en su gran mayoría antiperonista.

La mayoría de los intelectuales nacionalistas conservadores había apoyado al régimen militar de 1943-1946, especialmente durante sus primeros tramos, y tenía diversos grados de simpatía hacia Perón. Algunos lo abandonaron al observar lo que consideraban sus excesos demagógicos, que erosionaban el respeto a las jerarquías sociales que ellos tanto valoraban como cura de los males argentinos. Sin embargo, suficiente número de entre ellos siguió apoyando al peronismo, dándole una característica cultural que lo marcó por décadas.

En el ámbito intelectual el peronismo se convirtió en tema central de muchos análisis sobre la problemática argentina. José Luis Romero (1909-1977), en Las ideas políticas en la Argentina (1946), contraponía la tradición liberal ilustrada y aristocrática, con la corriente de la democracia inorgánica, que veía encarnada en el siglo pasado en los caudillos federales y finalmente captada por la autocracia rosista. Esta categoría de "democracia inorgánica" parecería ser bien aplicable al peronismo, y ésa era la interpretación de los nacinalistas de derecha o de izquierda, usando la palabra democracia con cierta latitud, por supuesto. Romero, sin embargo, clasificó al peronismo en una tercera categoría, o ciclo histórico, el del fascismo, convirtiéndolo por lo tanto en ajeno a las tradiciones nacionales.

Hacia la misma época el sociólogo Gino Germani (1911-1979) elaboraba una visión alternativa del peronismo, como siendo una forma peculiar de nacionalismo popular (un concepto cercano al de democracia inorgánica), capaz de incorporar a los estratos populares, pero contrapuesto al fascismo en cuanto al tipo de apoyo que consiguió, y en ser mucho menos represivo. Los conceptos de Germani acerca del peronismo estaban insertos en un esquema básicamente evolucionista sobre el cambio social en América Latina, que daba por sentado que a la larga el crecimiento económico consolidaría a los estratos medios y haría más posible un régimen democrático.

Germani veía a la secuencia histórica típica de los países del área como yendo desde los tempranos regímenes autoritarios unificadores de la nación, hacia formas más modernas, con participación primero restringida y luego ampliada, hasta convertirse en masiva. Pero subdividía a esta última etapa en dos caminos alternativos, o sea, el de la democracia liberal, y el de la movilización populista bajo liderazgo carismático. Cuando las condiciones sociales hacían crecer muy súbitamente el número de gente que aspiraba a participar, una gran masa "disponible" se creaba, haciendo el camino nacionalista popular más probable que el liberal democrático.

A pesar de su evaluación claramente negativa del fenómeno que analizaba, Germani fue uno de los primeros, en la izquierda liberal, en señalar la diferencia entre fascismo y peronismo, de tal manera facilitando la reconciliación eventual de la nueva generación con ese movimiento. Al avanzar la década de los sesenta, gran cantidad de jóvenes, tanto en círculos políticos como científicos, reconsideraron su anterior oposición, fascinados en mayor o menor grado por la experiencia populista, a la que vieron como un mal necesario, y pronto un ingrediente indispensable, de toda política progresista en el continente.

Replanteos en la Izquierda: populismo y revolución social

En varios otros países de América Latina algunos militares también se proponían emular el milagro peronista, o sea: una combinación de gobierno firme, crecimiento industrial, humanización del capital, y cooptación del sindicalismo. Manuel Odría lo trató en Perú (1948-56), pero fracasó, y fue derrocado después de perder el apoyo de los conservadores, alarmados ante las consecuencias no necesariamente premeditadas de lo que estaba tratando de hacer. Lo mismo intentó Gustavo Rojas Pinilla en Colombia (1953-1957), secundado por el intelectual socialista Antonio García, y por muchos antiguos Gaitanistas, que veían una oportunidad para romper el predominio de la oligarquía bifronte de Conservadores y Liberales. García sintetizó sus ideas en un ensayo, Gaitán y el problema de la revolución colombiana (1955), explicando su propio programa de reformas sociales bajo conducción autoritaria. Sin embargo, a Rojas le pasó lo mismo que a Odría, pues se enajenó a la clase alta sin conseguir movilizar a fondo a las masas, aún cuando su partido consiguió una respetable representación electoral por unos cuantos años, después de lo cual desapareció del mapa.

En Brasil la Izquierda también se reconcilió con Vargas, especialmente después de su suicidio en 1954. La evolución intelectual del antiguo dictador había acompañado, en muchos sentidos, el drama de su generación. Había comenzado como integrante un poco periférico de la elite política de Rio Grande do Sul, formado en la escuela positivista de Júlio de Castilhos y de Borges de Medeiros, quienes habían pensado que su estado podía evitar la suerte caótica de las vecinas repúblicas si conseguía consolidar instituciones progresistas bajo un gobierno firme con la menor participación popular posible. Durante su primer y largo período de gobierno a nivel nacional (1930-1945) Vargas se rodeó de los tenentes y de otros desarrollistas autoritarios, y se fue acercando al modelo mussoliniano. Pero más adelante siguió la corriente de los tiempos, y se definió a favor de una forma nacional de socialismo, y esta vez no había confusión con la perimida variedad germánica. Eran los años en que parecía que el populismo finalmente se volvería revolucionario, como inevitabe resultado de su base social.


La Revolución Cubana tuvo, lógicamente, un inmenso impacto en la Izquierda y entre quienes se identificaban con el hemisferio popular de la política. En la Argentina el derrocamiento de Perón en 1955 había ocasionado, ya, serias reconsideraciones. Ahora se veía a la "democracia formal" con sospechas, mientras que empalidecían los casos de violación de libertades públicas por el régimen de Perón, ante su capacidad de representar la voluntad popular. Aún intelectuales de derecha, como el filósofo Carlos Astrada, evolucionaron desde sus preferencias fascistas hasta una aceptación de las más radicalizadas formulaciones del marxismo.

Amplios sectores de la Izquierda adoptaron tácticas violentas y se unieron al peronismo, generando dentro de él la Juventud Peronista y el movimiento armado Montonero, y afuera pero en alianza, el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo. John William Cooke, un peronista con antecedentes forjistas, expresó esta mutacion ideológica, que tenía como inspiradores a la tríada de Perón, Mao Tse Tung y el Che Guevara.

La alianza entre el principal movimiento popular del país y las formaciones guerrilleras, que duró desde por lo menos 1969 hasta 1973, creó una enorme fuerza social, que logró imponérsele al régimen militar, obligándolo a conceder elecciones libres. Una vez que esa heterogénea coalición popular llegó al poder (1973), se imponía dirimir internamente la hegemonía. El cuerpo principal de los peronistas, anclado en los sindicatos y apoyado por la pequeña pero influyente extrema derecha que también operaba dentro del movimiento, finalmente expulsó a los Montoneros y otros izquierdistas, iniciando una sangrienta persecución, luego completada por el nuevo régimen militar que se impuso de 1976 a 1983. Esta lucha interna tuvo importantes consecuencias, pues desde entonces el peronismo no ha gozado de simpatía entre los grupos de izquierda.


El impacto ideológico de la Revolución Cubana también se dejó sentir en el Brasil, donde fue responsable de la radicalización del gobierno de Joao Goulart (1961-1964). Goulart llegó al poder de manera inesperada, debido a la renuncia del Presidente Jánio Quadros. Una guerra civil se preparaba, pero se la evitó por un pacto que introdujo el sistema parlamentario, para reducir a la nulidad los poderes de Goulart. Debido a las características del electorado brasileño y de sus partidos políticos, el Congreso en general era marcadamente conservador. Esta parlamentarización de Joao Goulart se convirtió en una experiencia paradigmática para el pensamiento político brasileño y latinoamericano.

Tradicionalmente, se había visto al ejecutivo fuerte como un recurso de la Derecha, contra un eventual dominio del Congreso por una combinación de partidos políticos que podían ir del centro hasta la izquierda. Ahora, en cambio, con un electorado semi movilizado, parecía evidente que un ejecutivo fuerte, si podía ser capturado por un líder progresista, nacional y popular, potencialmente revolucionario, se convertiría en palanca de cambios sociales radicales. Parecía que las masas, en su presente estado, sólo podían ser estimuladas a la acción, dejando de lado su secular sueño, por un dirigente carismático, que se convirtiera en vehículo de sus esperanzas. Esas mismas masas, cuando tenían que votar por legisladores, o aún gobernadores estaduales, eran capaces de dar sus preferencias a notables locales.

Aún en países con un electorado más movilizado, o con mayor experiencia cívica, el descrédito de que entonces era objeto la "democracia formal" llevaba a muchos analistas a interpretar cualquier sistema de equilibrio de poderes como una serie de artimañas destinadas a distorsionar la volonté générale. Se pensaba incluso que esa voluntad popular se expresaba mejor en la plaza, en diálogo simbólico con el líder, que en las complejidades de las elecciones y los comités parlamentarios.

De hecho, las masas, bajo la conducción de una adecuada elite, podían fácilmente transformarse en una amenaza para el sistema existente de dominación social. Al fin y al cabo, los mismos autores de los Federalist Papers tenían algo de este tipo en mente cuando proponían una serie de checks and balances estaduales y federales como barrera contra los entusiasmos populares. El pensamiento político latinoamericano clásico estaba lleno de semejantes reflexiones, basadas en los conflictos, ya corrientes en el siglo XIX, entre el liberalismo conservador y el cesarismo popular. Ahora el componente popular del cesarismo era mucho más contundente, y podía ser interpretado como promotor, a pesar de sus intenciones, de la subversión izquierdista.

El parlamentarismo, entonces, era visto como una forma de resistencia conservadora contra los cambios, lo que se convirtió casi en ua segunda naturaleza para toda una generación de politólogos en el área. Cierto es, el uso de la presidencia para impulsar cambios radicales estaba lleno de peligros de tipo autoritario, pero éstos eran subestimados cuando se difundía tanto la admiración por los resultados prácticos de las dictaduras desarrolistas, de cuño comunista o nacionalista del Tercer Mundo.

En el Brasil, Goulart, después de tascar el freno por un tiempo, organizó una campaña para que un referendum constitucional readoptara el presidencialismo. Consiguió éxito, y de esta manera volvió a estar al frente de todos los poderes de la Primera Magistratura, con un muy radical programa de cambios sociales (1963). Guerreiro Ramos fue uno de sus principales ideólogos. Había participado en el Instituto Superior de Estudos Brasileiros (ISEB), un think-tank semi oficial creado por el Presidente Juscelino Kubitschek (1956-1961), donde se había reunido un notable grupo de pensadores y técnicos. Pronto la institución se dividió, viéndose obligado Guerreiro Ramos a abandonar su puesto, en busca de ambientes más revolucionarios.

Entre quienes se quedaron, Hélio Jaguaribe tomó una posición moderada, que había estado fundamentando, con otros colegas, desde las páginas de los Cadernos de nosso tempo (1951-1954) y varios libros. Ahora Jaguaribe elaboró un esquema ideológico para la prolongación de las políticas desarrollistas iniciadas por Kubitschek, que fueron caracterizadas como "neobismarckianas", o sea, orientadas hacia la consolidación de un capitalismo fuertemente industrial, capaz de integrar a las masas mediante programas de bienestar social, dentro de los límites de la democracia liberal. Este régimen neobismarkiano, o de integración multiclasista, era visto como más efectivo, en las condiciones locales, que la pauta europea de división partidaria según clases. Esa división de clases, reflejada en el espectro partidario, aún cuando fuera la base de la democracia en las sociedades avanzadas, podia convertirse en una influencia debilitante, y fuente de luchas civiles y estancamiento económico en los países de la periferia. El problema era que las condiciones del Brasil no permitían, en ese momento, la reproducción del esquema kubitschekiano, sino que generaban una gran polarización social.

Guerreiro Ramos, pensando que se estaba creando una situación pre-revolucionaria, publicó Mito e verdade da revoluçao brasileira (1963), con el objetivo de que llegara a ser la guía política de la presidencia de Goulart. Rechazando el marxismo-leninismo, condenaba también un excesivo apego a los criterios evolutivos y desarrollistas, según los cuales siempre se negaría que el momento había llegado para implementar las grandes transformaciones. Contra el economismo sostenía la prioridad de la indignación moral como fuente de reclutamiento de la elite, que debería estar convencida de que el régimen existente estaba moribundo, y que el estallido revolucionario sería un acto de la libre voluntad.

Darcy Ribeiro, un antropólogo que había trabajado mucho entre los indios brasileños, formaba parte también del entorno de Goulart. Combinó un enfoque básicamente marxista con elementos tomados de las varias tradiciones culturales latinoamericanas, creando una visión del mundo que tuvo mucha influencia en círculos intelectuales. Sintomáticamente, el compendio de sus tesis, publicadas en el exilio con el título de El dilema de América Latina (Mexico, 1971), fue dedicado a los "jóvenes coléricos". Combinada con la teoría de la dependencia y el fermento del Mayo parisino de 1968, se convirtió en base de las actitudes confrontacionistas en todo el continente.

El golpe militar de 1964, que vino como reacción ante la agitación de aquellos años, ejemplificó una especie de profecía autocumplida acerca de la inutilidad de la democracia liberal para la producción de cambios importantes en la estructura de la propiedad. Así, pues, muchos de aquellos que habían visto a Goulart como la última oportunidad del sistema capitalista de reformarse a sí mismo, interpretaron su fracaso como predeterminado por la dependencia en que se estaba de los centros mundiales de poder.


Para los reformistas más moderados México señalaba una vía alternativa. Después de los caóticos primeros veinte años de la Revolución, se estableció un partido sólido, capaz de integrar a la mayor parte de la clase media moderna y a las fracciones principales de los campesinos y obreros. Esta alianza se orientó más hacia la izquierda durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940), aunque su sucesor realizó un vuelco pendular hacia la derecha, anudando mejores vínculos con los empresarios industriales y comerciales, en gran parte creación del régimen.

La ideología de la revolución, canalizada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernante, era una mezcla de varias corrientes que competían entre sí. Una cierta forma de marxismo fue por décadas la base del discurso oficial en el área cultural. Desde esta perspectiva Jesús Silva Herzog (1893-1985) escribió una muy difundida Historia de la Revolución Mexicana, interpretada como un hecho de los campesinos y los obreros, desenfatizando el rol de la clase media, que quedaba reducido simplemente a ser la proveedora de intelectuales y dirigentes políticos, sin rol clasista propio. También dirigió Cuadernos Americanos, por décadas un órgano muy influyente del pensamiento izquierdista de la región.

De manera parecida, Luis Chávez Orozco (1901-1966) hurgó en los archivos, desde los tiempos coloniales al siglo XIX, dejando una masiva contribución a la investigación científica, y promoviendo el interés por la historia nacional como base de toda construcción ideológica. Leopoldo Zea, asiduo colaborador de Cuadernos Americanos, buceó en la filosofía latinoamericana y en el sentido de identidad de la región, comenzando con un arreglo de cuentas con la tradición positivista.

Por otra parte, el evangelio revolucionario debía ser llevado a los indios, y esto generó una amplia tarea arqueológica y antropológica, muy apoyada por el Estado, de la que emergió una ideología indigenista. Manuel Gamio (1883-1960) dirigió el impresionante trabajo de campo publicado como La población del Valle de Teotihuacán (1922). En sus posteriores Consideraciones sobre el problema indígena (1948) resumió sus enfoques, básicamente orientados a rehabilitar a las razas nativas a través de su incorporación a la sociedad mexicana. Esto implicaba la gradual adopción del idioma español, así como una fusión tanto étnica como cultural.

Parecidas actitudes fueron adoptadas por Miguel Othón de Mendizábal (1890-1945), y estaban destinadas a ser condenadas como limitadas, incluso limítrofes con el "etnocidio", por una nueva generación que quería asegurar un rol más autónomo para las culturas aborígenes. Guillermo Bonfil Batalla expresó estos puntos de vista en su México profundo: una civilización negada (1987), y publicó, como ejemplo de la nueva actitud, varios escritos políticos de los mismos indios, en un volumen colectivo titulado Utopía y revolución: el pensamiento político contemporáneo de los indios en América Latina (1981).

Dentro de lineamientos más liberales Daniel Cosío Villegas (1898-1976) continuó el esfuerzo de redescubrir la historia nacional, lanzando un trabajo colectivo de muchos volúmenes, que cubría desde la presidencia de Juárez hasta el fin del Porfiriato. Fue uno de los creadores del Colegio de México, la institucion de enseñanza e investigación fundada en 1940 con la colaboración intelectual de muchos refugiados españoles.

Otro historiador, Jesús Reyes Heroles (1921-1985), también combinó su oficio con el de político. Su Historia del liberalismo mexicano (1957-1961) buscó las raíces de la ideología del partido oficial en el liberalismo radical del siglo anterior. Como presidente del PRI trataría luego de introducir elementos de democracia en el sistema político, promoviendo una reforma de las leyes electorales para asegurar un lugar para la oposición.

El poeta y ensayista Octavio Paz, ganador del Premio Nobel, intentó también revisar la consagrada ideología revolucionaria, y bucear en el alma mexicana en El laberinto de la soledad y muchos otros escritos políticos. Su periódico Vuelta consiguió una amplia audiencia entre un público que cada vez más era capaz de superar sus reacciones de piel contra las heterodoxias que ahí aparecían, incluyendo la condena común a los autoritarismos, tanto de derecha como de izquierda.

Desde los cincuenta a los setenta México fue un ejemplo de rápido crecimiento eonómico, similar en ese sentido al Brasil, pero con un sistema político mucho más sólido, que se perfilaba como la más cercana aproximación al modelo neobismarckiano de Jaguaribe. A pesar de la corrupción reinante, y de la poca fidelidad con que se contaban los votos, el partido oficial parecía contar con una verdadera mayoría en la población. Sin embargo, la oposición radical, especialmente entre los grupos estudiantiles, sindicales y campesinos, era tratada muy rudamente.

¿Podía entonces esto llamarse democracia? Pablo González Casanova, en La democracia en México (1965), concluyó que ésta era la forma de aproximarse a ese ideal, y de avanzar hacia una revolución "democrático burguesa", la única posible dadas las circunstancias. En trabajos posteriores evolucionó hacia una crítica más contundente del régimen, al que veía hacerse cada vez más rígido y represivo, pero mantuvo su convicción de que era posible introducir cambios dentro de la legalidad, debido en buena parte a la existencia de sectores progresistas en el partido gobernante.

Por décadas la Izquierda había estado dividida sobre si formar su propio partido político, o trabajar "desde adentro" del PRI, tratando de controlar a ese mamut desde arriba, mediante una estrategia maquiavélica basada en una elite muy sólidamente entrenada, y bien ubicada como asesora del presidente. Esta estrategia de hecho contribuía al crecimiento del partido oficial, a través de la cooptación y absorción de sucesivos grupos de intelectuales disidentes, que a menudo conseguían posiciones de poder, e implementaban algunas reformas importantes, aunque lejos de sus sueños iniciales.

En 1988 el escenario cambió, por la ruptura de Cuauhtémoc Cárdenas con el oficialismo, y su posterior alianza con los grupos marxistas, a la que aportó elementos de nacionalismo popular y de experiencia gubernamental. El sistema partidario parece orientarse hacia una división tripartita, pues en la derecha el Partido de Acción Nacional (PAN) continúa consolidándose, al modernizar su ideología, dejando atrás el bagage poco servible de su catolicismo preconciliar, y adoptar criterios liberales en política y "neoliberales" en economía. Por otra parte, el reto ha estimulado al PRI a reorganizarse, buscando legitimizarse a través de elecciones limpias. En la extrema izquierda, el movimiento zapatista, basado en la población india del sur, y orientado a la lucha armada, constituye por el momento una incógnita en cuanto a su trascendencia fuera de la pequeña zona en que se ha arraigado.

Nuevas ideologías en elaboración

La teoría de la dependencia, desde el final de los años sesenta, había estado cuestionando los planteos de la ciencia social dominante, que venía del Norte. Argumentaba que la asimetría en las relaciones internacionales de poder hacía prácticamente imposible para los países de la periferia el desarrollarse de manera autónoma. Sin embargo, el principal libro en que se expuso esta línea de pensamiento, de Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, fue significativamente titulado Dependencia y desarrollo (1969), y debía mucho al trabajo pionero de Florestán Fernandes, quien a partir de un interés en el funcionalismo se reorientó en dirección marxista. Dependencia y desarrollo planteaba una tesis que se perfilaba como polémica con la que estaba entonces más en boga, elaborada entre otros por Celso Furtado (A pre-revoluçao brasileira, 1963), según la cual la dominación imperialista no daba lugar para el desarrollo en los países del Terrcer Mundo.

Las implicaciones revolucionarias de esta afirmación eran obvias, pues el crecimiento demográfico y el aumento en la educación, bajo condiciones de estancamiento económico, no podrían menos que estimular agudas tensiones en varios niveles de la pirámide social. Cardoso y Faletto argumentaban, en cambio, que el desarrollo podía ocurrir, pero en condiciones de rígida dependencia, no sólo económica sino política y social, ejemplificadas con el régimen militar entonces vigente en Brasil.

Las consecuencias políticas que se derivaban del libro no eran evidentes. Para quienes estaban dispuestos a aceptar el precio de un sistema autoritario y una dominación internacional, con tal de conseguir el desarrollo económico, podía no haber problema. La mayor parte de los lectores, sin embargo, valorizaban la autonomía nacional y las reformas sociales, incluyendo elementos de socialismo, demasiado altamente como para aceptar esa salida. Pero la teoría, al sobreenfatizar el poder de los factores internacionales, de hecho subvaloraba el rol de la capacidad de maniobra política, representada por los dirigentes reformistas de diverso cuño.

Otras versiones del enfoque dependentista, en autores como André Gunder Frank o Theotonio dos Santos, planteaban un escenario mucho más negro, pronosticando un aumento de la pobreza, o el "desarrollo del subdesarrollo". Esta versión dejaba sólo una puerta abierta para muchos miembros de la nueva generación: la lucha armada.


En Chile, después de la pequeña mayoría relativa alcanzada por la Unidad Popular de Salvador Allende (1908-1973) en 1970, con un Congreso controlado por la oposición, una nueva experiencia paradigmática iba a vivirse. De nuevo resultó que la Presidencia se convertía en la principal esperanza de quienes exigían cambios radicales. A pesar de la persistencia de algunos enclaves de conservatismo rural, en Chile tanto la Derecha como el Centro eran mucho más modernos que en Brasil. Esto no fue percibido por los dirigentes de la Unidad Popular, que en su mayoría creían que la Derecha no tenía lugar legítimo en una verdadera democracia, y por lo tanto estaba destinada a desaparecer una vez que la ilustración llegara a las masas. Allende y varios de sus asesores eran bastante pragmáticos, pero la mentalidad de muchos militantes y de prominentes ideólogos no estaba preparada para las negociaciones y equilibrios necesarios en un programa de reforma social cuando no se poseía una clara mayoría.

En 1971 Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, inspirada en Les damnés de la terre (1961), de Franz Fanon, se convirtió en un best seller, y en la Biblia del cambio social radical, basada en una lectura muy dramática de la historia del continente. Cuba era el modelo, la democracia liberal a lo sumo una etapa transitoria hacia ese ideal.

Un amplio sector de la intelligentsia de la región buscaba frenéticamente alternativas al empantanamiento típico de un régimen constitucional liberal demasiado lleno de controles y bloqueos como para cambiar. Muchos llegaron a la conclusión de que en algún momento un golpe de mano, si no una revolución, era necesario para acelerar el tempo histórico. Esto podía tomar dos formas, a saber, el uso pleno de las facultades presidenciales, aún cuando constitucionalmente dudosas, o, eventualmente, un complot para usar a un sector de los militares para desencadenar un golpe progresista.


Perú mostraba el camino, en este tema. En 1968 los grados militares más altos, especialmente los ligados a la inteligencia y contrainsurgencia, habían derrocado al muy moderadamente reformista y desacreditado Fernando Belaúnde Terry. Según parece, en sus esfuerzos por aniquilar a la guerrilla, muchos jefes de las Fuerzas Armadas se habían convencido de que la única forma de hacerlo era a través de un conjunto de reformas radicales. El régimen que establecieron, dirigido por el General Juan Velasco Alvarado (1968-1975) no se planteó la realización de elecciones, y no toleraba la existencia de partidos políticos. Más bien, prohijaba la expresión más o menos espontánea de demandas populares, filtradas desde las bases en barriadas, sindicatos, comunidades de fábrica, cooperativas, y otras organizaciones semejantes. Al mismo tiempo, se expropriaron las grandes haciendas, productivas o no, se nacionalizaron las compañías extranjeras, sobre todo en la minería, se estructuró a las empresas industriales de tal manera que una parte de las ganancias fuera a la comunidad de sus trabajadores, hasta que éstos adquirieran el 49% de la propiedad, y la prensa nacional fue expropriada y entregada a organismos populares o a grupos de periodistas.

Este paquete era difícil de interpretar teóricamente, pero contó con bastante simpatía entre los activistas de izquierda o populistas. La mayor parte de la intelligentsia, tanto en el Perú como en el resto de América Latina, se sintió irresistiblemente atraída hacia este modelo, que parecía ser más realista que el cubano, por la simple razón de que los militares lo podían apoyar.

El hecho de que las elecciones no figuraran en su cronograma no antagonizaba a demasiada gente, más bien al contrario, era visto como expresión de autonomía intelectual ante los paradigmas europeos, que la teoría de la dependencia había ensañado a desdeñar. La expropriación de la prensa era vista como una medida necesaria contra la abusiva libertad de empresa, no contra la libertad de prensa, que nunca había existido y que ahora florecería como resultado de un pluralismo de raíces populares.


En la República Dominicana Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), estaba desarrollando al mismo tiempo una estrategia alternativa a las de la democracia liberal y de la dictadura del proletariado. Después de décadas de lucha contra Rafael L. Trujillo, asesinado en 1961, había llegado a la presidencia con un programa de cambios radicales. Su partido tenía un fuerte apoyo popular, pero sin suficientes anclajes, según su propia estimación, entre las clases medias. La juventud de las clases medias había sido ganada por ideas fidelistas, aunque sin abandonar sus contactos de familia entre los estratos más acomodados, lo que les quitaba credibilidad. Bosch pensaba que su país necesitaba una revolución, pero del tipo de la de Grau San Martín, no Fidel Castro. Aún eso no era posible, pues al PRD le faltaban elementos dirigentes de clase media, que son los que hacen las revoluciones.

La presidencia de Bosch fue cortada por una intervención armada, pronto sucedida por un corta ocupación norteamericana (1965). Las siguientes elecciones dieron, sorprendentemente, la mayoría a un estrecho colaborador del asesinado gobernante, Joaquín Balaguer, quien desde entonces ha vuelto repetidamente al poder, alternándose con el PRD.

Bosch, sin embargo, se separó del partido que había creado, como resultado de sus amargas elucubraciones acerca de la viabilidad de la democracia bajo condiciones caribeñas. Su argumentación se expresó claramente en el título de un libro publicado en 1970, El próximo paso: dictadura con respaldo popular. Esta dictadura debería garantizar los derechos cívicos, y dar campo para que la gente se pudiera expresar, pero no a través de elecciones. Llegó por otra parte a la conclusión de que Trujillo, por más represivo que hubiera sido, no había sido un simple "lacayo yanqui sino un típico nacionalista burgués" y por lo tanto era un error oponerse excesivamente a su heredero Balaguer, porque "los enemigos del pueblo no son los trujillistas, es la oligarquía". La influencia del modelo peruano era evidente, así como la de la búsqueda enardecida de nuevos horizontes estimulada por las journées parisinas de mayo del 1968.


En el Caribe francés el poeta e historiador Aimé Césaire, autor de un difundido folleto marxista, Discours sur le colonialisme (1950), evolucionó desde su temprana asociación con los comunistas franceses hacia una posición más independiente, como jefe de un partido martinicano. Jean Casimir y otros, buscando unificar a los pueblos de origen africano, estaban desarrollando una ideología de la diáspora negra, una nación desperdigada en varios Estados, como los judíos, aún cuando sin la posibilidad de volver a sus tierras ancestrales. En Jamaica Michael Manley, combinando socialismo con nacionalismo negro, trató de repetir la experiencia chilena (1972-1980). La economía eventualmente se deterioró, con consiguiente desestabilización, pero se mantuvo vigente una salida electoral democrática, mediante la victoria de la oposición conservadora.

Durante los años sesenta era muy común leer en libros de ciencia política provenientes del Norte que bajo condiciones de severo subdesarrollo el autoritarismo era funcional para el crecimiento económico, sea bajo el "socialismo" como bajo el capitalismo. Para los países "socialistas" este era un manido argumento justificatorio del stalinismo o el maoísmo, pero ahora se lo usaba para explicar la emergencia, y las funciones positivas, de regímenes como el de Gamal Abdel Nasser.

Guillermo ODonnell, en su influyente libro sobre los regímenes burocrático-autoritarios, adaptó estas ideas a las condiciones latinoamericanas, especialmente a los países más avanzados de la región, que estaban pasando por un proceso de profundización industrial. Sostenía que, bajo las rígidas condiciones del capitalismo dependiente, si la clase obrera estuviera libre de organizarse, ella se volvería rápidamente revolucionaria, no reformista como en las partes más prósperas del planeta. Ante este hecho, una reacción autoritaria era previsible, orientada a establecer un régimen represivo, capacitado, sin embargo, para conducir un proceso de rápico crecimiento económico.

La teoría no era muy clara acerca del futuro que esperaba a las sociedades que cayeran bajo la égida del autoritarismo burocrático. Una posibilidad era que después de una década o dos de desarrollo intensivo sería posible retornar a la democracia. Esta posibilidad no fue aceptada por los sostenedores de la teoría, porque parecía converger con la muy criticada tesis de Lipset y otros de que la democracia necesitaba de altos niveles de bienestar económico para afirmarse; y también porque podría interpretarse como una justificación de dictaduras desarrollistas temporarias. De hecho, la teoría no planteaba alternativas, puesto que se basaba en la suposición de que cualquier liberalización recrearía condiciones revolucionarias, que el régimen no toleraría, o que mataría in ovo si por un momento distendiera sus controles. Un aspecto implícito de este panorama, sin embargo, era que una secuencia de tales ciclos de represión y liberalización terminaría por exacerbar los sentimientos de las masas, hasta el punto en que un estallido revolucionario se volvería inevitable.

Por otro lado, era obvio que había diversos tipos de regímenes autoritarios industrializantes, especialmente la variante peruana (o antes las de Vargas y Perón), contrapuesta a las más recientes, y arquetípicas, de la Argentina, Brasil y Chile. Así, pues, se hizo una distinción entre el autoritarismo incorporativo y el excluyente, según que los beneficios se distribuyeran o no entre la población.

Se comenzó a explorar, entonces, las potencialidades de "peruanización" que podrían emerger de las luchas entre facciones militares. Así, en la Argentina, al ser derrocado Juan Carlos Onganía por Marcelo Levingston en 1969, se pudo creer que se estaba dando un paso en esa dirección. De la misma manera, en el Brasil se pensaba que el General Afonso Albuquerque Lima podría desempeñar ese rol, basado en su nacionalismo, que lo podría llevar, en busca de aliados, a apoyar programas de reforma social.


La Iglesia Católica, enfrentando lo que consideraba una amenaza comunista, especialmente en Brasil y Chile durante los años sesenta y setenta, primero reaccionó de manera conservadora, dando apoyo a los respectivos golpes militares. Pero pronto se distanció de la extrema persecución y violación de derechos humanos, y se transformó en esos dos países en un importante elemento de la oposición. Un largo proceso de renovación, que emergió con el Concilio Vaticano II, había estabo operando dede hacía tiempo en los ambientes católicos en todo el mundo.

En Chile el partido Demócrata Cristiano había apoyado, en un primer momento, al golpe contra la Unidad Popular, esperando que se limitara a jugar el rol de Poder Moderador. Pronto, sin embargo, una clara actitud opositora fue asumida, más en la dirigencia que entre los simpatizantes y antiguos votantes. En Brasil la condición de la Iglesia era más grave, entre otras razones por no existir un significativo partido Demócrata Cristiano, habiendo sido en general las preferencias políticas del electorado católico bastante conservadoras. La posibilidad de perder a la clase obrera ante el avance del comunismo estimuló la búsqueda de nuevas soluciones, aún en sectores del clero que de lo contrario no se hubieran preocupado tanto. Así, pues, los siempre existentes núcleos de pensamiento innovador en el clero y el laicado, que habían tenido un temprano representante en el obispo de Recife, Helder Cámara, se vieron con más libertad para organizarse, y proponer nuevas opciones políticas, libres de la censura por parte de la jerarquía a que en el pasado habían sido sometidos.

El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez fue uno de los primeros en desarrollar este enfoque, en su Teología de la liberación (1971), mientras que Paulo Freire había estado experimentando desde los años sesenta con sus métodos que combinaban la enseñanza del alfabeto con la "conscientizaçao". En Colombia el padre Camilo Torres (1929 -1966) finalmente se sumó a la guerrilla, donde encontró la muerte pero dejó un impactante mensaje para la juventud. Los teólogos brasileños Leonardo y Clodovis Boff, y el argentino Enrique Dussel adoptaron directamente la visión marxista en lo social, aún cuando dejando de lado sus máximas filosóficas. El Papado trató de controlar estas actividades, pero en general actuó de manera tolerante, puesto que evidentemente estaban trayendo una numerosa grey a la Iglesia.


En los bordes del sistema político, las guerrillas continuaron su proliferación, y con Sendero Luminoso, en el Perú, experimentaron una mutación ideológica, combinando el marxismo (en este caso maoísta) con las tradiciones incaicas. Sendero, por lo tanto, toma muchas ideas del corpus creado por Mariátegui, aún cuando yendo mucho más allá de la práctica del partido que él creó, y exigiendo una devoción total por parte de sus adherentes. Al crear de esta manera una verdadera religión política, piensa alcanzar más amplios sectores de la po
Volver arriba
ROSTRO
Miembro Semi-Senior
Miembro Semi-Senior


Registrado: 21 Feb 2003
Mensajes: 338
Ubicación: PERU

MensajePublicado: Mar Abr 22, 2003 11:48    Asunto: Vacío Responder citando

TRENTTO ERES UN COBARDE.
NO MERECES NINGUN TIPO DE RESPETO

COBARDE.

------------------
JYOAR
Volver arriba
Trentto
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 24 Ene 2003
Mensajes: 2934
Ubicación: Montevideo, Uruguay

MensajePublicado: Mar Abr 22, 2003 12:06    Asunto: Vacío Responder citando

vení a Montevideo y decímelo en la cara
Volver arriba
laferro
Miembro Senior
Miembro Senior


Registrado: 13 Ene 2003
Mensajes: 1597
Ubicación: Montevideo, Uruguay

MensajePublicado: Mar Abr 22, 2003 15:15    Asunto: Vacío Responder citando

¿Por qué el absoluto vacío en torno a la situación del Uruguay entre los 50 y 70, para no hablar de más adelante? Es obvio que no fue olvido ni desconocimiento... El impacto de la revolución cubana, las ideas que dieron lugar a una central única de trabajadores, de una federación única de estudiantes, de una alianza de izquierda en lo político, etc. etc.... No es pregunta retórica lo mío. Me gustaría saber por qué el vacío.
Volver arriba
Mostrar mensajes de anteriores:   
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Temas Varios II Todas las horas son GMT - 3 Horas
Página 1 de 1