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Anécdotas Literarias


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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
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MensajePublicado: Mar Nov 11, 2003 11:10    Asunto: Responder citando

Conan Doyle detective

Un rasgo curioso acerca de Sherlock Holmes fue la convivencia entre la gente y el mito. Numerosas cartas salían con destino al 221b de Baker Street solicitando ayuda. Pero incluso a Conan Doyle le llegó la hora de poner a prueba su sagacidad y ejercer como detective en varias ocasiones.

Un día una joven se presentó en su casa alarmada. Poco antes de la boda, su prometido había desaparecido. Conan Doyle no sólo rastreó su pista; le encontró cuando se disponía a cruzar el Canal de la Mancha y le persuadió para que regresara con ella y cumpliera su promesa.

A su regreso maltrecho de Suráfrica, Conan Doyle empezó a publicar mensualmente en el Strand el relato de un crimen verdadero. Los Strange Studies from Life (Estudios del natural) son un esbozo de psicología criminal. Están narrados con la maestría de Conan Doyle y el claroscuro de los hechos reales, y salpicados de comentarios como éstos:

Nuestra mente no puede sentir la menor simpatía hacia la codicia y el brutal egoísmo que ponen en la misma balanza un monedero y una vida; pero hay algo más espiritual en el caso del hombre al que los celos y la infelicidad conducen a un estado de pasajera y violenta locura.

Cuando uno mira atrás y recuerda cuántas veces ha estado totalmente seguro y sin embargo, se ha equivocado en las decisiones que ha tomado en la vida, y con qué frecuencia lo que parecía fuera de toda duda ha resultado, a fin de cuentas, falso, mientras que aquello que parecía imposible ha ocurrido, entonces uno sospecha que, si la ley penal se basa en estos principios
[la irrelevancia de la duda], probablemente es ella el mayor asesino de Inglaterra. Mucho más sensato sería aplicar el principio de que es mejor dejar impunes a noventa y nueve culpables, que castigar a un solo inocente.

Cuando llevaba escritas tres de estas crónicas, como su salud no mejoraba, viajó a la costa del Mar del Norte a encontrarse con un amigo. Allí, por las noches, éste le narraba las leyendas sobre los demonios escondidos en los páramos de Dartmoor. Más tarde viajaron al condado de Devonshire y se hospedaron en la casa ancestral del amigo. Así tomó forma la historia de El sabueso de Baskerville, y los Estudios del natural quedaron abandonados y nunca retomados.
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Alan Breck
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MensajePublicado: Mar Nov 25, 2003 22:24    Asunto: Responder citando

Diario apócrifo

Acerca del voluminoso y procaz Diario de Samuel Pepys, el más célebre de las letras inglesas, narraba el historiador Macaulay en una carta este sueño, en el que se le había aparecido su pequeña sobrina.

Se acercó a mí con cara de arrepentimiento, y me dijo que tenía un gran pecado que confesar: que el Diario de Pepys era una falsificación, y que era ella quien lo había falsificado. Me dejó completamente abatido. "¿Qué? Ahora resulta que anduve citando en revistas, y en mi Historia, una falsificación tuya como un libro de la más alta autoridad. ¿Cómo podré volver a llevar la cabeza alta?" Desperté aterrado, con la vocecilla suplicante de la pobre Alice todavía en mis oídos.
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Alan Breck
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MensajePublicado: Mie Dic 03, 2003 23:09    Asunto: Responder citando

Volúmenes

Edward Gibbon ofreció el primer volumen de la Decadencia y caída del imperio romano al duque de Gloucester, que lo aceptó agradecido. Al aparecer el segundo, Gibbon fue a darle su ejemplar como correspondía. El príncipe recibió al autor con aire campechano y afable. Depositó el volumen in quarto sobre la mesa y le dijo: “¡Otro condenado tocho! Siempre, ¡garabatear, garabatear y garabatear! ¿eh, Mr. Gibbon?”


Rivales

Edward Gibbon y un eminente doctor francés se habían convertido en rivales celosos de los favores de una dama, Lady Elizabeth Foster. Más tarde Gibbon la describió como “a bewitching animal". Gibbon solía acapararla con su charla fluida y dispersa, hasta que una vez el doctor le dijo malhumorado: “Quand Milady Elizabeth Foster sera malade de vos fadaises, je la guérirai.” Ante lo cual, Gibbon adoptó una distinguida compostura y, aspirando despacio un poco de rapé, replicó: “Quand Milady Elizabeth Foster sera morte de vos reçettes, je l’im-mor-taliserai.”


Concepción y parto

La idea de escribir The Warden (El custodio), la primera de sus divertidas y prolijas crónicas de Barchester, se le ocurrió a Trollope en Salisbury, “mientras paseaba una tarde de verano por los alrededores de la catedral.” También en su Autobiografía, Edward Gibbon narra de qué manera y en qué preciso instante surgió en él la idea de escribir su monumental Decadencia y caída del imperio romano. Tras Florencia y Siena, llegó a Roma a principios de octubre de 1764.

No soy de carácter proclive a entusiasmarme, y siempre he desdeñado afectar un entusiasmo que no siento. Pero, a una distancia de veinticinco años, no puedo olvidar ni expresar las intensas emociones que agitaron mi pensamiento cuando por vez primera me acercaba y entraba en la ciudad eterna. Tras una noche sin dormir, pisé, con paso orgulloso, las ruinas del Foro; cada lugar memorable donde Rómulo se alzó, o Tulio habló, o César cayó, se hacía presente a mis ojos; y transcurrieron algunos días de ebriedad antes de que lograra descender a una fría y minuciosa investigación. (...)

Fue en Roma, el quince de octubre de 1764, sentado entre las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos entonaban las Vísperas en el Templo de Júpiter, cuando la idea de narrar la decadencia y caída de la ciudad entró en mi pensamiento. Pero el plan originario se limitaba a la decadencia de la ciudad más que del imperio; y aunque mis lecturas y reflexiones empezaron a encaminarse a ese fin, transcurrieron algunos años, y se interpusieron diversas ocupaciones, antes de que emprendiera decididamente la ejecución de esta obra laboriosa. (...)

Me he aventurado a marcar el instante de la concepción: ahora conmemoraré el momento final del parto. Fue en el dia, o más bien la noche, del 27 de junio de 1787, entre las once y las doce, cuando escribí las últimas líneas de la última página, en el invernadero de mi jardín
[en Lausanne]. Tras dejar la pluma, di algunas vueltas por un berceau, o paseo cubierto de acacias, que comanda una perspectiva del campo, el lago y las montañas. El aire era templado, el cielo sereno, la esfera plateada de la luna se reflejaba en las aguas, y toda la naturaleza estaba silenciosa. No disimularé la primera emoción de alegría por haber recobrado mi libertad, y, tal vez, establecido mi fama.
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Alan Breck
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MensajePublicado: Lun Dic 15, 2003 12:40    Asunto: Responder citando

Talismán

Pececillo ciego, mago prodigioso,
Pececillo ciego, ¿quién sacó tus ojos?
Abre los oídos, te diré un deseo:
Tráeme un amante, pececillo ciego.


El hechizo del Bisara

(Rudyard Kipling, El Bisara de Pooree)

Durante su destierro en Odessa, Alexandr Pushkin chocó ante el gobernador de la ciudad, conde Vorontsov, en cuya oficina prestaba servicio. Y entretanto, la condesa Elisa Vorontsova le entregaba, una noche de amor, la joya que han hecho célebre los versos de Pushkin (Talismán) y su curioso destino, recreado por Juan Eduardo Zúñiga en El anillo de Pushkin.

"...cuando él la preguntó por qué se lo daba, ella fue capaz de una superación de su interés más íntimo, de trascender las expectativas de su cuerpo y la imperiosa necesidad de rendirle su alcoba, y le dijo que aquel talismán (...) le pondría a salvo de las traiciones del amor, de los labios que fríamente besan."

Tras leer Ruslán y Liudmila , Zhukovski hizo llegar su retrato al joven Pushkin, con la siguiente dedicatoria: “Al discípulo vencedor, de su maestro vencido.” El pequeño Alexandr le había encontrado ya en los salones familiares. Años después Zhukovski vendría a visitarle en su lecho de muerte. Pushkin le entregó el anillo de turquesa con una leyenda, escrita en hebreo, en el octógono del sello.

"Yukovski conservó el anillo muchos años, incluso llevándolo consigo cuando se fue a Alemania, y después de su muerte pasó a poder de un hijo, que en cierta ocasión lo regaló a Turguéniev.

(...) Desde entonces, lo convirtió en un objeto suyo habitual, y más de una vez, un amigo erudito, de los judíos con quienes se trataba, había tomado el anillo y girándolo para que le diese la luz, habría leído en voz alta la leyenda: 'Simja, hijo del honorable rabino José, bendito sea su recuerdo' y aunque estas palabras parecieron a todos formularias, a Ivan Turguéniev le harían ensimismarse unos segundos en el recuerdo borroso de su padre.

Todo el amor inextinguible de Elisa Vorontsóva, sus añoranzas de las noches de la primavera del año 24, las caricias sorprendentes, prolongadas, en la penumbra de sus habitaciones, las palabras que él dijo y que ella preservaba del olvido, habían dado igualmente al talismán una candente vibración amorosa pero al ponerse en contacto con la historia de amores incumplidos de Turguéniev, éste llevó en la mano una sortija cargada de contradicciones, de admirables potencias encontradas que pusieron entre él y las personas, entre sus proyectos y las realizaciones, entre su pasión y el cariño ajeno, entre su pensamiento y el reposo, una niebla sutil impenetrable a los lazos de amor, a la contemplación serena, a las transacciones afortunadas del talento, a las visiones placenteras que a veces nos visitan en el sueño..."


Finalmente, "de nuevo lo recibieron manos femeninas..., enigmático ciclo de la sortija hebrea"; poco antes de morir, Turguénev lo entregó a su amiga, la cantante española Paulina Viardot. Al crearse el museo Pushkin en San Petersburgo, Pauline donó la joya, que despareció de sus vitrinas en las convulsiones del nuevo siglo.

Sin embargo, el hechizo de Pushkin perdura. Acaba de publicarse en castellano un magnífico volumen con sus Narraciones completas (edtorial Alba). En su introducción, Amaya Lacasa recoge esta cita de Alexandr Blok: "Nuestra memoria guarda desde la infancia un nombre risueño: Pushkin. Este nombre, este sonido llena muchos días de nuestra vida. Junto con los sombríos nombres de emperadores, generales, inventores de armas mortíferas, torturadores y mártires, este nombre luminoso: Pushkin".
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Alan Breck
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MensajePublicado: Mar Dic 16, 2003 11:50    Asunto: Responder citando

Artífices

Séneca el Viejo escribe que Ovidio no sólo era consciente de sus defectos, sino que incluso los amaba. Un amigo le indicó una vez que a su obra le sobraban tres versos. Ovidio le respondió que estaba dispuesto a suprimirlos, siempre que le concediera mantener otros tres. Escribieron en unas tablillas; los versos de uno y otro resultaron ser los mismos.

Se conocen dos de ellos:

et gelidum Borean egelidumque Notum
y al Bóreas helado y al deshelado Noto
(Amores, II 11, 10)

semibovemque virum semivirumque bovem
hombre medio toro o toro medio hombre
(Arte de amar, II, 24)

Los libros de Ovidio están llenos de encanto. Quizá no sea una de las mayores virtudes de la literatura, pero sí necesaria, una especie de acicate y cortesía para con el lector.

Esta anécdota me recuerda también que el artista, aparte de sus dotes creadoras, es alguien consciente de las herramientas de su oficio. Los comentarios de crítica literaria más sugerentes que leí han sido hechos por escritores: Stevenson, Pushkin, Marcel Schwob, Borges.
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Alan Breck
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MensajePublicado: Sab Dic 27, 2003 14:40    Asunto: Responder citando

Holgazanería y perseverancia

"A lo largo de toda mi adolescencia y juventud se me conoció y señaló como modelo de holgazanes, aunque yo siempre estaba ocupado en la consecución de mi objetivo particular, que era aprender a escribir. Durante mis paseos, tenía la mente ocupada expresando en palabras apropiadas lo que veía; cuando me sentaba al borde de la calle, o bien leía o bien, con un lápiz y un cuaderno de un penique en la mano, anotaba los rasgos de la escena o componía algunas estrofas vacilantes. Y así, vivía con las palabras.

Lo que escribía no tenía utilidad posterior alguna; lo escribía con el deliberado propósito de practicar. No era tanto que yo quisiera ser escritor (aunque también deseara eso) cuanto que había hecho el voto solemne de que aprendería a escribir. Me tentaba aquella habilidad; y practicaba para adquirirla, del mismo modo que los hombres aprenden a tallar la madera, en un envite consigo mismo. La descripción era el campo principal de mis ejercicios, pues para cualquier persona sensible hay algo digno de ser descrito, y el campo y la ciudad son un tema inagotable, aunque también trabajaba en otras direcciones. A menudo acompañaba mis paseos con diálogos dramáticos en los cuales representaba muchos papeles y, con frecuencia, me ejercitaba escribiendo conversaciones de memoria.

Siempre que leía un libro o un pasaje que me gustaba particularmente, en los que se decía algo o el autor se servía de un efecto con propiedad, cuyo estilo poseía un brioso vigor, una distinguida elegancia, me apresuraba a sentarme y me obligaba a imitar aquella virtud. No lo lograba, y lo sabía; y de nuevo lo intentaba y tampoco lo conseguía, nunca lo conseguía; pero, al menos, gracias a aquellas inútiles tentativas, adquirí cierta práctica con la cadencia, la armonía, la construcción y la coordinación de las partes.

De este modo he imitado asiduamente a Hazlitt, Lamb, Wordsworth, sir Thomas Brown, Defoe, Hawthorne, Montaigne, Baudelaire y Oberman.


(...) Tal es, se quiera o no, la forma de aprender a escribir; haya sabido o no este escritor sacar provecho de él, ése es el modo. Así aprendió Keats, y jamás ha existido un temperamento más sutil que Keats para la literatura...

Lo importante de esas imitaciones es que, fuera del alcance del aprendiz, sigue resplandeciendo su modelo inimitable."

"Recuerdo una época en que yo era muy holgazán, y vivía y sacaba provecho de este humor. Ignoro cuándo dejé de serlo y, aunque creo que no está en mi mano, volvería a serlo; es un cambio que se produce con la edad. Hice deliberadamente un millar de pequeños esfuerzos, pero la resolución de que nacieron se me impuso mientras dormía y en el curso de mi desarrollo. Llevé a cabo un millar de escaramuzas para continuar trabajando ciertas mañanas y, a veces, el asunto era peliagudo; pero, en lo que atañe a aquel gran cambio de campaña que decidió toda esta parte de mi vida, y que de una persona cuyo único afán era no hacer nada me convirtió en otra cuya tarea consistía en trabajar y perseverar, me parece como si todo eso lo hubiera hecho otro hombre. La vida de Goethe tuvo mucha importancia para mí; también la de Balzac; y algunas nobles observaciones de este último en un librito deleznable, la
Cousine Bette. Me atrevo a afirmar que podría determinar otros factores que influyeron en el cambio. Pero lo único que quiero decir es que nunca pensé que estuviera librando una batalla, que no registré una promesa solemne y que, al parecer, yo nada tuve que ver personalmente con el asunto. Viré como un navío bien gobernado. Al timón se hallaba un piloto desconocido, al que llamamos Dios."

De: Graham Balfour, Vida de Robert Louis Stevenson. A estos recuerdos habría que añadir su ensayo ingenuo y lúcido Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte.
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Zelda
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Registrado: 02 Dic 2002
Mensajes: 3049
Ubicación: Cualquier lugar bonito que imagines me va bien

MensajePublicado: Dom Dic 28, 2003 18:39    Asunto: Una sobre Kafka Responder citando

Hola Alan, muy buenas las anécdotas. No sé si esto es una anécdota, pero está contada como tal.

Mucho gusto

Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio, como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis, luego de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir.

-No crea que es algo tan estupendo- dijo el Flaco, -también hay momentos de profundo desamparo en los que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos, no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mi es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que lo vas a quemar y me lo juró-.

El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.

-Oiga, don- dijo sin pestañear, -hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio- y le tendió la mano.

-Mucho gusto-dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos, -Franz Kafka para servirle-.


- Mario Benedetti, del libro Despistes y franquezas -

Saludos! Wink
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Dom Dic 28, 2003 19:51    Asunto: Responder citando

Mucho gusto Zelda, de que te pases por aquí. Y faltaba una anécdota apócrifa, creo. Parece que las obras se salvan cuando se dan a los amigos para que las quemen. Igual ocurrió con la Eneida. Otras, solas a la desesperación del autor, corrieron peor suerte.

Yo también te mando saludos Smile
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kilpatrick
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Registrado: 21 Dic 2001
Mensajes: 2226
Ubicación: España

MensajePublicado: Lun Dic 29, 2003 15:33    Asunto: Responder citando

Fray Luis de León, humanista, poeta y profesor de la Universidad de Salamanca, amante de la vida retirada alejada del mundanal ruido, fue acusado ante el tribunal de la Inquisición y declarado culpable de delitos tales como traducir el Cantar de los cantares.

Encarcelado durante años, cuenta la leyenda que circula por Salamanca que, cuando regresó a la Universidad, continuó sus clases con un lacónico "Como decíamos ayer...".

Hay, sin embargo, quien se encarga de negar su veracidad argumentando que en aquel momento las clases se impartían en latín y que Fray Luis se incorporó a una cátedra distinta a la que había abandonado cuando fue encarcelado. En cualquier caso, espero que sirva como anécdota literaria.

¡Saludos!
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Dom Ene 04, 2004 20:48    Asunto: Responder citando

Saludos kilpatrick, ésa es una de nuestras anécdotas más célebres, muy española. Encontré ésta en El País de ayer sábado:

Preguntas

"No le he escrito antes porque no sabía que usted vivía todavía."

Así se dirige un niño por carta a Albert Einstein. Muchos de sus corresponsales infantiles le tenían por algún sabio antiguo, como Newton, y pensaban que estaba muerto. Preguntas como éstas se encontraba en su buzón:

"Querido señor: le agradecería que me dijera qué es el Tiempo, qué es el alma y qué es el firmamento."

"¿Se considera usted un genio? Mis hermanos y yo hemos tenido una discusión sobre ello."

"Tengo un amigo que dice que todos los genios se vuelven locos y que usted se volverá loco antes de un año. Por favor, deme su opinión sobre este asunto (tanto si pierde su valiosa cabeza como si no)."

Muchas de las respuestas se han conservado y ahora unas y otras están reunidas en el libro Querido profesor Einstein. Correspondencia entre Albert Einstein y los niños, Gedisa, 2003.

En el prólogo escribe su nieta Evelyn: "nunca me hacía callar ni me intimidaba, ni siquiera cuando tenía cinco años."

Einstein se disculpa ante una niña surafricana "por estar todavía entre los vivos. Aunque, bueno, esto se remediará tarde o temprano." Y la anima a seguir escapándose del dormitorio para investigar el firmamento, sin que llegue a "ojos y oídos de la dirección del colegio. Ésta es la actitud que adopta la mayoría de los ciudadanos hacia su Gobierno, y creo que está bien así."
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