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Anécdotas Literarias


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Autor Mensaje
Louis
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Registrado: 04 Nov 2002
Mensajes: 449
Ubicación: La República de las Letras

MensajePublicado: Mie Oct 15, 2003 21:23    Asunto: Efialtes Responder citando

Salud Alan y Jean:

Aquello de Efialtes debió de ser como llamarse Joaquín o Pilar: mucho más común de lo conveniente para la identificación.

Dante coloca en el Noveno Círculo de su infierno (Canto XXI) a Efialtes el Gigante, un hijo de Urano y Gea, que en el conflicto con los dioses, fue acribillado a flechazos de Apolo y de Herakles. No sé si recordais...

Es Efialtes, que puesto a la gran prueba,
con gigantes, los dioses espantara:
no es fácil que sus brazos más remueva."

"Maestro", díjele, "yo deseara
ver, si es posible, al colosal Briareo,
y que su imagen por el ojo entrara."

Y él a mí: "Vamos a ver a Anteo,
cerca de aquí, y que habla y se halla suelto,
y ha de bajarnos donde gime el reo.

"El que tú quieres ver se encuentra envuelto
en cadenas, cual éste semejante,
salvo el rostro feroz y más resuelto."

No trema el terremoto más pujante,
al sacudir el torreón más fuerte,
como Efialtes se agita amenazante.

Jamás miedo mayor sentí de muerte,
y me la diera el pecho congojoso,
a no saber que, atado, estaba inerte.


Pero otras versiones lo hacen hijo de Ifimedia, hija de Tríope, casada con su tío Aloeo de quien tuvo tres hijos: dos varones, llamados los Alóadas, Efialtes y Oto y una hija Pancrátis. En cualquier caso, los Alóadas, sean nacidos de Gea o de Ifimedia, tienen siempre relación con ésta y su marido. Virgilio se refiere a ellos en el canto VI

Allí vi a esta raza antigua de la Tierra, varones Titanios,
que expulsados por el rayo se revuelcan en el abismo.
Allí vi a los hermanos Alóadas, descomunales cuerpos,
que a desgarrar el magno cielo con las manos
se movieron, para destruir los reinos súperos de Jove.


(Eneida, VI, 580-584)

Para Apolodoro, parecen ser dos diferentes: el primero, que es el Gigante del que hablamos, muerto a flechazos, en Bibli. I, VI, 2; mientras, los que tienen relación con Aloeo son diferentes:

Aloeo casó con Ifimedia, la hija de Tríope, que enamorada de Poseidón iba y venía otra vez al mar y sacando las olas con las manos, se las llevaba en el regazo. Uniéndose a ella Poseidón engendró dos hijos: Oto y Efialtes, los llamados Alóadas. Estos cada año crecían en anchura un codo y en altura una braza; cuando cumplieron nueve años, con nueve codos de anchura y nueve brazas de tala, proyectaron luchar contra los dioses; y pusieron el Osa sobre el Olimpo, y sobre el Osa el Pelión, y amenazaban mediante estos montes subir al cielo y habiendo rellenado el mar con montañas, decían que harían un continente y de la tierra un mar. Efialtes pretendió a Hera, y Oto a Ártemis, y también ataron a Ares. Pero Hermes lo rescató furtivamente, mientras que a los Alóadas los mató Ártemis en Naxos mediante un engaño, pues cambiando su forma en cierva brincaba en medio de ellos y al querer éstos atinar al animal se alcanzaron mutuamente.

Apolodoro, Bibli. I, VII, 4

Finalmente, otro Efialtes mitológico es uno de los 50 hijos de Egipto que casaron con 50 hijas de Dánao, (con Arsalte en este caso), y que murieron en la noche de bodas por las sanguinarias habilidades de 49 de las Danaides (excepto Linceo, perdonado por Hipermestra, recordareis), cosa que narra Higinio en sus Fábulas (168-170)

Pero dejémonos de mitos, porque Jean solo puede referirse a los dos más conocidos (en tanto afirmaba que eran históricos):

El primero, es el estadista ateniense, lider del partido demócrata, y cuyas medidas nos aparecen (al menos, su sentimiento popular) en las Euménides de Esquilo.

El segundo, el traidor, que también tiene papel en la mejor Literatura, es el que aparece en el famoso poema de Kavafis:

TERMÓPILAS

Honor a aquellos que en su vida
definen y guardan las Termópilas.
[...]

Y aún merecen más honor
cuando previenen (como muchos preveen)
que Efialtes llegará al fin,
que los medos se abrirán paso pese a todo.


Venga, Jean, que ardo de impaciencia... Razz
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Alan Breck
Miembro Senior
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Mie Oct 15, 2003 22:06    Asunto: Responder citando

Vaya, gracias Louis. Recuerdo sobre todo la historia de las hijas de Dánao, que también cuenta Ovidio.
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Alan Breck
Miembro Senior
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Jue Oct 16, 2003 19:06    Asunto: Responder citando

Del Dr. Samuel Johnson era proverbial su corpulencia física, su vestimenta desastrada y su carácter excéntrico. Su admirador, amigo y biógrafo James Boswell, en el afán por registrar hasta la última de las acciones y palabras del gran hombre, a menudo deja un irónico testimonio de la flaqueza humana.


Opiniones

Durante su viaje a las Hébridas, Johnson y Boswell encontraron a orillas del lago Ness la primera choza escocesa. Johnson la describe en el libro Viaje a las islas occidentales de Escocia. Pero es el infatigable Boswell quien narra, en su Diario de una viaje por las Hébridas, lo que les sucedió dentro.

Habíamos avanzado un buen trecho, bordeando el lago Ness, cuando avisté una pequeña choza, con una mujer que parecía una anciana a la puerta. Se me ocurrió, he aquí una escena que divertirá al Dr. Johnson, y lo mencioné. "Vamos dentro", dijo. Desmontamos, y con nuestros guías entramos en ella. Era una choza miserable, toda de tierra me parece, y tenía por ventana sólo un pequeño agujero tapado con un montón de hierba, que ocasionalmente destapaban para dejar que entrase la luz. En mitad de la habitación o espacio ardía una lumbre de turba, cuyo humo se escapaba por un agujero en el techo. La mujer había puesto a hervir un pote con carne de cabra. En un extremo de la habitación, separado por una especie de partición hecha de zarzos, había a modo de un aprisco o redil en el que se veía a buen número de chiquillos.

El Dr. Johnson tuvo curiosidad por saber dónde dormía ella. Pregunté a uno de los guías, que la interrogó en dialecto. Respondió con tono alterado, nos dijo el guía, si acaso pretendíamos irnos a la cama con ella. Esta
coquetería, o como pueda llamársela, por parte de una criatura tan espantosa resultaba verdaderamente ridícula. El Dr. Johnson y yo nos reímos después al recordarlo. Le dije que había sido él quien alarmó la virtud de la pobre mujer. "No, señor -dijo-. Ella dirá: 'estuvo aquí un joven malicioso, un lobo feroz, que seguramente me habría violado de no hallarse junto a él un anciano y grave caballero, el cual lo contuvo; pero tan pronto escape a la vista de su tutor, os garantizo que no perdonará mujer que encuentre, sea joven o vieja.' " "No, señor -contesté-. Ella dirá: 'estuvo aquí un terrible rufián, que me hubiera forzado a no ser por un amable y decente joven, el cual, así lo creo, era un ángel que el cielo envió para protegerme.' "


Palabras del diccionario

Acababa Johnson de publicar su célebre Diccionario de la lengua inglesa cuando fue a visitar a unas amigas, la señora Digby y la señora Brooke, hermanas que vivían en Londres. Ambas le felicitaron, y sobre todo elogiaban que hubiera omitido de su obra los voces escabrosas. "¡Cómo! ¡Queridas mías! Entonces, ¿han estado buscándolas?".


Rodada

El Dr. Johnson, invitado en una casa de campo, había salido a pasear con unos amigos hasta lo alto de una escarpada colina. Cuando le vieron llegar a la cima, uno de ellos dijo: "¡Pobre Dr Johnson!". Apenas llegó, se puso cara a la pendiente y dijo que estaba decidido a 'dar una rodada'. Cuando los otros comprendieron su intención, trataron de disuadirle; pero él, dijo, estaba resuelto: 'no había dado una rodada hacía mucho'. Sacó de los bolsillos todo cuanto tenía -llaves, lápiz, monedero, navaja-, se tendió al borde del declive, y bajó literalmente rodando, vuelta tras vuelta, hasta el fondo.


Ultima edición por Alan Breck el Vie Oct 17, 2003 17:38, editado 1 vez
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Jean Valjean
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Registrado: 10 Mar 2003
Mensajes: 2440
Ubicación: La sombra del hombre invisible

MensajePublicado: Vie Oct 17, 2003 12:35    Asunto: "Craneo previlegiado" Responder citando

Una vez mas me destapo la chistera Louis.

Primero gracias por la aportacion, realmente interesante (mi lectura de la Divina comedia esta un poco oxidada.

Si, yo me referia a Efialtes el traidor, Herodoto cuenta la anecdota en su libro Historia, L. VII, 250-ss.

Los espartanos tenian que contener a un ejercito miles de veces mas numeroso que el suyo y eligieron el lugar adecuadamente, las Termopilas, un desfiladero angosto e inexpugnable durante dos dias de batallas hasta que Efialtes (un pastor autoctono) declaro un paso al ejercito persa que pudo rodear a las falanges griegas y derrotarlas.

Esto ha dado lugar a multiples recreaciones (una de las de mayor impacto y belleza sea la poesia de Kavafis, en la cual aparecen estos tres hermosos versos:

"[...] Sin apartarse nunca del deber;
justos y rectos en sus actos,
no exentos de piedad y compasión..."

Este hecho luctuoso a pasado a traves de las generaciones como una de las paginas mas heroicas de la Historia (si, de la Historia con mayusculas), el final de este capiotulo y el que a mi mas me fascina y subyuga, fue el monolito y la inscripcion que en el se puso donde ocurrio la batalla: Dice asi:

"¡Caminante! Di a los lacedemonios que yacemos
aqui por cumplir sus ordenes"


(La hermosa traducción de Ciceron:
"Dic hospes Spartae nos te hic vidisse jacentes
dum sanctis patriae legibus absequimus")

Saludos (y decir a Louis que sigo buscando una anecdota muy divertida de un musico que me sugirio aquela que publicaste sobre Verdi)
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Louis
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Registrado: 04 Nov 2002
Mensajes: 449
Ubicación: La República de las Letras

MensajePublicado: Vie Oct 17, 2003 20:28    Asunto: Responder citando

Salud, Jean:

Hace no demasiado tiempo, en El Refugio publicaba (con otro seudónimo, claro es) un acertijo relativo a un pasaje de Herodoto muy cercano al que tú citas; éste se encuentra también en el libro VII, 209 de las Historias del Padre Herodoto.

Esperaré encantado esa anécdota musical: pero ya sabes que no tengo nada de paciencia, y que me puede la prisa. Y mañana iré (si me llegan los dineros) a comprar la Ética y estética de los sexos, que tengo localizada de hace tiempo, y nunca me decido a comprar. Está en la misma edición, y permíteme que no te diga dónde. Alan es de mi misma ciudad, y madrugaría para hacerse con él Laughing

Alan: No sé si podras ayudarme a localizar aquella divertida anécdota del doctor Johnson (la Boswell´s Life of Johnson, esa fuente impagable ha de recogerla) en la que nuestro amigo, en determinadas reuniones de mesa en las que consideraba que la conversación era mundana en demasía, se ponía de pronto a aullar Salmos o partes del Evangelio ante el terror de la concurrencia. La verdad, no sé de dónde saqué yo ésto.

Te agradezco de antemano la molestia.
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Vie Oct 17, 2003 21:44    Asunto: Responder citando

Puedes ir tranquilo por mi parte, Louis, ya lo compré Mr. Green . Lo comentamos en el foro de Cansinos. No recuerdo esa anécdota de Johnson, pero es buena excusa para hojearlo. Si la encuentro, la añadiré.

Ya que Jean contó una anécdota de Heródoto, no me resisto a citar los cuentos del rey lidio Candaules (libro I) y del egipcio Rampsinito (libro II).
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Alan Breck
Miembro Senior
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Dom Oct 19, 2003 21:57    Asunto: Responder citando

Antes de dedicarse a la literatura, Mijaíl Bulgákov había ejercido brevemente como médico en la provincia de Smolensk. Uno de sus primeros libros, Apuntes de un joven médico, reúne los relatos que escribió sobre esta experiencia, llenos de lucidez, humor y valentía.

Bulgákov irrumpió en las letras rusas en los años veinte. Escribió esas grandes novelas que son La guardia blanca y Novela teatral; un modelo de biografía, la Vida del señor de Molière; y las divertidas sátiras Corazón de perro y Los huevos fatales. Corrió la suerte de Platónov, y no la de Mandelshtam y muchos otros, en buena parte gracias al valor que demostró en su Carta a Stalin. Tras décadas de ostracismo, años después de muerto, el milagro se produjo con la recuperación de El maestro y Margarita, milagro que curiosamente encierran las páginas de este gran libro.


La toalla con el gallo rojo

Los Apuntes de un joven médico se inician con la llegada del narrador, aterido y cansado, a su destino en el hospital de Múrievo. El personal que lo recibe se sorprende por su extrema juventud: parece un estudiante, no un médico. Le muestran la sala de operaciones, el instrumental y la selecta biblioteca del desconocido doctor que le precedió. Todo es un enigma para él. Comienza a sentir malestar y luego auténtico miedo a causa de su inexperiencia. ¿Por qué le mandaron allí, como único responsable? Pronto tendrá que hacer frente a un caso de hernia estrangulada, o a un parto difícil. Se considera un impostor y se compara con el falso Dmitri.

Durante dos horas de soledad me martiricé, y lo hice hasta tal punto que mis nervios ya no podían soportar los miedos que yo mismo había creado. Entonces comencé a tranquilizarme e incluso a hacer algunos planes.

Al poco un hombre aterrorizado se presenta ante él, le pide que salve a su hija. Se ha herido gravemente con la agramadera del lino, tiene una pierna destrozada. El joven médico entra en la sala de operaciones y ve a la muchacha.

En su pálido rostro se apagaba, inmóvil como si fuera de yeso, una belleza poco común. No siempre, no, no es frecuente encontrar un rostro como aquel.

Los enfermeros le sugieren que no haga nada, ni la haga sufrir a ella. Ha venido todo el camino desangrándose y pronto morirá. Él ordena que le inyecten alcanfor, y la muchacha se aferra a la vida.

Todo se aclaraba en mi cerebro y de pronto, sin ningún manual, ni consejos, ni ayuda, comprendí -la convicción de que había comprendido era férrea- que, por primera vez en mi vida, tendría que realizar una amputación a una persona moribunda.

(...) Tomé el bisturí tratando de imitar (una vez en mi vida, en la universidad, había visto una amputación) a alguien...

(...) En mi favor trabajaba sólo mi sentido común, aguijoneado por lo inusitado de la situación.


Tras cortar, comencé, con una sierra de dientes pequeños, a aserrar el redondo hueso.

"¿Por qué no muere?... Es sorprendente... ¡Oh, cuánta vitalidad tiene el ser humano!"


Después de amputada una pierna, y enyesada la otra, recibe las felicitaciones de los enfermeros y se retira por fin a su cuarto.

Un rostro pálido se reflejaba en un cristal profundamente negro.

"No, no me parezco al falso Dmitri; yo... en cierta forma he envejecido... Tengo una arruga en el entrecejo... No tardarán en llamar... Me dirán: Ha muerto..."


Dos meses y medio más tarde llamaron. Entró el padre.

Luego un rumor... Saltando con ayuda de dos muletas, entró una muchacha de encantadora belleza; tenía una sola pierna y llevaba una falda muy amplia, con un borde rojo cosido en la parte inferior.

La muchacha me miró y sus mejillas se cubrieron de un tinte rojizo.

-En Moscú... en Moscú... -Me puse a escribir una dirección-. Allí en Moscú le harán una prótesis, una pierna artificial.

-Bésale la mano -dijo inesperadamente el padre.

Yo me sentí hasta tal punto confundido que en lugar de los labios le besé la nariz.

Entonces ella, apoyada en las muletas, desenrolló un paquetito de donde salió una pequeña toalla, blanca como la nieve, con un sencillo gallo rojo bordado. ¡Así que era eso lo que escondía bajo la almohada cada vez que la visitaba! Recordé que había visto hilos bajo su mesita.

-No lo aceptaré -dije severamente, e incluso moví la cabeza. Pero sus ojos y su rostro adoptaron tal expresión que la acepté.

Durante muchos años esa toalla estuvo colgada en mi dormitorio en Múrievo; luego viajó conmigo. Finalmente envejeció, se borró, se llenó de agujeros y, por fin, desapareció, como se borran y desaparecen los recuerdos.
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Jean Valjean
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Registrado: 10 Mar 2003
Mensajes: 2440
Ubicación: La sombra del hombre invisible

MensajePublicado: Lun Oct 20, 2003 14:07    Asunto: Responder citando

Facinante Alan, me llego. ¡Por todos lo dioses! Un nuevo autor que debere leer en la mayor brevedad posible.

Por cierto, de aqui a poco espero que podamos comentar el libro de Assens.

GOETHE Y BEETHOVEN

"Desde hacia siglos, habian preparado los destinos la curva de estos dos astros de la poesia y la música. Ha pasado la hora. Se cruzaron y huyeron. Es necesario aguardar un nuevo periodo de mil años... Como envidio a los ojos que lo vieron! Miro esos ojos y las imagenes que duermen en su fondo. Veo en el estanque el reflejo del dia que, por debajo del horizonte, se fue.

[Goethe] No cede a la vaguedad ni al azar. Este pacifico siempre esta armado. Bajo la novelesca apariencia que le prestan de Febo Apolo -consagrada por el admirable busto de Martin Gottlob Klauer-, posees sobre todo la de Apolo, dios desterrado, dios solitario, dios que combate al dragón, aunque, demasiado orgulloso, no proclame sus luchas y sus peligros; que combate solo y solo reanuda, dia tras dia, su ascension hacia la luz.
Es Goethe, que no rie y que toma en serio la vida y el arte. No esta dispuesto a perdonar a quienes vienen, con alegre corazón, a quebrantar su orden y su armonia"

A este hombre, al cual admiraba Beethoven desde sus tempranas lecturas, este le enviara cartas para que opine sobre Egmont y varios lieder. Cuando Goethe escucha la musica de Beethoven no puede menos que explotar, lo acusa de loco o de una muerte temprana.

Sin embargo la curiosidad del coleccionista de almas vence la inquietud del yo subconsciente y en Teplitz, donde ambos coinciden por casualidad se produce el encuentro, el 19 de julio de 1812, Goethe escribe a su mujer:
"Zusammengefasster, energischer, inniger habe ich noch keinen Künstler gesehen"
(Hasta ahora nunca he visto un artista tan poderosamente concentrado, tan energico y tan interior)

No es poca cosa. Goethe no se ha permitido en toda su existencia tal confesion de superioridad ante otro hombre... La mirada de Goethe, esa mirada abierta sobre el Universo, mas libre, verdadera y penetrante que su inteligencia, lo ha captado todo de una vez: lo esencial del genio de Beethoven, su personalidad única

Despues de la primera impresion, pasean juntos, charlan, Beethoven toca el piano, asi con lapsus de varios dias hasta el 8-11 de septiembre. La relacion se ha ido enfriando y los dos hombres no se volveran a ver nunca.

Las tres lecciones de Beethoven a Goethe

1. Cuando interpreta ante Goethe y le dice que ha tocado de una "manera deliciosa". Beethoven le espeta: Si tu dices lo mismo que los demas, quien comprendera mi arte, un mendigo

2. Un dia pasean juntos, cogidos del brazo, de repente aparece la emperatriz, los duques, toda la Corte. Beethoven dice, sigamos ellos son los que nos deben dejar paso. Pero Goethe se suelta del brazo, se hace un lado y saluda respetuosamente. Sin embargo, el musico pasa raudo por medio de la comitiva tocandose apenas el ala del sombrero. La Corte se aparta y saluda respetuosamente. Pasa y espera a Goethe porque le honra.

Goethe no soporta las recriminaciones de Beethoven y lo abandona con un juico justo y certero, el laconismo y el inicio de su sordera acabara con la vida social del musico.


Esto se esta alargando tal vez demasiado, dejo la referencia por si alguno quere profundizar mas en el tema:

Roman Rolland: Goethe-Beethoven, Barcelona, Ediciones Orbis, 1983, pp. 7-119.
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Sab Oct 25, 2003 20:58    Asunto: Responder citando

Gracias por aportar otra anécdota, Jean. Stendhal, en su Historia de la pintura en Italia, cuenta ésta:


La Noche

Un día Miguel Ángel halló escritos bajo su estatua La Noche estos versos:

La Notte che tu vedi in si dolci atti
Dormir, fu da un Angelo scolpita
In questo sasso, e perche dorme ha vita;
destala se nol credi, e parleratti.


(La Noche que tú ves en tan dulce postura
Dormir, fue por un Ángel esculpida
En esta piedra, y porque duerme vive;
Despiértala si no lo crees, y hablará)

Eran de Strozzi. Miguel Ángel escribió debajo del papel:

Grato m’è il sonno, e più l’esser di sasso.
Mentre chel danno e la vergogna dura,
Non veder, non sentir m’è gran ventura:
Però non mi destar! deh parla basso!


(Grato me es el sueño, y más el ser de piedra.
Mientras que el daño y la vergüenza dura,
No ver, no escuchar, me es gran ventura:
¡Así, no me despiertes! ¡Habla bajo!)


Ultima edición por Alan Breck el Mar Dic 16, 2003 12:57, editado 1 vez
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Sab Nov 08, 2003 17:16    Asunto: Responder citando

En un salón en sombra

Esta anécdota puede compararse al rostro de algunas muchachas. No la he olvidado y apenas recuerdo nada de ella. Leyendo sobre un libro de memorias, me llamó la atención este pasaje: el autor viajaba por la región de Soultz, en Alsacia. Se hizo tarde y la única casa que veía en los alrededores era la mansión de algún noble. Se acercó y pidió alojamiento. Cuando le hubieron atendido, le llevaron a presencia del señor. Entró en una sala amplia, oscura; al fondo, junto al fuego, estaba un anciano que a modo de saludo le dijo: Yo soy quien mató a Pushkin.

No había amargura, sino jactancia, en sus palabras. El visitante, extraviado en una región extranjera, había llegado a la casa del hombre que, medio siglo atrás, había gozado de notoriedad en la corte del zar y se había ganado el odio del pueblo ruso, el barón Georges-Charles de Heeckeren D'Anthès. Tras su duelo con Pushkin, el barón había regresado a Alsacia. Su esposa, la cuñada de Pushkin, hermana de su mujer, falleció al dar a luz, y Georges D'Anthès inició una carrera política que le llevó a senador del Imperio y alcalde de Soultz. Hoy se le recuerda precisamente por las palabras con que recibió a aquel extranjero, como uno de los actores en la trágica muerte de Pushkin.

Tras recibir un anónimo que le notificaba su ingreso en la Orden de los Cornudos, Pushkin desafió a un joven alsaciano cortejador de su esposa, Georges D’Anthès, oficial de la Guardia Imperial y protegido del embajador holandés, barón Heeckeren. Detrás de esta intriga estaba el jefe de la policía, Beckendorf, y otros personajes allegados a la corte. Las relaciones de Pushkin con los cortesanos nunca fueron buenas. Veían en él a un burgués que cobraba por escribir, a un liberal, cuando no a un revolucionario. Su lengua mordaz y su genio le habían hecho ganarse muchas animadversiones y odios.

El primer desafío de Pushkin consiguió evitarse pretextando un malentendido y organizando en quince días la boda de D’Anthès con una hermana de Natalia, Catalina. En realidad, se postergó: la boda no consiguió acallar los rumores ni frenar los galanteos, y el 27 de enero de 1837, tras una carta de Pushkin escrita en duros términos al tutor de D’Anthès, los dos rivales se encontraron a las afueras de San Petersburgo en un lugar llamado Chórnaia Rechka (Riachuelo Negro). El enfrentamiento, por una mañana invernal, con nieve hasta los tobillos, recuerda la escena de la muerte de Lensky en Yevgueni Oneguin y ha trascendido con rasgos míticos a la imaginación del pueblo ruso. Unos de los testigos refiere que D’Anthès disparó antes de contar los seis pasos acordados. Pushkin, mortalmente herido, tuvo fuerzas para incorporarse, recibir otra pistola y apuntar sobre su rival. D’Anthès se colocó de perfil y protegió su pecho con el brazo derecho. Allí le alcanzó la bala de Pushkin, que se derrumbó exclamando: "¡Bravo!". Falleció dos días después, tras una dolorosa agonía, en su cama, el 29 de enero de 1837, antes de cumplir treinta y ocho años.
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