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Saludos y cuento


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Autor Mensaje
Goliardo
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Registrado: 23 Nov 2000
Mensajes: 1270
Ubicación: Capital Federal (Argentina)

MensajePublicado: Jue Ene 11, 2001 21:28    Asunto: Vacío Responder citando

Es cierto, se puede poner en prosa y lo he probado Vadim...pero mira ese solo fragmento, a mi impresión se ha tornado un masacote superdenso, y se ha hecho más fluido, a mí me suena como plomo fundido en todo caso

Si llegara a hacer eso con todo el trabajo entero, me da la sensación de un gran bodoque indigerible.

Yo solo lo digo por sensación y por oido, simplemente puesto en prosa se me hace insoportable.

Pienso que cortado y en versos arrítmicos, se provoca un efecto frenante por una parte, que enlentece la lectura, y al mismo tiempo la ruptura en la métrica pone mayor tensión en la lectura.

La idea era justamente frenar por un lado, pero dar aire a la lectura al disponerla en trocitos versados.

Lo probé, ponerlo todo en línea de prosa, y la verdad es que no aguanté su lectura.
De verdad, pienso que hacer eso sería como revolearle al lector un cascote por la cabeza.

Y ya es bastante denso el contenido, como para densificar el espacio de lectura.

Me da la sensación de que no queda bien usar tantos signos de puntuación, por eso preferí dejarlo en verso y hacer caso omiso de puntos y comas.

La verdad, que tengo casi por regla no usar más que saltos de estrofa como única puntuación en poesía...ni punto ni coma ni nada.

A lo sumo puntos suspensivos, de interrogación o exclamación o paréntesis, por su efecto expresivo.

En síntesis, no puedo explicarlo, simplemente me da asco y calosfrío verlo escrito en prosa.



[Este mensaje ha sido editado por Goliardo (editado 11 Enero 2001).]
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hardoy
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Registrado: 07 Ene 2001
Mensajes: 13
Ubicación: Monterrey/Nuevo León/ México

MensajePublicado: Lun Ene 15, 2001 19:06    Asunto: Vacío Responder citando

Gracias a todos por sus apreciaciones. Les presento una versión diferente del cuento y de nuevo solicito sus comentarios.

El aventón

Un poco antes de que César partiera de viaje sonó el teléfono y su mujer levantó la bocina. Como notó el rostro intrigado de su esposo, después de colgar, Alicia se apresuró a explicarle:

–Llamó Laura, necesita dinero para los gastos del niño. En la escuela le pagan hasta el lunes y ahora no tiene ni un peso.

–No veo por qué le tenemos que hacer tantos favores a esa amiga tuya –dijo César–. Ese niño tiene un padre y no sé por qué Laura no se ha casado con él, así no andaría tan ahorcada los fines de quincena. Lo correcto es que los niños tengan un papá y una mamá.

Alicia imaginaba a su compañera de trabajo haciendo malabares para que rindiera el dinero, era muy poco lo que ellas ganaban en la escuela. Estaba segura de que a Laura le avergonzaba pedirles aquellos favores, por ello le irritaba que César fuera tan perspicaz.

–Mira César: un padre no necesita estar casado para enfrentar sus obligaciones.

César pensó cuán diferentes eran Laura y su mujer. El abuso por un lado y la bondad en el otro. La belleza de Alicia le fascinaba, aún le resultaba fresca aquella imagen del día en que decidió tomarla por esposa: Alicia daba catecismo a los niños, él mirándola desde un rincón en la iglesia, sin ser visto; pero lo suficientemente cerca para poder escuchar el cántico de ese ángel. Fue la tarde en que Alicia les habló de la virtud a los niños, con la voz dulce, los ademanes tiernos y el juicio más puro e irrebatible que César hubiese escuchado. César sabía que ningún niño hambriento necesitaba ese dinero, Laura iría a dárselo al patán que la embarazó. Pero César no quiso abrir los ojos de su ingenua mujer, le dio unos billetes y subió al coche. Alicia lo bendijo al partir.

Por una carambola política César había quedado recientemente al mando de una dependencia gubernamental menor. Le quedaba por conocer sólo uno de los centros bajo su mando, el que estaba en la zona rural. Condujo rumbo a la carretera nacional y disfrutó el paisaje boscoso que esta ofrece a la salida de Monterrey. La radio perdía señal entre ruidos grises, y entonces César sacó de la guantera una cinta de Miguel Bosé para completar el hechizo cursi que la carretera ejercía sobre él. Pasó quince minutos como en éxtasis hasta que lo detuvieron las indicaciones improvisadas que alguien había puesto en el camino, tal vez para señalar la avería de un coche o también, como se previno César, como una treta de ladrones del camino.

Metros después una mujer entrada en años permanecía con la mirada atónita frente al cofre abierto de su Dart K. La señora era tan linda que César detuvo su marcha como quien se detiene para admirar una flor.

–Yo no sé mucho de autos señora, lo mejor que puedo hacer por usted es llevarla hasta donde pueda encontrar un mecánico –dijo César a la señora, a la par que volteaba sobresaltado hacia la izquierda, desde donde un joven de mal aspecto se acercaba hacia ellos.

–Me llamo Isabel Montemayor –dijo la anciana–. Este lindo muchacho que me acompaña se llama Adrián y viajaba conmigo de aventón; pero ya ve usted que buen favor le hice. Tal vez usted pueda terminar mi buena obra. Adrián se dirige a la ciudad de México, esta carretera va al sur y usted también. Cuando yo baje usted podría llevarlo consigo hasta donde su ruta lo permita.

César iba a contestar que no, que no caería en su trampa y no le podrían asaltar. Sin embargo el muchacho tenía tan mala pinta que César calculó la gravedad de su error al bajar del auto sin la pistola que guardaba bajo el asiento.

–Esta bien, puedo llevarlo; pero no voy muy lejos.

César conducía con los brazos rígidos sobre el volante y Adrián estaba como entumido en su asiento, la señora Isabel había bajado ya. Entre Adrián y César existía el espacio de una violencia por venir. No habían hablado. El conductor palpó su bolsillo y sintió que le faltaba un bulto, recordó que Adrián había medio chocado con el donde el mecánico, y entonces ató los cabos. Frenó el coche repentinamente y con un giro salió del camino rechinando las llantas. Enrojecido de ira, y dispuesto a no ser la víctima que sentía ser, bajó del auto y encañonó con su revolver al pasmado Adrián, quién a punto de vomitar le escuchó gritar:

–¡Entrégame la cartera, maldita rata hipócrita!

Adrián obedeció la orden más por reflejo que por coordinación motora. César le ordenó depositar la billetera en la guantera, subió al auto y se alejó en un instante.

La adrenalina volvía a su cause poco a poco, pero César temblaba todavía. Pronto un bar de camioneros le salió al paso y decidió entrar por una cerveza que lo relajara. Pensó que adentro podría alardear de su valentía con los traileros. Abrió la guantera para sacar dinero y se sintió burlado cuando vio que su cartera no estaba. En lugar de ello tenía en sus manos una billetera de nylon con la foto de Adrián, un poco de dinero y una hoja de papel doblada en cuatro con el relato de una decepción amorosa, redactado con mucha habilidad. La historia comenzaba con la cita en inglés de un viejo blues: “My hole life has been one big fight”.

–¡Un poeta bilingüe me salió el pinche ladrón! –se dijo César sintiéndose vencido.

A causa del robo César decidió volver. Quiso contarle la historia a su mujer cuando llegó a casa; pero Alicia lo interrumpió antes de que dijera nada para entregarle su abultada billetera que había olvidado por la mañana antes de partir.
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