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Dino Buzzati


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Autor Mensaje
entropismo
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Registrado: 23 Jul 2003
Mensajes: 98
Ubicación: Rosario

MensajePublicado: Mar Sep 16, 2003 22:36    Asunto: Dino Buzzati Responder citando

Hola. Comencé a leer "el desierto de los tártaros". Si han leído algo de él, les agradecería algunas otras recomendaciones. Y por supuesto, que opinan del mismo.
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La Maga
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Registrado: 28 Jun 2000
Mensajes: 1137
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Mie Sep 17, 2003 15:40    Asunto: Vacío Responder citando

Entropismo, ¡qué alegrìa me dio encontrar este foro!!! Adoro a Buzzati, pero conozco muy poca gente que lo conozca. Creo que muchas de sus obras no fueron traducidas al castellano todavía, ¿puede ser?

Leí muy poco de él, tengo esperándome en mi mesa de luz un libro de cuentos que se llama "Paura alla Scala" ("miedo en la Scala", supongo que se traducirá). Leí algunos cuentos en mi curso de italiano, entre ellos:
- Los siete mensajeros
- Una gota
- Algo había sucedido

Lo adoro, y muero por conseguir más cosas suyas.
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La Maga
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Registrado: 28 Jun 2000
Mensajes: 1137
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

MensajePublicado: Vie Sep 19, 2003 14:40    Asunto: Vacío Responder citando

Para los que no lo conocen:

"Una gota", de Dino Buzzatti

Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes? Tendido en el lecho, en la oscuridad, escucha su misterioso recorrido. ¿Cómo hace? ¿Salta? Tic tic, se escucha con intermitencias. Después se detiene. Ojalá no reviva más por el resto de la noche. Aún sube.

Sube de escalón en escalón, a diferencia de las otras gotas que caen perpendicularmente, de acuerdo a las leyes de la gravedad, haciendo un pequeño ruido que todo el mundo reconoce. Ésta no: se eleva lentamente por el hueco de la escalera, en el desmesurado caserón.

No fuimos nosotros, los adultos, refinados, sensibilísimos, quienes la descubrimos. Fue una joven criadita, escuálida, pequeña e ignorante criatura. La descubrió una noche, tarde, cuando ya todos nos habíamos ido a dormir. Después de un rato, viendo que no se detenía, bajó del lecho y fue a despertar a la patrona.

–Señora –susurró–. ¡Señora!

–¿Qué pasa? –dijo la patrona sobresaltada–. ¿Qué sucede?

–Una gota, señora, ¡una gota que sube los escalones! –dijo la criada a punto de echarse a llorar.

–Vamos, vamos... –se impacientó la patrona–. ¿Estás loca? Vuelve a la cama, ¡march! Seguramente has bebido. ¡Por eso de mañana falta vino de la botella! ¡Desvergonzada! Si crees... –pero la muchachita había huido y ya estaba metida debajo de las frazadas.

“¡Mire lo que se le vino a ocurrir a esta estúpida!”, pensaba en silencio la patrona, que había perdido el sueño. Y escuchando involuntariamente la noche que dominaba el mundo, también ella oyó el curioso rumor. En efecto, una gota subía la escalera. Celosa del orden, la mujer pensó por un instante que lo mejor sería salir a ver qué pasaba. Pero ¿qué hubiera podido encontrar a la miserable luz de la lámpara que colgaba sobre la escalera? ¿Cómo encontrar una gota en plena noche con aquel frío, a lo largo de la rampa tenebrosa?

En los días sucesivos, la noticia se difundió lentamente, de familia en familia y ahora todos lo saben en la casa, aunque prefieran no hablar de eso, como si les diera vergüenza. Pero cuando la noche desciende a oprimir al género humano, muchos oídos se ponen tensos en la oscuridad.

Ciertas noches, la gota calla. Otras veces, en cambio, durante largas horas, no hace más que cambiar de lugar. ¡Arriba, arriba! Se diría que no se va a detener más.

En el momento que el tierno paso parece tocar el umbral, los corazones palpitan con fuerza. Menos mal: no se detiene. Ya se aleja, tic, tic, sigue su marcha hacia el piso de arriba.

Sé con seguridad que los inquilinos de los pisos intermedios, ya se consideran seguros. Creen que habiendo pasado ya la gota frente a su puerta, no volverá a perturbarlos. Otros (yo, por ejemplo, que estoy en el sexto piso) todavía tenemos motivos de inquietud.

Ellos, en cambio, se consideran a salvo. Pero ¿quién les dijo que, en las próximas noches, la gota no decidirá retomar el camino desde el punto adonde había llegado la última vez o que no volverá a comenzar desde el principio, iniciando el viaje desde los primeros escalones, siempre húmedos y oscurecidos por inmundicias abandonadas? No, ni siquiera ellos están seguros.

Al salir de casa, de mañana, por más que uno mire atentamente la escalera, no se descubre rastro alguno. Nada, como era previsible, ni la más pequeña huella. Por otra parte, ¿quién toma esta historia en serio, de mañana? Al sol de la mañana el hombre es fuerte, se convierte en un león, aunque pocas horas antes estuviera temblando.

¿O tal vez la gente de los pisos intermedios tienen razón? Nosotros mismos, que cuando no oíamos nada nos creíamos eximidos, algunas noches escuchamos algo. La gota está todavía lejos, es verdad. Nos llega sólo un tic tic leve, un débil eco a través de los muros.

Siempre hay indicios de que sigue subiendo y se hace cada vez más cercana.

Tampoco sirve para nada dormir en una habitación interior, alejada del hueco de la escalera. Es mejor oír el rumor que pasar las noches en la duda de si sigue estando o no. Los que viven en esos cuartos escondidos a veces no resisten y salen en silencio a los corredores o permanecen muertos de frío detrás de la puerta, conteniendo la respiración, escuchando. Si llegan a oírla, ya no se atreven a alejarse, dominados por un miedo indescifrable. Pero, es peor todavía si todo está tranquilo; en ese caso, ¿cómo saber si precisamente en el momento de regresar a la cama no volverá a comenzar el rumor?

¡Qué vida extraña! ¡No poder hacer reclamos, ni tentar remedios, ni encontrar una explicación que levante el ánimo! Y no poder ni siquiera convencer a los demás, a los vecinos de las otras casas, que no saben nada... Pero ¿qué cosa vendría a ser esa gota? –preguntarían con exasperante buena fe–. ¿Un ratón, quizá? ¿Un sapito escapado de las bodegas?

O acaso insistirían: ¿Será una alegoría? ¿Tal vez se habrá querido con eso simbolizar la muerte? ¿O algún peligro? ¿O los años que pasan? ¡Nada de eso, señores: es simplemente una gota, sólo que sube por la escalera!

¿O más sutilmente, se intenta representar los sueños y quimeras? ¿La tierra esperada y lejana donde presumiblemente está la felicidad? ¿Algo poético, en una palabra? No, de ninguna manera.

¿O los lugares aún más lejanos, en el confín del mundo, a los cuales jamás habremos de llegar? Pero no, les digo, no se trata de un juego, no tiene doble sentido. Se trata, ¡ay de mí!, realmente, de una gota de agua que de noche sube por la escalera. Tic tic, misteriosamente, de peldaño en peldaño. Y por eso mismo es que da miedo.

Traducción de María Inés Silva Vila
Tomado de El País Cultural
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entropismo
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Registrado: 23 Jul 2003
Mensajes: 98
Ubicación: Rosario

MensajePublicado: Dom Sep 21, 2003 16:41    Asunto: Vacío Responder citando

Gracias Maga por pegar ese cuento , es muy bueno. Lo bajé para mostrárselo a algunos amigos. Verdad es que El desierto de lo Tártaros es una novela corta pero hay algunas diferencias notables, como la gravitación de lo Kafkiano pero un poco más sutil. Claro que hay coincidencias con este cuento, sobre todo cuando se refiere a cosas sencillas que dan miedo o sensación de algo pesado. Recuerdo que para hablar del insomnio , el personaje no lo dice directamente sino que introduce factores como el movimiento de una estrella vista a través de la ventana de su habitación, entre otros.
Nuevamente, gracias.
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Rasangar
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Registrado: 05 Ene 2005
Mensajes: 10

MensajePublicado: Dom Ene 16, 2005 04:35    Asunto: Responder citando

Hola, yo he conocido a Buzzati hace poco y ha sido como una revelación; siempre es emocionante descubrir autores desconocidos de esta talla.
De él he leído El desierto de los Tártaros y Los siete mensajeros y otros relatos, tiene algunos magníficos, y algunos que me dieron la impresión de estar a medio camino entre lo borgiano y lo kafkiano (dos de mis autores favoritos), no sé si esto es muy acertado pero fue una impresión, o quizás una alucinación... Smile

Pero el libro que me enganchó a él, y creo que no se ha mencionado, es El Bosque Viejo. Quizás fuera la manera romántica en que este libro llegó a mis manos (una vieja edición encontrada en un desván), quizás fuera mi estado de ánimo en aquel momento (algo desilusionado), pero me emocionó encontrar una historia tan hermosa y sencilla, tan sin pretensiones.
Este libro podría ser calificado como de literatura juvenil o infantil; iba a soltar el tópico de que es un libro lleno de imaginación... pero no es acertado, más bien se trata de una obra de una fantasía comedida y brillante, certera... Es una historia discreta narrada como con un eco lejano en pinceladas viejas, sin concesiones a la ñoñería. A mi me alegró.

Un saludo
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tantris
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Registrado: 06 Nov 2001
Mensajes: 1490

MensajePublicado: Dom Ene 16, 2005 15:23    Asunto: Responder citando

Los siete mensajeros



Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas.

Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, creía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos.

A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca y que, creyendo ir siempre hacia el mediodía, en realidad quizá estemos dando vueltas en torno a nosotros mismos, sin aumentar nunca la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué todavía no hemos alcanzado la última frontera.

Más a menudo, sin embargo, me atormenta la duda de que este confín no exista, de que el reino se extienda sin límite alguno y de que, por más que avance, nunca podré llegar a su fin.

Emprendí el camino cuando tenía ya más de treinta años, demasiado tarde quizás. Mis amigos, mis propios parientes, se burlaban de mi proyecto como de un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de aquellos que eran de mi confianza aceptaron acompañarme.

Aunque despreocupado —¡mucho más de lo que lo soy ahora!—, pensé en el modo de poder comunicarme durante el viaje con mis allegados y, de entre los caballeros de mi escolta, elegí a los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros.

Creía, ignorante de mí, que tener siete era incluso una exageración. Con el tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, y eso que ninguno de ellos ha caído nunca enfermo ni ha sido sorprendido por los bandidos ni ha reventado ninguna cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré nunca recompensar.

Para distinguirlos con facilidad, les puse nombres cuyas iniciales seguían el orden alfabético: Alejandro, Bartolomé, Cayo, Domingo, Escipión, Federico y Gregorio.

Poco habituado a estar lejos de casa, mandé al primero, Alejandro, la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. Para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, la noche siguiente envié al segundo, luego al tercero, luego al cuarto, y así de forma consecutiva hasta la octava noche del viaje, en que partió Gregorio. El primero aún no había vuelto. Éste nos alcanzó la décima noche, mientras nos hallábamos plantando el campamento para pernoctar en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido inferior a la prevista; yo había pensado que, yendo solo y montando un magnífico corcel, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros; sin embargo, sólo había podido recorrer la equivalente a una vez y media; en una jornada, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.

Lo mismo ocurrió con los demás. Bartolomé, que partió hacia la ciudad la tercera noche de viaje, volvió la decimoquinta. Cayo, que partió la cuarta, no regresó hasta la vigésima. Pronto comprobé que bastaba multiplicar por cinco los días empleados hasta el momento para saber cuándo nos alcanzaría el mensajero.

Como cada vez nos alejábamos más de la capital, el itinerario de los mensajeros aumentaba en consecuencia. Transcurridos cincuenta días de camino, el intervalo entre la llegada de un mensajero y la de otro comenzó a espaciarse de forma notable; mientras que antes veía volver al campamento uno cada cinco días, el intervalo se hizo de veinticinco; de este modo, la voz de mi ciudad se hacía cada vez más débil; pasaban semanas enteras sin que tuviese ninguna noticia.

Pasados que fueron seis meses —habíamos atravesado ya los montes Fasanos—, el intervalo entre una llegada y otra aumentó a cuatro meses largos. Ahora me traían noticias lejanas; los sobres me llegaban arrugados, a veces con manchas de humedad a causa de las noches pasadas al raso de quien me los traía.

Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban por encima de mí eran iguales a aquellas de mi infancia, de que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que pendía sobre mí, de que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idéntico el canto de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros me parecían verdaderamente cosas nuevas y diferentes, y yo me sentía extranjero.

¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontrábamos por las llanuras me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, sofocaba las expresiones de desaliento que nacían en sus labios. Cuatro años habían pasado ya desde mi partida; qué esfuerzo más prolongado. La capital, mi casa, mi padre, se habían hecho extrañamente remotos, apenas me parecían reales. Veinte meses largos de silencio y de soledad transcurrían ahora entre las sucesivas comparecencias de los mensajeros. Me traían curiosas cartas amarilleadas por el tiempo y en ellas encontraba nombres olvidados, formas de expresión insólitas para mí, sentimientos que no conseguía comprender. A la mañana siguiente, después de sólo una noche de descanso, cuando nosotros reanudábamos el camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que hacía tiempo yo había preparado.

Sin embargo, han pasado ocho años y medio. Esta noche, estaba cenando solo en mi tienda cuando ha entrado en ella Domingo, que, aunque agotado de cansando, aún conseguía sonreír. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo período no ha hecho otra cosa que correr a través de prados, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura para traerme ese mazo de sobres que todavía no he tenido ganas de abrir. Él se ha ido ya a dormir y volverá a marcharse mañana mismo al alba.

Volverá a marcharse por última vez. Con lápiz y papel he calculado que, si todo va bien, yo continuando el camino como he hecho hasta ahora y él haciendo el suyo, no podré volver a ver a Domingo hasta dentro de treinta y cuatro años. Para entonces yo tendré setenta y dos. Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que la muerte se me lleve antes. Por tanto, no podré volver a verlo nunca más.

Dentro de treinta y cuatro años (antes más bien, mucho antes) Domingo vislumbrará de forma inesperada las hogueras de mi campamento y se preguntará cómo es que entre tanto he recorrido tan poco camino. Igual que esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarilleadas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; sin embargo, al verme inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados flanqueándome con antorchas, muerto, se detendrá en el umbral.

¡Aun así, marcha, Domingo, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres el vínculo superviviente con el mundo que antaño fue también mío. Los últimos mensajes me han hecho saber que muchas cosas han cambiado, que mi padre ha muerto, que la corona ha pasado a mi hermano mayor, que me dan por perdido, que allí donde antes estaban los robles bajo los cuales solía ir a jugar han construido altos palacios de piedra. Pero sigue siendo mi vieja patria.

Tú eres el último vínculo con ellos, Domingo. El quinto mensajero, Escipión, que me alcanzará, si Dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a marchar porque no le daría tiempo a volver. Después de ti, Domingo, el silencio, a no ser que encuentre por fin los ansiados confines. Sin embargo, cuanto más avanzo, más me voy convenciendo de que no existe frontera.

No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido en que nosotros estamos acostumbrados a pensar. No hay murallas que separen ni valles que dividan ni montañas que cierren el paso. Probablemente cruzaré el límite sin advertirlo siquiera e, ignorante de ello, continuaré avanzando.

Por esta razón pretendo que, cuando me hayan alcanzado de nuevo, Escipión y los otros mensajeros que le siguen no partan ya hacia la capital, sino que marchen por delante, precediéndome, para que yo pueda saber con antelación aquello que me aguarda.

Desde hace un tiempo, se despierta en mí por las noches una agitación insólita, y no es ya la nostalgia por las alegrías abandonadas, como ocurría en los primeros tiempos del viaje; es más bien la impaciencia por conocer las tierras ignotas hada las que me dirijo.

Día a día, a medida que avanzo hacia la incierta meta, voy notando —y hasta ahora a nadie se lo he confesado— cómo en el cielo resplandece una luz insólita como nunca se me ha aparecido ni siquiera en sueños, y cómo las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de aquella de nuestra tierra, y el aire trae presagios que no sé expresar.

Mañana por la mañana una esperanza nueva me arrastrará todavía más adelante, hacia esas montañas inexploradas que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré el campamento mientras por la parte opuesta Domingo desaparece en el horizonte llevando a la ciudad remotísima mi inútil mensaje.

Dino Buzzati
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tantris
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Registrado: 06 Nov 2001
Mensajes: 1490

MensajePublicado: Dom Ene 16, 2005 15:25    Asunto: Responder citando

Por si La Maga aún anda buscando: yo compré en Buenos Aires "El derrumbe de la Baliverna" (Emecé), que contiene, entre otros, Algo había sucedido, una joya.
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Læknir Scrat
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Registrado: 21 Abr 2004
Mensajes: 75
Ubicación: Chilango-islandia

MensajePublicado: Mar Ene 18, 2005 15:38    Asunto: Responder citando

Buzzati es un escritor interesantísimo. Un católico en algunos aspectos tradicional, y en otros bastante heterodoxo.
A mi gusto es mejor cuentista que novelista, pero sin duda "El Secreto del Bosque Viejo" es bellísimo. También es muy buena -y útil para aprender italiano- "La Invasión de los Osos a Sicilia".
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iceland
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Registrado: 12 Sep 2005
Mensajes: 263

MensajePublicado: Lun Sep 12, 2005 20:38    Asunto: Responder citando

" El desierto de los tartaros " es la gran novela de Dino Buzatti, (de estilo muy kakfiano ) trata un tema de sorprendente actualidad; la imposiblidad de cambiar nuestro destino, la resignación ante los hechos consumados, (la cobardia ante una existencia anodina que no puede ser modificada). No defrauda, fue llevada al cine sin demasiado éxito. Filosofía literaria de gran nivel. Me gustó mucho.


Iceland
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Sebastian Santisi
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Registrado: 15 Ene 2005
Mensajes: 634
Ubicación: Buenos Aires

MensajePublicado: Lun Sep 26, 2005 00:45    Asunto: Responder citando

Recuerdo que hace ya varios meses Don Navegante casi me comió el hígado por haber dicho que no me había gustado El Desierto de los Tártaros, si bien lo había entendido.
A medida que pasa el tiempo desde que lo leí (habrá sido hace unos dos años o más) como que en el asentarlo el recuerdo me va resultando más grato y voy olvidándome de la extensión de la novela para quedarme con el eje absurdo de contar la historia de alguien a quien no le pasa nada.
No se me hace que sea una concepción kafkiana, creo que el absurdo kafkiano pasa por otros lugares; por otro lado, esta novela no me resultó agobiante como es el clima kafkiano (tal vez sea por mi juventud, no sé el efecto que tenga en alguien más grande).
Hoy, tiempo después, comprendo a quién me miró mal y retiro lo dicho sobre Buzzati... no sé si sea ya el tiempo de buscar algo más de él.

_________________
Fernando Pessoa
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