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Anécdotas Literarias


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Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> El Ágora de Alephville
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Mie Nov 03, 2004 19:57    Asunto: Responder citando

At your ease Al-Borak, bueno no sé si se dice así, veré de sacar a Voltaire otro día.
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Vie Nov 05, 2004 18:47    Asunto: Responder citando

O. K.!

(Por cierto, no sabes la de chismes que circulan por ahí acerca de esta expresión):

http://etimologias.dechile.net/?OK
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Vie Nov 05, 2004 18:58    Asunto: Responder citando

Sí, curioso, parece más clara la de K. O.

Bueno y también está la obra de Gershwin O, Kay!
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Dom Nov 14, 2004 18:25    Asunto: Responder citando

Hoy traigo unas cosillas sobre Goya que se narran en una mala biografía suya de la editorial LABOR S.A. No hay que saber mucho sobre Goya para conocerlas, pero me parecen dignas de destacar.

Dice así:

......Todo el pensamiento de Goya está en sus cuadros y dibujos. En La carga de los mamelucos y en elcuadro de Los fusilamientos refleja con crudo realismo sus impresiones del heroísmo del pueblo madrileño y de la subsiguiente represión francesa. Ambos cuadros fueron realizados después de 1814 con los apuntes tomados a la vista de los hechos.

Pasado el tiempo, Trueba habló con Isidro, el viejo criado de Goya y a la sazón jardinero de la Quinta del Sordo, y lo que le contó éste lo refiere de la siguiente manera:

¿Han visto ustedes -nos dice el señor Isidro- aquellos horrores de la guerra que tan admirablemente pintó mi pobre amo? Pues esa campana que clamorea en la Florida me recuerda que tal día ytal noche como la de mañana concibió mi amo, loco de indignación, la idea de pintar aquellos horrores. Desde esa ventana vio los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío, con un catalejo en la mano derecha y un trabuco naranjero cargado con un puñado de balas en la izquierda. Si llegan a venir los franceses por aquí, mi amo y yo somos otros Daoíz y Velarde. Al acercarse la media noche me dijo mi amo:

-Isidro, toma tu trabuco y ven conmigo.

Le obedecí, y ¿a dónde creerán ustedes que fuimos? Pues fuimos a la montaña, donde aún estabaninsepultos los pobres fusilados. Me acuerdo de todo como si hubiera pasado ayer. Era noche de luna, pero como el cielo estaba lleno de negros nubarrones, tan pronto hacía claro como oscuro. Los pelos se me pusieron de punta cuando vi que mi amo, guiaba hacia los muertos. Como mi amo notase que yo no las tenía todas conmigo me preguntó:

-¿Tiemblas, Otelo?

Yo, en lugar de contestarle: Temblaré un jinojo, casi me eché a llorar, creyendo que el pobre de mi amo se había vuelto loco, pues me llamaba Otelo en lugar de Isidro.

Sentámonos en u ribazo a cuyo pie estaban losmuertos, y mi amo abrió su cartera, la colocó sobre sus rodillas y esperó a que la luna atravesase un nubarrón que la ocultaba. Bajo el ribazo revoloeaba, grúñía y jadeaba algo. Yo...., se lo confieso a usted, temblaba como un azogado; pero mi amo seguía tan sereno y preparando medio a tiempo su lápiz y su cartón. Al fin la luna alumbró como si fuera de día. ¡En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca abajo, otros boca arriba, éste es del que estando arrodillado besa la tierra, aquel con las manos levantadas al cielo pidiendo venganza o misericordia, y algunos perros hambrientos se cebaban en los muertos, jadeando de ansia y gruñendo a las aves de rapiña que revoloteaban sobre ellos, queriendo disputarles la presa!

Mientras yo contemplaba aquel horrible cuadro lleno de espanto, mi amo lo copiaba.

Volvimos a casa, y a la mañana siguiente me enséñó mi amo su primera estampa de la guerra, que examiné horrorizado.

-Señor- le pregunté-, ¿para qué pinta usted esas barabaries de los hombres?
-Para tener el gusto- me contestó-de decir eternamente a los hombres que no sean bárbaros.



************************************************************

Más alante se narra la anécdota de la cabeza de Goya:

Don Francico de Goya y Lucientes fue enterrado en un panteón de la Gran Chartreuse de Burdeos de la familia Goicoechea. Martín Miguel de Goicoechea (1755-1825) fue su amigo de toda la vida y sus restos siguieron unidos para siempre, como veremos.

A fianles del s.XIX, cuando ya Goya era universalmente famoso, la ciudad de Burdeos hizo algunas reformas que afectaban a la sepultura de la familia Goicoechea. Estaba proyectada la construcción de un nuevo cementerio, por lo cual las autoridades de la ciudad lo pusieron en conocimiento del cónsul español por si éste quería hacerse cargo de los restos de Goya y Goicoechea. El cónsul lo puso en conocimineto del gobierno de Madrid y recibió instrucciones para que se hiciera cargo de los dos amigos expatriados y los enviase a la capital de España. Pero al hacer la exhumación, el cónsul español se encontró con la sorpresa de que el esqueleto de Goya había sido decapitado. El hecho no ofrecía ninguna duda porque había sido el último en ser enterrado. Asus tado por aquella inesperada circunstancia, telegrafió a Madrid:

-Esqueleto Goya no tiene cráneo

La respuesta no se hizo esperar:

-Envíe Goya, con cráneo o sin él.

........Algunos biógrafos sugieren (entre ellos Ramón Gómez de la Serna) que no debían estar lejos del robo los discípulos de los frenólogos Gall (muerto en 1828) y Spurzheim (muerto en 1835), que andaban a la búsqueda de protuberancias geniales.

......No se sabe nada cierto respecto del paradero del cráneo, aunque en los días de su centenario apareciese un cuadro firmado por Dionisio Fierros, en 1849, y al respaldo del cual parece que se ha escrito con letra del Marqués de San Adrián: Cráneo de Goya pintado por Fierros.
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Jean Valjean
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Registrado: 10 Mar 2003
Mensajes: 2440
Ubicación: La sombra del hombre invisible

MensajePublicado: Jue Nov 25, 2004 14:14    Asunto: Anécdotas sobre Einstein Responder citando

Hace ya algunas semanas que leí este libro. No recordaba su ubicación y revolviendo hoy un montoncito de libros lo hallé. Sin mas dilación, anécdotas sobre Albert Einstein.

1) "El estatus de Einstein como celebridad internacional había sido siempre un enigma para él, lo que no significa que disfrutará con la atención del público. Nunca se negó a una entrevista y parecía divertirse bromeando con la prensa. Los periodistas disfrutaban con sus respuestas concisas e ingeniosas. Pero Einstein no veía ninguna razón lógica para que cada uno de sus movimientos atrajera tantos aplausos del público. Al cominenzo creyó que se trataba de una moda pasajera que se desvanecería pronto y daría paso a otra estrella. Pero su popularidad seguía creciendo año tras año. Tras la prolongada ovación de la élite de Hollywood en el estreno de Luces de la ciudad, le preguntó a su amigo Chaplin si le podía explicar la razón de esa celebridad. El genio del cine le repondió: "La gente me aplaude porque todos me entienden, y a ti te aplauden porque nadie te entiende"."

2) "(...) el legendario fotógrafo Philippe Halsman. En 1947, cuando este le hizo su más famoso retrato, le preguntó por qué nunca llevaba calcetines. Einstein le respondió: "Cuando era joven, comprobé que el dedo gordo siempre acababa haciendo un tomate en el calcetín. Así que dejé de usarlos". Para Halsman, esto constituía una muestra "simbólica de la independencia de pensamiento de Eisntein"."

Del libro de Fred Jerome: El expediente Einstein, Barcelona, Editorial Planeta, 2002, p. 55 y p. 60 (respectivamente)

No dudo en recomendar este libro vivamente. Nos da una idea interesante de lo que fue (y es) Estados Unidos. A través del expediante abierto a Einstein por el FBI descubrimos las aberraciones de la democracia americana.

Saludos!
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Mar Dic 07, 2004 13:34    Asunto: Responder citando

En una de sus entregas de memorias, redactadas con 70 años, galería de tipos de época, en el capítulo Intermedio sentimental, Pío Baroja da a conocer una historia de amor que vivió en un viaje a París en 1913:

Unos días antes del viaje estuve en San Sebastián, y un amigo, madrileño y bolsista, me presentó en la Perla, entonces sitio de reunión y creo que restaurante, a dos señoras extranjeras, una un poco hombruna y pesada, y la otra muy atractiva.
El amigo, después, me dijo que una de estas señoras era rusa y mujer de un ingeniero. Sabía español, vivía en París, y me dio sus señas por si quería ir a verla. Me pareció que no se me ocurriría esta idea.
A los quince días de llegar a París pensé si sería ocasión de visitar a la señora que habíaconocido en San Sebastián.
No sabía de quién eran las señas que tenía, si de la señora hombruna y pesada o de la otra.
Una tarde que no tenía nada que hacer, me dije: "Voy a ver dónde vive esa señora que he conocido en San Sebastián. Siempre resultará que es la hombruna y pesada, y no la otra; pero no me importa".
Tomé un tranvía; llegué a un barrio lejano, a una especie de ciudad-jardín; pregunté al portero; la señora no estaba, y le dejé mi tarjeta. Pensé que la rusa no se acordaría ya de mí, lo que no me preocupaba mucho. A los tres o cuatro días recibí esta carta en francés:

"Querido señor: He estado unos días en el campo; por eso no le he escrito a usted antes. ¿Quiere usted venir a casa mañana, de cuatro a cinco de la tarde, a tomar el té? Tendré mucho gusto en verle. Le estrecha la mano, Ana".

No sé si en alguna novela mía, titulada La sensualidad pervertida, le llamé a esta señora Ana; pero no se llamaba así. Sin embargo, la llamaré de este modo porque con ese nombre la recuerdo.
................

Al día siguiente me elegancié en lo posible, fui a la ciudad, el portero me señaló la entrada de un edificio moderno, subí el entresuelo,llamé, y la criada me hizo pasar a un saloncito, donde apareció no la señora pesada y hombruna, sino su amiga...
Ana me recibió como si fuera un antiguo amigo suyo. Hablamos mucho, me presentó a su madre y a una amiga suya, tomamos el té y, al despedirme de ella, me dijo:

-Me gustaría hablar de España
-Si no le molesta a usted, vendré a verla alguna otra vez-le indiqué.
-No, yo le escribiré cuando esté libre; si usted puede venir, viene; pero si no, no venga ni escriba.
A los cuatro o cinco días me volvió a invitar a su casa.

..................

Para ir a su casa cogía un tranvía en la plaza de San de Sulpicio....
...Algunos días compraba un ramo, que costaba cuatro o cinco francos, y se lo llevaba.

...................

Yo la miraba atentamente; ella contestaba a mi mirada, sus ojos tenían un resplandor de viveza extraña y parecían decirme: "Ya noto que me observa usted; pero yo también le observo".

.......

Un día Ana me preguntó qué vida hacía yo. Le dije dónde comía y a qué café iba. Al día siguiente pasó ella por el bulevar Sain - Michel, por delante del café que yo le había indicado. Me levanté, la seguí un rato y me acerqué a saludarla.

.............

Había tenido la veleidad de buscame a mí, no me cabía duda. Bajamos juntos hasta el río y seguimos por el bulevar Sebastopol. Me habló de que quizá pronto tendría que dejar París; su marido le escribía con frecuencia diciéndoleque se reuniera con él.

.........

De pronto mandó ella parar un automóvil, abrí yo la portezuela, y ella, antes de entrar, me acercó la cara. Yo la besé en los labios, y casi me dio vértigo. Ella cerró la portezuela y el automóvil huyó.
A mí me llenó la cabeza de melancolía el pensar que podía haber encontrado a aquella mujer cuando yo era más joven y ella estaba libre.
Luego le escribí, y no me contestó. Unas noches después se me ocurrió tomar el metro y acercarme a su casa. Pensé que la hallaría cerrada y triste. Entré en la ciudad-jardín donde vivía. Los balcones de sus habitaciones estaban iluminados. Aún seguía en París. Muy entristecido, volvía a mi hotel a pie, y, al pasar por el puente del Sena, estuve mirando las aguas de río un largo tiempo...

Diez o doce años después recibí una carta de Rusia escrita en un papel basto, como de cocina, y con lápiz, que no decía nada más que vaguedades y que no tenía ni firma ni señas. Yo supuse que sería ella. Yo no conocía a nadie en Rusia. Leí y releí la carta, para ver si encontraba algún sentido o alguna dirección. No encontré nada. Quizá le habían cortado una hoja. La carta daba una impresión de pobreza y de miseria muy triste, y la quemé.
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Mar Dic 07, 2004 14:20    Asunto: Responder citando

Una de las pocas veces que Pío Baroja sacó el genio, o mala leche, es en una anécdota que, según sus biógrafos, le marcó profundamente. Baroja recogió esta anécdota casi tal cual en su novela El árbol de la ciencia, en el personaje de Andrés Hurtado. Ocurrió en su época de estudiante de medicina:

Al comenzar el cuarto año de carrera se le ocurrió a Venero que asistiéramos a un curso de enfermedades sifilíticas y de la piel que impartía el doctor Cerezo en el hospital de San Juan de Dios....

...La visita a San Juan de Dios fue de nuevo motivo de depresión y melancolía para mí. Pensaba que, por una causa o por otra, el mundo me iba presentando su cara más fea.
A los pocos días de frecuentar el hospital me inclinaba a creer que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática.
El mundo me parecía una mezcla de manicomio y de hospital. Ser inteligente constituía una desgracia, y la felicidad sólo podía venir de la inconsciencia y de la locura.

El hospital de San Juan de Dios, ya derruido por fortuna, era un edificio inmundo, maloliente; las ventanas de las salas daban a la calle de Atocha, y tenían, además de las rejas, unas alambradas, para que las mujeres recluidas no se asomaran y escandalizaran. De este modo, no entraba allí ni el aire ni el sol.
El médico de la sala, el doctor Cerezo, amigo de Venero, era un vejete ridículo, con unas largas patillas blancas, a la rusa....Aunque no sabía gran cosa, quería darse aires de catedrático, lo cual a nadie podía parecer un crimen; lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a aquellas desdichadas acogidas allí, y las martirizaba de palabra y obra.

¿Por qué? Era incomprensible. Aquel hombre tenía un fondo sádico. Mandaba llevar a las mujeres a las buhardillas y tenerlas uno o dos días encerradas por delitos imaginarios. El hablar de una cama a otra durante la visita, el quejarse en la cura, cualquier cosa bastaba para estos severos castigos. Otras veces mandaba ponerlas a pan y agua.....Yo no podía soportar el sadismo de aquelpetulante idiota de patillas blancas.

Una vez decidí no volver más por allá. Había una mujer que guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. ....El gato era, sin duda, lo único que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enfermera solía bajar disimuladamente el gato de la cama y dejarlo en el suelo. El animal se quedaba escondido, asustado al ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno de los días, el médico lo vio y comenzó a darle patadas.
-Coged este gato enseguida y matadlo-dijo el de las patillas blancas al practicante.
Este y la enfermera comenzaron a perseguir al animal por toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecución.
-Y a esta tía llevadla a la buhardilla, a pan y agua- añadió el médico.
La enferma seguía la caza con la mirada, y cuando vio que cogían a su gato, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas
-¡Canalla, idiota!- exclamé yo, acercándome al médico con el puño cerrado....
...Desde aquel día no quise volver más al hospital de San Juan de Dios.
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Al - Borak
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Registrado: 28 Oct 2003
Mensajes: 666
Ubicación: Ciudad - Real (España)

MensajePublicado: Mar Dic 07, 2004 14:24    Asunto: Responder citando

Como ha aparecido dos veces mi último mensaje lo edito y aprovecho para comentar que hay muchas anécdotas sobre este escritor, como por ejemplo, cuando iba a leer su discurso de ingreso como académico de la Lengua, y un bedel le quiso echar porque no llevaba invitación para presenciar su propia lectura........
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Alan Breck
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Mar Dic 07, 2004 17:04    Asunto: Responder citando

Muy buenas estas últimas anécdotas, Al-Borak y Jean. No conocía las de Goya. Creo que Baroja es uno de nuestros mejores novelistas.
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Alan Breck
Miembro Senior
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Registrado: 10 May 2003
Mensajes: 3838
Ubicación: Madrid, España

MensajePublicado: Sab Ene 29, 2005 11:26    Asunto: Responder citando

Semblanza biográfica de Alexandr Serguéyevich Pushkin


I

En la obra de Pushkin confluye la expresión de la vida rusa en todas sus manifestaciones con un gusto por asuntos originarios de Asia, África, o de la cultura europea en que fue educado.

Esta doble procedencia se halla también en su linaje. Por línea paterna descendía de una vieja familia de la aristocracia rusa. Los Pushkin de antaño se mencionan en las crónicas, próximos a la corte unas veces, otras enfrentados con el zar. Alexandr Serguéyevich gustaba de encarecer su hidalguía ante la nobleza reciente. Se definió y vivió como gentilhombre ruso.

Acerca de su inmediata ascendencia, los allegados guardaban memoria de sucesos ominosos. El bisabuelo de Pushkin falleció joven, en prisión, tras dar muerte a su esposa, estando en el lecho, en un ataque de celos. Del abuelo de Pushkin se contaba que, habiendo el preceptor de sus hijos añadido a esta función la de amante de su esposa, una vez descubierto el adulterio lo hizo ahorcar; y a su mujer, encerrándola, la condenó a una muerte lenta.

Por línea de madre, Pushkin procedía de tierras lejanas. Era bisnieto de un príncipe etíope que, apresado siendo niño junto a las costas de África, llegó a la corte ofrecido por el embajador ruso en Constantinopla. Pedro el Grande determinó favorecerlo, le tomó por ahijado, le dio una excelente educación y más tarde le nombró general y consejero suyo. Esta peripecia de su bisabuelo materno, Ibrahim Haníbal, la refirió Pushkin en su narración inacabada El negro de Pedro el Grande (1827).

El color de la piel, las facciones, el pelo crespo, castaño, descubrían en Pushkin su ascendencia africana. Fue de espíritu libre, temperamento sensual, punzante ingenio. Se apresuró, como anuncia el epígrafe de Oneguin, a vivir y amar. Reunió el carácter desenvuelto y la facultad creadora. Nos ha dejado, en tan breve y agitada vida, una obra extensa y perdurable.

Sus padres, Serguéi Lvóvich Pushkin, mayor retirado, y Nadiezhda Osípovna Haníbal, pertenecían, como está dicho, a la nobleza rancia venida a menos. Llevaban una vida ociosa, sin grandes ostentaciones. Las veladas de su residencia en Moscú acogían a personalidades literarias de la época. El pequeño Alexandr encontró, ya en los salones familiares, al historiógrafo Karamzín o los poetas Bátiushkov, Dmítriev y Zhukovski, quien años después vendría a visitarlo en el lecho de muerte.

Alexandr Serguéyevich Pushkin, primer hijo del matrimonio, había nacido en Moscú el 26 de mayo de 1799. Su edad temprana corrió entre la ciudad, donde era educado según la costumbre por preceptores extranjeros, y la finca veraniega de Zajárovo, a treinta y ocho verstas de Moscú. Aquí, sin sujeciones, disfrutaba una existencia rural acompañado, como Griniov por Savélich, de un siervo inseparable, su ayo Nikita Timoféyevich Kozlov.

"La pasión por la lectura –recuerda su hermano Lev– nació en él con las primeras ideas." Se pasaba días enteros, con frecuencia a hurtadillas, en la biblioteca del padre: unos tres mil volúmenes, casi todos en francés. Antes de los diez años había leído a los poetas rusos, autores clásicos como Virgilio, imaginativos como el Tasso, y especialmente a los escritores franceses de los siglos XVII y XVIII.

Esta educación importada la perfeccionaron, dándole algo de que carecía, un par de mujeres excepcionales. Ambas le inculcaron el amor a la lengua del pueblo, la historia y la antigua costumbre. Su temperamental abuela, María Alexéyevna Haníbal, le enseñó a leer en ruso –la lengua preceptiva entre la nobleza era el francés–, y solía entretenerlo refiriéndole episodios de la vida rusa en el siglo acabado. La segunda mujer es una humilde campesina, su aya Arina Rodiónovna Yákovleva, cuya figura evoca Pushkin en varias canciones. De labios del aya escuchó, en la infancia y el destierro, las leyendas y baladas populares. Arraigaron en él como una imagen indeleble; más tarde haría entroncar esta riqueza postergada con la tradición escrita.
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